LIBRO
TERCERO
Trátase de las primeras conquistas de Santa Maria, hechas por
Rodrigo Bastidas, García de Lerma y Pedro Badillo. Entra en el
gobierno el Adelantado de Canaria, que sigue la guerra con los
Tayronas. Nombra á don Gonzalo Giménez de Quesada para nuevos
descubrimientos, que sale con el ejército por tierra y Armada de
bergantines por el rio de la Magdalena hasta el pueblo dé la Tora,
desde donde descubre el Nuevo Reino de Granada.
CAPITULO I
FÚNDASE LA CIUDAD DE SANTA MARTA POR RODRIGO BASTÍDAS, Á QUIEN MATA
SU TENIENTE GENERAL EN UN MOTIN. SUCÉDELE EN EL CARGO GARCÍA DE
LERMA, QUE SIGUE LA GUERRA DE LOS TAYRONAS CON MALA FORTUNA.
CÓMPRANSE las felicidades á precio de muchos desvelos, y la
constancia en los trabajos es la que abro camino á ilustres
progresos; porque el teson en las fatigas es medio que tiene por
fin el descanso. Ninguno tan costeado por sufrimientos y afanes,
como el que produjo la conquista del Nuevo Reino de Granada, hecha
por los españoles (no sé que trasplantados perdiesen el nombre y la
naturaleza). Sirvióles el descubrimiento de escuela para desdichas,
y no tiene que extrañarlas quien las hereda: y si el referir
miserias pudiera granjear atención á sus méritos, muy por menor las
ternura á su cuenta la pluma, habiendo sido tan grande; pero llegan
tan cansados los ecos de un mundo á otro, que solo sirven de
testigos en la distribucion que se hace ámeritos forasteros de los
premios, que corresponden á servicios naturales. Diré solamente lo
que bastare para coger hilo en la historia que sigo: y volviendo á
lo que muchos escritores refieren, es de advertir que descubiertas
las Indias por el Almirante Cristóbal Colon, y continuadas algunas
navegaciones á ellas por los españoles, eligieron dos puertos en
Tierra firme, que sirviesen de escalas para las primeras
conquistas: éstos fueron el de Panamá, puerto en el mar del sur, de
donde salió el marqués don Francisco Pizarro á descubrir y
conquistar en el Perú el más rico Imperio del orbe; y el otro
puerto fué el de Santa Marta, que descubrió de paso Cristóbal Colon
en el cuarto viaje que hizo á las Indias, y despues con más cuidado
Rodrigo Bastidas, natural de Sevilla, corriendo la costa de Tierra
firme desde el cabo de la Vela hasta el puerto del Retrete de la
ensenada de Urabá, donde despues se fundó la ciudad de Nombre de
Dios.
Habiendo, empero, servido este puerto de Santa Marta de plaza de
armas para la conquista del Nuevo Reino de Granada, será forzoso
advertir que, vuelto á Castilla este Rodrigo Bastidas, con créditos
de hombre de mar, por asiento que hizo con su Majestad, año de mil
quinientos y veinte y uno, con ciertas capitulaciones que
precedieron, se le dió en Adelantamiento desde el cabo de la Vela
hasta la boca del rio grande de la Magdalena, que son como ochenta
leguas de frente, y costa con su centro al sur, en que se comprende
el dicho Nuevo Reino, con órden de que fundase una poblacion de
cincuenta vecinos, y licencia para que de las Islas de Jamaica,
Puerto Rico y la Española, sacase la gente y ganados de que
necesitase para la jornada, que dilató hasta el año de mil
quinientos y veinte y cinco, en que tomó el puerto á veinte y nueve
de Julio, día de Santa Marta, cuyo nombre puso á la ciudad, que
dentro de pocos días fundó en su costa, para teatro de tantas
infelicidades como en ella han representado el cuchillo y el fuego:
siendo de los primeros fundadores de dicha ciudad y de las personas
de más lustre y valor que llevó dicho gobernador en si compañia, su
Teniente General Juan de Villafuerte, natural de Ezija; su Maestre
de Campo, Rodrigó Alvarez Palomino ; Juan de Ledesma, primer
Contador por nombramiento real; Capitanes Gonzalo de Vides, Antonio
Ponce Carrion, Carranza y Reman Báez, portugues, con otras personas
de cuenta, que después ganaron eterno renombre, como fueron Antonio
Díez Cardoso, portugues; Juan de San Martin, natural de Búrgos;
Francisco Gómez de Feria, Alonso Martin, portugues; Gaspar Gallego,
Pedro de Espinosa, Francisco Lorenzo, Juan de Tapia Tríbulo,
Montalvo de Guadalajara, Pizarro, Escobar, Pedro de Pórras de
Sevilla, Montesinos de Lebrija, Gonzalo Cabrera de Málaga, el
Alférez Juan de Cuadros, y otros de cuyo esfuerzo esperaba Rodrigo
Bastidas el buen logro de cualquiera facción que intentase.
