CAPITULO lV
MARCHA QUESADA POR LA PROVINCIA DE VÉLEZ, PASA Á GUACHETÁ Y DE ALLÍ
Á SUESCA EN DEMANDA DE BOGOTÁ, CON ASOMBRO GENERAL DE LOS
INDIOS.
CONFORMES todos con el parecer de su caudillo, prometieron
seguirle obedientes; y determinado á salir de aquel sitio el dia
siguiente, pasaron la noche en vela sin disparar arcabuz ninguno,
por el temor que podian concebir los indios, que esperaban de
guerra á la falda de la sierra; remedio que tenian reservado para
los últimos trances y que entónces acarreara inconvenientes para la
pretensión que intentaban; y así habiendo amanecido dispuesta y
bien ordenada la infantería, dió principio á su marcha, y como dice
el mismo Quesada al capítulo cuarto del primer libro de su
compendio historial, empezaron á bajar de la cumbre más inmediata á
la tierra llana, á los dos de Marzo del año en que vamos de treinta
y siete; lo cual se compadece mal con lo que afirman otros por
discurso y presunciones, de que por Abril de dicho año salió de
Santa Marta el ejército, que ya reducido al corto número que va
referido, iba descubriendo á cada paso infinidad de naturales, que
por aquellos dilatados campos ocurrían en tropas, asombradas de ver
hombres extraños en sus tierras, y crecíales la admiración con ver
la caballería, pareciéndoles que jinetes y caballos eran animales
formados de solo un cuerpo: y esta ruda opinion, que difundieron de
la monstruosidad que fingían, se fué recibiendo por toda la tierra,
sin que pudiese persuadirles lo contrario su discurso; antes de ver
correr los caballos afirmaban en comprobación de lo primero que
volaban por el aire aquellos monstruos y por no verlos se dejaban
caer en tierra, cerrando los ojos de temor del riesgo, ó se
quedaban absortos y pasmados como si fueran estatuas de hielo y
por la vista recibieran los últimos apremios de la muerte.
Los incansables españoles, miéntras esto pasaba con los indios,
iban tan desfigurados, pálidos y flacos por causa de las
enfermedades padecidas y de que tina no estaban libres, que por
ellas y el desaseo de sus personas, con dificultad pudieran ser
conocidos de los que los vieron salir de la costa, porque muchos
tenian los trabajados cuerpos casi del todo desnudos; otros sí
llevaban calzas, carecían de jabon ó si camisa (de quienes habia
muy pocos), no tenian sayo y otra cosa alguna con que cubrir las
carnes, y en fin, lo que se miraba en todos era una desventura
general casi imposible de reducir á la pluma; pero cosa espantosa y
digna de referirse, que no quince dias cabales despues de entrados
por aquellas tierras, y sin la espera del curso de tiempos, que
suele preceder para la convalecencia, se hallasen todos sanos,
blancos y rojos y con tal fortaleza de ánimo y cuerpo como si no
hubiera pasado achaque alguno por ellos: efecto que así mismo se
vió en los caballos para el recobro de la lozania que habian
perdido en las montañas, tan faltas de forraje y dentro del mismo
término quedasen todos vestidos y sin que les faltase cosa alguna
para su adorno y abrigo, causado lo primero de los buenos aires,
sanidad de la tierra y abundancia de sus mantenimientos; y
procedido lo segundo de la mucha cantidad de ropa que se
encontraba á cada paso, aunque toda de algodón, porque hasta
entonces ni hasta despues de algunos anos se vió lino ni lana en
aquellos paises; pero las mantas que de él se tejen son tan ricas y
curiosas en su género y de tan buenos colores (sin lo negro y
blanco, que se tiene por lo más ordinario), que pudieron suplir
aventajadamente la falta de arreo que los españoles llevaban.
