CAPITULO II
LOS CAPITANES DE LERMA ACOMETEN Á POSIGUEYCA Y VUELVEN DERROTADOS.
-ENTRA EN PERSONA CONTRA EL VALLE DE COTO Y PIERDE LA EMPRESA Y
OTRAS QUE INTENTA HASTA QUE MUERE.
LAS continuadas desgracias de García de Lerma le tenian tan
congojado, que ni aun camino hallaba para desterrar de su gente
aquel desabrimiento en que le habian puesto las consideraciones del
incendio de la ciudad, y rotas padecidas en los encuentros de los
Caríbes y Posigueycas, y más cuando advertia señales de que algunos
pretendian desamparar la tierra, aunque se desvanecieron en parte
con ver que aplicados todos los vecinos á la reedificacion de la
ciudad, lo consiguieron brevemente por principios del año de mil
quinientos y treinta, y para no desmayar en semejante lance, ya que
no bastaba la fuerza, volvió el ánimo á solicitar paces con los
indios vecinos que se habian alzado en demostracion de que todos se
apartan de aquellos que van de caída consiguiólo con pocos, que le
dieron socorro contra los Tayronas, como fueron el Cacique de
Borda, que le auxilió con seiscientos flecheros, y el de Durcino
con casi otros tantos, que agregados á su gente española encaminó
contra Posigueyca, donde no atreviendose á subir al monto para
sitiada por el temor que reconoció en los indios auxiliares de
semejante facción, hubo de asentar su ejército en la tierra llana,
desde donde batió con los caballos las campañas vecinas; y habiendo
talado los sembrados y maizales, y quemado un pueblo, dió vuelta á
Santa Marta admirado del temor que su gente y los indios amigos
habian cobrado á los Tayronas, y pensando en esto y en los medios
que podría tener para recobrar reputación con ellos, ordenó á los
Capitanes Alonso Martin, Hernando de la Feria y Escobar, que dando
sobre Posigueyca al cuarto del alba, procurasen quemarla toda.
Prevenidos, pues, estos Capitanes con trescientos hombres,
salieron de Santa Marta al cerrar de la noche, y al romper del dia
se hallaron al pié de la sierra donde aquella belicosa ciudad
estaba fundada, corriendo con sus fábricas á la parte de arriba.
Dejaron en la tierra llana al Capitan Juan Muñoz de Collántes con
algunos caballos que los espaldeasen miéntras con la infantería
ganaban la parte de la sierra que dominaba la ciudad, lo cual no
pudo hacerse cumplidamente, así por haberse quedado medrosos ó
cansados algunos infantes, como por haber sido sentidos de los
Tayronas antes de ocupar toda la frente de la poblacion para darle
fuego á un tiempo: y así, viendo que amanecia y no atreviéndose á
pasar adelante, pusieron fuego á las primeras casas, que
derramándose por otras, abrasaron muchas en que pereció gran
cantidad de indios. Pero como la ciudad era tan populosa, fueron
acudiendo al rebato los Tayronas de otros barrios, que sin embargo
de lo bien que se empeñó el Capitan Escobar en ofenderles, y de las
voces con que los nuestros cantaban victoria, los fueron cargando y
apretando con tanto coraje (aunque de ellos morian más que de los
nuestros) que no solamente los hicieron cejar, sino bajar
desordenadamente al abrigo de los caballos, en que consistió el
salvarse todos por lo bien que la caballería y Capitan Muñoz, en
defensa de los suyos y daño de los enemigos, obraron aquel dia,
pues con su rechazo dieron lugar á que bien fatigados los nuestros
volviesen á Santa Marta, donde el Capitan Feria murió de las
heridas que sacó de la batalla, con ménos dicha que los Capitanes
Escobar y Alonso Martin, que sanaron de otras.
