INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
LIBRO QUINTO
 



El Capitan Juan de Céspedes entra en la provincia de los Panches y queda victorioso en una batalla. Vuelve á Bogotá y marcha todo el campo á Somondoco. Descúbrense las minas y los Llanos de San Juan, á donde va el Capitan Juan de San Martin con infeliz suceso. Múdase el campo á Ciénega, y San Martin pretende segunda vez entrar en los Llanos: tiene noticias del Cacique Tundama y descubre en su gente á Sogamoso. El Capitan Venégas halla en Bagañique noticias del Rey de Tunja: préndelo Quesada y saquea su Corte invade despues á Sogamoso y determina la conquista de Neiva con mal suceso. Pelea con Tundama con buena fortuna, parte la presa entre su gente, va en demanda del Zipa, á quien matan sin conocerlo. Levántase con el Reino Sacrezazicua, que declara la guerra: asienta paces despues y, unidas sus fuerzas con las de Quesada, guerrean á los Panches hasta sujetarlos.

 

CAPITULO I.
 
 
ENTRA EL CAPITAN CÉSPEDES EN LA PROVINCIA DE LOS PANCHES POR TIBACUY: PLÁTICA  CON EL CAPITÁN DEL PRESIDIO DE LOS GUECHAS, Y ACOMETIDO DE LOS PANCHES, QUEDA VICTORIOSO DESPUES DE UNA PELIGROSA BATALLA.

BREVE soplo es la humana felicidad; apénas se descuella entre luces, cuando se desvanece en sombras. Aun no la tiene colocada en su cumbre, cuando le dispone precipicios la fortuna. Entretiénese ésta en levantar imperios de las ruinas de los que parecian más seguros. Ensangriéntase picada en despreciar majestades, arrastrar coronas y regular la vida de los Reyes por la suerte de los plebeyos; siendo los instrumentos de que se vale los que ménos temió la soberanía, para que más sobresalga su poder y mudanza. Tres príncipes sucesivamente lloró la Francia muertos a manos de sus vasallos, tan conformes en el nombre como en la desgracia: otros tres Incas del Perú entre el dogal y el cuchillo: algunos Reyes España en los principios de su Imperio Godo; y muchos Monarcas Roma: despojos todos de una violencia impensada, que parece dejó en vínculo á las Majestades la infelicidad de Julio César. Y ahora veremos la tranquilidad de un Imperio grande, turbada en los huracanes de la violencia; mal seguro el dominio en manos del temor y espanto, y entre las ruinas de su grandeza publicarán dos Reinos sujetos las variedades de la fortuna. No, sino veremos en las disposiciones del Cielo el corto tránsito que algunos príncipes tienen del sitial á la cadena, y otros del trono al cuchillo; y cuán despreciable es una Majestad que declina en manos de una codicia poco atenta en guardar privilegios, que la misma naturaleza escribe en las frentes de los que nacieron Reyes.

Aliviados dejamos á los españoles con la disposicion que hallaron para reformarse en los abundosos paises de Bogotá; y persuadidos (como se dijo) á que no podian esperar más fruto de aquellas tierras que el que miraba desigual á sus deseos, y en demanda de mejorar fortuna los veremos peregrinos de regiones no conocidas, tan desásosegados, que sin determinarse á elegir asiento fijo se hallen en términos de perderlo todo: como sucediera si las desgracias no los favorecieran tanto, que los hicieran dichosos por fuerza; si los infortunios no hubieran sido los medios para contenerlos dentro de los confines del Nuevo Reino, hasta abrirles camino de satisfacer las ansias de una codicia que solo puede terminarse con la muerte. Pasadas, pues, las aguas del invierno, mandó el General Quesada al Capitan Juan de Céspedes que con cuarenta infantes y quince caballos saliese á descubrir nuevas tierras, de sus confinantes con Bogotá, por la parte que miraba al Occidente ó Septentrion, pidiendo á los Bogotaes guias para la empresa y cargueros para el bagaje, que ofrecieron con demostraciones de buena voluntad. Y pareciéndoles tenian entre manos la ocasion de desembarazar sus tierras del pesado yugo de los españoles, entraron en consulta sobre elegir la parte á que los guiarian, de suerte que resultase toda la conveniencia en favor de sus intereses, y resolviéronse á encaminarlos á la provincia de los Panches, nacion fiera y atrevida en acometer á otra cualquiera, de cuya region será bien decir algo para claridad de muchas cosas que se han de tratar en el discurso de esta historia.

