CAPITULO III
VUELVE EL GENERAL QUESADA POR SU EJÉRCITO Á LA TORA, CONDUCELO
HASTA LOS UMBRALES DEL NUEVO REINO, HACE LISTA DE SU GENTE Y
PREVIÉNELOS PARA LA CONQUISTA.
DEJAMOS al Capitan Juan de Céspedes en la sierra de Oppon, de
vuelta para el pueblo de las Barhacóas, y consiguiólo recogiendo de
paso al Capitan Lebrija y á otros españoles, que fatigados del
cansancio se hablan quedado en el camino, de que recibió grande
alborozo el General Quesada, especialmente cuando oyó referir el
descubrimiento que se habia hecho, en que no se encontraba otro
reparo sino el de la duda que se ponia en que pudiesen conducirse
los caballos por aquellas malezas. Pero dejando algo á la suerte,
acordó volver á la Tora muy á la ligera por toda la gente que le
restaba, dejando la demas en guarda de aquel paso y pueblo de las
Barbacóas, á cargo de Hernan Pérez de Quesada, su hermano y
Alguacil mayor del ejército, oficio que segun estilo de los Moros
de Granada correspondian al de Maese de Campo; y así con solos seis
españoles, y entre ellos el Capitan Céspedes, que parecia
incansable, y como testigo de vista habia de acreditar el
descubrimiento hecho, partió luego hasta la ribera de aquel brazo ó
rio en que el agua podia sufrir, la navegación de las canoas, para
cuyo efecto en caso que se necesitase de ella, habia dejado oculta
en el monte una en que embarcados navegaron hasta salir al rio
grande y bajando por el en demanda de la Tora; en cuyo viaje
sucedió un accidente al parecer milagroso, si consideramos cuán
cierta habla de ser la ruina de todo aquel campo, dividido en
tantas partes de la montaña y rio, en caso que el General que tan
unido lo gobernaba muriese: y fue el caso que á cuatro leguas de
distancia ántes de llegar á la Tora, como á las tres de la tarde y
cuando todos esperaban ver á sus compañeros dentro de dos horas,
mandó el General que arribasen á tierra, donde hizo noche sin que
ellos imaginasen la causa ni él supiese darla despues de aquella
resolucion repentina, calificada entónces por desatino, hasta que
al dia siguiente, llegados á la Tora, supieron que la tarde del
antecedente hasta cerrar la noche habian tenido sitiado el pueblo
hasta cuatrocientas canoas, combatiéndolo por tierra y a con riesgo
evidente de llevaras los bergantines, en cuya defensa se mostraron
valerosos General Gallegos, Juan de Albarracín y Gómez del Corral,
de lo cual reconocieron que á no haberse determinado á lo que va
referido, el General Quesada hubiera perecido á manos aquellos
bárbaros, y verdaderamente no puede negar lo bien afortunado de
este caudillo, no solamente en este lance, sino en que hubiese
dejado el rio de Carare á mano derecha, en que consistió el buen
suceso de la conquista.
Halló muy menoscabado su ejército con la gran mortandad que
habia resultado de hambre y trabajos, y fué tanta, que no bastando
la tierra del pueblo para enterrar los muertos, arrojaban muchos al
agua; poro animados los vivos con la buena noticia del
descubrimiento, se alegraron verdaderamente aquellos que nacieron
dotados de espíritu y valor porque los otros, aunque pocos, nada
esperaban de alivio sino la muerte del General, paraciéndoles que
con ella, ocasionada de repetidas fiebres que le habian herido
luego que llegó, se determinaria tan peligrosa jornada; mas aunque
éstas le apretaron mucho, ningun riesgo bastó á embarazarle la
disposición de que los muchos enfermos, que se hallaban
imposibilitados para viaje tan penoso, se embarcasen en los
bergantines con órden de que el General Gallegos esperase en aquel
sitio hasta tener aviso de lo que habia de hacer; ni para que con
la demas gente sana que lo restaba y caballos que habia escapado,
saliese de le Tora para las sierras de Oppon en lo más recio de su
achaque, y un dia despues de haberse purgado, acción voluntaria en
que se aventajó á la que precisado del peligro hizo Fernando
Cortés, cuando éste se mostró más famoso en no haber reservado
embarcación en que fundar la esperanza de retroceder de la empresa.
