LIBRO
QUINTO
El Capitan Juan de Céspedes entra en la provincia de los Panches y
queda victorioso en una batalla. Vuelve á Bogotá y marcha todo el
campo á Somondoco. Descúbrense las minas y los Llanos de San Juan,
á donde va el Capitan Juan de San Martin con infeliz suceso. Múdase
el campo á Ciénega, y San Martin pretende segunda vez entrar en los
Llanos: tiene noticias del Cacique Tundama y descubre en su gente á
Sogamoso. El Capitan Venégas halla en Bagañique noticias del Rey de
Tunja: préndelo Quesada y saquea su Corte invade despues á Sogamoso
y determina la conquista de Neiva con mal suceso. Pelea con Tundama
con buena fortuna, parte la presa entre su gente, va en demanda del
Zipa, á quien matan sin conocerlo. Levántase con el Reino
Sacrezazicua, que declara la guerra: asienta paces despues y,
unidas sus fuerzas con las de Quesada, guerrean á los Panches hasta
sujetarlos.
CAPITULO I.
ENTRA EL CAPITAN CÉSPEDES EN LA PROVINCIA DE LOS PANCHES POR
TIBACUY: PLÁTICA CON EL CAPITÁN DEL PRESIDIO DE LOS GUECHAS, Y
ACOMETIDO DE LOS PANCHES, QUEDA VICTORIOSO DESPUES DE UNA PELIGROSA
BATALLA.
BREVE soplo es la humana felicidad; apénas se descuella entre
luces, cuando se desvanece en sombras. Aun no la tiene colocada en
su cumbre, cuando le dispone precipicios la fortuna. Entretiénese
ésta en levantar imperios de las ruinas de los que parecian más
seguros. Ensangriéntase picada en despreciar majestades, arrastrar
coronas y regular la vida de los Reyes por la suerte de los
plebeyos; siendo los instrumentos de que se vale los que ménos
temió la soberanía, para que más sobresalga su poder y mudanza.
Tres príncipes sucesivamente lloró la Francia muertos a manos de
sus vasallos, tan conformes en el nombre como en la desgracia:
otros tres Incas del Perú entre el dogal y el cuchillo: algunos
Reyes España en los principios de su Imperio Godo; y muchos
Monarcas Roma: despojos todos de una violencia impensada, que
parece dejó en vínculo á las Majestades la infelicidad de Julio
César. Y ahora veremos la tranquilidad de un Imperio grande,
turbada en los huracanes de la violencia; mal seguro el dominio en
manos del temor y espanto, y entre las ruinas de su grandeza
publicarán dos Reinos sujetos las variedades de la fortuna. No,
sino veremos en las disposiciones del Cielo el corto tránsito que
algunos príncipes tienen del sitial á la cadena, y otros del trono
al cuchillo; y cuán despreciable es una Majestad que declina en
manos de una codicia poco atenta en guardar privilegios, que la
misma naturaleza escribe en las frentes de los que nacieron
Reyes.
Aliviados dejamos á los españoles con la disposicion que
hallaron para reformarse en los abundosos paises de Bogotá; y
persuadidos (como se dijo) á que no podian esperar más fruto de
aquellas tierras que el que miraba desigual á sus deseos, y en
demanda de mejorar fortuna los veremos peregrinos de regiones no
conocidas, tan desásosegados, que sin determinarse á elegir asiento
fijo se hallen en términos de perderlo todo: como sucediera si las
desgracias no los favorecieran tanto, que los hicieran dichosos por
fuerza; si los infortunios no hubieran sido los medios para
contenerlos dentro de los confines del Nuevo Reino, hasta abrirles
camino de satisfacer las ansias de una codicia que solo puede
terminarse con la muerte. Pasadas, pues, las aguas del invierno,
mandó el General Quesada al Capitan Juan de Céspedes que con
cuarenta infantes y quince caballos saliese á descubrir nuevas
tierras, de sus confinantes con Bogotá, por la parte que miraba al
Occidente ó Septentrion, pidiendo á los Bogotaes guias para la
empresa y cargueros para el bagaje, que ofrecieron con
demostraciones de buena voluntad. Y pareciéndoles tenian entre
manos la ocasion de desembarazar sus tierras del pesado yugo de los
españoles, entraron en consulta sobre elegir la parte á que los
guiarian, de suerte que resultase toda la conveniencia en favor de
sus intereses, y resolviéronse á encaminarlos á la provincia de los
Panches, nacion fiera y atrevida en acometer á otra cualquiera, de
cuya region será bien decir algo para claridad de muchas cosas que
se han de tratar en el discurso de esta historia.
