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III LLEGAMOS A UBAQUE

Hénos aquí entrando en Ubaque. Eran las doce; el día estaba hermoso y varias gentes iban para el baño con sus quitasoles y atillos de ropa. Las niñas me dijeron:

-Primo, piquemos los tres adelante, porque nosotras no queremos entrar al pueblo al paso de cargas; y ese sillón tan feo de la cocinera ..... y la china con la gurupera reventada... ..

-Bueno, pues, les dije, y picando los caballos sali mos a todo el paso, dejando atrás a los demás. Pero a los muchachitos se les antojó también venirse adelante con nosotros, y partieron a todo el galope para alcanzarnos, porque se habían quedado atrás de todos cogiendo flores; y al pasar con su tropel por entre los demás, le pegaron un latigazo al caballo de la china, que, alborotado, siguió y pasó a escape, desbocado por entre nosotros, y ella agarrada de la horqueta, sin sombrero y sin mantilla, con las mechas y trapos por el aire daba gritos pidiendo misericordia, y más se alborotada el mocho, porque una alforja que llevaba colgada de la horqueta con unas totumas adentro, le pegaba por el pescuezo y la barriga haciendo un ruidajo de todos los diablos. Yo dejé a las primas y seguí tras ella a la furia, queriendo atajarle el caballo, y por poco no matamos a  unos cuantos por el camino; a lo menos un puerco que se atravesó fue a dar por allá. Mi tío daba voces; mi tía invocaba a todos los santos y su afán era con las muchachas, que iban adelante, solas con los dos muchachos, cuyos caballos estaban también alborotados dando vueltas, tascando los frenos, casi sin poderlos contener; y a todas estas nos h allábamos a la vuelta de la lomita a la entrada del pueblo y toda la gente estaba parada viendo el trastorno de nuestra expedición.

Por fin logré atravesármele al caballo de la china y echarle mano al freno al entrar en la plaza; pero como a ese tiempo pegó una rehuída, salió por allá la china rodando con alforja y totumas. Esto era a tiempo que venía con mucha pausa por la mitad de la plaza una comunidad de hombres y mujeres de Bogotá, que con sus paraguas y sábanas se dirigían al río. Al ver el fracaso, todos hicieron alto y empezaron a gritar la mató! ¡la mató! Venía ahí la familia de doña Gabriela con Aniceto, quien me conoció al momento, y largando prontamente del brazo a Domitila vino corriendo a ayudarme, y asustado me decía:

-Hombre, Pacho, ¡qué es esto! ¡qué loca es ésta!

La china se levantó llena de polvo, atontada; pero sin daño de consideración, si no son de consideración unas narices reventadas. Ya todos nos rodeaban; a la aporreada le daban agua; otro recogía las totumas y la alforja, y todos me hacían preguntas. Yo medio contestaba y miraba hacia atrás, deseando que llegase pronto el grueso del ejército, para que me ayudasen a contestar al ejército de preguntadores.

A esta sazón desembocan por la otra esquina las niñas, detrás de mi tío, luégo mi tía con el resto. Entonces se dirigieron a ellos los conocidos y desconocidos y me dejaron a mí con la china, que ya estaba en regla, puesta la mantilla y el sombrero, que le había traído un oficioso muchacho que recogió las prendas cuando fueron regadas por el camino. Allí nos reunimos todos y nos dirigimos a la casa que estaba ahí no más en la plaza; la china y yo a pie, los demás a caballo. Pepita y Antonia venían cada una con una amiga cogida de la mano, hablando a gritos con mucho contento. Mi tío y mi tía no hablaban de otra cosa que del chasco de las cargas, culpando a los arrieros que no les habían adivinado el itinerario. Por supuesto que todos convenían en ello, ponderaban la bestialidad de esa gente y lamentaban los trabajos de Chipaque. La cocinera venía detrás de todos muy contenta porque ese día no le había sucedido nada, y decía que a la china le había sucedido eso porque se había reído de ella el día que se había caído entre el río .

Así hablando todos a un tiempo todos contando, todos preguntando y cada uno mintiendo un poquito, llegamos al corredor de la casa de |ñor Riveros, que era la que se nos tenía preparada. El patrón salió con unos dos taburetes para que se desmontasen las señoras. Sobraban allí quienes las desmontaran y llevaran de la mano para aden tro; en las salas encontramos por fin los almofrejes y demás cargas.

