CAPITULO V
DÁSE EL GOBIERNO DE SANTA MARTA Á D. PEDRO FERNÁNDEZ DE LUGO.
PROSIGUE LA GUERRA CON LOS INDIOS DE LA SIERRA SIN FRUTO. PREVIENE
EJÉRCITO Y ARMADA PARA NUEVOS DESCUBRIMIENTOS Á CARGO DE SU
TENIENTE GENERAL D. GONZALO JIMÉNEZ DE QUESADA. DERRÓTASE LA ARMADA
CON MAL TIEMPO Y PREVIÉNESE OTRA, QUE CONVOYA EL EJÉRCITO HASTA
DESCUBRIR EL NUEVO REINO.
SABIDA en Castilla la muerte de García de Lerma por los agentes
del Adelantado de Canaria, D. Pedro Fernández de Lugo, que retirado
en la isla de Tenerife trataba de templar los despechos que lo
sacaron de la corte por haberle preferido el Emperador á don Pedro
de Mendoza, su gentilhombre de casa, en la preteusíon que los dos
tuvieron á la conquista del rio de la Plata, le dieron luego aviso
de la vacante del gobiernó de Santa Marta para que lo pretendiese
con esperanzas de que lo conseguiria por tener entendida el consejo
la razon que le asistia para el desabrimiento con que se hallaba.
Era caballero rico, valeroso y de espíritu tan elevado, que
concibiendo dentro de si que le abria camino la fortuna para
igualar sus hazañas á las que de Cortés y Pizarro por aquel tiempo
se aplaudian, á que no poco le animaban las relaciones que le hacia
Francisco Lorenzo, soldado antiguo de Santa Marta, que por
accidentes del mar se hallaba por entónces en Tenerife, despachó á
la corte á D. Alonso Luis de Lugo, su hijo, para que en su nombre
pidiese aquel gobierno y capitulase con su Majestad cesárea segun y
en conformidad de las instrucciones que llevaba Llegado, pues, á la
corte el D. Alonso Luis de Lugo por principios del año de mil
quinientos y treinta y cinco, corrió en su pretension con tan
próspero viento que consiguió el gobierno con nuevo título de
Adelantado de más provincias y reinos que conquistase.
Entre las capitulaciones que asentó en el Consejo de Indias
fueron las principales: Que llevase á su costa para la conquista de
lo que descubrió dentro de los términos que le asignaron á Rodrigo
Bastidas, mil y quinientos hombres y doscientos caballos, sin los
que de esta especie se necesitasen para crias, con todo lo demas
concerniente á ello de víveres, armas y municiones. Que no se
entrometiese ni mezclase en las jurisdicciones señaladas á las
provincias de Cartagena y Venezuela, concedidas al Adelantado D.
Pedro de Heredia y á los Belzares, y para quitar diferencias se
entendiese que todo el rio grande de la Magdalena se declaraba
pertenecer á la gobernacion de Santa Marta. Que despues de los dias
del Adelantado D. Pedro Fernández de Lugo le sucediese su hijo D.
Alonso Luis en la forma que su padre lo tenia capitulado con su
Majestad. Que pudiese fabricar dos fortalezas donde más bien le
pareciese, de cuya tenencia se hacia merced con sesenta y cinco mil
maravedises de sueldo pagados en frutos de la tierra que
conquistase con intervencion de los oficiales reales. Que se le
aplicaba la dozava parte de todos los provechos que el Rey tuviese
en todas las tierras que de nuevo descubriese y poblase en el
interin que bien informado su Majestad de lo que hubiese obrado,
resolvia lo más conveniente á la satisfaccion de sus servicios. Que
se le señalaba de sueldo en el gobierno un cuento de maravedises
pagados en la misma forma que se daba para el entero del sueldo que
habia de tirar como Teniente de las fortalezas que fabricase. Que
llevase consigo á Santa Marta las personas eclesiásticas que el Rey
le señalase para doctrinar á los indios y aconsejarse con ellas
sobre la justificacion de poderles mover guerra, y pudiese llevar
hasta cien negros esclavos, hombres y mujeres.