Lo primero que hizo fué asentar paces con los Caciques de dura y
de Taganga, que á sotavento y barlovento de dicha ciudad son los
más inmediatos vecinos, y que las han guardado (con la fe católica
que recibieron) hasta los tiempos presentes, sin dar sospecha de lo
contrario; y asentadas éstas, salió luego contra los Bondas,
distantes cuatro leguas, que lo recibieron de guerra, en cuyo
primer encuentro fueron desbaratados los indios, y cogida de ellos
una buena presa de oro, que los soldados pretendieron se les
repartiese; y porque el gobernador, de quien se hallaban mal
contentos, no quiso sino aplicarlo para la paga del costo de la
Armada en que fué, se amotinó su Teniente Villafuerte, y conjurado
con Montesinos, Pórras, Montalvo, Samaniego y Serna (que le
hicieron alto), Dió de puñaladas á dicho Gobernador, que halló
acostado en su cama, á cuyas voces que daba (despues que lo dejaron
por muerto los agresores), acudió su Maestre de Campo, Palomino, á
tiempo que volviendo los conjurados para acabarlo de matar, pudo
impedirselo defendiendo la puerta con un montante, de que
agradecido el Bastidas lo entregó el baston de Teniente general,
mandando á los vecinos le obedeciesen: y embarcándose para Santo
Domingo por dar gusto á tantos como le aborrecian por su áspera
condicion, arribó á Cuba por el año de mil quinientos y veinte y
seis, donde murió de las heridas, desengañado de que no es lo mismo
regir leños dejándose gobernar de los vientos, que mandar hombres
sin dejarse gobernar del consejo.
Pocos dias despues Villafuerte y Pedro de Pórras (presos y
remitidos por Palomino) fueron ajusticiados en la Isla Española por
sentencia de su Real Audiencia; que despachó á que gobernase en
ínterin á Santa Marta á Pedro Badillo, que llevó por su Teniente á
don Pedro de Heredia, natural de Madrid, á quienes no quiso admitir
el Rodrigo Alvarez Palomino, de que sentidos el nuevo Gobernador y
su Teniente, trató éste (valiéndose del pretexto de parlamentar en
tierra sobre el caso), de matar al Palomino con la ayuda que le
ofreció el Capitan Hernan Báez, á quien su gente contradijo la
fealdad del hecho, dando parte del trato á Palomino, que prendió al
capitan y lo ajustició, miéntras Heredia, despechado y vuelto á sus
navíos, fué costeando hácia los Ancones de Taganga y Concha que
están á barlovento, y Palomino por tierra con su gente bien
ordenada para impedirle el desembarque: hasta que el Pedro Badillo,
no hallando otro remedio, hubo de elegir el de que gobernasen
juntos la provincia y tratasen de pacificarla, que se consiguió el
año de veinte y siete por diligencia de algunas personas
eclesiásticas; y en ejecucion del concierto, dispusieron entrar de
compañía hácia las tierras de la Ramada, en cuya entrada se
adelantaron Pedro Badillo y el D. Pedro de Heredia por embarazos
que retardaron á Rodrigo Alvarez, para que siguiéndolés en tiempo
de lluvias se ahogase al esguazar el rio que baja de la sierra
Nevada, y de presente se llama de Palomino en recuerdo de esta
desgracia, si no es que ella y las que van referidas se ocasionasen
del mal tratamiento que hicieron á los indios, hasta venderlos por
esclavos en la Isla Española: accion que refiere la pluma con el
mismo horror que la oyeron en estos Reinos los Consejeros de
Indias. Poro volviendo á ellas, es de saber que el fin desastrado
de Palomino dió lugar á que Pedro Badillo, con la gente y sin
dependencia de acompañado, pasase á las sabanas de Orino, pobladas
de Guagiros, donde se repartió á gusto el oro que se había apresado
en la jornada, que fué mucho en opinion de algunos, y de allí se
fué entrando por el gran valle de Upar, en cuyas campañas el D.
