INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO V
 


ENTRA QUESADA EN EL VALLE DE LOS ALCAZARES, ROMPE EL EJÉRCITO DE LOS UZAQUES, PASA A BOGOTA, DESAMPARADA DEL ZIPA, SAQUÉALA CON POCA PRESA, Y DETENIDO EN ELLA, LO SITIAN LOS INDIOS HASTA QUE POR ÓRDEN DE SU REY SE SOSIEGAN.

CON la facilidad que la admiración se introduce por los sentidos con la ocasión de representárseles cosas extrañas, con la misma desecha el ánimo espantoso, cuando la continuación de la vista las va calificando por comunes; y así aquellos bárbaros, que á los principios no osaban de amedrentados abrir los ojos para ver los españoles, en llegando por la comunicacion y trato á desengañarse de que el caballo y jinete eran sujetos distintos, y de que todos ellos eran mortales, como se reconocia por el fin violento de Juan Gordo y por las señas de flaqueza y amarillez con que llegaron á Vélez, fueron perdiendo los temores que tenian concebidos, y divulgando que eran hombres puros tan sujetos como ellos á los vicios y miserias humanas, y que los caballos que regían eran venados grandes llevados de otras partes para servirse de ellos en las ocasiones que se hallaban fatigados; y volviendo en sí de los pasados sustos y en confianza de su valor antiguo, se determinaron muchos de los principales á probar hasta dónde llegaba el esfuerzo de aquellos pocos peregrinos, que ya marchaban con poderoso bagaje y criados que les sirviesen. Presumióse despues que el órden con que se movieron fué del Zipa Thysquesuzha, por ser quien gobernó la batalla su General Saquezazippa, para sacar de la prueba la resolucion que debia tomar antes de llegar á su corte el campo de los españoles ó para recibirlos con guerra abierta ó con engaños trato.

Echada, pues, la suerte, los dejaron pasar de los términos de Cipaquirá (atravesado el valle desde Tibitó) y no atreviéndose á embestir cara á cara, salieron á romper con ellos por las espaldas más de cuarenta mil indios, y entre ellos quinientos Uzaques de los más experimentados y prevenidos para combates. Llevaban por delante diferentes cuerpos de hombres muertos, enjutos y secos, que á lo que despues se supo debieron de sor cuando vivos hombres afortunados en batallas, como que en virtud de ellos esperaban alcanzar victoria en la que tenian presente; ó para que representándoles á la vista las hazañas que obraron, engendrase en ellos la emulación espíritus con que imitarlos; á la manera que en las crónicas de España se refiere algo del cuerpo embalsamado del Cid Rui Díaz; ó como de la pretensión vana de Cárlos de Gontaut refieren las historias francesas. Así, pues, con los cadáveres por delante y muchos idolíllos de oro, que debían de ser sus dioses Penates, pendientes del cuello, acometieron con gran brio á la retaguardia en que iban Céspedes, Venegas, Colmenares, Juan Tafur, Baltasar Maldonado y otros buenos jinetes é infantes, que visto el acometimiento y que los primeros avances los ponian en precisa necesidad de defender las vidas volvieron las caras al encuentro, chocando con aquella bárbara muchedumbre con tal resolución, que ayudados de treinta caballos y del campo raso en que estaban, rompieron por diferentes partes el ejército bien ordenado de los Bogotaes, atropellándolos con furia espantosa y haciendo cada jinete ancho camino por donde acometia, y todos juntos mortal estrago con las lanzas, que libres de reparo no malograban golpe; con que en breve tiempo se vió perdido el valeroso escuadron de los Uzaques y reconoció Saquezazippa su pretension errada en la desigualdad de los combatientes, pues atemorizados los suyos de perder las vidas y no cuidando de sacar de los recientes cuerpos muertos á los que llevaron por guías, tocaron á retirar, con que se halló obligado á seguirlos hasta valerse, del abrigo de algunas lagunas ó chucuas que hace el rio Funza, y poco despues de una fortaleza puesta en Cajicá, que llamaban Busongote, siguiéndolo siempre la caballeria echada en el alcance hasta poner cerco á la fortaleza; pero reconociendo que en una colina poco distante se descubría infinidad de gente, se determinó á desamparar el puesto y recogerse á paso largo á su ejército que marchaba con áviso y bien ordenado; y por la imprudencia que tuvieron los jinetes en seguir mal recatados el lance, luego que alojaron los mandó poner en prisión el General; mas como eran los presos de los más principales soldados de quienes se fiaban las cosas árduas, y se interpusieron otros caballeros aprobando haber sido conveniente seguir el alcance, suspendió el órden.

