CAPITULO IV
EL ADELANTADO HEREDIA PROSIGUE LA CONQUISTA DE CARTAGENA Y
COMPÉNDIASE EL DESCUBRIMIENTO DE LOS ALEMANES HASTA QUE FEDERMAN
SALE DEL TOCUYO.
DIFERENTES designios eran los que seguia por este tiempo D.
Pedro dé Heredia en Cartagena, pues apénas tomó algun descanso su
gente despues de la batalla de Turbaco, cuando la sacó otra vez á
campaña, deseoso de encontrarse con alguna empresa de porte, y con
esta mira, siguiendo la costa del mar á barlovento, llegó hasta las
riberas del rio grande sin contraste alguno que lo impidiese; ántes
sí con el interes de algun oro, que fué rescatando de los Malambos
y otras naciones confinantes, y no excusaban este género de
comercio. Pero reconocida la aspereza de las montañas y embarazo de
las ciénegas que se encontraban el rio arriba, revolvió á la boca
del rio, y reconocido el rumbo que habia llevado desde la Sabaneta,
que hoy llaman, sin apartarse de la costa del mar y llevando por
guia á Morro, hermoso, atravesó otra vez por el valle de Zamba
hasta Cartagena, donde halló el navío de Juan del Junco con la
mayor parte de la gente que habia llevado á Santa Marta, y mal
contenta del país consiguió del doctor Infante la dejase pasar á
Cartagena con diferente cabo y dos indios y una india de sus
costas, que para intérpretes le remitian sus correspondientes desde
la villa de Azua, donde los habian comprado.
Con este socorro, bastante ya á componer su campo de cien
infantes y otros tantos caballos, resolvió penetrar la provincia al
oeste; y aunque con la fatiga de romper montes inaccesibles y
ciénegas espantosas en que ocupó muchos dias, llegó á descubrir el
Zenú, pueblo de gran vecindad, que lo desamparó al espanto de las
armas españolas que gebernaban sobresalientes Francisco Cesar y
Cristóbal Jáimez, caudillos famosos de estas conquistas, donde se
prendió un criado del Cacique, que temeroso de que lo matasen
descubrió dos cajones que llaman Habas los indios, y tenian ocultos
en la montaña, en que se hallaron más de veinte mil castellanos de
oro, sin diez y seis mil que habia manifestado ántes en un socaven
ó bóveda que se formaba de tres naves de latitud y más de cien
pasos de largo, que los naturales en su idioma llamaban el Bohío ó
casa del diablo, por estar en la mitad de su distancia una hamaca
bien tejida de labores, que estando pendiente de un palo se
sustentaba al parecer sobre los hombros de cuatro figuras humanas,
las dos de hombre y las otras dos de mujer, en que decían los
indios se acostaba el demonio y lo acreditaba el prisionero, que
instada por más oro mostró una sepultura de donde sacaron otros
diez mil castellanos, con que gozosos los nuestros pasaron hacia la
provincia de Urabá, aunque brevemente, amedrentados de la aspereza
de las serranías, volvieron á Cartagena, á donde hallaron á D. Fr.
Tomás de Toro, del Órden de Predicadores y primer Obispo de aquella
ciudad, y á pocos dias llegaron trescientos hombres que saliendo á
descubrir el rio grande arriba, intentaron poblar en Mompox y no lo
consiguieron.
Bullía por este año la fama de las conquistas del Perú, y al
ruido de las riquezas que sonaba en todas partes, era la gente
tanta que ocurria á Cartagena de las islas y otras provincias de
Tierra firme para pasar á Panamá, que en el interin que lo
conseguía, tenia bien en que escoger el Adelantado para el fin de
la empresa que tenia entre manos; y así, con la ocasion de haber
llegado Alonso de Heredia su hermano (á quien llamó de las
conquistas de Guatemala para que lo ayudase en las de Cartagena
como Capitan práctico en la guerra de las Indias), dispuso que
saliese luego en demanda de Urabá, donde se decia haber montes de
oro, que era el norte principal de los descubrimientos; quien con
el resguardo y ejército de trescientos y cincuenta hombres, y los
mejores Capitanes, atravesé la provincia, y en la que llamaron
culata de Urabá, por catar dentro de los términos de la Gobernacion
de Cartagena, reedificó la ciudad de San Sebastian de Buenavista,
que fué la primera que se fundé en Tierra firme por Alonso de
Ojeda, y desamparó D. Francisco Pizarro, á quien habia dejado por
su Teniente, aunque esta segunda vez se le mudó el sitio al de unas
colinas rasas y libres de montañas, en cuyos contornos,
especialmente en los de Zenú, se hallaron al abrigo tic un famoso
templo de ídolos tantos sepulcros soberbios, y en ellos tanta
cantidad de oro ofrecida á los cuerpos muertos que colocaban en sus
bóvedas, que de su riqueza se levantaron los primeros fundamentos
de la máquina de persecuciones que despues cayó sobre el
Adelantado, con el motivo de que habia usurpado los quintos
reales.