Pedro de Heredia dió las primeras muestras de su nobleza y valor en
algunos reencuentros, especialmente en el que tuvo con los indios
de Sezare, que despues de una batalla bien reñida le obligaron,
aunque vencedor, á que diese vuelta á Santa Marta.
De todo lo referido, bien informado el Emperador Cárlos V, por
el año de mil quinientos y veinte y ocho, y habiendo declarado, á
instancia de Pedro de Espinosa (Procurador general de Santa Marta
enviado para el efecto), haber pertenecido el interin del gobierno
de aquella provincia al Teniente nombrado por Rodrigo Bastidas, que
debe ser circunstancia muy reparable, eligió en propiedad á García
de Lerma su gentil hombre de boca y natural de Búrgos, caballero
ilustre y prudente, aunque más á propósito para el gobierno civil
que militar: concediéronsele todos los sueldos y preeminencias que
se estilaban dar á los que iban á semejantes gobiernos, y diósele
órden para proceder contra los amotinados, que mataron á su
antecesor, y castigar el desorden, que se entendió haber pasado en
el fraude de quintos reales. Prohibiose que de la isla Española se
fuese á rescatar á la provincia de Santa Marta, por atajar el
escándalo que se daba con la venta de los indios: y porque en el
mismo año capitularon los Belzaros, de nacion alemanes, el
descubrimiento y conquista desde el Cabo de la Vela hasta el de
Manacapana con sus islas, exceptuando las comprendidas en la
capitulación hecha con Juan de Ampuez; tuvieron ocasion de
convenirse con dicho García de Lerma, en que, como confinantes en
las conquistas, los auxiliasen siempre que llegase ocasión de
hacerlo; en cuya conformidad fuese por capitan de sus tres navios
alemanes que tenian dispuestos, y hallando pacífica la ciudad de
Santa Marta de las alteraciones y motines que resonaban en la
Corte, sacase solamente de ello cincuenta hombres que quedasen en
la ciudad y los demas pasasen á la provincia de Venezuela, con
calidad de que si para pacificar ésta lo llamasen, fuese en
persona; y excusándose, quedase á eleccion de los alemanes, nombrar
Gobernador para su distrito. Todo lo cual fué confirmado por su
Majestad Cesarea, como tambien el que para el crecimiento de la
ciudad de Santa Marta, asentase asimismo dicho García de Lerma, con
Sebastian Bello de Herrera, portugues, que llevase cincuenta
hombres de su nacion, los veinte y cinco casados y los demas
inteligentes en diferentes artes mecánicas y en el cultivo de las
semillas que se habían de llevar de estos Reinos para experimentar
las tierras de aquella provincia.
