CAPITULO II
EL LICENCIADO BADILLO RESIDENCIA Á D. PEDRO DE HEREDIA EN
CARTAGENA: FORMA EJÉRCITO PARA EL DESCUBRIMIENTO DE LAS SIERRAS DE
ABIDE, Y SALE DERROTADO Á POPAYAN.-LORENZO DE ALDÁNA SE DECLARA
GOBERNADOR Y FUNDA LAS VILLAS DE ANSERMA Y PASTO.
POR fines del año de treinta y cinco dejamos en Cartagena al
Adelantado D. Pedro Heredia envuelto en algunos disgustos
ocasionados de lo mal que se llevaba con Obispo D. Fr. Tomas de
Toro; porque como éste en el ajustamiento de su buena vida parecia
haber llegado á grado heróico de las virtudes, y el relajamiento de
la gente guerra en Cartagena al ínfimo de los vicios, por el mal
ejemplar que tenia en sus Cabos, era posible que se hallase
convenio entre la luz y tinieblas, ni que el celo de la salvacion
libertad de los indios, que ardía en el corazon del Obispo, pudiese
templarse, á vista de desafrueros con que los aprisionaban para
vender por esclavos en la Islas. Ibase cada encendiendo más el
encono de parte del Gobernador; y como la doctrina Sana del Obispo
se le oponía tanto cuanto aprovechaba á otros con las reprensiones
continuadas que daba á los conquistadores para que no usasen de
violencia con los indios; hubo de prender la centella del escrúpulo
de suerte en los vecinos, que los necesitó á escribir muchas cartas
al Rey con noticia de que en las entradas hechas por el Adelantado
y su hermano, especialmente en Zenú, se habian ocultado mucho oro,
sin que de él se pagase el Real derecho de los quintos. Que los
indios eran maltratados, y en las entradas que hacian les consumian
los mantenimientos hasta hacerlos perecer de hambre. Que el
Adelantado tenia presos algunos Caciques se color de que ocultaban
los minerales de oro, siendo así que los ignoraban, cuanto lo
habian por rescato de tierras extrañas. Que vendían los indios á
mercaderes sacándolos de su naturaleza y dándolos por esclavos,
contra el derecho natural de las gente. Que los oficiales de la
Real Hacienda cometían fraudes en ella por complacer al Adelantados
pues habiendo sacado de las sepulturas del Zenú más de cien mil
castellanos, le quitarón solamente los veinte mil. Que se
contrataba mucho en el puerto con oro sin marcar; cuando los
Oficiales Reales recibían el quinto, lo pesaban largo, y al entero
de la caja muy ajustado, por aprovecharse de aquel hurto ó demasía;
y finalmente, que no se necesitaban entrar de guerra en la
provincia de Urabá, que estaba en paz.
Estos excesos, afirmados de muchos, á que no se oponian los
informes del Obispo Toro, antes representaban algunos de ellos,
movieron al Rey á que diese órden de proceder á su averiguación y
castigo, despachando Juez de estos Reinos; por cuya muerte sucedida
en el mar se mandó á la Audiencia española que con la misma
comisión remitiese luego al Licenciado Juan de Badillo, uno de sus
Oidores, para que la ejecutase con más autoridad como lo hizo, y
con tanta, que aun hallando culpado á D. Pedro de Heredia, pareció
haber excedido de los términos de justificado, pues lo primero que
obré fué adjudicarse el gobierno; efecto ó inconveniente que se
seguirá siempre que los Visitadores llevaren facultad para
subrogarse en los oficios de los visitados, por más que se expreso
que haya de ser en caso que resulten notablemente culpados, sin que
yo á lo ménos alcance razón conveniente para que se deban dar
semejantes despachos; y aun con todo esto, no contento Badillo,
tuvo en prisión muchos dias á los dos hermanos Heredias y al
sobrino Alonso de Montes, dando ocasión con repetidos desaires que
les hizo, á que las quejas del Adelantado pasasen á Castilla
apoyadas de otras muchas de diferentes personas. Y antes que
prosigamos en lo demas que obré en su gobierno, es de sabor que por
el si lo de treinta y seis, poco antes que llegase con sus
comisiones á Cartagena, habia salido de ella el Capitan Francisco
