CAPITULO III
ASALTA EL ZIPA LA CORTE DEL GUATAVITA, REVUELVE CONTRA EL UBAQUE Y
SUJÉTALO.
BIEN pudiera el Zipa Neméquene gozar de paz por fruto de sus
victorias, s la quietud hallara lugar en ánimos ambiciosos. No
apartaba de la memoria la empresa de Tunja, ni borraba del corasen
la venganza que pretenda tomar de los que persuadieron al Cipaquirá
á que rompiese las paces. Hallábase su ejército entero y victorioso
como deben tenerlo los príncipes ántes de empeñarse en las guerras;
y considerando que si primero rompía con el tunjano apartándose de
su Reino y dejándole desarmado, daba ocasion para que el Guatavita
y Ubaque, príncipes libres y coligados con el Tunja, ejecutasen lo
que otras veces, divirtiéndole la guerra por las espaldas; y cuán
poco seguro consejo es el que obliga á que se acometa lo ageno
desamparando lo propio: resolvió, aconsejado de sus experiencias,
quitar primero los impedimentos que tena delante, y dar á entender
que no disimulaba agravios. Ya entra victorioso el que así mismo se
vence, y lógranse con seguridad las empresas grandes, cuando bien
consideradas se dilatan secretas; y para su intento descubrióle la
ocasion su melena cuando ménos lo esperaba.
Son los Guatavitas por la mayor parte plateros de oro, y en este
arte reputados por los más sutiles: y como todos los indios de
aquel Reino sean inclinados á ídolos, á quienes ofrendan muchas
figuras de oro y por otra parte apetezcan joyas para el arreo de
sus personas, andaban muchos de esta inicien repartidos en todas
las provincias, ocupados en labrar. las y adquirir caudal para el
propio sustento y de sus familias, sin acudir á las obligaciones
debidas ó su Cacique según sus leyes. Reconociendo, pues, el
Guatavita de cuánto perjuicio era para su Reino la extraccion de
sus vasallos así por razon de las rentas como de las personas, y
discurriendo cómo podria de daño tan considerable sacar mayor
provecho, mandó so graves penas que todos se redujesen ó sus
Estados. Oh! cuántos encontraron la azada donde imaginaron el
cetro! Añadió al bando que si algun señor ó príncipe extranjero
necesitase de algun artífice de los referidos, diese dos vasallos
suyos que le asistiesen en su corte todo el tiempo que el platero
estuviese ocupado fuera de sus Estados. Tuvo noticia luégo el Zipa
del bando del Guatavita, y como lo excedía en el discurrir, dióle
por cortada la cabeza en los filos de su codicia. Pidió plateros en
muchas ocasiones con disimulo, y daba en cambio de cada uno dos
vasallos de los suyos, eligiendo los más valerosos para el efecto,
y previniéndolos con secreto para la ocasion que les haria notoria
á su tiempo.
Poco sabe de riesgos quien hospeda extranjeros en su casa.
Pensaba Honorio que exaltaba su monarquía admitiendo á los godos en
ella, y abrigaba en su seno la ruina del Imperio Romano. Es
carácter el amor de la patria, y quieren todos mostrar que es
índeleble con destruccion de la agena. Hallábase el Guatavita con
crecido número de gente en recompensa de los suyos, y sobre el
aumento de armas y tributos le rebosaba la jactancia de que los
mayores príncipes le daban obediencia, pues le servían como
vasallos propios más de tres mil gandules forasteros. Solamente á
setenta y dos Jacobitas descalzos hospedaron los Gitanos, y del
hospedaje le resultó á Faraón la opresion de su Reino y naufragio
de la vida. Eran casi todos los Gandules vasallos del Zipa, y
cebado el Guatavita en el interes, no los miraba como interno
peligro. Esperaban el aviso de su Rey, y para disimular el trato
hacian arte de las sumisiones; y si fuera prudente esto Cacique, de
los obsequios afectados de los forasteros debía engendrar recelos
del trato doble á que tiraban. Bien dispuesta tenia el Zipa la
máquina que intentaba, si no reconociera de cuánto inconveniente
era para el suceso necesitar de que pasasen sus gentes secretamente
por Guasca, lugar distante de Guatavita una legua y de Bogotá doce,
y en que el señor ó Cacique era vasallo del Guatavita, poderoso en
gente y riquezas, y de quien fiaba la seguridad de su Estado, por
ser paso el más inmediato para los designios del Zipa.
