CAPITULO V
ENTRA QUESADA EN EL VALLE DE LOS ALCAZARES, ROMPE EL EJÉRCITO DE
LOS UZAQUES, PASA A BOGOTA, DESAMPARADA DEL ZIPA, SAQUÉALA CON POCA
PRESA, Y DETENIDO EN ELLA, LO SITIAN LOS INDIOS HASTA QUE POR ÓRDEN
DE SU REY SE SOSIEGAN.
CON la facilidad que la admiración se introduce por los sentidos
con la ocasión de representárseles cosas extrañas, con la misma
desecha el ánimo espantoso, cuando la continuación de la vista las
va calificando por comunes; y así aquellos bárbaros, que á los
principios no osaban de amedrentados abrir los ojos para ver los
españoles, en llegando por la comunicacion y trato á desengañarse
de que el caballo y jinete eran sujetos distintos, y de que todos
ellos eran mortales, como se reconocia por el fin violento de Juan
Gordo y por las señas de flaqueza y amarillez con que llegaron á
Vélez, fueron perdiendo los temores que tenian concebidos, y
divulgando que eran hombres puros tan sujetos como ellos á los
vicios y miserias humanas, y que los caballos que regían eran
venados grandes llevados de otras partes para servirse de ellos en
las ocasiones que se hallaban fatigados; y volviendo en sí de los
pasados sustos y en confianza de su valor antiguo, se determinaron
muchos de los principales á probar hasta dónde llegaba el esfuerzo
de aquellos pocos peregrinos, que ya marchaban con poderoso bagaje
y criados que les sirviesen. Presumióse despues que el órden con
que se movieron fué del Zipa Thysquesuzha, por ser quien gobernó la
batalla su General Saquezazippa, para sacar de la prueba la
resolucion que debia tomar antes de llegar á su corte el campo de
los españoles ó para recibirlos con guerra abierta ó con engaños
trato.
Echada, pues, la suerte, los dejaron pasar de los términos de
Cipaquirá (atravesado el valle desde Tibitó) y no atreviéndose á
embestir cara á cara, salieron á romper con ellos por las espaldas
más de cuarenta mil indios, y entre ellos quinientos Uzaques de los
más experimentados y prevenidos para combates. Llevaban por delante
diferentes cuerpos de hombres muertos, enjutos y secos, que á lo
que despues se supo debieron de sor cuando vivos hombres
afortunados en batallas, como que en virtud de ellos esperaban
alcanzar victoria en la que tenian presente; ó para que
representándoles á la vista las hazañas que obraron, engendrase en
ellos la emulación espíritus con que imitarlos; á la manera que en
las crónicas de España se refiere algo del cuerpo embalsamado del
Cid Rui Díaz; ó como de la pretensión vana de Cárlos de Gontaut
refieren las historias francesas. Así, pues, con los cadáveres por
delante y muchos idolíllos de oro, que debían de ser sus dioses
Penates, pendientes del cuello, acometieron con gran brio á la
retaguardia en que iban Céspedes, Venegas, Colmenares, Juan Tafur,
Baltasar Maldonado y otros buenos jinetes é infantes, que visto el
acometimiento y que los primeros avances los ponian en precisa
necesidad de defender las vidas volvieron las caras al encuentro,
chocando con aquella bárbara muchedumbre con tal resolución, que
ayudados de treinta caballos y del campo raso en que estaban,
rompieron por diferentes partes el ejército bien ordenado de los
Bogotaes, atropellándolos con furia espantosa y haciendo cada
jinete ancho camino por donde acometia, y todos juntos mortal
estrago con las lanzas, que libres de reparo no malograban golpe;
con que en breve tiempo se vió perdido el valeroso escuadron de los
Uzaques y reconoció Saquezazippa su pretension errada en la
desigualdad de los combatientes, pues atemorizados los suyos de
perder las vidas y no cuidando de sacar de los recientes cuerpos
muertos á los que llevaron por guías, tocaron á retirar, con que se
halló obligado á seguirlos hasta valerse, del abrigo de algunas
lagunas ó chucuas que hace el rio Funza, y poco despues de una
fortaleza puesta en Cajicá, que llamaban Busongote, siguiéndolo
siempre la caballeria echada en el alcance hasta poner cerco á la
fortaleza; pero reconociendo que en una colina poco distante se
descubría infinidad de gente, se determinó á desamparar el puesto y
recogerse á paso largo á su ejército que marchaba con áviso y bien
ordenado; y por la imprudencia que tuvieron los jinetes en seguir
mal recatados el lance, luego que alojaron los mandó poner en
prisión el General; mas como eran los presos de los más principales
soldados de quienes se fiaban las cosas árduas, y se interpusieron
otros caballeros aprobando haber sido conveniente seguir el
alcance, suspendió el órden.