Yace esta provincia nueve leguas distante de Santafé, á la parte
que mira de frente, que viene á ser al Ocaso, por aquella que se
inclina la cordillera de las montañas al rio grande de la
Magdalena, que por algunas partes le sirve de término. No es fácil
de averiguar la longitud y latitud que goza, respecto de ser toda
la provincia de tierras dobladas y montuosas, con pocas partes
escombradas y libres de ásperos caminos y despeñaderos grandes:
tanta es la multitud que tiene de quebradas profundas, arroyos y
nos que la cruzan con acelerado paso. El rio Funza, que tan manso
camina por los campos de Bogotá, en demostracion de la docilidad de
sus habitadores, se inquieta de manera desde que entra precipitado
en esta provincia, que parece le participan su ferocidad los
bárbaros que la habitan. Divide los Anapoimas y Calandaimas de una
misma nacion; y habiendo en otros tiempos asolado la antigua y
hermosa ciudad de Tocaima, pretende ahora besar los cimientos de
que nuevamente se ha fundado en parte más elevada, hasta que
encontrándose con rio grande, pasa por la fortuna de más pequeño,
perdiendo hasta el nombre. Pero aunque sea dificultosa su medida,
tendrá Leste Oeste, poco más ó ménos de quince leguas, que corren
desde los términos de Pacho hasta el pueblo de los Panches y sitio
del Peñol, situados de esta parte del rio Fusagasugá, que baja de
los Sutagaos; y Norte Sur tendrá á diez y doce leguas más ó ménos,
segun forma sus vueltas el rio grande de la Magdalena, rio Negro y
otros, que le sirven de fosos y términos, que la dividen de otras
provincias : ésta lo es de temple cálido, mas y ménos fértil de
maizales con dos cosechas al año, y otras dos de uvas de Castilla,
aunque por la prohibicion que hay de hacer vino, no se tiene mucho
cuidado en plantar y conservar las viñas: es tan abundante, que
tiene la mejor disposicion para ingenios de miel y azúcar; y son
muchísimos los que están poblados, por tener tan á mano las
provisiones de agua y leña.
En ella, pues, habitan los Panches (como se ha dicho), no muchos
en el número respecto de las otras provincias, pero Caribes y
feroces en la guerra y á la vista por le extraño y fornido de la
disposicion y caras: eran tan poco amantes de la vida, que fundaban
su opinion y fama en menospreciar tanto las armas enemigas, que se
entraban por ellas, como si no fueran los instrumentos que tiene
más á mano el brazo de la muerte. No casaban, como dijimos en el
capítulo segundo del primer libro, con las mujeres de su mísmo
pueblo, porque se tenian por hermanos todos los que en él
habitaban: adoraban solamente á la luna, y decian que ella sola
,bastaba en el mundo sin que hubiese sol, y en su falsa creencia no
tenian mal gusto, segun es de ardiente aquella region. Y con ser
tan pocos respecto de la muchedumbre de los Mozcas, los temian
éstos como á fieras indomables ; Y así para resguardo suyo y de sus
tierras, por la parte que confinaban con los Panches tenia el Zipa
presidios y guarniciones en Tibacuy, Subía, Tena, Ciénaga, Luchuta
y Chinga cierta infantería de indios llamados Guechas, hombres
valientes y determinados, de hermosa y grande disposicion, ligereza
y maña: éstos no usaban melena, sino andaban trasquilados, las
narices y labios horadados, y por los agujeros atravesaban unos
cañutillos de oro fino, y tantos cuantos Panches habia muerto cada
cual en la guerra.
