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II NOS QUEDAMOS EN CHIPAQUE

Marchábamos sin novedad hasta que llegamos al río Fucha que estaba un algo crecido. La cocinera se había quedado un poco atrás porque decía que el caballo no quería caminar. Al pasar el río se le antojó al mocho beber agua, y como estaba con freno, empezó a manotear y a dar vueltas en la mitad del río. La criada se desvaneció y comenzó a dar gritos diciendo que se la llevaba el río. Yo me volví a galope a ver qué era; pero antes de llegar ya ella se había botado al agua y había salido toda mojada. Mi tía y las niñas se volvían llenas de susto pensando que si la criada se habría ahogados pues no veían sino el caballo solo entre el río.

-¿Que fue? gritaban; yo contestaba ¡nada!, ¡nada! y más se as ustaban porque creían que la criada se iba río abajo y que yo le decía que nadara; y tenían razón para creerlo por que no la veían por allí, a causa de haberse puesto en cuclillas tras un barranco para torcerse las faldas que tenía empapadas. Yo le saqué el caballo a tierra, la monté y seguimos echándola por delante como carga al trote.

Después de algunas paradas para apretar cinchas y comer bizcochos, llegamos a Yomasa a eso de la una. Nos desmontamos. Mis primitas estaban ardidas del sol. Yo las bajé del caballo, mientras mi tío y el hombre que llevaba la chiquita desmontaban a mi tía, que con el camisón fruncido y dando quejidos de cansancio, ponía el pie en un taburete de cuero sin curtir, para echarse al suelo. Las muchachas también estaban entumidas, como pollos que sacan de la jaula, y no podían dar paso. La china se había pelado toda la pierna con la correa del estribo. La cocinera estaba mojada y los muchachos corrían por el camino sin quererse desmontar, hasta que mi tío los amenazó con no volver a sacarlos otra vez.

Era viernes, por mala fortuna. y la patrona no estaba en casa: se había ido a mercado; no había qué comprar, y nos la pasamos con el fiambre solamente, después de haber esperado las petacas más de hora y media sin que llegaran. Por supuesto dimos cuenta de todo lo de la alforja porque decíamos: en Chipaque tendremos las petacas. Luégo que acabamos de comer, montamos, dejándoles dicho a los arrieros con la criada de la venta, que abreviasen el paso para que llegasen a Chipaque pronto, pues allí nos íbamos a quedar. Seguirnos nuestro camino, y a la oración llegarnos a la plaza de aquel tristísimo y feísimo pueblo y nos desmontamos en una casa vacía y escueta que Sabogal le había proporcionado a mi tío.

Nuevos quejidos: todos estaban estropeados y con hambre; el hombre que nos acompañaba llevó los caballos al potrero, y yo salí a comprar vela y alguna cosa para comer ínterin llegaban las cargas, que ya no podían dilatar. Me cansé de dar vueltas a oscuras y no hallé más que velas, chicha y un pan medio crudo, endemoniado. Pensé   sopl arme en casa del cura, aunque no le conocía, e implorar sus auxilios temporales; pero una india me dijo: "El amo cura se jué dente este mañana onde la señá Rosalía que está agonizando de un tabardillo dormido que le agarró dende el domingo de una mojada".

Volví a la posada y di cuenta a la familia del éxito de mi comisión y agregué lo que la india me había dicho del cura, y no fue menester más para que mi tía empezara a agonizarse de aprehensión por la mojada de la cocinera, pensando en que le podía dar tabardillo dormido la que tomó en el río. Pero a todo esto qué hambre!..... Allí era el desear las cargas: el queso! los bocadillos! el chocolate! los bizcochos! los salchichones! tantas cosas buenas que venían en las petacas! Pero sobre todo, las camas, las camas se deseaban por momentos: los colchones para botarse encima y descansar! las frazadas para arroparse en aquel frío! todo era asomarse a la puerta a cada momento: cada vez que se oía ruido de bestias o ladrar de perros, salíamos corriendo. Todo era poner el oído para escuchar si gritaban arrieros por el alto. Eran las ocho de la noche y no había esperanzas: estábamos tiritando de frío y no habíamos merendado sino pan, de aquel que dije, con panela que había llevado la criada entre la faltriquera.

También había salido en comisión la cocinera a ver si hallaba algo de sustancia para cenar, y más afortunada que yo, vino trayendo unas costillas de cordero que había comprado a buen precio. Se puso a asarlas y cuando estuvieron las comimos con grande apetito. La escena era patética. Estibamos rodeados de un caucho extendido en el suelo sobre el cual yacía una cazuela de barro con la costilla chamuscada; la vela estaba pegada a la pared y cada uno sacaba a mano su pedazo de costilla. Las muchachas que estaban por all´a tendidas en una ruana, vinieron a la mesa; pero Antonia se arrimó primero al cabo de vela que esta ba en la pared y empezó a untarse cebo en la cara para lo quemado del sol, y por un acto tan natural como involuntario, fue a mirarse en el espejo como si estuviera colgado en la pared. Entonces dio un ay! y dijo: " baulito con el espejo y los peines también se quedó atrás!". Se arrimaron a comer, y lo mismo los muchachos; y era cosa que me hacía mucha gracia verlas comer aquel cordero pascual con los deditos llenos de manteca, después de ser tan remilgadas en su casa.