Las mujeres de esta provincia son de buen parecer; andan
vestidas de telas de algodon curiosamente labradas: usan arracadas
de oro y sartales de cuentas al cuello. Los hombres se precian de
andar desnudos, y son por extremo inclinados á contratar con las
propias y extranjeras naciones; y así, no satisfecho el generoso
Animo de Alonso de Heredia con sola la fundacion de San Sebastian,
por la buena disposición que tenia de gente, revolvió á la costa
del mar y á la ribera del no Catárrapa, de la provincia que
llamaron de las Balsillas y pueblo del Cacique Tolú, seis leguas de
la mar al sudoeste de Cartagena y doce de ella, fundó la villa de
Santiago de Tolú, de vecinos muy principales, por quienes han
pasado tan adversas fortunas con las invasiones de los corsarios,
que casi está destruida. De allí pasó á otro sitio que demora
treinta y dos leguas al sur de la ciudad de Cartagena, y en
ciertas sabanas que allí hay medianamente fértiles para
ganados mayores y plantajes de cacao, fundó asimismo la Villa de
María y volvió á Cartagena á dar cuenta de todo al hermano: donde
lo dejamos envuelto en disgustos hasta que convenga á la historia,
despues que demos razón de lo acaecido en las provincias de
Venezuela y Santa Marta.
Muerto, pues, Ambrosio de Alfinger en el valle de Chinacóta, de
la provincia de los Chitareros, como dijimos en el fin del capítulo
segundo de esto libro, eligió su ejército por cabo, que lo
gobernase hasta Coro, al Capitan Juan de San Martin, que luego
levantó el Real siguiendo el mismo rumbo que llevaba Alfinger, y
atravesando la montaña que despues llamaron de Arévalo, dieron en
el valle de Cúcuta, cuyas dehesas fértiles y abundantes de orégano,
médian entre la ciudad de Pamplona y San Cristóbal; y aunque mal
sanas de temple, muy á propósito para cria de mulas. De donde, con
detencion de pocos dias de provincia en provincia, y con la guía
de cierto español llamado Francisco Martin (que hallaron casado con
la hija del Cacique de una de ellas), llegaron hasta la ciudad de
Coro el año de treinta y dos, donde luego que se supo el fin
desgraciado de Alfinger y menoscabo de su ejército, reconoció la
ciudad por Gobernador á Juan Aloman Caballero, de su nacion, y tan
pacífico, que encerrado en ella no intentó jornada alguna. En cuyo
tiempo Nicolas Fedreman, otro caballero Tudesco, que se hallaba en
Coro cuando llegó Juan de S. Martin, ambicioso de mejorar fortuna
con las noticias que habia adquirido de los hostiales de perlas del
Cabo de la Vela, y con el oro y joyas que labia recogido en la
provincia, y lo animaban á que pretendiese aquel gobierno, paso á
Castilla, donde á pocas diligencias que interpuso lo consiguió.
Pero como la emulacion sigue como sombra al cuerpo de los oficios
honrosos, bastó la que manifestaron algunos que le eran poco
afectos, á desacreditarlo con los Belzares de hombre arrogante,
bullicioso y áspero de palabras, de tal suerte que aun siendo estos
de los que siempre estuvo más ajeno, bastaron (siendo supuestos) á
conseguir se gobierno y se proveyese en Jorge Spira, aunque por no
desabrir del todo á Fedreman le nombraron por su Teniente general
con facultad de hacer entradas separadamente al descubrimiento que
le pareciese dentro de los términos de la guarnicion de
Venezuela.
Con estos despachos y cuatrocientos hombres que levaron en la
Andalucía y Reino de Murcia, y despues (por el accidente de dos
tormentas que sobrevinieron á la Armada obligándola á que arribase
una y otra vez á Sanlucar y á Cádiz) se redugeron á doscientos,
llegaron á las Canarias, donde reforzados de otros tantos de los
más bastos y groseros de la Isla, con que suplieron el número que
sacaron de Castilla, determinaron proseguir su viaje,
consiguiéndolo tan felizmente que sin mal suceso aportaron á Coro.
Aquí trató luego Jorge Spira de que se hiciesen dos entradas á la
provincia; la una á cargo suyo con doscientos hombres la vuelta de
los Llanos de Carera, que demoran al Leste de Coros y la otra á
cargo de Fedreman, que para conseguirla habia de ir á Santo Domingo
por más gente, armas y caballos, que lo darian por cuenta de los
Belzares, para que de vuelta, incorporándoles con la gente que
dejaba en la ciudad, tomase derrota al Oeste por la otra parte de
la serranía de Carorá ó Llanos de Venezuela, para que marchando
unos por la una parte y los otros por la otra, penetrasen y
desenvolviesen los valles mas secretos de toda la provincia.