Miraban, pues, á dos fines los Bogotaes, favorables entrambos á
sus designios, encaminando á los españoles á aquella provincia.
Ninguna nacion ha sido tan bárbara que haya ignorado la política de
sus conveniencias. Si los forasteros vencen (decian en su consulta)
quedará quebrantada la fuerza de los Panches, de quienes hemos
recibidos tantos agravios, y con poca diligencia destruiremos esta
nacion nunca satisfecha de nuestra sangre, y esperaremos del
beneficio del tiempo ocasion oportuna para sacudir el yugo de los
extranjeros; y si ellos fueren los vencidos, disminuidas las
fuerzas con la parte principal de sus gentes, trabajaremos ménos en
acabar con la guerra la restante.
Con esta resolucion enderezaron las guias á Tibacuy, Cacique
sujeto al Zipa, de nacion Mozca, que recibió á los españoles con
muestras de autor, proveyéndolos de todo lo necesario, así para
ellos como para los indios que llevaban de su servicio. Pero el
Capitan Guecha, á cuyo cargo estaba la guarnicion, maravillado de
ver la gente forastera y lastimado del dado que amenazaba á los
pocos que pretendian hacer entrada en las tierras de tan feroces
enemigos, habló á Juan de Céspedes por intérprete, que le dió á
entender el peligre notorio en que lo empeñaban sus presunciones
vanas, y el ardid de quien por ventura solicitaba su daño. Que
aquellas gentes ni eran políticas ni afables, como las que hasta
entónces habia comunicado, sino bestias fieras que bebian sangre,
comian carne humana y se alimentaban con el furor y la rabia, y
que, ó se terminaban entre las angustias de la desesperada muerte
que apetecian, ó se dilataban la vida asando al fuego la carne
humana de sus contrarios para engrandecer sus convites. Que cebados
en esta brutalidad estaban tan léjos de la razon, que la falta de
vianda tan horrorosa la suplian devorando sus propios hijos y
mujeres, de que su estolidez ostentaba señales en las fachadas de
las puertas de sus casas. Que ignoraban el nombre de la paz, amable
aun á los mismos brutos; porque nacian y se criaban por costumbre
en los brazos de la guerra. Que todos ellos eran de nacion vil y
pobre, sin más caudal que lo que medraban por sus asaltos y robos;
y finalmente, que usaban para ruina de los mortales de flechas
venenosas, con yerba tan perjudicial y mixtos de serpientes bravas,
que á quien levemente herian perdia la vida entre congojas
desesperadas: en cuya consideracion se lastimaban del fin que
amenazaba á su poca gente, de quien tenia por infalible la cercanía
de un estrago miserable.
