NOTICIA DESCRIPTIVA DE ALGUNOS
CUADROS DE VASQUEZ
Después de haber dado noticia de la vida de este artista he
creído conveniente hablar en particular sobre algunos de sus
cuadros haciendo de ellos un ligero análisis artístico para dar a
conocer mejor el merito del celebre pintor granadino. Creo que la
vida de los famosos artistas está en sus obras porque ellas son las
que los inmortalizan. Sus obras los siguen podemos decir de ellos
como bajo otro sentido se dice de los Santos en el libro del
Apocalipsis.
Dejó Vásquez al pasar sobre la tierra una huella cubierta de
flores; pero estas flores no han sido debidamente apreciadas y no
han sido debidamente apreciadas porque no han sido bien conocidas.
Yo quiero hacer reparar en ellas para que no las pisen las nuevas
generaciones que van pasando cada día más inadvertidas únicamente
entregadas a la política que esteriliza el ingenio y mata el buen
gusto. Quiero dar a conocer al mundo artístico esta mina de
riquezas del arte que, no bien conocida de todos, se explota por
algunos sin gloria del artista que las produjo ni mérito para el
país que se priva de ellas. Quiero, en fin, que Vásquez salga de la
tumba; que no perezca su memoria en el polvo del olvido, sino que,
por el contrario, se vea escrito su nombre en los anales del arte
con el honor que merece.
Pero antes de hablar de sus obras tengo que disipar las nieblas
con que algunos han querido eclipsar el mérito del pintor
granadino.
Se dice que Vásquez no fue original sino copista de estampas,
porque en aquel tiempo no pudo formarse en este país un artista
famoso no habiendo recursos para ello. La reflexión sería buena si
sólo se tratase de ingenios comunes; si se le niega a la naturaleza
la facultad de producir grandes genios; pero la naturaleza los
produce, y los produce en todos los tiempos y bajo todas las zonas,
y dondequiera que los produce hacen portentos y superan todas las
dificultades, dominan las circunstancias. Vásquez fue uno de estos
genios. Vásquez nació pintor, como Pascal nació geómetra y Horacio
poeta. Esto es lo que se debe concluir al ver sus obras y no que
fue copista de estampas.
Para que no hubiera sido más que copista de estampas y que sus
cuadros no fuesen más que reproducciones de éstas, sería preciso
suponer varias cosas tan imposibles como absurdas. Era preciso
suponer que en aquel tiempo venían muchísimas estampas, porque
Vásquez hizo muchísimas pinturas; tántas que, fuera de las que se
han llevado los extranjeros, no hay iglesia, no hay convento, no
hay pueblo, y casi se puede decir que no hay casa donde no se
encuentren pinturas de este artista. Habría que suponer que esas
estampas eran muy buenas, porque muy buenas son las pinturas de
Vásquez. Habría que suponer que esas estampas todas eran de un
mismo estilo, y no sólo de un mismo estilo, sino de una misma mano,
porque las pinturas de Vásquez todas tienen un mismo estilo, y de
un estilo tan peculiar suyo que muy poco se necesita para no
conocer las figuras de Vásquez, en sus fisonomías amaneradas
(defecto en que no incurren los copistas), en sus actitudes tan
graciosas como fáciles: en sus contornos tan elegantes y suaves: en
sus ropajes plegados con tanta sencillez como verdad, y por último,
en su hermoso y empastado colorido, lo que no pudo aprender en las
estampas que entonces no venían iluminadas.
Pero es imposible suponer que en aquellos tiempos, cuando no nos
comunicábamos más que con la España, y esto no con frecuencia,
vinieron tantas estampas y tan buenas. Entonces en lo general los
grabados eran malos y los que aquí se traían para vender al común
de las gentes no podían ser de los mejores. Aún más imposible es
suponer que estas estampas que venían de España fue todas de un
mismo estilo, para que las copias lo tuviesen igual.
Por otra parte; si lo bueno de las pinturas de Vásquez
proviniera de que copiaba estampas, ¿cómo es que los otros pintores
de aquel tiempo no hicieron lo que él hizo? ¿Cómo no se sirvieron
esos pintores del mismo recurso que él? ¿Por qué se dedicaron
algunos a imitarlo a él y no a los originales con que él se hacía
célebre?
Hay otra reflexión que hacer, y es la siguiente. Si los cuadros
de Vásquez fueran copias de estampas conoceríamos muchos de sus
originales; conoceríamos muchas de las estampas de que se sirvió,
porque existe gran número de estampas antiguas. Yo he visto muchas
y entre todas ellas sólo he encontrado dos copiadas por Vásquez:
una la de Santo Tomás de la milicia que se halla en la sacristía de
Santo Domingo, y la otra es la Virgen
de la Silla de Rafael, la cual tuve en mi poder y es malísima a
pesar de ser el original magnífico, prueba de lo malo de las
estampas que nos traían entonces.
