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 EL APOSTOL DE LOS ESCLAVOS AD MAJOREM DEI GLORIAM

NOTICIA BIOGRAFICA DEL PADRE PEDRO CLAVER, DE LA COMPAÑIA DE JESUS

Nació el venerable Pedro Claver en Verdú, principado de Cataluña, en el año de 1580. Hizo sus primeros estudios en las aulas de los Jesuítas, en Barcelona; y aquí solicitó ser recibido en la Compañía; mas los superiores no consintieron en ello hasta no contar con el beneplácito de sus padres, de quienes se hallaba ausente, los cuales, cuando supieron la pretensión de su hijo, convinieron gustosos en ello.

Con este permiso fue recibido en Zaragoza el día 7 de agosto de 1602, día de la octava del Santo fundador de la Compañía. Sus fervores y su exactitud en el noviciado fueron el ejemplo de todos. Tan constante fue en todas estas virtudes, que después de muchos años de novicio, habiéndolo visto en Cartagena el. Padre Gaspar Sobrino, que venía de Visitador y había sido connovicio con el venerable, dijo al observar su sencillez, su observancia y su modestia: "Tan novicio está hoy el Padre Claver en su modo y porte, como cuando yo le conocí en el noviciado". Y es preciso saber que en el noviciado era voz pública que nadie le había visto quebrantar una regla; lo que era demasiado decir, porque en la Compañía son tantas y tan menudas, que con verdad se puede decir que no hay acción interna que no dirijan, ni externa que no enseñen; por cuya razón no obligan en conciencia ni bajo pecado venial, pues son únicamente directivas. No faltar, pues, a ninguna de estas direcciones, que todas tienden a la perfección, es cosa que apenas puede ponderarse, y más bien es obra de la gracia divina que del cuidadoso estudio de su observancia. Pero admira todavía m lo que el hermano Nicolás González, sacristán del colegio de Cartagena, depuso en el proceso de canonización del venerable Claver; a saber: que en veintidós años que estuvo asociado al Padre Claver, que era ministro, y como tal tenía que tratarlo, no sólo diariamente, sino a cada momento, jamás le notó la menor falta o quebrantamiento de ninguna regla de la Compañía.

Acabó el noviciado, y en el año de 1604, a 6 de agosto, se consagró a Dios, constituyéndose religioso con los votos del bienio. Enviáronle luégo a Gerona a repasar la gramática, y no sólo se perfeccionó en ella y en la retórica, sino que adquirió muy buenos principios de lengua griega. Pasado así un año, fue señalado para cursar facultad mayor en Mallorca, y aquí empieza la vida espiritual del venerable Claver. A su llegada a este colegio, con el primero que se vio fue con el venerable hermano Alonso Rodríguez, que era portero. Este hermano, coadjutor, y en su humilde empleo de portero, era respetado ya como hombre de ejemplar virtud y favorecido de Dios con diversas ilustraciones; tanto, que era estimado como gran maestro de espíritu, y como tal, consultado por los hombres más doctos.

Tres años estuvo allí el venerable Claver, teniendo por maestro espiritual al venerable Alonso Rodríguez, de quien no perdía ejemplo ni acción; y en las letras fue tal su aprovechamiento, que mereció ser elegido para sostener el acto de toda la filosofía que presentó el colegio; concluído el curso de filosofía, le mandaron pasar con sus condiscípulos a estudiar teología en Barcelona. A los dos años de estudió en este colegio, fue destinado para las misiones de América, con lo cual vio cumplido lo que tanto había deseado y a lo cual le había impulsado el venerable Rodríguez. Partió luego llego a Tarragona y de aquí siguió para Valencia según la orden que se había dado. En este viaje se le manifestó por sus compañeros que con detención de dos días podía pasar a Verdú a despedirse de su familia pero el santo misionero contesto con el ejemplo de San Francisco Javier que Dios le llevaba a Indias y no a su casa.

