NOTICIA BIOGRAFICA DE GREGORIO
VASQUEZ CEBALLOS, PINTOR GRANADINO DEL SIGLO XVII
INTRODUCCION
El deseo de que no se pierda para mi país la memoria de un
artista célebre cuando tan escasos han sido nuestros progresos en
las bellas artes, me hace publicar hoy las noticias que de largo
tiempo atrás he podido adquirir sobre la vida del pintor granadino
Gregorio Vásquez.
Esta idea me ha conducido a diversas investigaciones, las cuales
han tenido por resultado la noticia biográfica que presento a mis
compatriotas, lisonjeándome de haber conseguido cuanto era posible
conseguir acerca de la vida de un hombre entre el cual y nosotros
se interpone siglo y medio, en un país sin establecimientos
científicos que transmitan de una edad a otra los anales del saber.
Las noticias de que se compone esta biografía son tradicionales, y
sólo respecto de Baltazar de Figueroa, maestro de Vásquez, he
hallado razón en don Juan Flórez de Ocariz, quien hace de él grande
elogio (tomo 1º, pág. 257). De Vásquez nada dice, porque Ocariz
escribía en 1672, viviendo este pintor, y de consiguiente no es
extraño que no hable de él como tampoco habla Piedrahita; porque
los cronistas antiguos de nuestro país parece que no escribían para
la posteridad sino para sus contemporáneos, a quienes suponían
impuestos de lo presente. Solamente el padre Zamora, que escribía
en
1669, lo menciona con grande elogio al hablar de los grandes
cuadros de la capilla del Sagrario. (Lib. V. cap. XIII, pág.
507).
Estas noticias las he recogido, hace muchos años de personas de
edad avanzada, que viniendo del último tercio del siglo anterior,
bien han podado conservar las tradiciones de sus antepasados, más
cercanos a los tiempos de Vásquez. Entre estas personas tuve la
fortuna de encontrar con un sujeto muy instruido en nuestras
antigüedades, el cual me dijo había leído un manuscrito antiguo de
la vida del artista conservado por el maestro Padilla, pintor,
hombre muy curioso, hermano del padre Fray Diego Padilla de San
Agustín. A dicho sujeto, pues, debo muchas de las noticias que doy,
principalmente sobre los principios de la vida del artista. Otro
sujeto me informó, por tradiciones que se conservaban en su
familia, que Vásquez había muerto de más de setenta años y que
había vivido en el barrio de la Catedral. Luégo supe por un
religioso varios pormenores, entre ellos el haber sido la última
obra de su pincel el cuadro de la Concepción, de La Candelaria.
Inmediatamente fui a registrar el cuadro, por si le encontraba
fecha, y en efecto la encontré, con el nombre de Vásquez todo
escrito con pincel y blanco en letras grandes, Y es del año de
1710. Con este dato y la noticia que tenía de los años que había
vivido, siendo cierta, no tenía más que hacer para hallar la
partida de bautismo, que buscar en los libros parroquiales de la
Catedral desde 1600 para adelante. Así lo hice en asocio del cura,
que me permitió consultar los libros antiguos; y en efecto, hallé
este documento, el más interesante para el objeto que me he
propuesto, que es el de conservar para mi país la memoria de este
hombre célebre cuya nacionalidad se había puesto en duda por
algunos que lo juzgaban europeo. Para empezar, pues, su biografía
exhibo la partida de bautismo que en copia legalizada dice así:
"El infrascrito escusador del doctor Pablo Gómez, cura rector
más antiguo de la Catedral de Bogotá, certificó: que en el libro 3
de bautismos de esta santa Iglesia en la hoja 79 vuelta, se halla
una partida que dice:
"En Santafé a 17 de mayo 1638 años, yo, Alonso Garzón de Tahuste
presbítero cura rector de esta santa Iglesia Catedral, bauticé i
puse olio i crisma a Gregorio, que nació a nueve días de dicho mes
i año, hijo lejítimo de Bartolomé Vásquez i María de Ceballos su
mujer, vecinos de este feligresado: fue su padrino Pedro de Salazar
Falcón, vecino de esta ciudad, de que doi fé. Alonso Garzón
Tahuste.
