CAPITULO IX
DÁSE LA BATALLA, Y CASI VENCIDA POR NEMÉQUENE, MUERE EN ELLA,
HERÉDALO THYSQUESUZHA, Y PROSIGUE LA GUERRA.
SEGUIA el Sol su carrera poco antes de rayar el mediodía, y
hallándose los Tunjanos no ménos deseosos de venir á las manos que
los Bogotaes, bien ordenados de ambas partes lós escuadrones,
despues de un corto razonamiento que los dos Reyes hicieron para
aumentarles el ánimo que mostraban á la primera asta empezaron á
razonar los caracoles pífanos y fotutos, y juntamente la grita y
confusion de voces de ambos ejércitos, que llaman guazabara, y
acostumbran siempre al romper de la batalla; cuyo ataque primero
corrio por cuenta de Saquezazippa con tanto estrépito y efusion de
sangre por aquella muchedumbre de bárbaros derramada, que nadaban
las yerbas en arroyos de ella. El primer estrago causaron los
pedreros de las dos alas de cada ejército, y entre el restallar de
las ondas, y silbar de las saetas, se fueron mezclando las hileras
con tanto coraje, que no se malograba tiro ni golpe entre los
combatientes. Veíanse los campos sembrados de penachos y medias
lunas de sus dueños, á quienes desamparaban en las últimas
angustias de la vida. Los desnudos cuerpos en forma de erizos,
bermejeaban con la sangre de las heridas, que las volantes
tíraderas sembradas en ellos ocasionaron en cuantas partes alcanzó
la desdicha de cada uno. Las picas y macanas no reservaron miembro
de que estuviese sujeto á una division lamentable. Despedazadas las
cabezas con el mortal estrago de las piedras, batallaban muchos más
consígo mismos que con sus contrarios. Nunca Marte se mostró más
sangriento y zañudo ni la muerte recogió más despojos en las
batallas más memorables. El embarazo de los cuerpos difuntos y el
ímpetu de los vivos ocasionaba que todos peleasen hasta despues de
muertos, aunque desordenados ya muchos tercios con manifiestas
señales de que los Bogotaes excedian á los Tunjanos.
El Zipa Neméquene, puesto en ricas andas sembradas de piedras y
oro, andaba animando á los suyos con palabras, y aplicándo el
esfuerzo donde la necesidad lo pedia. En todas partes sobresalia
valiente ó recobrando las tropas acobardadas, ó empeñando más las
que se mostraban valerosas. No ménos se ostentaba famoso caudillo
el Tunja en otras andas casi tan ricas como las del Zipa,
batallando muchas veces entre los peligros de la propia vida, y
animando siempre con el ejemplo á su ejército casi perdido. Era el
ánsia toda de los dos caudillos encontrarse en la batalla, y la
multitud desordenada de los infantes malograba las diligencias de
Neméquene para coronar sus victorias y las de Quimuínchatecha para
excusar su ruina. Pero en esta confusion para todos y última
desgracia que amenazaba al tunja, obró la fortuna lo que siempre en
las mayores prosperidades, manifestando el curso mudable de su
rueda. De un accidente pendió la mudanza ménos imaginada, porque
empeñado el Zipa más de lo que debe la cabeza de quien pende la
vida de todo un cuerpo, al tiempo que reconocía el fruto de sus
hazañas se hallo herido de una saeta desmandada, que dísparándose
acaso le atravesó el cuerpo por el costado derecho, para que el
desastre de Acab no quedase vinculado á un solo tirano. Era de
natural intrépido y poco temeroso de los peligros, y en el que
tenia presente, sin esperar ayuda de otro, se sacó la saeta con sus
propias manos; pero reconociendo la herida y dolor intenso que lo
apremiaba, vuelto á los soldados de su guarda les dijo: amigos, yo
me hallo herido de muerte, haced en mi venganza lo que debeis á
buenos y leales vasallos, ninguno desmaye con mi desgracia, que si
no me engañan las señales muy brevemente tendreis en las manos una
cumplida victoria.