Con el asiento de estas capitulaciones y otras que refiere el
cronista Herrera, como quien más bien supo y fielmente escribe las
cosas acaecidas en estos Reinos de España, y con un hábito de
Santiago de que el Rey hizo merced á D. Alonso Luis de Lugo en
atencion de su calidad y de los servicios hechos por el padre en la
conquista de la isla de la Palma y guerra marítima de moros en las
costas de Africa y Canaria, partió á Sevilla, donde lo halló
anticipado con la noticia del buen despacho á disponer la leva de
la gente que habia de llevar y hubo de dejar á cargo del hijo,
volviendo á Tenerife ántes de concluirla; en cuyo tiempo, cuidadoso
el Consejo de proveer de Prelado á Santa Marta por haber muerto el
año antecedente D. Fr. Tomas Ortiz, que lo era electo, como
dijimos, presentó por Obispo de aquella iglesia al Licenciado
Tobes, famoso teólogo y colegial mayor de S. Bartolomé en
Salamanca, por cuya muerta, que lo asaltó ántes de pasar á Indias,
aunque afirma Quesada que á pocos dias despues de llegado á su
iglesia, que no asentimos sino á lo primero que dice Herrera, autor
más enterado de las cosas pertenecientes á Indias y acaecidas en
España, como dijimos poco antes, fué presentado asimismo el Maestro
Fr. Cristóbal Brochero, del Orden de Predicadores y Prior de Santa
María de Villada, y por no haber aceptádola pasó esta dignidad al
Licenciado D. Juan Fernández de Angulo, á quien en comprobacíon de
lo que llevamos dicho en la nota marginal del fin del capítulo
cuarto del libro nono de su década quinta lo llama Herrera primer
Obispo de Santa Marta, á donde llegó consagrado por fines de Julio
del año siguiente, pocos dias ántes que muriese el Adelantado D.
Pedro Fernández de Lugo, como dijimos.
D. Alonso, su hijo, que se hallaba en Sanlucar con la gente que
pareció bastante, se hizo á la vela y tomó puerto en Tenerife,
donde halló á su padre recíen viudo de Doña Ines de Herrera, su
mujer, por cuya causa se retardó la Armada con mucho costo el
tiempo bastante para dar corte en las dependencias que se le
recrecieron; pero ajustadas y gozoso de hallarse con mil y
doscientos hombres escogidos entre quienes iban muchos y muy
ilustres caballeros, y prevenido de las armas y caballos contenidos
en la capitulacion, aunque para ello hizo tanto empeño que le duro
a su casa por muchos años, nombró por su Teniente general al
Licenciado D. Gonzalo Jiménez de Quesada, natural de la ciudad de
Granada, hijo legítimo del Licenciado Gonzalo Jiménez y de Isabel
de Quesada, bien conocidos por su nobleza: y porque se ha llegado á
opinar sin más fundamento que el de la presuncion de algunos sobre
la naturaleza, nombres de los padres que van referidos y oficio de
Teniente general que obtuvo desde Tenerife, pondremos lo que
refiere él mismo al primer capítulo del compendio historial de sus
conquistas por estas palabras.
Llevaba el Gobernador por Teniente general de esta gente y de su
gobernacion al Licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, natural de la
ciudad de Granada, hijo de honestos padres, que fueron asimismo
otro Letrado llamado del mismo nombre y bien conocido en su
profesíon (el Licenciado Jiménez) y de Isabel de Quesada, su mujer,
que todas estas particularidades se deben poner; y porque no
pareciese demasiada afectacion (hipocresía creo que dijera mejor)
no va este paso lleno de más humillacion. De cuyas razones modestas
se reconoce la calificada nobleza que heredó y representó despues
la ciudad de Granada á su Majestad para que lo titulase, y los
nombres propios de sus padres y naturaleza de aquella ciudad donde
aun pudo nacer seis años ántes del dia en que nació, pues teniendo
los treinta y siete de su edad fué elegido Teniente general, como
llevamos dicho.
Por Maese de Campo general fué nombrado Antonio Ruiz de Orjuela,
caballeró cordovés que se habia ocupado en servicio del Rey en las
guerras de Nápoles, siendo Alférez de una compañía cuando monsieur
de Lautrech perdió el ejército numeroso que pasó de Francía á
Italia. á este caballero habia concedido licencia el Emperador para
que pasase á Indias con cincuenta hombres armados á su costa; y
habiendo arribado á Tenerife donde estaba el Adelantado, fué fácil
convenirse ámbos para pasar juntos con el cargo de Maese de Campo
de su Armada y gobierno, y mucha estimacion que de su prudencia y
valor hacian todos. Por Capitanes fueron nombrados D. Diego de
Cardona, D. Pedro de Portugal, Diego López de Haro, Alonso de
Guzman, Gonzalo Suárez Rondon, Diego de Urbina, natural de Orduña y
sobrino del famoso Juan de Urbina, de quienes era Sargento Mayor D.
