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I NOS FUIMOS A UBAQUE

Cuando una familia está en vísperas de viaje, en esta tierra que se llama Bogotá, toda la casa se pone en movimiento. Las mujeres se afanan; los muchachos se alegran; los hombres disponen, y las criadas andan como ringletes. Sólo la cocinera se mantiene con calma componiendo las gallinas para el fiambre, y cuando más pregunta a dónde nos vamos a quedar al otro día, y si el caballo será corcoveador.

El día del viaje aumenta el movimiento. Yo describiré el cuadro que se me ofreció a la vista teniendo que viajar con la familia de mi tío. Se hacía el viaje para Ubaque, y mi tío, como hombre experimentado y de recursos, había tocado con quien le pudiera mandar de aquel vecindario mejores bestias; amén de dos caballos de pesebrera que para las dos muchachas, mis primas, había conseguido en Bogotá. Yo tenía mi caballo, y el día de la salida, a las siete de la mañana, ya estaba llegando a la casa de mi tío. Apenas sintieron los muchachos ruido de caballos en el zaguán, salieron corriendo a ver si eran las bestias; y por poco no me hacen dar un golpe; porque con el tropel con que salieron a la puerta, a tiempo en que yo me iba a desmontar, me espantaron el ca ballo, que dio una vuelta conmigo cuando ya había sacado el pie derecho del estribo, y así medio a garrado de la cabeza de la silla, como Santiago matando moros, me sacó zumbando para afuera, dándome un raspón en la rodilla contra la pared.

Con el alborto, mi tía empezó a dar gritos arri ba; las criadas salieron corriendo para abajo, y mi tío lo mismo; pero ya yo entraba desmontado, y aunque descolorido, le dije que no era nada sino que los muchachos me habían espantado el cabal lo. Ellos, que estaban ya con sus ruanitas y sus espuelitas puestas bien ensombrerados, tuvieron que largarse escaleras arriba con un par de coscorrones cada uno. Subí las escaleras, y ya estaban hinchendo almofrejes en el corredor. Los baúles estaban liados y lo mismo las petacas, con excepción de una que estaba abierta aguardando un queso que habían mandado a comprar y no parecía.

Mis dos primitas estaban apuntando los velil los en sus sombreritos, y componían un baulito con el espejo, los peines, un tarro de pomada y otras chucherías mujeriles: "el fiambre de mis señoritas", como decía la cocinera. La batahola de la composición de almofrejes era de ver. Ya iban a liar, cuando salía la criada:

-Mi señora, mire que aquí se olvidan los botines de |mi señá Pepita.

Salía la Pepita.

-No me vayan a dejar los botines ni el corsé, porque son para ir a misa el domingo.

-Pues que deslíen el almofrej y los metan en una esquina. Salía por allá otra:

-Aquí dejan los pañales de la niña, y las nagu as de |ña Teresa que encargó que se las metieran por ahí.

-Que abran otra vez el almofrej y métanlas en una esquina.

-Que no me vayan a dejar mis zapatones, decía mi tío a su vez.

-Métanlos en el almofrej.

No hay sujeto de más capacidad que un almofrej, me decía yo a mí mismo: todo le cabe en las esquinas y se queda como si no. Así hay muchos hombres que tienen gran capacidad de almofrej que todo les cabe en la cabeza y les sobra hueco para más.

En estas se oyó gran tropel de caballos por la calle, y los muchachos gritando ¡ya están ahí! bajaron corriendo como diablos por las escaleras; mi tía empezó a darles gritos; mi tío salió a atajarlos y los hizo volver del descanso de la escalera. Eran los caballos efectivamente y entraron al patio. El hombre que venía para llevar a la niña y atender en el carguío y ensilladura, se desmontó y arrastró el zurriago y las espuelas, subió, y quitándose el sombrero chiguano, puso un papelito en manos de mi tío.

Allí empezaron las designaturas o designa ciones.

-Pues que aquí viene aquel castaño que es de paso y muy manso para mi señora. El rucito es para uno de los niños.

-Papá, decía el uno, yo voy en aquel negrito.

-No señor, decía el peón, ese es algo resahiado y no sirve sino para criadas. El cebruno es para sumercé, y el alazanito careto para el otro niño.

Empezóse la sacada de las sillas, galápagos y sillones. Que bulla! Los muchachos ya estaban entre los caballos queriéndoles poner el freno. Mi tía decía afanada:

-¡Niños que los cocean los caballos, suban para arriba! Los peones empiezan a ensillar y salimos con que falta un freno y dos sudaderos.

-Pues que vayan donde don Mariano y que le den recado, que me haga el favor de prestarme un freno para una criada, que de aquí a un mes se lo devuelvo; y para sudadero que corten de ese pedazo de friso que se quitó del cuarto.

-Que para el sillón de la cocinera falta mucha.

-Pues que le acomoden un lazo.

Así se facilitaba todo y marchábamos viento en popa.

