INDICE





PROLOGO

NOTICIA BIOGRÁFICA DEL DR. FERNÁNDEZ PIEDRAHITA

DEDICATORIA Y APROBACIONES DE LA OBRA

LIBRO I

Capítulo I
Del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada

Capítulo II
En que se da noticia de sus provincias y primeros habitadores.

Capítulo III
De las costumbres, ritos y ceremonias que usaban los indios mozcas en su gentilidad.

Capítulo IV
De otras ceremonias y costumbres que tenian los mozcas, y de las procesiones que hacían.

Capítulo V
Del sitio y corte de Bogotá: majestad de sus reyes condiciones y forma de sucederse.

LIBRO II

Capítulo I
Saguanmáchica conquista los fusagasugaes, rompe la guerra con el Guatavita, que se ampara del Rey de Tunja...

Capítulo II
Hereda el zipa Nemequené, y castigada la rebelián de Fusagasugá, sujeta los caciques de Cipaquirá y Nemza.

Capítulo III
Asalta el Zipa la corte del Guatavita, revuelve contra el Ubaque y sujétalo.

Capítulo IV
Sujeta el Zipa la provincia de Ebaté, nombra en ella al hermano por su lugarteniente, á quien mata el Ubaque.

Capítulo V
Da leyes el Zipa en su reino y previénese de todo para la guerra de Tunja.

Capítulo VI
Refiérense los sitios y estado de las provincias de Tunja y Sogamoso, y hacen liga sus príncipes contra Neméquene.

Capítulo VII
En que se prosigue la materia del antecedente

Capítulo VIII
Danse vista los ejércitos del Zipa y el Tunja, y platican antes de la batalla.

Capítulo IX
Dáse la batalla, y casi vencida por Neméquene, muere en ella, herédalo Thysquesuzha, y prosigue la guerra.

LIBRO III

Capítulo I
Fúndase la ciudad de Santa Marta por Rodrigo Bastídas, á quien mata su teniente general en un motín.

Capítulo II
Los capitanes de Lerma acometen á Posigueica y vuelven derrotados.

Capítulo III
Gobierna el doctor Infante á Santa Marta por muerte de García de Lerma, y el adelantado don Pedro de Heredia da principio á las conquistas de Cartagena.

Capítulo IV
El adelantado Heredia prosigue la conquista de Cartagena

Capítulo V
Dáse el gobierno de Santa Marta á d. Pedro Fernández de Lugo. Prosigue la guerra con los indios de la sierra sin fruto…

LIBRO IV

Capítulo I
Benalcázar descubre a Popayán, y fundadas las villas de Cali y Timaná, prosigue en su descubrimiento

Capítulo II
El licenciado Badillo residencia á D. Pedro de Heredia en Cartagena:

Capítulo III
Vuelve el General Quesada por su Ejército á la Tora, Condúcelo hasta los umbrales del Nuevo Reino

Capítulo IV
Marcha Quesada por la provincia de Vélez, pasa á Guachetá y de allí á Suesca en demanda de Bogotá, con asombro general de los indios.

Capítulo V
Entra Quesada en el valle de los Alcázares, rompe el ejército de los Uzaques, pasa a Bogotá

LIBRO V

Capítulo I
Entra el capitán Céspedes en la provincia de los Panches por Tibacuy: plática  con el capitán del presidio de los Guechas…

Capítulo II
Sale Quesada de Bogotá para Somondoco en demanda de las minas de esmeraldas que descubre

Capítulo III
El Capitán San Martín tiene noticia de Tundama: descubre á Sogamoso y vuelve en busca del general Quesada...

Capítulo IV
Asalta Quesada el palacio del Rey de Tunja, á quien prende, y después de un breve combate saquea su corte con presa de los tesoros que no pudo ocultar.

Capítulo V
Marcha Quesada á Sogamoso, saquea la ciudad y quémase su templo. —vuelve á Tunja, y desamparándola por ir á la conquista de Neiva,

Capítulo VI
Repártese la presa entre los españoles: Asaltan después el cercado de un bosque donde matan a Tysquesusha sin conocerlo.

Capítulo VII
Acometen los Panches las fronteras de Bogotá, y entran Quesada y el Zipa al castigo con mal suceso en el primer encuentro

LIBRO VI

Capítulo I
Prende Quesada á Sacrezazipa por los tesoros del Zipa muerto, y promételos con engaño hasta lograr la muerte de sus émulos...