Diego de Sandoval, y todas ellas personas calificadas de mucho
lustre y valor, con quienes y mil y doscientos hombres de guerra
repartidos en diferentes navíos, se hizo á la vela el Adelantado,
llevando en su compañía al hijo D. Alonso Luis de Lugo, y con
próspero viaje por Enero del año de mil y quinientos y treinta y
seis tomó puerto en Santa Marta, donde halló á Antonio Bezos que,
acosado de los Tayronas y Bondas, apénas podia mantener la ciudad y
poca gente que en ella habia, con el socorro de los indios amigos
de Gayra y Taganga y con la corta presa de algunas entradillas que
hacia en la sierra.
Luego que se vió en su gobierno el Adelantado D. Pedro Fernández
de Lugo, reconoció, como prudente Capitan, que los soldados y
ejércitos se conservan mejor cuando más aventurados, y que las
alteraciones da los ánimos inquietos nacen de los peligros ocultos
de la ociosidad, siendo riesgos todos, despues que evita la
prudencia de quien los gobierna, y previene con arte: y así por no
hallarse en ocasion de no poder reparar algun repentino accidente,
trató de inquirir empleo en que poderlos tener disciplinados y
obedientes. Para ello, y reconocer la parte á que habia de volver
las armas, envió á ofrecer la paz á los Bondas, Geribocas y
Bodiguas que militaban coligados; y por no haberla querido admitir
dispuso un campo de quinientos hombres, los más de ellos de los
recien llegados, con que salió en persona, y habiendo arribado al
pueblo de Bonda, lo acometió, de suerte que los indios, teniendo ya
puestos en cobro sus hijos y mujeres, se defendieron bien ; aunque
más apretados de la cólera española que de la buena disposicion del
avance, desampararon el pueblo dejando muertos treinta de los
nuestros y muchos heridos con poco daño de los suyos: reves que se
atribuyó siempre al mal órden con que se gobernó aquel asalto por
falta de experiencia militar en la guerra de las Indias. Pero ya
sucedido el fracaso, mandó el Adelantado que los Capitanes Urbina,
Cardoso, Tapia y Cardona siguiesen el campo enemigo, y si convidado
con la paz no la aceptase, le hiciesen guerra. Obedecieron los
Cabos, y reconocida la repulsa de los indios á su embajada, y que
fortificados en lo áspero de la sierra se prevenian para la
defensa, dieron parte al Adelantado que, juntándose con ellos,
quemó y arrasó muchas de sus poblaciones, y en los pocos
reencuentros que tuvo, fué lastimada y herida gran parte de su
gente, porque los Rondas en esta ocasíon y en todas las que no
fueron llevados por bien, se mostraron feroces.
Vuelto á Bonda el Adelantado, consultó sus cabos, y como ninguno
de los que llevó consigo era tan á propósito para su intento como
Antonio Diez Cardoso, Capitan el más práctico y de mejor fortuna
que se hallaba en aquel gobierno, como se ha visto en el díscurso
de esta historia, hubo de llamarlo, y por su parecer, y con fin
solo de entretener la gente, dispuso que su hijo, D. Alonso,
saliese contra el valle de Tayrona, y con él su Maese de campo,
Orjuela, y fuera de los Capitanes de la primera salida, Juan de San
Martin y Antonio de Lebrija, á quienes siguieron todos los más
caballeros del ejército que por vanagloría quisieron militar debajo
de tan buen Cabo, como despues lo reconoció la Europa. Pero
llegados á Tayrona se mostraron sus indios tan valerosos, que en
diferentes ataques, dejando muertos y heridos muchos de los
españoles, ganaron aquella fama de guerreros que les dura hasta
hoy; y especialmente en la defensa de un paso estrecho de la sierra
fué tal su resistencia, que con señalarse tanto el Maese de Campo
Orjuela, Juan de Céspedes, Diego de Urbina, loman Vemigas, Juan
Dolmos, Hernando de Prado, D. Diego de Cardona, y Juan de la Peña,
necesitaron de costear la victoria con las peligrosas heridas que
sacaron Juan de San Martin y Alonso Martin.
