CAPÍTULO III
GOBIERNA EL DOCTOR INFANTE Á SANTA MARTA POR MUERTE DE GARCÍA DE
LERMA, Y EL ADELANTADO DON PEDRO DE HEREDIA DA PRINCIPIO Á LAS
CONQUISTAS DE CARTAGENA.
MUERTO García de Lerma y separados por esta causa los gobiernos
político y militar, que no quiso admitir Pedro de Lerma por pasarse
al Perú, donde lo guiaba su mala estrella á ser ejemplo infeliz de
la forma en que muere un hombre de valor á las manos de un cobarde,
se comenzaron luego á sentir tantos desafueros en la administración
y tratamiento de los indios, que estaban de paz, cuantos eran los
pretendientes de mejorar fortuna á costa de los miserables que
batallaban con la más adversa. De que resulté que los sucesos que
hasta allí se habian tenido por poco dichosos, pasasen luego á
infelices; pues conspirando los Bondas y Jeribocas al desagravio de
las estorsiones que experimentaban corno más cercanos, dieron
principio por este año de mil quinientos y treinta y dos al
designio que tenian premeditado con algunas muertes de negros y
españoles de los que en las huertas cercanas á la ciudad hallaron
desprevenidos. Ni esto era lo que más debia temerse, sino el
desérden con que la gente de guerra, roto casi el freno de la
obediencia y espoleada de la necesidad, corría á maquinar su reparo
con riesgo de las cabezas de la República y daño de los vecinos que
habian adquirido nigua caudal en las conquistas: perjuicio el uno,
y otro difícil de remediarse aun en caso que no estuviese el
gobierno militar en tantos cabos mal avetsidos, y el político en un
Alcalde á quien se lo dió el accidento de ser más antiguo. Todo al
fin era avenida de males, que cada hora crecian con la avilantés
que los indios cobraban del recelo que los nuestros tenian, y duró
hasta que por el mes de Septiembre arribó á Santa. Marta el doctor
Infante, Oidor de la isla española, á quien sus compañeros en
vacante graduaron de Capitan general, para que por muerte de García
de Lerma gobernase en el interin que le iba sucesor.
Por su Teniente general iba Antonio Bezos, hombre de valor y
experiencia, y entre otras personas llevé á Francisco de Figueredo,
que despues subió al Reino, donde casó con doña Eufrasia de Búrgos
Antolinez, y á Francisco Gutiérres de Murcia con tres hijos, de los
cuales al uno mataron allí los Tayronas, el otro murió subiendo con
Gonzalo Giménez de Quesada á la conquista del Nuevo Reino, y el
tercero, que tenia el mismo nombre del padre, casé en él con Luisa
Venero: y reparando á pocos dias en el desabrimiento que tenian, y
corrillos que continuaban hacer, así los soldados que halló en la
ciudad como los de Céspedes y San Martin, que ya eran vueltos de la
jornada del rio grande sin medra ni noticia alguna despues de
quince meses que gastaron en ella, y que de tales principios se
suelen recrecer motines no imaginados, dió parte de todo á su
Teniente general y al Capitan Cardoso, cuyo juicio tenia por
acertado en semejantes materias, y propuestos los fundamentos de su
sospecha les pidió le advirtiesen lo que debía disponer para el
reparo á que el Capitan Cardoso sucintamente le representó cuán
justamente recolaba los monstruosos efectos que suelo producir la
extrema necesidad cuando cae sobre gente de guerra: que la falta de
un Gobernador temido no la tenia ménos relajada en pocos dias, que
pudiera la ociosidad en muchos años, y que finalmente, no hallaba
remedio para un mal que habia de resultar de la union de muchos,
sino el de empollarlos divididos en diferentes facciones del país
donde el trabajo y la esperanza desvaneciesen aquella tempestad que
amagaba.; para lo cual convendría. mucho que partiese por mar el
Capitan Rivera con cincuenta hombres á la Ramada, y que sin
permitirles descanso ni tratar de averiguarles exceso alguno á los
Capitanes Céspedes y San Martín, saliesen al castigo de los Bondas,
pues de aquella nacion habia recibido el mayor daño la ciudad en la
vacante de García de Lerma.