Más quiso decirles; pero las ansias mortales manifestaron que no
podia con la turbación de la lengua. Son los indios, por
naturaleza, cobardes; pero si quien los gobierna es valeroso en
tanto que los anima, ninguna nacion es más despreciadora de la
vida, y solo la muerte poderosa para apartarlos de la contienda; y
así apénas percibieron el riesgo del Zipa por el desaliento de la
voz, cuando á los primeros ocupó una turbaoíon grande, que pasando
á desmayo mortal, se difundió luego por los demas vasallos suyos
hasta llegar con las noticias al Tunja, que de solo este accidente
podia tener socorro en los términos que se hallaba. Valióse de la
ocasion animando sus tercios desbaratados con las noticias que les
daba á voces de la muerte del Zipa, y reformándose de nuevo tanto
cuanto los enemigos descaecian con el fracaso, sin que bastase el
valor de Saquezazipa para detenerlos á cantar la victoria: dió tan
repetidas cargas en los Bogotaes, que temerosos de mayor pérdida
tomaron en hombros las andas en que estaba su Rey, y se salieron
con él de la batalla; con que tuvo lugar el Tunja para dar muestras
de victorioso con verse señor del campo, y seguir el alcance,
aunque recatadamente, por ver que Saquezazipa con un trozo entero
del ejército se iba retrayendo hácia Chocontá, primera ciudad y
frontera de los Bogotaes, con muy poca pérdida de su gente un
comparacion del considerable destrozo de los Tunjanos. Así se
fueron recogiendo las tropas desmandadas en el interin que los que
llevaban al Zipa, sin parar punto de noche ni de dia por la remuda
que de cargueros hacian por instantes, llegaron á su palacio real
de Bogotá, donde ocurrieron luego los Jeques, que son los
herbolarios y médicos más famosos que tienen: y habiéndose hecho
cuantas diligencias y remedios fueron posibles en su arte, ninguno
bastó para que al quinto dia dejase de pagar á la muerte el tributo
de que no se privilegian las majestades humanas.
Este fué el término de las fortunas de Neméquene, príncipe
verdaderamente grande, que aun entre las sombras de la gentilidad
mostró prendas dignas de mayor corona, Siempre sera lastimoso
ejemplo su desgracia, pues con ella perdió reino, vida y alma por
una eternidad, déjando á los Reyes un desengaño infalible de la
poca firmeza en que estriban los acaecimientos más venturosos.
Quien lo vió en la cumbre de su grandeza bien creyera que tenia á
su disposicion en la mano la rueda de la fortuna; pero no mediaron
sino instantes entro la dicha que imaginaba y el precipicio que
experimenté. Tantas victorias continuadas dieron señas de una
prosperidad infalible, y la mucha priesa de buenos sucesos fué la
que se empeño más en arruinarle: fueron de la condicion de los
vientos cuando soplan con demasiada, que no aseguran tanto la
navegación como el naufragio. Su ambicion desordenada, compañera
siempre de las desdichas, Obligó á este príncipe á tomar
resoluciones que tarde ó temprano habían de pasar por la pena de
temerarias; y cuando imaginasen llegar al puerto de la soberania
habían de perderse en los escollos de la inconstancia. Lo más
ponderable fué que reinase el dilatado tiempo de veinte y cuatro
años quien se empeñó en tantos peligros, teniendo por alcázares de
su recreo las campañas de sus contrarios; pero sin duda enseñó que
se aseguran más años las vidas de los Reyes en el estruendo de las
armas que en el regazo de los palacios.
