|
PRÓLOGO
El célebre historiador inglés Tomas Babington Macaulay principia su
artículo sobre Lord Clive (escrito en 1840) admirándose, con
candoroso nacionalismo, de que la historia de la conquista y
subyugación de la India oriental por los ingleses no haya
despertado jamás, en Europa, ni en Inglaterra mismo, el interés con
que cautiva los ánimos la historia de la conquista y colonización
de América por los españoles. Pocos habrá que ignoren el nombre del
vencedor en México y Otumba, y que no hayan oido hablar de los
caudillos que avasallaron el suelo de los Incas; pero apénas habrá
uno entre muchos en Inglaterra (por lo ménos hace cuarenta años, si
hemos de estar al dicho de Macaulay) que dé razón de quién ganó la
batalla de Buxar, de quién ordenó la matanza de Patna, de si Smajah
Dowlah reinaba sobre el Uda ó sobre Travancora, y otros puntos
semejantes.
Y no acierta á comprender Macaulay esta preferencia que da el
público á las conquistas españolas de América, sobre las invasiones
inglesas de la India, cuando considera que la población sometida
por los ingleses era diez veces mayor que la de los indios
americanos, y había alcanzado un grado de civilización material
superior á la que tenian los mismos españoles cuando acometieron la
conquista del Nuevo Mundo.
En otro de sus ensayos, el que se refiere á la
|Guerra de
sucesión en España, reconoce el mismo insigne escritor que
España en el siglo en que guerreaba á un tiempo en Europa y en
América, era la más poderosa y fuerte, al par que la más sábia y
amaestrada potencia del mundo; pero en la ocasión citada,
tratándose de un paralelo entre el valor de la nación que no vió
ponerse el sol en sus dominios, y el del pueblo insular que amenaza
á todos con el tridente, el avisado crítico, á pesar de serlo, y
mucho, el autor de los mencionados ensayos, no quiso ver, ó su
orgullo nacional le
|
vendó los ojos para que no viese, que el
consabido sufragio del público leyente de todos los países en favor
de la historia de nuestra América, comparada con la usurpación de
la India Oriental, siendo, como es, voto general y unánime, no ha
de graduarse de caprichoso y necio, ántes hay que reconocer que se
apoya en razones poderosas, y al critico en casos tales no incumbe
ensayar refutaciones de la opinión universal, sino desentrañar y
descubrir los motivos y fundamentos que la explican.
La conquista de América ofrece al historiador preciosos
materiales para tejer las más interesantes relaciones; porque ella
presenta reunidos los rasgos más variados que acreditan la grandeza
y poderio de una de aquellas ramas de la raza latina que mejores
títulos tienen á apellidarse
|romanas: el espíritu
avasallador y el valor impertérrito siempre y donde quiera:
virtudes heróicas al lado de crímenes atroces: el soldado vestido
de acero, que da y recibe la muerte con igual facilidad, y el
misionero de paz que armado sólo con la insignia del martirio
domestica los hijos de las selvas y muchas veces rinde la vida por
Cristo: el indio que azorado y errante vaga con los hijos puestos
al seno (como decía ya Horacio de los infelices que en su tiempo
eran víctimas de iguales despojos, sin las compensaciones de la
caridad cristiana), ó que gime esclavizado por el duro encomendero;
y el indio cantado en sublimes versos por un poeta aventurero, como
Ercilla, ó defendido con arrebatada elocuencia en el Consejo del
Emperador por un fraile entusiasta como Las Casas, ó protegido por
leyes benéficas y cristianas, ó convertido á
|
la de amor y
justicia por la paternal y cariñosa enseñanza de religiosos
dominicos ó jesuitas: la codicia intrépida (no la de sordas
maquinaciones) que desafiando la naturaleza bravia corre por todas
partes ansiosa de encontrar el dorado vellocino; y la fe, la
generosidad y el patriotismo que fundan ciudades, erigen templos,
establecen casas de educación y beneficencia, y alzan monumentos
que hoy todavía son ornamento y gala de nuestro suelo. Singular y
feliz consorcio, sobre todo (salvo un periodo breve de anarquía e
insurrecciones que siguió inmediatamente á la conquista), aquel que
ofrecen la unidad de pensamiento y uniformidad del sistema de
colonización, debido á los sentimientos profundamente católicos y
monárquicos de los conquistadores, con el espíritu caballeresco,
libre y desenfadado, hijo de la Edad Média, que permite á cada
conquistador campear y ostentarse en el cuadro de la historia con
su carácter y genialidad propios. Así, Cortes no se confunde con
Pizarro, ni Quesada se equivoca con Belalcázar; así el caballero
que por puntos de honor, ó lances de amor, desenvaina fácilmente y
enrojece la espada, se entrega sumiso como vasallo á un Juez de
residencia ó Comisario Real, y aun dobla con resignación el
indómito cuello, llegado el caso, ante la inflexible cuchilla de la
justicia.
Lo que es de notar, y lo que no observa Macaulay, es que las
glorias de la conquista han crecido y abiértose camino, no por
esfuerzos de la misma raza conquistadora, encaminados á ensalzarlas
y pregonarlas, ántes á pesar de la
|
emulación de los
extraños, como era de esperarse, y también de la indolencia y áun
las renegaciones de los propios, que es género de oposición con que
de ordinario no tropezaron las glorias de otras naciones. Los
primeros cronistas de aquellos sucesos consignaron los hechos con
candor y sencillez, sin adornarlos con las flores del estilo; sólo
siglos después empleó Solís los artificios de la elocuencia para
popularizar y hacer gustosa la historia de Hernán Cortés, más seca
pero más pura en las desnudas y cándidas páginas de Bernal diaz.