Prevenido en esta forma el nuevo Gobernador y llevando en su
compañía por protectores de indios á Fr. Tomas Ortíz para la
provincia de Santa Marta, y á Fr. Antonio de Montesinos para la de
Venezuela, ambos á dos del Orden de Predicadores, con otros
religiosos de su hábito y del Orden de San Francisco y con
asignacion á los dos protectores de los frutos decimales para que
los distribuyesen á su voluntad en obras pías, en el ínterin que se
preveía de prelado; y entre muchas personas seculares se cuenta á
su teniente general Arbolancha, á Juan y Pedro de Lerma, su primo y
sobrino; Berrio, capitan de su guarda, Juan Muñoz de Collántes,
natural de la Alhambra de Granada, Villalóbos, Benavides, Quiñones,
mestizo isleño y valeroso, y á otros, arribó á la Isla Española y
de allí despachó al factor Grajeda contra el Gobernador Pedro
Badillo, sobre la ocultacion de los quintos de oro que se decia
haber hecho en diferentes entradas que hizo en la tierra con su
Teniente general. En cuya comision procedió el Grajeda tan
rigurosamente, que le dió tormento para la averiguacion,
desnudándolo para el efecto y tratándolo sin las demas atenciones
debidas á su puesto; hasta que llegado García de Lerma, templó
aquellos procedimientos, que pareciendo de injustos no se
castigaron. Aunque necesitado da dar cuenta de todo, hubo de
remitirlo preso á estos Reinos, en cuyo viaje murió ahogado en
Arenas Gordas, que fué otra fatalidad repetida en el segundo
Gobernador de Santa Marta y muy semejante á la que aplaudió en su
émulo Rodrigo Alvarez Palomino; aunque algunos la atribuyen á la
ocasión que dió en la Isla Española para que se levantaseo el
Cacique D. Enrique, por no haber querido hacerle justicia siendo
teniente el año de diez y nueve, que pagó con la sobra de justicia
que en él ejecutaron siendo Gobernador, a los diez años de su
culpa.
Desembarazado así de negocios García de Lerma, salió luego á
reconocer la tierra, pasando á Bonda, que estaba de paz, y de allí
por el valle de Buritháca, entró en demanda de minas de oro con que
lo acudieron muchos indios. Tanta era la sujeción en que los había
dejado Rodrigo Alvarez Palomino, á quien atendian aun después de
muerto para no intentar novedad, y por esta causa pudo pasar García
de Lerma á dicho valle sin embarazo alguno, y atravesando grandes
poblaciones y asperísimas Sierras llegar á Posihueyca, ciudad
famosa de los Tayronas, y de allí bajar al valle de Coto y volver
libre á Santa Marta, en que gasté parte del año de mil quinientos y
veinte y nueve, cuya felicidad nacida de la reputación que entre
aquellos bárbaros conservó el valor de Palomino, debió de atribuir
ménos cuerdo el Garcia de Lerma á su propia virtud, pues lo
confirmaron así sus dictámenes, tanto ménos seguros, cuanto más
fundados en la confianza de que tenia puesta en temor toda la
tierra, engaño propio de los que piensan que los sucesos de los
tiempos presentes no pueden ser producidos de causas pretéritas. Al
fin, persuadido á que podia regentar en la escuela de la milicia
sin haber pasado por los estudios del riesgo, trató con el parecer
de Juan de Céspedes Pizarro y Tribiño (los más inteligentes y
prácticos en la provincia) de repartir las encomiendas, punto que
jamas á librado de oposiciones por pedir graduacion en concurso de
méritos; y así no pareció justificada, de suerte que las quejas de
mal contentos se contuviesen dentro de los términos del propio
conocimiento para no sindicar la accion, obligando con las
ponderaciones de los agravios recibidos á que de órden de su
Majestad se hiciese otra revocando la primera.
Miéntras se trataba del ajuste referido y perteneciente al
gobierno político, no olvidado García de Lerma del concepto que
tenia hecho de si para el militar que prevalecía en las Indias,
dispuso que su Teniente general, con Pedro de Lerma, su sobrino, y
con los Capitanes Gaspar Gallego, Alonso Martin y Juan de S.