Pasado el enojo y más reportado Quesada en su presencia, les
propuso con disimulacion cuerda los aprecios que hacia de sus
personas y de las que calificaban su arrojo por conveniente, pues
no hacia demostracion que reportase en lo venidero las temeridades
de que suelo originarse la pérdida de todo un campo: que mirado el
poco número de los que componian el suyo, solo podia reducirlos á
ménos la desunión en los combates: que los enemigos eran muchos aun
estando amedrentados, y el peligro los tenia ya en estado de no
dividirse para poder unidos asegurar la defensa: que no tantear y
medir los riesgos era el primer paso para caer en ellos; y la
propia confianza y menosprecio del enemigo, dos cuchillos con que
se priva de la seguridad el imprudente, pues no puede ser militar
disciplina la que no enseña recatos y avisos con pena de muerte;
que para lo futuro tenia por medio eficaz la conservación de todos
hacerles notorio que no dispensaria en lo riguroso del castigo con
cualquiera que faltase á las leyes de milicia, pues de quebrantarse
una resultaron siempre daños comunes á los más obedientes: que
aunque su experiencia militar no era la que pedia el puesto, con
todo eso por lo que habia observado en las acciones de los mismos
con quienes hablaba, tenia ya reglas para gobernarlos con
prudencia; siendo la primera el no obrar tan pagado de su dictámen,
que despreciase los aciertos que influyen las consultas: razones
toda que dejándolos satisfechos y gustosos, esculpieron en la
memoria, para no disgustarle en que adelante se ofreciese.
Pasó el campo toda la noche en vela, siendo el mismo General el
primero que asistió á ella para enseñar que las obras del Superior
no deben andar reñidas con las palabras, y al tiempo que el sol
comenzaba á rayar por aquellos horizontes, levantó su Real
encaminándolo á la fortaleza de Cajicá, á donde se habian retirado
los indios que acometieron la retaguardia que todos eran de los en
que más fiaba su persona el Zipa, el cual se hallaba á la sazon
dentro de la misma fortaleza; y viendo que volvian destrozados y
vencidos por el campo español dispuso luego retirarse á Bogotá,
desamparando aquel famoso Alcázar de Busongote, fabricado en el
corazón del pueblo de una cerca de cañas entretejidas y Maderos
gruesos tan fuertes, que solo podian rendirse al fuego su altura
era de quince pies y tenia por la parte superior para defensa del
sol y del agua un toldo de tela tupida de algodón de cinco varal de
ancho y de tanta longitud cuanta era necesaria para dar vuelta á la
cerca del edificio, que seria como de dos mil varas. Dentro de la
cerca se comprendian muchas casas grandes, que entónces estaban
llenas de varias municiones y pertrechos de guerra, como son:
macanas, dardos, hondas, tiraderas, maíz, frijoles, papas y
cecinas, y otros preparamentos y bagajes; porque (como se dijo al
fin del libro segundo) tenia el Zipa Thysquesuzha toda la
prevencion hecha para la guerra de Tunja y para la jornada que
despues intentó por ver á Furatena, al mismo tiempo que los
Estandartes Católicos entraron victoriosos en su Reino.