-Si habrán dormido anoche en nuestras camas, dijo una de las niñas. Mi tía la volvió a mirar de pronto y le hizo uña seña con los ojos; señalando a |ñor Riveros, como quien dice, calla, niña, que lo oye. Pero no había razón para pensar tal cosa, pues que todo estaba liado como había v& nido de Bogotá.

Abrimos los almofrejes y desliamos petacas y baúles. El baulito de los peines fue abierto en el momento; y el espejo colocado en la pared, empezó a ser frecuentado y a dar algunas pesadumbres, porque las mascarillas, con el sol, se habían desfigurado un tanto. Los hombres andábamos por encima de todo abriendo y componiendo. Rejos por aquí; lazos por allí; cabuyas por acá se nos enredaban en las espuelas al pasar de una parte a otra. De golpe, tropel de los caballos allá afuera. Grita mi tío: niños, ¡qué es eso! Salimos todos a ver. ¡Qué había de ser! pues que los niños querían desensillar sus caballitos, pero al quitar la silla no zafaron la gurupera, y el caballo salió corriendo con la silla arrastrando del rabo y espantó a todos los demás.

-No fue nada ...... no fue nada...... Vamos para adentro otra vez.

Sigue la faena. Que estas camas para allí; que más bien para aquí que hay barbacoas; pero que por ahí entra aire; que las cobijas de mi |señá Pepita no parecen.

-Si las dejarían en casa.

-No señora, porque yo misma las metí.

-¿Si habrá alacranes en esta alcoba?

-Eso llévenlo para el cuartico de la despensa.

Todo esto con vueltas, mientras las dos primitas están sentadas, haciendo frente a las visitas de amigas y conocidas y desconocidas, que inalterables siguen sentadas sobre los baúles haciendo estorbo y tertuliando muy divertidamente, preguntando de cuanto hay en Bogotá; quiénes se han casado; quiénes se han muerto; dónde han bailado; quiénes se han ido; quiénes han venido; quiénes han parido; si ha llovido, si no ha llovido; y a todo esto mirando y reparando cuanto se saca de los almofrejes, petacas y baúles, para tener de qué conversar luégo con otras amigas, sobre si las almohadas tenían arandelas o no tenían; sobre si las camisas estaban o no remendadas, sobre si tenían muchos o pocos camisones; y a este tenor otras cuantas observaciones de mucho interés.

Mi tía renegaba en la despensa de las visitas tan largas. Yo le decía: tía, prefiero una noche como la de Chipaque sin camas y con hambre a una llegada tan solemne como esta, con tanta visita.

-¿Qué haremos para que se vayan! me decía ella sentada en una petaca. ¡Qué gente tan desconsiderada! no hacerse cargo de que viene uno cansado; pero no señor; ahí repantigadas conversa y más conversa. Ya se ve, también consiste en que aquellas niñas se ponen a llevarles adelante la conversación con tanto gusto, en lugar de decir de cuando en cuando: ¡Ay qué cansadas estamos!

Habíamos llegado a Ubaque a las doce del día, eran las dos de la tarde y todavía había visitas. Ya estaba la comida: la cocinera lo había dicho, y aunque habíamos comido bizcochos y bebido vino con las visitas, teníamos buena hambre. Mi tía se resolvió, por consejo mío, a mandar poner la mesa, juzgando que al ver entrar la china con los platos y tender el mantel, las visitas se despedirían. Pues sí señor: unas se fueron! pero otras más afectuosas se quedaron y nos acompañaron a comer; poniendo a mi tía en el trabajo de abrir una más, para sacar una caja de arequipe y regar postre a la comida. Mi tía y las niñas decían a las amigas que dispensaran lo malo de la comida y el mal servicio, porque ya veían que acabábamos de llegar y que todo estaba embrollado. Ellas contestaban con mucha gracia que demasiado bueno estaba todo para ser tales las circunstancias. Después de que comimos, se despidieron largamente diciendo que se iban porque nos consideraban muy cansados, que a la noche volverían más despacio.

A un rato vino Aniceto con sus hermanas y |misiá Gabriela. Volvieron a los saludos; a los abrazos; a los apretones; a las preguntas y averiguaciones, como si poco antes no hubieran hablado hasta por los codos. Luégo empezaron los planes.

-Niñas, decía Domitila a las muchachas, mañana nos vamos a bañar a un pozo que tenemos que no lo conoce nadie, y en donde se lava uno a gusto sin temor de que los cachacos vayan a fisgar.

-¿Y qué! dijo Pepita, los cachacos van al río cuando hay mujeres lavándose?

