CAPITULO II
SALE QUESADA DE BOGOTÁ PARA SOMONDOCO EN DEMANDA DE LAS MINAS DE
ESMERALDAS QUE DESCUBRE, Y TAMBIEN LOS LLANOS DE SAN JUAN, Á DONDE
ENVIA AL CAPITAN S. MARTIN, QUE CON MALOS SUCESOS SE RETIRA.
TIEMPO, cuidado y paciencia son los fiadores de buenas fortunas,
y así no hay que desconfiar de las apariencias, por más
infelicidades que anuncien, pues la apresuracion y desconfianza
apartó de muchos la dicha que tuvieron entre manos, para ponerla en
otras, dejándolos en el miserable estado que no imaginaban; como
hubiera sucedido al General Quesada, si como su ejército intentó
dos voces bajar de la sierra de los Llanos (sepulcro Infausto de la
naden española), lo hubiera ejecutado faltando á la prudencia de
que lo dotó el cielo: pero como ésta le hubiese enseñado siempre
por las muestras del oro y esmeraldas que hallaba entre los Mozcas,
que allí tenian su nacimiento y minerales, cuán falso era concepto
hecho de tenerlas aquel reino por vía de rescate de otros, como al
principio se habia imaginado, no excusó ocupar muchos dias á Hernan
Pérez, su hermano, en el descubrimiento que se decia haber en la
provincia de los Muzos, aunque sin más fruto que el de haber visto
á Furatena, señora independiente de los Reyes de Tunja y Bogotá, y
primer fundamento de la falsa voz que corrió de haber encontrado
Amazonas. Ni así mismo dejaba Quesada la costumbre que tenia hecha
de preguntar á cualquiera indio forastero que veia, por muchas
particularidades que deseaba saber; y como en cierta ocasion viese
en su alojamiento un corro de mancebos de buen arte, que por la
disposicion reconoció no haberlos visto otra vez, les preguntó con
disimulo en qué parte se hallaban aquellas piedras verdes que los
indios solían presentar á su gente, y manifestóles para que lo
entendiesen algunas de ellas: á que lo respondió uno de los
mancebos sin aquella cautela y recato que profesan despreciar los
pocos años, que en el Somondoco las habia, sitio distante poco más
de veinte leguas de la parte en que de presente se hallaban. No
pudo Quesada oir por entónces palabras que tanta armonía le
hiciesen, y comunicadas con sus Capitanes, acordaron descubrir las
minas que tales piedras producian.
Determinados ya los españoles á seguir la demanda de las
esmeraldas y no olvidados de que el Cacique de Bojacá, poderoso en
vasallos, se habia excusado de visitarlos, habiéndolo hecho todos
los demás Caciques de la Sabana, salieron de la Corte de Bogotá y
torciendo el viaje marcharon á Bojacá, poco distante, y apénas lo
supo su Cacique cuando puesto en huida dejó la ciudad y vasallos al
arbitrio de las armas extranjeras; con que los españoles, libres de
oposicion y mal contentos de los moradores, dieron á saco la
ciudad, encontrando en ella grandes cantidades de mantas y túnicas
de algodon, y tomando quinientos indios para cargueros, continuaron
su jornada volviendo á seguirla derechamente por aquellas grandes
poblaciones de Engativá, Techo, Usaquen, Teusacá y Guasca,
admirados de ver donde quiera que llegaban infinita muchedumbre de
naturales, cuyos Caciques y Gobernadores los salían de paz y
recibian con ceremonias extrañas de respeto y urbanidad; y cuanto
mas penetraban la tierra, descubrian más poderosos pueblos que los
referidos, como se reconoció más bien en el de Guatavita, donde se
extremaron en recibirlos con dones y demostraciones amigables;
porque imaginan los que una vez perdieron la libertad, que ó
mudando el dominio mejoran de fortuna ó cortejando diferente dueño
vengan su primer agravio: como si la opresion no creciera mientras
se multiplican nuevos administradores de la tiranía. Juzgó nuestra
España que agasajando á los romanos se desahogaba de los
cartagineses, y doblóseles el yugo: recurrió a los Wandalos y Godos
y quedó para destrozo de muchas naciones. Ejemplo infeliz y más
moderno puede ser Guatavita, Corte ilustre de Príncipes, cuya
grandeza no cedia á Bogotá, y en la entrada de los españoles ciudad
populosa, de gran fuerza de gentes guarnecida y habitada; y al
presente por la mudanza de los dominios pueblo tan corto, que solo
conserva las reliquias de lo que fué en el nombre, y poco más de
siento y cincuenta vecinos, que goza en feudo el Maese de Campo
General D. Francisco Vénegas Ponce de Leon, hijo de D.