Capítulo II
Reparte Quesada otra presa de oro y esmeraldas: da principio á la fundación de Santafé...

Capítulo III
Dánle noticia á Quesada de las entradas de Benalcázar y de Fedremán en el reino...

Capítulo IV
Persuade á Quesada Benalcazar á que funde ciudades, y refiérese el estado y crecimiento á que ha llegado la ciudad de Santafé.

Capítulo V
El general Quesada baja á Cartagena con Benalcázar y Fedreman, dejando por teniente general del reino á Hernán Pérez, su hermano...

Capítulo VI
Gerónimo Lebrón forma ejército y armada; sale de santa marta para el reino...

Capítulo VII
Alonso Martín prende en el rio á Alonso jeque, y obligado de una armada enemiga, vence la batalla naval de Cesare...

LIBRO VII

Capítulo I
Tratase de la entrada que hizo Martín Galeano en el territorio de Coicomé y Agata, y de la que después hizo Juan Alonso de la Torre

Capítulo II
Sale Galeano á la conquista de Guane: mueve la guerra en Chalalá, y síguela con Mataregua hasta vencerlo en batalla...

Capítulo III
Agraviado Thisquizoque de la tiranía de Juan Gascon,  hace liga con el Saboya, toma las armas y le quita la vida...

Capítulo IV
Los tres generales pretenden la gobernación del Nuevo Reino y ninguno la consigue...

Capítulo V
Forma ejército Tundama y fortifícase contra Baltasar Maldonado...

Capítulo VI
Montalvo de Lugo entra en el Reino por los llanos, y el capitán Lanchero á la conquista de Muzo...

Capítulo VII
Esguazado el Cauca, prosigue Jorge Robledo sus descubrimientos hasta fundar la ciudad de Cartago.

LIBRO VIII

Capítulo I
Con la noticia de que se previene armada en Francia para las Indias, mandan al adelantado Lugo que vaya á su gobierno...

Capítulo II
Los Yalcones y Paeces toman las armas y matan á los capitanes Añasco y Osorio y despues a Juan de Ampudia...

Capítulo III
Rebelánse los Sutas y Simijacas, fortifícanse en unos peñoles, va contra ellos el Capitán Juan de Céspedes...

Capítulo IV
Rompen los Panches por las fronteras de los Mozcas...

Capítulo V
Prosigue su jornada Gerónimo Lebrón, con varios sucesos, hasta el valle de Opon...

Capítulo VI
Quesada y Lebrón compiten sobre el gobierno con riesgo de romper en batalla...

LIBRO IX

Capítulo I
Con la sospecha de que se rebela la provincia de Tunja...

Capítulo II
Vuelve á sus descubrimientos el capitán Jorge Robledo y con varias fortunas llega hasta la provincia de Hebéjico...

Capítulo III
Vuelto el Capitán Maldonado de la jornada de los palenques, sale Hernán Pérez de Quesada al descubrimiento del dorado con mal suceso...

Capítulo IV
El Ocabita y Lupachoque se fortifican en dos peñoles: ríndese Lupachoque por armas al Capitán Pineda y el Ocabita...

Capítulo V
El adelantado Lugo se previene para subir á Santafé : fúndase por su órden el Barbudo…

Capítulo VI
Pasa Robledo preso á estos reinos: Heredia y Benalcázar se apoderan alternadamente de Antioquia después que se fundó la ciudad de Arma...

LIBRO X

Capítulo I
La armada francesa de Roberto Baal sorprende á Santa Marta y Cartagena; y el adelantado Lugo prende al capitán Rondón...

Capítulo II
Felipe de Utre sale de coro á nuevos descubrimientos penetra los llanos hasta la punta de los Pardaos...

Capítulo III
Prende Lugo á los oficiales del Rey y á los quesadas: justicia al encomendero de Sáchica...

Capítulo IV
Destierra Lugo á los quesadas. —el Capitán Venégas descubre las primeras minas de oro, y funda la ciudad de Tocaima...

Capítulo V
Descubre Felipe de Utre los Omeguas, y véncelos en una batalla...

Capítulo VI
Lugo sale del reino para Castilla, y Armendariz entra en Cartagena...