Muchas de aquellas relaciones, en cuya publicación debian estar
interesados los españoles
|todos, permanecían inéditas, y
otras lo están aún. Sólo en los últimos años han salido á luz obras
manuscritas y casi desconocidas, de Oviedo y de Las Casas, las
|Guerras de Quito de Cieza de León, Cartas de Indias de gran
valía, y otros documentos preciosos, gracias al celo de la Academia
de la historia, á la protección del gobierno de D. Alfonso XII, y á
la diligencia y estudio de eruditos particulares, como los señores
don Justo Zaragoza y D. Márcos Jiménez de la Espada. No de
esfuerzos semejantes dió ejemplo nuestra raza en tiempos
anteriores, y sobre todo á principios de la presente centuria,
cuando los peninsulares con mal entendido y tardío desengaño se
empeñaban en conservar las colonias de América, que los errores do
su propio gobierno más talvez que el anhelo de emancipación de sus
hijos, les arrebataban para siempre de las manos. Dominados ellos
de ideas filantrópicas en que los imbuyó el enciclopedismo francés,
ó creyendo que expiaban las culpas de Corteses y Pizarros sin ver
la viga presente en el ojo propio, sin considerar que la expulsión
de los Jesuitas por el gobierno de Cárlos III, y la propaganda
volteriana de los consejeros y validos de aquel monarca y de su
inmediato sucesor, eran los verdaderos errores que ellos estaban
purgando, las causas que de cerca determinaban la pérdida de las
Américas; y nosotros, figurándonos que íbamos á vengar los manes de
Motezuma y á libertar la cuna de los Incas; españoles peninsulares
y americanos, todos á una aquende y allende los mares, de buena fe
á veces, otras por intereses ó por ficción' maldecíamos y
renegábamos de nuestros comunes padres. Con voces de poetas
ibéricos é indianos pudo formarse entónces horrísono coro de
maldiciones contra la conquista. El lenguaje de Olmedo, por
ejemplo, enmedio de sus exageraciones enérgicas y brillantes, no
difiere en el fondo del amargo sentimentalismo de Quintana, que con
la misma pluma con que trazó las biografías de Pizarros y Balboas,
adulaba en sus odas famosas á la "vírgen América", en rasgos del
tenor siguiente:
Con sangre están escritos
En el eterno libro de la vida
Esos dolientes gritos
Que tu labio afligido al cielo envía;
Claman allí contra la patria mia
Y vedan estampar gloria y ventura
En el campo fatal donde hay delitos.
¿ No cesarán jamás? ¿No son bastantes
|Tres siglos infelices
De amarga expiación?
|Ya en estos dias
No somos, nó, los que á la faz del mundo
Las alas de la audacia se vistieron,
Y por el ponto Atlántico volaron,
Aquellos que al silencio en que yacias
Sangrienta, encadenada te arrancaron.
Así cantaba en 1806 el más brioso, el más popular de los poetas
españoles de aquel tiempo; y esas valientes estancias en que
protestaba que los españoles de entónces
|no eran los mismos
españoles del siglo XVI, del siglo de la grandeza de España,
corrían en España con aplauso. Los
|tres siglos de
servidumbre siguieron sonando lo mismo en los ensayos históricos
del célebre literato y estadista peninsular Martínez de la Rosa
|(Guerra de las Comunidades de Castilla) que en los escritos
patrióticos de nuestro insigne Camilo Tórres
|(Memorial de
agravios). Dijérase que españoles europeos y americanos, no
contentos desde los albores de 1810 con despedazarnos y
desacreditarnos recíprocamente, sólo nos dábamos la mano en el
común empeño de ahogar las tradiciones de nuestra raza, y que con
desden altivo, y áun con lágrimas qué haciamos alarde de
verter
|
[1]
(y que si alguno las vertió
realmente, mejor se hubieran empleado en llorar pecados propios)
aspirábamos á borrar, si posible fuese, los orígenes de la
civilización americana.
Deplorable es, y lástima profunda inspira, la situación de una
raza enervada que por único consuelo hace ostentación de los
nombres de sus progenitores ilustres. ¿ De qué ha servido á los
modernos italianos decir al mundo con palabras y no con hechos, que
descienden de los Césares y Escipiones? Pero es doloroso tambien,
síntoma asimismo de degeneración y de ruina, y rasgo de ingratitud
mucho más censurable que la necia vanidad, la soberbia y
menosprecio con que un pueblo cualquiera, aunque por otra parte
esté adornado de algunas virtudes, apénas se digna tornar á ver á
su cristiana y heróica ascendencia. El nacionalismo que se
convierte en una manía nobiliaria, es un vicio ridículo; pero el
antipatriotismo es peor. A la España de ambos mundos en el presente
siglo ha aquejado esa dolencia: esa "conformidad ruin" con el
desden extranjero, "en sujetos descastados que desprecian la tierra
y la raza de que son, por seguir la corriente y mostrarse
excepciones de la regla." "El abatimiento, el desprecio de nosotros
mismos," añade el orador cuyas palabras estámos
trascribiendo
|
[2]
"ha cundido de
|
un modo
pasmoso; y aunque en los individuos y en algunas materias es
laudable virtud cristiana, que predispone á resignarse y someterse
á la voluntad de Dios, en la colectividad es vicio que postra,
incapacita y anula cada vez más al pueblo que lo
adquiere."