Cesar, caudillo el más famoso de la provincia, para que con ochenta
hombres y veinte caballos fuera descubriendo desde la ciudad de San
Sebastian la tierra adentro siempre al Sur; empresa en que gastó
casi diez meses respecto de la fragosidad de la tierra, grandeza de
las montañas y falta de vitualla, que siempre fué padeciendo su
gente ; pero gobernada ésta con el arte de la prudencia, no fué
poderosa la falta de herraje para los caballos, ni el rigor del
hambre, que tan débiles puso á los nuestros, para que no escalasen
las altas sierras de Abide, cuya longitud que corre á Occidente se
ignora, y cuya latitud se reconoce en partes de veinte leguas, y en
otras de más y ménos; siendo ellos los primeros que las atravesaron
hasta llegar al valle de Goaca, donde apénas se vieron cuando se
hallaron acometidos de más de veinte mil flecheros, que sin darles
tiempo á tomar algun refresco atacaron con ellos una de las recias
batallas que pudiera temer ejército más numeroso.
Dábanse las manos en Francisco Cesar la prudencia y valor, y
como lo tenia siempre dispuesto al amparo de su gente, habiéndole
representado en pocas palabras el servicio de Dios, honra y mérito
que ganarian para su Rey, cerró con los enemigos con tal confianza
de la victoria, que con ser ya solamente sesenta y tres hombres los
que le habian quedado, la consiguió en ménos de tres horas,
derrotando los indios, que afirmaban, en comprobacion de los
nuestros, haber visto en el aire una celestial visión que peleaba
por ellos, y certificaron ser el glorioso Apóstol Patron de los
Reinos de España. Conseguida la victoria y algún descanso, se
dieron á registrar el valle y á poca diligencia se encontraron con
un templo ó casa de oracion, y cerca de ella con un sepulcro de
donde sacaren treinta mil castellanos de oro y grandes esperanzas
de que en el mismo valle se hallarian otros semejantes á él pero
como Francisco Cesar habia perdido en su trabajosa jornada más de
sesenta hombres y loe caballos, desherrados ya en tierra tan
áspera, más le servían de embarazo que de provecho, determinó
salvar la poca gente que le restaba despues de la batalla,
volviendo atras, á que ayudó mucho la misericordia Divina, pues en
diez y siete dias se hallaron en San Sebastian, caminando en ellos
la misma distancia, en que gastaron nueve meses.
La noticia pasó luego á Cartagena, á donde ya el Licenciado
Badillo por la residencia á D. Pedró de Heredia, en cuyo lugar
gobernaba, como dijimos, y pasados algunos meses, revestido de que
el espíritu que á otros Oidores de Santo Domingo persuadió á que en
las conquistas de las Indias cambiasen la ocupación de Letrados por
el cargo de Capitanes, para que no acertasen á ser Capitanes ni
Letrados; ó cebado, como dijeron otros, del Oro descubierto en el
valle de Guasca; ó por noticia que ya tenia de que el Rey enviaba
en su lugar al Licenciado Santa Cruz por lo mal que se habia
portado en la residencia de los Heredias, y pretendia huir el
cuerpo á las quejas sangrientas de los agraviados metiéndose en los
reinos del Perú, con la contingencia de hacer en el camino algun
servicio grande su Rey, determinó proseguir este descubrimiento de
Francisco Cesar con esperanzas de mejor suceso. Resuelta, pues, la
jornada, despachó por mar la gente y caballos al golfo de Urabá
para que lo aguardase en San Sebastian, á donde llegado despues y
hallándose con quinientos y doce caballos, trescientos y cincuenta
infantes, gran cantidad de indios y negros para cargueros, y los
pertrechos correspondientes á ejército tan lucido en que gastaria
más de cien mil pesos, salió de San Sebastian por febrero del año
de treinta y siete, llevando por su Teniente general á Francisco
Cesar, por Maese de Campo á Juan de Viloria, Alférez Real á don
Alonso de Montemayor, y por Capitanes D. Antonio de Rivera, natural
de Sória; Melchor Suer de Nava, de Toro; Alvaro de Mendoza, de D.