Rotos y desbaratados los Tayronas, corrieron los nuestros el
valle sin encontrar flecha en arco gente ni bastimentos; pues
aunque para buscarlos trastornó Cardoso el país de la Ramada con
pérdida de veinte hombres que se le murieron de hambre, no pudo
remediarla D. Alonso Luis de Lugo, que tambien entró por la parte
superior del mismo país hasta las sierras nevadas; aunque en el
encuentro que tuvo con los dos caciques rebelados Maróbaro y
Arógaro, hubo una presa de hasta tres mil castellanos de oro, si
bien no faltó quien los subiese á un número excesivo: sospecha muy
ordinaria de la gente de guerra, no sé si bien ó mal fundada
siempre contra sus Cabos superiores; pero la cantidad cierta fué la
que va referida, pues á no serlo no la espresara Quesada en su
compendío hístorial del Nuevo Reino al primer capitulo de él, y en
tiempo que ya no corría bien con D. Alonso Luis de Lugo, quien con
tan corto fruto de sus trabajos volvió á Santa Marta, donde halló á
su padre, que desconfiado de la conquista delos Tayronas, por la
poca sustancia que descubrian sus tierras, tenia vuelta la mira á
proseguir el descubrimiento de las cabeceras del rio grande de la
Magdalena (llamado así por haberse descubierto en su dia) donde por
noticias confusas se esperaba hallar poderosos Reinos y criaderos
de oro, cuyas muestras habian encontrado los que de Santa Marta en
algunas entradas habian subido hasta el rio de Lebrija.
Con este pensamiento y la prevencion de vasos para despachar
Armada por el rio, que se fuese dando la mano con el ejército de
tierra en los lances que les ofreciese el aprieto, comunicó la
determínacion á sus cabos, y oído el parecer de los más prácticos
que halló en Santa Marta, y que convenian en el poco provecho que
se esperaba de allanar los indios de toda la sierra á que se
llegaba la dificultad de conseguirlo por la resistencia de las
naciones que la ocupaban, amparadas siempre de los Tayronas, y en
que era empleo más honroso seguir una esperanza dudosa que una
desdicha. evidente, nombró por Cabo del ejército de tierra, que se
componia de seiscientos y veinte infantés y ochenta y cinco
caballos (sin el excesivo número de misenables indios que
acostumbraban llevar por cargueros á las conquistas) á su Teniente
general D. Gonzalo Jiménez de Quesada, y por Capitanes de los
antiguos de Santa Marta á Juan de San Martin, Juan de Céspedes,
Juan del Junco y Juan de Madrid, á quien sucedio el Tesorero
Antonio de Lebrija, natural de Alcántara y desendiente del otro
célebre historiador y latino; y de los que llevó consigo á Gonzalo
Suárez Rondon, Lázaro Fonte y Pedro Fernández de Valenzuela:
disponiendo que los caballos fuesen debajo del Estandarte Real que
llevaba Gonzalo García Zorro, natural de Guadalcanal: y que de
cinco bergantines que se labraron en la Costa para entrar en el rio
grande, fuesen Capitanes Diego de Urbina, Antonio Diez Cardoso,
Juan Chamorro y Orduña, quienes llevasen por General á D. Diego de
Cardona y por veedor de su Armada al famoso Hortun Velásquez de
Velazco, natural de la Villa de Cuéllar, vecino que fue despues de
la ciudad de Papaplona y marido de Doña Luisa de Montalvo.
Hechas, pues, todas las prevenciones necesarias, y pareciéndole
al Adelantado ser conveniente al servicio de Su Majestad y á la
seguridad de Santa Marta, que quedase en ella su Maese de campo
Orjuela, lo detuvo consigo, con calidad de que en todo lo que
nuevamente se conquistase tuviese en las reparticiones de las
presas y tierras que se hiciesen la parte correspondiente al puesto
que ocupaba, y como si ejerciéndolo se hallase presente á todas las
facciones: tanto era el crédito y estima que el Adelantado hacia de
su persona; pero no sé que las condiciones se cumpliesen como se
asentaron. Ya era entrado por este tiempo el año de treinta y seis,
como dijimos arriba, cuando, segun refiere Quesada en el fin del
primer capítulo de su compendio historial, á los cinco de Abril del
año referido salió de Santa Marta siguiendo su derrota por el
corazon y centro de la provincia dél Chimila hasta dar en las de
Tamalameque y Tamalaizaque, desde donde se habia de arrimar á la
ribera del rio grande de la Magdalena; y aunque este rumbo se
habia. continuado hasta allí por algunos Capitanes, fueron
gravísimos los trabajos que en él se padecieron respecto de la
grosedad del ejército, falta de víveres, mucho calór de la region,
humedad de la tierra y embarazos que se ofrecieron en la jornada de
cienagas y pantanos que por aquellas montañas se encontraban, donde
los caballos nula servían de aumentar el trabajo á los infantes que
de alivianes el cansancio y la fatiga.