Francisco Vénegas, del Hábito de Calatrava y de Doña María de
Mendoza Maldonado, y nieto del Mariscal Hernan Vénegas y Doña Juana
Ponce de Leon, rama ilustre de la Casa de Arcos, que habiendo
casado con Doña María Bravo de Tórres, goza por fruto de tan noble
señora á D. Cristóbal Vénegas, sucesor en los repartimientos de
Guatavita y Guachetá.
Poco se detuvo allí el campo español, pues al dia siguiente,
habiendo sesteado en Sesquilé, descubrieron á Chocontá, grande por
su fábrica de casas y copioso número de vecinos, y aumentada con
presidios como frontera de los Reinos del Zipa contra las
invasiones del Tunja: pusiéronle por nombre la ciudad del Espíritu
Santo, por haber celebrado en ella su pascua. Aquí sucedió un caso
gracioso, aunque por lo extraño de mucho pesar para todos miéntras
ignoraron la causa; y fué, que en uno de los dias que allí se
detuvieron perdió improvisamente el juicio un soldado llamado
Cristóbal Ruiz, con demostraciones tan furiosas, que causó general
compasion y que se convirtió luego en miedo y asombro, viendo que
al cerrar de la noche experimentaban el mismo delirio en otros
cuatro soldados. Turbó este nuevo suceso grandemente el ánimo del
General Quesada, y vacilando toda aquella noche en discurrir el
motivo, la pasó desvelado, hasta que á la mañana supo que más de
cuarenta soldados estaban tambien locos como los primeros: y aquí
fué cuando, creciendo la admiracion y el espanto, temió con los
demás que fuese algun particular juicio de Dios en castigar aquel
pequeño ejército con tan extraordinario azote, y más, viendo que
cada hora crecia el achaque en otros muchos; pero templóse el temor
á la noche y al dia siguiente, con ver que iban todos cobrando el
juicio, unos ántes y otros despues, conforme al tiempo en que lo
habian perdido. Refiérelo así el mismo General Quesada al capítulo
séptimo de su primer libro del compendio historial, donde añade
estas palabras: Y quedaron más locos que ántes, pues andaban
entendiendo en hacer tan gran locura como era arrebatar las
haciendas que, no les pertenecian y despojando gentes que vivian á
dos mil leguas de España, lo cual pudieran justificar en mitad de
la conquista, si quisieran tener paciencia para ello.
La causa de la dolencia pasada se originó de que las indias que
iban violentadas en servicio de los españoles, echaron en la comida
cierta yerba llamada tetec, y vulgarmente borrachera, que causa los
efectos conformes al nombre que tiene, sin que pase á más daño que
al referido; é hiciéronlo con el fin de poderse huir al tiempo que
sus dueños estuviesen fuera de sí, como en efecto lo consiguieron
muchas. Pero libres ya los nuestros del susto, y pasada la
festividad, prosiguieron su marcha, y entrando por los términos del
Zauqe ó Rey, de Tunja, llegaron á Turmequé, no ménos poblado y
numeroso que Chocontá, porque poco distante de la Corte del Zaque y
frontera suya contra el Zipa de Bogotá, se hallaba fortalecido de
crecidas guarniciones por las continuadas guerras que tenian estos
dos Príncipes, de que estuvieron ignorantes mucho tiempo los
españoles, sin que alguno oyese nombrar al Tunja ni supiese quién
era, ni en qué parte residiese, aunque se detuvieron en Turmequé
algunos dias, donde su Cacique y vasallos les daban la veneracion y
culto dedicado á sus Dioses, zahumándolos en comun y en particular
con la misma resina del Moque y hojas de Hayo destinadas á los
ídolos que adoraban en sus templos. Y aunque en diferentes
ocasiones preguntaron los españoles á los vecinos por algunas cosas
y noticias de gentes y personas diversas, jamas dieron razon de su
Príncipe ni de la mucha riqueza que tenia; con que desamparando á
Turmequé, á quien llamaron el pueblo de las Trompetas, por cuatro
que hicieron de las pailas que no servian, con intencion de
lograrlas en las guerras que se ofreciesen, ó en dar autoridad á
los banquetes que ya les sobraban, prosiguieron su jornada en
demanda de la provincia de Tenza, obligados de la relacion que les
hizo el Capitan Valenzuela, á quien desde Turmequé habia despachado
Quesada con cuarenta hombres á descubrir las minas, como lo hizo,
volviendo con muestras de ellas. Y víspera de S. Juan entraron en
el pueblo de Icabuco, algo más numeroso entónces que Turmequé
(siendo así que ésto tendría hasta cuatro mil vecinos) y al
presente trocada la suerte por la experiencia que hay de que los
repartimientos puestos en la Corona Real son los ménos trabajados y
que más se conservan, y ser Turmequé uno de los que gozan esta
buena fortuna, que lo hace rico y grande, y dia del Santo, llegaron
á Tenza, á quien llamaron por sus muchos vecinos la ciudad de S.