Agradecido se mostró el Capitan Juan de Céspedes á las
advertencias del Guecha, pareciéndole ser uncidas de buen celo y
sinceridad de ánimo; y dióle á entender que aunque tenia por
evidente el peligro que le representaba, él era de nacion tan
pundonorosa en lo que una vez emprendia, que fuera descrédito de su
nombre volver la cara al peligro sin ver la de sus enemigos y
probar el valor de sus brazos. Que con la experiencia determinaria
el suceso quién merecia el primer lugar de valeroso. Que no se
persuadiese á que fuesen invencibles los Panches, habiendo nacido
mortales; y que estimaba el avise de que le harian la guerra con el
fin de beberle ha sangre, porque así la defenderia más bien á costa
de sus contrarios. Alegróse el Guecha de la respuesta de Céspedes,
y retirados á su alojamiento los españoles, pasaron la noche con la
vigilia que necesitaban en el riesgo que tenian presente, no menor
entre los Guechas, que á vista de los Panches: y apénas rompió el
dia cuando prosiguieron su jornada encubertados los caballos, y los
infantes prevenidos de sayos de armas colchados que se hacen de dos
lienzos estofados de algodon; y porque las guias con palabras y
señas, y con la palidez de los rostros, daban muestras del temor
grande que los ocupaba, y de la vecindad en que se hallaban de los
Panches, caminaban todos con las espadas desnudas y embrazados los
escudos para cualquier asalto repentino que sintiesen era sus
tierras, en que ya habian entrado; y aunque en ellas encontraron
algunos pueblos, fueron tan desiertos de moradores, que ninguno
pareció en ellos; porque avisados por los Guechas de la invasion de
los españoles, bien conocidos ya por el nombre de Ochies ó
Songagoas, que quiere decir hijos del sol y de la luna, se habian
retirado á otro pueblo más extendido, donde se juntaron Calandaimas
y Anapoimas y otras parcialidades, para salir unidas á recibirlos
con las armas, cuando supieron que ya marchaban por su
provincia.
Los españoles, recelosos de alguna emboscada por la disposicion
que daba la tierra en los pasos angostos y aspereza de los montes,
seguian una loma rasa, que corre adelante de Tibacuy, mirando á los
Panches desde donde podian divisar sin impedimento de monte
cualquiera escuadron que los buscase. Y esta diligencia les fué tan
favorable para prevenirse bien ordenados á la pelea, que desechado
el susto á breves pasos vieron moverse al compas de los piés y del
aire multitud de penachos de todos colores, que llevaban en las
cimeras cinco mil Gandules embijados y dispuestos á dar batalla con
tan regulada disciplina y militar disposicion en la forma de los
escuadrones, como si fuera la más bien disciplinada banda de
Tudescos, repartidos en esta manera. En los encinos derechos de la
vanguardia y retaguardia, los honderos, y en el izquierdo otros
tantos Gandules con paveses y multitud de dardos á la mano, que les
suministraban sus mujeres en la ocasion, mezclándose así entre
honderos, como darderos de vanguardia y retaguardia, muchos indios
con cerbatanas y jaculillos envenenados que despedian con el soplo.
Las alas del ejército se componian de los flecheros que también se
mezclaban en el batallon formado de picas de veinte y cinco palmos,
tostadas las puntas, y de mazas que llevaban pendientes de los
hombros para cuando estrechasen.
Considerada bien por la gente española la fiera hueste y órden
militar que seguian los salvajes, hicieron alto en lo más dilatado
y limpio de la lema, y el Capitan Céspedes con aquel brio que
tantas veces dió señales del corazon invencible que lo gobernaba,
volviéndose á los españoles con donaire ajeno de temor y prudencia
singular para advertir el peligro, les dijo: Caballeros, ciertos
son los toros: este es el tiempo en que será más forzoso que nunca
apretar las manos bien. Por eleccion del campo fuísteis señalados
para este combate, que sera, si no me engaño, el mas fiero de
todos: si no juntais el trofeo de estos bárbaros á las maravillas
que teneís obradas, de poco habrán servido tan peligrosos ensayos.
Este dia pienso que ha de ser aciago para estos borrachos enseñados
á triunfar de naciones cobardes; lo que conviene es buen órden y
mejor coraje cuando yo de la seña de embestir sus escuadres. Ya
este tiempo los Panches, repartidos en dos mangas que ceñian la
lema, distaban poco de los españoles; y los Bogotaes, asombrados,
del susto se metian unos debajo de los caballos para ampararse, y
otros ántes de trabarse la batalla desamparaban el sitio, sin
detenerse un punto hasta verse dentro de Bogotá, donde sin haber
sido testigos del suceso certificaban haber sido vencedores los
Panches y los católicos despojo de su apetito: tanto era el
concepto que tenian de aquella nacion bárbara, que daban por
infalible su presuncion.