Con este mal suceso corrió el desconsuelo en todos, y para
divertirlo dispuso García de Lerma que luego saliesen cien hombres
al valle de Coto, que yace entre Posigueyca y Santa Marta, y en él
apresaron al señor de Cancequinque, á quien hizo poner en la cárcel
con orden de que le hiciesen todo el buen tratamiento posible, con
fin de ganar por su medio la amistad de otros Caciques, como se
juzgó de la promesa y concierto que luego hizo de que remitiéndolo
á su pueblo con algunos españoles, ajustaría con muchos la paz tan
deseada del Gobernador, á quien corresponderia de más con un buen
presente de oro. Creyólo así García de Lerma, y enviólo con ciento
y cincuenta, hombres á cargo del Capitan Villalobos, que iba por
cabo de los Capitanes Muñoz y Cardoso; pero llegados á una legua
del pueblo, y recelosos de lo que despues hallaron, hicieron alto
hasta la mañana, que habiendo llegado á otra población metida ya en
la sierra, á distancia de média legua de donde habian salido, se
detuvieron con ocasión de que pretendian refrescar la gente, en
cuyo interin despacharon dos hombres que reconociesen la tierra y
observasen las señales con que los recibian los indios, que
salieron tan malas como se colige de haber muerto el uno luego que
llegó y el pretendido hacer lo mismo con el otro, que de milagro
escapó, arrojándose por unos despeñaderos, hasta que llegó al campo
con el aviso, miéntras los enemigos, al estruendo de sus cornetas,
convocaban toda la gente del valle, tomando los pasos á toda
príesa, aunque mayor se la dieron los nuestros en ahorcar al
Cacique preso, y retirarse (aunque con mucho trabajo y peligro) á
Santa Marta, donde por aquel tiempo arribó el Capitan D. Francisco
Pizarro, (Que iba de Sevilla con gente para las conquistas del
Perú, que ya dejaba capituladas en esta Corte; y como á quien se
halla en la última necesidad todo se le hace lícito, como mire á su
interes, no se desdeñó García de Lerma de brindar á la gente de
Pizarro con el honroso empleo de la conquista en que se hallaba
metido, disponiendo que otros ponderasen en corrillos las
fantásticas empresas á que los conducian, para que pereciesen
miserablemente en tierras que no producían más alimento que
sabandijas, y tanto se empeñóe en ello, que logrando su pretensión
con algunos, llegó á noticia de Pizarro, quien luego apresuró su
viaje, porque no se le quedase más gente, aunque en desquite de
ella se llevó algunas personas de cuenta, como fueron los Capitanes
Juan de Escobar y Juan Muñoz de Collántes, que por mala fortuna que
encontrasen en el Perú, no le mirarian con el horror que á las
adversas que habian experimentado en Santa Marta.
Resonaban ya éstas por todas partes, y atentos como siempre los
vecinos de las Islas y Costas de Tierra firme á calificar los
créditos de los Cabos por la resulta de los sucesos, atribuian los
de García de Lerma á la mala disposición con que gobernaba la
guerra, aunque para sanarlos y desmentir la opinión que corría,
resolvió pedir nuevos socorros al Cacique de Bonda, y con ellos
entrar personalmente al valle de Coto, disponiendo la facción en
esta forma: Que los Capitanes Pedro de Lerma y Alonso Martin, con
los flecheros de Bonda, con todo recato para no ser sentidos,
caminasen de noche por la parte alta de la sierra, hasta que al
amanecer tuviesen ganadas las espaldas del valle, miéntras él con
la caballería, gobernada por los Capitanes Villalóbos, Cardoso y
Céspedes, marchaba por lo llano, hasta tomar en el pié de la sierra
algun paso acomodado para socorrer la infantería cuando bajase
acometiendo al enemigo. Y si preguntáramos á García de Lerma por
qué emprendia tantas veces á fuego y sangre esta guerra, quién duda
que respondiese que por la resistencia que hallaba en los indios
para admitir la Ley Evangélica; siendo así que ni se les predicaba
ni se les había predicado cuando estuvieron de paz, y que la causa
única era no tributarle de dia y de noche cañutillos de oro, ó á
falta de ellos dejarse cautivar para ser vendidos por esclavos en
las Islas de Barlovento. Pero volviendo á sus Capitanes, ejecutaron
las órdenes que les habia dado, y llegados al puesto, ocupó el
Gobernador un cerrillo en que hizo poner la compañía de Céspedes y
dos pedreros que había conducido para resguardo suyo y del Capitan
Cardoso, á quien ordenó ocupase otro pase más alto con Villalóbos y
el resto de la caballería, para que pudiese anticipadamente
socorrer á Pedro de Lerma.