¿Y por dónde empezó la tentación de despreciarnos en comparación
con el extranjero, si no fué por esas declamaciones contra los
|tres siglos, es decir, contra nuestra propia historia? ¿ Y
de dónde nació esa peligrosa y fatal desconfianza en nosotros
mismos, sino del hábito contraido de insultar la memoria de
nuestros padres, ó de ocultar sus nombres, como avergonzados de
nuestro origen? Natural y facilísimo es el tránsito de lo primero á
lo segundo, como es lógico é inevitable el paso de la falta
cometida al merecido castigo.
Muy léjos estamos de desconocer los méritos contraidos á fines
del pasado siglo ó principios de éste por el diligente rebuscador
Muñoz, por el sabio y virtuoso historiador Navarrete, y en conjunto
por la Real Academia de la Historia. Pero la verdad es que quienes
más han contribuido, no sólo por la forma literaria de sus
trabajos, sino por la imparcial procedencia de sus sufragios, á
demostrar al mundo la importancia de los anales de la conquista y
colonización americanas, han sido algunos hijos de este Nuevo
Mundo, pero no latinos por su raza, ni por su religión católicos.
Convenia que así fuese, para que se hiciese la justicia fuera de
casa, y manos heterodoxas levantasen el entredicho impuesto por
nosotros mismos á nuestra historia colonial.
|Oportet haereses
esse.
En efecto, luego que las colonias inglesas de la América del
Norte hubieron consumado su emancipación y entrado en el goce del
|self-government, no faltaron naturales del país,
descendientes de buenas y acaudaladas familias inglesas, que
estuviesen adornados de una educación clásica, y á los recursos
materiales que demanda la independencia literaria reuniesen la
vocación y capacidad necesarias para el estudio de extensas y
variadas investigaciones históricas. Los anales de su tierra
nativa eran para ellos campo estrecho é infecundo: no hallaban allí
ni las uniformes corrientes tradicionales que marcan el rumbo á la
filosofía de la historia, ni los animados episodios y sucesos
particulares que constituyen la poesía de la historia; y así, mal
que les pesase renunciar á la escena nativa, convirtieron las
miradas al Mediodia, y cautivada su atención por el descubrimiento
y conquista de la América Española, á esta región histórica se
trasladaron, y á ilustrarla consagraron con éxito afortunado sus
vigilias; siguiendo en esta migración intelectual la costumbre de
las razas del Norte, que estimuladas por la necesidad dejaron
muchas veces sus nebulosos asientos, é invadieron los países
meridionales en demanda de climas más benignos y de tierras más
fértiles y hermosas.
Washington Irving abre la carrera trazando la historia de los
compañeros de Colon. Prescott explotando casi ciego (ejemplo
memorable de energia moral y mental) inmenso acopio de documentos,
en gran parte manuscritos, ilustra á un mismo tiempo la historia de
la Península y la de las colonias, con sus admirables trabajos
sobre
|los Reyes Católicos y Felipe II, sobre la
|Conquista
de México y la
|del Perú. Y tanto halago tuvieron para
los literatos anglo-americanos los asuntos españoles, tanto ha
llegado á cultivarse entre ellos el castellano, que hubo quien se
animase á escribir la
|Historia de la literatura española.
Llevó á esta difícil empresa Jorge Ticknor, mostrando en todas las
páginas de su libro que le guiaba criterio recto y sano, y que no
|
solo poseía una vastísima erudición, sino también-lo que es
más de admirar, por la rareza del caso - un conocimiento tan
profundo como delicado de una lengua que no era la suya. Cuidó de
incluir en su cuadro los escritores castellanos nacidos en Indias ó
que trataron asuntos americanos; y triste es confesar que para
muchos compatriotas nuestros, que ni siquiera sospechaban que
hubiese nuestro suelo producido escritor ni sabio alguno durante
los
|tres siglos de tinieblas, las doctas páginas escritas
por el literato de Boston fueron una revelación súbita de que
teniamos también una literatura colonial.
|
[3]
Y no se crea que estos tributos valiosísimos que los literatos
setentrionales han rendido á la olvidada Musa de nuestra historia
colonial, hayan procedido de circunstancias violentas, de caprichos
y aberraciones que los divorciasen de su abolengo, de aquel
antipatriotismo que sabe engendrar el desprecio de las cosas
propias, pero que no por eso mueve á ilustrar con paciente y sagaz
investigación las ajenas, porque ningún vicio es inspirador de
virtudes. No se piense, por ejemplo, que los citados escritores
anglo-americanos fuesen despreciadores ni despreciados de los
ingleses, ni estuviesen reñidos con el público ilustrado de
Inglaterra. "Los americanos siempre celosos de su independencia
política-dice un atento observador de las costumbres de aquel
pueblo-y aborrecedores de las instituciones británicas, se muestran
sobre manera sumisos y sensibles al
|qué dirán del público
inglés. El hecho no es -añade- tan sorprendente como á primera
vista parece, porque no puede haber realmente más que un centro
para el pensamiento inglés, para la literatura inglesa, la cual
irradia y alcanza á donde quiera que se hable inglés."