Juan, en que fueron bien recibidos y acariciados.
De allí se encaminaron á Garagoa y Obeitá, donde hicieron alto,
por ser las casas que allí habia capaces y bien proveidas de
bastimentos, y porque supieron estar ya muy cercanos á las minas de
las esmeraldas, mandó el General Quesada que los Capitanes
Valenzuela y Cardoso fuesen otra vez con copia de soldados (entre
ellos Parédes, Calderon y Albarracin, de quienes solo hay noticia)
á reconocerlas, y volviesen con certidumbre jurídica del
descubrimiento. Los cuales, en cumplimiento del órden, llegaron á
Somondoco y a las altas sierras donde se crian y sacan las
preciosas piedras de que tan amantes se mostraban los españoles y
de cuyo descubrimiento justamente pudieron quedar vanagloriosos,
pues dieron á su Rey minerales que no se sabe haya otro que los
tenga, ni en otras partes fuera de Muzo y Somondoco: pues aunque en
la segunda parte de los comentarios del Inca Garcilazo se diga
haberlos tenido el Perú en Puerto viejo, la experiencia afirma lo
contrario. Verdad es que se hallaron en sus primeras conquistas
algunas esmeraldas entre los indios, que fácilmente pudo conducir
el rescate de unas naciones en otras, pues en todas eran tan
estimadas, y los Reyes de Quito se correspondian con los de Bogotá,
de que pudo originarse la falsa opinion de que se criaban en el
Perú: y aunque tambien se dice que la naden Portuguesa en el
Oriente las adquiero por rescate del Reino da Narsinga, donde hay
minerales de ellas, con todo eso, ninguno de los extranjeros que
allá contratan dice haberlas visto, y las que me han enseñado en
esta Corte algunos mercaderes de Portugal, diciendo ser de Oriente,
siempre me han parecido de Muzo, y no de las mejores, en que piensa
no haberme engañado, como quien tiene bastante conocimiento de
ellas; y á ser cierta su relacion, poca necesidad tenian, así ellos
como otros extranjeros, de comprarlas tan caras á los castellanos
que las conducían de Muzo, con fin de venderlas por rescate al gran
Mogor, que las compraba por cualquier precio que les pusiesen, para
hermosear la techumbre de un salen de su palacio, como lo vimos
desde el año de mil seiscientos y cuarenta hasta el de cincuenta,
pues teniendo su Imperio tan inmediato al de Narsinga, se hubiera
excusado tan crecidos gastos como se reconocieron del precio
excesivo á que por esta ocasion subieron las esmeraldas en el Nuevo
Reino. Y volviendo á su descubrimiento, es de saber que desde la
eminencia de la sierra en que se crian, vieron claramente los
nuestros, por el abra que hacen dos montes, alguna parte de los
extendidos Llanos de S. Juan, que segun la distancia que se
representaba á la vista, pareció ser breve la jornada que se
gastaria en llegar á ellos, que desearon mucho, por la presuncion
que tuvieron de ser aquellas campañas de mucha consideracion, como
gente que juzga de lo que no ha visto siendo muy diferente lo que
parece de lo que es; como se experimentó en las infelices jornadas,
que se perdieron muchos caudillos valerosos, que fueron lástima á
las edades, pues no se descubrió en ellos cosa que no fuese
calamidad y miseria.