Fuélo ejecutando así Cardoso de noche y tan á tiempo, que al
tomar el puesto desde el cual se descubrían todas las poblaciones
del valle, pudo ver con la primera luz del dia el buen orden con
que Pedro de Lerma y los Bondas bajaban poniendo fuego y abrasando
muchos pueblos; pero como eran tantos y la gente del valle mucha y
belicosa, fué hiriendo y cargando de suerte sobre la infantería de
indios y españoles, que la obligaron á irse retrayendo más que de
paso la cueste abajo con fin de ampararse de la caballería, que no
podia socorrerlos por la aspereza de la tierra y por no desamparar
los pasos que había tomado, hasta que con daño muy considerable
llegaron al sitio que ocupaba Cardoso, donde recogiendo á la grupa
los heridos y escoltando á los infantes con hacer rostro al
enemigo, pedieron retirarse hasta el cerrillo que ocupaba García de
Lerma, y de allí á la ciudad, llevando siempre los Tayronas á las
espaldas hasta que los lanzaron de todos sus términos. Ni esto fué
bastante para que García de Lerma desistiese de nuevas empresas,
como si el bracear contra la corriente de las desgracias no fuera
medio más proporcionado para encontrar el naufragio que la
seguridad. Partió con su campo á la Ramada, que estaba de paz, para
dar algun refresco á su gente que andaba mal contenta; y dentro de
pocos dias, eligiendo Teniente suyo á Villalóbos, lo despachó con
el Capitan Cardoso al valle de Upar (donde le habia repartido
indios á él y á otros catorce conquistadores) para que lo visitase
yo empadronase los pueblos y gente que en él hubiese, con fin de
reconocer si el apuntamiento habia sido justificado. Pero entrados
estos Capitanes al valle, hallaron todas sus poblaciones quemadas
desde el tránsito, que poco antes con detención de diez meses habia
hecho por él la gente de Coto con su General Ambrosio de Alfinger
sin que le moviese a templar su rigor la hermosura del valle y
docilidad de su gente, por cuya causa andaban fugitivos los
naturales, y los nuestros fueron obligados á correr la costa abajo
de Cesare, entrándose en la provincia de los Alcoholados (llamados
así por teñirse con tinta negra los remates de los párpados) que
desde las montañas de Garupar se extiende hasta confinar con los
Chimilas y gran ciénaga de Zapatosa, donde sintieron más el
trabajo, porque estando tambien talada y no hallándose maizales ni
frutas, eran forzados á sustentarse con venados que mataban y
lanzadas por la gran copia que de ellos hay en aquella tierra.
De allí pasaron hasta dar vista á una población del señor de
Tamalameque, fundada entónces de la otra parte del rio Cesáre, en
que juzgaron hallar descanso á sus fatigas, viendo que los indios
bien alhajados de chagualas los llamaban con ademanes que mostraban
Señales de paz; mas era muy otra su intención, pues las
demostraciones que hacian más eran para burlarse de sus miserias
que para aliviarlos de su trabajo, fiados en que no podrían pasar á
su pueblo respecto de no haber canoa en el rio en que poder hacerlo
que no tuviesen recogida en su puerto y que los caballos no serian
poderosos á vencer nadando la corriente del rio, como los de
Alfinger poco antes lo habían sido para pasar un brazo de la laguna
y llegar á un islote de ella en que se habían recogido. Los
españoles, persuadidos á que no podia caber cautela en el
ofrecimiento de aquellos bárbaros, pedianles embarcaciones pero
reparando Cardoso en que la respuesta era decirles por señas que
pasasen á nado con fin al parecer de matarlos al tomar tierra y que
con la falta de mantenimientos se hallaban de suerte apretados que
ni volver atrás podian, resolvió este valeroso portugues
(arrebatado del aprieto ó codicia) una acción digna de escribirse,
y fué arrojarse armado en su caballo al rio, que con asombro de los
indios lo sacó á la población de la otra ribera, donde hiriendo á
unos y amenazando á otros les obligó á dar y conducir canoas en que
la gente pasó y se alojó en ella por estar abundante de
víveres.