Dispuesto así, y despachada parte de la gente de Spira con los
Capitanes Juan de Cárdenas, Martin González y Miser Andrea,
miéntras él ajustaba el cumplimiento de las ordenadas con su
Teniente, salió despues con ochenta caballos y el resto de
infantes, que estaban alistados, y tomando la vuelta de la
Burburata por la costa del mar, despues de varios trabajos, hambres
y refriegas acaecidas á los Capitanes sobresalientes, en la
provincia de Buraure, se encontó con ellos en el desembocadero de
Bariquizimeto, donde le dejaremos por no ser muy de nuestro intento
esta jornada de Spira: baste saber que habiendo llegado á las
provincias de los Chiscas y Laches, que hoy se llaman de Chita y
del Cochui, tuvo noticias del Nuevo Reino, bastantes á empeñarlo en
su descubrimiento, con el trabajo de caminar doce leguas, y por
omision del Capitan Juan de Villégas (que despues fué Gobernador de
Venezuela) ó por temor de la sierra pedregosa que habian de
atravesar, y lo más cierto, por disposicion de más alta
providencia, que tenia reservada para otro aquella conquista,
cometió á la luz de este relámpago de buena fortuna el mismo yerro
que Alfinger en los Páramos de Servitá y provincia de Guane, pues
empeñándolo hasta la de los Choques, de quienes solamente recibió
lanzadas, lo precisaron á volver á Coro, desbaratado, por el año de
treinta y siete, en que concluido su gobierno y colocado en él el
doctor Navarro, reconoció las fortunas de súbdito, y los desengaños
de mal quisto con su gente.
No ménos adverso pudo salir á Fedreman el rumbo que eligió para
su descubrimiento, pues despreciado el órden que tuvo de su
General, luego que lo vió ausente, se lo dio al Capitan Antonio de
Chávez, para que con la gente que tenia alistada en Coro, tomase la
vuelta de Maracaibo, sin parar hasta el Cabo de la Vela, donde lo
aguardase hasta volver de la Isla Española, para donde se embarcó
al mismo tiempo que el Chávez salió para la costa de la Laguna,
donde halló al Capitan Alonso Martin, que por trato secreto que
tenia hecho, con Fedreman desde Coro (donde estaba al tiempo que
Jorge Spíra llego de estos Reinos), se habia retirado á la
Ranchería de Maracaibo, y para esta ocasion lo tenia prevenidos loo
bergantines y canoa grande, que labré Alfinger para bajar la
Laguna: con que fácilmente se hallaron de la otra banda, en el
pueblo de Maracaibo, con determinacion de alojarse allí de espacio,
por el que habia de gastar Fedreman en su vuelta; aunque no
pudieron lograrlo por haber picado de suerte el hambre y
enfermedades que le son consiguientes, que hicieron precisa la
division de la gente en tres tropas, para sustentarse como
pudiesen, con órden de que para el plazo de la vuelta de Fedreman
se hallasen todas en el Cabo de la Vela.
Ejecutóse así á tiempo que por el torcedor de semejante aprieto
habia despachado otra tropa de veinte hombres desde el rio Macomite
el Capitan Juan de Rivera, que por órden del doctor Infante, que
gobernaba en Santa Marta, como dijimos, se ocupaba en la conquista
de la Ramada; de que resultó que marchando ésta hacia la Laguna de
Maracaibo en busca de víveres, y otra de las de Chávez, á cargo del
Capitan Múrcia, hácia el rio de Macomite con la misma demanda, se
encontrasen de suerte en la trocha que al misma tiempo iban
abriendo ambas, que la de Rivera quedó prisionera de Múrcia, que la
sintió primero, y esperó emboscada, de que dió parte luego á
Chávez, quien persuadido de que Rivera se habia entrado en su
jurisdiccion, juntó las tropas que andaban desunidas y marchando
con ellas á Macomite, en cuyas barrancas estaba alojado Rivera,
hizo que de grado ó por fuerza le siguiese con la gente sana que
tenia, hasta el Cabo de la Vela, con fin oculto de reducirla á su
campo; en cuya marcha tuvieron un recio encuentro con les Guagiros,
que en campo raso y á manos cogieron á Guzman de Avellaneda y á
otros seis españoles, sin que los domas pudieran socorrerlos por no
perderse todos. Tan suelta y arrestada nacion es aquélla, como lo
ha mostrado hasta los tiempos presentes, aunque todos sus brios no
bastaron despues de alojado el campo en los Cocinas, para que
Alonso de Olalla Herrera, Alonso Martin de Quesada y Diego Agudo,
sin más armas que sus espadas y rodelas, dejasen de arriesgarse
sobresalientes por la tierra mutis poblada, á provenir los enfermos
que habian quedado en Macomite, para que se dispusiesen á seguir el
campo en los caballos que iban en pos de ellos, como lo
consiguieron con aplauso de los mismos Guagiros, que admiraron
resolucion tan gallarda.