Llegados á la fortaleza ó casa de armas los españoles, con
facilidad se hicieron dueños de ella y de cuanto tenia dentro,
donde se alojaron á su placer, así por la majestad de los edificios
comó por tener á discreción los alimentos, cuya abundancia en pocas
horas desestimaron, no hallando señales de riquezas que conformasen
con las noticias que llevaban de las muchas que poseía el Rey de
Bogotá. En tan breve tiempo descubre su instabilidad la inclinación
humana, pues aquellos mismos que poco antes dieran por un pedazo de
pan todas las riquezas del mundo, cuando se vieron con el
bastimento á rodo, mal contentos de su fortuna, la maldecian,
teniendo la falta de riquezas por última de las infelicidades,
dando á entender bien claramente en su tristeza los motivos con que
emprendieron conquista tan árdua, ó (sí éstos fueron tan lícitos
como debemos pensarlo), el ansia con que los hombres intentan
mezclar entre las Ocupaciones de la virtud el interes de las
conveniencias temporales. Encontraron las andas del Zipa, pero
advertidamente desnudas del oro y piedras con que estuvieron
guarnecidas. La fuga impensada no le permitió caminar en ellas con
la majestad que solia ; y el Monarca, que poco antes no reconocía
igual, ya caminando a pié, no se diferenciaba de los más comunes:
reconoció como sagaz, por las acciones de los extranjeros (de que
tenia especiales noticias) que todo su anhelo era por la plata y
oro ; y pareciéndole que no encontrándolo en su Reino lo
desampararian, puso en cobro sus tesoros, y debió de ser en parte
tan oculta, que hasta el dia (le hoy no se ha encontrado con ellos,
ni entónces se halló quien diese de ellos noticia, de que se
infiere haber muerto á los esclavos que los cargaron; remedio el
más eficaz de que usaban aquellos bárbaros para asegurar el secreto
que les convenia.
Los españoles, empero, persuadidos á que el Alcázar en que
estaban alojados, por ser destinado para las armas, no quitaba las
esperanzas de hallar los tesoros que buscaban y que éstos debían
estar en el Palacio del Zipa que tenia en su Corte y cabeza del
Reino, alentaron su desconfianza aguardando para entónces el logro
de sus deseos. Allí se detuvieron ocho dias asentando paces con
muchos indios comarcanos, que ya persuadidos á que los españoles
verdaderamente eran hijos del sol y la luna, enviados del cielo
para castigar sus pecados, se fueron en procesión á Busongote
cargados de braseros, y poniéndolos delante del General Quesada
echaron en ellos cierta resina que se llaman moque, para
incensario, cantando al mismo tiempo himnos en que le pedian perdón
del atrevimiento pasado, que fácilmente se les concedió dándoles
algunas cuentas de vidrio y otras cosas livianas de Castilla, que
sirvieron de anzuelo para acudir á verlo otras muchas veces con
presentes de mantenimientos, joyas de oro, esmeraldas y telas de
algodón aventajadas á todas las demás que habian visto. Luego
siguieron su marcha descubriendo por aquellas fértiles dehesas
tantas ciudades, que se les representaban innumerables los
edificios de ellas ; porque á los de las poblaciones se añadian las
casas de campo, quintas y retiros que al contorno e los pueblos
usan tener los indios más principales. Divirtiólos mucho el
considerar la compasada fábrica de los grandes cercados que tenias
¡os Caciques ó Gobernadores puestos por el Zipa; pues ademas de la
curiosidad con que se habian labrado, procedia de cada cual de los
cercados una carrera ó calle de cinco varas de ancho y média legua
más, y ménos de longitud, tan nivelada y derecha, que aunque
subiese ó bajase por alguna colina ó monte, no discrepaba del
cómpas de la rectitud un solo punto; de las cuales hay rastros
hasta nuestros tiempos, aunque ya no las usan. Y en el pueblo de
Tenjo, en el sitio del Palmar, está una carrera bien derecha que
baja de lo alto del monte hasta el mismo lugar, en que habian dos
palmas bien elevadas y coposas, de cuyas raices nacia una hermosa
fuente, que por haberse tenido noticia del respeto Con que las
veneraba la idolatría de algunos indios, fueron cortadas año de mil
seiscientos y treinta y seis ó siete, por órden de D. Francisco
Cristóbal de Tórres, Arzobispo del Nuevo Reino.
