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LA TIENDA DE DON ANTUCO

Las cinco de la tarde habían dado. Yo me hallaba libre y desembarazado de las ocupaciones diarias de mi oficina. Paréme en una esquina pensando en el rumbo que daría en aquel momento a mi soberana individualidad, cuando me ocurrió la tienda de don Antuco, albergue sempiterno de embozados tertuliadores. Mi espíritu deseaba expansión después de estar todo el día entre el cajón de la oficina; mi mente, variedad de objetos sobre que distraerse, y toda mi alma, seres desocupados con quienes tener un buen rato de tertulia. Era todo lo que me pedía el cuerpo, y nada mejor para esto que la tienda de don Antuco.

Don Antuco vende poco; su negocio consiste en revender babuchas de cordobán, botines de becerro y botas de cañón de baqueta, amén de otros artículos que allí yacen relegados de tiempo atrás, como algún almirez arrumbrado, alguna campana, libros en folio como las Pandectas; un sombrero a la Bolívar, algunos cubanos de la pelea pasada, un escritorio con embutidos de hueso, y varios santos que han sido de fiadores por algunos reales y se han quedado allí como en el Limbo sin tener quién los saque. Cierto es que hay otros efectos de expendio, aunque elevados a la segunda potencia. Allí se ve el magüey claveteado de armellas y tijeras mohosas; la grandera con algunas ruedas de cintas empolvadas; tinteros de cacho; petaquitas de Pandi, cargadores y lazos. La tienda de don Antuco es de gran fondo y trastienda; el techo es alto y ahumado. No se ve allí como en todas las demás tiendas un cartel diciendo en letras gordas: " |La tertulia perjudica", porque don Antuco gusta mucho de ella y antes bien, lejos de desterrar de ese modo brusco a los inocentes desocupados que ningún crimen cometen con el no hecho de no hacer nada, les tiene puestos asientos en los oscuros recovecos que hay a un lado y otro de la puerta. Estos asientos son cuatro: un barril boca abajo; una caja de nogal; una petaca de cuero y un taburete de fornida armazón forrado en lustrosa y recurtida vaqueta cuyo asiento con el continuo uso está hecho arteza y es comodísimo mueble.

Yo me dirigí prontamente a este asilo de los desocupados pensando en que no fuera a estar cerrado por algún evento; pero desde media cuadra reparé que las dos grandes abras forradas en pergamino de res, estaban abiertas. Me presenté en el umbral y saludé. Don Antuco me contestó desde el lado allá del mostrador:

-Prosiga para adentro, señor don Pacho.

Don Anacleto, tertulio permanente de la tienda, estaba sentado sobre el mostrador y su saludo fue:

-Amigo, venga usted y dé cuenta de lo que sepa, que la oficina de chismografía ha estado hoy algo muerta.

Yo pasé del umbral y me encontre con tres emboscados tertulios en sus asientos a un lado y otro de la puerta. Estos eran un viejo oficial de la Independencia, Ramón Sánchez, y Valentín, el músico. Nos saludábamos mutuamente como amigos y sobre todo como gente desocupada. Valentín me cedió el taburete y se sentó en la petaca, diciendo:

-Aquí estoy mejor si no hay ratones adentro.

-Eso de ratones aquí se conversa, dijo don Antuco. ¿Y entonces de qué me servía mi compañero? Y empezó a sobarle el lomo a un gatazo blanco que estaba sobre el mostrador; y el gato como si hubiera comprendido la importancia que su amo le daba, empezó a pasar y repasar por delante de él gruñendo, y con el espinazo arquea do y el rabo tieso refregándoselo contra el chaleco.

Se me antojó alzar la vista para una tabla del aparador y vi un santo vestido de raso verde lleno de polvo y telarañas; era de goznes y está sentado, con las piernas estiradas, que le salían fuera de la tabla; tenía en los pies sandalias de tafetán rosado pegadas con cera negra. Reparando en ello dije a don Antuco:

-¿ Que enfermo es el que tiene usted allí con sinapismos en los pies?

Los otros volvieron a mirar; cada uno dijo su cosa y se rieron. Don Antuco me contestó:

-Es un San Juan que desde el tiempo de mi padre dejó empeñado aquí por unas babuchas una beata y no se le volvió a ver la cara; y de éstas nos suceden muchas a los tenderos.