|
[4]
Y el ejemplo que trae el autor de
estas observaciones viene como anillo al dedo á nuestro intento,
porque se refiere precisamente al biógrafo de los compañeros
españoles de Colon. Mr. Irving no alcanzó el crédito literario de
que gozó en los Estados Unidos sino después que el editor inglés
Murray le dió tres ó cuatro mil guineas por una de sus obras. No
iban, pues, aquellos historiógrafos á formar haces de glorias
españolas para echárselas en rostro al pueblo ingles; ni tampoco
fundaban esperanzas de buen éxito para sus obras en la acogida que
éstas pudieran obtener del público español. Su público era el
inglés, y no el cismarino, sino el de ambos mundos. Sus obras
corrian en inglés, y para que más tarde fuesen traducidas en
castellano y mereciesen buena acogida de los pueblos españoles,
requeríase precisamente asegurar su crédito en la lengua en que se
escribieron. El resultado ha sido que las ediciones inglesas se han
repetido en mayor número que las españolas; y aun la traducción
castellana del trabajo de Ticknor, que por su naturaleza especial
es talvez más español que los históricos de Irving y Prescott,
aunque enriquecida con valiosas notas y apéndices, no se ha agotado
en muchos años, ni compite en pureza y esplendor tipográfico con
las ediciones inglesas de Boston y Nueva York.
Ni renunciaron dichos historiadores anglo-americanos á su
orgullo de raza, ni se desentendieron del todo de sus
preocupaciones nacionales, ni de sus errores de sectas, siempre
queocurre la ocasión de mostrar sus sentimientos personales á
vueltas de la narración histórica. ¡ Cuán á las claras no se
ostenta Prescott protestante en su historia de Felipe II! ¡Cuán
cordialmente no simpatiza con los herejes perseguidos por el Santo
Oficio! Cuando compara los hijos del Mediodia, conquistadores del
hemisferio americano austral, con la raza anglosajona qua se
derramó sobre el Norte del mismo nuevo continente, ¡con qué filial
satisfacción no traza el elogio del aventurero setentrional para
levantarlo de algún modo, si le fuese dado, sobre el conquistador
español! "El principio de acción en estos (los del Norte) no era
-dice- la avaricia ni el proselitismo, sino la independencia
religiosa y política. Para asegurar estos beneficios se contentaban
con ganar la subsistencia á fuerza de privaciones y trabajos. Nada
pedian al suelo que no fuese el rendimiento legítimo de este
trabajo. No habia para ellos visiones doradas que cubriesen su
carrera con un velo engañador, y que los impulsase á caminar á
través de mares de sangre para echar por tierra á una inocente
dinastia. Sufrían con paciencia las privaciones de la soledad,
regando el árbol de la libertad con sus lágrimas y con el sudor de
su frente, hasta que echó hondas raices en la tierra y encumbró sus
ramas hasta el cielo."
La elocuencia patriótica de estas frases es tal, que raya en
exaltación tribunicia, y, en algunas alusiones, agresiva. No
esperen las
|
sombras de nuestros abuelos parcial inclinación
ni favor gratuito de este tribunal severo. No habrá aquí ocultación
ni disimulación alguna para sus faltas públicas ni privadas. Su
avaricia y crueldad se pondrán de manifiesto, y áun los perfiles de
sus vicios se retocarán talvez con vívidos colores.
|Nil occultum
remanebit. Empero, el narrador americano, en medio de sus
preocupaciones de raza y de secta, alcanza un grado de
imparcialidad suficiente para hacer justicia; goza de cierta
independencia de pensamiento familiar á los que se acostumbran á
vivir entre recuerdos de lo que fué; si á veces abulta no poco los
cargos, las virtudes que descubre conmoverán también su corazón
generoso, le arrancarán elogios fervientes, la verdad guiará su
pluma en el escabroso proceso, y en vez de dictar final sentencia,
dejará que los lectores la pronuncien, comunicándoles previamente
cuantos datos ha recogido, para que pueda cada cual fallar según su
leal saber y entender, con pleno conocimiento de causa.
Por eso debemos recibir como marcados con la estampa de la más
pura imparcialidad los testimonios que ofrece en favor de aquellos
á quienes Quintana llamó, y muchos con él,
|bárbaros y
malvados. ¿ Quién era el conquistador? ¿ Eran todos los
aventureros gente vulgar, criminal y vagabunda? Más bien
pertenecian al tipo del caballero andante de siglos heroicos, "Era
un, mundo de ilusiones el que se abría á sus esperanzas, porque
cualquiera que fuese la suerte que corriesen, lo que contaban al
volver tenia tanto de novelesco que estimulaba más y más la
ardiente imaginación de sus compatriotas, y daba pasto á los
sentimientos quiméricos de un siglo de caballería andante."
......... "La fiebre de la emigración fué general y las principales
ciudades de España llegaron á despoblarse. La noble ciudad de
Sevilla llegó á padecer tal falta de habitantes que parecía hubiese
quedado exclusivamente en manos de las mujeres, según dice el
embajador veneciano Navajero, en sus viajes por España" (1525.) ¿
Era la crueldad el rasgo característico del conquistador? "Su valor
estaba manchado por la crueldad"; pero " esta crueldad nacía del
modo como se entendia la religión en un siglo en que no hubo otra
que la del cruzado." Y en cuanto al valor de aquellos descubridores
intrépidos, considérese que "la desproporción entre los
combatientes era tan grande como aquella de que nos hablan los
libros de caballería, en que la lanza de un buen caballero
derribaba centenares de enemigos á cada bote. Los peligros que
rodeaban al aventurero, y las penalidades que tenia que soportar,
apénas eran inferiores á los que acosaban al caballero andante. El
hambre, la sed, el cansancio, las emanaciones mortíferas de los
terrenos cenagosos, con sus innumerables enjambres de Venenosos
insectos; el frio de las sierras, el sol calcinador de los
trópicos: tales eran los enemigos del caballero andante qué iba á
buscar fortuna en el Nuevo Mundo. Era la novela realizada. La vida
del aventurero español constituia un capítulo más, y no el ménos
extraordinario, en las crónicas de la caballería andante." ¿ Era la
codicia su único móvil? "El oro era estímulo y recompensa, y al
correr tras él su naturaleza inflexible pocas veces vacilaba ante
los medios. Pero en los motivos que tenia para obrar, se mezclaban
de una manera extraña influencias mezquinas con las aspiraciones
más nobles y lo temporal con lo espiritual."