Recobrados los indios de su temor despues del suceso y comprada
con mucho oro poca seguridad, les representaron á sus huéspedes el
estado miserable en que se hallaba su Cacique Tamalameque, á quien
despues de haber tenido en prisiones otros españoles que allí
aportaron diez lunas antes, habia cautivado y quebrado los ojos el
señor de Zipuaza, pueblo fundado muy cerca del rio grande de la
Magdalena á orillas de la laguna de Zapatosa. Pedian demás, que
pues ya eran amigos, los ayudasen á recobrarlo y ponerlo en
libertad, en que vinieron con voluntad los nuestros, á quienes
dieron ciento y cincuenta indios que los guiasen por tierra; y
prevenidos ellos con una vistosa armada de trescientas y cincuenta
canoas llenas de gente, dieron á un tiempo por agua y tierra los
unos y otros sobre Zipuaza con tan buena suerte, que recobraron á
su Cacique, con quien ya los muchachos del lugar jugaban por
escarnio, que procuraron vengar robando cuanto hallaron de preseas
y joyas de que dieron buena parte á los españoles. Pero conociendo
éstos que aquella guerra le importaba poco, trataron de amistar á
los Tamalameques y Zipuasas, ofreciéndoles por convenio la
restitución de los hijos y mujeres de los unos y otros, que agradó
á todos, y ajustadas las naces, volvieron á la población de que
habían salido, á donde llegaron luego al siguiente dia cuatro
indios quejándose fingidamente de que llevando una buena partida de
oro para los españoles, se la habian quitado en el camino los que
iban con Ambrosio de Alfinger. Sintiéronlo mucho los de Villalóbos,
y tomando guias, partieron en su demanda, en que brevemente se
desengañaron de haber sido cautela de los indios para echarlos de
sus tierras, pues al reconocer las huellas parecieron de más tiempo
que de treinta dias. Tiene muchas trazas la necesidad y es gran
consejero de engaños el riesgo. Experimentolo asi Villalóbos; pero
hallándose en el camino, acordó dar vuelta á la Ramada y de allí á
Santa Marta, á donde ya era costumbre de la gente que salía á
semejantes entradas repartir entre sí el pillaje, reservando su
parte al Gobernador, como lo hicieron éstos para no exponerse á las
miserias que se padecían en la ciudad por falta de dinero, de que
se aumentaba el desabrimiento en la. gente de guerra, viéndose
fatigada y pobre, y habiendo entre ella hombres que en cualquiera
parte podian servir con provecho y satisfacción de su Rey, y más en
los Reinos del Perú, donde con las noticias que se divulgaban de su
riqueza, deseaban ir á probar ventura; y así, aunque por parte del
Gobernador se ganaban licencias y ponia todo cuidado en que no se
le fuesen, era tanto ya el horror que mostraban á aquel país, que
cuando pasaban navíos se arrojaban al mar para que los recogiesen,
como lo consiguieron muchos, y entre ellos los Capitanes Ponce y
Villalóbos, y otros hombres famosos que en el Perú dieron muestras
de su valor, aunque con malos fines. Pare remediar o divertir este
desorden, García de Lerma, con parecer de algunos noticiosos de que
caminando la tierra adentro al Sur se hallarian grandes riquezas,
acordó disponer una entrada por el rio grande de la Magdalena, y
por Febrero del año de mil quinientos y treinta y uno envió por
Cabo de la gente á un clérigo, que no he podido averiguar quién
fuese; pero si el que vivian los que se hallaban en Santa Marta, de
suerte que no se hacia distinción de ellos á los seculares para las
facciones. Por Maese de campo nombró á Quiñones, y por Capitanes á
Céspedes y San Martin, que con doscientos hombres salieron á la
jornada, en que á los diez dias murió el clérigo, dejando en su
lugar á los Capitanes arriba dichos, que con la gente pasaron el
rio en dos bergantines que les remitió su Gobernador para el
efecto.