Pasado el enojo y más reportado Quesada en su presencia, les propuso con disimulacion cuerda los aprecios que hacia de sus personas y de las que calificaban su arrojo por conveniente, pues no hacia demostracion que reportase en lo venidero las temeridades de que suelo originarse la pérdida de todo un campo: que mirado el poco número de los que componian el suyo, solo podia reducirlos á ménos la desunión en los combates: que los enemigos eran muchos aun estando amedrentados, y el peligro los tenia ya en estado de no dividirse para poder unidos asegurar la defensa: que no tantear y medir los riesgos era el primer paso para caer en ellos; y la propia confianza y menosprecio del enemigo, dos cuchillos con que se priva de la seguridad el imprudente, pues no puede ser militar disciplina la que no enseña recatos y avisos con pena de muerte; que para lo futuro tenia por medio eficaz la conservación de todos hacerles notorio que no dispensaria en lo riguroso del castigo con cualquiera que faltase á las leyes de milicia, pues de quebrantarse una resultaron siempre daños comunes á los más obedientes: que aunque su experiencia militar no era la que pedia el puesto, con todo eso por lo que habia observado en las acciones de los mismos con quienes hablaba, tenia ya reglas para gobernarlos con prudencia; siendo la primera el no obrar tan pagado de su dictámen, que despreciase los aciertos que influyen las consultas: razones toda que dejándolos satisfechos y gustosos, esculpieron en la memoria, para no disgustarle en que adelante se ofreciese.

Pasó el campo toda la noche en vela, siendo el mismo General el primero que asistió á ella para enseñar que las obras del Superior no deben andar reñidas con las palabras, y al tiempo que el sol comenzaba á rayar por aquellos horizontes, levantó su Real encaminándolo á la fortaleza de Cajicá, á donde se habian retirado los indios que acometieron la retaguardia que todos eran de los en que más fiaba su persona el Zipa, el cual se hallaba á la sazon dentro de la misma fortaleza; y viendo que volvian destrozados y vencidos por el campo español dispuso luego retirarse á Bogotá, desamparando aquel famoso Alcázar de Busongote, fabricado en el corazón del pueblo de una cerca de cañas entretejidas y Maderos gruesos tan fuertes, que solo podian rendirse al fuego su altura era de quince pies y tenia por la parte superior para defensa del sol y del agua un toldo de tela tupida de algodón de cinco varal de ancho y de tanta longitud cuanta era necesaria para dar vuelta á la cerca del edificio, que seria como de dos mil varas. Dentro de la cerca se comprendian muchas casas grandes, que entónces estaban llenas de varias municiones y pertrechos de guerra, como son: macanas, dardos, hondas, tiraderas, maíz, frijoles, papas y cecinas, y otros preparamentos y bagajes; porque (como se dijo al fin del libro segundo) tenia el Zipa Thysquesuzha toda la prevencion hecha para la guerra de Tunja y para la jornada que despues intentó por ver á Furatena, al mismo tiempo que los Estandartes Católicos entraron victoriosos en su Reino.

Llegados á la fortaleza ó casa de armas los españoles, con facilidad se hicieron dueños de ella y de cuanto tenia dentro, donde se alojaron á su placer, así por la majestad de los edificios comó por tener á discreción los alimentos, cuya abundancia en pocas horas desestimaron, no hallando señales de riquezas que conformasen con las noticias que llevaban de las muchas que poseía el Rey de Bogotá. En tan breve tiempo descubre su instabilidad la inclinación humana, pues aquellos mismos que poco antes dieran por un pedazo de pan todas las riquezas del mundo, cuando se vieron con el bastimento á rodo, mal contentos de su fortuna, la maldecian, teniendo la falta de riquezas por última de las infelicidades, dando á entender bien claramente en su tristeza los motivos con que emprendieron conquista tan árdua, ó (sí éstos fueron tan lícitos como debemos pensarlo), el ansia con que los hombres intentan mezclar entre las Ocupaciones de la virtud el interes de las conveniencias temporales. Encontraron las andas del Zipa, pero advertidamente desnudas del oro y piedras con que estuvieron guarnecidas. La fuga impensada no le permitió caminar en ellas con la majestad que solia ; y el Monarca, que poco antes no reconocía igual, ya caminando a pié, no se diferenciaba de los más comunes: reconoció como sagaz, por las acciones de los extranjeros (de que tenia especiales noticias) que todo su anhelo era por la plata y oro ; y pareciéndole que no encontrándolo en su Reino lo desampararian, puso en cobro sus tesoros, y debió de ser en parte tan oculta, que hasta el dia (le hoy no se ha encontrado con ellos, ni entónces se halló quien diese de ellos noticia, de que se infiere haber muerto á los esclavos que los cargaron; remedio el más eficaz de que usaban aquellos bárbaros para asegurar el secreto que les convenia.