Capítulo VII
Armendariz nombra por su teniente á pedro de Ursua en el reino y á Robledo en Antioquia...

LIBRO XI

Capítulo I
Concurren los visitadores Gasca y Armendariz en Santa Marta...

Capítulo II
Procede Armendariz contra el capitán Lanchero y otros conquistadores...

Capítulo III
Hacen mariscal del reino á Gonzalo Jiménez de Quesada...

Capítulo IV
Échanse los indios á las minas: tratase en el consejo de fundar audiencia en Santafé...

Capítulo V
Prosigue Armendariz en su gobierno: pónese real chancillería en Santafé...

Capítulo VI
Fúndanse las religiones de Santo Domingo y San Francisco en el Nuevo Reino...

Capítulo VII
Entra el mariscal Quesada en Santafé: descúbrese el páramo Rico de Pamplona...

Capítulo VIII
Entra Ursua en Muzo y puebla á Tudela: vuelve á Santafé y baja por justicia mayor de Santa Marta...

Capítulo IX
Rompe Ursua el ejército de los taironas en la batalla de los pasos de Rodrigo...

LIBRO XII

Capítulo I
Entra en Santafé el licenciado Juan de Montaño con la visita de la audiencia y residencia de Armendariz...

Capítulo II
Rebélase el Valle de las Lanzas, va Hernando de Salinas al castigo, funda la ciudad de Victoria...

Capítulo III
Prosigue Montaño en su visita; ajusticia á Pedro de Salcedo y á otros...

Capítulo IV
Armendariz baja preso á Cartagena para que allí le residencie Montaño.—el Capitán Avellaneda funda la ciudad de S. Juan de los Llanos...

Capítulo V
El capitan Diego García de Paredes funda la ciudad de Trujillo...

Capítulo VI
Vuelve el mariscal á Santafé con la provisión de nuevos oidores.—el licenciado Tomas López entra en la audiencia...

Capítulo VII
El Capitán Cristóbal Rodríguez Juarez funda la ciudad de Mérida.—Diego García de Paredes reedifica la de Trujillo...

Capítulo VIII
Previénese el Nuevo Reino para resistir al tirano Lope de Aguirre.—compéndiase lo que obró en la jornada del Marañon...

Capítulo IX
Fúndase la ciudad de S. Vigente de Paez.-múdase la de Trujillo. Muere García de Parédes y tratase de todo lo acaecido en las provincias del Nuevo Reino...
CAPITULO II
 


LOS CAPITANES DE LERMA ACOMETEN Á POSIGUEYCA Y VUELVEN DERROTADOS. -ENTRA EN PERSONA CONTRA EL VALLE DE COTO Y PIERDE LA EMPRESA Y OTRAS QUE INTENTA HASTA QUE MUERE.

LAS continuadas desgracias de García de Lerma le tenian tan congojado, que ni aun camino hallaba para desterrar de su gente aquel desabrimiento en que le habian puesto las consideraciones del incendio de la ciudad, y rotas padecidas en los encuentros de los Caríbes y Posigueycas, y más cuando advertia señales de que algunos pretendian desamparar la tierra, aunque se desvanecieron en parte con ver que aplicados todos los vecinos á la reedificacion de la ciudad, lo consiguieron brevemente por principios del año de mil quinientos y treinta, y para no desmayar en semejante lance, ya que no bastaba la fuerza, volvió el ánimo á solicitar paces con los indios vecinos que se habian alzado en demostracion de que todos se apartan de aquellos que van de caída consiguiólo con pocos, que le dieron socorro contra los Tayronas, como fueron el Cacique de Borda, que le auxilió con seiscientos flecheros, y el de Durcino con casi otros tantos, que agregados á su gente española encaminó contra Posigueyca, donde no atreviendose á subir al monto para sitiada por el temor que reconoció en los indios auxiliares de semejante facción, hubo de asentar su ejército en la tierra llana, desde donde batió con los caballos las campañas vecinas; y habiendo talado los sembrados y maizales, y quemado un pueblo, dió vuelta á Santa Marta admirado del temor que su gente y los indios amigos habian cobrado á los Tayronas, y pensando en esto y en los medios que podría tener para recobrar reputación con ellos, ordenó á los Capitanes Alonso Martin, Hernando de la Feria y Escobar, que dando sobre Posigueyca al cuarto del alba, procurasen quemarla toda.