Parecióle bien al doctor Infante la propuesta y ejecutése así,
aunque el Capitan Rivera con mal suceso y poca presa de indios
esclavos, que era eL fin de aquellas entradas, dió vuelta
brevemente á Santa Marta; pero los Capitanes Céspedes y San Martin,
aceptando con gusto la empresa, sacaron su gente á campaña, y
dejando emboscados los caballos á cargo de los Capitanes Cardoso y
Juan Tafur (que desabrido de las conquistas de Nombre de Dios i
Panamá, resolvió pasar á Santa Marta por este tiempo), fueron
marchando descubiertamente hácia el pueblo principal de Bónda, que
visto por los indios, salieron arrebatadamente al encuentro,
empeñándose más en ofender á nuestra infantería, miéntras ella más
cautamente se iba retrayendo hácia unas colinas ó mogotes rasos,
que dominaban las campañas de Bonda: hasta que llevados á la
emboscada fueron embestidos por un costado, y atropellados de los
caballos, que aprovechándose del buen terreno hicieron y mataron
muchos, y victoriosos con despojo considerable volvieron á la
ciudad, á donde no por este particular suceso se remedié el general
descontento que habia entre la gente de guerra, ántes trataban
algunos más vivamente de ausentarse, y murmuraban desacatadamente y
sin reboso del doctor Infante.
Este arrojo manifestado sin motivo ni ocasion que les diese, lo
ponía en temor de que aquella gente desesperada se le atreviese ó
desamparase, de suerte que la ciudad fuese perdida; pero como ya
tenia experimentadas las buenas disposiciones de Cardoso para el
reparo de semejantes peligros, consultóle de nuevo, y resolvióle
con su parecer á continuar la division de su gente en la misma
empresa de la Ramada, y en la entrada de los Caribes, donde fué
roto Pedro de Lerma i donde ni pudiesen coligarse ni valerse de la
ociosidad para los malos discursos y consultas, que entre milicias
mal pagadas suelen arrastrar peores consecuencias. Cuya ejecucion
remitida para el año siguiente, veremos despues de compendiar otras
particularidades dignas de saberse para claridad y lustre de la
historia, que acaecieron el mismo año: pues siendo el principal
asunto de este libro referir la conquista del Nuevo Reino de
Granada, no es posible escusar las que precedieron de las
provincias de Santa Marta, Venezuela, Popayan y Cartagena, así por
estar comprendidas en su círculo, como por haber sido estas cuatro
las que recibieron aquellos primeros raudales de gente española,
que guiados por diferentes conductos con poca antelacion de unos á
otros, inundaron despues todos los espacios de aquel Reino; en cuya
consideracion, habiendo entrado sucintamente en los acaecimientos
de la conquista de las dos provincias, necesitamos de pasar á la de
Cartagena, dejando para su tiempo la de Popayan, no ménos
famosa.
Para el intento es de saber que habiendo llegado D. Pedro de
Heredia á Santa Marta por Teniente general de Pedro Badillo, y
ejercitándose como dijimos en las guerras de aquella provincia con
créditos de buen Capitan, y reconocida la sustancia de las tierras
que están á sotavento de la otra parte del rio grande de la
Magdalena, tuvo ocasion, con la de haber cesado en su gobierno el
dicho Pedro Badillo, para volver á estos Reinos, donde en la
conformidad que por aquel tiempo corrían las capitulaciones de los
descubrimientos, la hizo con su majestad para el de la. provincia
de Calamari (que, llamó despues Nueva Andalucía) con todas las
domas tierras de Urabá comprendidas entro los dos poderosos rios de
la Magdalena y el Darien, que serán como ochenta leguas de costa la
tierra. adentro, teniendo á la equinoccial por término, que hoy se
ha reducido al de cien leguas por la parte que más se dilata en la
jurisdiccion de Simití, que viene á ser hasta los indios de
Tablada, que habitan sobre las barrancas del rio grande. Dada pues
esta provincia al Heredia en adelantamiento, con otras condiciones
comunes y entre ellas la de que pasase luego á descubrirla y
conquistarla con doscientos y cincuenta hombres á su costa,
facilitó brevemente la agregacion de los ciento y cincuenta; con
que remitida la leva de los restantes al cuidado del Capitan Juan
del Junco, natural del principado de Asturias, y navío para que los
condujese, partió de Sanlucar por este año de treinta y dos para la
Isla Española, donde socorrido de más gente y de víveres en la
Villa de Azua en que estaba hacendado, dispuso su navegacion en dos
navíos para la atravesía, de suerte que tomó el puerto de Calamarí,
que está en once grados escasos de la línea, á los quince de Enero
del año de mil quinientos y treinta y tres, entrando por aquella
parte que se llamó Boca grande, hasta que cerrada con las avenidas
de arena abrió el mar la entrada, que hoy sirve á las Armadas, y se
llama Boca chica.