Yace esta provincia nueve leguas distante de Santafé, á la parte que mira de frente, que viene á ser al Ocaso, por aquella que se inclina la cordillera de las montañas al rio grande de la Magdalena, que por algunas partes le sirve de término. No es fácil de averiguar la longitud y latitud que goza, respecto de ser toda la provincia de tierras dobladas y montuosas, con pocas partes escombradas y libres de ásperos caminos y despeñaderos grandes: tanta es la multitud que tiene de quebradas profundas, arroyos y nos que la cruzan con acelerado paso. El rio Funza, que tan manso camina por los campos de Bogotá, en demostracion de la docilidad de sus habitadores, se inquieta de manera desde que entra precipitado en esta provincia, que parece le participan su ferocidad los bárbaros que la habitan. Divide los Anapoimas y Calandaimas de una misma nacion; y habiendo en otros tiempos asolado la antigua y hermosa ciudad de Tocaima, pretende ahora besar los cimientos de que nuevamente se ha fundado en parte más elevada, hasta que encontrándose con rio grande, pasa por la fortuna de más pequeño, perdiendo hasta el nombre. Pero aunque sea dificultosa su medida, tendrá Leste Oeste, poco más ó ménos de quince leguas, que corren desde los términos de Pacho hasta el pueblo de los Panches y sitio del Peñol, situados de esta parte del rio Fusagasugá, que baja de los Sutagaos; y Norte Sur tendrá á diez y doce leguas más ó ménos, segun forma sus vueltas el rio grande de la Magdalena, rio Negro y otros, que le sirven de fosos y términos, que la dividen de otras provincias : ésta lo es de temple cálido, mas y ménos fértil de maizales con dos cosechas al año, y otras dos de uvas de Castilla, aunque por la prohibicion que hay de hacer vino, no se tiene mucho cuidado en plantar y conservar las viñas: es tan abundante, que tiene la mejor disposicion para ingenios de miel y azúcar; y son muchísimos los que están poblados, por tener tan á mano las provisiones de agua y leña.

En ella, pues, habitan los Panches (como se ha dicho), no muchos en el número respecto de las otras provincias, pero Caribes y feroces en la guerra y á la vista por le extraño y fornido de la disposicion y caras: eran tan poco amantes de la vida, que fundaban su opinion y fama en menospreciar tanto las armas enemigas, que se entraban por ellas, como si no fueran los instrumentos que tiene más á mano el brazo de la muerte. No casaban, como dijimos en el capítulo segundo del primer libro, con las mujeres de su mísmo pueblo, porque se tenian por hermanos todos los que en él habitaban: adoraban solamente  á la luna, y decian que ella sola ,bastaba en el mundo sin que hubiese sol, y en su falsa creencia no tenian mal gusto, segun es de ardiente aquella region. Y con ser tan pocos respecto de la muchedumbre de los Mozcas, los temian éstos como á fieras indomables ; Y así para resguardo suyo y de sus tierras, por la parte que confinaban con los Panches tenia el Zipa presidios y guarniciones en Tibacuy, Subía, Tena, Ciénaga, Luchuta y Chinga cierta infantería de indios llamados Guechas, hombres valientes y determinados, de hermosa y grande disposicion, ligereza y maña: éstos no usaban melena, sino andaban trasquilados, las narices y labios horadados, y por los agujeros atravesaban unos cañutillos de oro fino, y tantos cuantos Panches habia muerto cada cual en la guerra.

Miraban, pues, á dos fines los Bogotaes, favorables entrambos á sus designios, encaminando á los españoles á aquella provincia. Ninguna nacion ha sido tan bárbara que haya ignorado la política de sus conveniencias. Si los forasteros vencen (decian en su consulta) quedará quebrantada la fuerza de los Panches, de quienes hemos recibidos tantos agravios, y con poca diligencia destruiremos esta nacion nunca satisfecha de nuestra sangre, y esperaremos del beneficio del tiempo ocasion oportuna para sacudir el yugo de los extranjeros; y si ellos fueren los vencidos, disminuidas las fuerzas con la parte principal de sus gentes, trabajaremos ménos en acabar con la guerra la restante.