Engañólos empero su temor, porque reconocida por el Capitan
Céspedes oportunidad para romper la batalla, alzó la voz diciendo:
Santiago; á cuyo nombre, animados los jinetes baten los ijares de
los caballos y rompen la vanguardia, donde los honderos y gandules
cubiertos con paveses, ostentaban su ferocidad para recibir el
primer encuentro; porque aunque intentaron resistir el furioso
ímpetu de los caballos, no acostumbrados á verlos, fué tan vano su
intento, que se hallaron atropellados y confusos donde ménos lo
imaginaron, tan desordenados, que con asombro se embarazaban en
tropas, olvidados de las armas, Rota así y descompuesta la
vanguardia, tuvieron ocasion oportuna los infantes para emplear á
gusto las espadas, cortando brazos, piernas y cabezas de los
desnudos cuerpos que por los campos rodaban: todo era estrago,
sangre y furor, no ménos acrecentado de los jinetes que, unidos, no
perdonaban vidas con las mortales heridas de las lanzas
ensangrentadas las que más sobresalían. Pero este ímpetu de los
caballos, que no pudo resistir la vanguardia de los Panches,
sostuvieron tan valerosamente en el batallon de las picas animado
de sus Cabos, que dieron lugar para que las hileras descompuestas
se ordenasen y descargasen á un tiempo multitud de flechas, dardos
y piedras sobre los españoles en tanto grado, que cubrian el cielo;
y de las cubiertas de los caballos y sayos de los infantes y
jinetes hacian erizos de flechas de que, enojados, se mostraban más
feroces que ensangrentados toros, cuando para irritarles numerosa
caterva de la plebe forma en sus espaldas confusa selva de
garrochas.
Así guerreaban valerosos los españoles, y recobrados los
Panches, sin declinar Marte por esta ni por aquella parte, cuando
el Capitan Juan de San Martin, que gobernaba los caballos, no ménos
valeroso que Céspedes, advirtió que una copiosa tropa de gandules
iba ganando lo más alto de la lema, de tal suerte, que por donde
subian podian cojer las espaldas á los españoles, y acometidos á un
tiempo perder la batalla y las vidas, y así, vuelto á Céspedes, le
dijo: Gran caterva de indios nos rodea y con buen ardid nos va
poniendo en aprieto: aquí importa que asista vuestro valor,
mientras yo acudo a impedir el paso de aquellos bárbaros. Parecióle
bien al Capitan Céspedes, y dejando á su eleccion que llevase la
gente que le pareciese más á propósito, eligió á Juan de
Albarracín, Martin Galeano, Domingo de Aguirre y Salguero, de los
jinetes, y doce infantes de los mejores; con que oponiéndose á
encuentro del enemigo que marchaba á la cumbre ganoso de probarse
con los españoles, se comenzó una lid sangrienta con tanta
obstinacion y coraje, que cuando mayores estragos se hacian en
aquellos bárbaros, con tanta más furia se entraban por las espadas
y lanzas sin temor de la muerte, y era tan espesa la lluvia de
piedras y flechas sobre los españoles, que ya con notable
dificultad sustentaban el combate, falseados y rotos los escudos de
los botes de las picas y dardos y atormentados los brazos y piernas
de los golpes de piedras y masas de suerte que ya el quebranto de
las fuerzas y el cansancio eran tan patentes, que reconocida por el
Capitan San Martin la remision con que los suyos manejaban las
armas, y dándose por perdido y desbaratado de aquella canalla
infiel, encendido de aquella cólera española con que siempre le
vieron victorioso, y vuelto a ellos los animaba, diciendo: ¿Qué
tibiesa es esta, valerosos españoles, cuando en el esfuerzo
consiste la más gloriosa victoria? Cómo desmaya el ánimo enseñado á
vencer tantas batallas sangrientas? Si fue allí quien nos dió
alientos la pretension de conseguir fama, aquí ha de ser quien
facilite el vencimiento la obligación de defender las vidas. Vuelva
cada uno los ojos de las hazañas que tiene obradas y desquite con
otras mayores el descrédito que ya padece la sangre española.