 Llegados a Sevilla dispuso el Padre Alonso Mejía que fuesen ordenados los que tuviesen edad cumplida. El venerable Claver era uno de ellos pero su humildad le surgió tales razones para no recibir por entonces las ordenes que se embarco sin otras que las de corona y grados que había recibido en Verdú cuando seglar. Dióse a la vela en abril de 1610 y llego con prosperidad a Cartagena, en cuyas playas besó la tierra cual si fuera su tierra de promisión. Entró al colegio, que apenas se le daba aquel nombre por vivir allí los Jesuítas, pues que no era más que una casa estrecha con una iglesia de diez varas de largo, y tan húmeda, que se hacía lodo en el pavimento.

Estando ya en Cartagena, dispuso el Provincial que viniese a Santafé el venerable Claver, para que acabase en este colegio sus estudios. Obedeció éste; vino al colegio, y examinado luégo para su profesión, se le mandó al noviciado de Tunja, que a la sazón se formaba. De aquí se le envió otra vez para Cartagena, donde debía recibir las sagradas órdenes, como en efecto las recibió de manos del ilustrísimo señor don Fray Pedro de la Vega, del orden dominicano, que era Obispo de aquella Diócesis; lo que se verificó en 19 de marzo de 1616.

Había establecido algún tiempo antes el Padre Alonso Sandoval, en Cartagena, el nuevo ministerio de la catequización de negros gentiles que se traían de Africa para proveer de trabajadores la haciendas y minas de Indias; y el padre general, Claudio Acuaviva, penetrado de la importancia de dicho ministerio, ordenó al Provincial de Santafé que mandase algunos sujetos de los más fervorosos, para que, formados al lado del Padre Sandoval, hubiese quien le reemplazase y continuase aquel apostolado luégo que él faltase; y ésta fue la razón por qué se destinó al venerable Claver a Cartagena; razón que ella sola hacía su elogio.

Debe saberse que en aquellos tiempos Cartagena era el puerto adonde venían todos los navíos que de Europa pasaban a este Reino y los del Perú. Su mayor comodidad para el comercio hacía que todos los años viniesen lo que llamaban armazones de negros, es decir, buques cargados de esta mercancía, que tal lo era entonces; y tan productiva, que, comprados en Africa a cinco o seis pesos cada uno, se vendían en América a doscientos pesos. El inhumano interés del dinero hacía las ferias tan abundantes en este artículo, que hubo año de desembarcarse trece mil negros.

Los negociantes que los traían gentiles, gentiles los vendían, dejando al que quisiera el cuidado de sus almas; y éste fue el ministerio que entabló el Padre Sandoval y que continuó el venerable Claver: la catequización de estos infelices negros bozales que traían como fardos o como bestias en los buques, amontonados, sanos con enfermos y vivos con muertos, y entre todas las inmundicias lo que hacía insoportable el olfato y a la vista un desembarque de aquéllos; pero aquí era donde el Padre Claver saciaba todo el celo de su caridad. ¡Oh, qué grande es el espíritu del catolicismo! ¿Cuándo nos presentarán los protestantes ejemplos como los del santo Apóstol de los negros?

Luégo que aportaba algún navío, acudía volando, en alas de su caridad, el venerable Claver a visitar a aquellos desgraciados, que para él eran sus más queridos hijos. Entraba al buque, introduciéndose en lo bajo de las escotillas entre aquella multitud de forzados, de desesperados, respirando un aire pestilente con tantas inmundicias y la fetidez natural de la raza; se hacía entender de todos ellos por medio de negros intérpretes que llevaba de los ya catequizados y civilizados. Por medio de éstos los consolaba, haciéndoles entender que no iban a la muerte, como ellos se lo figuraban; que él era su abogado y defensor; que obligaría a sus amos a que los tratasen bien y les diesen todo lo necesario; que la religión cristiana era caritativa; que enseñaba que todos eran hermanos; que en presencia de Dios no había esclavos ni libres, sino que todos eran hermanos. A estas palabras juntaba el santo misionero las demostraciones más tiernas, con las que hacía comprender a los bárbaros la verdad de lo que les decía, y con lo cual cobrab ánimo, se llenaba de consuelo, empezaban a mirar la religión como un bien y a su misionero como a su libertador. Allí mismo sacaba comestibles y ropa, que siempre llevaba para regalarles; y asimismo remedios para los enfermos, que siempre había muchos, principalmente de llagas y otras enfermedades asquerosas, que contraían por el desaseo, eh calor y ha poca ventilación. A los enfermos atendía inmediatamente curándolos con sus propias manos, con la mayor dulzura y cariño. Averiguaba por los niños que hubiera para bautizan a lo que los negros no hacían oposición, tanto por efecto de su mismo carácter bárbaro y salvaje como por el respeto y veneración que inmediatamente cobraban al Padre, en quien no veían otra cosa que un angel del cielo enviado para favorecerlos.