Con esta resolucion enderezaron las guias á Tibacuy, Cacique sujeto al Zipa, de nacion Mozca, que recibió á los españoles con muestras de autor, proveyéndolos de todo lo necesario, así para ellos como para los indios que llevaban de su servicio. Pero el Capitan Guecha, á cuyo cargo estaba la guarnicion, maravillado de ver la gente forastera y lastimado del dado que amenazaba á los pocos que pretendian hacer entrada en las tierras de tan feroces enemigos, habló á Juan de Céspedes por intérprete, que le dió á entender el peligre notorio en que lo empeñaban sus presunciones vanas, y el ardid de quien por ventura solicitaba su daño. Que aquellas gentes ni eran políticas ni afables, como las que hasta entónces habia comunicado, sino bestias fieras que bebian sangre, comian carne humana y se alimentaban con el furor y la rabia, y que, ó se terminaban entre las angustias de la desesperada muerte que apetecian, ó se dilataban la vida asando al fuego la carne humana de sus contrarios para engrandecer sus convites. Que cebados en esta brutalidad estaban tan léjos de la razon, que la falta de vianda tan horrorosa la suplian devorando sus propios hijos y mujeres, de que su estolidez ostentaba señales en las fachadas de las puertas de sus casas. Que ignoraban el nombre de la paz, amable aun á los mismos brutos; porque nacian y se criaban por costumbre en los brazos de la guerra. Que todos ellos eran de nacion vil y pobre, sin más caudal que lo que medraban por sus asaltos y robos; y finalmente, que usaban para ruina de los mortales de flechas venenosas, con yerba tan perjudicial y mixtos de serpientes bravas, que á quien levemente herian perdia la vida entre congojas desesperadas: en cuya consideracion se lastimaban del fin que amenazaba á su poca gente, de quien tenia por infalible la cercanía de un estrago miserable.

Agradecido se mostró el Capitan Juan de Céspedes á las advertencias del Guecha, pareciéndole ser uncidas de buen celo y sinceridad de ánimo; y dióle á entender que aunque tenia por evidente el peligro que le representaba, él era de nacion tan pundonorosa en lo que una vez emprendia, que fuera descrédito de su nombre volver la cara al peligro sin ver la de sus enemigos y probar el valor de sus brazos. Que con la experiencia determinaria el suceso quién merecia el primer lugar de valeroso. Que no se persuadiese á que fuesen invencibles los Panches, habiendo nacido mortales; y que estimaba el avise de que le harian la guerra con el fin de beberle ha sangre, porque así la defenderia más bien á costa de sus contrarios. Alegróse el Guecha de la respuesta de Céspedes, y retirados á su alojamiento los españoles, pasaron la noche con la vigilia que necesitaban en el riesgo que tenian presente, no menor entre los Guechas, que á vista de los Panches: y apénas rompió el dia cuando prosiguieron su jornada encubertados los caballos, y los infantes prevenidos de sayos de armas colchados que se hacen de dos lienzos estofados de algodon; y porque las guias con palabras y señas, y con la palidez de los rostros, daban muestras del temor grande que los ocupaba, y de la vecindad en que se hallaban de los Panches, caminaban todos con las espadas desnudas y embrazados los escudos para cualquier asalto repentino que sintiesen era sus tierras, en que ya habian entrado; y aunque en ellas encontraron algunos pueblos, fueron tan desiertos de moradores, que ninguno pareció en ellos; porque avisados por los Guechas de la invasion de los españoles, bien conocidos ya por el nombre de Ochies ó Songagoas, que quiere decir hijos del sol y de la luna, se habian retirado á otro pueblo más extendido, donde se juntaron Calandaimas y Anapoimas y otras parcialidades, para salir unidas á recibirlos con las armas, cuando supieron que ya marchaban por su provincia.