|
[5]
|
Y sinembargo de la verdad que envuelve esta última
consideracion, el conquistador propiamente dicho puede considerarse
como el brazo secular, como la parte material de la conquista
misma. Tras estos zapadores robustos y á par de ellos corrieron sin
ruido los vientos de la civilización cristiana que sembraron la
semilla evangélica en el suelo desmontado. ¡ Qué legión de
misioneros apostólicos! ¡ Qué rica de santidad, qué fecunda en
enseñanzas y ejemplos es nuestra historia eclesiástica colonial,
olvidada y por explotar aún, en gran parte, en las crónicas de las
Ordenes religiosas! Prescott como protestante no penetra el
espíritu del catolicismo, y se queda en la corteza; pero reconoce y
consigna los hechos, y no escatima la admiración debida al clero
católico que evangelizó el Nuevo Mundo; siendo de notar que en este
punto las exigencias de la verdad acallaron el espíritu de secta, y
el imparcial historiador inclina la balanza con todo su peso en pro
de los misioneros católicos. No de otra suerte el ya citado
Macaulay dejó escrito el más explícito testimonio en favor de la
inmortalidad del Papado. Pero ni uno ni otro osaron ó supieron
señalar las causas de los hechos que reconocían de buen grado; no
echaron de ver que el catolicismo es el árbol que vive y florece
alimentado por savia sobrenatural, y que las sectas disidentes son
las ramas que se secan y mueren desgajadas del tronco materno. ¡
Flaqueza humana que así presenta unidas, cuando falta el don de la
fe, las más lúcidas percepciones, con los juicios más ciegos y
superficiales!
"Los esfuerzos hechos para convertir á los gentiles, dice con
noble ingenuidad Prescott, son un rasgo característico y honroso de
la conquista española. Los puritanos con igual celo religioso han
hecho comparativamente ménos por la conversión de los indios,
contentándose, según parece, con haber adquirido el inestimable
privilegio de adorar á Dios á su modo. Otros aventureros que han
ocupado el Nuevo Mundo, no haciendo por sí mismos gran caso de la
religión, no se han mostrado muy solícitos por difundirla entre los
salvajes. Pero los misioneros españoles, desde el principio hasta
el fin, han mostrado profundo interés por el bienestar espiritual
de los naturales. Bajo sus auspicios se levantaron magníficas
iglesias, se fundaron escuelas para la instrucción elemental, y se
adoptaron todos los medios racionales para difundir el conocimiento
de las verdades religiosas, al mismo tiempo que cada uno de los
misioneros penetraba por remotas y casi inaccesibles regiones, ó
reunía sus neófitos indígenas en comunidades, como hizo el honrado
Las Casas en Cumaná, ó como hicieron los Jesuitas en California y
Paraguay. En todos tiempos el animoso eclesiástico español estaba
pronto á levantar la voz contra la crueldad de los conquistadores y
contra la avaricia no ménos destructora de los colonos; y cuando
sus reclamaciones eran inútiles, todavia se dedicaba á consolar al
desdichado indio, á enseñarle á resignarse á su suerte, y á
iluminar su oscuro entendimiento con la revelación de una
existencia más santa y más feliz. Al recorrer las páginas
sangrientas de la historia colonial española, justo es, y al propio
tiempo satisfactorio, observar que la misma nación de cuyo seno
salió el endurecido conquistador, envió asimismo al misionero para
desempeñar la obra de la beneficencia y difundir la luz de la
civilización cristiana en las regiones más apartadas del Nuevo
Mundo."
|
[6]
Tales son los rasgos característicos de la conquista, trazados
por un distinguidísimo escritor
|extranjero y
disidente.
|
Dos enseñanzas muy útiles para los hispano-americanos se
desprenden de las obras de Prescott: la primera, que la conquista y
colonización de las Indias ofrece riquísima materia para que el
historiador ejercite en ella su pluma y dé frutos que (según la
frase de Cervántes) llenen al mundo de maravilla y de contento; y
|
la segunda, que para escribir dicha historia no faltarán
datos al que los busque en las crónicas impresas, y en relaciones y
cartas inéditas do aquellos antepasados nuestros, más cuidadosos de
dejar fiel constancia de los hechos, cumpliendo así con la
obligación que á ellos les incumbia, que lo hemos sido nosotros, en
el siglo que corre, de desempeñar la nuestra, ordenando esos
materiales y aprovechándolos con arregló á las exigencias de la
crítica moderna. Si de algo debe quejarse el historiador, dice
Prescott, es más bien del
|embarras de
richesses.
|
Obligación hemos dicho que es la nuestra de aprovechar esos
materiales, porque las historia colonial no puede ser para nosotros
objeto de mera curiosidad histórica ó científica, como para los
extranjeros, sino también estudio que ofrece interés de familia y
provechosas lecciones sociales. La costumbre de considerar nuestra
guerra de emancipación como guerra
|internacional de
independencia, cual lo fué la que sostuvo España contra Francia por
el mismo tiempo, ha procedido de un punto de vista erróneo,
ocasionado á muchas y funestas equivocaciones. La guerra de
emancipación hispano-americana fué una guerra
|civil, en que
provincias de una misma nación reclamaron los derechos de hijas que
entraban en la mayor edad, y recobrándolos por fuerza, porque la
madre no accedia por buenas á sus exigencias, cada una de ellas
estableció su casa por separado. Viendo las cosas en este aspecto,
que es el verdadero, debemos reconocer que las relaciones que hemos
anudado con la madre España, no son las de usual etiqueta, sino
lazos de familia, y que no es el ménos íntimo de los vinculos que
han de unir á los pueblos que hablan castellano, el cultivo de unas
mismas tradiciones, el estudio de una historia que es en común la
de todos ellos.