Muerto, pues, el Zipa Neméquene, se cubrieron todos sus reinos
de tristeza y lágrimas, celebradas con endechas y cantos en que
referian sus mayores triunfos: enlutóse su corte y á su imitación
todos los vasallos, poniéndose mantas coloradas y tiñéndose los
cuerpos y los cabellos, con vija, que son las señales fúnebres de
su pena acostumbradas en tales casos. El cuerpo se entregó á los
Jeques, á quienes únicamente pertenece el entierro, acompañándolo
hasta la sepultura, que tienen fabricada secretamente por sus manos
en parte tan escondida que ninguno sabe de ella aunque sea el dueño
para cuyo entierro se labra; para lo cual se valen de bosques y
peñascos y de lugares profundos que cubren con agua encañada de
otras partos para este fin de ocultarla, aunque ninguna diligencia
de éstas es poderosa para esconderla de la codicia de los
españoles. Este sepulcro hacen los Jeques desde el mismo dia que el
Zípa ó Cacique entra en la posesion del Reino ó Estado, y no fuera
error imitar la accion los príncipes católicos, como asistiesen á
la fábrica ellos mismos (y lo enseñó el más prudente) y entre los
horrores de la morada que esperan reconociesen la fragilidad de la
vida que gozan. En el que tenian, pues dispuesto para Neméquene le
pusieron con todas las ceremonias, ornatos y compañía de criados y
mujeres que dijimos acostumbrar en sus entierros, previniéndoles
con bebidas en que mezclaron la fruta ó yerba que llaman de la
borrachera, para que con la privacion del juicio que causa no
sintiesen el bárbaro sacrificio que hacian de ellos enterrándolos
vivos.
Concluidas las exéquias y reconociendo el GeneraI Saquezazippa
con el Estado de los Uzaques, que á Thysquesuzha, Cacique de Chia,
que habia gobernado en ausencia de Neméquene su tío, le pertenecía
el reino por sucesion legítima, lo aclamaron luego Zipa y colocaron
en su real trono de la corto de Bogotá, precediendo los juramentos
y cumplidas las condiciones que por estilo inmemorial de sus
mayores observan en semejantes funciones. Pero este no olvidado de
la muerte del tío, ni ménos heredero de su reino que de su
ambicion, apénas se vió en la cumbre de la majestad cuando propuso
la venganza de los agravios recibidos: que por agravios tienen los
príncipes soberbios todos los reparos que los ménos poderosos
aplican para defenderse de su tiranía. Rallábase con sus tropas
casi enteras y no vencidas jamas, circunstancia que sirve de alma
inmortal en el menor cuerpo de ejército, y habiendo tomado consejo
de sus cabos convocó á Cortes á todos los señores de su reino,
mientras Saquezazippa con treinta mil hombres corria la provincia
de Sutatenza, perteneciente al reino del Tunja, donde en pocos dias
al espanto de sus armas y al riesgo de toda hostilidad, oyeron con
respeto el nombre del Zipa las naciones de los Machetaes, Zunubas y
Tibiritas, sin que parase su ardimiento hasta bañar sus victorias
en las corrientes del Garagoa, miéntras el estruendo de sus
guazabaras hacian eco en las esmeraldas del Somondóco; y su Cacique
con los más poderosos de la provincia contribuia para el gasto del
ejército, tódo lo que bastó para que aplacado el ánimo de
Saquezazipa desamparase el pais, llamado de iguales empresas:
porque celebradas las Cortes en que se resolvió echar el resto en
la conquista de Tunja con ejército de setenta v mil hombres á cargo
del mismo General, necesitó éste de ocurrir primero al cástigo de
la provincia de Ubaque, que alterada con la mudanza del dominio
sacudió el yugo de la sujecion, fiada en que entre los movimientos
que á su ejemplo harian otras provincias recien conquistadas,
podria ella recobrar su antigua libertad, y más cuando en
Thysquesuzba no se reconocian ardimientos para ascender á aquella
cumbre de elevada fortuna que á su antecesor condujeron los
aciertos del consejo y aceleradas ejecuciones de su espíritu.