Los españoles, empero, persuadidos á que el Alcázar en que estaban alojados, por ser destinado para las armas, no quitaba las esperanzas de hallar los tesoros que buscaban y que éstos debían estar en el Palacio del Zipa que tenia en su Corte y cabeza del Reino, alentaron su desconfianza aguardando para entónces el logro de sus deseos. Allí se detuvieron ocho dias asentando paces con muchos indios comarcanos, que ya persuadidos á que los españoles verdaderamente eran hijos del sol  y la luna, enviados del cielo para castigar sus pecados, se fueron en procesión á Busongote cargados de braseros, y poniéndolos delante  del General Quesada echaron en ellos cierta resina que se llaman moque, para incensario, cantando al mismo tiempo himnos en que le pedian perdón del atrevimiento pasado, que fácilmente se les concedió dándoles algunas cuentas de vidrio y otras cosas livianas de Castilla, que sirvieron de anzuelo para acudir á verlo otras muchas veces con presentes de mantenimientos, joyas de oro, esmeraldas y telas de algodón aventajadas á todas las demás  que habian visto. Luego siguieron su marcha descubriendo por aquellas fértiles dehesas tantas ciudades, que se les representaban innumerables los edificios de ellas ; porque á los de las poblaciones se añadian las casas de campo, quintas y retiros que al contorno e los pueblos usan tener los indios más principales. Divirtiólos mucho el considerar la compasada fábrica de los grandes cercados que tenias ¡os Caciques ó Gobernadores puestos por el Zipa; pues ademas de la curiosidad con que se habian labrado, procedia de cada cual de los cercados una carrera ó calle de cinco varas de ancho y média legua más, y ménos de longitud, tan nivelada y derecha, que aunque subiese ó bajase por alguna colina ó monte, no discrepaba del cómpas de la rectitud un solo punto; de las cuales hay rastros hasta nuestros tiempos, aunque ya no las usan. Y en el pueblo de Tenjo, en el sitio del Palmar, está una carrera bien derecha que baja de lo alto del monte hasta el mismo lugar, en que habian dos palmas bien elevadas y coposas, de cuyas raices nacia una hermosa fuente, que por haberse tenido noticia del respeto Con que las veneraba la idolatría de algunos indios, fueron cortadas año de mil seiscientos y treinta y seis ó siete, por órden de D. Francisco Cristóbal de Tórres, Arzobispo del Nuevo Reino.

Estas carreras ó calles eran entónces los teatros en que celebraban sus fiestas con entremeses, juegos y danzas al son de sus rústicos caramillos y zampoñas, ostentando cada cual su riqueza en el aseo de plumas, pieles de animales y diademas de oro; y cuando ya llegaban al remate de la carrera hacian ofrendas á sus ídolos, no sin gran desperdicio de sangre humana, pues para este fin ponian sobre las gavias de aquellos mástiles que referimos al capitulo antecedente, alguno de sus esclavos vivo y ligado, á quien disparando los de la fiesta muchas tiraderas, lo maltrataban y herian hasta quitarle la vida desangrándolo, con fin de que la sangre cayese sobre muchas vasijas que diferentes dueños ponian al pié del mástil, y con la que recogian aquellos que tenias suerte de que en las suyas cayese, coronaban la ceremonia de su sacrificio ofreciéndosela al demonio, y se volvían (con el mismo órden y forma de los juegos y danzas que llevaron) á la casa y cercado del Cacique, de donde tenia principio la carrera, el cual los despedia con muchos favores de palabra, alabando en algunos la gala, en otros la destreza y en todos el buen celo.