La copia que sacó Vásquez del Santo Tomás, se halla en un cuadro
grande que está en el convento de los padres dominicanos. Por esta
copia se ve que Vásquez no necesitaba de auxiliarse con estampas,
pues que al copiar ésta hizo una cosa muy superior al original
corrigiéndole el dibujo en gran parte, lo que prueba que no era un
simple copista sino un maestro. Esto se conoce más en otra copia
que hizo, no de estampa, sino de una lámina romana pintada al óleo
en latón traída por los jesuítas para la puerta del sagrario
pequeño del altar mayor de su iglesia. Esta pintura representa a la
Virgen con el Niño, San José, dos Santas a los lados de la Virgen,
y en la parte superior, en una gloria, el Padre Eterno, cuatro
arcángeles y algunos serafines. Tiene de alto 13 pulgadas, y 10 de
ancho. La copia es del mismo tamaño y también está pintada en
latón. Pero Vásquez sustituyó a Santa Bárbara en lugar de Santa
Inés, que tiene el original. Esta copia acredita más al pintor
granadino que si fuera original, porque siendo muy bueno el
original es mucho mejor la copia, en la cual hizo varias
correcciones de dibujo; le dio un tono general mucho más suave y
armonioso: la ejecución es más libre, porque siendo tan pequeñas
las figuras, en el original están señaladas con líneas las
facciones, se les nota el trabajo y alguna timidez al señalar las
líneas de los ojos, la nariz y boca, cuando en la copia está todo
esto ejecutado con mano libre y segura, como pudiera estarlo en las
cabezas del tamaño natural. A pesar de ser tan pequeñas las
cabezas, que son como la nuez de avellana las de primer término,
hay en ellas tal suavidad que no se ve una línea, ni un contorno
duro, y a todo esto, tan acabadas como pudieran estarlo en
miniatura. También son diferentes en la copia las fisonomías;
Vásquez las hizo mucho más bellas y graciosas: las tintas son más
transparentes y variadas; las ropas están plegadas con más gusto y
sencillez, porque en el original hay partes recargadas con algunas
menudencias. En fin, Vásquez como que quiso en esta copia mostrar
que era muy superior al pintor romano. No se puede formar idea
exacta de la belleza de esta pintura sino viéndola, ni de la
inteligencia del que la hizo sino comparándola con el original.
Sólo es de sentirse que haya padecido la desgracia de otras tántas
pinturas que han caído manos de personas poco inteligentes que sin
respeto por las obras maestras quieren mejorarlas con barnices y
les hacen perder mucho mérito. A ésta le han dado barniz y por uno
que otro punto donde no le cogió bien, se ve cuánto más bello era
antes su colorido. Parece que estas observaciones son más que
suficientes para probar que Vásquez era un maestro y no un
copista.
También han objetado algunos que habiendo llevado a Francia el
Dr. Rufino Cuervo unos cuadros de este pintor no fueron apreciados
en París por las personas que los vieron.
Contestaré a esto diciendo primeramente, que no se puede dar a
conocer el mérito de un pintor, ni de ningún otro artista, por
cualquiera de sus obras tomadas sin buena elección. Mucho menos
puede hacerse esto con Vásquez cuyos cuadros son innumerables,
hechos en un país sin recursos, muchos de ellos para gente pobre, y
de consiguiente pintados de prisa y con poca atención. Pero se dirá
que los cuadros de que se trata no eran de esta clase porque eran
de los de la Capilla. Bien está, pero esto no quiere decir que
Vásquez hubiera pintado con el mismo esmero todos los cuadros de la
Capilla; porque no todos se los pagarían bien. Por otra parte, no
se sabe si estos cuadros fueron regalados por otros a la Capilla,
como sucedía con frecuencia en aquel tiempo que las personas
piadosas regalaban cuadros a las iglesias
Pero sea de esto lo que fuere, el hecho es que los que se
llevaron a Francia fueron los menos a propósito para acreditar a un
pintor, porque Vásquez no pintaba bien caballos, ni era paisajista
y esos cuadros eran de caballos y paisajes. Que Vásquez no fuera
paisajista ni buen pintor de caballos, no rebaja su mérito, porque
los pintores antiguos, en lo general, no ponían mucha atención en
el estudio de los animales, ni todos fueron paisajistas. Tampoco
pintó bien los caballos Rafael dé Urbino y no por eso dejó de ser
el príncipe de la pintura; ni Parracio dejó de ser célebre ante los
griegos por la observación de aquel que, con motivo de los racimos
de uvas que pintó en manos de un muchacho, dijo que eran tan bien
pintadas las uvas, con que se engañaban los pájaros, como mal
pintado el muchacho que no ponía miedo a los pájaros que venían a
picarlas. Sin duda, los que vieron presentar como muestra de
habilidad de Vásquez malos caballos y malos paisajes debieron creer
que esto era lo mejor que había hecho, y así no fue extraño que se
miraran con indiferencia; y menos, no habiendo sido presentados en
una exposición.
Por último, reparan algunos en la mala perspectiva de varios
cuadros de Vásquez; y también es preciso decir, que esto no le
quita su mérito en lo demás, porque el famoso Rembrand, que es
reputado como el príncipe de la Escuela Holandesa y cuyos cuadros
tienen hoy una estimación inmensa, tampoco la supo, porque nunca
quiso estudiarla. Es menos disculpable que Vásquez, porque éste no
pudo aprenderla existiendo en un país donde no había quien pudiera
enseñarla. No supo la perspectiva lineal pero entendía muy bien la
perspectiva aérea se encuentran a veces en sus cuadros figuras mal
degradadas, pero dependía de que ignoraba las reglas de la ciencia.
Lo que se debe admirar es que con toda esa ignorancia llegara a
hacer muchas veces excelentes perspectivas. Algunos cuadros he
visto en que está tan bien observada como si la hubiera
estudiado.
Después de estas explicaciones que me han parecido necesarias
para que se sepa en qué partes de la pintura se deben buscar las
bellezas de Vásquez y en cuales no, entraré a dar razón de algunos
de sus mejores cuadros. Podría ocuparme de muchos mas, pero me
alargaría demasiado. Podría elegir otros, quizá mejores que muchos
de los que voy a recorrer, pero los he dejado porque he querido
ocuparme principalmente de los que están en lugares públicos donde
todos los pueden consultar. Tampoco puedo asegurar que conozca los
mejores, porque no he visto todos los cuadros de Vásquez aunque
pudiera dar razón de más de ciento.