Puestos así de la otra banda, dieron principio á su
descubrimiento, marchando siempre rio arriba, miéntras García de
Lerma, con la ocasión de haber arribado á Santa Marta con propio
navío Geronimo de Melo, caballero portugues, hermano de Antonio
Yusarte, á quien había dejado en Santo Domingo, dispuso que entrase
á descubrir y sondar el rio grande de la Magdalena, hasta aquel
tiempo temido para tal empresa por lo furioso de sus raudales, cosa
que muchas veces pretendió García de Lerma, y ningun piloto se
atrevió á ello. Pero con la buena disposición que halló en Melo,
dándole dos navíos y á Liaño y otro por pilotos, pudo conseguirlo;
pues aunque llegados á la barra del rio mostró gran temor la gente
de mar, amedrentada con la amenaza que el Capitan les hizo de que
mataría los pilotos y marineros si desmayaban, pasaron adelante y
subieron treinta y cinco leguas, rescatando siempre con los indios
de una y otra ribera; en cuyo tiempo aportó á Santa Marta Antonio
Yusarte en demanda del hermano, quien viendo que tardaba en volver,
pidio á García de Lerma le diese facultad para entrar á la Ramada,
lo cual hizo con gusto, dándolo alguna gente con el Capitan
Carranza, y órden para que la jornada fuese á la provincia de
Seturma, donde llegado, yendo y volviendo de los pueblos á la mar
con poco recato, fué muerto de los indios con los pocos que lo
escoltaban, aunque se defendió valerosamente en la refriega con un
montante: fatalidad que referida á Gerónimo de Melo despues de su
jornada, en que retardó tres meses, le ocasionó la muerte, siendo
entrambas anuncio fatal de la de García de Lerma, que se siguió á
los fines del año sin la prevención de sacramento alguno, con que
se terminaron aquellos deseos del tercer Gobernador de Santa Marta,
que no pudieron templar más de doscientos mil castellanos de oro
que adquirió en diferentes presas. Era este caballero uno de los
tres criados del palacio del Emperador, que en concurso de algunos
soldados fueron preferidos para diferentes conquistas y ni don
Pedro de Mendoza en el rio de la Plata, ni Felipe Gutiérrez en
Veragua, que fueron los otros dos, pudieron desmentir con sus obras
la imprudencia de elegir genios cortesanos para empleos que piden
espíritus guerreros.
No corria con ménos inconvenientes la conquista de los alemanes,
de que haremos breve compendio por haberla tratado con especial
cuidado fray Pedro Simón en la segunda noticia de la primera parte
de su historia de Tierra firme, para lo cual es de advertir que,
llegado Ambrosio de Alfinger con cuatrocientos hombres y cincuenta
caballos á la ciudad de Coto, que desde el silo de veintisiete
tenia fundada Juan de Ampuez (y desamparé retirándose á su isla de
Curazau luego que vió los despachos que llevaba Alfinger), continué
su poblacion, y dejando en olla á su Teniente general Bartolomé
Sayller, salió inmediatamente á la pacificación de las tierras de
Maracaibo con la mitad de la gente por tierra y la demas por agua
en diferentes canoas que labró, y una entre ellas, que conducia
setenta hombres y seis caballos, y bajando su gran laguna hizo en
los miserables indios de sus riberas todas aquellas hostilidades
que podian esperarse de quien era llevado de su codicie y llamado
de su patria para enriquecerla á costa de las vidas y caudales de
los que ni se defendian ni lo habían agraviado. Hasta que, llegado
á cierta ranchería dispuesta por la gente que fué por agua despues
que atravesó la laguna, ahorcó y afrentó á muchos hombres de valor,
sin que la necesidad que de ellos tenia lo reportase; para cuyo
reparo y dé otros muchos, que disgustados de semejante rigor lo
desamparaban, envió á Coto el pillaje de oro que había adquirido,
con mucho número de indios prisioneros, para que se vendiesen á
mercaderes que allí asistían enriquecidos con este trato, y para
que del uno y otro efecto le remitiesen gente y arman para la
jornada que pretendia hacer la tierra adentro. Ejecutóse así, y
socorrido con algunos infantes y caballos, reformé su campo, qué
constando ya de ciento y ochenta hombres útiles (dejados los
enfermos en la ranchería, de la cual nombré Teniente al Capitan
Vanégas), salió de allí año de mil quinientos y treinta, y
encaminado siempre al Poniente, atravesé la sierra de los Itotos,
que comunmente se llama del valle de Upar, hasta que dió en él,
donde, sin reparo de que pertenecia á la Gobernación de Santa
Marta, lo corrió todo, matando y robando á sus naturales, y lo que
fué más lastimoso, quemando sus poblaciones y sombrados, de suerte
que en más de treinta leguas de tierra que en él halló pobladas, no
encontré despues al Capitan Cardoso casa en pié en la entrada que
hizo el año siguiente.