Podemos contemplar la historia colonial bajo el aspecto social ó
bajo el aspecto político, y en uno y otro caso hallaremos en ella
los antecedentes lógicos de nuestra historia contemporánea. En el
primer concepto la conquista y colonización de estos países ofrece
á nuestra consideración el espectáculo de una raza vencida que en
parte desaparece y en parte se mezcla con una raza superior y
victoriosa; un pueblo que caduca, y otro que en su lugar se
establece, y del cual somos legítimas ramas en una palabra, la
fundación y desenvolvimiento de la sociedad á que pertenecemos. Ya
en 1827, terminada apénas la guerra de emancipación, áun vivos y
frescos los odios que ella engendró, el ilustre autor de la
|Alocucion á la poesía, á quien nadie tachará de sospechoso
en materia de patriotismo, estampaba esta declaración digna de
memoria: "No tenemos la menor inclinación á vituperar la conquista.
|Atroz ó no atroz, á ella debemos el orígen de nuestros derechas
y de nuestra existencia, y mediante ella vino á nuestro suelo
aquella parte de la civilización europea que pudo pasar por el
tamiz de las preocupaciones y de la tiranía de España."
|
[7]
Los romanos tenian una frase
expresiva y exacta que, no sin misterio, ha desaparecido de los
idiomas modernos -
|mores ponere - fundar costumbres, lo cual
es muy diferente de
|dictar leyes. Moresque viris et
moenia
|
[8]
: costumbres y murallas, cultura
religiosa y civilización material, eso fué lo que establecieron los
conquistadores, lo que nos legaron nuestros padres, lo que
constituye nuestra herencia nacional, que pudo ser conmovida, pero
no destruida, por
|revoluciones políticas que no fueron una
|trasformación social.
Políticamente hablando, el grito de independencia lanzado en
1810 puede considerarse como una repetición afortunada de
tentativas varias (aunque ménos generales y no felices, porque no
había llegado la hora señalada por la Providencia) que datan de la
época misma de la conquista.
|
[9]
"La conquista de los
indígenas, dice Prescott, no es más que un primer paso,
|á que se
sigue la derrota de los españoles rebeldes (como si dijésemos
|insurgentes) hasta que se establece la supremacía de la
|
Corona de un modo decisivo." Y cosa singular: luégo que se
afianzó por siglos en América la dominación de los Reyes de
Castilla, cuando volvió á sonar el grito de independencia, fueron
otra vez
|españoles de origen los que alzaron esa bandera, y
no sólo tuvieron que combatir á los expedicionarios de España, sino
á las, tribus indígenas que fueron entónces el más firme baluarte
del gobierno colonial. Séanos lícito preguntar: el valor tenaz de
los indios de Pasto, los Araucanos de Colombia que, todavia en 1826
y 1828 desafiaban y exasperaban á un Bolívar y un Sucre, y lo que
es más, y aun increible, que todavía en 1840 osaban desde sus
hórridas guaridas vitorear de nuevo á Fernando VII, ¿es gloria de
la raza española, ó ha de adjudicarse con mejor derecho á las
tribus americanas? Y el genio de Simón Bolívar, su elocuencia
fogosa, su constancia indomable, su generosidad magnífica, ¿son
dotes de las tribus indígenas? ¿no son más bien rasgos que debe
reclamar por suyos la nación española? El título de Libertador no
pudo borrar en Bolívar su condición española. Y el mismo Bolívar, y
Nariño, y San Martin, y los próceres todos de nuestra independencia
¿de quiénes, sino de padres españoles, recibieron la sangre que
corría en sus venas y el apellido que se preciaban de llevar?
¿Dónde, sino en universidades españolas, adquirieron y formaron
ideas políticas? ¿Y en qué época hemos de colocar á esos hombres,
en una cronología filosófica, si seguimos la regla de un gran
pensador, según la cual los hombres más bien pertenecen á la época
en que se formaron que á aquella en que han florecido? Quien quiera
precisar lo que fué nuestra guerra de independencia, oiga otra vez
á Bello: "Jamás un pueblo profundamente envilecido ha sido capaz de
ejecutar los grandes hechos que ilustraron las campañas de los
patriotas. El que observe con ojos filosóficos la historia de
nuestra lucha con la metrópoli, reconocerá sin dificultad que lo
que nos ha hecho prevalecer en ella es cabalmente
|el
|elemento ibérico. Los capitanes y las legiones veteranas de
la Iberia transatlántica
|
fueron vencidos por los caudillos y
los ejércitos improvisados de otra
|Iberia joven, que
abjurando el nombre conservaba el aliento indomable de la antigua.
|La constancia española se ha estrellado contra sí
misma."