Asegurada la gente enferma, partieron al Cabo de la Vela, donde
ya estaba Podremos con ochenta hombros y buen número de caballos; y
aunque se alegró de ver su gente, no dejó de sentir la mucha que se
le habia muerto. Dióle cuenta Chávez del suceso del Capitan Rivera,
que mostró sentir, mucho por ser Cabo del doctor Infante, de quien
confesaba haber recibido obras de padre; y aunque urbanamente
pretendió reducirlo á que de voluntad le siguiese con su gente,
viendo que no venia en ello por la obligacion que tenia de volver á
dar cuenta de todo á su Gobernador, lo licenció con mucho agasajo y
advertencia de que no repitiese la entrada en los términos de su
conquista, si bien tres soldados de los de Santa Marta
voluntariamente quisieron quedarse en el Cabó de la Vela, dónde
manifestando luego Fedreman los designios que lo habian traído á
Castilla, y las noticias antiguas que tenia adquiridas de los
criaderos de perlas de aquella costa; ó porque así las participé de
sus naturales, ó porque al recoger el escándalo que cierto navío
lanzó en los mares de aquella costa, se habian reconocido algunas
hostias sustraidas del fondo, descubrió así mismo haber ido
á Santo Domingo á disponer algunos instrumentos al propósito de
cierta traza que tenia premeditada para la pesquería de perlas; ó
por ver sí encontraba algun hombre práctico en sacarlas con las
experiencias hechas en Cubagua: pero ni hallé al hombre, ni logró
su traza, pues aunque muchas veces arrojó á los criaderos ó manchas
cierta manera de rastro, jamas pudo conseguir logro de su trabajo,
ni otros muchos que lo intentaron despues por el mismo camino,
hasta que se halló por mejor el de buscarlas con indios y negros;
pero no puede negarse que á Fedreman se lo debió esto
descubrimiento, y la primera ranchería del Cabo de la Vela, que
fué la hecha en esta ocasion.
Cansado pues de gastar el tiempo en balde, consultó á sus
Capitanes sobre cuál derrota debía elegir para nuevos
descubrimientos, y reconociendo que los más se inclinaban á que
siguiese la misma que Ambrosio de Alfinger llevó hasta dónde se
apartó del rio grande tomando la vuelta del Leste, porque las
tierras que se descubrían entonces el rio arriba daban esperanzas
de que en sus cabeceras habia ricas provincias, de que se privó
Alfinger por mudar el rumbo y no seguirlo siempre al Sur, hubo de
asentir á esta resolucion, aunque contra el parecer de algunos de
aquella entrada, que aun tenian presentes los trabajos padecidos
en ella. De que no haciendo caso el Fedreman desamparé el Cabo de
la Vela, saliendo con cuatrocientos hombres, encaminado al valle de
Upar, sin que para llegar á él pasase la laguna de Maracaibo y
valle del Tocuyo, como afirma Herrera, y le notó bien Fr. Pedro
Simon, por la incompatibilidad que hay para semejante jornada: en
que apretado de achaques que sobrevinieron á su ejército luego que
dejó la costa, y entró en regiones tan cálidas, perdió gran parte
de él, sin que el riesgo y recelo de perderlo todo le permitiose
socorrer los enfermos, que á cada paso se lo quedaban por los
caminos. Pero esta mala fortuna se le templó con la de encontrarse
otra vez con el Capitan Rivera, que despechado de no haber podido
arribar á Santa Marta, para donde tambien salió del Cabo de la
Vela, por el impedimento que le pusieron las crecientes de los rios
al principio, y oposicion que halló despues en los Chimilas con
repetidos asaltos y emboscadas en que le hirieron algunos soldados,
necesitó de revolver en demanda de Fedreman, con pretension de
comprarle algun navío, si lo tenia en la costa, para hacer su viaje
por mar.
Consiguiólo á pocas jornadas, y es lo bueno que habiéndole
notado Fr. Pedro Simon á Herrera, como dijimos, la incompatibilidad
de la jornada que refiere haber hecho Fedreman desde el Cabo de la
Vela al valle de Upar, atribuyendo su error á que no labia pisado
como él aquellos países; en llegando á referir en el mismo capítulo
esta jornada de Rivera, dice que habiendo partido del Cabo de la
Vela para Santa Marta, siguiendo su viaje por la costa del mar, no
le fué posible llegar á la ciudad, porque al pasar por los indios y
pueblo de Chimila, que está junto al mar, y no léjos de ella, lo
hirieron algunos soldados: cosa más imposible de ajustar que la
jornada que le nota á Herrera; porque entre cl Cabo de la Vela y
Santa Marta jamas tuvieron pueblo alguno los Chimilas, cuya
provincia demora de la otra parte de la ciudad, á las espaldas de
Tenerife y bien distante del mar. Pero siendo ambos cronistas de
tanto crédito, y ciertas las dos jornadas y el encuentro de los
Chimilas, debe advertirse que Herrera, equivocado con las
relaciones que tuvo, confundió el primer viaje da Fedreman al valle
de Upar con el que hizo inmediatamente revolviendo desde el valle
de Coro, en que necesitó de atravesar la laguna. Y el que Rivera
hizo á Santa Manta no fué por la costa del mar, como dice Fr. Pedro
Simon, por el embarazo que hallé en las crecientes de los rios,
sino por el vallo y rodeo de la montaña de Garupar, en que
forzosamente se atraviesan tierras del Chimila para ir á Santa
Marta. Y colígese haber sido este el rumbo que siguió Rivera, de la
brevedad con que retirado del Chimila se encontró con Fedreman, que
ya estaba en el valle de Upar, cosa que en muchos dias no pudiera
conseguir por el camino de la costa.
