UN SUEÑO DE DOS COLORES
Dedicado al estudio de nuestras antigüedades hace algunos años
tengo la costumbre de emplear parte de la noche en la lectura de
cuantos documentos puedo conseguir sobre este asunto importante
Cuando he leído o escrito algunas horas me pongo a pasear en la
sala hasta que el sueño me obliga a tomar la cama.
En una de esas noches había estado leyendo varios documentos
sobre los trabajos científicos del sabio
|Mutis, Caldas, Lozano y
Valenzuela. Mi imaginación se enardecía al contemplar el
majestuoso arranque de las ciencias en nuestro país. Contemplaba
con cierta especie de orgullo nacional el progreso que habían
llevado por algunos años, y me decía a mí mismo: ¿en dónde están
los sucesores de aquellas altas inteligencias? ¿Quién ha continuado
la serie de trabajos que aquellos sabios emprendieron? Yo alcancé a
conocer el establecimiento botánico y el observatorio astronómico
antes de su decadencia. ¿Qué se ha hecho todo esto? No sino el mudo
edificio en un deterioro lamentable. Lo demás no existe...
Con estos tristes pensamientos me fui a la cama, y apenas me
dormí cuando empecé a soñar que me hallaba en un gran salón, donde
trabajaban varios pintores sobre papel, en grandes mesas. Al
primero que conocí fue a Matiz, que con grande atención dibujaba
una planta del natural. Luégo vi a Hinojosa, que después fue mi
maestro de dibujo; a
|Barrionuevo y a otros, todos ocupados
en la misma tarea. Estaban tan embebidos en ella, que ni hacían
alto en que yo andaba por allí dando vueltas de curioso, observando
lo que cada uno hacía.
En esto entraron Mutis y Lozano; éste con un rollo de papeles en
la mano. Era una parte de la
|Fauna Cundinamarquesa, obra que
actualmente trabajaba como encargado de la parte zoológica de la
expedición botánica. Acercáronse a unos estantes que estaban llenos
de objetos de historia natural, entre ellos multitud de muestras de
diversas maderas. Estas son, dijo Mutis a su noble compañero, las
muestras que últimamente me han traído de la montaña de Carare; por
el correo próximo las remitiremos a la corte con el té, de Bogotá
que tenemos preparado.
Pasaron luégo a un gabinete contiguo a la sala, y yo, que andaba
allí como una sombra invisible, seguí tras ellos. Entrados a la
pieza se sentaron los dos sabios, cada uno en su grande silla de
brazos, junto a una mesa. Allí tenía Mutis parte de los manuscritos
de la obra que estaba escribiendo bajo el título de
|La Flora de
Bogotá, y parte también de la magnífica colección de láminas
que debían acompañarla, trabajadas por los pintores de la botánica.
Tenía también la memoria del doctor Parra, cura de Matanzas, sobre
el cultivo del trigo; la disertación del doctor Duquesne cura de
Gachancipá, sobre el calendario de los indios Muiscas, dedicado al
mismo Mutis; la memoria del doctor Valenzuela, cura de Bucaramanga,
sobre la mina de alumbre de Girón, y en fin, otros muchos papeles,
libros e instrumentos matemáticos. Las paredes de la pieza estaban
cubiertas de mapas y de pinturas de objetos raros de la naturaleza,
en el suelo y sobre otra mesa había varias máquinas de física.
En un estante tenía Mutis la correspondencia con el virrey
Góngora que se hallaba en Turbaco, y con la corte de Madrid.
Acercándose al estante tomó un oficio que acababa de recibir por el
correo; volvió a su silla y lo leyó a Lozano. Era una real orden
suscrita por el marqués de Sonora, ministro español en que se decía
que el
|té de Bogotá había sido reconocido por don Casimiro
Gómez de Ortega, primer catedrático del real jardín botánico, y que
lo había hallado tan bueno como el mejor de la China, con cuyo
motivo se prevenía que se hiciesen grandes remesas de este
artículo. Pasaron luégo a hablar sobre el cultivo de los árboles de
canela, de los cuales se habían logrado ya once en Mariquita.