Luégo que el Padre concluía esta primera visita, se retiraba del buque, y venía a prevenir sus cosas para recibir en la playa a los negros luégo que los desembarcases. Cuando esto se verificaba, ya encontraban allí a su Padre y protector, que los abrazaba y acariciaba, y con sus intérpretes al lado seguía en su piadoso oficio consolándolos, animándolos e instruyéndolos en las verdades de la religión. Luégo arreglaba los alojamientos donde habían de ir, disponiendo camas y remedios para los enfermos, asistiéndolos y curándolos y a los sanos haciéndolos limpiar, vestir y alimentar, los sacaba a los patios para enseñarles la doctrina por medio de sus intérpretes.

Como los negros que desembarcaban siempre eran muchos, tenía que dividirlos en varios cuarteles, y de Consiguiente el trabajo que empleaba en uno tenía que repetirlo en otro. Trabajo insufrible por su propia naturaleza, pero más insufrible por tener que hacerlo en un temperamento tan bochornoso como el de la Costa. Día hubo en que, engolfado el venerable misionero en la gloria de Dios y bién de aquellas almas, se olvidó de comer, sin duda porque lo sustentaba aquel manjar de que hablaba Cristo a sus discípulos en la fuente de Jacob, cuando les dijo: |Meus cibus est ut faciam voluntatem ejus, qui misit me ut perficiam opus ejus.

Luégo que los negros recién desembarcados estaban repartidos en sus alojamientos, empezaba el cuidado y asistencia de los enfermos, y a este trabajo se unía el de la instrucción cristiana, para administrarles cuanto antes el sacramento del bautismo, pues no sabía el Padre con cuánto tiempo podía contar para instruírlos regularmente, porque esto dependía de la concurrencia de compradores. Nunca se podía en un desembarque de negros ponerlos aptos a todos para recibir el bautismo, porque habiendo entre ellos diversidad de inteligencias, unos lo estaban antes que otros, y así el trabajo era complicado y constante. Sólo había la ventaja de que, por razón de su misma barbarie, no se resistían a recibir la doctrina; eran poco menos que brutos estos infelices, cuya suerte sólo la Religión podía hacer llevadera, al considerar que si venían a ser esclavos de los hombres, era para dejar de ser esclavos del demonio.

A medida que iban teniendo la suficiente instrucción, el venerable siervo de Dios les administraba el santo sacramento del bautismo, y de aquí resultaba que no había día en que no se ocupase en este ministerio, y días hubo en que no tuviese lugar ni aun para tomar alimento. Fue prodigioso el número de negros que bautizó. Oigamos lo que sobre esto dice el Vicario de Jesucristo en su brevet de beatificación dado en Roma a 16 de julio de 1851: " maravilla, verlo por más de cuarenta años trabajar, soportando con valor y fuerza rigores y molestias sinnúmero para instruírlos y bautizarlos! ¡Qué multitud de negros la que ganó para Cristo y su Iglesia, sostenido únicamente por su caridad, de manera que se refiere haber llegado el número a centenares de miles" . . . "Y como si fuesen de poca monta los trabajos en que se maltrataba asiduamente por cuidar de los africanos, no dejaba por esto de auxiliar a los demás que moraban en Cartagena, así vecinos de ella como forasteros; esforzándose en tornar a la honestidad y la temperancia a los que se daban a la licencia de costumbres: en reducir herejes a la verdadera fe, y en hacer a los mahometanos que saliesen de la esclavitud de su superstición a la libertad cristiana. Las horas que en la alta noche le quedaban, después de tan laboriosas tareas, quitando la mínima parte que daba al reposo, empleaba el resto en la oración rogando a Dios, a su Santísima Madre la Virgen María y a los santos ángeles. Tan encendido se hallaba en el amor de Dios, que en medio de todas sus ocupaciones se le veía absorto en Dios. Cuanto era benigno y afable con los demás hombres, especialmente con los rudos, a tanto usaba consigo de austeridad, y riguroso afligía asiduamente sus gastados miembros, como que desde los primeros años se había acostumbrado a reducir su cuerpo a servidumbre con durísimo género de vida" | 1 .