Hecho el descubrimiento por los dos Capitanes, volvieron al
campo llevando buena muestra de las esmeraldas y relacion de haber
dado vista á ciertos campos ó llanos de extraña grandeza: con que
el General Quesada, descoso de saber qué calidad tenian las tierras
de aquellos llanos, ordenó al Capitan Juan de San Martin que con
treinta hombres fuese á reconocerlos y volviese con la resulta
dentro de quince dias á lo más dilatado. Prevenidos los infantes y
caballos por eleccion que hizo de los más ariscados para cualquier
tranco que se le ofreciese, puso en ejecucion su partida pasando
por Lengupá, termino último hasta donde corre la lengua Chibcha, y
atravesaron las asperezas inaccesibles de la provincia de los
Teguas, diferentes en traje y lengua de los Mozcas, donde
encontraron un rio no muy ancho pero de corriente tan rápida que
para atravesarlo el más diestro nadador perdió la confianza de sus
brios, á causa del movimiento impetuoso que llevaba por el despeño
de unas rocas, y tal que aun el agua no se veía por la mucha espuma
que de los golpes formaba. Bajaron más abajo cinco soldados por ver
si le hallaban esguazo, y á Poca distancia encontraron un indio
descuidado de ver en sus tierras hombres de tal extrañez en barba y
color; y así á las primeras vistas se halló con el susto que el
caminante cuando ménos cauto se ve salteado de repentina fiera, y
viendo no ser posible asegurar la vida con los piés, remito á mas
no poder su defensa á las manos, haciéndolo valiente en el riesgo
forzoso el mismo peligro que lo acobardara en el empeño
voluntario.
Así, pues, el bárbaro, viéndose rodeado de los cinco infantes, y
hallándose con un tronco nudoso en las manos, se les opuso tan
feroz, que pudo dar lecciones de valiente al más arrestado montero;
porque jugando el basten á todas partes, acometiendo unas veces
retirándose otras, hizo tan dudoso el combate, que ya se hallaban
lastimados los cuatro con dudas de poderlo rendir, por haber
intentado desde los principios cogerlo vivo para servirse de él
como guia en la jornada, de que resultó defendérseles tanto tiempo.
Pero recobrados á su acostumbrado valor, se dieron tal maña que,
sin herirlo, lo derribaron en tierra, aunque era tan forzudo el
bárbaro, que se los llevaba arrastrando á todos cinco por la cuesta
que declinaba al rio, forcejando para precipitarlos con manos y
pies, puñadas mordiscos que repartía con grave daño de los cinco
soldados. Mas, estando ya rendido a combate y amenazas de que le
quitarian la vida, y trocándolas en halagos y señas amigables le
dieron á entender que solo pretendian les mostrase paso en aquel
rio: con lo cual más sosegado el bárbaro, los encaminó bien cerca
de donde se hallaban, á un puente de bejucos tejidos, pendiente de
los árboles más altos, que se hallaban en la una y otro banda del
rio: invencion y artificio que ninguno de los conquistadores más
prácticos de la tropa habia visto en las peregrinaciones de tan
diferentes climas como tenian corridos, y así no habia entre ellos
quien se atreviese á pasar por ella ; porque ademas de sor fábrica
frágil, en forma de zarzo, con las cañas ó mallas muy largas,
sospechaban ocultarse en ella algun engañoso peligro ó trampa
artificiosa en que pereciesen todos.
Iba en la tropa Juan Rodríguez Gil, de quien hemos tratado en
otra ocasion, y por más atrevido subió en el puente á reconocer las
ligaduras; y pareciéndole que estaban bien aseguradas las amarras,
fué caminando por él y reconociéndolo poco á poco (aunque extrañaba
los vaivenes del columpio ordinario, que tienen semejantes puentes
cuando los pasaban) hasta que llegó á la otra parte del rio, y
hecha la experiencia y asegurados de que no habia fraude en el
pasaje y de que para los caballos no descubrían donde conseguirlo,
cuando lo necesitaban tanto, determinaron aventurados por la parte
que les pareció correr menos violentas las aguas, mas habia de ser
pasando alguno primero por aquella parte, llevando una soga que,
doblada, alcanzase de la una á la otra banda del rio, para que
aquel que tomase la ribera tirase del un cabo de la soga con que
habia de atarle el caballo, y de la otra ribera, no faltase quien
lo defendiese de la corriente, recogiendo ó alargando la otra parte
de la soga sin soltarla de todo punta, ni de la una ni de la otra
banda, hasta que el caballo estuviese asegurado de la corriente:
traza muy ordinaria para esguazar semejantes rios en las Indias, á
que llaman pasar por aladera. De este único remedio solo podia
usarse en el estado en que se hallaban; pero ninguno de los
soldados habia que no temiese tentar el paso, si no era Diego
Gómez, de nacion portugues, hombre determinado y diestro nadador,
que se aventuró con fin de remediar el daño de todos; mas, apénas
tocó en la corriente mañoso cuando á pesar de su fuerza venció como
superior la del rio, llevándoselo i golpeándolo de más peña en
otra, de suerte que los compañeros hacian ya muy poca cuenta de su
vida; mas su valor y destreza pudo tanto en aquel riesgo, que sin
soltar la soga de las manos venció la pujanza de las aguas,
dejándose primero llevar de ellas (traza bien pensada para seguida
contra el curso de una mala fortuna) y tomó la ribera contraria, á
donde, por el órden referido, lanzaron los caballos al agua, y
animándolos con gritos los fueron pasando de uno en uno, siendo de
solo Diego Gómez conducidos: y concluido el esguazo, no sin pequeña
fatiga de todos, dieron vuelta al puente para pasar por él las
sillas y bagaje que llevaban para la jornada.