Este sabido para conocimiento de la tierra y volviendo á la
primera entrada, de que vamos tratando, fué bajando todo el campo
junto lo mejor que se pudo, de la elevada cumbre, hasta poner los
piés en el umbral de aquellas provincias, que despues conquistaron
sus manos; y aunque gran muchedumbre de indios se habia convocado á
la defensa, estaba retirada á uno de los costados del camino que
dejaron libro por abrigarse de una población que tenian cercana, y
fortalecerse, como lo estaban, con una quebrada profunda (que
llaman Calas ó Caletas los españoles que militan en
África). Era dicha quebrada difícil de atravesar por la aspereza y
profundidad que tenian para la subida de la una y de la otra así
pareció á Quesada parar sobre ella á vista de los enemigos que
tenia de la otra arte hasta reconocer la tierra. Y asentado su
real, como á las tres de la tarde dieron principio los indios al
rumor y guazabaras que acostumbran, arrojando al campo español gran
cantidad de flechas; pero no despedidas con arco, sino con aquel
jaculillo que dijimos en el capítulo segundo del primer libro
haciendo vana ostentación de lanzas y macanas, que esgrimian desde
la otra banda de la quebrada, continuando aquella grita, que no
solamente duró lo restante del dia, sino hasta la média noche, en
que cesó totalmense con admiración de Quesada y su gente, que se
levantaron á rondar de nuevo y considerar el silencio que habia
sostituido en lugar de tan confusa voceria, y por ser la causa
nacida de un acaecimiento digno de historia indiana, no será
despreciable de la curiosa atención de los lectores.
Fué pues el caso que entre los caballos que en el real venian y
andaban sueltos por el campo para pastear basta el otro dia que se
recogieron para marchar (estilo muy diferente del que se practica
en las guerras de Europa por la falta de forraje), habia dos á
quienes se les antojó retozar como lo acostumbran, ó pelear
instigados del celo que pudo causarles la compañía de algunas
yeguas que habia entre ellos, de que resultó que el no de ellos,
reconociendo ventaja en su contrario, echase á huir por aquellos
contornos, siguiendole el otro; y cómo semejantes risas las hacen
con coces y relinchos y por librarse el que iba de vencida bajase
por la quebrada y subiese á la ribera de la otra banda siempre
acosado de su enemigo, sucedió que entrasen ambos, uno en pos de
otro, por los cuarteles de los indios, que ajenos de semejante
espectáculo como el que se les representaba (á los rayos de la luna
que hacia entónces) de dos animales á su parecer tan feroces, sin
aguardar á discursos sueltan las armas, desamparan el puesto y
echan á huir por aquellos campos, unos á una parte y otros á otra,
sin que pareciese más indio en toda aquella comarca de cuanta
multitud se habia visto.
Todo lo cual se supo á la mañana con la certidumbre, porque
pasando al alojamiento que tuvieron los indios, hallaron los
caballos en aquella misma parte ; lo cual junto con la noticia que
dieron las guardas del campo de la hora y tiempo en que los vieron
pasar relinchando, manifestó la obligación en que les estaban los
españoles por haberles excusado la batalla del dia siguiente y
quizá otras muchas: y contemplando bien el suceso, no por él se
deben reputar los indios como cobardes, pues parece que lo mismo
hicieran los nuestros, y otros de cualquiera nacion que haya en el
mundo, si no hubieran visto semejantes brutos ni otros iguales en
la grandeza del cuerpo: y es cierto que viéndose de repente
asaltados de animales tan extraños, no vistos jamas por ellos, ni
oídos por carecer de escrituras y de contratación con otras
naciones de Reinos en que se criasen, no fué mucho que huyesen. Al
retozo de un cohete que entró por una ventana, se descompuso la
majestad de un Rey de Francia y la altivez de un Príncipe de
Borgoña, sin que los efectos del sobresalto amancillasen la
entereza de Luis el Onceno, ni á Charles quitasen el renombre de
atrevido. Y si el haber cejado los romanos á la vista de los
primeros elefantes que pusieron pié en Italia, no les quitó el
crédito de los más políticos y guerreros, justamente deben
disculparse los indios de Vélez, pues más debe su retirada
atribuirse á la admiración, hija de la ignorancia, que á temor
nacido de la pusilanimidad.