Entre las personas de más lustre que D. Pedro de Heredia
llevaba, lo fueron Sebastian de Heredia, primo suyo, los Capitanes
Alonso de Montes Alvaro de Mendoza y lector de Bárros, portugues,
con dos hijos y un sobrino; Nuño de Castro, natural de Búrgos, que
despues pasó al Perú, donde fué Capitan de arcabuceros de Baca de
Castro en la batalla de Chupas; Pedro de Croces, Sebastian de Risa,
Vascongado, Juan Alonso Palomino, Antonio Bermúdez, que despues
subió al Reino; Gonzalo Fernández, Pedro de Alcázar, sevillano,
Pedro Martínez de Agramonte, Martin Yáñez Tafur y Juan de Viloria,
éste sobrino del Adelantado y el antecedente natural de, Córdoba,
que habiendo servido en Paria con Diego de Ordaz y Sedeño, pasaron
á Santo Domingo, y de allí á esta conquista y con ellos otros
compañeros de las mismas fortunas, como son Sebastian Pérez, Diego
Maldonado, natural de Salamanca, Juan de Peñalver, Julian de
Villégas, Gonzalo Ceron, Juan de Orita, Alonso López de Ayala, el
Capitan Hurones, Baptista Zimbron, el Bachiller Soria, Villafañe,
Bartolomé de Pórras Rivadeneira, Pinos, Montemayor y Alvarado, con
quienes así mismo iban de los que á Sebastian de Gabote se le
quedaron en Santo Domingo en el viaje de las Malucas, Francisco
César, de nacion portugues, los dos hermanos Valdivielsos, los dos
Hogacones, y otros buenos soldados de mar y tierra, como lo fueron
Gines Pinzon y Juan Gómez Cerezo, pilotos de las dos naos, sin que
se haya podido tener más noticia de los que faltan por nombrar, ó
por no haber dejado descendencia, ó por olvido que de ellos
tuvieron los historiadores.
Ancladas, pues, en el puerto las naos y desembarcada la gente,
trató luego D. Pedro de Heredia de elegir sitio para poblarse, y
pareciéndole el más á propósito el de Codego, isla pequeña
inmediatamente puesta á barlovento de Bocagrande, á quien cerca el
mar y costa brava por la parte del norte y por la de tierra un
brazo del mismo mar, que con flujos y reflujos la ciño y fosca
desde el puerto hasta la ciénega de Canopote, dió principio en ella
á los veinte y uno del dicho mes á la fundacion de una Villa, que
llamó Cartagena por la semejanza que tiene su puerto con el de
Cartagena de Levante, y con el tiempo ganó título de ciudad, cabeza
de Obispado, y gobierno y asiento de uno de los tres Tribunales de
inquisicion que hay en las Indias, y ha llegado á ser una de las
más hermosas y bien fortalecidas plazas que tiene la corona de
España; porque reconociendo su importancia para escalado sus
navegaciones á los Reinos de Tierra firme, respecto de que los
vendabales no impiden el viajo de Cartagena á Portobelo, ni las
brisas imposibilitan el de Portobelo á Cartagena; y siendo reputada
por llave de las Indias, no solamente para lo referido sino para la
guarda, férías y comercio del Nuevo Reino de Granada, pareció
necesario fortificarla con el precinto de valientes muros y
torreones coronados de gruesa artillería y de trescientas plazas.