Yo estaba suspenso viendo y oyendo a los dos sabios, cuando de
repente me hallé, sin saber cómo, en un jardín donde andaban varias
personas, unas con sus lentes observando las flores, y otras
conversando con gran sosiego. Se me figuraban aquellos personajes
de los Campos Elíseos que Fenelón nos pinta en su bella obra de
|Los diálogos de los muertos. Allí volví a ver a Matiz que
explicaba a otro, que no conocí, la naturaleza y propiedades de la
|verónica, planta medicinal.
El día era hermoso, no había una nube en el cielo, y serían como
las once de la mañana, cuando he aquí otra novedad sonámbula. El
día se volvió noche en un abrir y cerrar de ojos. Quedé a tientas
entre las matas, con las que me enredaba y tropezaba al caminar tal
tenía de ofuscada la vista, como cuando en noche oscura la hiere la
instantánea luz del relámpago. Mi anhelo era salir de aquel
laberinto, en el cual me hallaba solo, porque las otras personas
habían desaparecido no sé cómo. Estaba atemorizado, y más cuando vi
blanquear a alguna distancia un enorme fantasma o bulto blanco tan
alto como una torre. No me engañaba. Era el observatorio
astronómico situado en el mismo jardín, pero que por una especie de
encanto yo no había visto con la luz del día. Las estrellas
brillaban en el cielo como diamantes, sobre un turquí tan oscuro
como las aguas de alta mar.
Con el objeto de ver si había quien me guiara a la puerta de la
calle, me acerqué a la del observatorio y di dos golpes, cuyo eco
resonó en la sala acústica, y se me erizó el cabello. Una voz me
contestó desde arriba, y a poco bajaba un sujeto con luz en la
mano, y desde la escalera me dijo:
-Siga usted.
Era Caldas el que me hablaba. Yo le respondí que andaba buscando
quién me guiase a la puerta de la calle.
-Suba usted, volvió a decirme, haciéndose con la mano sombra en
la cara para evitar el reflejo de la luz y verme.
Empecé a subir por aquella escalera espiral hasta donde él
estaba. Allí me saludó y dio la mano con agrado, fijando bien en mí
los ojos como para reconocer con quién estaba. Siguió para arriba y
yo tras él.
Llegamos al primer salón, donde tenía los libros y varios
instrumentos de observación que preparaba para aquella noche.
-¿Es usted aficionado a la astronomía? fue lo primero que me
dijo cuando estuvimos arriba; y en seguida me dio asiento junto a
la mesa, donde tenía dos luces.
-Sí señor, le contesté, me gustan mucho las ciencias físicas, y
ahora doy por bien empleado lo que me ha sucedido,
proporcionándoseme la ocasión de estar con usted.
El modesto sabio bajó los ojos dándome las gracias, y me
dijo:
- ¿Ha estudiado usted astronomía?
-Apenas tengo una ligera tintura: la que se puede adquirir en el
curso de filosofía que se hace en el colegio; ¡ojalá que esta
ciencia se adelante entre nosotros, y que ustedes logren ver el
fruto de sus trabajos!
-De eso se trata, dijo Caldas, y si no, vea usted cuánto se ha
hecho ya. Este observatorio, debido a la generosidad y patriotismo
del doctor don José Celestino Mutis, se comenzó el día 2 de mayo de
1802, y se concluyó el 20 de agosto de 1803. El arquitecto a quien
el señor Mutis confió la formación de los planos y la ejecución de
la obra, fue fray Domingo Petres, lego capuchino, que la ejecutó
tan perfecta como se ve. También contribuyó mucho para su pronta
conclusión el celo y actividad de don Salvador Rizo, mayordomo de
la Expedición Botánica. Esta sala es la principal del edificio: vea
usted qué octágona tan hermoso.
-Oh! exclamé, interrumpiendo a Caldas. ¡Bien quisiera yo que
usted no tuviese tanto que hacer esta noche, para que me hiciese
conocer la situación geográfica del observatorio, que, según me han
dicho, está ya determinada por usted, y es más feliz que la de
cuantos observatorios se conocen.
-Como es temprano y la noticia que usted desea no es muy
prolija, tiempo hay de sobra para satisfacer su laudable
curiosidad. Permítame usted un momento mientras subo a la azotea
este anteojo.
Quedé solo en la sala y me puse a reparar lo que en ella había.