De este asiento se levantó el campo al otro dia, entrándose más
por aquellas tierras, y de esta suerte caminaron hasta encontrar
con el rio Saravita, que por haber arrebatadamente llevádose un
caballo del Capitan Gonzalo Suárez Rondon, que con industria y
ayuda de sus amigos lo escapó del riesgo, llamaron rio de Suárez, y
es el que al presente corre con furioso ímpetu, cercano á la ciudad
de Vélez; y por ser pasó forzoso de aquella provincia para
comunicarse con otras, ocasionó muchas desgracias de indios y
españoles que se ahogaron en sus corrientes, hasta que el doctor
Venero de Leiva, Presidente del Nuevo Reino, y Juan López de
Cepeda, que despues lo fué de Chuquisaca, mandaron fabricar un
puente de madera sobre estribos firmes de cal y canto que se
conserva en utilidad de aquellos paises. El esguazo de rio era tan
peligroso para los españoles, y los sitios del camino tan fuertes
por naturaleza, que si en ellos hubieran aplicado los indios muy
corta defensa, con facilidad se hubiera impedido la entrada de
aquellos primeros conquistadores de su provincia; pero estaban tan
descaecidos los ánimos y brios de aquellos bárbaros con el espanto
de tantas novedades juntas, que aun aliento no tenian para mirarlos
al rostro; y así solamente se detuvo el campo aquel tiempo que le
sirvió de embarazo la corriente del no, hasta que, vencida con
industria y valor, llegaron á un lugar medianamente poblado que se
decía Ubazá, y solamente conserva hoy el nombre de una quebrada que
pasa por sus contornos.
De esta población se habian retirado los vecinos porque la fama
que corria de los extranjeros (como acaece en muchas partes y es
comun estilo de bárbaros), se aumentaba con nuevas fábulas que
añadian, afirmando ser monstruos feroces y voraces, cuyo aliento
era de carne humana de los que su crueldad despedazaba. No era esta
opinión la que pretendian ganar los españoles, y hubiérales salido
muy costosa, si al temor con que se retiraban los indios juntaran
la industria de levantar los víveres; pero olvidados de esta
hostilidad, que siendo la más grande, suele tener por autor al
miedo, se dejaron en Ubazá ocho venados muertos, que á los nuestros
sirvieron de razonable alivio para sus fatigas, y lee avivaron las
esperanzas de conservarlo abastecidos con las muestras de que en el
pais abundaba la caza de venados, conejos, codornices y otras aves
á que podia apelar su necesidad en los mayores riesgos. Pasada la
noche y entrado el siguiente dia, fueron marchando por las grandes
poblaciones de Sorocotá, desiertas ya todas de moradores con la
ocasión misma que las primeras, aunque bien proveidas las casas de
semillas de maíz (bien conocido en Galicia y Montañas), frijoles,
turmas, papas blancas, moradas y amarillas, comun refugio y regalo
de aquellas regiones, y no mal visto de las extrañas que lo
experimentan. Considerado, pues, el buen temple del sitio,
abundancia de víveres, forraje y grano para los caballos, acordó el
General Quesada detenerse allí cuatro dias, que salieron bien
costosos á sus soldados, pues queriendo marchar al fin de ellos, se
hallaron impedidos de los pitia de tal suerte que no podian
moverse, á causa de que en aquellos sitios se crin un género de
pulgas algo menores qué estas de España, las cuales se entran en
las carnes, especialmente en los dedos de los pies por la parte que
se juntan las uñas, donde crecen hasta ponerse algunas tan grandes
como garbanzos pequeños, causando un dolor y escocimiento
insufrible todo el tiempo que allí se detienen, de que se origina
imposibilitarse los hombres de caminar hasta que las saquen. Y como
los dolientes ignoraban la plaga, no supieron aplicar el remedio
siendo tan fácil, hasta que algunas mujeres bárbaras de las que en
aquellas poblaciones encontraron, entendida su dolencia por señas,
se comidieron á sacarlas con las puntas de los topos, no sin dolor
grande de los más achacosos; pero la pena sirvió desde entónces
para entrar en las casas cautelados y guarnecidos de calzado y
médias, que defendiesen la entrada de las niguas, que así las
llaman.