Pero quién podrá ponderar las penas en que se hallaba, viendo que, por el interés pecuniario, arrancaban de entre sus brazos a aquellos hijos queridos, aún no bien instruidos en la fe, y algunos aún sin bautizar? El corazón se le iba tras esos infelices, considerando su ruina espiritual y los trabajos que se les esperaban. Esta pena era mayor que todas las que pasaba en su curación y en su catequización. Apenas se sabía el arribo de una embarcación cargada de negros, cuando acudían los comerciantes y hacendados al mercado que de ellos se hacía; y como por una parte cada cual quería comprar de los primeros para llevar los mejores, y por otra, los vendedores querían feriarlos cuanto antes para no exponerse a que se les murieran y ahorrar los costos de manutención, los unos se apresuraban a comprar y los otros a vender; de modo que en pocos instantes pasaban los negros a diversos dueños, unos para llevarlos a vender a otras partes, y otros para llevarlos a sus haciendas. Mucho fue lo que tuvo que sufrir el celoso misionero por parte de estos traficantes, a quienes nada interesaban las almas y mucho el dinero. Pero lleno del espíritu de Dios, les hablaba con autoridad. |Erat enim docens eos sicut potestatem habens | 2 ; y les hacía presente la cuenta que tendrían que dar en el tribunal de Dios por la pérdida de aquellas almas que estaban en sus manos y que así menospreciaban por el dineros sin tener en cuenta la sangre de Jesucristo que las había redimido. Con esto conseguía muchas veces que dejasen los negros por todo el tiempo necesario para que fuesen bien instruídos en la doctrina y bautizados, a lo que se agregaba el bien corporal de poderse reponer de los trabajos de la navegación y las novedades del clima. Pero esas veces, y era lo más común, de nada servían los ruegos y amonestaciones, y los hacendados o comerciantes arreaban las partidas de esclavos como quien arrea mulas; llevándose unos a medio instruír y otros acabados de bautizar, que puestos luégo en el trabajo de los trapiches y minas, ninguno había de seguir con el penosísimo empeño de enseñarlos para que pudiesen cumplir con los preceptos de la Religión y vivir como cristianos.

Esto lo sabía el santo misionero que, haciéndose todo para todos, así estaba en la ciudad entregado a toda suerte de fatigas en el servicio de Dios y salvación de las almas, como andando por las haciendas y trapiches de las inmediaciones de Cartagena visitando a sus queridos negros para continuarles la enseñanza y doctrina de que les había privado al quitarlos de su lado. En esto empleaba el tiempo que le dejaban de descanso las llegadas de buques de Africa: y aquí era donde se le veía caminar a pie al rayo del sol y en el clima abrasador de la Costa, por entre riscos y montañas, barrizales y ciénagas, acometido de nubes de insectos y amenazado de culebras y tigres, con su bordón en la mano, acompañado de un hermano coadjutor, ambos cargados de remedios y alimentos para subvenir a las necesidades de los negros.

En la ciudad estaba al servicio no sólo de los negros, sino de todos cuantos pobres y enfermos lo necesitaban. De cuartel en cuartel, de casa en casa, andaba buscando enfermos a quienes consolar y a quienes asistir espiritual y corporalmente. Su primer cuidado era el del alma, y al ver a alguno de peligro, consolándolo y exhortándolo a contrición le administraba el viático, para cuyo ministerio tenía licencia del Obispo. El suplía el descuido general de todos para con los pobres, y siempre salía del colegio con una alforja al hombro con alimentos y remedios, buscando por dondequiera a los necesitados. Consta en el proceso de canonización, por declaración de varios testigos veraces de los que le acompañaban en estas diligencias, que les era imposible entrar en algunas de las habitaciones de los negros enfermos, por no poder sufrir la fetidez que exhalaban con las llagas y tanta inmundicia; y en estas inmundas habitaciones, donde a ellos les era imposible entrar, entraba el Padre Claver lleno de amor, abrazándolos y acariciándolos como a sus hijos, los curaba con sus propias manos, los limpiaba con su pañuelo, e hincado de rodillas, recibiendo su apestado aliento, los confesaba. Enfermos hubo, tanto entre negros como entre los indios, que estuvieron al solo cuidado del siervo de Dios por espacio de diez y catorce años, a quienes nunca dejó de asistir y visitar cada tercer día, no sólo llevándoles los alimentos y los remedios, sino ropa; y por estar enteramente abandonados de toda persona, como sucedió con un indio y una negra, él mismo les barría y aseaba la habitación donde yacían. El indio tenía la suya en un rancho de palos y palma, fuera de la ciudad.

