CAPITULO III
EL CAPITAN SAN MARTIN TIENE NOTICIA DE TUNDAMA: DESCUBRE Á SOGAMOSO
Y VUELVE EN BUSCA DEL GENERAL QUESADA, QUE, NOTICIOSO DEL REY DE
TUNJA, SE ENCAMINA Á SU CORTE GUIADO DE UN INDIO QUE APRISIONÓ
HERNAN VENÉGAS.
PUESTOS yá en seguridad los treinta hombres que salieron de los
Llanos, se reformaron á gusto, por ser aquel terreno sano y
abundante, y remitieron al General Quesada entera relacion de sus
fortunas y de la intencion con que estaban de entrar otra vez por
diferentes rumbo á los Llanos, á quienes dirigian todos sus deseos
desde el punto que los divisaron, midiendo por las apariencias que
demostraban los tesoros y poblaciones, que pintaban en su fantasia
si llegaban á penetrados: y el Capitan San Martin, más engañado que
todos, y conducido por guias ignorantes del camino, fué calando á
bulto por aquellas tierras pobladas de indios Moscas, descubriendo
buenas poblaciones y entre ellas la del valle de Baganique (despues
llamado de Venégas, por lo que se dirá adelante). Y habiendo ganado
la cumbre de un páramo hasta la abra ó puerto que hace la
cordillera que llaman de Puerto frio, fueron descendiendo con gran
penalidad hasta dar en la caseria de Ciénega, encomienda que se
conserva hoy en los sucesores de Parédes Calderon; pero los indios,
alborotados de ver la nueva gente, se opusieron armados al
encuentro con vana presuncion de que podrian cogerlos a para hacer
de ellos victimas horrorosas á sus ídolos; y á causa de sor el dia
proceloso de lluvias y vientos, y caminos deleznables y angostes,
desfilaban tan separados y desapercibidos los nuestros, que
llevaban sin sillas los caballos, guiando cada cual el suyo, y las
sillas en hombros de cargueros; con que embestidos los primeros que
llegaron abajo, se vieron apretados de los bárbaros, hasta. que
vista por el Alférez Martin Galeano la osadia de los Mozos, puesto
á caballo, en un reventon que hacia la tierra y blandiendo la
lanza, detuvo el primer ímpetu de aquella nacion cobarde, aun que
para sosegar el acometimiento ménos obró con el esfuerzo que con el
espanto que concibíeron los indios de ver aquel monstruo formado en
su idea de hombre, caballo y lanza. Mas esta accion duró poco,
porque luego que resonó la guazabara en los oidos de los
compañeros, lo socorrieron tan presto que tuvieron los indios por
más seguro dejarles el lugar expuesto al saco con la fuga, que
perder las vidas miserablemente con la resistencia.
No fué de tan poca sustancia el despojo que fuera de los
bastimentes de que estaba bien proveido y aun con las viandas
dispuesta, para comer, no encontrasen muy buena esmeraldas,
cantidad de ropa, y á vueltas de ella quinientos pesos de buen oro:
porcion que no habian visto junta en niugun pueblo ni ciudad, por
haber sído en ellas recibidos de paz y haberse hecho pundonor de no
quebrantarla; y porque en las partes que no la habían admitido, se
habian ocultado los bienes ántes de saquearles, y así remitieron
toda la presa al General Quesada, cuya muestra no dió poco gusto á
su gente, persuadida ya á que no dejarian de encontrar otras de
mayor sustancia; reconociendo demás de esto por lo que tenian visto
que la tierra de los Mozcas era mucho más dilatada de lo que habian
imaginado, con que todo él campo determinó mudarse de Ubeita á
Ciénega, de donde ya el Capitan Juan de San Martin, con el intento
de entrar en los Llanos, habia partido con su gente y pasado en
contínuacion de su demanda por Siachoque, Ocabíta y Toca, á quien
dieron nombre de Pueblo grande, porque lo merecía lo numeroso de su
casas moradores, y atravesando por la colina ó serrezuela que está
Cercana á Toca, fué á dar al pueblo que llamaron de los Paveses,
por los muchos con que salió una desórdenada tropa de indios á
darle batalla, en que hubo poco que hacer por la facilidad con que
fué deshecha y ahuyentada por los españoles; pero sin hacerles más
daño pasaron al pueblo de Isa donde tenian noticias que habitaban
gentes que comerciaban con otras confinantes de los Llanos.