Restituidos todos con el remedio á su primer estado de sanidad,
hicieron muchas diligencias con templanza y recato, solicitando
hallar á los vecinos de aquellas ciudades; y habiendo recogido
hasta cuatrocientos hombres y mujeres de diferentes edades, les
dieron á entender por señas y halagos que no era su entrada en
aquella tierra para hacerles daño, sino para tenerlos por amigos, y
que así lo tuviesen sabido. Y dejando los más en sus casas y
llevando algunos por cargueros (oficio á que ellos mismos se
imponen desde pequeños) prosiguieron su marcha, dejando las
campiñas de Sorocotá, nombradas del valle de San Martin, y bajando
al pueblo de Turca, poco distante, á quien llamaron Pueblo hondo,
por estar fundado en la profundidad que hacen unos montos que por
todas partes lo cercan, hallaron gran copia de telas y mantas de
algodon, algun oro y lo que fué más, las noticias del poderoso Rey
de Bogotá, principio que les puso más vivas espuelas para apresurar
los pasos penetrando lo más secretó de aquellos paises : y así la
siguiente salieron para Saquenzipa, principio por aquella parte del
Reino del Tunja donde las guías maliciosamente los desviaron, ó por
atender á la sal que les iban mostrando para que los guiasen donde
la habia, los condujeron á Guachetá, ciudad populosa, á quien
llamaron San Gregorio por haberla entrado en su dia; de donde con
la noticia anticipada que tuvieron sus moradores, se habian
retirado y fortalecido en unas altas peñas y riscos á vista de sus
mismas casas y de los españoles, sin dar señal alguna de
hostilidad, antes bien por la relación que les habian hecho del
furor sangriento de los forasteros y monstruosidad de los caballos,
se hallaban más dispuestos á la fuga que á la contienda. Pero
viendo el sosiego con que entraron en su ciudad, sin usar de
aquellas destemplaras que tenian concebidas y suele producir el
orgullo inconsiderado de la gen te de guerra, les pareció que las
noticias que tenian no eran conformes á las obras que
experimentaban.
Animólos este discurso á emprender su desengaño, y para no
quedar dudosos entre la sospecha y el error da que comian carne
humana los forasteros, dispusieron que dos iridios llevasen otro
anciano, y á vista de los españoles lo dejasen junto á una hoguera,
que para el intento encendiesen dando vuelta apresurada á su
retiro, como lo ejecutaron. Pero los españoles, sospechosos de que
la intención era de que lo sacrificaran comiesen, fueron á la parte
en que estaba el miserable indio, y dándole un bonete de grana y
alguna cuentas, lo pusieron en libertad, de que admirados los
Guachetaes y pensando que por viejo no habian querido comerlo,
arrojaron por la cuesta abajo dos ó tres niños quitados de los
pechos de sus madres, permitiendo el cielo que ninguno muriese y
que á las voces de Pericon el faraute se templase tan bruta
resolución, reduciéndola por último á enviar desde el lugar en que
estaban un hombro y una mujer con las manos ligadas, y juntamente
un venado para que por la eleccion que hiciesen del presente,
conociesen ellos el apetito que los gobernaba. Pero reconocido el
intento por los españoles, que no lo pudieran provenir más de su
gusto, aceptaron el venado repartiéndolo entre todos; y poniendo en
libertad al indio y á la india, les dieron á entender por señas que
volviesen á los demas y dijesen que ellos no comian hombres ni iban
á ocasionarles daño alguno, sino á defenderlos y ampararlos de los
enemigos que tuviesen, y así podian con toda seguridad volver á sus
casas. Los Guachetaes, que estaban á la mira y no perdian accion de
las que ejecutaban los españoles, entendida la embajada desecharon
el miedo, y desamparando los riscos admitieron la paz, que les
ofrecían, siendo éstos los primeros que voluntariamente la
abrazaron en el Nuevo Reino de Granada y la conservaron aun cuando
más ocasionados se vieron de la inquietud de otras naciones; y por
muestra de ella hicieron al General un presente de algunos tejos de
oro y ocho ó nueve esmeraldas buenas, aunque pequeñas, que fueron
las primeras que vieron los nuestros en aquel Reino, de que
admirados se miraban unos á otros, hasta que advertidos de su
General por señas, remitieron al disimulo lo que pudiera engendrar
reparo en los indios. Al siguiente dia, por descuido de un vecino
de aquella ciudad, se prendió fuego en su casa, y antes que se
dilatase la llama de suerte que el daño creciese por la cercanía
que las casas tenian unas con otras y estar cubiertas de paja,
acudieron los españoles al reparo, que por su buena diligencia tuvo
efecto: beneficio que los indios reconocieron con muestras de
agradecimiento, y les dió crédito A los españoles para que la
opinion que hasta allí habia corrido de crueles parase en la de
piadosos, divulgándoso por las ciudades de la comarca.