Globos, instrumentos, mapas, libros, etc., se veían por todas
partes; pero lo que en particular me llamó la atención fueron dos
cosas: la piedra en que estaba grabado el calendario de los indios
muiscas, cuyos caracteres había descifrado el doctor Duquesne, y un
péndulo astronómico que estaba colocado entre dos ventanas. Lo
observaba yo con la vela en la mano a tiempo que volvió Caldas.
- ¿Está usted viendo el péndulo? me dijo.
-Sí, señor; me ha llamado la atención este instrumento, lo mismo
que la piedra del calendario de los indios.
-Este péndulo, continuó el sabio, es una de las mejores alhajas
del observatorio, porque a más de su perfección, tiene su historia.
Es obra maestra de
|Grabam, y célebre porque sirvió a los
académicos del viaje al Ecuador para determinar la figura de la
tierra. M. de La Condamine lo vendió al reverendo padre Feral,
dominicano de Quito, y muy profundo en el arte de la relojería.
Cuando murió este padre, lo compraron los Oidores para arreglar las
horas del tribunal en su despacho; pero poco propio para este
destino, pasó a manos de don N. Proaño, hábil relojero, de cuyo
poder lo sáqué yo para este observatorio. Tenemos también un cuarto
de círculo de
|John Brid, de 18 pulgadas de radio, con
micrómetro exterior, que sirvió a Humboldt en su viaje al Orinoco,
y que don José Ignacio Pombo, del comercio y consulado de
Cartagena, compró a este sabio para mis expediciones a la provincia
de Quito, y que a mi regreso a esta capital deposité aquí.
Otra alhaja preciosa posee el observatorio, que está en la
segunda sala, y que verá usted mañana si gusta. Esta alhaja
preciosa para los astrónomos es una lápida, despojo del viaje más
célebre de que puede gloriarse el siglo XVIII, y formada por los
académicos del Ecuador. Cayó entre mis manos en Cuenca, y resolví
trasladarla a nuestro observatorio, como lo he verificado. Tiene 20
pulgadas de pie de rey de longitud, y de latitud 19; pesa 5
arrobas, 10 libras; es de mármol blanco medio transparente; está
escrita en latín, en caracteres mayúsculos romanos, y contiene la
distancia del cenit de Tarquí a la estrella
|Thita de
|Antinoo y las demás indicaciones relativas al lugar en que
la colocaron esos astrónomos. Bourguer, La Condamine y Ulloa no
hacen mención de ella en las obras que publicaron sobre este viaje.
La descubrió en 1793 el doctor don Pedro Antonio Fernández de
Córdoba, arcediano de la catedral de Cuenca, y se publicó en el
Real Mercurio Peruano del mismo año, aunque con al errores. Este
canónigo ilustrado, a quien tanto deben mis trabajos astronómicos y
botánicos en esta provincia, me informó de su paradero y del
destino que pensaba darle su poseedor, y contribuyó a sacar esta
preciosa lápida de unas manos que no la merecían. Usted la conocerá
luégo y verá también todos los anteojos y telescopios, tres de los
cuales son de reflexión; todos debidos, con otros cuantos
instrumentos y libros, a la generosidad del Monarca y a las fatigas
del señor Góngora para fundar y establecer la Real Expedición
Botánica, que abraza un programa científico capaz de llevar el país
al más alto grado de civilización y de progreso.
Admiraba yo a aquel sabio que tan empapa do estaba en las
ciencias como atento y sencillo que era en su trato. Pero el tiempo
corría y era preciso que le recordase la oferta que me había hecho.
Se lo indiqué así, y entonces, acercándose a la mesa, despabiló las
velas y, tomando su asiento, dijo: En diciembre de 1805 puso el
señor Mutis el observatorio a mi cargo; en esta época monté los
instrumentos y comencé una serie de observaciones astronómicas y
meteorológicas que no he interrumpido. Aún no he podido determinar
con toda exactitud su posición geográfica, por las nubes que
ocultaron el sol en el solsticio de diciembre de aquel año, y en
los de 1806 y 1807 no han permitido concluír de una manera
invariable y libre de toda suposición de latitud de este edificio.