Estando alojados ya, y procurando hallar guias que los
gobernasen en su derrota advirtieron que se les acercaba
presurosamente un indio anciano, de buena presencia ensangrentada
la tenia ó camiseta, á causa de llevar cortada la mano izquierda y
las orejas que se manifestaban pendientes del cabello, y se supo ir
huyendu de Tundama, por quien vulgarmente se llamó Duitama la
ciudad principal de donde era Cacique, y el más guerro de los que
se hallaron en la region fria; y apénas el Gandul se vió delante de
los españoles, en cuya demanda iba, cuando en alta voz les dijo
estas palabras: Hijos soberanos del sol, yo vengo de la Corte de
Tundama, donde vuestra opinión se ha extendido por relaciones
verdaderas de los hechos heroicos que obrais con los que resisten
vuestro poder, y de clemencia con que amparais los que solicitan y
vuestra amistad. Ofrecióse consultar la forma de proceder con
vosotros, y hallándome hombre de canas, y no falto de las razones
que aconseja una experiencia larga de las mudanzas del si lo, fuí
de parecer que os despachacen embajadores de parte de mi cacique,
con presentes que os aplacasen y palabras que inclinasen á la
amistad de mi patria. No fue tan aprobado mi consejo que le faltas
a contradicciones de parte de aquellos que por no haber visto la
cara la guerra desprecian la paz, y con su poca edad abrazan el
peliqro que no han tenido á los ojos. Pero el que más agradecido
debia mostrarse, que era Tundama, estuvo tan falto de razon y
prudencia, que descomponiendo la gravedad y modestia que los
príncipes deben tener por regla, puso en mi rostro las manos, y
cortándome una de mias y las orejas me dijo: hállome tan obligado
del celo, que te elijo por embajador de los Ochies, y quiero que
siendo tú el presente que le remito le digas que de esta calidad
son los tributos que yo pago a extranjeros; y que lo mismo que hago
de ti por cobarde, prevengo hacer en ellos cuando lleguen á mis
tierras, y que me pesará lo dilaten, pues para que no lo hagan
podrás ser tú la guia que más bien los encamine (y prosiguio el
Gandul en su queja). Esta mi afrenta, gente valerosa, la tengo por
más vuestra que mia; y así porque me hallo sin brios para el
desagravio, será bien que vengueis esta injuria para el
escarmiento.
Oidas las quejas del indio, y movido de compasion el Capitan
Cardoso, le curó las heridas, en que tenia particular gracia,
debida á la experiencia y necesidad en que se había visto de
hacerlo muchas veces en las guerras que se había hallado. Y por
otra parte, picado el San Martín de la arrogancia y atrevimiento
del bárbaro Tundama (estímulo el más grave para irritar á la nacion
española más que á otra alguna), mandó aceleradamente que fuesen
diez infantes y siete caballos, de quienes tenia confianza serian
bastantes para quebrantarle los brios, á ejecutar el castigo de
aquella ofensa: confianza propia de quien está enseñado á vencer, y
la gobierna por los encendimientos de su cólera. Pero habiendo
llegado á Firabitoba y examinado á sus moradores acerca de la
pretension que llevaban, supieron cuán bien apercibido estaba el
Tundama de gente de guerra bien disciplinada, y de lo demás
necesario, de armas y bagaje, que como sagaz había provenido para
defenderse (como despues lo mostró la experiencia, y diremos á su
tiempo), por lo cual determinaron dar vuelta al campo, algo más
resfriado el coraje, y bien considerada la dificultad de la empresa
que acometían, y no meditó ántes el Capitan San Martin, pues aun
con fuerzas dobladas fuera dudoso el combate; á que se añadia haber
divisado desde Firabitoba campañas muy dilatadas y amenas, que
daban señales de pujante copia de indios, sobre que hicieron
diferentes preguntas, aunque sin coger el fruto de noticias
ciertas, por ser de Sogamoso las tierras que se descubrian, tan
veneradas de los naturales, que aun su nombre ocultaban.