-Puu niña, entonces es cuando se les antoja.

-Ese si que es trabajo, niña Antonia, que dondequiera nos hemos de encontrar con los cachacos.

-Es maldición que tenemos encima las muchachas, dijo Domitila, y me reí mucho con Teodora un día en Bogotá. Ibamos una tarde por Sanfazón y no había nadie por allí; cuando de golpe me dijo:

-Niña, míra cuánto cachaco.

Yo miraba para todas partes y no veía nada.

-Pues allí entre la chamba.

Miraba y no veía nada.

-¿En dónde, niña? y más me afanaba, porque creía que estaban escondidos atisbándonos.

-Allí, que salen de entre la zanja, y van subiendo por el sauce. Más me desesperaba, porque no comprendía cómo iban subiendo por el sauce y no los veía, hasta que por fin se largó de mi brazo, echó una carrerita hasta la zanja y me dijo: míralos, míralos, señalando con el dedo las flores de pajaritos amarillos, de esos que hay tantos por Sanfazón y que llaman |nasturcios.

-Ah niña, ¿esos eran los cachacos?

-Sí, mi china, yo los llamo así.

-¿Y por qué?

-Pues porque se parecen en todo.

-Pero díme, ¿en qué se parecen?

-Pues en que son tan comunes, que por dondequiera se encuentran; en que lo mismo prenden en los jardines de las casas, que entre el barro de las zanjas de los ranchos; en que por dondequiera enredan y de todo se prenden; donde se deja nacer una matica, a poco tiempo hay veinte, y cuesta trabajo para desterrarlos, porque mientras más se pisan más prenden.

Aquí soltamos todos la risa y Pepita dijo:

-Y en lo oloroso también se parecen desde que han dado en echarse tanto pachulí.

El cuento dio lugar a mil comentarios y ampliaciones sobre los hermanos cachacos; de los cuales no faltaban por allí algunos, paseando por la plaza sin saber las honras que les estaban haciendo, quizás en cambio de las que ellos estarían haciendo a las cachacas en aquella misma hora.

Después de un rato de conversación se despidieron con toda aquella retahíla, abrazos y fullerías como si no se hubieran de volver a ver en un año, lo cual duró más que la visita, y mi tía se desesperaba porque había que disponer las camas, arreglar ropa, despensa, etc. Mi tío se había ido con los dos muchacho: a dar un paseo y buscar unos pollos. Luégo que estuvimos solos nos ocupamos en arreglarlo todo. Mi tía me mandó sacar las cosas del baúl en que iban sus novenas, el fray Luis de Granada, un cristo de indulgencias y un cuadrito de Nuestra Señora, el cual resultó con la vidriera rota.

-¡Ay, Dios, mío!, exclamó mi tía cuando lo vio, eso fue mal acondicionado.

-No, señora, es porque en el camino de Cruz Verde se necesita de un milagro para que llegue aquí algo bueno. Todos son callejones; saltos de subida y saltos de bajada por escalones de piedras flojas y tapones por uno y otro lado.

Pepita cogió el cuadro y mir dijo:

-Qué fortuna la nuéstra de no haberse roto el espejo.

Mi tía me mandó que colgara el cuadrito de la pared, y me puse a buscar un clavo, que no encontré, y tuve que colgarlo en una estaca de palo.

Siguiose luégo la composición de camas y arreglo de la ropa. Las muchachas se pusieron a preparar los trajes, botines y demás cosas para ir al otro día, que era domingo, a misa. Había mucha gente de Bogotá, y querían lucirse. Pero esto de la cara quemada las tenía encocoradas. Cada rato consultaban el espejito; mirándose a un lado y otro; tocándose con cuidado las mascarillas coloradas de la nariz para arriba, porque para abajo, los pañuelos no habían permitido al sol hacer sus travesuras sobre las caritas de mis primas. Yo al notarles el fastidio de verse así, les dije:

-Ahí tienen, que si se hubiera quebrado el espejo, ahora no estarían pasando malos ratos.

-Miren qué gracioso, dijo Antonia ¿y no sería peor que sin saber cómo teníamos la cara, fuéramos a presentarnos como matachines y que nos la cortaron las demás?

-¡Y qué! les dije, ¿entonces no salen para ir a misa?

-Sí, salimos, dijo Pepita, emparejándose el color con harina o tierra blanca, porque la cajita de los polvos se quedó olvidada.

Estaba ya casi noche y yo me salí a dar una vuelta, dejándolas allí en las faenas y preparativos para el otro día.

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