No obstante, por numerosas alturas meridianas del sol y estrellas,
tomadas al norte, al sur y al cenit, he hallado que está a cuatro
grados, treinta y seis minutos y seis segundos norte; determinación
que no puede inducir cinco segundos de error, atendido el cuidado
que se ha puesto en este elemento capital para un observatorio.
Por lo que mira a la longitud, aunque se han observado muchas
emersiones e inmersiones del primero y segundo satélites de Júpiter
en el discurso de 1806 a 1807, no hemos recibido ninguna
correspondiente de los observatorios de Europa; pero nuestros
primeros ensayos, usando del cálculo, sitúan el meridiano del
nuestro a cuatro horas, treinta y dos minutos, catorce segundos al
occidente del Real Observatorio de la isla de León. Su altura sobre
el nivel del océano, deducida de una larga serie de observaciones
del barómetro lleno, con todas las precauciones necesarias, es de
1.352,7 toesas.
Si las observaciones de Europa hacen ventaja a éste por la
colección de instrumentos y por lo suntuoso del edificio, éste no
cede a ninguno por la situación importante que ocupa sobre el
globo. Dueño de ambos hemisferios, todos los días se le presenta el
cielo con todas sus riquezas. Colocado en el centro de la zona
tórrida, ve dos veces en un año el sol en su cenit y los trópicos
casi a la misma elevación. Establecido sobre los Andes ecuatoriales
a una prodigiosa elevación sobre el Océano tiene poco que temer de
la inconstancia de las refracciones; ve brillar las estrellas con
más claridad y sobre un azul subido, de que no tiene idea el
astrónomo europeo. De aquí cuántas ventajas para el progreso de la
astronomía! Si el célebre Lalande anunció con entusiasmo la
erección del Observatorio de Malta por hallarse a treinta y seis
grados de latitud y ser el más meridional de cuantos existen en
Europa, ¿qué habría dicho del nuéstro a cuatro grados y medio de la
línea? Lejos de las nieblas del norte y de las vicisitudes de las
estaciones, puede, en todos los meses, registrar el cielo. Hasta
hoy suspiran los astrónomos por un catálogo completo de las
estrellas boreales, y apenas conocen las australes; qué no se debe
esperar de nuestro observatorio si llega a montar su círculo como
el de Piazzi? Con un Herschel a esta latitud, Cuántas estrellas
nuevas! cuántas dobles, triples! cuántas nebulosas, cuántas
planetarias! cuántos cometas que se acercan a nuestro planeta por
el sur, o vuelven a hundirse por esta parte en el espacio, escapan
a las observaciones de los astrónomos europeos! Mi amigo, la gloria
de conquistar las regiones antárticas del cielo está reservada a
nuestro observatorio, así como tiene la de haber sido el primer
templo que se ha erigido a Urania en el continente americano; y la
posteridad colocará al sabio y generoso Mutis al lado del Landgrave
Guillermo y de Federico II de Dinamarca; y como astrónomo, al lado
de Tycho, de Kepler y de Hevelius.
Al llegar aquí sentimos que subían por la escalera. Caldas tomó
una luz y se dirigió a la puerta, cuando se presentaron en ella dos
sujetos, de los cuales conocí el uno, que era el piadoso don Julián
Torres, mi maestro de materia que venían a acompañar a Caldas en
sus observaciones. Quise retirarme dándole infinitas gracias por la
bondad con que había tratado, pero no me lo permitió.
-Aguárdese usted, me dijo; ya que es aficionado a la astronomía
y que se halla en el observatorio, suba con nosotros a la azotea y
verá con el telescopio de reflexión el anillo de Saturno.