Vueltos á Iza, pues, los diez y siete españoles, y recibidos
bien los motivos de su resolucion acertada, mandó el Capitan San
Martin á las guias los encaminasen al valle y tierra de que los
compañeros daban noticia; pero ellas, guiando siempre á mano
derecha por diferente parte de la que deseaban, los que condujeron
por los altos de Cuitiba y Guaquira, y bajando la laguna de Tota,
sin llegar á Sogamoso ni pasar por el compas y términos de su
tierra, que tenian por santa, revolvieron sobre Toca y Bombazá, y
entreteniéndolos ocho dias en vueltas y rodeos, cuando juzgaban
salir de la serranía, se hallaron otra vez en Beganique con grave
pesar del engaño, aunque de la pena resultó alegría, y del yerro
que tuvieron el acierto que pudieran desear, que así usa de su
condicion la inconstancia de lo temporal; pues marchando por aquel
valle descubrieron rastro recientde de caballos, porque otros
españoles dé su campo, de quien era Cabo Fernan Vanégas Carrillo,
habian hecho por aquellos paises algunas surtidas y presas de
consideracion. Pero reconociendo el Capitan San Martin cuán vecino
se hallaba de Ciénega, donde habia de estar el General Quesada con
el resto del campo, y cumpliendo con su obligacion, dispuso que los
infantes se anticipasen á dar aviso de su vuelta y viaje: los
cuales, como llegasen cerca del pueblo y viesen humos sin aquel
ruido acostumbrado que la gente española tenia en su alojamiento,
creyeron que aun no había llegado á Ciénega y se estaba en Ubeitá,
donde lo habian dejado al tiempo de su partida: con que temerosos
de que si llegaban solos era muy verosímil que los indios de
Ciénega quisiesen vengar en ellos las ofensas que tenian recibidas
de todos, se resolvieron á ocultarse entre unas matas hasta que la
oscuridad de la noche los amparase, para que libres del riesgo
pudiesen dar vuelta á Beganique. Con este miedo se hallaban
ocultos, cuando oyeron la voz de un asno llamado Marubane, cuyo
canto era bien conocido de todos, y entoces les pareció más suave
que de canario; porque, animados de su eco, desampararon las matas
y llegaron á las casas, donde hallaron algunos españoles, que
preguntados por la demás gente, respondieron haber ido en demanda
de un Rey que llamaban de Tunja, de quien habia dado grandes
noticias un indio que prendió Hernan Venégas, mas que no sabian el
suceso en que habia parado la empresa, aunque no podia tardar razon
de la resulta, por estar poco distante la parte que el indio habia
señalado.
Para más claridad de lo que vamos diciendo, es preciso advertir
que al tiempo que los españoles vacilaban sin determinacion fija en
sus conquistas, aunque estaba más valido el parecer de que las
pasasen a los Llanos, en que hallaran su perdicion por no saber
quizá que los Lacedemonios no castigaban al soldado que en la
guerra perdia la lanza, sino el escudo, para dar á entender que es
mejor conservar que adquirir, reinaba en Tunja (Corte de aquellas
provincias, que dijimos en el libro segundo ser blanco á que tiraba
la ambicion de los Zipas), Quimuinchatecha, Príncipe anciano, de
gruesa y descompasada estatura, Feroz en el aspecto, no ménos por
la inclinacion del ánimo que por la fealdad del rostro; pero
observantisimo en su religion, sagaz en las consultas, astuto en
los medios y diligente á las conveniencias en que lo empeñaba la
disposicion de la guerra, ó el político gobierno de la paz. Todas
estas buenas prendas se deslucian á vista de los sangrientos
castigos que hacia en los suyos, llevado de su condicion áspera y
crueldad del ánimo: vicios que, cuanto más se extreman en sembrar
temor en los subditos, tanto más se malquistan reconciliando odios,
que son las basas mal seguras en que peligra la obediencia. De esta
crueldad, que amaba y era efecto continuado tener poblada la Loma
que cae á La parte del Occidente y dominaba su Corte, de muchos
cuerpos muertos y pendientes de patíbulos diferentes, por cuya
ocasion los españoles la llamaron la Loma de los ahorcados, demás
de otros muchos castigos que usaba; con que amedrentados sus
vasallos tanto como él vivía receloso de la mala voluntad que
reconocia en ellos, no tenian de temor más voluntad que la suya y
mucho más despues que llegaron las primeras noticias de que gentes
extranjeras andaban por sus tierras y habian invadido algunas
provincias del Zipa.