Martin, entrase á los indios de la Ramada, que corrian con fama de
los más poderosos en riqueza, si bien el suceso salió muy contrario
á la opinion. Y para remedio del poco fruto con que dieron la
vuelta, resolvió nueva salida contra el valle de Tayrona, á cargo
de Pedro de Lerma y de los Capitanes Alonso Martin, Juan Muñoz de
Collántes y Francisco Gómez de Feria, que con detención de cuarenta
dias en la empresa, volvieron á Santa Marta con sesenta mil
castellanos de oro, sin lo que se dijo haber ocultado, por ser
aquel valle el centro donde ocurría todo el oro de la provincia á
la fundacion y platería de joyas que en él estaba. Pero como este
valle dió nombre á la nación de los Tayronas, tan celebrada por su
valentia que justamente la equipara Ceballos á la de los Araucos y
Pijaos, que han sido los mas guerreros en los Reinos de Chile y
Bogotá, aunque de ellos no ha quedado más que el nombre esculpido
en las ruinas de sus antiguos asientos, será conveniente advertir
que de este valle (en que no cupo estrechada su ambición y dominio)
se fueron extendiendo en su antigüedad por todas las sierras de
Santa Marta, desde la Nevada (asiento de los cobardes Aruacos)
hasta las últimas extremidades, que rematan en la Ciénega y
provincia del Chimila; en cuyas cumbres, serranías y quebradas se
hallaron ricos minerales de oro, que después se llamaron de
Buritaca, Córdoba y Sevilla, y tal vez uno de ellos punta tan
grande, que pesó más de seiscientos castellanos, segun parece de
los primeros libros reales de Santa Marta, en que se tomó la razon
del quinto; de cuya riqueza eran dueños los Tayronas, como de las
canteras ó minas que eh dichas sierras se hallan de pórfidos y
mármoles jaspeados, piedras de hijada, sangre y riñones, labradas
con extraordinario arte y curiosidad para el arreo de las mujeres;
sin que además de lo dicho se hallase nación alguna dentro de este
término y del que corre desde las cumbres más altas hasta las
riberas del mar, que no estuviese á la protección ó dominio de
dichos Tayronas, con más ó ménos sujecion á sus armas, en que
asimismo eran comprendidos los Urabaes que habitan entro la
provincia de Cartagena y el Darien, y al parecer fué motivo para
que los primeros títulos de Gobernadores de Santa Marta se
despachasen comprendiendo las vertientes de las serranías altas que
se ven de la otra banda del rio de la Magdalena.
De esta jurisdicción tan dilatada que ocupaban los Tayronas, y
de no haber permanecido de ellos, de setenta años á esta parte,
persona alguna que pudiese sacarnos dé duda, se ha originado la
variedad con que hablan los historiadores y vecinos de Santa Marta,
en cuanto á demostrar la parte en que está el valle de Tayrona;
pues de estos vecinos, atendiendo los unos á la significacion de la
palabra Tayrona, que es lo mismo que fragua, quieren que su sitio
sea en la cabeza del monte más alto, que se descubre el primero á
los que navegan por la Ciénega desde Rio Grande para Santa Marta,
fundados en la tradición y relaciones de algunos indios que dicen
haber penetrado su cumbre, y afirman haber en ella rastros de
hornillas y otras señales de que allí fueron las fundaciones
antiguas; y observadores los otros de que fué valle y de que
abundaba de frutos de la tierra, calidades que no pueden hallarse
en la eminencia pedregosa de aquel monte frio, lo asignan
diferentes sitios, sin más autoridad que la de su presunción; y aun
Herrera en su historia general de las Indias, habiendo escrito con
las mejores noticias, anduvo, al parecer de algunos, tan vario, que
en el segundo tomo lo pone á seis ó siete leguas de Santa Marta, y
en el tomo tercero lo pone á diez y ocho leguas de dicha ciudad,
por la costa del mar la vuelta de la Ramada, seis leguas la tierra