Aun cuando no fuese determinadamente a ejercer su caridad, Dios le ofrecía ocasiones para ello, y su siervo jamás las dejaba pasar inadvertidas; y como los pobres eran el objeto de sus cuidados, un día, hallando a uno tan cubierto de llagas cancerosas en las piernas y brazos que no podía valerse, lo cubrió con el manto, y echándoselo a la espalda, lo llevó cargado al hospital. Aquí no hacemos sino apuntar algunas cosas; en el proceso de canonización brillan a competencia los hechos de heroica caridad en que pasó toda su vida en Cartagena el bienaventurado Claver.

No se contenía esta insaciable caridad del siervo de Dios en los límites de aquel campo, cuyas puertas estaban abiertas a todos. En las cárceles y calabozos se empleaba en asistir y socorrer a los presos; era su abogado para con los jueces; componía discordias; pagaba las deudas de los pobres y amistaba enemigos.

En el tiempo de la cuaresma se redoblaban sus trabajos, para que todos, y en especial los negros, cumpliesen con la iglesia. Salía por las calles después de medio día, y con una campanilla que tocaba, convidaba al confesionario, donde le encontraban todos y del cual no se levantaba hasta haber despachado a la multitud que lo rodeaba. Para los pobres tullidos y demás enfermos que no podían concurrir por sus pies a la iglesia, tenía unas sillas de manos que a propósito había mandado hacer para que se los llevaran.

En la predicación era constante; sus pláticas y sermones eran siempre sencillos, pero llenos de unción e instructivos. Estableció en los domingos ciertas procesiones públicas, en que salía con algunos negros y los blancos que se le juntaban, llevando un estandarte, el Crucifijo y una mesa, en la que se subía para predicar, explicando puntos de la doctrina y exhortaba a la reforma de costumbres, a la penitencia y a la práctica de las virtudes.

En el ejercicio de la oración era tan perseverante, que se puede decir no había momento en que perdiese la presencia de Dios; lo que todos conocían por las repentinas o involuntarias jaculatorias en que prorrumpía su espíritu, elevando sus ojos al cielo con enardecido semblante. Esta era otra predicación elocuente con que se hallaban sorprendidos los circunstantes, cuyos corazones no podían menos que conmoverse eficazmente al ver aquellos trasportes. El hermano, que por veintidós años le acompañó, declaró con juramento en el proceso, que en ninguna ocasión, ninguna noche, ni en ninguna hora de ella que fuese algún motivo al aposento del Padre Claver, dejó de hallarlo de rodillas o postrado en meditación.

Por su tierna devoción a la Santísima Virgen acostumbraba decir misa en la capilla de Nuestra Señora llamada |del Milagro. Allí, al tiempo de celebrar el santo sacrificio, se le veía arrobado en éxtasis; su. fervor y su ternura conmovían a los circunstantes; ¡qué devoción, qué atención en las santas ceremonias!, no hay duda que esta fervorosa y continua oración era efecto de su encendido amor de Dios; amor que le obligó a la vida tan áspera y tan fatigosa que llevaba. Este fuego del amor de Dios era el que le salía al exterior, pues muchas veces, observando algunos su aposento cuando estaba en oración, vieron tan viva luz como si tuviera gran fuego dentro de la habitación, cuando no tenía luz alguna encendida. Este prodigio se hizo visible de día al Arcediano de Cartagena, doctor don Francisco Rivero, que al entrar una vez como tenía de costumbre, en el Hospital de San Lázaro a dar limosna a los pobres, vio al siervo de Dios en medio de algunos de ellos explicándoles la doctrina, y que de su rostro salían grandes resplandores, que dudando si era ilusión, por cerciorarse bien, se paró a alguna distancia como a oír la doctrina, y observándolo con toda atención, se convenció de que no cabía ilusión en lo que veía, porque al acabar la plática cesó el resplandor.