Estas carreras ó calles eran entónces los teatros en que
celebraban sus fiestas con entremeses, juegos y danzas al son de
sus rústicos caramillos y zampoñas, ostentando cada cual su riqueza
en el aseo de plumas, pieles de animales y diademas de oro; y
cuando ya llegaban al remate de la carrera hacian ofrendas á sus
ídolos, no sin gran desperdicio de sangre humana, pues para este
fin ponian sobre las gavias de aquellos mástiles que referimos al
capitulo antecedente, alguno de sus esclavos vivo y ligado, á quien
disparando los de la fiesta muchas tiraderas, lo maltrataban y
herian hasta quitarle la vida desangrándolo, con fin de que la
sangre cayese sobre muchas vasijas que diferentes dueños ponian al
pié del mástil, y con la que recogian aquellos que tenias suerte de
que en las suyas cayese, coronaban la ceremonia de su sacrificio
ofreciéndosela al demonio, y se volvían (con el mismo órden y forma
de los juegos y danzas que llevaron) á la casa y cercado del
Cacique, de donde tenia principio la carrera, el cual los despedia
con muchos favores de palabra, alabando en algunos la gala, en
otros la destreza y en todos el buen celo.
Más, volviendo á nuestros españoles, siguieron su derrota hasta
entrar en el Principado de Chía, origen fundamental del Reino de
Bogotá segun tradiciones anticuas de aquellos pueblos, y donde,
como en patrimonio que gozaba desde pequeño, asistia el Príncipe
heredero hasta que se llegase el tiempo de entrar en la posesión
del Reino; estilo que aun en los tiempos presentes permanece ;
donde se detuvieron por la obligacion en que los puso el tiempo de
Semana Santa y Pascua, que celebraron devotos, aunque por el por el
poco agasajo que hallaron en el Príncipe de Chia, que se habia
ausentado, y el mucho con que fueron llamados de los Caciques
confinantes, que vivian disgustados de! soberano dominio de
Thyquesuzha, pasaron sin detenerse mas a buscarlos. Estos fueron el
de Suba y el de que salieron á recibir el campo español con todas
las señales de un cortejo magnífico y de una sincera voluntad,
confirmando las demostraciones y señas con que se explicaban, con
muchas joyas de oro y esmeraldas que les dieron, alojándolos en sus
casas con todo el regalo que se hallaba en sus tierras afecto que
siempre tuvieron á los españoles, sin dar muestras de cauteloso
trato. Ya en este tiempo eran muy repetidas las embajadas que del
Zipa al General y del General al Zipa se continuaban por medio de
Pericon, que bastantemente habia aprovechado en el idioma,
pretendiendo cada cual engañar á su contrario; pues si de parte de
Quesada se pedia el asiento de una paz verdadera, para parecer en
su presencia á darle cuenta del fin de su entrada en aquel Reino,
era con fin de asegurarlo para que no se le fuese de las manos,
como lo recelaba de los temores en que lo habia puesto y si de
parte del Zipa se respondia sin resolver fijamente á sus
propuestas, era con pretension de que se fuesen deteniendo los
españoles con la esperanza de conseguir paces, mientras él con toda
especialidad se informaba del número de la gente, de cuántos eran
los caballos y perros, de las acciones que obraban unos con otros y
de otras particularidades, que por ocultas que acaeciesen en el