No con ménos adversa fortuna se hizo la Armada á la vela con los
cinco bergantines y dos caravelas, pues no pudiendo coger el rio
por la borrasca que levantaron las brisas en su boca y de ordinario
se experimentan en aquel paraje, se derrotaron los tres de ellos y
las caravelas, de las cuales la una naufragó luego, salvándose la
gente en un islote del rio, y la otra dió sobre la punta de Morro
hermoso de la costa de Cartagena, poblada de indios Caribes, á
cuyas manos perecieron todos cuantos el mar arrojó vivos á tierra.
Poco más adelante, en el sitio de la Arboleda, chocó el bergantin
de Juan de Urbina en que iba Juan Dolmos, de donde amparados de la
noche y por su buena diligencia sacaron su gente á salvo miéntras
con mejor fortuna corrieron las embarcaciónes del General y Antonio
Diez Cardoso, pues dando ésta en el Ancon de Zamba. y la otra en la
punta de Icacos, tierras pobladas de indios pacificos, pudieron
fácilmente llegar á Cartagena libres de aquel peligro, de que más
bien escaparon los dos bajeles restantes, que por sorreros tuvieron
tiempo de andarle Antes de la borrasca en la boca del rio para que
á veces se experimenten mayores aciertos producidos de la flema que
de la cólera, pues con ella consiguieron que aplacado el mar
navegasen hasta. Malambo, habiendo recogido de paso la gente de la
Caravela que quedó en el islote, desde donde sabido el naufragio de
las otras embarcaciones, dieron aviso al Adelantado, á quien llegó
la nueva juntamente con Hortun Velasquez y Antonio Diez Cardoso,
que despues de correr fortuna y agregar así al Capitan Luis de
Menjarrez, conquistador antiguo de Santa Marta, á quien hallaron
con un buen navío en el puerto de Cartagena, volvieron á Santa
Marta en dos de los bergantines derrotados, con quienes asimismo
fué Juan Dolmos, que habiéndose encontrado en Cartagena con quien
le dió embarcacíon para que pasase al Perú, no quiso hacerlo, sino
revolver con cinco camaradas á Santa Marta, donde la fineza fué
bien estimada del Adelantado, y más cuando supo que mudando casaca
el General y Diego de Urbina con D. Diego de Sandoval y otros
remitían los dos bergantines dándole aviso del suceso y de su
resolución, que fué de pasarse con la gente voluntaria que los
seguia á los Reinos del Perú, donde bullía la fama de su riqueza y
esperaban mejorar fortuna mientras perdido el tiempo lo gastasen
otros en seguir los designios del Adelantado.
Sabida, pues, en Santa Marta la pérdida de la Armada, y no
desmayando por eso el gobernador de su primer intento, despachó
luego al Capitan Luis de Manjarrez á la isla española para que le
comprase otras cuatro embarcaciones, que no tuvo efecto, porque
recreciéndosele al Manjarrez pleitos que allí lo detuvieron, y
sucediendo poco despues la muerte del Adelantado, no tuvo lugar de
volver á Santa Marta hasta que lo consiguió en compañía de Gerónimo
Lebron; más no por eso faltó el Gobernador en lo que tenis á su
cargo, pues dispuso que á toda prisa labrasen algunos vecinos otros
dos bergantines, que juntos con los que habian escapado de la
tormenta fuesen en socorro de su Teniente general, á quien dió
luego noticia del infortunio y de la nueva pretension de vasos que
hacia. En cuya consideracion se fué muy despacio siguiendo la
derrota que habia. elegido, y continuándose los trabajos de
hambres, guerras, malos caminos, serpientes venenosas y
enfermedades que la tierra y el cielo granizaban sobre su gente,
poco acostumbrada la más de ella á semejantes hostilidades, en que
procedió Quesada con tanta prudencia y valor, que siendo estos
afanes lo que han ocasionado motines en compañías menos numerosas
de las que se en las indias, no dió persona alguna el menor indicio
de inobediencia aun en la fuerza de las calamidades que
experimentaban.