Pero no bastando el ámbito de sus murallas á comprender el
crecimiento de la vecindad, dió lugar á gran parte de ella para que
pasase á poblar en otro isleo, puesto entre dos brazos del mar, que
hoy se llama Jejemaní, y se comunica con la principal parte de la
ciudad por un puente levadizo y una pequeña calzada hecha á mano,
donde surgen las canoas del trajín de mar. De que resulté haberse
de continuar otras fortificaciones, reductos y estacadas para
guarda de los costados de aquel burgo y la fuerza de la média luna,
que comienza desde la puerta de tierra y es una de las mas bien
delineadas que salieron de la idea y reglas que observé en la
escuela de Flandes aquel famoso Maese de campo Francisco de Murga,
que terminó sus hazañas gobernando esta plaza.
La guarda del puerto consiste principalmente en el famoso
Castillo que á la entrada de Bocachica ostenta la grandeza de su
fábrica repartida en cuatro baluartes, que hacen espaldas á otros
dos Castillos y una plataforma, que están dentro de la bahia; y por
la parte de tierra para el resguardo de una colina, que domina la
ciudad, está el Castillo de San Lázaro, obras todas de excelente
fábrica de piedra y cal, como tambien lo son la iglesia Catedral
(que erigió el año siguiente N. M. S. P. Clemente VII). Conventos y
casas de la ciudad en que habrá hasta mil y doscientos vecinos, y
entro ellos muchos de familias muy calificadas y de crecidos
caudales. Pues aunque la provincia no tiene más frutos en
abundancia que maíz, plátanos y pescado y estén exhaustos ya
algunos minerales de oro que tuvo en los asientos de Simití, San
Lúcas y el Guamocó, es tan poderoso el comercio continuado en aquel
puerto, que con poca inteligencia se adquiere la plata y oro, que
al cebo de sus férias y navegaciones derraman los forasteros.
Los naturales de la tierra, mal disciplinados en la pureza del
idioma español, lo pronuncian generalmente con aquellos resabios
que siempre participan de la gente de las cestas de Andalucía; y
aunque lo excelente de los genios y habilidades que muestran, se
esmera en penetrar la sutileza de los contratos, con todo eso en la
profesion de las armas y letras lo aplican de suerte que
trasplantados han servido de crédito lustroso á su patria, si bien
no excede la viveza y claridad de los muchos ingenios criados en el
recinto de la ciudad, á la que se ha experimentado en los criollos
de las demas partes de la provincia, que se compone de tres
ciudades, que son la de Cartagena, San Antonio de Toro y la de
Guamocó, y de otras tres villas, que son la de Santa Cruz de
Mompox, Santiago de Tolú y la de María, de cuyas fundaciones
trataremos en su lugar.
Fundada, pues, Cartagena, como dijimos, y asegurados en ella los
enfermos con la guarda de treinta infantes, trató luego el
Adelantado de salir á correr la tierra, y á poca distancia se puso
á vista del pueblo de Calamari, que o por llamaras así los
naturales, ó ser éste el nombre de su Cacique, se lo participaron á
la provincia, donde, aun no bien' enterado de la grandeza de la
poblacion, se halló acometido de sus vecinos con aquel primer
ímpetu que acostumbran en sus guazabaras: aunque rechazados
valerosamente necesitaron de retiraras á su pueblo buscando el
abrigo de la fuerte palizada, o cerca de árboles gruesos y
espinosos con que lo tenian ceñido, dando lugar á los nuestros para
que con el corto interes de algunos prisioneros pasasen á Canopote,
lugar más populoso, donde peleando no ménos valerosamente las
mujeres que los hombres, ellas con flechas envenenadas y ellos con
macanas tan fuertes, como probaron muchas rodelas despedazadas, se
resistieron basta tanto que, oprimidos del espanto de los caballos,
desampararon el campo dejando en él á muchos que, despues de
muertos, fueron los más vivos testigos de su valor; y á otros que,
vivos, padecieron la muerte de prisioneros, con quienes dio vuelta
el Adelantado á Cartagena, cuidadoso de hallar noticias de las
mejores ciudades de la provincia, para lo cual no excusaba
diligencia de agasajo ni de rigor de que no se valiese con los
prisioneros.