Prevenidos, pues, estos Capitanes con trescientos hombres, salieron de Santa Marta al cerrar de la noche, y al romper del dia se hallaron al pié de la sierra donde aquella belicosa ciudad estaba fundada, corriendo con sus fábricas á la parte de arriba. Dejaron en la tierra llana al Capitan Juan Muñoz de Collántes con algunos caballos que los espaldeasen miéntras con la infantería ganaban la parte de la sierra que dominaba la ciudad, lo cual no pudo hacerse cumplidamente, así por haberse quedado medrosos ó cansados algunos infantes, como por haber sido sentidos de los Tayronas antes de ocupar toda la frente de la poblacion para darle fuego á un tiempo: y así, viendo que amanecia y no atreviéndose á pasar adelante, pusieron fuego á las primeras casas, que derramándose por otras, abrasaron muchas en que pereció gran cantidad de indios. Pero como la ciudad era tan populosa, fueron acudiendo al rebato los Tayronas de otros barrios, que sin embargo de lo bien que se empeñó el Capitan Escobar en ofenderles, y de las voces con que los nuestros cantaban victoria, los fueron cargando y apretando con tanto coraje (aunque de ellos morian más que de los nuestros) que no solamente los hicieron cejar, sino bajar desordenadamente al abrigo de los caballos, en que consistió el salvarse todos por lo bien que la caballería y Capitan Muñoz, en defensa de los suyos y daño de los enemigos, obraron aquel dia, pues con su rechazo dieron lugar á que bien fatigados los nuestros volviesen á Santa Marta, donde el Capitan Feria murió de las heridas que sacó de la batalla, con ménos dicha que los Capitanes Escobar y Alonso Martin, que sanaron de otras.

Con este mal suceso corrió el desconsuelo en todos, y para divertirlo dispuso García de Lerma que luego saliesen cien hombres al valle de Coto, que yace entre Posigueyca y Santa Marta, y en él apresaron al señor de Cancequinque, á quien hizo poner en la cárcel con orden de que le hiciesen todo el buen tratamiento posible, con fin de ganar por su medio la amistad de otros Caciques, como se juzgó de la promesa y concierto que luego hizo de que remitiéndolo á su pueblo con algunos españoles, ajustaría con muchos la paz tan deseada del Gobernador, á quien corresponderia de más con un buen presente de oro. Creyólo así García de Lerma, y enviólo con ciento y cincuenta, hombres á cargo del Capitan Villalobos, que iba por cabo de los Capitanes Muñoz y Cardoso; pero llegados á una legua del pueblo, y recelosos de lo que despues hallaron, hicieron alto hasta la mañana, que habiendo llegado á otra población metida ya en la sierra, á distancia de média legua de donde habian salido, se detuvieron con ocasión de que pretendian refrescar la gente, en cuyo interin despacharon dos hombres que reconociesen la tierra y observasen las señales con que los recibian los indios, que salieron tan malas como se colige de haber muerto el uno luego que llegó y el pretendido hacer lo mismo con el otro, que de milagro escapó, arrojándose por unos despeñaderos, hasta que llegó al campo con el aviso, miéntras los enemigos, al estruendo de sus cornetas, convocaban toda la gente del valle, tomando los pasos  á toda príesa, aunque mayor se la dieron los nuestros en ahorcar al Cacique preso, y retirarse (aunque con mucho trabajo y peligro) á Santa Marta, donde por aquel tiempo arribó el Capitan D. Francisco Pizarro, (Que iba de Sevilla con gente para las conquistas del Perú, que ya dejaba capituladas en esta Corte; y como á quien se halla en la última necesidad todo se le hace lícito, como mire á su interes, no se desdeñó García de Lerma de brindar á la gente de Pizarro con el honroso empleo de la conquista en que se hallaba metido, disponiendo que otros ponderasen en corrillos las fantásticas empresas á que los conducian, para que pereciesen miserablemente en tierras que no producían más alimento que sabandijas, y tanto se empeñóe en ello, que logrando su pretensión con algunos, llegó á noticia de Pizarro, quien luego apresuró su viaje, porque no se le quedase más gente, aunque en desquite de ella se llevó algunas personas de cuenta, como fueron los Capitanes Juan de Escobar y Juan Muñoz de Collántes, que por mala fortuna que encontrasen en el Perú, no le mirarian con el horror que á las adversas que habian experimentado en Santa Marta.