Los principales depósitos de sus pinturas son: la Capilla del
Sagrario y el Convento de Santo Domingo. En la primera hay, entre
otros, seis cuadros historiados de grandes dimensiones,
representando pasajes del viejo Testamento alusivos al sacramento
de la Eucaristía; sus figuras son algo más del natural. No hay más
en cada altar que un cuadro de éstos, embebidos en los arcos
correspondientes al edificio. El que representa a Sansón tomando el
panal de la boca del león muerto, tiene un paisaje muy variado, con
diversos términos y es sin duda el mejor paisaje que hizo Vásquez.
El cuadro que representa el campo de los madianitas con las tiendas
de campaña y en que se ve al militar que sueña viendo el pan que
rueda desde el cielo, es excelente y la noche está muy bien
representada: vénse a distancia los grupos y las tiendas donde se
duerme y a un lado del primer término se descubre por el anca un
caballo castaño que come su pienso, y es tal la propiedad con que
Vásquez supo expresar su idea, que la imaginación se siente tocada
del aspecto silencioso de una oscura noche en que parece oírse el
crujido de los dientes del caballo que está comiendo. Estos dos son
los mejores de los seis, aunque están muy deteriorados por lo que
sufrieron cuando se arruinó parte de la Capilla con el temblor de
1827.
Después de éstos siguen otros dos mayores, apaisados que están a
los dos lados del Sagrario; uno del lavatorio y otro de la cena
eucarística. Había otros dos de igual dimensión tras del Sagrario,
y otro mayor que ocupaba toda la testera sobre la sacristía. En
éste estaban pintados los doctores de la iglesia. Los otros dos
representaban, el uno la cena legal, en donde los Apóstoles se
veían parados al lado de la mesa, con báculos en las manos comiendo
el cordero y los panes ácimos. En el otro estaba representada la
oración del huerto con los Apóstoles y los que venían a prender a
Cristo. Estos tres cuadros están enteramente perdidos y no hay más
que algunos fragmentos que se hallan guardados en una tribuna.
También fue resultado del terremoto la pérdida de estos cuadros;
que los conocí mucho antes de la catástrofe sin cansarme de admirar
el último, que a la verdad era una obra admirable así en su
composición como en el diseño claroscuro y colorido. Pero sobre
todo, creo que en claroscuro no lo habría hecho mejor el Correggio.
Vásquez entendía perfectamente esta parte de la pintura y es en la
que más pueden descubrir el talento de este artista los
inteligentes.
Puso en juego tres luces en este cuadro: la de un rompimiento de
gloria que viene a dar de frente sobre la noble y bellísima imagen
del Salvador: la de la luna que se ve, allá entre algunas nubes; y
la de las hachas y linternas que trae la comitiva de Judas. En la
expresión del Señor se veía la majestad divina, aunque eclipsada
bajo el velo de la humanidad paciente en agonía. Todavía se notan
mil bellezas en los fragmentos que se conservan. El colorido
vigoroso y empastado, pero sin grosuras de color, hace ver unas
carnes frescas y robustas. Un coro de angelitos que forman en el
aire como una guirnalda con sus cuerpos todos enlaza dos entre sí,
trayendo la cruz, dan a conocer la idea poética del artista al
mismo tiempo que su pericia y magisterio en el dibujo, pues parece
que quiso en esta vez jugarse con los escorzos burlándose de todas
sus dificultades, y así en cada figura y en cada parte de ellas los
hay tan atrevidos y difíciles, que viéndolos de cerca, el ojo
vulgar no puede darse razón de lo que ve, y el artista admira tanta
inteligencia; mas al verlos de lejos todos comprenden lo que es,
todo es fácil, natural y hermoso. Hay un ángel que se ve por las
plantas de los pies que se proyectan sobre el mismo cuerpo que
cubre casi toda la cabeza. De cerca es una cosa informe, pero al
alejarse, la deformidad desaparece como por encanto y parece que
aquel cuerpo está atravesando el lienzo. Se diría que Vásquez tuvo
la misma idea que Robusti en su San Marcos librando al esclavo.
Los Apóstoles unos dormidos, y otros cabeceando mancornados en
diversas y difíciles actitudes; unos participan de una luz; otros
de dos a un mismo tiempo produciendo diversos accidentes y
contrastes. Vásquez supo valerse de estas luces para hacer que se
vieran ciertas figuras o partes de ellas, que en la oscuridad de la
noche habrían quedado perdidas. A lo lejos, tocando el segundo
término, se ve a Judas guiando a los ministros, criados y soldados
de la casa del Sumo Sacerdote con sus faroles, hachas y armas. Se
nota que vienen resueltos y confiados, y en Judas la satisfacción y
actividad de un traidor que parece viene dando ya sus instrucciones
sobre lo que debe hacerse. Estas figuras, unas tienen luces fuertes
que reciben de las que traen en las manos; otras las reciben de la
pálida luna, y otras de ambas. Hay un contraste muy significativo
en este cuadro, y es el que presenta el movimiento y actividad de
este grupo con la profunda quietud del que forman los compañeros de
Cristo. El conjunto es tan bello como los detalles; el tono sombrío
de una noche de luna, pero ennublada, que atraviesa sus escasas
luces por entre frondosos árboles que se proyectan tan oscuros
sobre el cielo; todo esto forma un conjunto melancólicamente
poético. Yo siempre he juzgado este cuadro como una de las
maestras de Vásquez, y su pérdida como la más lamentable.