La provincia de Guatavita es de las más fértiles y ricas del
Nuevo Reino: ninguna le hacia ventaja entónces en gente ni en
poblaciones. Dilatábase hasta las fronteras de Turmequé, y era su
príncipe ó Cacique tan poderoso, que señoreaba por la una y otra
parte del sitio en que tenia su corte todas las tierras, que
ocupaban los Quecas y Tocancipaes (incluyendo las dos ciudades
famosas de Suesca y Chocontá) divididas unas de otras por algunas
colinas y montes limpios; y las que habitaban los Gachetaes,
confinantes con los Teguas de los Llanos y separados de Guatavita
por una montaña que se interpone. En esta parte tenia sus salinas,
y en el coraron de la provincia estaba la laguna más venerada de su
gentilidad (de quien dimos noticias al principio). Romper, pues, el
Zipa con guerra descubierta era empresa muy dudosa para sus
intentos, así por la defensa, que de suyo tenia la provincia, como
por los socorros que no le faltarían de Quinsuinchatecha, Rey de
Tunja: con que determinado el Zipa en proseguir sus primeros
intentos de que la invasion fuese intempestiva, se valia de
confidentes del Cacique de Guasca, y fueron tantas las promesas y
dádivas con que lo granjeó, que vino en darle paso libre una noche
por sus tierras, y aun le acompañó en el asalto que le dió á su
príncipe. Más traidores ha hecho el interes que el agravio; y una
fidelidad no se debe aplaudir si no ha pasado por los exámenes del
oro y de la plata, escollos en que de ordinario peñeran las
confianzas.
Asegurado el Zipa con la palabra del Cacique se Guasca, pasó sus
gentes en lo secreto de una noche, y dada señal con fuegos á los
vasallos, que tenía prevenidos en Guatavita, sitiaron el cercado y
le asaltaron por diferentes partes los que iban con el Zipa, y á
este mismo tiempo los que estaban avisados hicieron más lamentable
el estrago, ejecutándolo en los más principales de la corte en que
moraban. Su poca: prevencion de los vecinos, la confesaron entre el
fuego y la espada. Eran los contrarios muchos y crueles, y no fué
cobardía librar algunos la seguridad en su fuga: no fué tan dichoso
el Guatavita como ellos, porque á manos de sus huéspedes rindió la
vida; y su arbitrio le fué cuchillo tan fatal á él como á sus
herederos en una noche, y todos sus Estados faltos de dueño con el
temor y las noticias del suceso, reconocieron á su mayor enemigo
por soberano señor. Este es el fruto de una resolucion pensada
despacio y ejecutada de priesa. Puso presidios el Zipa de los
mejores soldados de su ejército : aseguró las plazas con promesas y
dádivas á los cabos, que es el empeño que los conserva más firmes.
Nombró por gobernador de todo lo conquistado á un hermano suyo :
política la más segura para conservar señoríos acostumbrados á
obedecer Reyes, darles para el gobierno personas de calidad que los
igualen ; porque los súbditos miden el aprecio que su príncipe hace
de ellos, por la autoridad del gobernador que les nombra. Así acabó
el dominio del Guatavita príncipe libre, pero no el máyor del Nuevo
Reino de Granada, como soñó Juan Rodríguez Frayle en su libro, que
intituló del Carnero: debióle de tirar mucho el amor de este
Cacique, pues quiere que haya sido vasallo suyo revelado el Zipa: ó
lo ménos Castellanos, autor antiguo y de crédito, y Herrera en sus
Décadas quinta y sexta, tienen lo contrario, y la tradición comun
con Quesada (que es más que todo) lo contradice.
Prudente se gobierna el que sigue el curso de su buena dicha ;
los sucesos felices son los que la acreditan de verdadera.