En tan arriesgada ocupacion pasaron aquel dia, y al siguiente se
empeñaron á caminar adelanto por tierras asperísimas y faltas de
gente y comida, siendo los moradores que hallaban raros y poblados
á largos trechos unos de otros. De esta suerte iban todos
desconsolados, llevando por delante dos infantes para que
descubriesen senda por donde pudiesen lo más comodamente conducir
los caballos; y encontrando éstos á otros dos indios con macanas y
queriendo cogerlos para guias, ellos, sin asombrarse de la gente
nueva, de quien no alcanzaban noticia por vista ni fama,
previnieron sus armas y del primor golpe que el uno de ellos dió al
español que más se le acercaba, le partió la rodela en dos pedazos,
como el con alfanje la hubieran cortado (tan poca es la diferencia
que le hace la macana.) Pero el soldado, viéndose falto de una arma
tan necesaria, dejó correr algo más de lo que imaginaba la mano de
la espada, y de un reves lo abrió por los pechos, cuya herida
apénas vió el compañero, cuando volviendo las espaldas dió muestras
de su asombro con la fuga; y despues de haber llegado la demás
gente, á pocos pasos dieron en una casa donde cogieron quince
personas, y entre ellas una india que en cualquier parte del mundo
pudiera señalarse en hermosura (tan pródiga anduvo la naturaleza en
la disposicion de perfecciones de que dotó el sujeto.) Era de
aspecto grave, achaque de que adolecen todas aquéllas que tienen
confianza de su beldad y no la aplican á empeños ilícitos: á ésta
la llamaron la Cardeñosa, por el aire que daba su rostro al de otra
dama que los españoles conocian en la costa de Santa Marta.
Buscaron por allí mantenimientos de que padecian mucha falta;
pero no bastaron sus diligencias para descubrir grano de maíz,
aunque suplieron por él algunas tortas de cazabe amasadas con
hormigas, que solas y tostadas es todo el sustento de cierta nacion
que habita aquel pais, cuya brutalidad y dejamiento se contenta con
ellas y al tiempo de tostarlas para este efecto, dan el mismo olor
que los quesillos que se labran para comer asados. Asimismo
hallaron labranzas de maní, que viene á ser una mata que de las
raíces tiene pendiente ciertas vainillas no mayores que las de los
garbanzos, y dentro de ellas tienen unos granos que fuera de la
cáscara parecen meollos de avellanas de las que propiamente son de
buen gusto, aunque comidos con exceso causan dolor de cabeza: es ya
semilla muy usada en confitura y turron, á que no se aventaja el de
piñones; y en los Llanos es increible la abundancia que hay de esta
semilla. Allí preguntaron á los indios por el camino de los Llanos,
que ya se reconocian distintamente; y ellos en respuesta se tapaban
los ojos, significando con aquella accion que jamas hablan llegado
á ver aquellas tierras, ni sabian camimo ni vereda por donde
poderlos guiar: mas no por eso desistieron los nuestros de su
pretensión, siguiéndola á tino por aquella derecera, que los empeñó
la suerte en montes cerrados y profundos arroyos murados de peñas,
imposibles de vencer, en que gastaron diez dias faltos de comida y
sin rastro ni señal que denotase haber habitacion que no fuese de
fieras y animales bravos, hasta que dieron en otro rio mucho más
impetuoso que el pasado y de más difícil tránsito, por lo
inaccesible de los peñascos por donde corria; y viendo que
impedimento tan grande quitaba la esperanza de poder pasar adelante
su gente, determinó el Capitan San Martin volverla (ya mal
contenta) por el mismo camino que abrieron para la entrada, cuya
dificultad creció con el hambre, flaqueza y cansancio que padecian
todos, habiendo sido de tan poco fruto como se ha visto la jornada
en que gastaron cuarenta dias de continuos trabajos, aunque la
ménos infeliz de las que se han hecho á los Llanos; pero no
desfallecido el ánimo español, llegaron vivos todos los soldados á
Lengupá.