El oficial de la independencia, que estaba sentado en el barril, dio un suspiro, y cargando las quijadas sobre las dos manos, que cobijaban la cabeza del bastón que tenía, dijo:

-Cuando yo entré de cadete en tiempo de Nariño, vine a esta tienda a comprar unos botones para el uniforme y ya estaba ahí ese santo. Entonces se hallaba esta tienda muy surtida.

-Esos eran otros tiempos, dijo don Antuco: le faltaban a uno manos para vender. El ramo de alquileres de cucuruchos y túnicos para los nazarenos de Semana Santa no más, dejaba un platal.

Ramón Sánchez, que no se sabía estar callado, dijo:

-El comandante ha hecho un buen apunte; pero podía haber dicho que las telarañas también eran del tiempo de Nariño.

-Y no sólo eso, dijo don Antuco, sino otras muchas cosas. Yo no he querido entrar por modas; quiero conservar los recuerdos antiguos; y que también sucede que cuando se barre se empolva todo.

En efecto, la tienda de don Antuco es la única que en Bogotá permanece sin mudarse, con su estantería formada de cajones y cajoncitos unos sobre otros, dados de tierra blanca en su tiempo, y hoy de hollín por el polvo y los moscos; los más de ellos vacíos; los otros ocupados con petaquitas con hollín, badanas, atados de pita, lazos y algunos otros féferes de esa especie; pero sobre todo de zapatos botines criollos y extranjeros (de Tausa) de diversos tamaños que andan regados por todas partes, no sólo en los cajones, sino en canastos por el suelo y en perchas de clavos formando hileras. Allá en el fondo de la tienda, hacia un rincón, está la puertecita de la trastienda, que es doblemente Oscura, en donde apenas se alcanza a ver desde afuera algún canasto, zurrón o petaca de cuero, o un fondo de cobre. El suelo empedrado es correspondiente con el cielo que es entresuelo del edificio alto de las monjas. Las vigas juntas, rollizas y corcobadas de que está formado, y el pavimento empedrado, indican la abundancia de maderas y la escasez de chircaleños en antiguos tiempos. De este cielo ahumado en que las telarañas, tan bata nadas como el mejor lienzo de Morcote, apuntan y se despliegan por todos los ángulos, pende un palo horizontal, sostenido por dos lazos que parecen cerdas negras por lo acaramelados con el mosqueo, y en este palo hay colgadas mochilas de fique, retrancas, un farol, un par de estribos de baúl y un jamón, momia de los tiempos de Juancho el repostero. De allí pende también la balanza del peso, cuyos dos grandes platos rumbrosos están sobre el mostrador con el marco de cobre y una piedra como el puño para corregirle los bizcos al peso, y es lo que en pulpería se llama el ojo del peso. Y el de don Antuco lo tiene tan hermoso que necesita de una piedrecita como esta para ponerlo en fiel. No hay para qué decir que el mostrador tiene por encima sus buenas mataduras en la piel como mula que viene de Honda, porque ya debe suponerse que con el roce de los platos del peso y con el de los demás efectos que en tantos años han estado pasando por encima de la vaqueta, ha cedido, como cede todo, a la porfía; y si en unas partes se muestra sana, retinta y lustrosa de la mugre, en otras presenta el mate aterciopelado y estoposo del ante, indicio de que ha perdido su primitiva tez y que camina a la matadura; al contrario de las mujeres, que cuando muchachas frescas tienen la tez mate y aterciopelada como el durazno |biche, y cuando viejas y resecas se ponen lisas y lustrosas como manzanas de Engativá. Por demás será decir y hacer notar al lector que esta misteriosa guarida, que lo pone a uno como en otro mundo, inspira cierto recogimiento y sabrosura muy a propósito para cuatro tertuliadores, embozados en sus capas y fumando un tabaco, bien arrellanados en sus asientos, recuerdan sus tiempos: los tiempos en que el joven militar hacía proezas de valor y lucía las charreteras entre las damas; en que el músico y el bailarín tocaban, bailaban, chirriaban, paseaban o gozaban de cuanto podían gozar..... Oh! qué ratos tan sabrosos los que se pasan en la tienda de don Antuco! Y si es lloviendo mejor, y más si es en hora de oficina y que pueda uno decir: "Es imposible salir de aquí: aquí tengo que estarme en tertulia sin faltar a mi obligación ni gravar mi conciencia, puesto que lloviendo no estoy obligado implícitamente a ir a la oficina; porque el mojarme me haría daño, y la propia conservación es precepto de ley natural que obliga en conciencia". Oh! entonces se echa uno más para atrás en el asiento y dice: "ojalá no escampe en toda la tarde": enciende otro tabaco y sigue con el cuento. Estando en la conversación que decía antes de las filosóficas consideraciones que preceden, entró un hombre alto, huesudo y amarillo,con una ojera verde y tan soplada que por aquel lado le hace el semblante risueño a pesar de los mechones de barbas negras y sedosas que lo melancolizan. El pelo asimismo largo y aborrascado, le salía por debajo de un jipijapa machucado, con alas de barquillo y una hermosa franja negra de grasiento sudor que cogía la mitad de la copa. En otro cabo de la figura traía este sujeto unas alpargatas destalonadas y barbudas que dejaban asomar a cada lado el último dedo a modo de trueno reventado. Los calcaños eran ni más ni menos como piedra-imán con salvadera. Los calzones los traía de manta o mantas, porque estaban acolchados de remiendos, y como no estaban suspendidos por calzonarias sino que se los tenía con una correa grasienta envuelta en la cintura, el fundillo le caía un poco m abajo de su lugar con algunas roturas deshilachadas a modo de boca-fuelles: curiosidades que se descubrían por no ser tan cumplida que por delante le llegara al ombligo ni por detrás a la rabadilla, aunque por los flecos se conocía que antes había sido más larga. Por la abertura salía y caía sobre los hombros el cuello de la camisa, de color de hollín, tan marchito y desmayado, que el pescuezo arrancaba de ahí para arriba libre y desembarazado, luciendo sus artejos y su mugre hasta dar en la cabeza, que arriba queda delineada.