En fin, encontrados Fedreman y Rivera, á pocos lances de
agasajos corteses quedó éste reducido á seguir al otro, haciendo
para ello escritura de que lo hacia voluntariamente y no temeroso
de alguna violencia, que fué convenio de mucha estimacion para
Fedreman por la falta que tenis de gente, y de mucho sentimiento
para la más de Rivera, que mal sufrida intentó alguna alteracion,
que desvaneció presto el castigo de los dos más culpados y la fuga
de otros seis, que por los rodeos de diferentes caminos y riesgo de
varias naciones, no pararon basta Santa Marta, donde hallaron por
Gobernador al Adelantado D. Pedro Fernández de Lugo, á quien dada
noticia de lo sucedido y del intento que llevaba Fedreman de
caminar siempre al Sur, escribió una carta pidiéndole
cortesanamente no le hiciese mala vecindad introduciéndose en la
jurisdiccion de su gobierno; la cual, de mano en mano de los indios
amigos, llegó hasta las de Fedreman, que ya iba muy adelante, y
advertido por otras cartas que tuvo con ella de la pujanza de gente
con que se bailaba el Adelantado, determinó, vuelta la espalda al
Sur, que habia llevado por norte, retroceder al valle de Upar,
donde guiado de superior impulso, empeñado siempre en barajar el
descubrimiento del Reino á estos alemanes, á quienes más arrastraba
la codicia del oro que la conversion de las almas, mudó el rumbo
poniéndolo á Coro, donde las esperanzas de hallar despachos dé
aquel Gobierno lo arrastraban. Para ello dividió su gente en dos
tropas, que con más facilidad pudiesen socorrerle de víveres hasta
la laguna, porque tenian agostada la tierra, de suerte que
cualquiera senda que elijiesen unidas, habia de ser atajo para la
muerte con que amenazaba el verdugo del hambre; y así, tomando á su
cargo la una, dejó la otra al de Pedro de Limpias, que eligiendo el
camino de la sierra que divide á Maracaibo del valle de Upar, fué á
dar á ciertas poblaciones, de indios fundadas sobre algunos caños y
esteros que hace la laguna y llaman los brazos de Herina, donde
apresó buena cantidad de oro fundido en joyas y en polvo del que
llevan las quebradas que por aquel territorio entran en ella, de
donde quedó la fama de los brazos de Herina, que hasta hoy se ha
quedado en noticias, pues aunque despues se han hecho diferentes
entradas en su busca, todas han rematado en malos sucesos.
Con este pillaje, y observando el órden que tenia de Fedreman,
llegó el Capitan Pedro de Limpias á la ranchería de Maracaibo,
donde lo halló no ménos fatigado de trabajos pasados que afligido
por los que le amenazaban futuros con la falta general que sentía
de víveres, bien merecida á los que tan impiamente habian
despoblado con fiereza aquellos contornos y quemado los bergantines
al partirse de aquel sitio, pensando no necesitarían más de ellos;
de que se recrecia la desesperacion de poder pasar á la banda de
Coro. Pero como á la última miseria de los hombres (aunque indignos
de remedio), muchas veces lo provea de oficio la Divina
misericordia, dispuso que de las obras muertas de una de las
embarcaciones que solamente se habia quemado hasta la lumbre del
agua, pudiesen formar otra, que bastó á conducirlos á todos á la
otra banda, desde dónde ordenó que luego saliese con los más de
ellos el Capitan Diego Martínez, natural de Valladolid, la vuelta
de la cordillera de Carera hasta encontrarse con el valle de
Tocarigua, donde le aguardase miéntras él, vuelto á Coro con
algunos Capitanes de su afecto, se noticiaba de la provision del
gobierno que en su partida le prometieron los agentes de los
Belzares, y con más gente le seguia hasta jantarse con él, y
empeñaras en demanda de las riquezas que corrían del famoso rio
Meta, cuyo claro origen reconoce deber á los sudores que corren de
la elevada cabeza de Gachaneque, páramo que demora á las espaldas
de la ciudad de Tunja; pues aunque su Gobernador, Jorge Spira,
habia llevado la misma derrota, la tierra por dilatada daria lugar
para que todos cupiesen sin embarazo.
