CAPITULO
VIII
DANSE VISTA LOS EJÉRCITOS DEL ZIPA Y EL TUNJA, Y PLATICAN ANTES DE
LA BATALLA.
DE tan gran multitud de bárbaros se formaban los dos ejércitos,
que de la una y otra parte del arroyo se cubrian los llanos y
laderas, á la manera que si produjese hombres la tierra: y como
tienen por gala en las contiendas los penachos de varias plumas con
las medias lunas de oro y de plata para las cabezas, y las ajorcas
y brazaletes con las tintas de vija y jagua para el adorno y matiz
de los cuerpos, sin la multitud de divisas y banderillas que las
parcialidades llevaban para diferenciares unas de otras,
representaban á los visos del sol ó la primavera, cuando más
prediga de sus flores; y ó los ojos de la cousideracion el
espectáculo más horrible de las amarilleces de la muerte, que
brevemente asombraria aquellos contornos con estrago funesto de tan
numeroso concurso de gentiles, que habían de perecer para siempre
en el rigor de la guerra y ó manos de la obstinacion heredada de su
idolatria. Pero reconociendo el Zipa la sangre que habia de costar
la victoria, siempre dudosa en las mayores seguridades, y que el
granjear crédito de piadoso es el primer paso para conciliar
enemigos y ganar fama de invencible, no quiso romper la batalla sin
dar primero señales de que por medios prudentes y consideraciones
justas, que miraban al bien público, excusaba el rompimiento hasta
verse provocado. Y con este fin despachó embajador al Tunja, que en
nombre suyo le habló de esta manera:
Tunja, varon prudente, yo confieso la admiracion que me causa el
ver que un hombre capaz, como tú lo eres, te confies tanto de tus
propios brios y de la gente allegadiza que te sigue, que intentes
competir con mi valor, sin mostrar recelos del que asiste en mís
escuadrones, enastados de triunfar de naciones indómitas y
guerreras, y cuanto más de las vísoñas que te cercan, más
inclinadas de ejercicios mujeriles que á marciales encuentros. No
pienses vanamente que el número es el que pelea, sino el esfuerzo
disciplinado en las contiendas; porque la muchedumbre siempre causó
los embarazos que ignora el valor: y á tener tú las experiencias de
esto, supieras la ventaja con que se empeña quien ha visto la cara
á muchos peligros. Pero pues nada de lo que te digo consideras,
cuando estás acostumbrado á dar buenos consejos á quien te los ha
pedido, te aviso por último, repares en la conservacion de tu
Estado, pues sin valerte de las armas lo podrás gozar en paz por
medios más cuerdos que te lo faciliten. La desesperacion nunca fué
valentía, sino locura; ni es cobardía, sino prudencia, saberse
acomodar con el tiempo, para que no se pierda todo con la
obstinación bien reconoces que tengo la victoria segura, pues no
ignoras que aun lo más difícil se hallana al poder de mí brazo: y
así, lo que debes hacer para no aventurar tus vasallos a la pérdida
lastimosa que se espera, será rendirme vasallaje, como a soberano
señor, á quien por lo esclarecido de mi linaje pertenece serlo del
mundo: y te empeño mí real palabra, que si considerado el peligro
de tu gente y Estados, me prestas obediencia, serás amparado de mis
armas, favorecido y acariciado en mis reinos, y tendras el primer
voto en las consultas de mi gobierno; pero si menosprecias esta paz
á que te llamo y conveniencias que te propongo, no podrás escaparte
de mis iras, ni en perdon tendrá lugar cuando más arrepentido lo
solicites; y pues te concedo tiempo, míralo bien antes que el
rompimiento de la batalla te desengañe y pruebes el rigor de mis
tropas para tu castigo. Piedad solo es lo que me mueve á darte
consejo tan saludable, por no estar mi clemencia acostumbrada á
mirar sin quebranto la mortandad que habrá de seguirse de tu
contumacia.
Oyó el Tunja con mucha alteracion la embajada; pero sosegado por
consejo de sus capitanes, á quienes comunicó lo que debia hacer en
semejante lance, dijo al embajador volviese á su campo, donde otro
dia haria patente su resolucion sobre la propuesta de su Rey, dió
vuelta el embajador, y habiendo pasado aquella noche en continuo
desvelo los dos ejércitos, al amanecer se presentó delante del Zipa
el embajador de Quimuinchatecha, que en su nombre le respondió en
esta forma: Grande Neméquene: si te ha causado admiracion la
competencia que dices pretendo tener contigo, para mí ha sido
maravilla mayor que de un caudillo de mi reputación hayas formado
tan bajo concepto, que me própongas te reconozca por soberano señor
ántes de ver el fin de esta batalla en que se ha de examinar cuál
de los dos merece serlo por su valor y prudencia. Bien se conoce
que lo que pides te lo dicta la presuncíon vana de tu altives, no
la razon que mide los ascensos del merito. Pero hágote saber que
son muy falibles las opiniones del esfuerzo propio, y que vive
engañado el que imagina agotada la valentía en beneficio particular
suyo. Aseguraste las victorias como si no supiéramos que los buenos
sucesos los reparte el sol, sin que haya poder tan soberano que
pueda darse por seguro de la inconstancia de la fortuna, que tan de
ordinario vuelve con reveses á quien primero se mostró halagueña.
Dícesme que por antiguo linaje se te debe el dominio del mundo, y
del mio pudiera yo alegar lo mismo, si la decision no consistiera
ya más en la fuerza que en las alegaciones; y así, pues, los
ejércitos están prevenidos, sean las armas árbitros que sentencien
en favor del más venturoso: pero si, como dices, te causa pena la
mortandad que habrá de seguirse del encuentro, hagamos campo los
dos cuerpo á cuerpo, y el que fuere vencido reconozca por dueño a
su contrario.
Mucho sintió el Zipa el atrevimiento del Tunja, y arrebatado de
enojo quisiera luego salir al desafío, como quien estaba
acostumbrado á mayores riesgos: mas los Uzaques se le opusieron
determinados, á no consentirlo, por cuanto era indigno de la
majestad de un príncipe tan grande salir al campo con un Cacique
particular, donde la indignidad del sujeto cedia en descrédito de
su soberanía, y más cuando ya le reputaban vasallo suyo,
considerando el florido ejército que le asistia para conseguirlo.
No siendo justo que cuando por esta parte estaba tan seguro el
vencimiento, lo aventurase al trance de un desafío, donde aunque
las ventajas de valor, arte y disciplina eran tan patentes, podrian
malograrse todas con la contingencia de un acaso. El Hunsaque en lo
que pide (decian), solícita sus conveniencias, pues en contienda
particular hará dudosa la pérdida, que sin ella le será evidente:
si muere en ella, no añade desgracia á la última que le amenaza; y
si pierde la batalla, aunque no muera en ella, todo lo pierde
viviendo sin Estado, que es tormento más duro que la muerte:
razones todas que no militan en vos, pues cuando la fortuna se
muestre contraria, y un mal suceso lo acredite de cierto, sois tan
poderoso Rey, que en muy breve tiempo podreis deshacer á vuestro
enemigo con mayores ejércitos; pero si en desafío perdeís la vida,
no solamente quedan asegurados él y sus parciales, mas todos
vuestros reinos expuestos á la irremediable pérdida que se
ocasionará entre vasallos recíen conquistados con la falta de un
Rey tan grande, y á las invasiones que intentarán luego, libras ya,
de temor los que siempre emularon vuestra grandeza; y así tiene por
más acertado empeño vuestro consejo, que pues el dia convida y el
campo e igual, se te dé luego de poder á poder la batalla.