El cuadro del Lavatorio tiene fondo muy oscuro y se halla muy
deteriorado. Las figuras están iluminadas por hachas encendidas que
el pintor supo repartir en manos de varios jóvenes sirvientes con
el fin de hacerlas visibles. El dibujo es muy correcto y los grupos
bien dispuestos. En el principal está el Salvador, San Pedro y un
joven que alumbra. El Señor tomando el pie del Apóstol y
dirigiéndole la mirada, parece que le dice aquellas palabras:
|Si
no te lavare, no tendrás parte conmigo. El apóstol como corrido
y temeroso con tal amenaza, parece que se resigna humildemente. Los
demás, unos están descalzándose, otros observando, y otros
conferenciando entre sí.
El cuadro de la Cena Eucarística está colocado al frente de
éste; le da muy bien la luz, y su punto de vista es desde la
tribuna superior. Desde este punto es que se goza de sus bellezas y
se descubre todo su mérito. Desde abajo produce un notable
contrasentido la perspectiva de la mesa cuya tabla se ve por
encima. Este cuadro, como el compañero y los otros tres de que he
hecho mención, tiene de ancho seis varas, y de alto algo más de
tres. Su composición consta de veinticinco figuras poco mayores que
el natural y de las cuales cinco apenas se ven de los hombros para
arriba en sombra detras de las demas. En el fondo que es oscuro se
ve en partes la arquitectura del edificio perfectamente bien
dirigida y de buen gusto. Observando esto el Sr Marc, vice-consul
ingles e inteligente en pintura, me decía que le era difícil creer
que estas pinturas no fueran traídas de Europa o que Vásquez no
hubiera sido europeo porque de otro modo era imposible, que sin
salir del país, hubiera tenido ideas tan justas de las artes. Yo le
repliqué a lo primero que más imposible habría sido que en aquel
tiempo se hubieran podido traer tántos cuadros de una misma mano y
tan grandes; y que sobre todo ahí estaban los Evangelistas de las
pechinas de la cúpula de San Carlos que eran de Vásquez y estaban
pintados al temple en la pared. Sobre lo segundo le opuse la
constante y segura tradición que teníamos acerca de la vida del
pintor; y hé aquí el motivo que más me empeñó en solicitud de la
partida de bautismo que se ha visto antes.
Están, pues, los Apóstoles sentados al contornó de la mesa, que
es redonda, siendo por descontado figura principal la de Cristo que
está al frente ocupando el lugar más distinguido. La expresión del
rostro es sublime: los ojos levantados al cielo, lleno de majestad
y nobleza: la boca entreabierta como que dirige al padre sus
palabras al tiempo de bendecir el pan que tiene en la mano
izquierda, mientras levanta sobre él la derecha. Parece que se le
nota la respiración agitada que llena el pecho amoroso en aquel
solemne momento. En la fisonomía grave y simpática, se nota aún la
juventud de aquel que era Maestro y Señor de los demás. Yo creo que
quien haya leído el Evangelio de San Juan y mire con atención esta
imagen, no puede menos que orar fervorosamente sobre el amor de
Jesús para con los hombres.
Hay que advertir que la escena está perfectamente iluminada por
una luz fuerte que desciende de una araña de bronce con muchas
velas que está suspendida del techo perpendicular a la mitad de la
mesa. Así es que, las figuras que están sentadas alrededor de ella,
reciben la luz de cara y por consiguiente el Salvador y los
Apóstoles que quedan al frente, del lado opuesto, se ven todos
iluminados, mientras que los que quedan a los lados y se ven de
perfil, tienen iluminada la parte que mira a la mesa y oscura la
parte de la espalda. Asimismo las figuras que están del lado acá
del golpe de luz y dan la espalda al espectador se proyectan
oscuras sobre la claridad de la mesa. La última de estas figuras y
la más oscura, es la de Judas que está en el lugar opuesto al
Señor, y vuelve la mirada al espectador como si le hubiera llamado
la atención, o como si quisiera evitar la vista de su maestro. Las
figuras de los lados y que se proyectan las unas sobre las otras,
se ven perfectamente separadas por la inteligencia con que están
dirigidas las luces y sombras, porque debiendo pasar por entre
ellas los rayos de luz que parten del centro, Vásquez consiguió
todo el efecto de la verdad contrastándolas de modo que las partes
oscuras de una, cayesen sobre las partes claras de las otras. Esto,
unido a la sabia degradación de las figuras y sus tintas, produce
tan completamente los efectos del aire intérmedio que, trabajo
cuesta al ver este cuadro desde su punto de vista, persuadirse que
no hay verdadera distancia entre los que están sentados de la parte
de allá y los que están en la parte de acá.
Mucho se podría decir relativamente a la expresión de las
figuras. Vásquez conocía la historia que representaba y los
caracteres de sus personajes, y por eso supo, no diré pintarlos,
sino inspirarles los diversos efectos del ánimo que debían
experimentar en aquellos momentos, después de aquellos
sentimentales discursos con que el Señor los había preparado. San
Juan, lleno de juventud y candidez, observa con amor a su maestro.
San Pedro, enérgico y respetuoso, parece maravillado de aquella
nueva ceremonia. Otros, parece que hablan en voz baja sobre lo
mismo; otros, observan con gravedad y devoción; otro ha dicho
alguna cosa al del frente, y éste, medio levantado del asiento en
que apoya la mano, se alarga un poco inclinándose sobre la mesa
como para oír mejor lo que le han dicho. Esta figura, que se ve
toda, por ser de las que están en el primer término, tiene mucha
expresión y movimiento: la acción de levantarse del asiento está
empezada y no concluída, según el precepto de Mengs. Como el golpe
de luz que viene de arriba, todo lo que está bajo de las figuras y
la mesa, está en oscuridad; mas a pesar de esto, las cosas se
distinguen sin salir demasiado para dañar el efecto de la sombra.