Así lo discurrian los rebeldes y así pudieran esperarlo si
Saquezazippa, doctrinado en la escuela militar de las guerras
pasadas y cabo principal de muchas tropas, no hubiera tantas veces
esculpido en su ánimo con el cincel del ejemplo todos aquellos
brios, artes y cautelas que observó en Neméquene. Diélo á entender
luego con el suceso, dejando allanados aquellos tumultos que
levantó la vana presuticion de los Ubaques sobre la débil basa de
una sublevacion contingente, con lo cual se presentó victorioso en
Cajicá, plaza de armas de los Bogotaes para la guerra de Tunja,
donde le esperaba el Zipa, que reforzando sus tropas con más de
cuarenta mil hombres conducidos de los Caciques de su Reino y con
todo el bagaje preciso para tan numeroso ejército, dió principio
con buen orden á su marcha, pues gobernada la vanguardia del
Cacique de Guasca, que de rebelde al Guatavita pasó á ser cabo de
reputacion entra los Bogotaes con muchas hazañas que ejecutó en
servicio de Neméquene; y dejada la retaguardia al cuidado de
Quixinimpaba, pariente cercano del Zipa, influia como corazon del
cuerpo de la batalla cuantos espíritus y disposiciones necesitaba
ha conservacion de tan numeroso concurso de gentes.
No ménos poderoso ejército para oponerle conducia
Quimuinchatecha, aunque se hallaba quebrantado de fuerzas con las
guerras pasadas, á que ya se inclinaba muy poco su animo, por darse
todo á la tiranía y mal tratamiento de sus vasallos, en que
fundaba sus mayores recreos, desde que su crueldad pudo respirar
con el desahogo en que se halló desde la muerte de Neméquene. Pero
como no le era posible volver la espalda al peligro, valiéndose de
diferentes levas de gente extranjera que consiguió de los cantones
de Vélez, donde á cualquier príncipe extraño se le permitían por su
dinero, y habiéndolas incorporado con las propias, salió de su
corto de Tunja para Turmequé, aunque desabrido por la falta de
armas auxiliares que le negó el Sogamoso, arrepentido, al parecer,
de habérselas dado en la batalla del arroyo de las Vueltas, cuando
por la suprema dignidad de su oficio debia atender más á ser
árbitro de la paz que parcial de la guerra, como lo manifestó con
los efectos, pues compadecido del estrago lamentable que amenazaba
aquella tempestad militar, se interpuso tan á tiempo entre los dos
Príncipes, que con poco dalle de los territorios de Icabuco y
Tibaná y con que el Tunja diese una buena partida da oro al Bogotá,
ajustó treguas por veinte lunas, que son casi dos años: con. que
serenada aquella tormenta, para que descargase sobre todos la mayor
y ménos imaginada, retiraron sus ejércitos á sus paises, ménos
veinte mil bogotaes con que Saquezazipa pasó aceleradamente á
castigar cierta rebelion de los Caciques de Ebaté y Susa, que fué
la última guerra que tuvo el Zipa antes de la entrada de los
españoles; y porque la tregua le favorecía para apagar los
ardientes deseos en que se abrasaba de ver á Furatena, señora la
más poderosa y rica de las provincias confinantes, por ser dueño,
como lo era, de las esmeraldas más finas que crian los véneros de
Muzo, no para despojarla de ellas ni de sus Estados (pues era
igualmente venerada de los dos príncipes del Nuevo Reino), sino
para reconocer su grandeza, hermosura y díscreoion en que era la
más aplaudida, determinó ir en persona con la comitiva más
ostentosa que pudieron ofrecerle su Reino y tesoros exaltados con
tan seguido curso de victorias y con los despojos de tantas
provincias expugnadas cuando más floridas. En cuyas disposiciones
suspensas ya con algunas noticias participadas de los indios de
Vélez lo dejaremos por haber sido aquel tiempo el en que hicieron
su entrada los españoles en el Nuevo Reino, de que resultó la ruina
de los, Zipas, porque nos llaman los sucesos de su resulta á tomar
la corriente de la relacion más cerca de su origen, para más
claridad de la historia.