adentro; lo cual tengo por más verosímil si pretendemos averiguar
el solar primero y originario de los Tayronas, pues á la distancia
referida hay valle que corre á una de las riberas del rio que hoy
llaman Don Diego con todas las señales para que sea el que
pretendemos; lo cual no excluye que á distancia de seis leguas más
y ménos estuviesen otros valles de los Tayronas, ni el monte
referido lo fuese, pues, como llevamos dicho, por todas las
montañas y valles de aquella dilatada sierra se extendia esta
nación con poblaciones muy crecidas, que no por nombrarse de
Posigueyca, Mongay, Aguaringuia, Sinanguey y Origueca, dejaban de
ser de Tayronas, de que resultó hallarse en las relaciones de los
primeros conquistadores los servicios de algunas entradas hechas á
los valles y lugares de Tayronas que estaban á seis y siete leguas,
y de otras hechas á los que demoraban á diez y ocho en el camino,
que entónces era de la Ramada, y que guiado Herrera por ellas
variase al parecer en sus escritos sin faltar á la verdad.
Esto sabido para inteligencia de la guerra que se prosiguió con
esta nación, y poderado Garcia de Lerma de los sesenta mil
castellanos que apresó el sobrino, y no bastaron para satisfacer
aquellos buenos deseos con que los Gobernadores de Indias salian
por la barra de Sanlucar; y por otra parte sentido de que el cabo y
gente de otra escuadra que entró á Mongay hubiesen vuelto con más
puntas de flechas en los cuerpos que de oro en las manos, que
llevaron en la cabeza, dispuso entrar personalmente á Posigueyca,
ciudad populosa, como dijimos, con el campo más numeroso que le fué
posible, para que, á vista de la ostentación de su gente de armas,
se aumentasen las cantidades que, con nombre de presente,
tributaban los Tayronas en cañutillos de plumas llenos de oro,
desde que temerosos ó aMartalados del valor y artes de Rodrigo
Alvarez Palomino, dieron principio á semejante costumbre. Pero
llegado á Posigueyca (que lo recibió de paz) se detuvo tres dias
contra el parecer de los capitanes más antiguos de Santa Marta, que
le advirtieron no diese ocasión deteniéndose, para que indios tan
belicosos como los de aquel país, se alterasen con alguna sospecha
máxima que observó Rodrigo Alvarez para conseguir con arte lo que
no pudiera con violencia ; pero como los que gobiernan ningunos
elogios oyen con más desabrimiento que los que se dan á sus
antecesores, despreciando García de Lerma la advertencia, respondió
pretendía estarce de asiento en aquel sitio para desengañarlos de
que sabria salir con honra de peligros, que divirtió Palomino con
maña; y en ejecución de su intento hizo que le armasen su tienda
con cama, mesa y aparador: pero descubriendo poco despues gran
número de indios encaminados á su real, eligió tres sitios fuertes
para el rechazo, poniendo en ellos á los Capitanes Berrio, Ponce y
Muñoz; mas viendo este último la furia con que los indios cargaban,
desamparó el sitio el primero, con pretexto de que iba al real por
más gente, por cuya causa fué su compañía desbaratada y puesta en
huida, aconteciendo lo mismo á Ponce y los suyos, en que no fué más
dichoso Berrio, aunque después de haber hecho rostro valerosamente
hasta que mal herido en una pierna, de que quedó lisiado, se retiro
sin órden, dando lugar á que los Tayronas, reconocida tan ilustre
victoria, cargasen con más ímpetu sobre García de Lerma, que sintió
á espaldas vueltas el desengaño de su mal capricho, sin dejar á los
nuestros otro remedio que el de tratar de salvarse como mejor
pudiesen, y á los enemigos el despojo de su vajilla y tienda con
los demás aparatos que llevaba, mucha parte de su gente muerta y
herida y los Tayronas tan soberbios, por la inconsiderada
resolución de este Capitan, como lo acreditaron después los
sucesos.