campo español, llegaban á su noticia por medio de las espías que
tenia para ello, de que no sabían librarse los nuestros, respecto
de haber tenido arte para ir introduciéndolas con ricos presentes
que llevaban en su nombro y tiempo que pedian para esperar las,
órdenes de su Rey. Pero ni regalos ni agasajos pudieron detenerlos
el apresurado curso que los llevaba á Bogotá: tal era la fama de
las riquezas y tesoros del Zipa, donde á su satisfaccion pensaban
apagar la sed, que sin causarlos les fatigaba. Y así, el siguiente
dia descubrieron los majestuosos Alcázares de la casa y cercado del
Zipa, cuya grandeza en su género de fábrica podia competir con los
palacios más célebres y las particulares casas de aquella
población, Corte de Bogotá, excedian á los demás edificios de todo
el Reino ; y así creciendo el ansia de ocupados, cuanto más los
ojos se los figuraban al colmo de sus deseos, apresuraron el paso
con tanta velocidad, que más parecia carrera que marcha; y entrando
por la ciudad sin detenerlos novedad alguna, tornaron las puertas
del cercado desamparado de gente y en él fué tan contrario el
suceso á la esperanza, que no hallaron dentro seña ni rastro de
riqueza alguna: experiencia que presto tuvieron en las demás casas
y templos, aunque eran muchos los Santuarios públicos y comunes que
tenia la ciudad, sin los particulares que tenian en las casas segun
sus devociones; porque avisado el Zipa del designio de los
españoles, en penetrar el Reino hasta su Corte por codicia de sus
tesoros, y bien desengañado de su valor por el encuentro de los
Uzaques, se retiró á lo más oculto de un bosque, desamparado la
Corte y sacando del cercado y templos cuantas riquezas depositaban,
para que ignorantes de ellas los españoles y persuadidos á que las
tierras carecias de los metales que tanto apetecian, mudasen rumbo
á nuevas regiones dejando su Reino.
No pudo la codicia española encontrarse con tan infeliz suceso
como el de hallar burladas sus esperanzas en la parte que más las
aseguraba; pero cesando en las diligencias, mantenian en ellas á
causa de que en los templos particulares hallaban alcancías o cepos
destinados para ofrendas, y en los comunes (que de unos y otros era
infinito el número que habia, erigidos en montes y llanos, caminos
y ciudades, para más exaltación de sur idolatría) y en el más
principal de todos se veian dos géneros diferentes de gazofilacios
de barro hueco. Los unos que representaban personas de hombres,
abiertos por lo alto de la frente, por donde se metía el oro en
puntas ó joyas, y la rotura cubierta con un bonete hecho del mismo
barro, en la forma que usan los indios sus tocados, unos redondos y
otros con picos. Los otros eran ciertas vasijas grandes ocultas
debajo de la tierra, y descubierta la parte superior por donde se
echaban las mismas ofrendas: y los unos y otros cepos estando ya
llenos, desenterraban los Jeques y los mudaban á lugares secretos,
poniendo otros nuevos en lugar de los primeros; de que ha resultado
muchas veces que surcandose aquellas dehesas se hayan encontrado
con estas vasijas y cepos algunos hombres, que los han tenido por
principio de mejor fortuna, cosa bien ordinaria en las Indias,
donde no hay riqueza estable ni pobreza heredada.