|
[10]
|
Siendo esto así, los nuevos Gobiernos americanos, tan celosos
desde un principio en reclamar á título de herencia el derecho de
patronato concedido por la Santa Sede á los Reyes Católicos,
debieron igualmente haber tomado á su cargo las consiguientes
obligaciones, y ver de despertar el espíritu nacional y de
adelantar - por supuesto en forma pacífica, en sentido cristiano-la
obra de la conquista, que no llevaba á su termino, quedó
interrumpida con la guerra de emancipación. ¡Cuán profunda tristeza
|
causa la idea de que en vez de haber dilatado la
civilización su radio, en muchas partes ha perdido terreno; que la
cruz de misiones antes florecientes, no abre ya sus brazos
anunciando redención; que muchas tribus salvajes siguen, en el seno
de Repúblicas democráticas, ejerciendo las mismas bárbaras
costumbres de antaño, ajenas á todo destello de cultura, miéntras
aquellos indios que entraron á médias en la vida civilizada son
forzados á pagar enorme contribución de sangre en nuestras
contiendas fratricidas! Y para extender la civilización debiéramos
recordar, á fin de emularlos y aun superarlos, los ejemplos de
política cristiana que nos ofrecen muchas leyes de Indias y los
cánones de Concilios provinciales; y entre los medios de avigorar
el espíritu nacional, no seria el ménos adecuado proteger y
fomentar el estudio de nuestra
|historia patria, empalmando
la colonial con la de nuestra vida independiente, dado que un
pueblo que no sabe ni estima su historia, falto queda de raíces que
lo sustenten, y lo que es peor, no tiene conciencia de sus destinos
como nación.
¿Qué han hecho nuestros gobiernos para fomentar los estudios
históricos? ¿Háse fundado y dotado alguna Academia de la Historia?
¿De las recientes cuantiosas erogaciones que en algunas Repúblicas
se hacen para sostener la instrucción popular ha salido alguna
pequeña suma para pensionar á algún erudito historiógrafo, ó para
sacar á luz algunos manuscritos, como la parte inédita de la
crónica de Simón, que se conserva en nuestra Biblioteca pública?
Pongamos aquí puntos suspensivos, en la esperanza de que el tiempo
dará ménos melancólica respuesta á las preguntas precedentes. El
Gobierno de Chile ha sido el ménos olvidadizo en este punto, y á
eso se debe en gran parte el vuelo que ha alcanzado allí ese género
de estudios universitarios: hay premios periódicos para
|Memorias
históricas; se hace escrupulosa censura de textos, y se adoptan
los mejores para la enseñanza del ramo, y las respectivas
asignaturas se desempeñan por personas de notoria competencia. En
suma, el repertorio de obras históricas, aunque ninguna de ellas,
por razones que no es del caso apuntar, alcance la nota de
perfección clásica que señalan las de Prescott, es variado y
extenso; y en general, el chileno sabe la historia de su patria. Y
obsérvese, en conformidad con lo que dejamos expuesto, cuán bien
confronta y se aduna esa tendencia á mirar atrás, ese interés por
la historia colonial, con los sentimientos patrióticos más
enérgicos, con el más ardiente ocio por la independencia y el más
exaltado orgullo nacional, de que ha dado repetidas muestras el
pueblo de Chile.
Esfuerzos particulares no han faltado, no, en las otras
Repúblicas, más dignos de loa y de aprecio, por las mismas
impropicias circunstancias que los acompañaron, que fecundos en
resultados; esfuerzos aislados, faltos de apoyo y resonancia, más
bien que pasos de un progreso colectivo y regular. En la patria del
ilustre Alaman (cuyo nombre merece bien recordarse al principio de
estas rápidas indicaciones) la
|Conquista de México del
historiador anglo-americano halló un docto adicionador en el finado
D. José Fernando Ramírez; y allí mismo el señor D. Joaquín García
Icazbalceta, tan cumplido caballero como investigador infatigable y
escritor castizo y elegante, ha dado á luz en tres grandes tomos en
4.º, impresos en gran parte con sus propias manos, en edición
nítida y correcta, preciosos
|documentos por él colegidos,
con preliminares biográficos y copiosas tablas alfabéticas. Pero,
como dice el diligente colector, la doble tarea de reunir
materiales y aprovecharlos es superior á las fuerzas de un hombre
solo, y él empleó sus mejores dias en la primera parte de la labor,
no sin dejar, eso sí, preparado el terreno con ilustraciones y
trabajos sueltos á quien haya más tarde de coronar el edificio. Con
algunos literatos como Icazbalceta, mucho, muchísimo habríamos
avanzado en tales exploraciones, y poco ó nada tendríamos en ello
que envidiar á las naciones más adelantadas.
No es poco lo que se ha trabajado en el Perú, y de ello es una
muestra el Diccionario de Mendiburu, aunque (dicho sea con el
respeto debido á una nación desgraciada) en muchas obras como la
citada se nota cierta falta de precisión y atildamiento, si ya no
es que de deliberado propósito algún escritor ingenioso, para
amenizar los hechos, los altere so capa de
|Tradiciones,
tarea á las veces más peligrosa que inocente en sociedades que no
han fijado su historia.