Los españoles, recelosos de alguna emboscada por la disposicion que daba la tierra en los pasos angostos y aspereza de los montes, seguian una loma rasa, que corre adelante de Tibacuy, mirando á los Panches desde donde podian divisar sin impedimento de monte cualquiera escuadron que los buscase. Y esta diligencia les fué tan favorable para prevenirse bien ordenados á la pelea, que desechado el susto á breves pasos vieron moverse al compas de los piés y del aire multitud de penachos de todos colores, que llevaban en las cimeras cinco mil Gandules embijados y dispuestos á dar batalla con tan regulada disciplina y militar disposicion en la forma de los escuadrones, como si fuera la más bien disciplinada banda de Tudescos, repartidos en esta manera. En los encinos derechos de la vanguardia y retaguardia, los honderos, y en el izquierdo otros tantos Gandules con paveses y multitud de dardos á la mano, que les suministraban sus mujeres en la ocasion, mezclándose así entre honderos, como darderos de vanguardia y retaguardia, muchos indios con cerbatanas y jaculillos envenenados que despedian con el soplo. Las alas del ejército se componian de los flecheros que también se mezclaban en el batallon formado de picas de veinte y cinco palmos, tostadas las puntas, y de mazas que llevaban pendientes de los hombros para cuando estrechasen.

Considerada bien por la gente española la fiera hueste y órden militar que seguian los salvajes, hicieron alto en lo más dilatado y limpio de la lema, y el Capitan Céspedes con aquel brio que tantas veces dió señales del corazon invencible que lo gobernaba, volviéndose á los españoles con donaire ajeno de temor y prudencia singular para advertir el peligro, les dijo: Caballeros, ciertos son los toros: este es el tiempo en que será más forzoso que nunca apretar las manos bien. Por eleccion del campo fuísteis señalados para este combate, que sera, si no me engaño, el mas fiero de todos: si no juntais el trofeo de estos bárbaros á las maravillas que teneís obradas, de poco habrán servido tan peligrosos ensayos. Este dia pienso que ha de ser aciago para estos borrachos enseñados á triunfar de naciones cobardes; lo que conviene es buen órden y mejor coraje cuando yo de la seña de embestir sus escuadres. Ya este tiempo los Panches, repartidos en dos mangas que ceñian la lema, distaban poco de los españoles; y los Bogotaes, asombrados, del susto se metian unos debajo de los caballos para ampararse, y otros ántes de trabarse la batalla desamparaban el sitio, sin detenerse un punto hasta verse dentro de Bogotá, donde sin haber sido testigos del suceso certificaban haber sido vencedores los Panches y los católicos despojo de su apetito: tanto era el concepto que tenian de aquella nacion bárbara, que daban por infalible su presuncion.

Engañólos empero su temor, porque reconocida por el Capitan Céspedes oportunidad para romper la batalla, alzó la voz diciendo: Santiago; á cuyo nombre, animados los jinetes baten los ijares de los caballos y rompen la vanguardia, donde los honderos y gandules cubiertos con paveses, ostentaban su ferocidad para recibir el primer encuentro; porque aunque intentaron resistir el furioso ímpetu de los caballos, no acostumbrados á verlos, fué tan vano su intento, que se hallaron atropellados y confusos donde ménos lo imaginaron, tan desordenados, que con asombro se embarazaban en tropas, olvidados de las armas, Rota así y descompuesta la vanguardia, tuvieron ocasion oportuna los infantes para emplear á gusto las espadas, cortando brazos, piernas y cabezas de los desnudos cuerpos que por los campos rodaban: todo era estrago, sangre y furor, no ménos acrecentado de los jinetes que, unidos, no perdonaban vidas con las mortales heridas de las lanzas ensangrentadas las que más sobresalían. Pero este ímpetu de los caballos, que no pudo resistir la vanguardia de los Panches, sostuvieron tan valerosamente en el batallon de las picas animado de sus Cabos, que dieron lugar para que las hileras descompuestas se ordenasen y descargasen á un tiempo multitud de flechas, dardos y piedras sobre los españoles en tanto grado, que cubrian el cielo; y de las cubiertas de los caballos y sayos de los infantes y jinetes hacian erizos de flechas de que, enojados, se mostraban más feroces que ensangrentados toros, cuando para irritarles numerosa caterva de la plebe forma en sus espaldas confusa selva de garrochas.