Corrido así el valle de Upar por el Cesare abajo, llegó á las
provincias de los Poca buzos y Alcoholados, haciendo los mismos
estragos, y de allí arribando á la del Tamalameque que receloso del
daño que le amenazaba si caía en manos de aquella gente (segun las
noticias que de ella le habían dado sus confinantes), se retiró con
su gente y canoas á un islote de los que poco distantes de tierra
tiene la laguna de Zapatosa, pareciéndole que no serian poderosas
las artes y fuerzas españolas para llegar á ella; pero salióle tan
contrario el discurso, que apénas descubrieron desde Tierra firme
los nuestros las chagualas y orejeras con que los indios andaban en
la isla, cuando arrojandole al agua treinta caballos pasaron á
ella, donde cogiéndolos con asombro del suso y puestos en flaca
defensa, repitieron en ellos la cruel carnicería que acostumbraban,
siendo otros muchos los que perecieron lanzándose al agua. Fué
preso el Cacique, que se rescaté á fuerza de oro, y despojados y
rescatados otros muchos en más tiempo de diez inteses que estuvo
allí de asiento Ambrosio de Alfinger, hasta que arruinada ya la
provincia con tantos incendios y muertes, y de sustanciada con más
de cien mil castellanos de oro que hubo (y para no lograrse
heredaron el contagio de bis diez mil libras Tolosanas, que robé
Quinto del templo de Apolo que estaba en la Francia) la desamparé
tomando la vuelta del Leste, por donde a pesar de riesgos y
dificultades que padeció por la costa del rio grande, llegó hasta
el de Lebrija, y de allí subiendo á las sierras y bajando despues,
fué á salir al rio del Oro, del cual (malo grande el descubrimiento
que hizo de la provincia de Guane, por no seguirlo y ser primer
descubridor de la tierra de los Mozcas) revolvió á los páramos de
Cervitá mi la parte donde diez años despues llegó Hernan Pérez de
Quesada. en demanda de la casa del Sol, y de allí por no, seguir
diez leguas más su derrote á la parte del Sur, volvió á errar el
mismo descubrimiento que guardaba el cielo pasa otro, á elegir
deslumbrado la parte del Norte sin advertir que era la de
Maracaibo; en cuyo rumbo, perdiendo muchos de los suyos en
diferentes encuentros que tuvo con los indios de bicha, y no
pudiéndose contener en justiciar otros por la cruel inane de
Francisco del Castillo, su Maese de campo, llegó á penetrar el
valle de Chinácota, donde confiado de que lo resguardaba el temor
que de él tenian concebido los indios de aquel país, y lo más
cierto por no haber tirano que no tenga en el castigo su término,
se descuidó, de suerte que acometiéndole de repente los indios á
tiempo que separado de su gente consultaba algunos designios con
Esteban Martin, hombre ajustado á su genio, lo hirieron de suerte
que murió allí por el año de treinta. y dos, donde fué sepultado
dejando al valle su nombre por sobrenombre y padron perpetuo de sus
atrocidades.