Tanto valor infundieron á los compañeros estos recuerdos de sus
pasadas victorias, que como si del mayor descanso los sacaran á la
pelea, así la renovaron valientes, haciendo tal estrago en los
bárbaros, que solo se miraban por el camino arroyos de sangre en
que nadaban los miembros palpitantes que fueron despojo de sus
espadas. Pero señalábase entre todos el Capitan San Martin, jugando
la lanza con tanta destreza, que no erraba golpe de cuantos tiraba,
con menoscabo de sus contrarios ; y porque entre todos sobresalía
uno en estatura, fiereza y brio, y en severa majestad, con que se
hacia respetar de todos, animando con las reprensiones a los que se
movian con tibiesa, y alentando con el ejemplo á los que se
detenian con temor, pareciéndolo al Capitan San Martin que segun
las señales era el más principal caudillo de todos, y que seria muy
conveniente quitárselo de los ojos postrándole el brio, esperaba
coyuntura para no malograr el intento con el embarazo de la
multitud, que siempre se le ponia por delante, hasta que, dándolo
algun lugar las tropas enemigas, con ocasion de cogerle las
espaldas, soltó la rienda al caballo apresurando la carrera con
tanta destreza, que ántes de poder ponerse en seguro el Gandul
disforme, le dió tan mortal golpe, que entrando la lanza por el
hombro y saliendo la cuchilla por el costado, le obligó á dar una
grande voz á tiempo que cayendo en tierra hizo la conmocion que
pudiera un robusto tronco al postrer golpe de la cuchilla. Y fué de
tanta importancia el fin violento de aquel salvaje, á quien daban
tributo como á Cacique y prestaban como a Cabo, que heridas del
temor las escuadras que restaban, con el horror que les causó el
último grito, se desordenaron de suerte que desmandadas volvieron
las espaldas por aquella cuesta abajo, asombradas de ver muerto á
quien juzgaban invendible, solicitando cada cual de los Panches
escapar por la parte que sus piés y buena fortuna lo encaminasen, y
dejando la victoria en manos de diez y siete españoles, que
reconocieron debérsela únicamente á Dios, que las reparte segun lo
fines á que mira su Providencia. Y por más que se jacte la vanidad
de esta nacion vanagloriosa de aventajarse á todos, no podrá negar
que de milagro quedaron dueños del campo y libres de las manos de
tan fieros enemigos, porque les dejó el cielo esculpido el
beneficio un el socorro de un acaecimiento favorable.
Confirmóse esta ayuda del cielo cuando al mismo tiempo vieron
desbaratada la mayor parte del ejército enemigo por el Capitan Juan
de Céspedes, que dejamos trabado en no ménos peligrosos combates;
en cuya derrota hicieron prodigios en aquel dia los españoles con
admiracion grande de los Bogotaes, que recogidos en lugar más alto
observaron las menores circunstancias de la batalla y los heroicos
hechos de los extranjeros, cuyo valor no podrán negar los que
emulando los servicios de la América juzgan que no merecen nombre
de hazañas las que no se consiguen en Europa. Tal es la ceguedad de
una pasion propia, que mostrando la experiencia que para quitar la
vida á quinientos corderos que huyen, se tiene por preciso el
cansancio y por digno de premio el trabajo de cuarenta hombres que
lo consiguen; no gradúa por mérito singular dar la muerto á más de
quinientos Gandules que perecieron en la batalla, de cinco mil de
espíritu tan alentado, que con armas iguales guerrean venciendo, y
estando desnudos no excusan entrar en campo con hombres armados. De
los españoles ninguno quedó muerto, aunque doce mal heridos y entre
ellos el Capitan Juan de San Martin y Juan de Montalvo, que se
mostró valeroso. De los dardos y flechas fueron lastimados seis
caballas; y así, para ocurrir al riesgo de los heridos, apénas se
vieron dueños del campo, cuando se retiraron á uno de aquellos
lugares que hallaron despoblados á la entrada, para valerse de los
cauterios del fuego (cruel medicina en las heridas de las flechas
venenosas, aunque aprobada) y para dar algun alivio á la fatiga con
que se hallaban de la pelea. Pero aun allí no los dejaron cobrar
sosiego los Panches, que saliendo de las cavernas y montañas los
molestaron toda la noche con rebatos y armas falsas, tan
obstinadamente continuadas, que los obligaron á pasarla en pié, sin
desnudarse las armas ni conceder algun desahogo á los caballos.