Por otra parte, dispuesta ya la armada en Santa Marta por el
mucho desvelo del Adelantado, y nombrado General de ella en lugar
de Cardona el Licenciado Callégos, que también era profesor de
leyes como Quesada, y despues de grandes servicios murió en la
batalla de Añaquito en favor del Vírey Blasco Núñez Vela, y
elegidos por Capitanes nuevos Juan de Albarrazin y Gómez del
Corral, se hicieron á la vela y con próspero viento entraron en el
rio grande, y juntándose en Malambo con los dos bergantines que
allí estaban y con hasta ciento y ochenta hombres repartidos en las
embarcaciones, penetraron sus ondas contra el curso de sus
raudales, hasta que despues de algunos meses de navegacion
encontraron á don Gonzalo Jiménez de Quesada con su gente en el
pueblo de Tamalameque, desde donde sy habia de seguir la derrote
por la ribera del rio como la siguieron hasta Sompallon, otra
provincia grande y fértil, que está á quince leguas y á setenta y
cinco de la boca del rio. Y de allí, teniendo ya la gente de la
Armada las órdenes del General Quesada para la forma con que se
habian de socorrer los unos y los otros, subieron otras quince
leguas más hasta otro pueblo, que era el último á que habian
llegado españoles en la entrada que hizo el Capitan Pedro de Lerma,
desde donde se le doblaron los trabajos y peligros al ejército y
Armada, pues si fueron grandes los padecidos, mayores se
experimentaren. Oh, válgame Dios! que bastasen hombres de carne á
romper doscientas leguas de monte espesísimo con sus propias manos,
siendo tal su fragosidad y cerrazon, que apénas bastaban todos
juntos á romper una ó dos leguas en un dia con buenas herramientas!
¿ Cuántas enfermedades quebrantaron muchos cuerpos que
delicadamente sé habian criado en region más benévola? ¿ Cuántas
fiebres pestilentes y otras enfermedades pusieron á otros en estado
de no poderse tener en pié, y con todo eso siempre trabajando con
las manos, de que morian miserablemente los más? ¿ En qué género de
muerte no tropezaron entónces aquellos nobles españoles, muriendo
unos comidos de tigres, otros de lagartos que sin temor de las
guardas se entraban los primeros en el alojamiento y se arrebataban
el español ó indio que les parecia, no ménos de dia que de noche?
Otros de hambre y sed procedida del venenoso contagio de las
flechas de los barbaros con quienes iban guerreando á cada paso:
pero para qué puede ya ser buena relacion de tantas fatigas i
desventuras? Baste saber que con ellas llegaron al pueblo de la
Tora (llamado de las barrancas bermejas y de los brazos, por cuatro
que hace el rio en aquel paraje) despues de ocho meses de jornada
en que caminaron solamente ciento y cincuenta leguas.
Era ya entrado el invierno y las muchas lluvias aumentaban de
suerte el rio, que se derramaban sus aguas por aquellas montañas
sin dejar senda á la eleccion que no fuese evidente riesgo de
anegarse; y determináronse de comun acuerdo de los cabos á invernar
en aquel sitio, en tanto que el tiempo daba seguridad para
proseguir el viaje. Y porque los soldados se entretuviesen con
buenas esperanzas en el desconsuelo que ya se mostraba á todos, le
pareció al General Quesada medio conveniente que los bergantines
subiesen rio arriba á descubrir lo más que lo fuese posible, en
tanto que cesaban las aguas y los dolientes mejoraban de las
enfermedades que padecian. Ejecutado el orden, subieron los
bergantines veinte leguas más arriba con increible trabajo, por
haber de batallar continuadamente con los raudales del rio, en que
la falta de Viento se habia de suplir con la fuerza de los brazos,
valiéndose unas veces de firgas y remos, y las más llevando á
remolco los vasos con maromas que desde las barrancas y árboles
tiraban los españoles expuestos al riesgo de las aguas y de los
caimanes, hasta que, rendidos del trabajo y desesperados de hallar
noticias, volvieron sin ellas á los trece dias.
Mal sufridos entónces los soldados y persuadidos de que el fruto
de aquella jornada habia de redundar en la total ruina del campo,
le propusieron al General Quesada los inconvenientes que reconocian
en proseguir empeño tan desgraciado, persuadiéndole á que
desistiese de la empresa y diese la vuelta á Santa Marta, donde
podrian ocuparse en más seguros empleos del servicio de su
Majestad; y bien considerado decian: Quién verá tan menoscabado un
ejército florido como el que salió de la costa sin haber penetrado
más que ciento y cincuenta leguas, que no discurra cuán vecina le
amenaza la última pérdida? No son los indios enemigos los que
acobardan espíritus criados en las regiones de Espala, sino el
hambre y enfermedades, contra quienes pueden poco los brios para
escapar de la muerte. Ningun caudillo tan constante ha sufrido los
trabajos como el que nos guia, y por lo mismo es tanto más sensible
que perezca donde ni dé señales ni queden memorias de su valor
invencible. Hasta aquí pudo llegar el sufrimiento de tantas
miserias con la esperanza; pero pasando de estos términos sin ella,
convertiráse en desesperacion la fortaleza. Ver solamente montañas
desiertas de gente política y de alimentos y pobladas de animales
feroces y riesgos inevitables, no es divertimiento para seguido
hasta la muerte; y más cuando aun faltan noticias para que engañado
el ánimo se proponga siquiera fingido el descanso. No se gana la
fama con la obstinacion empeñada en precipitar al dueño donde
faltan empresas que la disculpen, sino donde la espada pueda
abrirse el camino á un fin glorioso. Así volviendo á la presencia
de nuestro Gobernador reconocerá por las ruinas de tantos muertos
los afanes por donde han pasado los que llegaren vivos; y será
disculpa para la emulacion más despierta saber que no pudo
adelantarse más el esfuerzo de un corazon no vencido.