Estas demostraciones eras las que no desalentaban del todo los
ánimos de los más advertidos del campo, si bien los otros eran de
sentir que toda la bondad de aquellos Reinos se reducia á la
sanidad del temple y fertilidad de las tierras que gozaban, sin
persuadirse á que dejasen de ser estériles de plata y oro; y que
las muestras que hasta entónces habian hallado de estos metales, no
fuesen habidas por via de rescates ó comercios de regiones extrañas
en que se criaban : y así eran de parecer que asistiesen en
aquellas partes, miéntras al regazo de sus apacibles paises se
reformaba el campo, y pasadas las aguas del invierno tenian tiempo
de llevar adelante sus conquistas en demanda de provincias más
ricas en que poblarse. El motivo con que alentaron estas empresas
desde Castilla, frió la predicación del evangelio y conversión de
aquella gentilidad á la verdadera fe: el concurso de infieles que
habian de participar tanto bien no podia ser más numeroso: los
alimentos no consentian mejora en cantidad y calidad, ni la tierra
en el temperamento y los influjos; y, sin embargo, en
persuadiéndose los españoles á que faltaba la plata y oro, los
vemos determinados á mudar estelaje, y en hallándose apretados
algunos despues por el rigor con que procedieron en las conquistas,
no darán más disculpa en sus excesos que la de hacerlos precisos
para conseguir la exaltación de la fe.
Pero como los Bogotaes reparasen en que la asistencia de los
españoles era más dilatada que imaginaron, por el espacioso tiempo
con que trataban de estarse en sus tierras, aplicaron por medios
convenientes para conseguir la libertad, que imaginaban perdída,
cuantas hostilidades pudiesen hacerles en frecuentes asaltos que
les daban, y tan continuados, que no los permitian lugar á un breve
sosiego ni de dia ni de noche; si bien el riesgo y peligro que
resultaba á los españoles no era de momento, respecto de que los
acontecimientos se ejecutaban desde léjos con piedras, dardos y
tiraderas, á las cuales muchas voces aplicaban fuego con intención
de quemar las casas, que por el mucho desvelo que pusieron los
españoles en su resguardo, no pudo conseguirse ni tampoco éstos
hacer efecto de importancia en los indios; porque en las salidas
que hacian los jinetes contra sus tropas, malograban el trabajo
para acogerse los contrarios á los pantanos y lagunas de que está
cercada Bogotá, cuyas aguas (respecto de ser toda la tierra
anegadiza) eran impedimento considerable a los caballos, aunque no
pocas veces sucedió hallarse muchos indios burlados en la retirada,
por ser tan presta la carrera de los caballos, que antes de ganar
las ciénagas quedaban atropellados ó muertos á sus orillas; pero
los demás indios, que conseguían el retiro de los jinetes, en
hallándose asegurados con el reparo del agua, se valían del espeso
torbellino de saetas y dardos que disparaban hasta retirarlos á sus
cuarteles.
Con estas continuadas baterías y desasosiego general en que
todos se hallaban, pasaron más de treinta dias sin tener de una y
otra parte más fruto que el de su constancia en los incursos. Pero
considerando el Zipa que la de los españoles excedia mucho á sus
gentes acobardadas, dispuso que muchos Caciques comarcanos les
acudiesen de paz y con la mayor partida de esmeraldas las más finas
que hasta entónces se habian visto, que juntas con el oro y con
gran cuenta y razón entraban en poder de los oficiales reales.
Tambien se extremaban en llevar regalos y mantenimientos, sin dar
señales su disimulo de la pretensión que más en deseo tenian:
advertencia bien reparada de la astucia del Zipa introducir
amistades para lograr perjuicios, pues la ofensa rara vez dejó de
ser hija de los agasajos. Si bien los españoles poco cuidado
manifestaban tener de las máquinas del Zipa, pues no habiendo de se
parte descuido, ningun peligro imaginaban difícil de que su valor
lo contrastase; y más cuando tenian tanteado el término hasta donde
llegaba el brio de los indios, de quienes preciaban más las dádivas
en la paz que las muertes en la guerra, y así procuraban con todo
desvelo enterarse en aquel idioma extraño á todas las naciones,
aunque elegante en la colocacion de las voces dificultosas, solo
por haberse de pronunciar en lo interior de la garganta. Mas tanta
fué su aplicación á percibir y aprender las voces, que llegaban á
hacerles preguntas que entendian los indios de lo que deseaban
saber; y como las más eran en órden á tener noticias de nuevas
gentes, que en su idioma se explican con esta palabra Muisca, y con
ella respondiesen de ordinario, se originó llamar los españoles
indios mozcas á todos los del Nuevo Reino de Granada; ó porque en
la muchedumbre les competían como sienten otros ménos curiosos.