Mirando el cuadro de cerca no se ven sino confusas indicaciones
debajo de la mesa; pero al alejarse se distinguen, en el grado que
requiere el sombrío, los pies de las figuras, sin confusión ni
contrasentidos; de manera que, se sabe cuáles son los pies de cada
una, correspondiéndose perfectamente con el resto de los cuerpos
que salen de la mesa para árriba, de tal modo que, se comprende muy
bien, cómo quedaría cada una de ellas si se quitase la mesa y se
viesen enteras.
Vásquez entendía tan bien como el claro oscuro el efecto de los
colores y así, él no vestía sus figuras al acaso. En este cuadro,
como en los demás que conozco de composición suya, se observa que
los colores que acercan están en los primeros términos y los que
alejan en los últimos, y sí por precisión tenía que emplear en un
término lejano un color que acercase, lo rebajaba de modo que no
produjera contrasentido. Tampoco juntaba colores que hicieran mal
efecto, siempre los disponía de manera que produjeran un contraste
amonioso, y sabía sacar ventaja de los reflejos oponiendo a una
parte oscura un color claro que le enviase luz.
Además de los Apóstoles y las figuras del fondo, hay en primer
término, un personaje al lado izquierdo, puesto de pie, ricamente
vestido que con gallardo ademán extiende el brazo y señala con la
mano fuera del cuadro al mismo tiempo que dirige la mirada al lado
opuesto como quien da alguna orden o manda alguna cosa. Parece que
Vásquez presentaba aquí al afortunado dueño de casa que quiso
franquear la suya al Señor para celebrar los altos misterios.
Esta figura está dibujada con la mayor elegancia y corrección e
iluminada por mitad en sombra: los bordados del rico vestido apenas
están ligeramente tocados en la parte sombreada. El color de las
carnes es algo trigueño fresco y jugoso, cosa que lo distingue de
las demás figuras que en lo general tienen carnes más claras aunque
todas diferentes. Este cuadro puede llamarse cuadro de estudio, por
la variedad y corrección de las cabezas y manos. Es preciso verlas
de cerca para advertir la variedad y degradación de tintas tan
puras y delicadas; así como los toques tan ligeros como
espirituales de sus claros.
Detrás de la figura de que voy hablando asoma un muchacho con
una hacha encendida, a cuya luz se presenta perfectamente claro,
contrastando con la figura de acá que se proyecta sobre aquella luz
con su medio lado en sombra fuerte; lo que hace salir enteramente
fuéra la una y retirar la otra. Tras estas dos figuras hay otros
personajes jóvenes ricamente vestidos, los cuales parece que
conferencian sobre lo que está pasando, de manera que la unidad de
acción está perfectamente bien observada en todas las figuras.
Al lado opuesto hay un magnífico aparador en cuyas gradas están
puestas vajillas de plata, jarros y candelabros y allí junto un
jarrón de bronce cuyo pedestal adornan varios arabescos con tal
destreza y gusto dibujados que bastara esto solo, como las líneas
de Pratojenes, para decir, aquí hay un maestro. Hay en el suelo
unos platones de plata, cuyo metal está perfectamente imitado en
todos sus brillos y reflejos. También se halla aquí una figura en
primer término que contrasta con la otra en ademán opuesto. Es un
personaje que parece dispone alguna cosa y vuelve su acción hacia
otro muchacho que con una hacha encendida ilumina todo aquel menaje
sin contrariarse el efecto de las sombras del grupo de la mesa.
Vásquez sabía que la colocación de objetos oscuros en primer
término hace retirar las demás y dan profundidad al cuadro; por eso
colocó en éste dos figuras casi en total sombra por la parte
superior remató el cuadro con una gran cortina arregazada hacia un
lado, tan oscura que parece negra, y sólo en una que otra parte de
los pliegues de vuelta se ven unos claros fuertes de encamado, que
es el color del género. Esta cortina parece un gran telón de boca y
el cuadro un teatro en que se ven los personajes aislados por el
aire intermedio esclarecido con las luces de las hachas y velas de
la lámpara.
Hay en la capilla del Sagrario otros muchos cuadros de Vásquez
de menores dimensiones, y entre ellos los hay de mérito excelente,
los hay de mérito mediano, y los hay comunes y aun defectuosos,
porque como ya se ha dicho, Vásquez pintaba casi siempre a la
ligera, sin cuidarse mucho en corregir ni retocar. También nos dice
Mengs hablando de Rafael de Urbino que en un tiempo "descuidó de
las partes que guían a la perfección y se aplicó a adquirir la
práctica para despachar presto". No se extrañe, pues, que nuestro
pintor incurriera en el mismo defecto teniendo que pintar tanto y
por lo regular para el común de las gentes que no pedían obras
maestras del arte, contentándose sólo con que representasen el
Santo de su devoción.
Bajo estas condiciones pintaba Vásquez en una sociedad sin gusto
ni ideas, y sólo en fuerza de su genio puede llegar al grado de
perfección que admiramos en sus obras de primer orden, las que
hacía cuando trataba con gentes entendidas y que le pagaban bien.
Parece que según la máxima de Zeuxis, que reconvenido en cierta
ocasión porque hacía unas veces pinturas tan buenas, y , otras, tan
malas, dijo: "como pintan pinto".