Así guerreaban valerosos los españoles, y recobrados los Panches, sin declinar Marte por esta ni por aquella parte, cuando el Capitan Juan de San Martin, que gobernaba los caballos, no ménos valeroso que Céspedes, advirtió que una copiosa tropa de gandules iba ganando lo más alto de la lema, de tal suerte, que por donde subian podian cojer las espaldas á los españoles, y acometidos á un tiempo perder la batalla y las vidas, y así, vuelto á Céspedes, le dijo: Gran caterva de indios nos rodea y con buen ardid nos va poniendo en aprieto: aquí importa que asista vuestro valor, mientras yo acudo a impedir el paso de aquellos bárbaros. Parecióle bien al Capitan Céspedes, y dejando á su eleccion que llevase la gente que le pareciese más á propósito, eligió á Juan de Albarracín, Martin Galeano, Domingo de Aguirre y Salguero, de los jinetes, y doce infantes de los mejores; con que oponiéndose á encuentro del enemigo que marchaba á la cumbre ganoso de probarse con los españoles, se comenzó una lid sangrienta con tanta obstinacion y coraje, que cuando mayores estragos se hacian en aquellos bárbaros, con tanta más furia se entraban por las espadas y lanzas sin temor de la muerte, y era tan espesa la lluvia de piedras y flechas sobre los españoles, que ya con notable dificultad sustentaban el combate, falseados y rotos los escudos de los botes de las picas y dardos y atormentados los brazos y piernas de los golpes de piedras y masas de suerte que ya el quebranto de las fuerzas y el cansancio eran tan patentes, que reconocida por el Capitan San Martin la remision con que los suyos manejaban las armas, y dándose  por perdido y desbaratado de aquella canalla infiel, encendido de aquella cólera española  con que siempre le vieron victorioso, y vuelto a ellos los animaba, diciendo: ¿Qué tibiesa es esta, valerosos españoles, cuando en el esfuerzo consiste la más gloriosa victoria? Cómo desmaya el ánimo enseñado á vencer tantas batallas sangrientas? Si fue allí quien nos dió alientos la pretension de conseguir fama, aquí ha de ser quien facilite el vencimiento la obligación de defender las vidas. Vuelva cada uno los ojos de las hazañas que tiene obradas y desquite con otras mayores el descrédito que ya padece la sangre española.

Tanto valor infundieron á los compañeros estos recuerdos de sus pasadas victorias, que como si del mayor descanso los sacaran á la pelea, así la renovaron valientes, haciendo tal estrago en los bárbaros, que solo se miraban por el camino arroyos de sangre en que nadaban los miembros palpitantes que fueron despojo de sus espadas. Pero señalábase entre todos el Capitan San Martin, jugando la lanza con tanta destreza, que no erraba golpe de cuantos tiraba, con menoscabo de sus contrarios ; y porque entre todos sobresalía uno en estatura, fiereza y brio, y en severa majestad, con que se hacia respetar de todos, animando con las reprensiones a los que se movian con tibiesa, y alentando con el ejemplo á los que se detenian con temor, pareciéndolo al Capitan San Martin que segun las señales era el más principal caudillo de todos, y que seria muy conveniente quitárselo de los ojos postrándole el brio, esperaba coyuntura para no malograr el intento con el embarazo de la multitud, que siempre se le ponia por delante, hasta que, dándolo algun lugar las tropas enemigas, con ocasion de cogerle las espaldas, soltó la rienda al caballo apresurando la carrera con tanta destreza, que ántes de poder ponerse en seguro el Gandul disforme, le dió tan mortal golpe, que entrando la lanza por el hombro y saliendo la cuchilla por el costado, le obligó á dar una grande voz á tiempo que cayendo en tierra hizo la conmocion que pudiera un robusto tronco al postrer golpe de la cuchilla. Y fué de tanta importancia el fin violento de aquel salvaje, á quien daban tributo como á Cacique y prestaban como a Cabo, que heridas del temor las escuadras que restaban, con el horror que les causó el último grito, se desordenaron de suerte que desmandadas volvieron las espaldas por aquella cuesta abajo, asombradas de ver muerto á quien juzgaban invendible, solicitando cada cual de los Panches escapar por la parte que sus piés y buena fortuna lo encaminasen, y dejando la victoria en manos de diez y siete españoles, que reconocieron debérsela únicamente á Dios, que las reparte segun lo fines á que mira su Providencia. Y por más que se jacte la vanidad de esta nacion vanagloriosa de aventajarse á todos, no podrá negar que de milagro quedaron dueños del campo y libres de las manos de tan fieros enemigos, porque les dejó el cielo esculpido el beneficio un el socorro de un acaecimiento favorable.