La
|Historia antigua de Venezuela por el académico Baralt
es sólo un discurso histórico de suelto y exquisito estilo. Y aquí
pedimos perdón á los autores de otras obras ó ensayos, que las
dimensiones de este escrito no permiten citar con el merecido
elogio, para mencionar finalmente las dos obras modernas más
notables que poseemos relativas á la historia colonial de la Nueva
Granada, y son la que el Coronel Joaquín Acosta rotuló
|Compendio
histórico y la que el señor Groot publicó con el título de
|Historia eclesiástica y civil. Nunca serán bien alabadas las
laboriosas investigaciones y la honrada veracidad de estos dos
colombianos ilustres; pero hemos de confesar que está distante de
ser definitivo el texto de sus libros, en que vemos útiles
contribuciones acarreadas al que haya de escribir nuestra historia
procurando abreviar un tanto el intervalo que nos separa de los
modelos sancionados en
|
ese difícil género literario.
"Si ha de escribirse algún dia la historia de nuestro país -dice
el citado señor García Icazbalceta - es necesario que nos
apresuremos á sacar á luz los materiales dispersos que áun puedan
recogerse ántes que la injuria del tiempo venga á privarnos de lo
poco que ha respetado todavía. Sin este trabajo previo no hay que
aguardar resultados satisfactorios." No queda excluida de estos
trabajos preliminares (y así lo entiende y lo ha practicado el
autor de las anteriores líneas) la reimpresión de obras antiguas,
que por su rareza ocupan un lugar inmediato al de las
manuscritas.
Y no es otro el servicio que desea prestar hoy á nuestro público
el Editor del presente tomo, dándonos en él repetida la obra que
compuso nuestro célebre compatriota el Ilustrísimo D.
LÚCASFERNÁNDEZ DE PIEDRAHÍTA y que imprimió J. B. Verdussen en
Amberes, año de 1688.
No aparecen en la actualidad en Europa historiadores notables de
nuestra época colonial, pero americanistas de afición, bibliógrafos
y coleccionadores de nuestros tesoros de historia y antigüedades,
abundan en Europa y los Estados Unidos. El Congreso bibliográfico
internacional que se reunió en Paris en 1878 reconoció que "la
América es la parte del mundo que más atrae la atención, hace
algunos años, en el punto de vista bibliográfico."
|
[11]
De aquí que los ejemplares de
nuestras crónicas escaseen cada vez más y desaparezcan del país
solicitados por el extranjero. La Historia de PIEDRAHÍTA,que ahora
se reimprime, figura en el último catálogo formado por Leclerc
(casa de Maisonneuve, de Paris) y tiene señalado el precio de 200
francos, el que, con motivo de esta reproducción, quedará
considerablemente reducido.
Ni ha sido caprichosa la elección que el Editor hizo de esta
obra para primer ensayo en la empresa plausible de reimprimir
nuestros antiguos historiadores; porque casi todas nuestras viejas
crónicas son de Ordenes religiosas, al paso que PIEDRAHÍTA
|
quiso dar á su libro un carácter más amplio y general,
aprovechándose no sólo de aquellas relaciones ya publicadas, sino
tambien, y con fidelidad minuciosa según que él mismo lo declara,
de dos manuscritos que por desgracia no existen ya, á saber, el
|Compendio historial del Adelantado Quesada, y la cuarta
parte de las
|Elegías de varones ilustres, escritas por Joan
de Castellános, beneficiado de Tunja.
En cuanto á la vida de PIEDRAHÍTA,nos remitimos á la adjunta
noticia biográfica y crítica, escrita por nuestro ya mencionado
compatricio el Coronel Acosta.
M.A.C.
BOGOTÁ,
|Junio 1881.
|
|
|
[1]
|
Óyeme: si hubo vez en que mis ojos, los fastos de tu historia
recorriendo, no se hinchesen de lágrimas .........QUINTANA,
|Ibíd.
|
|
[2]
|
VALERA,
|Discurso académico de contestación al señor Menéndez
Pelayo.
|
|
[3]
|
En la parte americana la obra de Ticknor es muy deficiente, ni
podia suceder de otro modo porque la falta de trabajos
bibliográficos anteriores no permitía que fuese completa. México
solo tiene materia para una obra extensa; véase el discurso del
sabio García Icazbalceta sobre Beristain, leído recientemente en la
Academia Mexicana. ¡ Pero cuánto no ha servido el ejemplo da
Ticknor! Gracias á él, Vergara en Colombia, Mera en el Ecuador, y
con mayor aliento y mayor cúmulo de noticias el señor Medina en
Chile
|(Historia de la literatura colonial de Chile, 3 tomos
en 8.º) han reunido nuevos datos para la
|Historia de la
literatura hispano-americana, grande obra que convida con
inmortal corona al que fuere digno de desempeñarla; aun no es
llegada la ocasión de que se escriba, pues apenas están comenzados
los trabajos preparatorios.
|
|
[4]
|
T. N. NICHOLS,
|Forty years of American life, London,
1874, p. 235
|
|
[5]
|
|Conquista del Perú. Nos servimos para estas citas de la
edición española, Gaspar y Roig,1854, p, 52.
|
|
[6]
|
|Conquista de Perú, edic. cit. p. 129.
|
|
[7]
|
Repertorio Americano, tomo III, p. 191.
|
|
[8]
|
VIRG.
|Aen. I
|
264. "Mores' conveyed to a Roman
many of the notions which political institutions and a social
system convey to us." CONINGT0N
|ad locum. A la Religión
cristiana cuyas inspiraciones presidieron á la Colonia y á la
República podemos aplicar la hermosa frase de Bello: Maestra de los
pueblos y los reyes, cantaste al hombre las primeras leyes.
|
|
[9]
|
V. AMUNÁTEGUI,
|Precursores de la
independencia.
|
|
|
[10]
|
BELLO,
|Opúsculos.
|
|
|
[11]
|
|Compte-rendu des traraux, p. 546.
|