El amor de Dios, que viene del conocimiento que se tiene de su Majestad, engendra en el hombre el conocimiento de sí mismo, y este propio conocimiento engendra la humildad, y por eso siendo tan grande en el bienaventurado Claver, el amor de Dios era en proporción de su humildad. ¿Y cómo no había de ser sumamente humilde quien era tan santo? ¿Acaso puede haber santidad sin humildad? Ya hemos dicho al principio cómo trató de excusar el recibir las órdenes, y que su pretensión se dirigía a no salir de la clase de hermano coadjutor en la Compañía; porque no se creía digno del sacerdocio. ¡Tal era la idea que tenía de la santidad que se requiere para abrazar este estado! ¡Qué lección para los que se dedican a él! En el colegio y en todas las ocasiones, siempre andaba buscando para sí el último lugar; si iba a vestirse para decir misa, escogía el ornamento más pobre. El grande Arzobispo de Santafé, el ilustrísimo señor don Fernando Arias de Ugarte, en sus cartas al Papa y al Rey, acostumbraba firmarse, |por amor a los indios, Fernando indio, Arzobispo de Santafé. El Padre Claver, tan humilde como afectuoso por sus negros, se firmaba: |Pedro Claver, esclavo de los negros esclavos.

La sumisión a sus superiores y su obediencia eran tan rendidas, que no vacilaba jamás un punto en obedecer, aun cuando fuese a costa de dejar de hacer algo bueno o practicar virtudes, porque sabía que en la vida del religioso todas las virtudes deben encerrarse en la de la obediencia. Todos los meses daba al superior cuenta, como un niño, de sus ejercicios y mortificaciones; y pedía con lágrimas que se le dejase proseguir, cuando el superior, espantado de las penitencias a que sujetaba aquel cuerpo tan trabajado en las fatigas del ministerio, trataba de hacérselas suspender. Engolfado y lleno de santa alegría estaba en un lugar de Tolú haciendo abundante fruto en una misión, cuando el rector de Cartagena le mandó a llamar. Al punto dejó la misión y sin reparar en el fruto que dejaba de hacer, ni en el tiempo, que era de grandes lluvias y aires, tomó el camino a pie, sin que hubiese fuerzas humanas que se lo estorbasen; la obediencia era ante todo. ¡Su castidad era angelical! ¡Qué delicadeza en sus palabras, acciones y movimientos! Nunca levantó sus ojos para mirar una mujer, aun cuando se viese precisado a hablar con ella. En la penitencia y mortificación de la carne, el bienaventurado Claver era otro San Pedro de Alcántara. Disciplinaba su cuerpo dos veces por la noche y una a la madrugada, cuando se levantaba a prepararse para decir misa, y eran tan crueles estas disciplinas, que se oían hasta la calle, como lo observó particularmente el alcalde de la ronda, que picado de curiosidad, fue por el día a preguntar qué padre vivía en tal aposento, cuya ventana alta estaba en cierto lugar hacia la calle porque había llamado la atención a los de la ronda el fuerte ruido de los azotes. Usaba varias clases de cilicios, pero los ordinarios que no le faltaban, eran unas sogas de cerda que debajo de la camisa tenía envueltas, una que le cubría desde la cintura hasta bajo de los brazos; y otras dos en los brazos, desde el codo hasta el hombro y otras en los muslos. Esto se descubrió en cierta ocasión, que habiéndole atacado en una casa un accidente con privación de los sentidos, lo metieron en una cama, y venido el médico a reconocerlo, lo halló así fajado con tan cruel mortificación. Sus ayunos y abstinencias eran rigurosos y continuos, y así, tanto este médico como los otros que le asistieron en la última enfermedad, fueron de parecer que la mucha penitencia le había traído aquellos términos.