Pero el General Gallegos, habiendo esperado muchos días y
considerado el peligro de ochenta hombres enfermos con que habia
quedado y que se hallaba falto de noticias de Quesada, dió vuelta á
Santa Marta tan rico de méritos y servicios, como afligido de
trabajos mal correspondidos de sus compañeros, pues en las
reparticiones de lo ganado, debiendo ser de los más preferidos, fué
de los más olvidados.
Era ya entrado el año de mil quinientos y treinta y siete,
Cuando el General Quesada, siguiendo siempre su derrota con gran
fatiga causada de la corriente del rio por donde la guiaba, y
desembarcada su gente en el pueblo de las Barbacóas, fué caminando
por las sierras de Oppon (que tendrán más de cuarenta leguas de
travesía) con varios trabajos y muy poco socorro de víveres. No
será posible referir las adversidades acaecidas á este valeroso
caudillo y su gente, porque fueron tan repetidas las particulares
de cada cual en esta jornada, que ninguna de las pasadas lo parecia
en su comparación; llegando á estado que para dormir se subían en
los árboles, dejando los caballos metidos en agua hasta las cinchas
en todas aquellas tierras anegadizas, y se tenía por suma felicidad
la del soldado que alcanzaba un pedazo de carne de caballo de los
que morian en la jornada, y aun llegaron á sustentarse con diez y
ocho granos de maíz que daban de ración, y á comerse los cueros de
las adargas despues de los perros y gatos que llevaban en el
ejército. Pero al fin desbaratadas las sombras de la infelicidad y
recogidos los que habian quedado en la montaña, descubrió sus luces
el sol que apetecían, encontrando con aquellas tierras limpias que
vieron Céspedes y Olalla, donde era Capitan el más señalado uno que
llamaban Sacre, y en que descubrieron grandes poblaciones en
comparación de las que hasta allí se habian visto; pero todas ellas
no tenían Rey soberano, porque se gobernaban como Behetrías, y á
manera de Cantones servian por el sueldo al Príncipe que más bien
les pagaba; y en aquella ocasión se prevenian en servicio del Rey
de Tunja para la guerra que le movia el Zipa de Bogotá. Y aunque es
así que los países de aquella provincia son fértiles y deleitosos,
tanto más se les representaron agradables, cuanto más presente
tenia la imagen de aquellas montanas del rio donde las inclemencias
del cielo hablan hecho liga con las calamidades de la tierra; y
aumentóse más el placer cuando reconocieron mantenimientos en tanta
abundancia, que aseguraban reformarse de los infortunios pasados y
abrigar los desnudos cuerpos en fe de las esperanzas que les daba
la vista de tanta multitud de indios vestidos de telas de algodon,
y que en el aseo de los trajes daban muestras de costumbres más
políticas y honestas que las que habian experimentado en el resto
de las naciones que habitaban la costa.
Á este gozo general de los soldados que de improviso introduce
la vista de lo presente, se oponía la consideración del futuro,
pareciéndoles que tenian entre manos conquistas que necesitaban de
mayor fuerza que la de sus brazos; y aun lo que más se señalaban en
esfuerzo y aliento, desmayaban abriendo puerta á la desconfianza de
hallar logre á sus trabajos, viéndose faltos de gente y caballos, y
tan apartados del socorro de la costa, que lo juzgaban imposible de
conseguir. Nunca se mostró tan risueña la fortuna que no reservase
sigua ceño en la frente, ni el cielo aseguró tan raso la serenidad,
que con rastros de alguna nube no pusiese en duda la promesa. Pero
el animoso D. Gonzalo estaba tan ajeno de aquellas consideraciones,
que, con la poca gente fatigada que tenia, se aseguraba la
conquista de todo un mundo. Tenia grande el corazón, que es el
estómago de la fortuna, que digiere con igual valor los extremos
más grandes. Con solos cuatro compañeros rompió por cuatrocientas
corazas Cárlos Emanuel de Saboya, y acreditó en la universal
admiracion que no hay Compañía en el mayor aprieto como la de un
coraron magnánimo. No pongo duda en que este discurso repugnase á
los prudentes que siempre se reconocieron en Quesada, pues á su
conocimiento no podia encubrírsele la dificultad de conseguir
empresa tan grande con los flacos medios que podía aplicarle. Pero
los efectos futuros señalan tan claramente las causas que los
produjeron, que de los obrados por este caudillo se infieren
impulsos secretos, que arrebataron su espíritu (sin discurrir los
medios) á facilitar los fines que tenia dispuestos la Providencia.