Habia entro ellos uno que aun tenia presentes las memorias del
mal suceso que en la misma provincia tuvo Alonso de Ojeda el año de
mil quinientos y diez, cuando para reconocerla con trescientos
hombres que echó en tierra, fué rechazado y herido. Y pareciéndole
que siendo mener el número de la gente de Heredia, no podria tener
más favorable fortuna, se ofreció á llevarlo donde bastantemente
dejase satisfechos sus deseos. Con esta noticia y por guía el mismo
que la daba, salieron luego de Cartagena los nuestros, siguiendo el
rumbo de la ciénaga de Tosca, tan conocido por su abundancia de
peces, hasta que habiendo pasado de los términos de su círculo,
dieron en tras montaña cerrada y ajena al parecer de que por allí
habitasen hombres, á no descubrir á trechos algunas sementeras
grandes de maiz; donde parándose la guía y dando señales de que
pretendia huir, empezó á llorar, afirmando que todos serian allí
muertos. Pero como el Adelantado era soldado práctico en las
guerras de Santa Marta y torda experimentadas semejantes
demostraciones en los indios que habia tratado, sin que lo
alterasen sus lágrimas, le dobló las guardas para que no se le
ausentase, como lo intentó á un cuarto de legua del belicoso pueblo
de Turbaco, célebre por sus aguas y grande por la vecindad que
torda, de cuya muchedumbre fechera, al extruendo de sus vecinas y
cajas, se vieron luego embestidos los españoles.
Este acometimiento, dispuesto así animosamente por los Turbacos,
en que flechando con la mayor ventaja que podian, así hombres como
mujeres, mostraron la destreza y coraje de su nacion, pudiera haber
sido muy perjudicial á los nuestros, si contra la multitud de loe
que guerreaban no prevaleciesen las ballestas y arcabuces, y lo que
fué más, los escaulpiles ó sayos de armas en que las flechas
quebrantaban su furia; y contra la disposición y ordenanza de las
mangas, que alternadamente entrando unas y saliendo otras,
sustentaban el peso de la batalla, no se reconociese la ventaja de
los caballos y lanzas que, rompiendo por sito tropas, las ponían en
manifiesto desórden, en que acreditaban muy bien Alvaro de Mendoza,
Sebastian de Heredia, Martin Yánes Tafur y Nuño de Castro, la razon
que tuvo el Adelantado para fiar de sus obligaciones semejante
empresa. Pues cargando reciamente en el más grueso batallen de los
indios, á que ayudaron mucho Juan de Viloria, Alonso de Montes,
Rector de Bárros y Francisco Cesar, desempeñando los nombres y
apellidos con el precio de su sangre y de la enemiga, los obligaron
á recogerse á Turbaco, que fortalecído con tres cercas de maderos
gruesos, fué inexpugnable defensa á los que en ella se abrigaron,
en tanto que ocurriendo otra gran multitud de indios auxiliares al
campo, pudieron cobrar ánimo para salir segunda vez á renovar la
batallas que no rehusando el Adelantado, se mezcló en lo más recio
de ella, animando con su ejemplo á los demas, que aunque fatigados
del primer encuentro, peleaban con tanto más coraje cuanto era
mayor el peligro en que por instantes los ponia el enemigo.
Quien más arriesgado se hallaba era D. Pedro de Heredia, porque
dividido de su gente y cercado de una muchedumbre inmensa de
flecheros que lo tenian por blanco, parecia un erizo, que librando
su defensa en la prueba del sayo de armas y último arresto de la
desesperacion, hacia maravillas: aunque todas quizá se hubieran
marchitado si al tiempo que embestido de dos gandules con los arcos
recogidos para flecharlo en el rostro ignoraba el peligro, no lo
socorriera Sebastian Pérez, que cortando la cuerda del uno con la
espada y atravesando el cuerpo del otro, ayudó á sacarlo de aquel,
riesgo y á retirar los deseas indios que le cercaban, de quienes el
Adelantado se habia defendido desde que se empezó la segunda
batalla; sin que se haga increíble semejante defensa de trescientos
indios en campaña, á quien supo matar juntos en Madrid tres
españoles en un desafio. Por otra parte, y al mismo tiempo que
pasaba lo referido, se peleaba fieramente por los indios con el
resto de la gente española, no siendo ménos sangrientos los sucesos
de los unos que de los otros, pues derramada mucha sangre,
proseguían todos con el mismo teson que empezaron; y aunque entre
los nuestros se señalaban Diego Maldonado, Julian de Villégas,
Antonio Bermúdez, Juan de Oritá, Sebástian de Risa, Valdivielso y
los que sustentaron el peso de la primera batalla, todas sus
hazañas no bastaban á obscurecer las que de parte de los indios se
obraban, fáciles de persuadir á los que haciendo recuerdo de la
entrada de los españoles de Ojeda en esta provincia saben que en la
primera batalla que dieron en esto mismo pueblo de Turbaco, una
india de veinte años maté por su mano ocho españoles, sin que en el
costo de tan grande hazaña gastase la mitad de las flechas de su
aljaba.