Benito; y Alonso de Saavedra, de Tordecillas; con otros muchos
caballeros, de quienes no hallo más noticia que la de Juan
Rodríguez de Sousa, Lorenzo Estopiñan de Figueroa, Martín Yáñez
Tafur y Gómez Arias Maldonado; que despues pasaron al Nuevo Reino,
Antonio Pimentel, Alonso de Villacreces, de Sevilla; Baltasar de
Ledesma, de Salamanca; y Pedro Siesa de León, de Llorena.
Con estos Capitanes y gente lucida que sacó el Licenciado
Badillo, anduvo descubriendo por las provincias de Urabá, Darien y
parte del Chocó más de un año, en que padeció incomportables
trabajos, hambres y otras desventuras bastantes á entibiarle el
ardiente deseo de conquistar, que lo sacó de Cartagena, y si la
esperanza de riquezas imaginadas no lo animaran tanto, pues
habiendo arribado á las sierras de Abide, necesitó tal vez para el
tránsito de los caballos de fabricar andenes ó estacadas voladas en
las laderas de un elevado picacho, aunque sin embargo se despeñaron
muchos y algunos españoles, sin los que perecieron, quedándose á
más no poder en lo áspero de las montañas. Al fin descubierta gran
parte de la sierra poblada de indios sujetos á Nutibara, Cacique
poderoso, de quien se decia caminar en andas de oro, y reconocido
el valle de Buriticá, rico de minerales, cuya demarcacion cae al
presento dentro de los términos de la gobernación de Antioquia, á
más de veinte leguas de distancia de su principal ciudad, y muertos
noventa y dos hombres y ciento y diez y nueve caballos, sin la
mayor parte de los vivanderos, hubo de arribar lo restante del
ejército á la villa de Cali, porque siempre fué la intención del
Licenciado Badillo caminar al Sur, en que no estuvo poco
desgraciado, pues con declinar algo á mano izquierda hubiera
entrado el primero en Bogotá, donde sobradamente enriqueciera su
gente sin tantos afanes. Lorenzo de Aldana, que se hallaba en Cali,
puso luego todo cuidado en refrescar toda aquella gente necesitada;
y aunque con ella y la que tenia consigo podía declararse luego por
Gobernador, eligió proseguir con su disimulo por ver si podia
hallarse á las manos con Benalcázar, que no parece fuera muy fácil
aun en caso que lo encontrara.
Todo el provecho que resultó de la trabajosa jornada del
Licenciado Badillo, fueron dos mil y seiscientos castellanos de oro
que le hurtaron de un fardillo en su misma tienda, ocho leguas
antes de llegar á Cali; y aunque sospechó su gente haberlos
ocultado él mismo, despues se hallaron en poder de otro y
repartidos entre todos participaron á cinco castellanos y medio en
desquite de los trabajos padecidos. Pero mal escarmentado Badillo,
y viendo que su gente se habia reformado en Cali, trató vivamente
de remitir parte de ella á poblar la provincia de Buriticá, lo
cual, entendido por Lorenzo de Aldana, y noticioso de cuán
alborotados dejaba los países por donde habia pasado, y lo que
convendria no inquietarlos más, le representó que habiendo gastado
más de un año en el tránsito de doscientas leguas que habría de
Urabá á Cali, sin alojar tiempo alguno para reconocer los
contornos, ni haber poblado en Buriticá, como se lo pidieron
muchos, por ser tierra rica de oro y mantenimientos, no parecía
conveniente volver á ello, con manifiesto peligro de aquella gente
cansada y afligida; ademas, que ya él y su ejército se hallaban en
jurisdicción ajena, por lo cual no podía hacer despachos para
poblar por tercera mano; pero que no obstante, como quisiese ir en
persona con todo su campo, se lo permitiria y daria las ayudas de
que necesitase. Sentido Badillo de la propuesta de Aldana,
respondió como ministro, aunque no muy al intento, que él era Oidor
de la Audiencia de Santo Domingo y su Gobernador de Cartagena, y no
habia destruido ninguna provincia, habiendo asolado tantas desde
Chuquisaca á Cali la gente de Pizarro, y así se saldria por la
costa del mar del sur para ir á dar cuenta al Rey de lo que habia
hecho y de lo que no le dejaron hacer; con lo cual pasó luego á
Popayan convoyado de una de sus tropas y tambien del Capitan
Francisco Hernández Girón, con órden de Aldana para no permitir que
aquella gente se desmandase en la provincia, y para que pasase
luego á la ciudad de los Reyes á dar cuenta á Pizarro de lo
sucedido, y de la poca noticia que se tenia de Benalcázar.