Resonaban ya éstas por todas partes, y atentos como siempre los vecinos de las Islas y Costas de Tierra firme á calificar los créditos de los Cabos por la resulta de los sucesos, atribuian los de García de Lerma á la mala disposición con que gobernaba la guerra, aunque para sanarlos y desmentir la opinión que corría, resolvió pedir nuevos socorros al Cacique de Bonda, y con ellos entrar personalmente al valle de Coto, disponiendo la facción en esta forma: Que los Capitanes Pedro de Lerma y Alonso Martin, con los flecheros de Bonda, con todo recato para no ser sentidos, caminasen de noche por la parte alta de la sierra, hasta que al amanecer tuviesen ganadas las espaldas del valle, miéntras él con la caballería, gobernada por los Capitanes Villalóbos, Cardoso y Céspedes, marchaba por lo llano, hasta tomar en el pié de la sierra algun paso acomodado para socorrer la infantería cuando bajase acometiendo al enemigo. Y si preguntáramos á García de Lerma por qué emprendia tantas veces á fuego y sangre esta guerra, quién duda que respondiese que por la resistencia que hallaba en los indios para admitir la Ley Evangélica; siendo así que ni se les predicaba ni se les había predicado cuando estuvieron de paz, y que la causa única era no tributarle de dia y de noche cañutillos de oro, ó á falta de ellos dejarse cautivar para ser vendidos por esclavos en las Islas de Barlovento. Pero volviendo á sus Capitanes, ejecutaron las órdenes que les habia dado, y llegados al puesto, ocupó el Gobernador un cerrillo en que hizo poner la compañía de Céspedes y dos pedreros que había conducido para resguardo suyo y del Capitan Cardoso, á quien ordenó ocupase otro pase más alto con Villalóbos y el resto de la caballería, para que pudiese anticipadamente socorrer á Pedro de Lerma.

Fuélo ejecutando así Cardoso de noche y tan á tiempo, que al tomar el puesto desde el cual se descubrían todas las poblaciones del valle, pudo ver con la primera luz del dia el buen orden con que Pedro de Lerma y los Bondas bajaban poniendo fuego y abrasando muchos pueblos; pero como eran tantos y la gente del valle mucha y belicosa, fué hiriendo y cargando de suerte sobre la infantería de indios y españoles, que la obligaron á irse retrayendo más que de paso la cueste abajo con fin de ampararse de la caballería, que no podia socorrerlos por la aspereza de la tierra y por no desamparar los pasos que había tomado, hasta que con daño muy considerable llegaron al sitio que ocupaba Cardoso, donde recogiendo á la grupa los heridos y escoltando á los infantes con hacer rostro al enemigo, pedieron retirarse hasta el cerrillo que ocupaba García de Lerma, y de allí á la ciudad, llevando siempre los Tayronas á las espaldas hasta que los lanzaron de todos sus términos. Ni esto fué bastante para que García de Lerma desistiese de nuevas empresas, como si el bracear contra la corriente de las desgracias no fuera medio más proporcionado para encontrar el naufragio que la seguridad. Partió con su campo á la Ramada, que estaba de paz, para dar algun refresco á su gente que andaba mal contenta; y dentro de pocos dias, eligiendo Teniente suyo á Villalóbos, lo despachó con el Capitan Cardoso al valle de Upar (donde  le habia repartido indios á él y á otros catorce conquistadores) para que lo visitase yo empadronase los pueblos y gente que en él hubiese, con fin de reconocer si el apuntamiento habia sido justificado. Pero entrados estos Capitanes al valle, hallaron todas sus poblaciones quemadas desde el tránsito, que poco antes con detención de diez meses habia hecho por él la gente de Coto con su General Ambrosio de Alfinger sin que le moviese a templar su rigor la hermosura del valle y docilidad de su gente, por cuya causa andaban fugitivos los naturales, y los nuestros fueron obligados á correr la costa abajo de Cesare, entrándose en la provincia de los Alcoholados (llamados así por teñirse con tinta negra los remates de los párpados) que desde las montañas de Garupar se extiende hasta confinar con los Chimilas y gran ciénaga de Zapatosa, donde sintieron más el trabajo, porque estando tambien talada y no hallándose maizales ni frutas, eran forzados á sustentarse con venados que mataban y lanzadas por la gran copia que de ellos hay en aquella tierra.