Confirmóse esta ayuda del cielo cuando al mismo tiempo vieron desbaratada la mayor parte del ejército enemigo por el Capitan Juan de Céspedes, que dejamos trabado en no ménos peligrosos combates; en cuya derrota hicieron prodigios en aquel dia los españoles con admiracion grande de los Bogotaes, que recogidos en lugar más alto observaron las menores circunstancias de la batalla y los heroicos hechos de los extranjeros, cuyo valor no podrán negar los que emulando los servicios de la América juzgan que no merecen nombre de hazañas las que no se consiguen en Europa. Tal es la ceguedad de una pasion propia, que mostrando la experiencia que para quitar la vida á quinientos corderos que huyen, se tiene por preciso el cansancio y por digno de premio el trabajo de cuarenta hombres que lo consiguen; no gradúa por mérito singular dar la muerto á más de quinientos Gandules que perecieron en la batalla, de cinco mil de espíritu tan alentado, que con armas iguales guerrean venciendo, y estando desnudos no excusan entrar en campo con hombres armados. De los españoles ninguno quedó muerto, aunque doce mal heridos y entre ellos el Capitan Juan de San Martin y Juan de Montalvo, que se mostró valeroso. De los dardos y flechas fueron lastimados seis caballas; y así, para ocurrir al riesgo de los heridos, apénas se vieron dueños del campo, cuando se retiraron á uno de aquellos lugares que hallaron despoblados á la entrada, para valerse de los cauterios del fuego (cruel medicina en las heridas de las flechas venenosas, aunque aprobada) y para dar algun alivio á la fatiga con que se hallaban de la pelea. Pero aun allí no los dejaron cobrar sosiego los Panches, que saliendo de las cavernas y montañas los molestaron toda la noche con rebatos y armas falsas, tan obstinadamente continuadas, que los obligaron á pasarla en pié, sin desnudarse las armas ni conceder algun desahogo á los caballos.

Trabajados de esta suerte los nuestros, determinaron dejar aquel guerrero país por atender con más sosiego al reparo de los enfermos, volviendo á Bogotá, no por el camino que llevaron á la entrada, sino por el más breve atajo de una sierra montuosa por donde los Bogotaes ofrecieron guiarlos con fidelidad; pero apénas dieron principio á la subida cuando repararon en que los iba siguiendo y dando voces un indio Panche, de crecido cuerpo y horrible disposicion, sin más armas que una macana era las manos: y persuadidos los españoles á que debia de llevar embajada de su nacion ofreciéndoles paz ó nuevo desafío para proseguir la guerra, hicieron alto con intencion de conocer la que el Pancho llevaba, la cual manifestó brevemente, pues encontrando al primer español, que fué Juan de las Canoas, descargó sobre él á dos mános tan fuerte golpe de macana, que aun habiéndose prevenido con tiempo de la rodela para el reparo, se la hizo pedazos por muchas partes, y con ser el dueño hombre robusto, perdido el sentido y la fuerza á un tiempo, midió el campo desacordado, que visto por los compañeros lo acometieron juntos por todas partes dando voces el Capitan Juan de Céspedes para que no se empeñasen en matarlo, sino en tomarlo vivo, por saber el origen de atrevimiento tan desesperado. Pero el soberbio Pancho hizo tan dificultosa su prision, que se pudo tener á dicha ejecutarla; porque jugando con gallardia y compras de pida la macana, apartaba de sí las puntas y retiraba á sus contrarios, tan recatados del peligro en que los ponia la pujanza con que esgrimia el monate de madera, que se retiraban más que de pasó, hasta que Juan Rodríguez Gil Melgarejo, mancebo de grandes fuerzas y ligereza, hallando ocasion á propósito, le ganó las espaldas de un salto y teniéndole los brazos por las arcas le embarazó el uso de la macana, que con mucha dificultad lo quitaron los compañeros de las manos, ligándoselas con cordeles y aprisionándolo con una gruesa cadena.