Las muchachas estaban ya en el corredor con sus vestidos de montar arremangados, y con sus sombreritos currutacos.

-¿Y por qué será que no nos han traído los dos caballos? Que vayan a ver.

Sale corriendo un muchacho y vuelve con uno solo, diciendo que el otro no ha venido todavía de la Estanzuela. Mi tío, considerando que se hace tarde y que puede llover, le pregunta al hombre si el caballo que viene para él, puede servirle a una de las niñas. En el momento dijeron éstas a dúo:

-Yo no voy en ese caballo tan flaco y espelucado.

-Pero se hace tarde, hijas.

-No le hace, mas que se haga; ¿yo había de salir a caballo en esa ranga para que se rieran los cachacos? Eso sí que no, papá. Que le presten el caballo a Pelegrín.

-Ese caballo es de mucho brío, niña, ¿cómo había de exponerse así?

-No, papá no le hace: como yo vaya en un caballo gordo y herrado, mas que me aporree al salir; peor es que lo vean a uno en un caballo feo. En éstas estábamos: yo había ofrecido el mío, pero con la espantada de la puerta le habían cogido miedo, como dicen los orejones, y como yo no tenía ganas de que aceptaran la oferta, había procurado persuadirlas de que era manso, metiéndoles más miedo con las mismas persuasiones, pues les decía: "eso fue porque salieron corriendo los muchachos; pero cuando no hay cosa con que se espante, no se espanta, y en yendo uno con cuidado para que no lo coja descuidado no hay riesgo. Eso sí no hay que pegarle en las ancas porque alza las patas.

Con este modo de persuadir quedé yo en posesión de mi caballo; y como a esta sazón llegó el que no parecía, la cosa quedó concluída.

Llamaron a almorzar, y almorzamos en platos quebrados y con cucharas de palo. Mi tía dijo:

-Dispensen el servicio porque ya está todo guardado.

Almorzamos aprisa, como los israelitas al Salir de Egipto. Los muchachos estaban desganados por ir a montar. Mi tía les decía:

-Almuercen porque después les da hambre en el camino.

Concluído todo esto bajamos a montar. Mi tía no acababa de dar órdenes y recomendaciones a la vieja que dejaba cuidando la casa: cada rato se volvía de las escaleras para decirle otra cosa.

Llegó el momento de montar, y se redoblaron las carreras, los gritos y el alboroto.

-Que no se olvide la olleta. ¡Que le amarren a la china en la orqueta del galápago el atado de ropa y el jarro de plata! ¡Que amarren las alforjas del fiambre en la barandilla del sillón de la cocinera..... y la ollet a también, porque diz que no la pueden llevar los arrieros, gritaba otro por allá. "Y los fuelles que no los vayan a dejar, porque yo no puedo soplar con esta mi cara tan mala" respondía la cocinera desde abajo, ya enruanada y con su sombrero de barboquejo y su varejón en la mano.

-¡Que monten las criadas primero! Se oyó esta voz; pero ya andan los muchachos a caballo espantando a los otros.

-Niños, estense quietos!..... La cocinera está montando. A la china la han dejado teniendo su caballo del freno.

-Este caballo como que muerde, decía, porque le veía mascar el freno.

Yo me acometí a tenerle a la cocinera el sillón por la espalda y un peón le arrimó el taburete.

- María! Si me irá a botar este animal, |ñor.

-No señora, es mansito.

En el nombre de Dios, y se echó tres cruces poniendo la pata en la tablilla. El mocho estaba matado en los riñones, y cuando le |bornegueó el sillón en las carnes, se pandeó de espinazo y alzó la cabeza de medio lado con oreja torcida.

- Jesús! este caballo quiere corcovear; mírele las orejas.

En fin, monta: el peón le da la rienda y la varita. La cocinera empezó a chupar el caballo y a darle sofrenadas para arriba y fue saliendo poco a poco hasta la puerta de la calle. Al salir fuéra se le cayó el varejón y largó la rienda, y asida de las barandillas empezó a gritar que le atajaran el caballo, que tomaba ya calle abajo como con una carga.

Había montado ya la china, que menos miedosa y más atolondrada, salió al trote pegándole al caballo por la cabeza con un manatí, y como pasó de refilón por detrás de la cocinera, le llevó de paso la alforja, que con otros arremuescos iba prendida de la barandilla del sillón, y allí fue el gritar y el tener que salir corriendo de los arrieros a alzar los cachivaches y atajarles los caballos, que medio espantados iban tomando su camino más aprisa de lo necesario.

Los demás salíamos unos tras otros sin novedad; y antes bien con cierto gerbo que daba a la cosa el sonar de las herraduras de los caballos de las niñas, que se habían vuelto buenas equitadoras, desde que les dio por salir a pasear a cabal lo por las tardes para lucir sus personitas de un modo pintoresco, particular, y sobre todo ruidoso.

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