La mayor parte de estos cuadros son de figuras de medio cuerpo,
unas en lienzos y otras en tabla. Entre los primeros hay una Santa
Catalina de Sena de proporciones naturales, cuyas ropas blancas son
excelentes, pues Vásquez tuvo gracia particular para los paños
blancos, aunque son de los más difíciles. Las carnes son tan
frescas como acabadas de pintar.
Hay una Santa Rosa, del mismo tamaño, con un Niño Jesús desnudo
acostado en los brazos, tan expresivo y de tanto bulto que parece
se rueda y como que él mismo lo teme así, pues está en actitud
momentánea alargando los brazos en ademán de cogerse de la ropa que
cae de la cabeza al pecho de la Santa. El diseño de este niño, es
excelente, muy fácil y gracioso: las carnes son sumamente tiernas y
puras por la brillantez de los claros y la insensible graduación de
las medias tintas, que siendo tan variadas conservan el mismo tono
desde las que se unen con el claro, que no son más que un ligero
frescor, hasta venir al oscuro más fuerte. Es tal el efecto de este
niño, que parece se le nota el peso; pero al mismo tiempo hay la
impropiedad de que el esfuerzo de las manos de la Santa no
corresponde con el peso que sustentan.
Entre las pinturas que están en tabla hay cosas excelentes,
porque Vásquez pintaba en tabla y sobre latón mejor que en lienzo,
con la circunstancia de dejar la pintura tan tersa que, viéndola al
reflejo de la luz, no se nota ni la más leve grosura de color; y en
las descostraduras que han sufrido algunas, se ve la capa de color
tan delgada como el papel más fino, aunque el empate de los colores
sea siempre macizo y vigoroso.
En una de estas tablas hay un San Juan Bautista niño, desnudo de
la cintura para arriba. Las carnes son tan puras, tan tiernas, y el
colorido se conserva tan entero y tan brillante como en porcelana.
En lo general, se encuentra en las pinturas de Vásquez, que no han
sido abandonadas, esta entereza de las carnes y paños blancos, al
través de tantos años; circunstancia que han admirado algunos
extranjeros inteligentes, tales como Mr. Stuard y el Sr. Marc y
particularmente este último cuando observaba el gran cuadro de la
cena y en el de San Juan Bautista, que estaba en mi casa. Del mismo
estilo es la cabeza de un San Agustín que en actitud de escribir
vuelve pensativo y grave la mirada al espectador pero no es una
mirada fija sobre un objeto exterior, sino la mirada del
pensamiento; la mirada del escritor que medita sobre lo que va a
escribir. Tuve el gusto de mostrar esta pintura al Sr. Jouffroy,
actual secretario de la legación francesa y conocedor en pintura
quien la ha admirado como una obra maestra, e igualmente un San
Vicente del mismo estilo. El colorido de la cabeza del San Agustín
es algo trigueño pero no vulgar; jugoso y fresco, imita
perfectamente bien la piel. Observándolo de cerca no se nota línea
ni golpe decidido; todo es vaporoso como la niebla; no se
distinguen las medias tintas a pesar de que tiene muchas; todo
parece que es el mismo color local; pero al verlo a distancia
conveniente, todo sale, parece que las carnes son blandas y que la
sombra oscura no es un color diverso del de el claro, sino este
mismo privado de luz. Tal es el acierto con que están dispuestos
los colores y lo trasparente de las sombras; a lo que se agrega que
las partes húmedas, como son los ojos y la nariz, están pintadas
con el color conveniente, para expresar esa propiedad así como la
parte huesosa de la frente donde la piel se estira y carece de
gordura; porque ya he notado, que Vásquez conocía muy bien con qué
color se debía imitar cada cosa en la naturaleza.
Hay otra tabla de San Pablo, también de medio cuerpo. Está el
Apóstol mirando al cielo, como en oración. Las arrugas que hace la
frente al levantar las cejas: la boca entreabierta, y los tendones
de la garganta pronunciados por debajo de una barba cana y no muy
espesa, dan a esta figura tal expresión y tal vida, que parece
suspende el aliento y causa fastidio contemplarla un rato en esa
suspensión. Tiene dos llaves en la mano derecha, y la izquierda
ligeramente apoyada con las puntas de los dedos en el pecho; el
dibujo es muy correcto y en la mano derecha se conoce el peso de
las llaves; por el hueco que queda entre la izquierda y el pecho,
pasa la luz y la desprende de manera que parece levantada. El golpe
general de luz viene de lo alto, un poco oblicuo, y están tan bien
observados todos sus accidentes, que el efecto general es admirable
en esta figura. El colorido es jugoso, muy animado; las sombras
transparentes y los contornos enteramente perdidos. La cabeza esta
hecha con estilo muy libre a grandes golpes. Esto, y el tener los
contornos tan perdidos en el fondo, que es muy oscuro, le da tal
relieve que parece aislada. Las ropas son fáciles y elegantes,
echadas con gracia y naturalidad.
En la Iglesia de Santo Domingo hay dos gran. des cuadros
apaisados, de martirios de Santos que están sumamente dañados;
tienen de largo como siete varas, y de alto tres. El uno está
dividido en dos escenas por medio de una pared, que es como si
hubiera dos cuadros juntos. Una de ellas representa los religiosos
con sus hábitos blancos en coro. Están sentados en sus sillas
formando una gran fila en regular y buena perspectiva. En medio del
coro está el facistol con un gran libro abierto y tres padres
colocados al contorno de él. En el libro aparece resplandeciente
una inscripción que les anuncia el martirio, y sorprendidos los que
están cerca del facistol, señalan el libro mirando a los otros y lo
de ellos con animada expresión vuelve al espectador quien parece
habla. El resplandor pie sale del libro, da en la mitad de la fila
de los que están sentados que son muchos. En cada uno ellos la
expresión es propia y conveniente a su carácter: la resolución en
unos: la timidez en otros, la sorpresa, la resignación, todos estos
afectos del ánima están perfectamente expresados.