De allí pasaron hasta dar vista á una población del señor de Tamalameque, fundada entónces de la otra parte del rio Cesáre, en que juzgaron hallar descanso á sus fatigas, viendo que los indios bien alhajados de chagualas los llamaban con ademanes que mostraban Señales de paz; mas era muy otra su intención, pues las demostraciones que hacian más eran para burlarse de sus miserias que para aliviarlos de su trabajo, fiados en que no podrían pasar á su pueblo respecto de no haber canoa en el rio en que poder hacerlo que no tuviesen recogida en su puerto y que los caballos no serian poderosos á vencer nadando la corriente del rio, como los de Alfinger poco antes lo habían sido para pasar un brazo de la laguna y llegar á un islote de ella en que se habían recogido. Los españoles, persuadidos á que no podia caber cautela en el ofrecimiento de aquellos bárbaros, pedianles embarcaciones pero reparando Cardoso en que la respuesta era decirles por señas que pasasen á nado con fin al parecer de matarlos al tomar tierra y que con la falta de mantenimientos se hallaban de suerte apretados que ni volver atrás podian, resolvió este valeroso portugues (arrebatado del aprieto ó codicia) una acción digna de escribirse, y fué arrojarse armado en su caballo al rio, que con asombro de los indios lo sacó á la población de la otra ribera, donde hiriendo á unos y amenazando á otros les obligó á dar y conducir canoas en que la gente pasó y se alojó en ella por estar abundante de víveres.

Recobrados los indios de su temor despues del suceso y comprada con mucho oro poca seguridad, les representaron á sus huéspedes el estado miserable en que se hallaba su Cacique Tamalameque, á quien despues de haber tenido en prisiones otros españoles que allí aportaron diez lunas antes, habia cautivado y quebrado los ojos el señor de Zipuaza, pueblo fundado muy cerca del rio grande de la Magdalena á orillas de la laguna de Zapatosa. Pedian demás, que pues ya eran amigos, los ayudasen á recobrarlo y ponerlo en libertad, en que vinieron con voluntad los nuestros, á quienes dieron ciento y cincuenta indios que los guiasen por tierra; y prevenidos ellos con una vistosa armada de trescientas y cincuenta canoas llenas de gente, dieron á un tiempo por agua y tierra los unos y otros sobre Zipuaza con tan buena suerte, que recobraron á su Cacique, con quien ya los muchachos del lugar jugaban por escarnio, que procuraron vengar robando cuanto hallaron de preseas y joyas de que dieron buena parte á los españoles. Pero conociendo éstos que aquella guerra le importaba poco, trataron de amistar á los Tamalameques y Zipuasas, ofreciéndoles por convenio la restitución de los hijos y mujeres de los unos y otros, que agradó á todos, y ajustadas las naces, volvieron á la población de que habían salido, á donde llegaron luego al siguiente dia cuatro indios quejándose fingidamente de que llevando una buena partida de oro para los españoles, se la habian quitado en el camino los que iban con Ambrosio de Alfinger. Sintiéronlo mucho los de Villalóbos, y tomando guias, partieron en su demanda, en que brevemente se desengañaron de haber sido cautela de los indios para echarlos de sus tierras, pues al reconocer las huellas parecieron de más tiempo que de treinta dias. Tiene muchas trazas la necesidad y es gran consejero de engaños el riesgo. Experimentolo asi Villalóbos; pero hallándose en el camino, acordó dar vuelta á la Ramada y de allí á Santa Marta, á donde ya era costumbre de la gente que salía á semejantes entradas repartir entre sí el pillaje, reservando su parte al Gobernador, como lo hicieron éstos para no exponerse á las miserias que se padecían en la ciudad por falta de dinero, de que se aumentaba el desabrimiento en la. gente de guerra, viéndose fatigada y pobre, y habiendo entre ella hombres que en cualquiera parte podian servir con provecho y satisfacción de su Rey, y más en los Reinos del Perú, donde con las noticias que se divulgaban de su riqueza, deseaban ir á probar ventura; y así, aunque por parte del Gobernador se ganaban licencias y ponia todo cuidado en que no se le fuesen, era tanto ya el horror que mostraban á aquel país, que cuando pasaban navíos se arrojaban al mar para que los recogiesen, como lo consiguieron muchos, y entre ellos los Capitanes Ponce y Villalóbos, y otros hombres famosos que en el Perú dieron muestras de su valor, aunque con malos fines. Pare remediar o divertir este desorden, García de Lerma, con parecer de algunos noticiosos de que caminando la tierra adentro al Sur se hallarian grandes riquezas, acordó disponer una entrada por el rio grande de la Magdalena, y por Febrero del año de mil quinientos y treinta y uno envió por Cabo de la gente á un clérigo, que no he podido averiguar quién fuese; pero si el que vivian los que se hallaban en Santa Marta, de suerte que no se hacia distinción de ellos á los seculares para las facciones. Por Maese de campo nombró á Quiñones, y por Capitanes á Céspedes y San Martin, que con doscientos hombres salieron á la jornada, en que á los diez dias murió el clérigo, dejando en su lugar á los Capitanes arriba dichos, que con la gente pasaron el rio en dos bergantines que les remitió su Gobernador para el efecto.