Despedida con este órden la mayor parte de su gente, partió á
Coro, y el Capitan Martínez á la serranía marchando siempre por
ella, aunque los víveres se hallaban tan escasos, cuanto los
aprietos crecían; y aquí fué donde saliendo Hernando Montero en
demanda de ellos con una tropa de infantes, se le murió de
enfermedad que padecía, y no daba á entender, Martin Tinajero,
natural de Ezija de Andalucía, hombre que sin ofensa culpable de
amigos ni enemigos habia vívido entre los desórdenes de gente tan
relajada. Enterráronlo sus compañeros en la concavidad que pareció
haber hecho el agua detenida de los inviernos en una de las ramblas
por donde corría y corre hoy, y viene á ser la que se halla
únicamente en distancia de treinta leguas; y con las pocas semillas
que pudieron hallar, volvieron al campo, que por esperar á Fedreman
se iba deteniendo en aquel país. Por esta causa, y pasados algunos
dias, necesité Martínez segunda vez de remitir al mismo efecto otra
tropa con tres ó cuatro infantes de los que habian ido en la
primera, que necesitados de llegar ,á la encañada en que habian
sepultado al Martin Tinajero, quisieron reconocer silos indios lo
habian sacado del hoyo en que lo habian puesto; pero á más de
cincuenta pasos del sitio se hallaron todos embestidos de un olor
tan peregrino y suave, cual ninguno sabia explicar sino con el
pasmo de haberse quedado mirando unos á otros, como preguntándose
¿qué suavidad era aquella, que así los arrastraba? hasta que
dilatándose el sentido de la vista miéntras embelesado lo seguia el
olfato, reconoció á medio descubrir el cuerpo de Martin Tinajero,
de cuyo vaso muerto dimanaba aquella fragancia viva, y de quien
amarteladas muchas abejas de las que forman panales en los huecos
de los árboles de aquellos contornos, se habian apoderado, ó por
elegir clausura de aromas á su miel, ó para consagrar cultos de
cera á aquel cuerpo, que no osando tocar los compañeros volvieron
con la noticia del prodigio al campo, donde recorriendo todos la
memoria de la vida y costumbres que habian observado en aquel
hombre en quien jamas notaron acolen ni palabra indecente,
confesaron á voces haber sido siempre un gran siervo de Dios,
desconocido hasta entónces por los disfraces de su silencio. Pero
como los caudillos de aquellos descubrimientos llevasen más puesta
la mira en adquirir riquezas que en examinar prodigios, no cargaron
el juicio, de suerte que aun discurriesen forma para darle más
decente sepulcro.
De allí pasó Martínez á la provincia de los Giraharas, espanto
que han sido siempre de la gobernacion de Venezuela, quienes con la
noticia que ya tenian de la gente extranjera que llevaba puesta la
proa á sus tierras, previnieron sus armas, y convocados los pueblos
salieron luego á los nuestros acometiéndolos cara á cara, y sin las
cavilaciones y emboscadas que usan otras naciones. Fué el
encuentro famoso, y en el que la vanguardia española gobernada de
Juan Gascon se vió tan apretada, que á no socorrerla con brevedad
los de la retaguardia, hubiera sido rota; pero con el socorro del
Capitan Martínez desmayó el enemigo, y vueltas las espaldas dejó
por los nuestros el campo y mucha de su gente muerta y mal herida,
como tambien lo fué alguna española, y con ella García Calvéte, que
habiéndose señalado mucho fué atravesado con una flecha que
entrándole por el lagrimal de un ojo le salió al colodrillo, de que
no solamente quedó sano sino con la vista tan clara y firme como la
tenia de antes, de que fueron testigos muchos vecinos del Reino,
que despues lo conocieron Encomendero en jurisdiccion de la ciudad
de Vélez, donde lo heredo Pedro Calvéte, su hijo. Pero mal
escarmentados los indios, aunque reconocida la ventaja que les
hadan los españoles, viendo cuán de asiento se habian apoderado de
uno de sus pueblos, dispusieron valerse de una traicion verdadera
entre los agasajos de una paz fingida; pues acudiendo hasta
cuatrocientos Gandules á ofrecerla á Martínez, llevando ocultas
algunas armas que pusieron en las mochilas de víveres que llevaban
patentes, para valerse de ellas cuando toda su gente (que dejaban
emboscada) acometiese, fueron descubiertos por la diligencia
maliciosa de algunos indios que iban en el campo español y por
ellos de Martínez, que haciendo tomar á los suyos las armas con
todo secreto, dió sobre ellos tan de repente, que dejando muertos
los más y presos hasta ochenta, obligó á los restantes á que
tomasen por buen partido ir con el aviso á los de la emboscada, que
aunque acometieron desmayaren brevemente hallando á los nuestros
prevenidos, y á buen librar trataron de asentar paces de veras, y
rescatar los prisioneros á precio de oro y vituallas.