Dejada en paz la de S. Gregorio ó Guachetá, pasaron á la de
Lenguazaque, cuyos vecinos estaban tambien ausentes y retraidos en
los montes y riscos; pero habiendo tenida noticia de todo lo
acaecido en Guachetá, les salieron de paz al camino con muchos
presentes de oro y esmeraldas, venados, cuyes, raíces y semillas de
que se alimentan, y telas de algodon de diversos colores que para
el reparo del frio que ya sentían fueron bien recibidas de los
españoles, quienes daban en recompensa de tal beneficio algunas
demostraciones de que sus dádivas les eran gratas, y serían firmes
en guardarles amistad perpetua. Y en la misma forma fué
prosiguiendo el campo por Cucunubá, siempre asentando paces con los
pueblos circunvecinos y recibiendo el mismo género de presentes en
más ó menos cantidad, segun la calidad de los Caciques, hasta
llegar al asiento de la grande y famosa ciudad de Suesca, emporio
que fué de los Estados del Guatavita, donde fueron bien recibidos y
hospedados, y dónde acudieron de varias partes de los confines
muchos hombres y mujeres á ver la gente nueva, y darles de las
cosas más estimadas en sus tierras: y sucedió á uno de los que iban
con este intento, que yendo encaminado á las casas en que estaba
alojado el campo, con dos mantas de algodon de presente, poco antes
de llegar á ellas encontró con un soldado llamado Juan Gordo,
hombre aunque humilde fuerte y valeroso para cualquier trance:
éste, pues, con intención de aprovechar la carne de un caballo que
habia muerto poco antes de llegar á Suesca, volvia á buscarle ; y
como el indio que llevaba las mantas reconociese que el español iba
sí encontrarse con él, púsolas en el camino y desvióse de él poca
distancia: cortesía que vió por comedimiento hasta tanto que el
español pasase; pero Juan Gordo, persuadido á que la demostración
era presente que le hacia de las mantas, no siéndole posible
sospechar que de aquella acción pudiese resultarle daño alguno,
recogiéndolas y fuése con ellas á ejecutar el intento que llevaba.
En el interin, sentido el indio del despojo de sus mantas, fuese al
General Quesada, y dióle su queja representándole el robo que le
habia hecho uno de sus soldados, que oida por el dió órden á
Villalóhos, su Alguacil ó Furriel de campo, para que pusiese en
prisión la persona que el indio señalase. Preso Juan Gordo, dió sus
descargos, refiriendo el suceso sin ficcion alguna, y con muchos
terceros que se interpusieron á disculparlo, pero sin fruto, porque
lo condenó á muerte, que luego fué ejecutada con sentimiento
general de todos. Debióse de persuadir el General Quesada á que
seria conveniencia para el intento de ganar los indios y poner
freno á su gente, la ejecución de un castigo tan ejemplar: buen
discurso si lo apoya el derecho, y debíólo de fundar en él quien lo
hizo, pues no ignoraba las leyes ni la falta que un soldado haria
donde todos eran tan pocos.
Ejecutada la muerte de Juan Gordo, que solo sirvió de lástima á
los españoles y de borrar en los indios el concepto que habian
formado de que eran inmortales, marchó el campo distancia de una
legua hasta Nemocon, pueblo que llamaban de la sal por las fuentes
salobres que tiene, como los de Cipaquirá, Tausa y Guachetá, y era
la granjeria de más interes que tenian en sus comercios, por ser en
aquellas partes los mercados á donde acudian á comprarla de todas
las demás provincias y sor la más suave que se halla en las Indias,
y se labra llenando del agua de aquellas fuentes ciertas vasijas de
barro grandes y medianas que llaman múcuras y moyas, donde (puestas
al fuego) se condenas el agua y cuaja en panes que pesan á dos y
tres arrobas más ó ménos, segun la capacidad de los vasos, que
solamente sirven una vez, porque unidos con la sal es preciso
romperlos para dividirla. Desde que llegaron á Nemocon ya se
descubrian los dilatados y floridos campos de Bogotá, en que se
veían populosas ciudades de tan soberbios y vistosos edificios, y
con tal majestad fabricados, que de léjos representaban un bien
ordenado número de palacios ó castillos, por cuyo respeto llamaron
luego aquel país el valle de los Alcázares. Sobresalian, demás de
lo referido en muchas partes, mástiles gruesos, altos y derechos,
embarnizados de vija y en la parte superior gavias que figuraban
las de Galeones, tan vivamente que, miradas de léjos, no
encontraban diferencia los ojos, y dentro de ella gran cantidad de
oro que, á entenderlo entónces Quesada, fuera mucha la presa,
aunque despues que llegó á su noticia, fué bien considerable, y la
causa de haber tantas y en la forma referida, diremos adelante.