En la segunda escena han entrado a la capilla soldados con sable
en mano. Aquí todo es horror, agitación y movimiento. Unos huyen, y
son cogidos por los soldados y otros tratan de deshacerse de ellos;
la mayor parte están tendidos por el suelo en diversas actitudes.
Aquí hay infinitos y variados escorzos; pero se conoce que el mismo
movimiento de la escena hizo andar a Vásquez más aprisa de lo que
debía haber andado, pues en algunas figuras de los soldados hay
faltas de dibujo, o más bien desproporciones. Tampoco es bueno el
efecto general porque los contornos son muy decididos y las figuras
del segundo término tan pronunciadas que causan contusión en tan
complicada escena.
Los martirios del otro cuadro se representan en un campo
desapacible. También hay muchas figuras y escorzos y el estilo es
un poco seco y monótono; pero hay unos niños a quienes está
degollando un verdugo, que son excelentes, sobre todo en dibujo y
expresión. El verdugo está muy bien pintado pero tiene las piernas
gigantescas por donde se comprende muy bien el descuido con que
pintaba Vásquez cuando andaba a la ligeras pues era imposible que
quien tenía tan justas ideas de las proporciones hubiera incurrido
en falta tan notable por ignorancia. Estos cuadros no fueron
pintados para Santo Domingo sino para Las Aguas, que era iglesia
pobre, lo que es bastante para explicar la causa de sus
defectos.
Y de propósito he hecho relación de estos dos cuadros porque
ellos están en lugar público y todos pueden verlos para juzgar de
mis observaciones respecto a los demás que reputo como
excelentes.
Sobre un altar a mucha altura está colocado un cuadro grande de
Josué deteniendo el sol en la batalla. Es el mismo que en menor
escala se halla en un costado del coro de los canónigos en la
Catedral. Están bien observadas las reglas de composición. Josué
está en primer término desmontando y un joven sirviente le tiene el
caballo la brida. Los dos ejércitos están trabados en combate. Es
grande la variedad de actitudes y de expresiones entre heridos,
muertos, etc. A poca distancia se ve un escuadrón de caballería que
corre por encima de una colina como para ir a cortar al enemigo. La
perspectiva es muy buena y los caballos los mejores que he visto de
Vásquez. El tono es armonioso y suave, y el colorido vigoroso. La
degradación de las figuras y la de sus tonos, es perfecta; las
últimas apenas están tocadas ligeramente, lo que produce muy bien
los efectos del aire intermedio y la distancia.
En el temblor de 1827 se perdió un cuadro de Isaac bendiciendo a
Jacob que estaba colocado donde está hoy el de Josué. Era de lo
mejor de Vásquez. Las figuras se veían desde abajo, del tamaño
natural. El viejo Patriarca estaba en su lecho con la espalda hacia
el espectador y el medio cuerpo inclinado fuera de la cama apoyado
en el codo izquierdo, mientras daba la bendición con la derecha al
hijo que la recibía hincado en tierra en actitud respetuosa. Era
tal el efecto de esta pintura que infundía un cierto temor
involuntario al ver a aquel viejo con el medio cuerpo volado fuera
delcuadro a tanta altura.
En la sala del capítulo del mismo convento hay varios cuadros
del antiguo testamento que se hicieron para mayor altura y antes
estaban en la iglesia; por esa razón sus figuras son un poco
gigantescas y pintadas con fuerza. Entre ellos hay tres que no son
de Vásquez. El colorido de estos cuadros es brillante y jugoso: hay
mucha transparencia en las sombras y variedad de ropajes
excelentes. En uno de ellos está Jahel matando a Sisara con el
clavo, mientras duerme bajo su pabellón; pero la figura de aquél
está vista por la cabeza en escorzo muy violento, y como el punto
de vista es alto, desde abajo no hace buen efecto.
El de Dalila cortando el pelo a Sansón, que duerme en su regazo,
es de grande efecto por lo vigoroso del colorido y la transparencia
de las sombras. Este cuadro se diría que era de la escuela
flamenca. La posición tan natural de Sansón y la mano de la mujer
que tiene las tijeras, son excelentes.
En otro de estos cuadros se representa la formación de Eva en el
Paraíso. El Creador tiene tales caracteres de divinidad, de
eternidad y de grandeza, como los que Rafael le dio en su cuadro de
la creación de la luz. El desnudo de las dos figuras es muy
bueno.
Otro cuadro notable en esta colección es el de Daniel entre los
leones. La figura del joven profeta es de lo más bien dibujado que
puede darse: el colorido fresco y jugoso y la suavidad de los
contornos le da un relieve admirable. El barón Gros vio este cuadro
en 1843 y le agradó en extremo. Pero estas pinturas no pueden
gozarse bien porque ni se pueden ver a distancia conveniente, ni
tienen buena luz.
Entre otros varios cuadros que del mismo pintor se hallan en la
sacristía de Santo Domingo, tres son los que más me han llamado la
atención:
El Jesús crucificado.
El Santo Domingo revistiéndose.
El San Jerónimo.