Dejada esta provincia, dice Fr. Pedro Simon en la tercera
noticia historial de la primera parte de las conquistas de Tierra
firme, al capítulo diez y nueve, que adelantados el Capitan
Martínez con veinte hombres, pasó á otra provincia de los confines
de Carora, de gente belicosísima y práctica en todo trance de
encuentros, donde al primero que se ofreció se vieron los nuestros
en tanto aprieto, que necesitaron del amparo de una casa, en que se
fortalecieron para defenderse de aquella muchedumbre que les picaba
por todas partes: y añade que para escapar las vidas trataron
fingidamente de hacer paces con los indios, para poder con
semejante engaño ejecutar en ellos algun ejemplar castigo. De que
se infiere, si fué así, cuán ajenos de mover guerras vivian
aquellos naturales, pues aun ofreciendo la paz á más no poder los
españoles, la arrostraban ellos cuando más ventajosos, como se vió
en esta ocasion. Pero habiendo entrado en la casa doscientos
Gandules á tomar el asiento de paz se les proponia, prosigue este
autor al número tercero, diciendo que todos fueron muertos por
Martínez y seis compañeros que tuvo prevenidos para el efecto, en
cuyo crédito pretendo ántes quedarme neutral que asentir á la
inverosimilitud de hazaña tan fea. Al dia. siguiente llegó el resto
del campo, y con él puesto en órden, pasó Martínez al mismo sitio
de la provincia., donde despues el Capitan Salamanca fundó la
ciudad de Carora, y allí, con el cebo de la abundancia de víveres
de que habian carecido desde que salieron del cabo de la Vela, y
del mucho número de indios afables y de aquella condicion liberal
que agrada á los españoles, se detuvieron dos meses, y despues de
ellos, caminando siempre al Sur por diferentes valles, llegaron á
la provincia del Tocuyo en que de preferente está fundada una
ciudad de su nombre, y reconociendo la disposicion de un sitio en
que pocos dias ántes los indios Coyones de la sierra habian quemado
una gran poblacion de los Tocuyos, sus capitales enemigos, alojaron
los nuestros en él combinados, tanto de la hermosura del país como
del agasajo de los naturales.
Á pocos dias que allí estuvieron con aquel descuido, que
engendra la seguridad del país amigo, y sin pensamiento de que
otros españoles pudiesen haber penetrado tantas provincias como
ellos, reconocieron habérseles entrado por su Ranchería los
Capitanes Martin Nieto y Gerónimo de Alderete, con sesenta hombres
de los que habia llevado á sus descubrimientos Gorónimo de Hortal,
Gobernador de Paria; de cuyas entradas y de las hechas por el
Comendador Don Diego de Ondas y Antonio Sedeño no he querido tratar
cuidadosamente, aunque pertenecian á esta historia y lugar, así por
haberlas escrito con especialidad Castellános y Fr. Pedro Simon,
donde podrá verlas el curioso, como por no manchar la pluma con
tanta sangre humana como estos tres Gobernadores derramaron dentro
y fuera de los términos de sus conquistas: pues sin hacer pié para
fundar ciudades en tierra alguna de tantas fértiles, ricas y
pobladas de naturales como encontraron en Maracapana y otras
providencias, dieron muestras de haber pasado solamente á ellas con
fin de que la crueldad y codicias que los dominó á la manera de
raudales de fuego las corriesen, destruyendo y abrasando cuanta
gente hallaron desde la Burburata hasta las bocas del Marañon, sin
que á tanto desórden se pusiese otro reparo por la Audiencia Real
de Santo Domingo, sino el de remitir por Jueces para el remedio al
doctor Navarro y á los licenciados Frias y Castañeda, que por
ambiciosos de gobernar y poco inteligentes en materias tan árduas,
dejaron correr los culpados hasta pisar la última raya de la
iniquidad, en que perecieron desastradamente, siendo verdugos los
unos de los otros.
En mucho cuidado puso á Martínez la intempestiva entrada de los
sesenta españoles, y no fué menor el que llevaban ellos desde que
reconocieron las huellas del campo alemas, recelando fuese gente de
Cedeño la que encontraban; pero habiéndola reconocido y visto ser
de Venezuela, con quien no habian tenido embarazo ni dependencia
alguna, sosegaron la mayor parte de sus temores, dejando en pié la
sospecha de que Martínez, movido de la ventaja de gente con que se
hallaba, tratase de obligarlos por fuerza á que lo siguiesen por
más agasajos que mostraba en festejarlos, tambien sospechoso de que
aquellos sesenta hombres fuesen sobresalientes del ejército de
Gerónimo de Hortal, que más poderoso marcharia en pos de ellos. Por
una y otra causa alojaban separados, velándose los unos de los
otros, en cuyo tiempo informado Martínez de la ingratitud con que
aquellos Capitanes habian procedido contra su Gobernador,
haciéndose cabezas de la gente amotinada, que, á ejemplo de Machin
de Oñate, lo alzó desacatadamente la obediencia, y preso con su
Teniente Alvaro de Ordaz, tres caballos y diez infantes, lo remitió
á la Costa: y de la determinacion honrada de otros treinta, que
desampararon el campo de Alderete y Nieto por seguir á su
Gobernador: y, finalmente, de que en la derrota que habian tomado,
se encontraron en un valle vecino á su alojamiento con una casa de
mujeres públicas que, en retretes separados y á propósito para su
infame empleo, adquirian el sustento de sus galanes y á vueltas del
algun oro, de que hubieron buena parte los amotinados y de que
ellas formaban dote para casare despues, que era el principal fin
que las conducía á tan obsceno retiro, para recuerdo de aquéllas
que en Chipre ó Cándia con semejante pretension en otra casa de
placer fabricada en la Costa del mar, acreditaron ser aquella isla
consagrada á la Diosa de la deshonestidad.