Atemorizados los españoles con esta rota, no se atrevieron á
salir por la tierra en muchos dias, en que solicitaban ocasiones de
ausentarse de la provincia con gran sentimiento de García de Lerma,
que para templarlo, despachó al sobrino á los valles de Upar y
Cesáre con los Capitanes Cardoso, Juan Muñoz de Collántes,
Carranza, Gaspar Gallego y Escobar, y con orden de que corriesen la
tierra por aquella banda del rio de la Magdalena, como hicieron
hasta el rio que hoy se llama de Lebrija, como sesenta leguas del
mar, volviendo despues de muchos trabajos por la Ramada á
persuasión de los que allí tenian repartimientos de indios, de
quienes sacaron de pasada hasta cuarenta mil castellanos de oro y
algunos esclavos de indios de guerra, con los cuales llegaron á
Santa Marta por los fines del año de mil quinientos y veinte y
nueve, en que se erigió su iglesia en Catedral y se nombró por su
primer obispo á Fr. Tomas Ortiz, que, como dijimos, habia pasado
por protector general de indios, y á quien (como refiero Quesada en
su historia general del Nuevo Reino) prendieron sus mismos frailes
el año siguiente y remitieron preso á Castilla, donde, afligido de
trabajos, murió sin consagrarse.
Concluida esta facción de tan poco fruto para García de Lerma, y
noticioso de la riqueza de los pueblos sujetos á los Tayronas que
habitaban entre la Ciénaga y Posigueyca, que fueron muchos, y de
las grandes cantidades de oro que ponían en sus sepulcros, hizo
salir nuevamente de Santa Marta á los mismos capitanes y gente á
quienes agregó la compañía de Juan de San Martin y con ello á Fr.
Tomas Ortiz, que sin tener noticia de su leccion los acompañó en la
jornada con el fin de que la conquista no se redujese á las armas
en caso que admitiesen la predicación evangélica, cuya diligencia
se malogró siempre, aunque en el ministerio era famoso y
ejercitado: pues repitiendo segunda vez la entrada, fué resistida
con tanto esfuerzo por la nacion de los Caraybes, que en la batálla
que dieron á los españoles, mataron quince de ellos y muchos
caballos, siendo tantos los heridos, que si bien quedaron
superiores, necesitaron de dar la vuelta á Santa Marta poco ménos
que derrotados en cuyo tiempo se encendió friego en una de sus
casas ó por diligencia de los indios enemigos ó negros aliados que
estaban retirados hacia la Ramada, como sospecharon algunos; ó en
continuación de las desgracias que suelen encadenar los accidentes
para que acometan juntos, como lo discurrieron mejor otros, pues
avivado el incendio del soplo furioso con que allí vientan las
brisas, las ábrasaron todas sin que se librase otra que la del
Gobernador, por ser de piedra y cal, donde se amparó la gente de
las invasiones que recelaba y salieron inciertas aunque no las del
hambre y desnudez, por no haber podido escapar bastimento ni ropa
para el remedio; desdicha que obligó á que se aventurasen los
Capitanes Cardoso y Céspedes á salir de la ciudad, este último para
Gaira, de donde escapó de milagro con la vida y dos fanegas de maíz
de socorro, y Cardoso para Guacháca, camino de la Ramada, con tres
caballos y otros tantos infantes, de donde (usando de algunas artes
con los indios de aquel territorio) pudo volver con buena cantidad
de maiz; aunque mucho más no fuera bastante para templar la extrema
necesidad en que se veían los vecinos de Santa Marta, si piadosa
disposición de la Providencia Divina no hubiera conducido á su
puerto un navío isleño cargado de bastimentos.