Gobernado, pues, de tan suprema disposición, hizo lista de ia gente
con que se hallaba, y reconoció por ella constar su campo de ciento
y sesenta y seis hombres, en esta forma: los sesenta y dos jinetes,
doce arcabuceros, quince ballesteros y los demas rodeleros (que los
romanos llamaban escudados) y aun de éstos el uno frenético,
llamado Juan Duarte, por haber intentado en la jornada reparar el
hambre rabiosa que padecia con carne de un sapo, que desde el punto
que la comió perdió el juicio con lástima de todos.
Á ese número se redujo el florido ejército de más de ochocientos
hombres que por tierra y agua salió de Santa Marta, mutuos los
ochenta enfermos que volvieron con el General Gallegos y esta corta
compañía será la que ponga Reyes soberanos á los piés del más
católico, aumente Reinos al Imperio de los heredados y admire con
sus hazañas á las naciones extranjeras, dando nueva reputación á la
propia, sin más ayuda que la de sus brazos y la de los sesenta y
dos caballos, por haber muerto los demás en la jornada y aplicádose
para regalo de los enfermos y alimento de los sanos en los mayores
aprietos de las hambres que padecieron ; y de esta pequeña tropa de
hombres heróicos, los que salieron con cargos de la costa y se
hallaron corno Cabos y Oficiales de Quesada en aquel paraje,
fueron: Hernan Pérez de Quesada, Alguacil Mayor del ejército; el
Sargento Mayor Hernando de Salinas, natural de Salinas ; Juan del
Junco, Capitan con futura de General á falta de Quesada; el Capitan
Gonzalo Suárez Rondon, nombrado en tercer lugar por falta de los
dos, natural de Málaga y marido que fué de doña Mencia de Figueroa;
el Capitan Juan de Céspedes, de Almodobar del Campo, que casó con
Isabel Romero; el Capitan Juan de San Martin, y los Capitanes
Lázaro Fonte, natural de Cádiz, que pasé á Quito, donde murió;
Pedro Fernández de Valenzuela, que volvió á Córdoba, su patria; y
Antonio de Lebrija, á quien di Quesada la compañía que sacó de
Santa Marta Juan de Madrid, por haber muerto en el camino, como
dijimos; Gonzalo García Sarro, que llevaba el Estandarte Real
gobernando la caballería, y casó despues con Francisca Pimentel;
Gerónimo de lnza, Capitan de Gastadores; y de los que fueron Cabos
de los bergantines, Antonio Diez Cardoso (cuyo parecer lo tocante á
la guerra preferia á todos), Gómez del Corral y Juan de Albarracín,
de quienes trataremos más individualmente cuando lo pidiere la
historia, como de los otros varones ilustres que les obedecían,
siendo muchos de iguales méritos á los primeros.