Más, volviendo á nuestros españoles, siguieron su derrota hasta entrar en el Principado de Chía, origen fundamental del Reino de Bogotá segun tradiciones anticuas de aquellos pueblos, y donde, como en patrimonio que gozaba desde pequeño, asistia el Príncipe heredero hasta que se llegase el tiempo de entrar en la posesión del Reino; estilo que aun en los tiempos presentes permanece ; donde se detuvieron por la obligacion en que los puso el tiempo de Semana Santa y Pascua, que celebraron devotos, aunque por el por el poco agasajo que hallaron en el Príncipe de Chia, que se habia ausentado, y el mucho con que fueron llamados de los Caciques confinantes, que vivian disgustados de! soberano dominio de Thyquesuzha, pasaron sin detenerse mas a buscarlos. Estos fueron el de Suba y el de que salieron á recibir el campo español con todas las señales de un cortejo magnífico y de una sincera voluntad, confirmando las demostraciones y señas con que se explicaban, con muchas joyas de oro y esmeraldas que les dieron, alojándolos en sus casas con todo el regalo que se hallaba en sus tierras afecto que siempre tuvieron á los españoles, sin dar muestras de cauteloso trato. Ya en este tiempo eran muy repetidas las embajadas que del Zipa al General y del General al Zipa se continuaban por medio de Pericon, que bastantemente habia aprovechado en el idioma, pretendiendo cada cual engañar á su contrario; pues si de parte de Quesada se pedia el asiento de una paz verdadera, para parecer en su presencia á darle cuenta del fin de su entrada en aquel Reino, era con fin de asegurarlo para que no se le fuese de las manos, como lo recelaba de los temores en que lo habia puesto y si de parte del Zipa se respondia sin resolver fijamente á sus propuestas, era con pretension de que se fuesen deteniendo los españoles con la esperanza de conseguir paces, mientras él con toda especialidad se informaba del número de la gente, de cuántos eran los caballos y perros, de las acciones que obraban unos con otros y de otras particularidades, que por ocultas que acaeciesen en el campo español, llegaban á su noticia por medio de las espías que tenia para ello, de que no sabían librarse los nuestros, respecto de haber tenido arte para ir introduciéndolas con ricos presentes que llevaban en su nombro y tiempo que pedian para esperar las, órdenes de su Rey. Pero ni regalos ni agasajos pudieron detenerlos el apresurado curso que los llevaba á Bogotá: tal era la fama de las riquezas y tesoros del Zipa, donde á su satisfaccion pensaban apagar la sed, que sin causarlos les fatigaba. Y así, el siguiente dia descubrieron los majestuosos Alcázares de la casa y cercado del Zipa, cuya grandeza en su género de fábrica podia competir con los palacios más célebres y las particulares casas de aquella población, Corte de Bogotá, excedian á los demás edificios de todo el Reino ; y así creciendo el ansia de ocupados, cuanto más los ojos se los figuraban al colmo de sus deseos, apresuraron el paso con tanta velocidad, que más parecia carrera que marcha; y entrando por la ciudad sin detenerlos novedad alguna, tornaron las puertas del cercado desamparado de gente y en él fué tan contrario el suceso á la esperanza, que no hallaron dentro seña ni rastro de riqueza alguna: experiencia que presto tuvieron en las demás casas y templos, aunque eran muchos los Santuarios públicos y comunes que tenia la ciudad, sin los particulares que tenian en las casas segun sus devociones; porque avisado el Zipa del designio de los españoles, en penetrar el Reino hasta su Corte por codicia de sus tesoros, y bien desengañado de su valor por el encuentro de los Uzaques, se retiró á lo más oculto de un bosque, desamparado la Corte y sacando del cercado y templos cuantas riquezas depositaban, para que ignorantes de ellas los españoles y persuadidos á que las tierras carecias de los metales que tanto apetecian, mudasen rumbo á nuevas regiones dejando su Reino.