Puestos así de la otra banda, dieron principio á su descubrimiento, marchando siempre rio arriba, miéntras García de Lerma, con la ocasión de haber arribado á Santa Marta con propio navío Geronimo de Melo, caballero portugues, hermano de Antonio Yusarte, á quien había dejado en Santo Domingo, dispuso que entrase á descubrir y sondar el rio grande de la Magdalena, hasta aquel tiempo temido para tal empresa por lo furioso de sus raudales, cosa que muchas veces pretendió García de Lerma, y ningun piloto se atrevió á ello. Pero con la buena disposición que halló en Melo, dándole dos navíos y á Liaño y otro por pilotos, pudo conseguirlo; pues aunque llegados á la barra del rio mostró gran temor la gente de mar, amedrentada con la amenaza que el Capitan les hizo de que mataría los pilotos y marineros si desmayaban, pasaron adelante y subieron treinta y cinco leguas, rescatando siempre con los indios de una y otra ribera; en cuyo tiempo aportó á Santa Marta Antonio Yusarte en demanda del hermano, quien viendo que tardaba en volver, pidio á García de Lerma le diese facultad para entrar á la Ramada, lo cual hizo con gusto, dándolo alguna gente con el Capitan Carranza, y órden para que la jornada fuese á la provincia de Seturma, donde llegado, yendo y volviendo de los pueblos á la mar con poco recato, fué muerto de los indios con los pocos que lo escoltaban, aunque se defendió valerosamente en la refriega con un montante: fatalidad que referida á Gerónimo de Melo despues de su jornada, en que retardó tres meses, le ocasionó la muerte, siendo entrambas anuncio fatal de la de García de Lerma, que se siguió á los fines del año sin la prevención de sacramento alguno, con que se terminaron aquellos deseos del tercer Gobernador de Santa Marta, que no pudieron templar más de doscientos mil castellanos de oro que adquirió en diferentes presas. Era este caballero uno de los tres criados del palacio del Emperador, que en concurso de algunos soldados fueron preferidos para diferentes conquistas y ni don Pedro de Mendoza en el rio de la Plata, ni Felipe Gutiérrez en Veragua, que fueron los otros dos, pudieron desmentir con sus obras la imprudencia de elegir genios cortesanos para empleos que piden espíritus guerreros.