Fueron, pues, de éstos Anton de Olalla, Alférez de la compañía
de infantería, que llevaba el General Quesada, y natural de
Bujalance; Hernan Venégas Carrillo, natural Córdoba, que casó
despues con doña Juana Ponce de Leon; Martin Galeano, natural de Y
buda, Alférez de Lázaro Ponto y marido que fué de Isabel Juan de
Meteller; Gómez de Cifuéntes, natural de Avila, que casó con doña
Isabel de Contréras; Antonio Bermúdez, que casó con doña María de
Amaya; Juan Tafur, natural de Córdoba y marido de doña Antonia
Manuel de Hóyos; Juan de Tórres, casado con Leonor Ruiz Herresuelo,
y ambos naturales de Córdoba; Gerónimo de Aguayo, de la misma
ciudad; Hernando de Prado m dio hermano de Juan de Céspedes; Hernan
Gómez Castillejo, Encomendero que fué Suesca; Juan Gómez Portillo,
natural de Portillo, en jurisdicción de Toledo, y casado Carmona
con Catalina Martín Pacheco; el Contador Pedro de Colmenáres,
natural de Málaga y marido que fué de doña María de Nava; Juan de
Pineda, natural de Sevilla; Pedro Bravo de Rivera; Suárez
Sabariego, hermano de Gonzalo Suárez Rondón; otro Juan Tórres,
diferente del Juan de Tórres Contréras, que va nombrado y fué señor
de Turmequé Cristóbal Arias de Monroy, de Almodobar del Campo, que
casó con doña Catalina Siliceo; Cristóbal Ortiz Bernal, de
Salamanca, y marido de Ana de Castro; Cristóbal de Roa, Encomendero
que fué de Sutatenza; Juan de Montalvo, natural de Toledo, que casó
con Elvira Gutiérrez y fué el último conquistador que murió en
Santafé el año de noventa y siete Pedro Núñez de Cabrera,
Encomendero de Bonsa; Baltasar Maldonado, natural de manos, que
casó con doña Leonor de Carvajal, hija del señor de la Casa y
Estado de Jodar; Domingo de Aguirre, vascongado; Francisco Gómez de
Feria; el Licenciado Juan de Lesmes, clérigo y natural de
Moratilla, en el Reino de Murcia, y Fr. Domingo de las Cásas,
natural de Sevilla, hombre de buenas letras, del Orden de
Predicadores, y ambos capellanes del ejército; Juan de Quincoses de
Llana, Encomendero de Furaquira; Hernando de Escalante; Hernando
Navarro; Alonso Gómez Hiel y Sequillo; Alonso de Aguilar, natural
de Iniesta; Alonso Gascon; Alonso Machado; Alonso Martin Cobo;
Alonso Hernández de Ledesma; Alonso Domínguez Beltran; Alonso
Martin, Portugues; Antón Rodríguez Cazalla, Antonio de Castro;
Antonio Pérez; Baltasar Moratin; Bartolomé Camacho Zambrana, marido
que fué de Isabel Pérez de Cuéllar; Benito Caro; Bartolomé Sánchez
Suárez; Diego de Parédes Calderón, marido que fué de doña Catalina
Botello; Andres Vásquez de Molina, Encomendero de Chocontá; Diego
Romero; Diego Montañez, que casó con Ana Rodríguez de León; Diego
de Térrea, que se avecindó en Pamplona: Diego Martin Iniesta; Diego
Sánchez Paniagua, natural de Italia; Estévan de Albarracin; Diego
de Segura; Francisco Gómez de la Cruz, que casó con Catalina de
Quintanilla; Francisco Gómez de Figueredo; Francisco de Tordehumos,
natural del lugar de su apellido y Encomendero que fué de Cota;
Francisco Salguero, Encomendero de Móngua, que casó con doña Juana
Macías de Figueroa; Francisco Rodríguez, Encomendero que fué de
Soracá; Francisco Núñez Pedroso; Francisco Fernández Ballestéros;
Francisco de Silva; Francisco Fernández, nacido en Pedroche y
casado con Isabel de Rojas; Francisco Lozano; Francisco de Montoya;
Gonzalo Macías, marido que fué de Juana Moreno de Figueroa; García
del Hito; Gaspar Méndez, Encomendero que fué de Teusacá; Gil López,
soldado de á caballo y escribano del ejército; Gonzalo Fernández
Gironda; Juan de Olmos, natural de Portillo, en el Condado de
Benavente, que casó con doña María Cerezo de Ortega; Juan de Ortega
el Bueno, Encomendero que fué de Cipaquirá; Juan de Salamanca; Juan
Rodríguez del Olmo; Juan Rodríguez Parra, sin hijos legítimos como
el antecedente; Juan Sánchez de Toledo y Melo; Juan de Guémez,
casado con Juana Flórez, que le sucedió en la Encomienda de
Subachoque; Juan Gómez; Juan Rodríguez Gil, nacido en la villa de
Alanis de Sierramorena, que casó con doña Catalina Jorge de
Menéses; Juan Gutiérrez de Valenzuela, que se avecindó en Vélez;
Juan Valenciano, que se volvió á Castilla; Juan Rodríguez de
Benavides; Juan Ramírez de Hinojosa, que se avecindó en Tocaima;
Pedro Daza de Madrid, hijo del Capitan Juan de Madrid; Juan Alonso
de la Torre; Juan Castellános; Juan Gordo; Juan Bautista Graso, que
no tuvo hijos; Juan García Manchado; Juan de Piado, que se avecindó
en Vélez; Jorge de Olmeda; Lázaro de la Torre; Gaspar de Santafé,