Este personaje se acercó al mostrador, y tocándose el ala del sombrero con una mano nerviosa, de largas y ribeteadas uñas, saludó a don Antuco y miró a un lado y a otro. Don Antuco le contestó:

-¿Cómo te va?

-Yo venía por aquí onde sumercé (dice el mugroso) a ver si me quería mercar un par de botines de becerro.

Y diciendo y haciendo sacó de debajo de la media ruana, la otra mano con un par de botines que puso sobre el mostrador. Don Antuco los cogió, olió, hizo un gesto y dijo:

-Este es cordobán fatuto.

-No señor, es por lo fresco que huele así.

Don Antuco meneaba la cabeza mirándome: les midió la cuarta y pulgada; les metió la mano, les registró las costuras, y dijo:

-¿Y por esto cuánto pedís?

-Ahí me dará sumercé diez reales, contestó el otro rascándose el cogote y con una medio risita en la cara.

- ¡Diez reales esto!

-Si el material está tan sumamente caro. Para qué lo he de engañar a sumercé; a mí me salen costando un peso, fuera de mi trabajo.

-Pero, hombre, si yo no los vendo aquí más que a peso, ¿cómo te voy a dar diez reales?

-Ahí me dará sumercé los nueve y me sale mi trabajo por un real no más.

-Bonito está, entonces perdía yo un real por tu gusto.

-Por mayor que para no alegar más, se los dejo a sumercé por el peso, mas que pierda mi trabajo, que para eso somos marchantes.

-Vaya, pues, se los tomaremos por no dejar, dijo don Antuco; y sacando del cajón una petaquita, estuvo escarbando con el dedo y sacando reales.

-Eso sí, que no sean de granada, dijo el zapatero.

-Qué granada ni qué Juan granada, si son buenos; y no seas tan regodiento, que ya presto ni de granada tendremos.

Y así diciendo, le contó en la mano los ocho reales al deshilachado zapatero, que los recibió, y vuelto hacia la luz que entraba por la puerta, los estuvo viendo y refregando uno por uno, y no hallándoles tacha, se tocó el ala del sombrero y se salió muy contento con darle a don Antuco los botines por lo mismo que le salían costando; no quedando menos satisfecho don Antuco de comprarlos por lo mismo en que los había de vender.

¡Qué negocio! decía yo entre mí. Es preciso que uno y otro hayan quedado bien seguros de meter clavo. Entonces caí en cuenta de que en los negocios de nuestras gentes se atraviesa otra clase de moneda invisible, pero corriente, que son las mentiras, para las cuales todos tienen trueque.

Con esto me salí yo también, porque recordé que tenía que escribir un artículo de costumbres que me habían recomendado ciertos editores, y dije: nada mejor que esto por ahora. El cuadro de la tienda de don Antuco debe ponerse en exhibición antes de que se borre de mi imaginación.

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