En el año de 1650 llegó a Cartagena la indulgencia y jubileo del año santo, y aquí fue donde el siervo de Dios redobló sus trabajos para que todos aprovechasen la indulgencia. No era tan terrible esta tarea en la ciudad cuanto en las estancias y trapiches, adonde salía a preparar las almas para que recibiesen aquella gracia, y así él se fue destruyendo, hasta que el Padre Rector tuvo que prohibirle todo trabajo. Lo atacó entonces un mal de epilepsia que, después de algo restablecido, le dejó tan lisiado, que casi no podía valerse por sí mismo y se hacía llevar a las confesiones en una mala silla por dos negros.

Así le llevaron después del 22 de agosto a casa de doña Isabel de Urbina, de la cual era padre espiritual. A ésta le dijo: "Señora, ya tiene ahí quien la confiese, que es el Padre Diego Ramírez Fraiñas, que ha venido a mi oficio, que yo ya no lo podré hacer, porque me voy a morir". A pocos días, el 6 de septiembre, hizo que lo bajaran a comulgar, y acabadas sus devociones, mandó a los negros que lo cargaban que le llevasen a la sacristía. Allí le dio las gracias al hermano sacristán su compañero, por lo que le había servido. Se despidió de él como que iba ya a dejarlo para siempre; luégo le subieron a su aposento y habiéndolo puesto en su pobre lecho, quedó como dormido, y fue un letargo del que jamás volvió. Al punto corrió la voz por toda la ciudad de Cartagena y todos gritaban por las calles |¡Murió el Santo, murió el Santo! A esta voz concurrían todas las gentes y aun que se procuro cerrar las puertas no lo permitió el concurso numeroso, que acudía a tomar alguna cosa suya como reliquia y a besarle los pies y las manos. Pero las gentes que se acercaban a ejecutar acciones de tal respeto y veneración, quedaban suspensas al reconocer que aún vivía; lo que sólo se conocía al verlo tener firme el crucifijo en las manos y la vista fija en la sagrada imagen del Redentor. El día 7 por la mañana se le administró la Extremaunción. El día siguiente, que era el de la Navidad de Nuestra Señora, recordaron todo lo que tres días antes había dicho: que moriría en el día de la festividad de la Virgen. En efecto, conocieron que el siervo de Dios iba a morir y subieron con multitud de otros sacerdotes a recomendarle el alma, y cuando estaban rezándole las oraciones para que le asistiese la Madre de Dios, hizo señal de silencio el hermano Nicolás González que estaba cerca de la cabecera diciendo que ya había muerto porque el rostro se le había mudado repentinamente. Se acercaban todos a verlos y le hallaban tan mudado como si estuviera perfectamente bueno. La palidez y la blancura habían desaparecido y una luz celestial resplandecía en las facciones del bienaventurado, que tranquilamente había entregado su alma en manos del Criador al empezar la noche del 8 de septiembre de 1654, a los 74 de su edad y después de haber pasado 40 en la asistencia y laboriosa vida del apostolado de los negros y socorro de los pobres.

Al doble de la campana el concurso fue inmenso. Todos querían ver al Santo: todos querían besarle los pies y tomar alguna reliquia suya. La congregación de sacerdotes de Cartagena concurrió pidiendo el cadáver para ponerlo en la iglesia en un magnífico túmulo que tenían preparado. Así se hizo con no poco trabajo, por el gran gentío que ocurría y no daba lugar al paso. Al otro día debía hacerle el entierro la Compañía, pero el gobernador y cabildo eclesiástico mandaron una comisión pidiendo que se dejase el cadáver para hacerle unas magníficas exequias y que si no se dejaba por más tiempo a la vista de tanto pueblo como concurría, podía temerse una conmoción, pues que todos pedían se les dejase venerarlo. Hubo de consentirse en esto y fue necesario poner guardias en la iglesia para contener desórdenes. Después de la Compañía, siguieron las de las potestades, en que predicó el Padre Fray Manuel Bretón, mercedario y provincial que fue de Charcas. Concluído el sermón, las autoridades eclesiásticas, civil y militar condujeron el cadáver a la capilla del Santo Cristo de la Expiración, y lo depositaron en una bóveda, en una rica caja.