No pudo la codicia española encontrarse con tan infeliz suceso como el de hallar burladas sus esperanzas en la parte que más las aseguraba; pero cesando en las diligencias, mantenian en ellas á causa de que en los templos particulares hallaban alcancías o cepos destinados para ofrendas, y en los comunes (que de unos y otros era infinito el número que habia, erigidos en montes y llanos, caminos y ciudades, para más exaltación de sur idolatría) y en el más principal de todos se veian dos géneros diferentes de gazofilacios de barro hueco. Los unos que representaban personas de hombres, abiertos por lo alto de la frente, por donde se metía el oro en puntas ó joyas, y la rotura cubierta con un bonete hecho del mismo barro, en la forma que usan los indios sus tocados, unos redondos y otros con picos. Los otros eran ciertas vasijas grandes ocultas debajo de la tierra, y descubierta la parte superior por donde se echaban las mismas ofrendas: y los unos y otros cepos estando ya llenos, desenterraban los Jeques y los mudaban á lugares secretos,  poniendo otros nuevos en lugar de los primeros; de que ha resultado muchas veces que surcandose aquellas dehesas se hayan encontrado con estas vasijas y cepos algunos hombres, que los han tenido por principio de mejor fortuna, cosa bien ordinaria en las Indias, donde no hay riqueza estable ni pobreza heredada.

Estas demostraciones eras las que no desalentaban del todo los ánimos de los más advertidos del campo, si bien los otros eran de sentir que toda la bondad de aquellos Reinos se reducia á la sanidad del temple y fertilidad de las tierras que gozaban, sin persuadirse á que dejasen de ser estériles de plata y oro; y que las muestras que hasta entónces habian hallado de estos metales, no fuesen habidas por via de rescates ó comercios de regiones extrañas en que se criaban : y así eran de parecer que asistiesen en aquellas partes, miéntras al regazo de sus apacibles paises se reformaba el campo, y pasadas las aguas del invierno tenian tiempo de llevar adelante sus conquistas en demanda de provincias más ricas en que poblarse. El motivo con que alentaron estas empresas desde Castilla, frió la predicación del evangelio y conversión de aquella gentilidad á la verdadera fe: el concurso de infieles que habian de participar tanto bien no podia ser más numeroso: los alimentos no consentian mejora en cantidad y calidad, ni la tierra en el temperamento y los influjos; y, sin embargo, en persuadiéndose los españoles á que faltaba la plata y oro, los vemos determinados á mudar estelaje, y en hallándose apretados algunos despues por el rigor con que procedieron en las conquistas, no darán más disculpa en sus excesos que la de hacerlos precisos para conseguir la exaltación de la fe.

Pero como los Bogotaes reparasen en que la asistencia de los españoles era más dilatada que imaginaron, por el espacioso tiempo con que trataban de estarse en sus tierras, aplicaron por medios convenientes para conseguir la libertad, que imaginaban perdída, cuantas hostilidades pudiesen hacerles en frecuentes asaltos que les daban, y tan continuados, que no los permitian lugar á un breve sosiego ni de dia ni de noche; si bien el riesgo y peligro que resultaba á los españoles no era de momento, respecto de que los acontecimientos se ejecutaban desde léjos con piedras, dardos y tiraderas, á las cuales muchas voces aplicaban fuego con intención de quemar las casas, que por el mucho desvelo que pusieron los españoles en su resguardo, no pudo conseguirse ni tampoco éstos hacer efecto de importancia en los indios; porque en las salidas que hacian los jinetes contra sus tropas, malograban el trabajo para acogerse los contrarios á los pantanos y lagunas de que está cercada Bogotá, cuyas aguas (respecto de ser toda la tierra anegadiza) eran impedimento considerable a  los caballos, aunque no pocas veces sucedió hallarse muchos indios burlados en la retirada, por ser tan presta la carrera de los caballos, que antes de ganar las ciénagas quedaban atropellados ó muertos á sus orillas; pero los demás indios, que conseguían el retiro de los jinetes, en hallándose asegurados con el reparo del agua, se valían del espeso torbellino de saetas y dardos que disparaban hasta retirarlos á sus cuarteles.