Así guerreaban, pues, los indios y españoles cuando el
Adelantado, viéndose solo con Sebastian Pérez y persuadido ó
receloso de que toda su gente era muerta, la fué á buscar á tiempo
que, dejando heridos más de treinta de los nuestros y muertos
algunos caballos, se habian retirado los enemigos, más cautelosos
que amedrentados, como se vió por la resulta, pues reforzados con
nueva multitud de bárbaros quepor momentos les acudian de la Tierra
adentro, renovaron tercera vez y con más furia la batalla, en que
más que nunca necesitaron los nuestros de fuerza y arte para
conseguir la victoria, tanto más famosa, cuanto más fatigada se
hallaba la gente española de batallar tantas veces con las tropas
que de refresco auxiliaban el campo contrario de los Turbacos, que
rotos finalmente y desbaratados dejaron el pueblo en poder de los
españoles, para que habiéndolo saqueado con presa de algun oro,
hamacas y bastimento, diesen vuelta á Cartagena á curar los
heridos, que fueron muchos, y de ellos no solamente murió
Villafañe, como por mal informado refiere el cronista Herrera, sino
algunos otros, sin los que perecieron en las tres batallas (segun
la tradicion corriente que hay de este suceso), que pasaron de
veinte; á cuyo tiempo, certificados los indios de la retirada de
los españoles, volvieron á Turbaco, y porque su poblacion no fuese
más cebo de la codicia española, le pusieron fuego, entre cuyas
llamas quedaron solamente las cenizas de su memoria.
Miéntras así corrían las conquistas de Cartagena, llegó á la
Isla Española la Nao, en que el Capitan Juan del Junco llevaba los
cien hombres de socorro al Adelantado D. Pedro de Heredia; pero
como las noticias de lo sucedido en Santa Marta tuviesen en cuidado
á los Oidores de aquella Audiencia, y mirasen al doctor Infante no
solamente como á hechura, sino como á compañero en cuyos buenos
sucesos afianzaban los aciertos de su gobierno, persuadieron tan
eficazmente á Juan del Junco á que fuese con aquella gente de
socorro á Santa Marta, que lo consiguieron, aunque no sin perjuicio
del Adelantado Heredia, á quien por el tiempo que llegó á Santa
Marta le hubiera aprovechado mucho á él, y allí solamente sirvió de
aumentar los recelos del doctor Infante, discurriendo cómo se
libraría de las alteraciones que amenazaban cien hombres de más, en
tierra falta de medios para sosegar á los que halló en ella. Pero
agraducido, sinembargo, á la fineza de Juan del Junco, y gobernado
por el consejo del Capitan Cardoso, despachó luego por mar la mitad
de la gente á la Ramada en dos compañías que llevaron á su cargo
los Capitanes Méndez y Juan de Rivera; y con la otra mitad dispuso
que saliese el Capitan Cardoso por tierra, bajando gran parte de la
Ciénega de Santa Marta contra los indios Argollas, nombrados así
por las que usaban de oro para ceñirse los cuerpos. Aunque
desembarcado el Capitan Rivera y remitido á la Española el navío en
que fué con la presa de indios que pudo hacer, y teniendo á su
cargo toda la gente, por haber muerto allí en la Ramada el Capitan
Méndez y no violentamente, como dice el cronista Herrera, sino de
achaque originado del mal temperamento, se hubo de pasar al campo
de Fedreman con Mateo Sánchez Rey, natural de Génova, y otros, no
ménos obligado de su trato afable que del impedimento que le
pusieron las crecientes dolos nos para volver á Santa Manta, como
diremos despues.