Señaló Dios la santidad de su siervo concediéndole el poder de obrar milagros así en vida como en muerte; éstos constan del proceso de canonización por declaraciones juradas de centenares de testigos, pues que de algunos lo fue toda la población de Cartagena, y pueden verse, con otras mil maravillas, en la vida que del bienaventurado Claver escribió el Padre José Casani. Aquí nos contentaremos sólo con hablar con un hecho a que naturalmente nos conduce el hilo de la narración, y es el de haberse conservado el cadáver del Santo, no sólo sin corromperse, sino fresco, flexible y exhalando un suave perfume, que todos percibían con admiración hasta el tercer día, en que fue sepultado. Esto en un temperamento tan cálido como el de Cartagena, donde la carne fresca de los animales no dura de un día para otro sin corromperse, y a esto se agregaba el inmenso gentío que rodeaba el cadáver dentro de una iglesia con luces, lo que era suficiente para corromper el aire. Todo esto acreditaba plenamente el milagro que Dios obraba para dar testimonio de la santidad de su siervo y excitar en nosotros su veneración | 3 .

La población de Cartagena en todas sus clases y condiciones lloraba a su Apóstol, como el pueblo de Israel en la muerte de Samuel. Los negros gemían como huérfanos; los encarcelados lloraban a su abogado, y los enfermos de los hospitales por su sirviente y su consuelo. No satisfecha la ciudad con los funerales que se acababan de hacer al bienaventurado Claver, costeó unas magníficas honras, en que pronunció la oración fúnebre o más bien de triunfo el reverendo padre Fray José de la Circuncisión, Prior de los candelarios. Al concluír esta función, el gobernador don Pedro Zapata convidó para otra por su cuenta que se hizo al siguiente día y en la cual predicó el reverendo padre Fray José Pacheco, Vicario General y provincial de agustinos descalzos.

A todos estos funerales asistía la multitud de negros, a quienes para ello dejaban libres sus amos, y derramaban incensantes lágrimas por su Padre, que así lo llamaban, y más lloraban de ver que en su pobreza no tenían con qué tributarle algún homenaje; ¡oh portentos los del amor y el reconocimiento!, ¡oh imperio el que ejerce la virtud cristiana! Discurrieron los negros que recogiendo limosna podían hacerle unas honras, y poniéndolo por obra todos ellos, se repartieron por las calles y pueblos pidiendo e insinuándose más con sollozos y lágrimas que con palabras. ¿Y quién sería el que no alargase su mano para un objeto tal, y con procuradores de tales circunstancias? Esto tuvo por resultado unas honras más solemnes y magníficas que todas las otras que se habían hecho, y el que voluntariamente se encargó de la oración, fue el doctor D. Gregorio Medellín, que pasaba a Popayán con la dignidad de tesorero de aquella catedral.

La ciudad de Cartagena encierra las reliquias del venerable Claver, y nosotros hemos querido escribir esta noticia de su vida en vísperas de su canonización, para que aquel pueblo recuerde que tiene un grande abogado en el cielo, que alcanzará el remedio de sus males si lleno de fe le tributa los cultos que ya la iglesia le tiene consagrados. Y en fin, lo hacemos para promover su devoción en toda la Nueva Granada, y principalmente en la ciudad de Santafé y en la de Tunja, lugares santificados con el contacto de sus venerables plantas. Quiera Dios que el prelado de la iglesia metropolitana y el ilustrísimo señor obispo de Cartagena se levanten a una de sus sillas; corran en busca del sepulcro del bienaventurado Claver; tomen sus reliquias que yacen olvidadas, y las expongan a la veneración pública. Tenemos gran confianza de que entonces el Señor levantará el azote de su justicia , por la intercesión de su Santo.

1 Esto es parte de lo que sobre las virtudes del bienaventurado Claver contiene el breve del señor IX; quien quiera saber lo demás, véalo en el número 44 de El Catolicismo de 1852.
2 Mat. VII. 29.
3 (1) El que esto escribe ha experimentado el favor de Dios por la Intercesión del bienaventurado Pedro Claver, con circustancias muy particulares.

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