Con grande gusto me detuve y resolví estarme con tan agradable
compañía hasta la hora en que se retirasen a sus casas. Subimos,
pues, cargando con un teodolito nuevamente montado, y un sextante
de Dollon. Caldas dirigió la mirada del telescopio a Saturno, para
que yo lo viese. Luégo me dijo: gradúelo usted a su vista, y se
retiró a empezar sus observaciones con los dos compañeros. Estaba
yo entretenidísimo mirando el planeta, cuando empezó a soplar por
el oriente un aire tan recio que me llevó el sombrero, y de tal
modo se aumentaba la violencia que ya no podíamos mantenernos en
pie, hasta que por fin nos echó al suelo y nos habría llevado como
basuras si la azotea no estuviera guarnecida de su alto muro contra
el cual nos pegamos como mariposas. Empezaron a desprenderse del
cerro de Guadalupe enormes piedras que nos pasaban zumbando por
encima, como disparadas con honda. Todos pedíamos misericordia;
sólo Caldas estaba sobre sí, y con la tranquilidad de un filósofo
decía: "Este fenómeno es digno de observarse". Pero en esto vino
tal golpe de aire que, haciendo inclinar e edificio de arriba a
abajo, como si fuera fundido de una sola pieza, hacia el solar de
las monjas de Santa Clara, íbamos describiendo por el aire una
curva, muy airosos, por supuesto, aunque pensando estrellarnos
contra la tierra que nos iba a recibir, como madre común, para
darnos el último descanso. Aquí dijo Caldas: "Es un arco de noventa
grados el que vamos recorriendo".
Don Julián Torres gritaba:
|Montes, sicut cera fluxerunt a
facie Domini. Miserere rnei, Deus.
El decir esto y dar entre el solar de las monjas fue todo uno.
Habían salido las madres de sus celdas al solar temiendo no se les
cayese el convento encima, y les caímos nosotros con toda la
ciencia astronómica. Al golpe (de Estado, porque ahora todos los
golpes son de Estado) que dimos contra el suelo, sentí que me había
hecho pedazos, y dando un vuelco en la cama desperté Pero 6mo!
sudando a mares y con el corazón que se me salía por la boca. Me
palpaba y abría bien los ojos a ver si de veras estaba despierto.
Tomé resuello y me senté en la cama.
Pasado el susto, no quedé impresionado de otra cosa que de las
gratas memorias de Caldas, sus ilustres compañeros Mutis, Lozano,
etc., y de todas las cosas ligadas a estos nombres. Habría querido
que (sin la caída y el aire) el sueño se hubiera prolongado tanto
como el de Epiménides. Aún me parecía que estaba en la época de
aquellos sabios. Tenía que hacerme violencia para persuadirme que
estaba en tiempos bien diferentes, y traía a la memoria los hombres
y las cosas presentes para borrar aquella impresión; y entonces un
amargo dolor se apoderaba de mi corazón. Comparaba un tiempo con
otro, unos hombres con otros; y me parecía que la ciencia había
muerto en esta tierra junto con aquellas inteligencias que, como un
hermoso meteoro, la había iluminado por un momento para honor de un
gobierno que tal interés tomaba por el progreso de las ciencias
útiles en el país. Sentía en mi alma la misma impresión que cuando
habiendo perdido a una persona querida, sueña uno que está viva,
que está con ella, y al despertar se halla solo con la triste
realidad.
Fatigado con estos pensamientos, me preguntaba como antes:
¿dónde están los sabios?, ¿dónde el templo de las ciencias?... No
existe sino el observatorio, que existe como la necrología de
aquellos hombres; como el monumento sepulcral de la generación que
los produjo; pero más como el monumento de oprobio para la
presente, que como una loca grita:
|Adelante, adelante con el
progreso, con la perfectibilidad indefinida, mientras extingue
y demuele los elementos de la civilización y del saber, debidos a
un gobierno a quien se acusa de ser enemigo de las luces.
Pero somos políticos, somos socialistas, tenemos la nueva idea,
la república que viene, el pasado que se va, el yo y el no yo, las
tríadas, las grandes derivaciones del cristianismo a novo, la
sustancia única más allá del fenómeno; los espíritus del vacío que
sueñan en las nebulosas, con otras mil curiosidades dignas del
tiempo del peripato de que tanta burla había hecho el siglo de la
filosofía; y tenemos, sobre todo, las tres grandes palabras cuasi
cabalísticas: LIBERTAD, FRATERNIDAD, IGUALDAD, con las evoluciones
de la humanidad, que se asesina y se mata en guerras y revoluciones
para establecer la armonía social y la república genuina, que
consiste en abolir los gobiernos y las leyes ...... ¿Para qué es
más? Para esto no necesitamos de observatorios sino de balas.
Estas ideas, más pesadas para mí que la pesadilla del aire, me
lanzaron de la cama, como si tuviera espinas. Tomé la vela y me fui
para mi cuarto maldiciendo nuestra suerte.