En fin, esto ya era algo; por lo menos caliente. Pero, ¿las camas? ¡Con qué comodidad se viaja en la Nueva Granada! le decía yo a mi tío. No hay república más adelantada; y esto sucede a las puertas de la capital ..... Oyose tropel de cargas voces de arrieros ...... Afuera todos, menos los muchachos que ya estaban mancornados y roncando encima de los galápagos. En efecto, llegan los arrieros con las cargas: ¡qué gusto! Pero eran los arrieros de Sabogal que volvían del mercado de Bogotá con sus bestias cargadas de retorno.

Mi tío empezó a preguntarle al que hacía cabeza (aunque no traía la suya muy en su lugar) si había dejado por el camino algún equipaje.

-No, mi caballero, no le daré razón; por el camino yo no dejé meramente más que a los venianos de mercao y ninguna otra cosa de equipaje; paqué es decir lo que uno no ha visto.

Mi tía se angustiaba; las muchachas le daban señas al hombre de cómo era el equipaje, pero él decía:

-No mis señoritas, yo no vide por el camino venir pa acá peones con equipaje. El único equipaje que vimos nosotros los que ahora venimos aquí con las bestias del patrón Sabogal, fue el que traía el Chispas que es arriero de don Gregorio que traía unos almofreses y petacas con baúles.....

-Pues esas son nuestras cargas, interrumpió mi tía.

-¿En dónde los ha dejado? preguntamos todos a la vez.

-Puú, tú, tú, contestónos el otro, esas ya estarán en Ubaque descansadas a la hora de éstas....

-¿Cómo así, cuando no nos han alcanzado? dijo mi tío.

-Pus porque ellos agarraron por Cruzverde que es más derecho.

-¿Y cómo sabe usted que se fueron por Cruzverde?

-Pus porque yo me junté y me vine con ellos hasta las Cruces y ahí tomamos chicha y ellos agarraron de jilo por la subida de los Laches arriba y nosotros nos vinimos por abajo, porque teníamos que traer aquí las bestias del patrón Sabogal.

Mi tío se puso ambas manos en la cabeza y se fue para dentro diciendo: ahora sí que nos amolamos sin tener en qué dormir, sin comer, en este páramo y con estas niñas que pueden hasta enfermarse quién sabe de qué!

Mi tía dijo:

-Pues aquí no hay más que juntar ruanas y hacemos montón para poder dormir. Este consejo fue adoptado por todos, aunque yo debía haber estado negativo, por cuanto que se deja ver que no podía hacer parte del montón, por más sobrino que fuera de mi tío.

-¡Hombre! decía éste, ¡cómo se me olvidó el haberles advertido que nos veníamos por Chipa que! Ya se ve si lo atolondran a uno en términos que no se sabe dónde tiene la cabeza. Pues vamos a ver cómo nos acordamos.

-¿Y mañana con qué nos peinamos? decían las muchachas. Aunque se hubieran ido las camas y el fiambre, como no se hubiera ido el baulito con los peines y el espejo, decía Antonia.

Se acabó, pues, la engañosa esperanza; supimos a lo. que debíamos atenernos, que a ratos es lo mejor, y empezamos a desenvolver ruanas y cauchos. Los muchachos estaban dormidos como piedra, y yo los fui levantando de un brazo para que se quitaran las ruanas, los zamarros y las espuelas que todavía tenían puestas; pero lo que hacían era caminar por la sala dándose toponés y buscando sus camas, que estaban bien lejos.

Como se había resuelto dormir todos juntos en montón y yo quedaba excluído de este beneficio, hube de quedarme solo a las diez de la noche como gallina buscando el palo, y sin hallar dónde ponerme el abrigo del frío porque mi bayetón se lo había dado a las niñas y no me quedaba sino la ruana corta. Estaban mis tíos, mis primitas y mis primitos en el montón como el grupo de Niobe, y a ratos como Laocoonte con las serpientes envueltas, porque el par de muchachitos no dejaban dormir, pellizcando piernas, riéndose y revolviéndose por todos lados. Se les había espantado el sueño, y ya se sabe lo que son los muchachos cuando se les espanta el sueño. Las dos criadas se acomodaron la cocina, en donde hacía menos frío, a causa de que habían prendido candela y aún quedaba el rescoldo. Así, pues, como gatos durmiendo entre la ceniza.

Yo me fui largando a ver si encontraba abrigo en otro montón, aunque fuera de indios, y di con un rancho de olleros que me alojaron en un rincón donde estaba la paja, y allí (para qué he de decir otra cosa) dormí perfectamente, después de haber oído un cuento que referiré cuando lleguemos a Ubaque.

Los demás se levantaron al otro día traspilla dos, como era natural. Logramos conseguir un pollo y huevos para almorzar. Las bestias vinieron tarde porque se les había vuelto una para el comedero, y era uno de los dos caballos prestados, que fueron a alcanzarlo a la salida del páramo. Se ensilló, montamos y nos fuimos. Pero aquí fue otra vez el lamentar de las niñas la falta del baulito.

-¿Y cómo entramos a Ubaque sin peinarnos?

-No es lo malo, les decía yo, entrar a Ubaque sin peinarnos, sino entrar con la barriga tan vacía.

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