Esta reverencia en los vasallos y aquel recelo en
Quimuinchatecha (ó más propiamente Quemuenchatoca), fueron causa de
que los suyos, con fraude y cautela, se ocupasen en desviar á los
españoles de la ciulad principal á donde este Príncipe tenia su
asiento, y era tan uniforme el desvelo que en ello ponian las
provincias, que habiendo pasado muchas veces los españoles por sus
paises, así de Toca como de Turmequé, y hecho apretadas diligencias
para alcanzar enteras noticias de la tierra con algunos indios
(entre quienes, supuesta la condicion del Tunja, no faltarian
muchos agraviados), no fué posible encontrar quien falsease la
llave del secreto con que Quimuinchatecha pretendia estar oculto.
Pero como de los corazones lastimados con injurias siempre renacen
memorias en que esculpir de nuevo el agravio, y la fidelidad en los
indios sea hija del temor y su venganza duerma solo miéntras no
hallan disposicion de ejecutarla, aconteció salir de Ubeitá Fernan
Venégas por Cabo de alguna gente, en demanda de alguna poblacion
abastecida y capaz de que en ella se mudase el campo; y llegando á
aquel valle de Beganique, en que dejamos al Capitan San Martin,
tuvo tan buen suceso, que habiendo saqueado algunas casas
despobladas, encontró un templo entre ellas, en que se hallaron
seis mil castellanos de oro fino y otras preseas de estima.
Gobernaba aquel valle por el Rey de Tunja un indio noble,
capital enemigo suya por haberle muerto á su padre; y éste, siendo
dueño del templo, y viendo la forma con que los españoles lo
despojaban de su hacienda, y hallándose entre dos extremos de dolor
que lo apretaban á un tiempo, eligió la pérdida de su tesoro, por
no malograr la ocasion de su venganza, y para conseguirla salió al
camino á los nuestros con rostro alegre y pacifico, y excusandose
de testigos de su nacion y fiando su sentimiento al intérprete de
Hernan Venégas, le dijo estas palabras: Capitan, pues te llevas la
poca hacienda que tenia, no será bien que persona tal como la tuya
se contente con tan poca presa, ni deje libre al dueño que la
poseía, cuando puede servirle de mayor interes: llévame contigo y
te asistiré en la forma que lo hacen, los demas criados que te
acompañan en buen traje, aunque de nacion y calidad diferente que
la mía. Ser tu esclavo me basta y para no ser conocido de los mios,
córtame los cabellos y desnúdame de la noble vestidura que me
cubre, y te importara tanto aceptar e fa oferta, que, te prometo
guiar donde halles innumerables tesoros; y son de oro y plata los
que estimas, yo soy quien unica y fielmente te encaminara de la
dicha de conseguirlos. Ninguno otro te revelara este secreto,
temeroso de lós órdenes y rigores del Zaque de Tunja, que, que como
supremo señor de todos, lo tiene encargado: y aunque yo sea uno de
los que han vivido debajo de su potencia, tambien soy uno de los
que estan ofendidos de su crueldad. Con tu amparo desterraré los
miedos y me animaré á lograr la ocasion de tan justa venganza como
la que emprendo de este tirano que quitó á mi padre la vida en
dilatadas prisiones. Lo que te aseguro es que, si fiado en mi
palabra, sigues tu fortuna, tendras toda la riqueza que baste á
colmar los deseo de tus compañeros pero la condicion sea que el
asalto de la corte y palacio se ejecute con buenas armas para los
que intentaren oponerse; y con presteza, porque no tenga lugar el
Zaque de ocultar sus tesoros con maña.