Trabajados de esta suerte los nuestros, determinaron dejar aquel
guerrero país por atender con más sosiego al reparo de los
enfermos, volviendo á Bogotá, no por el camino que llevaron á la
entrada, sino por el más breve atajo de una sierra montuosa por
donde los Bogotaes ofrecieron guiarlos con fidelidad; pero apénas
dieron principio á la subida cuando repararon en que los iba
siguiendo y dando voces un indio Panche, de crecido cuerpo y
horrible disposicion, sin más armas que una macana era las manos: y
persuadidos los españoles á que debia de llevar embajada de su
nacion ofreciéndoles paz ó nuevo desafío para proseguir la guerra,
hicieron alto con intencion de conocer la que el Pancho llevaba, la
cual manifestó brevemente, pues encontrando al primer español, que
fué Juan de las Canoas, descargó sobre él á dos mános tan fuerte
golpe de macana, que aun habiéndose prevenido con tiempo de la
rodela para el reparo, se la hizo pedazos por muchas partes, y con
ser el dueño hombre robusto, perdido el sentido y la fuerza á un
tiempo, midió el campo desacordado, que visto por los compañeros lo
acometieron juntos por todas partes dando voces el Capitan Juan de
Céspedes para que no se empeñasen en matarlo, sino en tomarlo vivo,
por saber el origen de atrevimiento tan desesperado. Pero el
soberbio Pancho hizo tan dificultosa su prision, que se pudo tener
á dicha ejecutarla; porque jugando con gallardia y compras de pida
la macana, apartaba de sí las puntas y retiraba á sus contrarios,
tan recatados del peligro en que los ponia la pujanza con que
esgrimia el monate de madera, que se retiraban más que de pasó,
hasta que Juan Rodríguez Gil Melgarejo, mancebo de grandes fuerzas
y ligereza, hallando ocasion á propósito, le ganó las espaldas de
un salto y teniéndole los brazos por las arcas le embarazó el uso
de la macana, que con mucha dificultad lo quitaron los compañeros
de las manos, ligándoselas con cordeles y aprisionándolo con una
gruesa cadena.