Todas estas pláticas, que llegaron á noticias del General
Quesada, representadas por los soldados de más resolucion ó por
secretos avisos de sus más confidentes, las rechazaba su prudencia
con ánimo sosegado, respondiendo á las propuestas como sí fueran
consultas y no dándose por entendido de los desahogos con que se
hablaba en el campo. Habiale enseñado en poco tiempo la prudencia,
que en dándose la cabeza por entendida de la desobediencia de los
miembros, para no remediarla no hay miembro más ínfimo entre todos
que la cabeza. En la rebelion de uno es gran preservativo el
cuchillo para conservar los otros; pero en el achaque de muchos
juntos es la mejor medicina el disimulo para que no peligre la
fábrica de todo el cuerpo. Con una pica puesta á los ojos, que
aparté de ellos con risa, se burlé el gran Capitan de un motin
general que se le entraba por la vista, y su prudencia enmendé con
la accion todo un ejército, para que obediente le allanase un
reino. De nada estaba tán ajeno el General Quesada como de volver
paso atras en lo comenzado: era hombre de espera; qué mucho
tuviese, gran corazon con ensanchas de sufrimiento? Ninguno como él
caminó por los espacios del tiempo hasta el centro de la ocasion:
sabia. cuánto más habia obrado la constancia española que la cólera
impetuosa de otras naciones; éstas esgrimiendo la clava de Hércules
y aquélla la muleta del tiempo. Pero fingiéndose neutral en su
parecer, oponia á la ejecucion de la propuesta no ser tiempo de
llegar á las últimas resoluciones: que sería descrédito de tan
valerosos soldados volver á los ojos de sus iguales sin dar noticia
siquiera dcl origen de aquel rio, que no podia tenerlo muy
retirado; que las mayores dichas se perdieren por desmayar el ánimo
en las fatigas, siendo así que las más grandes son anuncios más
ciertos de que se acaban; que si Francisco Pizarro y Fernando
Cortés hubieran obrado por la desconfianza de sus soldados, ni
hubieran ganado nombre de Capitanes famosos ni sus compañeros
llegaran á la posesion de tantas riquezas siendo dichosos por
fuerza: que no era diferente la naturaleza de quien los animaba que
la de aquellos que desconfiaban. Ni en los afanes habia usado de
privilegios que no fuesen Comunes, y sin embargo esperaba de la
resulta un fin venturoso; pero si con brevedad no mejoraban de
noticias, seria el primero que á costa de su vida asegurase la de
todos. Y juntando á iguales razones muchos agasajos, á los mal
contentos les fué dilatando la vuelta mientras los Capitanes
Cardoso y Albarracin hacian diligencias para descubrir tierras
diferentes de aquellas en que se hallaban. En fin, tanto hicieron
estos dos Capitanes trajinando varías veces aquel rio de una parte
á otra, que descubrieron otro que bajaba de unas altas sierras, y
subiendo por él en una canoa, que es á manera de barco, encontraron
á sus orillas una senda que bajaba de la sierra hollada de gente y
capaz de conducir por ella los caballos, y habiéndole seguido
dieron en una pequeña casa donde hallaron sal de panes, y con ella
y las noticias volvieron á darselas al ejército, que cotejando la
sal que llevaron los dos Capitanes con la que hasta allí hablan
visto del mar y reconocida la diferencia y noticias de la sierra y
camino á ella, fué tanta la alegría que recibió todo el campo, que
olvidaron los trabajos y pretension poco ántes intentada y
descubierta.
No fué menor el gozo que recibió el General Quesada como el más
interesado, y para lograrlo más bien dispuso que el Capitan Juan de
San Martin con veinte hombres subíesen en canoas por el rio que
descubrió Cardoso todo cuanto pudiesen, reconociendo con más
especialidad el rio y tierras que se divisaban por aquella parte.