Mostrábasele favorable la fortuna al Zipa Neméquene, y no quiso
darle tiempo ó que mudase el semblante, porque sabia que la guerra
más cruda se hace con la fama: ésta lo habia ensalzado en las
victorias pasadas á una elevada grandeza, y para que no descaeciese
con dilaciones, volvió las armas al Ubáque desamparado ya de los
auxiliares. Divide esta provincia de la de Bogotá una cordillera
limpia de montaña, aunque de ásperos y pedregosos caminos. Yace ó
las espaldas de Santafé, declinando al mediodía. No es muy dilatada
de espacios, pero abundante de grandes poblaciones, y todas fuertes
por la naturaleza de los sitios que ocupan, respecto de no tener
llanos en que poblarse. Es fertilicima de mantenimientos,
principalmente de trigo, que se da bueno y mucho. Báñala, como
dijimos, el rio Negro y muchos arroyos, todos rápidos en su curso.
Hállanse en ella tres cosas memorables y dignas de saberse. El
vestigio del pie estampado en la piedra que se dice haber dejado el
glorioso Apóstol San Bartolomé. Otra piedra tan prodigiosa que si
le cortan ó quieban algun pedazo, crece despues hasta ponerse en
el estado que ántes. Un género de culebras negras del grosor del
dedo menique con dos cabezas iguales en cada extremidad, no son
venenosas como las demas que produce la tierra, y si las parten y
destrozan por cuantas partes tienen, vuelven á juntarse y unirse
como de antes, quedando vivas ; y así la traza que se halla para
matarlas es ceñidas con un cordel á una caña y puestas sobre los
fogones darles humo, hasta que ahogadas con él pierden la vida. Son
de mucha estimacion en las Indias y aun en estos Reinos de España,
porque si alguna persona se quiebra pierna, brazo ó costilla, ha
mostrado la experiencia y enseñado que moliendo y desatando en vino
una parte de ellas y dándosela al doliente luégo que sucedo el
fracaso, se suelda la parte lesan en bebiéndola.
A esta provincia se entra con dificultad por muy pocas sendas;
por las dos de ellas, que fueron la de Chiguachi y la que llaman
del Portachuelo, encaminó el Zipa su ejército dividido en dos
tropas, y prevenido el Ubaque para la defensa, sacó lo más presto
que pudo sus gentes á las fronteras. Balanceó muchas veces la
fortuna en los encuentros; Marte se mostró no pocas indiferente en
los acometimientos. Los Ubaques, acostumbrados á pisar aquellas
asperezas y guerrear en ellas, hacian contrapeso á los Bogotaes,
criados en tierras llanas y más crecidos en número. Éranle muy
fáciles al Zipa nuevos socorros para reparar el daño de la gente
que perdis: inconveniente que de parte del Ubaque era irremediable
si otro Cacique no le ayudaba; ni esto era fácil por la distancia
en que se hallaban ya los más interesados en favorecerle, y porque
á un Estado que se va cayendo, los remedios más fáciles se
imposibilitan. Seis ó siete meses que ellos cuentan por lunas, se
resistieron valerosos los Ubaques á costa de mucha sangre, con que
de ámbas partes inundaron la tierra; pero siendo tanta la pujanza
de los enemigos de Ubaque y diminucion de sus gentes en tan prolija
guerra consumidas, cedió á la violencia de las armas, y procurando
ajustaras con los tiempos (consejeros fieles de un desgraciado)
pidió treguas, despachó embajadores, admitió terceros, y
comunicados sus intereses, pactó el rendimiento con pocas
condiciones. Las más principales fueron que reconociera sujecion y
vasallaje al Zipá como á príncipe soberano suyo y de los domas
Caciques de su Estado. Que á voluntad del Zipa se pusiesen
presidios en todo él y los visitase cuando fuese su voluntad. Que
admitiese por mujeres dos hijas doncellas que tenia el Ubaque,
pareciéndole que el tenerlo por yerno haría más tolerable la
sujecion, como si ésta fuese capaz de alivio en un ánimo enseñado á
imponer leyes. Admitidas las condiciones por el Zipa, recibió por
mujer la hija mayor del Ubaque y la otra casó con el hermano. Puso
guarniciones en los puestos más necesarios para seguridad de la
provincia, y cargado de triunfos y despojos dió vuelta á las
delicias de su Reino, donde fué recibido de su corte con bailes y
cantos en que representaban sus hechos memorales y con todo el
aparato de un majestuoso recibimiento, haciéndolo digno (aunque
bárbaros) para un Rey coronado de tantas victorias.