Partido el Licenciado Juan de Badillo, ordenó Lorenzo de Aldana
al Teniente Francisco García de Tovar que, con alguna gente,
atravesase la sierra de los Andes y procurase nuevas de Benalcázar
Ejecutólo así por el camino que hoy se va de Popayan á Timaná, y no
hallando más noticia que la que allí daba el Capitan Pedro de
Añasco de que por órden de Benalcázar habia vuelto desde el valle
de Neiva á poblar aquella villa, miéntras él proseguía en demanda
del Dorado ó mar del Norte, dió vuelta con él para que más bien
informase á Lorenzo de Aldana, quien, desconfiado ya de lograr la
intención de Pizarro, presentó luego el titulo de Gobernador que
llevaba, y siéndo recibido en Quito, Cali y Popayan, empezó á
gobernar con más libertad y deseo de acertar, como lo mostró
procurando la restauración de Popayan, que, con las calamidades
anteriores, estaba casi destruida. Fomenté mucho la conversión de
los indios, de que hasta entónces se habia hecho muy poco caso:
tanta era la tibiesa con que á vista del oro se trataban las cosas
espirituales: y porque el premio es una de las dos pesas con que se
mueve á obrar bien el reloj de la humana vida, confirmó en su cargo
de Gobernador al Capitan Pedro de Añasco, ordenándole volviese á
proseguir en su población de Timaná. Repartió las tierras
descubiertas y las encomiendas de indios entré los más beneméritos;
y para los que no alcanzaron repartimientos, dispuso que el Capitan
Jorge Robledo saliese á poblar la provincia de Anserma, fiando de
su nobleza y valor que daria buena cuenta de todo. Ordenóle que
llamase Santa Ana de los Caballeros (por los que iban en su campo)
á la villa que poblase, que fué medio muy acertado para ir
derramando por la provincia la mucha gente que habia subido de
Cartagena.
Partió Jorge Robledo con este órden á la provincia de Anserrma y
en el sitio de Tumbía, que viene á ser una colina angosta, que
apénas da lugar para que se dilate una sola calle, puesta en tres
grados y treinta minutos de la equinoccial de esta banda del Norte,
fundó una villa que olvidando el primer nombre que le dió Lorenzo
de Aldana, conserva el de Anserma, derivado por los españoles de la
palabra Anser, que en el idioma de la tierra significa la sal.