El Cristo es de tamaño poco menos que el natural; la cruz es
plana, de color de cedro y está clavada sobre un terreno que por su
configuración y naturaleza se conoce que es la cima de un monte. El
celaje es tenebroso como el de una oscura noche; pero con ciertas
luces en el ambiente dondequiera que caen las partes oscuras de la
figura, a fin de hacerla desprender del fondo. También se percibe
la indecisa luz de un tristísimo horizonte, y a gran distancia la
ciudad de Jerusalén. Pero todo esto está apenas indicado para no
distraer la vista del objeto principal; a primer golpe no se ve más
que el Cristo sobre el fondo oscuro, y es preciso fijar mucho la
atención para percibir esos pormenores.
La cabeza del Señor está inclinada hacia la espalda, al lado
izquierdo, y mira al cielo con expresión de dolorosa agonía; pero
aún no es la agonía de la muerte: Vásquez sin duda, quiso expresar
el momento en que el Maestro de Israel daba al mundo desde la
cátedra de la cruz aquella sublime lección que no había alcanzado a
dar hasta entonces toda la filosofía humana: el perdón de los
enemigos.
La luz le viene alta por el lado derecho e ilumina media cabeza,
quedando la otra parte en sombra iluminada sólo con la luz refleja
que le envía el brazo izquierdo. La ejecución de esta cabeza es muy
libre; los toques vigorosos y las sombras transparentes. No se ve
una línea, nada hay determinado; nada repetido; allí no hay
vacilación, los toques son francos y espirituales, parece que el
pincel andaba a la par con el pensamiento. Es preciso examinarla de
cerca para conocer el mérito de la ejecución; de lejos no se ve
sino el de su bello resultado.
El cuerpo es divino; se ve cuánta era la inteligencia de Vásquez
en el desnudo; y en esa parte de la pintura merece doble
admiración, pues no sabemos por qué medios llegó a conocerla tan
bien como se ve, no sólo en el Cristo sino en las muchas y diversas
figuras que pintó en el gran cuadro del juicio final que poseen los
padres franciscanos, con la particularidad de entender la anatomía
no sólo para representar el desnudo en actitud natural sino en
tantas y tan variadas como se ven en esa composición, cuyas figuras
en primer término son casi del tamaño natural.
Yo pienso que Vásquez pagaba algunas personas para que le
sirviesen de modelo en el estudio del desnudo y esto lo haría
ocultamente en su casa, pues de otro modo es imposible comprender
cómo pudo adquirir ese conocimiento en un país donde ni había
academia ni estudio de anatomía.
A lo bueno del desnudo del Cristo, se agrega lo verdadero del
color de las carnes, que no quiso Vásquez desfigurar con llagas ni
cardenales. Domina en el color local un tono amarillento, con
medias tintas verdosas que le dan blandura y humedad. El pecho
recibe mucha luz, lo que lo hace levantar como cuando se aspira con
fuerza, al mismo tiempo que se sume el estómago, con las suaves y
moderadas medias tintas que vuelven a deshacerse insensiblemente a
medida que la luz va invadiendo hasta dar otra vez de lleno sobre
lo abultado del vientre y en las masas de las piernas. Esto, es un
cuerpo que se ve muy estirado en la cruz, produce un efecto
enteramente verdadero y corresponde con la expresión del semblante.
Los contornos están perfectamente perdidos en el fondo, lo que da
redondez y el efecto del bulto haciendo volver las partes
escorzadas que encierran la figura. Las masas de las piernas y
brazos son muy buenas, y todos los músculos están señalados con
inteligencia; pero sin afectación, porque Vásquez no era de
aquellos pintores que por manifestarse anatómicos han pintado a
Cristo como un gañán. En esto vemos el cuerpo de una persona
delicada y noble, pudiendo decir lo mismo de todos los demás que
conocemos de su pincel. Las medias tintas, que son muchas y
delicadas, tienen un tono verdoso en partes, y en partes azulado,
pero sin desmentir el tono de color local, siempre en armonía con
el claro, producen el efecto verdadero, el efecto en que consiste
toda la ciencia del colorido y que tanto entendió Vásquez como si
hubiera estudiado a Giorgione o al Ticiano, es decir, el arte de
hacer las sombras de modo que no parezcan color diverso, sino el
mismo del claro privado de luz. De esta habilidad de Vásquez he
hablado en otro lugar, pero lo repito aquí porque en el Cristo se
ve llevada a un grado muy superior.
Si esta pintura se conservara con la limpieza y frescura con que
salió de manos del artista, creo que sería un objeto de admiración;
pero el tiempo y el mal trato que ha sufrido la han alterado mucho,
y hoy no se puede conocer todo su mérito sino observándola con
inteligencia. Muchos años había pasado entre el polvo de una
antigua sacristía con otros cuadros rezagados desde el terremoto
que arruinó la iglesia en 1785. En el año de 1802 visitaba el barón
de Humboldt el convento y habiéndolo introducido los padres a esa
sacristía, quedó admirado al ver el Cristo, y les preguntó de dónde
habían adquirido ese cuadro tan bueno. Se le dijo que era de
Vásquez y aún no lo creía, hasta que habiéndolo bajado de donde
estaba y limpiádole el polvo, vio al pie de la cruz el nombre del
pintor granadino y la fecha que es de 1698. Entonces se interesó
para que lo colocaran en un lugar público. En el año de 1833 lo
hizo colocar el padre Galvis en el lugar donde hoy se halla. Este
religioso que era amante de las artes, había sido uno de los que
introdujeron al ilustre viajero a visitar sus claustros y de él
supe lo que acabo de referir. También mereció este cuadro el
aplauso del barón Gros.