Suceso muy contrario fié el de Cardoso, pues habiendo marchado
quince leguas por el territorio de los Pepes hácia el rio grande y
llegado á descubrir, sin que lo sintiesen, la belicosa ciudad de
Posigueyca, dispuso una emboscada a sus moradores por la enemistad
connaturalizada desde el principio de la conquista que con ellos
tenia: y logróla como la pensó, pues saliendo al amanecer para sus
labores bien armados, dieron en la emboscada, donde sobresaltados
murieron muchos y los nuestros tuvieron lugar de irse retirando,
aunque seguidos poco despues rabiosamente de los Tayronas por los
muchos prisioneros que llevaba Cerdoso, y entre ellos á uno de sus
Caciques, con fin de hallar indios de paz, que no pudo conseguir ni
con los Argollas, pero si con los Mastes, que lo guiaron contra los
Agrias, donde los hombres son altos y hermosos y las mujeres
pequeñas y feas, con quienes tuvo algunos encuentros, de que
saliendo victorioso, volvió á los Mastes y atravesó las tierras de
los Caraybes sin detenerse con alguna de estas naciones derramadas
por las riberas y Ancones de aquella gran ciénega que se extiende
desde la boca que le abre el mar á siete leguas de Santa Marta
hasta las espaldas de la villa de Tenerife.
Pasada, pues, la provincia de los Caraybes y tratando Cardoso
de resolver sobre Santa Manta, necesitó de atravesar el país de los
Chimilas, nacion sujeta como las demas á los Tayronas, donde las
mujeres son hermosas tan generalmente, como los hombres robustos y
bien dispuestos, despreciadores de la paz y siempre cautelosos en
la guerra: de que procedió el recato con que el Capitan Cardoso
siempre iba peleando, sin soltar al Cacique prisionero, hasta que
atravesada la tierra del Chimila le dijo que para que viese el poco
caso que hacía de la guerra de Posigueyca se fuese luego libremente
llevando á su hermano consigo, que tambien iba preso, y tratase de
proseguir la guerra como pudiese, pues él iba resuelto á lo mismos;
pero que con todo eso siempre que pidiese paces vendría en ellas.
El Capitan, vista semejante galantería y reconociendo de la
generosidad del ánimo que la obraba, cuán léjos estaba de tener
miedo quien así aumentaba las fuerzas del enemigo, respondió cuerdo
que por lo tocante á él aceptaba y ofrecia la paz, pero que no
siendo más que un Cacique de los muchos de Posigueyca y habiendo
allí otros mayores, no se atrevia á ofrecerla generalmente, mas que
los hablaría y procuraría por todos medios ajustarla: ni queria
apartarse de su campo hasta verse cercano á su patria.
Vino en ello Cardoso, y en descubriendo las caserías de
Posigueyca, le dió un bonete de grana y otras preseas de Castilla,
con los prisioneros de su nacion, y lo despidió tan gustoso como
Cardoso lo podia quedar de haber obrado respectivamente lo que un
Felipe María supo hacer con un Rey de Nápoles y Aragon prisionero,
para que siempre lo aplaudiesen los mismos que puestos en la
ocasion no han sabido imitarle; y puesto en buen órden fué montando
la tierra sin que los indios (como tenian de costumbre) le
molestasen, ántes bien desde la cumbre de un montecillo lo
estuvieron mirando á tiempo que otro hermano del Cacique prisionero
le salió al camino con algun refresco y aseguró de que los Caciques
de los Tayronas se resolverian á hacer paces como se las guardasen
bien de parte de los españoles; para lo cual en la primera ocasion
saldria él en nombre de todos á tratar de ellas más de propósito.
Con que Cardoso despedido amigablemente y entrado ya el mes de
Marzo del año de mil quinientos y treinta y cuatro, prosiguió hasta
llegar á Santa Marta á gozar por alivio de sus trabajos la
reparticion de la presa que hizo entre toda la gente de guerra,
aunque nada bastaba á desterrar los recelos con que vivia el doctor
Infante, que aguardando por puntos nuevo Gobernador y discurriendo
que sería indecencia ajena de la Toga sujetarse á que lo
residenciase quien no la tuviese, determinó volver á Santo Domingo
al ejercicio de su plaza con el pretexto de que se hallaba enfermo,
y ejecutólo por fines de Agosto de este mismo año, dejando el
gobierno á su Teniente general Antonio Bezos para que lo
administrase en el ínterin que le iba sucesor.