No corria con ménos inconvenientes la conquista de los alemanes, de que haremos breve compendio por haberla tratado con especial cuidado fray Pedro Simón en la segunda noticia de la primera parte de su historia de Tierra firme, para lo cual es de advertir que, llegado Ambrosio de Alfinger con cuatrocientos hombres y cincuenta caballos á la ciudad de Coto, que desde el silo de veintisiete tenia fundada Juan de Ampuez (y desamparé retirándose á su isla de Curazau luego que vió los despachos que llevaba Alfinger), continué su poblacion, y dejando en olla á su Teniente general Bartolomé Sayller, salió inmediatamente á la pacificación de las tierras de Maracaibo con la mitad de la gente por tierra y la demas por agua en diferentes canoas que labró, y una entre ellas, que conducia setenta hombres y seis caballos, y bajando su gran laguna hizo en los miserables indios de sus riberas todas aquellas hostilidades que podian esperarse de quien era llevado de su codicie y llamado de su patria para enriquecerla á costa de las vidas y caudales de los que ni se defendian ni lo habían agraviado. Hasta que, llegado á cierta ranchería dispuesta por la gente que fué por agua despues que atravesó la laguna, ahorcó y afrentó á muchos hombres de valor, sin que la necesidad que de ellos tenia lo reportase; para cuyo reparo y dé otros muchos, que disgustados de semejante rigor lo desamparaban, envió á Coto el pillaje de oro que había adquirido, con mucho número de indios prisioneros, para que se vendiesen á mercaderes que allí asistían enriquecidos con este trato, y para que del uno y otro efecto le remitiesen gente y arman para la jornada que pretendia hacer la tierra adentro. Ejecutóse así, y socorrido con algunos infantes y caballos, reformé su campo, qué constando ya de ciento y ochenta hombres útiles (dejados los enfermos en la ranchería, de la cual nombré Teniente al Capitan Vanégas), salió de allí año de mil quinientos y treinta, y encaminado siempre al Poniente, atravesé la sierra de los Itotos, que comunmente se llama del valle de Upar, hasta que dió en él, donde, sin reparo de que pertenecia á la Gobernación de Santa Marta, lo corrió todo, matando y robando á sus naturales, y lo que fué más lastimoso, quemando sus poblaciones y sombrados, de suerte que en más de treinta leguas de tierra que en él halló pobladas, no encontré despues al Capitan Cardoso casa en pié en la entrada que hizo el año siguiente.

Corrido así el valle de Upar por el Cesare abajo, llegó á las provincias de los Poca buzos y Alcoholados, haciendo los mismos estragos, y de allí arribando á la del Tamalameque que receloso del daño que le amenazaba si caía en manos de aquella gente (segun las noticias que de ella le habían dado sus confinantes), se retiró con su gente y canoas á un islote de los que poco distantes de tierra tiene la laguna de Zapatosa, pareciéndole que no serian poderosas las artes y fuerzas españolas para llegar á ella; pero salióle tan contrario el discurso, que apénas descubrieron desde Tierra firme los nuestros las chagualas y orejeras con que los indios andaban en la isla, cuando arrojandole al agua treinta caballos pasaron á ella, donde cogiéndolos con asombro del suso y puestos en flaca defensa, repitieron en ellos la cruel carnicería que acostumbraban, siendo otros muchos los que perecieron lanzándose al agua. Fué preso el Cacique, que se rescaté á fuerza de oro, y despojados y rescatados otros muchos en más tiempo de diez inteses que estuvo allí de asiento Ambrosio de Alfinger, hasta que arruinada ya la provincia con tantos incendios y muertes, y de sustanciada con más de cien mil castellanos de oro que hubo (y para no lograrse heredaron el contagio de bis diez mil libras Tolosanas, que robé Quinto del templo de Apolo que estaba en la Francia) la desamparé tomando la vuelta del Leste, por donde a pesar de riesgos y dificultades que padeció por la costa del rio grande, llegó hasta el de Lebrija, y de allí subiendo á las sierras y bajando despues, fué á salir al rio del Oro, del cual (malo grande el descubrimiento que hizo de la provincia de Guane, por no seguirlo y ser primer descubridor de la tierra de los Mozcas) revolvió á los páramos de Cervitá mi la parte donde diez años despues llegó Hernan Pérez de Quesada. en demanda de la casa del Sol, y de allí por no, seguir diez leguas más su derrote á la parte del Sur, volvió á errar el mismo descubrimiento que guardaba el cielo pasa otro, á elegir deslumbrado la parte del Norte sin advertir que era la de Maracaibo; en cuyo rumbo, perdiendo muchos de los suyos en diferentes encuentros que tuvo con los indios de bicha, y no pudiéndose contener en justiciar otros por la cruel inane de Francisco del Castillo, su Maese de campo, llegó á penetrar el valle de Chinácota, donde confiado de que lo resguardaba el temor que de él tenian concebido los indios de aquel país, y lo más cierto por no haber tirano que no tenga en el castigo su término, se descuidó, de suerte que acometiéndole de repente los indios á tiempo que separado de su gente consultaba algunos designios con Esteban Martin, hombre ajustado á su genio, lo hirieron de suerte que murió allí por el año de treinta. y dos, donde fué sepultado dejando al valle su nombre por sobrenombre y padron perpetuo de sus atrocidades.

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