Deseaba el Capitan Céspedes saber lo que lo habia obligado á emprender locura tan   grande como embestir á tantos un hombre solo, ó si la accion habia sido en confianza de  alguna emboscada que los indios le tenian dispuesta; razones que le obligaron á prenderlo vivo, y que se las propuso por medio de intérprete de los de Bogotá; á que el Panche satisfizo diciendo que él era uno de los hombres de mayor fama de aquella provincia y vecino del lugar de donde salió el ejército de los indios contra los españoles; y que habiendo hecho ausencia de él por dos dias, volviendo el antecedente al caer el sol, vió irse retirando cobardemente al pueblo alguna gente de su nacion, maravilla para él nunca vista en su invencible valor; y que habiendo investigado la causa de su fuga entre ellos, le dijeron haber sido rotos y desbaratados en batalla por unos pocos forasteros, que peregrinando de tierra en tierra habian aportado á la suya y muerto en ella los más principales y valientes soldados de sus ejércitos, y entre ellos á un tío suyo, un hermano y un hijo; y por una parte avergonzado de la infamia de los Panches, y por otra obligado del dolor de la pérdida, y pareciéndolo que bastaba él sola para quitar las vidas de los pocos forasteros que decian, sin convocar parciales ni prevenir más arma que aquella macana, intentó su venganza en la forma que todos hablan visto. Por la muestra de aquel Gandul, cuando no llevaran tantas de que acordarse, reconocieron bien los españoles la soberbia de aquella nacion y quisiera el Capitan Céspedes  llevarlo vivo á Bogotá, si no estuvieran tan impacientes Juan de las Canoas y algunos camaradas suyos por el pasado lance, que apénas se adelantó el Céspedes cuando le cortaron la cabeza y se la entregaron á los Mozcas, que en señal de triunfo  la llevaron á Bogotá. Fue delito cometido contra un indio y dispensólo el rigor de la milicia con Juan de las Canoas; mas no por eso se libró la accion de fea, pues acreditó con ella su dueño no haber estado la desgracia de rodar de parte de la fortuna.

Fueron atravesando con esto la sierra por saber si por ella se descubria senda para poder sacar los caballos á tierra rase, y despachó el Capitan Céspedes á Juan del Valle y á Juan Rodríguez Gil para que fuesen sobresalientes distancia de média legua descubriendo camino y esperasen á que llegase todo el campo en lo más áspero de las montañas. Iban por una senda angosta que hacia la maleza, y tal, que sólo podian seguirse enhilados los infantes y los caballos, siempre cuidadosos del recelo que llevaban de encontrarse con alguna emboscada: cuando por la misma senda divisaron las guias delanteras veinte Gandules armados, que por las demostraciones manifestaban caminar con el mismo recato que los nuestros. Mas éstos, persuadidos á que los Gandules eran enemigos, embrazadas las rodelas y cogiendo en medio el camino, poniéndose uno en frente de otro, daban voces para que se acercasen los indios; pero ellos, que conocieron bien, á quien los llamaba, asentándose en el suelo mostraron una cruz y una carta á los españoles, por donde reconocieron ser amigos y despachados desde Bogotá con algun nuevo órden, con que hicieron alto esperando á que llegase el campo, que poco distante los seguia; y recibida la carta por el Capitan Céspedes, manifestó á todos el cuidado con que se hallaba el General Quesada por la noticia que los Bogotases lo hablan dado de que los españoles habian sido vencidos de los Panches; y que persuadido á que el estrago no podia ser tan grande que el furor de la guerra no hubiese reservado algunos, les ordenaba que luego fuesen á juntarse con él, pospuesta cualquiera empresa. Con que alegres los sanos con el órden y animados los enfermos con la esperanza de remediar brevemente sus infortunios, apresuraron el paso y dentro de tres dias se hallaron en donde encontraron no ménos gozosos á los compañeros, que admirados á los naturales y siempre perplejo al General Quesada sobre elegir la parte á que encaminaría su descubrimiento ó sobre reconocer si podría serle de perjuicio desamparar la corte del Zipa, pasándose en estas consultas el tiempo de que necesitaron los enfermos para su convalecencia y en que se hicieron otras dos ó tres entradas por diferentes Cabos acompañados de aquellos Caciques que estaban en la frontera ó parte por donde se hacia la invasion, en que se gastaban unas veces diez y otras doce dias, y siempre con buen suceso, de que gustaban mucho los Bogotaes á cuya instancia se hacia la guerra, hasta que una nueva noticia abrió camino á que se fijase la resolucion de emprender nuevo descubrimiento.

anterior | índice | siguiente