que casó con Beatriz Alvarez; Luis Gallegos; Luis Hernádez, que se
avecindó en Vélez; Martin Hernández de las Islas, natural de
Canaria; Martin Sánchez Ropero, que se avecindó en Tunja.; Martin
Pujol; Mateo Sánchez Cogolludo, que casó con María Sáenz de
Moráles; Márcos Fernández; Miguel Sánchez, Encomendero que fué de
Onzaga; Miguel de Partearroyo; Miguel Seco Moyano, natural de
Cabeza de Buey, que casó con Beatriz Osorio y fué Encomendero de
Agatá; Miguel de Otañez, que se avecindó en Mariquita; Pedro
Rodríguez de Carrion, en que mudó el nombre propio que tenía de
Sancho Rodríguez Mantilla; Pedro Rodríguez de León; Pedro Ruiz
Herresuelo, Encomendero de Panqueba; Pedro de Asebo Sotelo,
Secretario del General Quesada; Periañez ó Pedro Yáñez, que todo es
uno, portugues, casado en Canaria con Constancia Rodríguez Hermoso;
Pedro Gómez de Orosco, que se avecindó en Pamplona; Pedro García de
las Cañas; Pedro de Salazar, que avecindó en Vélez; Pedro Ruiz
Corredor, que se avecindó en Tunja; Pedro Briceño, Tesorero que fué
de la Real Hacienda; Pedro Sánchez de Velazco; Pedro Gutiérrez de
Aponte, marido que fué de Luisa Vásquez; Pedro Hernández, que se
avecindó en Vélez; Rodrigo Yáñez; Villalóbos, á quien mataron los
indios Panchos; Cristóbal de Zelada; Cristóbal Ruiz; Cristóbal
Rodríguez, primer Encomendero que fué de Suesca; Cegarra, que se
avecindó en Tunja, y otros de cuya nobleza heredada, que fué mucha,
y en muchos de los que van referidos dará razon por extenso, por
las noticias que tiene adquiridas con mucho desvelo el Secretario
D. Juan Flórez de Ocariz en los Nobiliarios del Nuevo Reino, que
tiene para imprimir, á que remito en considera con de que solo
tengo á mi cargo tratar de la nobleza adquirida por sus
hazañas.
Hecha la lista, pues, y reformados los caballos, es opinión
recibida en todo el Reino, que Gonzalo Jiménez de Quesada,
considerando las grandes conquistas que tenia entre manos, y que
éstas se debian emprender á costa de los manifestos peligros que
produce la guerra, donde los malos sucesos habian de atribuir á su
persona el juicio apasionado de sus émulos, y de las empresas
felices se habia de llevar la gloria el Adelantado D. Pedro
Fernández de Lugo, de quien como Teniente suyo gobernaba el campo;
y fiado en las esperiencias del amor y buen crédito que tenia entre
sus soldados (habiéndolos juntado para el intento) renunció
artificiosamente el cargo que tenia por nombramiento del
Adelantado, diciendo no hallarse capaz para gobernarlos en aquella
empresa que tan gloriosa habia de ser para todos; y pidióles que
por elección del campo se nombrase un Capitan general á quien todos
obedeciesen, pues se hallaban en lance de poderlo hacer, sin faltar
á la obligacion de fieles vasallos de su Majestad, y que él seria
el primero que conformándose con la elección de todos, lo
obedeciese como á cabeza suya, siguiéndolo en la jornada hasta
perder la vida: y como hay palabras que pidiendo con eficacia
persuaden á lo contrario de lo que proponen, oidas por los suyos en
ocasión que ninguno podio suplir la falta de tan bien quisto Cabo,
á cuyas disposiciones estaba acostumbrada su obediencia,
comunicaron unos con otros lo que sentían, y en consecuencia de la
propuesta fué nuevamente elegido y aclamado Capitan general por
todo el campo, sin dependencia del Gobernador de Santa Marta:
aclamación que acepto con gusto dando las gracias de la buena
voluntad que mostraban tenerle. Teníanlos ganados con el agrado:
qué mucho lo confesasen con el obsequio? Es más firme sujecion la
voluntaria que la violenta, y consíguela siempre el trato afable de
los caudillos. En la batalla de Pavía atendió más un soldado á
pedirle perdón al Marqués de Pescara de no asistirle que al remedio
de las heridas de muerte con que se hallaba; y no fué tan adversa
la artillería del campo imperial para el Rey Francisco, como el
denuedo con que los tercios de España pelearon por el amor que al
Marqués tenían. No tiene un Capitan gasto de ménos costa que el de
la afabilidad, ni el soldado recibe paga de que haga más
estimación; y así no fuera de extrañar la resolución de la gente de
Quesada en el caso presente: pero que sucediese en la realidad ó
no, es punto en que podrá cada uno sentir á su arbitrio. Aunque
Castellános ni Herrera lo dicen, siendo el primero tan curioso
observador de la verdad, más lo que consta solo es (precoda ó nó la
elección) que teniendo junta su campo y puestos los ojos en los
acaecimientos futuros, les habló de esta manera.