Fueron sus primeros Alcaldes Ordinarios Melchor Suer de Nava y
Martin de Amoroto, y Alguacil Mayor Rui Venégas. Cércanla muchas
naciones diversas, como son Tabuyas á una legua, Guaticas á tres
leguas, Quinchias á seis, Supias altos y bajos, y otras muchas que
va consumiendo el tiempo. Es toda ella de minerales de oro corrido
y de vetas; y son los mejores el de Tarria, de donde se sacan
amatistas, y los de Mapura, Supía y Moroga, que está en una ladera
avolcanada sobre el rio Cauca, que le pasa por las espaldas á la
ciudad de Anserma, á siete leguas de distancia. Todos sus naturales
comian carne humana, y en Quinchía, que era un famoso pueblo cuando
por él pasó el Oidor Juan de Badillo, tenia su Cacique un fuerte y
espacioso cercado, todo él coronado de las cabezas de los hombres
que en él se mataban y comian: confinan con la provincia de Catama,
por donde pasa el rio grande, y embarcados en el Cauca pudieran en
veinte y cuatro horas hallarse los que lo intentaran en Antioquia,
si el peligro de perderse la embarcación no fuera tan formidable
por los acometimientos que en ella hace la corriente del rio contra
tres piedras que llaman las Mamas, y médian en la distancia que
tiene el rio entre timbas ciudades. Tiene á Oriente otras muchas
naciones que no adoran ídolos, y en todo siguen la religion y
costumbres de los Popayanes, ménos en la que estos de Anserma tenia
de no hacer estimacion de que las mujeres fuesen doncellas para
casarse.
En el interin que esto pasaba en Anserma, vuelto Lorenzo de
Aldana á Popayan desde Cali, donde dejó por su Teniente al Capitan
Miguel López Muñoz, trató luego de pasar á Quito, dejando en su
lugar al Capitan Juan de Ampudia, que, recien llegado del Nuevo
Reino de Granada con alguna gente de la que llevó Benalcázar, le
dió muy individuales noticias de sus acaecimientos y de la
intencion con que lo dejaba labrando bergantines en compañía de
Quesada y Fedreman para bajar por el no grande á Cartagena, y de
allí pasar á Castilla. Por esto tiempo, que ya era el año de
treinta y nueve, Gonzalo Díaz de Pineda, Teniente de Quito, habia
pedido comisión á D. Francisco Pizarro para poblar una villa en los
Pastos, y consiguióla sin que por ella se le derogasen los poderes
dados á Lorenzo de Aldana. Pero aunque se apresuró todo lo posible
para conseguir la fundación referida, ya Lorenzo de Aldana habia
llegado al valle de Guacanquer, á donde, con el trabajo de
quebrantar primero el orgullo de los naturales, la fundó entónces,
si bien poco despues se mudó al valle de Thirz, con nombre de
Villaviciosa, puesta en poco más de medio grado de la línea al
Norte, cuarenta y cinco leguas de Popayan como al Suroeste, y otras
tantas de Quito como al Nordeste.
Trabajó mucho en allanar esta provincia el Capitan Francisco
Hernández Giron, de que se lo originó aquel desvanecimiento que lo
arrastró hasta perderse en los escollos de la muerte y la deshonra.
Es tierra fértil de forrajes, por cuya ocasion la llamaron Pasto.
Confina con los Quillasingas, aunque en las costumbres se
diferencian, porqué los Pastos no comian carne humana: son mal
agestados en extremo hombres y mujeres, simples y sucios; Y así
está muy recibido en la provincia que habiendo conquistado el Inca
Guaynacapac hasta el rio Anguasmayo que está dentro de ella, obligó
á esta nacion á que en cada luna le tributase cada uno de sus
moradores un cañutillo de piojos, con fin de que por este medio se
limpiasen. En la cumbre del más alto monte de Pastoco hay una
laguna frigidísima, que Prolongada baja veinte y cuatro leguas y no
cria pez alguno. Los pueblos de los Pastos y Patías fueron muchos,
y entro ellos Mallama, Tucurres, Funes, Ghapal, Papiales, Turca y
Cumba, que no sé si la primera guerra los acabó ó el mal
temperamento de Patía ha consumido los que le quedaron para
resgardo de Víllaviciosa, donde se hacen extrañas curiosidades de
pinturas de humo y yerbas sobre calabacinos, y maderas, que llaman
comunmente de Mocos, y donde Lorenzo de Aldana dejó por Gobernador
á Rodrigo de Ocampo, quien como práctico en guerra y paz, fomentó
la población que dejaremos, con advertencia de que hemos anticipado
los sucesos de los años de treinta y ocho y treinta y nueve,
acaecidos en Cartagena y Popayan, por quitar el embarazo que
pudieran causar á la claridad del principal asunto á que vamos.