Pero quienes más percibieron el idioma fueron Pericon y las indias
que se llévaron de la costa de Santa Marta y Rio grande, que con
facilidad la pronunciaban y se comunicaban en él con los Bogotaes ;
de que resultó irse acariciando tanto, que no se extrañaban ya de
asistir á los españoles y servirles; porque como de su naturaleza
son todos amiguísimos de novedades, y las mujeres de inclinación
lasciva, en que no excedian á los españoles, con facilidad se
amistaron unos y otros, de suerte que á todas horas tenian:
numerosos concursos de bárbaros que gustaban de ver los caballos y
divertian la tarde y mañana en verles pasar la carrera, que los
españoles no rehusaban, por tenerlos siempre admirados y temerosos
de la ferocidad concebida de aquellos monstruos.
De esta continuación de los indios en asistir á las carreras y
torneos de los caballo resultó que algunos mancebos de los más
sueltos y de gallarda disposición, no solo se persuadieron á que su
ligereza era igual sino vestajosa á la de los brutos, y dieron á
entender á los españoles que entre ellos se hallaban hombres tan
ligeros, que no excusarían correr de apuesta con los jinetes, que
no causó poca admiración á todos la resolución y confianza con que
lo proponian. Pero el Capitan Lázaro Fonte (que en el arte de hacer
mal á caballo, aire y destreza era hombre caval) resolvió aceptar
el desafío á que le provocaban los indios, por desengañarlos de la
presunción en que estaban de poder competir en la carrera con los
caballos, y habiéndose puesto en uno zaino de color castaño oscuro,
que son los que mejor prueban en aquellas partes, convocó la
escuadra de mancebos que le provocaron, diciéndole que saliese á
correr con él el que tuviese más ligereza, porque estimaria saber
hasta dónde llegaba. Que no fué bien pronunciada la propuesta,
cuando se le puso delante un mancebó de gentil disposición, dándole
á entender estaba presto á obedecerle; y habiéndose puesto señal
hasta la parte donde habia de llegar la carrera, y dada la que
pactaron para su principio, partió el indio con tan acelerado
curso, cuanto no lo habian experimentado igual los españoles; pero
Lázaro Fonte, atacando la rienda y dando lugar á que se adelantase
hasta la mitad de la distancia señalada, con aplauso y voces de los
indios, que tenian por ganada la apuesta, soltó la rienda al
caballo y batiéndole con gallardia los hijares, apresuro la carrera
con tanta brevedad y destreza, que alcanzando al indio y
encontrándole de lado con industria para no matarlo, lo derribó
maltratado del golpe, pasando de largo hasta el término señalado,
de que maravillados los indios, habiendo socorrido al caído en
compañía de los españoles, quedaron tan escarmentados, que nunca
más trataron de formar competencia con la ligereza de los caballos,
contentándose solo con ir á verlos á todas horas; y no solamente
los indios vulgares sino los Caciques y Uzaquez, que
industriosamente eran acariciados del General Quesada, diciéndoles
repetidamente que de su parte viesen al Zipa Thysquesuzha, y le
persuadiesen la vuelta á su corte, donde gozaría de su Reino
asentando paz con ellos, que le seria guardada inviolablemente. Á
que respondian no poder obedecerlo en lo que bis proponia, por no
tener noticias de la parte dónde el Zipa se habia retirado; ni otra
cosa se sacara de ellos aunque los despedazaran á tormentos, por
cuanto en aquellos bárbaros no habia más voluntad que la de su Rey,
y ésta la tenia manifestada en que estuviese secreta la ocultacion
de su persona.