Oidas las razones del bárbaro, fué acariciado del Cabo y gente
española, vistiéndolo al uso de los indios de la Costa: cortóle el
cabello, púsole un bonete de grana, insignia que le pareció de
grande estima, y dejando el valle de Venégas, llamado así despues
en memoria e este suceso, dió la vuelta á Ciénega, donde ya estaba
el General Quesada, á quien comunicó las noticias participadas del
indio, que repreguntado se afirmó en todo lo que tenia dicho; con
que se determinó el General Quesada á tomar por su cuenta la
empresa, yendo en persona con toda la gente escogida de su campo,
ménos cuarenta hombres que dejó á cargo del Sargento Mayor Pedro de
Salinas, con órden de que al dia siguiente lo siguiese con el
bagaje; y para no malograr la empresa, comenzó luego su jornada por
la parte que lo llevaba la guía, cuya ansia al siguiente dia era de
que acelerasen el paso por ir declinando ya mucho el sol y haberles
de ser gran inconveniente la oscuridad de la noche, si sobrevenia
ántes de llegar á la Corte de Tunja. Pero como su Rey tuviese por
momentos avisos de los pasos que daba la gente española y la marcha
apresurada que llevaba para entrar en ella, mandó que saliese al
encuentro gran parte de la gente plebeya con mucho bastimento y
telas de algodon de presente, para que, cebada la codicia en
recibirlas, se detuviesen entre tanto que él ponía en cobro la
mayor suma de sus tesoros, cuya cantidad de oro fué tan crecida
como podrá colegirse de lo que dijéremos al capitulo siguiente.
Toda su pretension hubiera logrado Quimuinchatecha, sí ya cuando
salieron los indios con el presente no llegaran los españoles a los
primeros burgos de la ciudad y estuvieran á vista de su cercado á
tiempo que la luz del sol solamente aseguraba dos horas del dia,
que fué de San Bernardo á veinte de Agosto; y aunque desmayado el
sol heria de fuerte en las casas principales, que de sus puertas
repercutian los resplandores de las laminas y piezas de oro que
tenian pendientes, y tan juntas, que siendo del aire acometidas y
rozándose unas en otras, formaban la armonia más deleitosa para los
españoles que, ya sin detenerse á mirar los presentes engañosos que
les ofrecían, pasaron arrebatadamente, no sin gran turbacion y
sobresalto de aquella muchedumbre, que hallaron congregada junto al
cercado, cuya grita y alboroto qué tan grande, que todo era
confusion y espanto, sin que de una ni de otra parte se combatiese,
aunque se hallaban los indios con las armas en las manos, así de
dardos y flechas como de macanas y piedras, mas no para valerse de
ellas, ántes sí para servirles de confuso embarazo al asombro que
concibieron de ver los caballos y la soberbia de los extranjeros.
Entónces Quimuinchatecha, hallándose imposibilitado de poder salvar
la persona por sus pies ni por los ajenos, respecto de su mucha
corpulencia y edad, que seria de hasta sesenta y seis años, mandó á
sus guardas cercasen las puertas del Palacio, que se formaba de dos
cercas fuertes y distantes doce pasos la una de la otra, teniendo
ya en la menor casa de las que habia dentro recogida mucha cantidad
de oro en petacas (que son á manera de arcas pequeñas) liadas y
dispuestas para trasponerlo en hombros de sus vasallos, y á esta
causa solamente tenia cada carga aquel peso que bastaria un hombre
á llevar sobre sí. Mas viendo sus guardas y criadás el repentino
avance de los españoles, fueron arrojando por la parte superior de
la cerca la mayor parte de aquellas cargas, que recogian los indios
de afuera, sin advertirlo la gente española, por haber ocurrido
toda junta á ganar la puerta del cercado, con fin de hacerse dueños
de lo interior, donde tenian la noticia de que estaba el tesoro que
buscaban: con que al mismo tiempo cuidaban los indios que recibian
las petacas, de irlas trasponiendo de unos en otros, hasta donde no
se ha tenido más noticia de ellas; descuido muy de notar en un
caudillo que premeditó la empresa y no supo asegurarla como
discurrirla.