Determinó secretamente dar aviso de todo á Fedreman, que aun se
estaba en Coro, y con la noticia que tuvo de cuatro infantes
aventureros para el efecto, doblando jornadas de las setenta leguas
que hay de Coro al Tocuyo, partió luego con la más gente que pudo
agregar.
En el interin de esta jornada los indios Coyones que habitan la
sierra, y, como dijimos, habian quemado el pueblo en cuyo asiento
alojaban los españoles, reconociendo ahora por los humos que el
lugar tenia gente, y pareciéndoles que los Tocuyos en menosprecio
suyo lo habian vuelto á poblar, cuando su fin era no dejar rastro
de sus poblaciones, resolvieron juntas todas sus parcialidades
bajar al castigo, y ejecutáronlo desechando los caminos reales y
abriendo otros por la fragosidad de una montaña ajena de la
sospecha. de que por ella pudiesen bajar, por donde sin ser
sentidos penetraron hasta encontrarse con los nuestros, á quienes,
aunque extrañaron, acometieron con tan gallardo brio que necesitó
bien de los suyos la gente de ambas compañías unida en un batallen
para el rechazo de cuatro mil Gandules que tenia el campo enemigo:
con que brevemente fueron desbaratados, quedando la victoria por
los españoles, en que tuvieron la mayor parte Martin de Oñate,
Gerónimo de Alderete, Juan de Rivera, Hortuño Ortiz, Cristóbal
Gómez Nieto, Juan Fuerte y Cristóbal de Zamora Torero, fuera del
Capitan Martínez, que se porté en el encuentro con aquella
reputacion que le hizo digno de mayores puestos.
Concluida la faccion, llegó Nicolas de Fedreman gozoso de ver su
gente, donde sabiendo más por extenso los sucesos de los Capitanes
Alderete y Nieto, les rogó y persuadió tique le dejasen la gente
que llevaban, con promesa de gratificar sus servicios; y conseguido
con general aplauso de ella, aunque por quitar el recelo en que le
podian poner aquellos dos Capitanes, resolvió con su gusto
remitirlos convoyados del Capitan Beteta y algunos infantes la
vuelta de Coro y de allí á Santo Domingo, sin que del fin del
Capitan Martin Nieto se haya tenido noticia; pero sí de Gerónimo de
Alderete, que balanceandola fortuna llegó á colocarlo en el puesto
de Adelantado dcl Reino de Chile, que no logró muriendo en el
camino de sentimiento de que por descuido de una cuñada suya se
quemase la Capitana de seis bajeles que llevó de España, en que
perecieron ochocientas personas sin que librasen más que él y su
piloto. Y aunque Fr. Pedro Simon asiento más á que los Capitanes
Alderete y Nieto y domas amotinados fueron desarmados por el
Capitan Martínez ántes que llegase Fedreman, y que presos y
despojados del oro que hallaron en la casa pública los remitió á
Coro, tiene tanta inverosimilitud el suceso cuanta certeza lo que
va referido ántes: pues ni á Martinez le era fácil aventurarse por
violencia contra sesenta hombres que tan cuidadosos se velaban, ni
puede creerse que tan mal correspondiese á los que poco ántes
cogiéndolo desprevenido en su alojamiento procedieron tan corteses
y se determinase á resolucion tan áspera sin dar parte á su
General, de cuyo genio blando no podia esperar aprobacion
favorable. Ademas que se compadece mal afirmar que á los más
sediciosos remitió á Coro, cuando del más culpado, que fué Machin
de Oñate, sabemos que entró en el Reino: y así pasaremos á decir
que vanaglorioso Fedreman de ver tan engrosado su campo y afligido
de hallarse falto de armas y otros pertrechos precisos para la
jornada, propuso á su gente la necesidad en que estaba de ellos,
pidiéndoles por vía de préstamo el oro que habian adquirido en la
jornada para proveerse de lo necesario desde la ciudad de Coro y
consiguiólo con facilidad, como tambien la conduccion de todo lo
que envió á comprar; con que por no perder el tiempo de verano que
le restaba del año de treinta y siete, salió con su campo para el
valle de Bariquizimeto, donde lo dejaremos hasta su tiempo.