Con estas continuadas baterías y desasosiego general en que todos se hallaban, pasaron más de treinta dias sin tener de una y otra parte más fruto que el de su constancia en los incursos. Pero considerando el Zipa que la de los españoles excedia mucho á sus gentes acobardadas, dispuso que muchos Caciques comarcanos les acudiesen de paz y con la mayor partida de esmeraldas las más finas que hasta entónces se habian visto, que juntas con el oro y con gran cuenta y razón entraban en poder de los oficiales reales. Tambien se extremaban en llevar regalos y mantenimientos, sin dar señales su disimulo de la pretensión que más en deseo tenian: advertencia bien reparada de la astucia del Zipa introducir amistades para lograr perjuicios, pues la ofensa rara vez dejó de ser hija de los agasajos. Si bien los españoles poco cuidado manifestaban tener de las máquinas del Zipa, pues no habiendo de se parte descuido, ningun peligro imaginaban difícil de que su valor lo contrastase; y más cuando tenian tanteado el término hasta donde llegaba el brio de los indios, de quienes preciaban más las dádivas en la paz que las muertes en la guerra, y así procuraban con todo desvelo enterarse en aquel idioma extraño á todas las naciones, aunque elegante en la colocacion de las voces dificultosas, solo por haberse de pronunciar en lo interior de la garganta. Mas tanta fué su aplicación á percibir y aprender las voces, que llegaban á hacerles preguntas que entendian los indios de lo que deseaban saber; y como las más eran en órden á  tener noticias de nuevas gentes, que en su idioma se explican con esta palabra Muisca, y con ella respondiesen de ordinario, se originó llamar los españoles indios mozcas á todos los del Nuevo Reino de Granada; ó porque en la muchedumbre les competían como sienten otros ménos curiosos. Pero quienes más percibieron el idioma fueron Pericon y las indias que se llévaron de la costa de Santa Marta y Rio grande, que con facilidad la pronunciaban y se comunicaban en él con los Bogotaes ; de que resultó irse acariciando tanto, que no se extrañaban ya de asistir á los españoles y servirles; porque como de su naturaleza son todos amiguísimos de novedades, y las mujeres de inclinación lasciva, en que no excedian á los españoles, con facilidad se amistaron unos y otros, de suerte que á todas horas tenian: numerosos concursos de bárbaros que gustaban de ver los caballos y divertian la tarde y mañana en verles pasar la carrera, que los españoles no rehusaban, por tenerlos siempre admirados y temerosos de la ferocidad concebida de aquellos monstruos.

De esta continuación de los indios en asistir á las carreras y torneos de los caballo resultó que algunos mancebos de los más sueltos y de gallarda disposición, no solo se persuadieron á que su ligereza era igual sino vestajosa á la de los brutos, y dieron á entender á los españoles que entre ellos se hallaban hombres tan ligeros, que no excusarían correr de apuesta con los jinetes, que no causó poca admiración á todos la resolución y confianza con que lo proponian. Pero el Capitan Lázaro Fonte (que en el arte de hacer mal á caballo, aire y destreza era hombre caval) resolvió aceptar el desafío á que le provocaban los indios, por desengañarlos de la presunción en que estaban de poder competir en la carrera con los caballos, y habiéndose puesto en uno zaino de color castaño oscuro, que son los que mejor prueban en aquellas partes, convocó la escuadra de mancebos que le provocaron, diciéndole que saliese á correr con él el que tuviese más ligereza, porque estimaria saber hasta dónde llegaba. Que no fué bien pronunciada la propuesta, cuando se le puso delante un mancebó de gentil disposición, dándole á entender estaba presto á obedecerle; y habiéndose puesto señal hasta la parte donde habia de llegar la carrera, y dada la que pactaron para su principio, partió el indio con tan acelerado curso, cuanto no lo habian experimentado igual los españoles; pero Lázaro Fonte, atacando la rienda y dando lugar á que se adelantase hasta la mitad de la distancia señalada, con aplauso y voces de los indios, que tenian por ganada la apuesta, soltó la rienda al caballo y batiéndole con gallardia los hijares, apresuro la carrera con tanta brevedad y destreza, que alcanzando al indio y encontrándole de lado con industria para no matarlo, lo derribó maltratado del golpe, pasando de largo hasta el término señalado, de que maravillados los indios, habiendo socorrido al caído en compañía de los españoles, quedaron tan escarmentados, que nunca más trataron de formar competencia con la ligereza de los caballos, contentándose solo con ir á verlos á todas horas; y no solamente los indios vulgares sino los Caciques y Uzaquez, que industriosamente eran acariciados del General Quesada, diciéndoles repetidamente que de su parte viesen al Zipa Thysquesuzha, y le persuadiesen la vuelta á su corte, donde gozaría de su Reino asentando paz con ellos, que le seria guardada inviolablemente. Á que respondian no poder obedecerlo en lo que bis proponia, por no tener noticias de la parte dónde el Zipa se habia retirado; ni otra cosa se sacara de ellos aunque los despedazaran á tormentos, por cuanto en aquellos bárbaros no habia más voluntad que la de su Rey, y ésta la tenia manifestada en que estuviese secreta la ocultacion de su persona.

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