Partió el Capitan San Martin y con trabajo bien considerable subió
por el rio veinte y cinco leguas hasta encontrarce con una corta
poblacion de indios, que la desampararon luego que vieron gentes
extrañas en sus tierras, dejándose en las casas alguna cantidad de
bastimentos y sal que no fué de poco alivio para la gente: y
considerada bien la tierra vieron que por la parte en que se
hallaban bajaba de la sierra un camino ancho que daba muestra por
las huellas de ser continuado de mucha gente: y así dejando señales
de su navegacion dió vuelta al pueblo de tora y hecha relacion á
Quesada de todo lo sucedido, despues de animar á su gente
(vistiendo las verdades que referia con la facundia de voces y
buena gracia de que le dotó el cielo) se determiné á ir en persona
á recorrer los sitios y tierras de que le daban noticia, llevando
en su compañía hasta sesenta hombres y entre ellos á Hernan Pérez
de Quesada, su hermano, á Fernan Venégas Carrillo, Juan de Junco,
Juan de Pineda, Baltasar Maldonado, Jorge de Olmedo, Martín
Galiano, Gerónimo de Inza, Auton de Olalla, Bartolomé Camacho,
Francisco Gómez de Feria, Gómez de Cifuéntes y otros soldados de
cuenta; y dejando la demas gente á cargo de los Capitanes San
Martin y Suárez, siguió la misma derrota que Juan de San Martin
hasta el mismo pueblo donde este Capitan habia llegado, que se
llamó de las Barbacóas, y por haber asaltado en él una grave
enfermedad á Quesada, mandó pasar adelanto con treinta hombres á
los Capitanes Juan de Céspedes y Antonio de Lebrija y al Alférez
Anton de Olalla, los cuales fueron en descubrimiento de lo que
faltaba en aquellas tierras: y el suceso fué que penetrando toda su
aspereza (que en diversas partes es altísima), hallaron un pueblo
en cierto valle estéril y sombrio, y en él aprisionaron un indio
que no pudo huir con los demas, y de él supieron por señas que los
nuestros le hacian para preguntarle, que todo aquel país montuoso
se llamaba la sierra de Opon; y mostrándole alguna sal de la que
poco ántes habian hallado, dió á entender que la habian por
contrato de algunas tierras que estaban más adelante á este indio,
que llamaron Pericon, agregaron así los españoles, para que les
sirviese de intérprete y de guia.
Quedóse en aquel pueblo el Capitan Lebrija y otros tan fatigados
de los trabajos, que no podian dar paso adelante, y prosiguiendo
los demas despues de vencidas algunas asperezas, dieron en otro
pueblo pequeño en que tambien se quedaron algunos: con lo cual el
Capitan Céspedes, Anton de Olalla. y otros pocos que se sentian más
fuertes, subieron á lo más elevado de aquella sierra, de donde
descubrieron la tierra rasa y en lo que podia alcanzar la vista
muchas poblaciones grandes y pequeñas á legua, y á ménos unas de
otras; y reconociendo que con lo hecho habian conseguido el fin de
la jornada, dieron vuelta por la misma senda que habian llevado:
más el Anton de Olalla se halló tan impedido para seguir á
Céspedes, que se atrevió á tomar una resolucion tan desesperada,
que aun habiéndosela aconsejado la necesidad, siempre pareció
temeraria, y fué que al fin de solas cuatro leguas que habian
caminado de vuelta, se quedó con otros cuatro en una Aldea que allí
habia, y en ella se detuvo casi tres meses, en cuyo tiempo,
juntándose los bárbaros de todas las demas Aldeas del contorno, lo
fueron á quemar la casa; pero fué tanto el miedo que les causó ver
á los cinco españoles salir á su defensa, que vueltas las espaldas
recibieron muchas heridas en pena de su cobardia, y Olalla con sus
compañeros Hernando de Prado, Miguel de Partearroyo, Pedro
Rodríguez de Leon y Pedro Núñez de Cabrera, se aseguró en aquel
valle, que desde entónces por esto suceso se llamó del Alférez, por
serlo Mayor de la infantería que llevaba Quesada. Mas volviendo á
Céspedes, que no se hallaba tan desalentado y tenia otros cinco que
le imitasen, pasó adelante hasta comunicar todo lo que habia visto,
donde le dejaremos por fin del año de treinta y seis, miéntras nos
llaman las conquistas de Popayan y sucesos de Cartagena acaecidos
un dicho año, con que daremos principio ál cuarto libro.