Deseaba el Capitan Céspedes saber lo que lo habia obligado á
emprender locura tan grande como embestir á tantos un hombre
solo, ó si la accion habia sido en confianza de alguna emboscada
que los indios le tenian dispuesta; razones que le obligaron á
prenderlo vivo, y que se las propuso por medio de intérprete de los
de Bogotá; á que el Panche satisfizo diciendo que él era uno de los
hombres de mayor fama de aquella provincia y vecino del lugar de
donde salió el ejército de los indios contra los españoles; y que
habiendo hecho ausencia de él por dos dias, volviendo el
antecedente al caer el sol, vió irse retirando cobardemente al
pueblo alguna gente de su nacion, maravilla para él nunca vista en
su invencible valor; y que habiendo investigado la causa de su fuga
entre ellos, le dijeron haber sido rotos y desbaratados en batalla
por unos pocos forasteros, que peregrinando de tierra en tierra
habian aportado á la suya y muerto en ella los más principales y
valientes soldados de sus ejércitos, y entre ellos á un tío suyo,
un hermano y un hijo; y por una parte avergonzado de la infamia de
los Panches, y por otra obligado del dolor de la pérdida, y
pareciéndolo que bastaba él sola para quitar las vidas de los pocos
forasteros que decian, sin convocar parciales ni prevenir más arma
que aquella macana, intentó su venganza en la forma que todos
hablan visto. Por la muestra de aquel Gandul, cuando no llevaran
tantas de que acordarse, reconocieron bien los españoles la
soberbia de aquella nacion y quisiera el Capitan Céspedes llevarlo
vivo á Bogotá, si no estuvieran tan impacientes Juan de las Canoas
y algunos camaradas suyos por el pasado lance, que apénas se
adelantó el Céspedes cuando le cortaron la cabeza y se la
entregaron á los Mozcas, que en señal de triunfo la llevaron á
Bogotá. Fue delito cometido contra un indio y dispensólo el rigor
de la milicia con Juan de las Canoas; mas no por eso se libró la
accion de fea, pues acreditó con ella su dueño no haber estado la
desgracia de rodar de parte de la fortuna.
Fueron atravesando con esto la sierra por saber si por ella se
descubria senda para poder sacar los caballos á tierra rase, y
despachó el Capitan Céspedes á Juan del Valle y á Juan Rodríguez
Gil para que fuesen sobresalientes distancia de média legua
descubriendo camino y esperasen á que llegase todo el campo en lo
más áspero de las montañas. Iban por una senda angosta que hacia la
maleza, y tal, que sólo podian seguirse enhilados los infantes y
los caballos, siempre cuidadosos del recelo que llevaban de
encontrarse con alguna emboscada: cuando por la misma senda
divisaron las guias delanteras veinte Gandules armados, que por las
demostraciones manifestaban caminar con el mismo recato que los
nuestros. Mas éstos, persuadidos á que los Gandules eran enemigos,
embrazadas las rodelas y cogiendo en medio el camino, poniéndose
uno en frente de otro, daban voces para que se acercasen los
indios; pero ellos, que conocieron bien, á quien los llamaba,
asentándose en el suelo mostraron una cruz y una carta á los
españoles, por donde reconocieron ser amigos y despachados desde
Bogotá con algun nuevo órden, con que hicieron alto esperando á que
llegase el campo, que poco distante los seguia; y recibida la carta
por el Capitan Céspedes, manifestó á todos el cuidado con que se
hallaba el General Quesada por la noticia que los Bogotases lo
hablan dado de que los españoles habian sido vencidos de los
Panches; y que persuadido á que el estrago no podia ser tan grande
que el furor de la guerra no hubiese reservado algunos, les
ordenaba que luego fuesen á juntarse con él, pospuesta cualquiera
empresa. Con que alegres los sanos con el órden y animados los
enfermos con la esperanza de remediar brevemente sus infortunios,
apresuraron el paso y dentro de tres dias se hallaron en donde
encontraron no ménos gozosos á los compañeros, que admirados á los
naturales y siempre perplejo al General Quesada sobre elegir la
parte á que encaminaría su descubrimiento ó sobre reconocer si
podría serle de perjuicio desamparar la corte del Zipa, pasándose
en estas consultas el tiempo de que necesitaron los enfermos para
su convalecencia y en que se hicieron otras dos ó tres entradas por
diferentes Cabos acompañados de aquellos Caciques que estaban en la
frontera ó parte por donde se hacia la invasion, en que se gastaban
unas veces diez y otras doce dias, y siempre con buen suceso, de
que gustaban mucho los Bogotaes á cuya instancia se hacia la
guerra, hasta que una nueva noticia abrió camino á que se fijase la
resolucion de emprender nuevo descubrimiento.