Háse llegado el tiempo, valerosos españoles y Compañeros mios,
en que rota la cadena de los trabajos con que estuvísteis
aprisionados en la cárcel de las montañas, veais en los dilatados
espacios de este país cercano el logro bien merecido de vuestros
afanes; la multitud de los naturales, aseo y disposiciones de sus
personas, dan claras muestras de las benignas influencias que
gozan; la tierra, ménos cautelosa que sus dueños, descubre señales
de ricos tesoros que depositan sus entrañas al regazo de a
caudalosos veneros que cebar la esperanza. Tengo bien
experimentado y vuestro valor en la pronta obediencia con que
habeis ejecutado mis órdenes, venciendo abismos de dificultades; y
en la ocasión que nos llama quisiera no interponer dilaciones, pues
la presteza en los acometimientos aumenta el temor en los
contrarios, á quienes habemos de sojuzgar más con el espanto que
con las armas; y éste será tanto mayor en sus ánimos, cuanto lo
sintieren más apresurado de nuestra parte. Preguntado Marco Caton
cómo habia vencido cierta ciudad de España, respondió que caminando
dos dias lo que se andaba, en cuatro, porque si la prevención es de
trueno, la ejecucion debe se de rayo. De qué habrán aprovechado las
calamidades si no conseguimos la gloria que la fortuna les
facilita? De qué haber librado las vidas cuando tantos buenos
amigos han parecido, si no las aventuramos de suerte que nuestro
nombre se eternice ó una honrosa muerte nos disculpe? No es la
multitud de enemigos poderosa á contrastar la fortaleza que libertó
el Cielo de la esclavitud de tantas miserias. Si el fin de ensalzar
el nombre de Cristo es el que mira un valor arrestado, muy por su
cuenta corre sacarlo victorioso de mayores peligros. Nunca fueron
pocos soldados los buenos, ni muchos enemigos los que guerrean
desordenados. Las hazañas que os espera no serán mayores por el
riesgo de obrarlas que las que tenéis ejecutadas en tantos
encuentros; y los que supieron salir tan airosos de las primeras
poco deben recelar mal suceso en las segundas. Los que de sí
desconfían son padrones en que se esculpen las victorias de los
contrarios; y los que nada temen cuando la suerte está echada, son
galanes de la fortuna á quienes ella corteja con los mismos favores
que á Julio Cesar. Esto se entiende siendo forzoso abrir el camino
con las armas; pero no siendo preciso el empeño, es desacuerdo que
reprueba la prudencia ocasionar el combate pudiendo conseguir el
fin por medios más suaves. De los mayores aciertos fue medianera la
paz y el agasajo, conveniencias entrambas que aun los más bárbaros
apetecen. Y pues tanto importa reconocer estos indios, sano acuerdo
será intentarlo con halagos sin llegar á rompimiento antes de
hallarnos ocasionados. Si nos conciben hombres no excusarán la
comunicacion; y si con las obras desmentimos lo racional, perderán
la vida en tan natural defensa, haciéndonos los primeros males con
la ocultacion de sus propios bienes. De suerte que lo más
conveniente será siempre asegurar la caza con arte y sujetar estas
naciones con maña, ya que la fortuna al parecer de quien la teme
imposibilita conseguirlo por fuerza: y si á los medios pacíficos
correspondieren sencillos, faltando a lo pactado, nos haremos
superiores guardando palabra; pero si desestimaren nuestro agasajo,
no excusaré aventurarme hasta que lo veneren.