"Al marjen se halla también una nota rubricada (que se conoce
fue de aquel tiempo, sin nombre) que dice: Este es el célebre i
famoso pintor que hizo entre otras las que se hallan en la Capilla
del Sagrario de la Catedral.
"Es fiel copia.
"Bogotá, 30 de octubre de 1850.
"José Indalecio Pérez, cura escusador".
Nació Vásquez dotado de un grande ingenio para la pintura. Era
un genio de aquellos que lucen al través de las sombras que les
rodean y que descuellan por encima de todos los obstáculos que los
embarazan. Su padre lo dedicó al arte bajo la enseñanza de Baltasar
Figueroa, pintor entonces de gran reputación. natural de Santafé de
Bogotá, e hijo de Gaspar Figueroa, pintor también, y natural de la
provincia de Mariquita. Figueroa era pintor de bastante práctica y
de buen estilo. Sus mejores cuadros son los dos que están en la
sacristía del convento de San Francisco, uno representando la
adoración de los pastores y otro los desposorios: el de San
Gregorio diciendo misa, que está en la Iglesia del Monasterio de
Santa Clara, y una Vírgen del Rosario que tienen en Santo
Domingo.
En aquellos tiempos los discípulos tenían gran respeto por sus
maestros, y éstos ejercían con sus discípulos bastante despotismo;
razón por la cual no se atrevían tan f6cilmente a separarse de su
lado para poner oficina aparte, por más adelantados que estuvieran.
Así, los discípulos permanecían mucho tiempo en la del maestro, que
los hacía trabajar a su servicio y como por tarea, en lo cual no
hallaban estímulo para desarrollar su genio. Tocóle esta suerte a
Vásquez, y estuvo por mucho tiempo al lado de Figueroa que lo
mantenía después de muerto su padre. Mas un acontecimiento singular
lo sacó de allí, para ponerlo en el camino que debía conducirlo al
templo de la inmortalidad.
Pintaba Figueroa el cuadro de San Roque, que se halla en la
Iglesia de Santa Bárbara, y queriendo darle toda la expresión
conveniente a los ojos, no podía salir con ello por más que hacía y
borraba. Aburrido al fin, tomó la capa y su sombrero y se fue para
la calle. Entonces Vásquez, que le había estado observando, hizo lo
de Van-Dyck, en la oficina de su maestro Rubens, con el brazo de la
Magdalena del célebre cuadro del Descendimiento, aunque por diverso
motivo y con distinto resultado; tomó la paleta y los pinceles y en
me nos de nada pintó perfectamente los ojos de San Roque e hizo lo
que el maestro no había podido hacer. Vuelto Figueroa fue a
proseguir su trabajo; pero quedó suspenso al ver los ojos de San
Roque concluídos. Entonces le preguntó a Vásquez si él los había
hecho, y como le dijese que sí, pensando sin duda recibir del
maestro alguna alabanza, éste, en lugar de alabar su habilidad, le
dijo que si era maestro se fuera a poner tienda, y lo despidió
bruscamente.
Salió Vásquez del lado de su maestro y se halló destituído y sin
recursos. En aquellos tiempos no era fácil hacerse a las cosas
necesarias para emprender los trabajos artísticos, porque los
colores eran caros y escasos. No tuvo otro arbitrio que ponerse a
pintar en papel con lápiz, y emprendió pintar la historia de los
siete infantes de Lara. Hizo la primera estampa, y la mandó a
vender con un muchacho, quien la llevó a un español que tenía
tienda de comercio. El español no debía de ser muy adocenado cuando
conoció el mérito de la obra, y la compró encargándole al muchacho
que le llevase las restantes. Entonces se reanimó Vásquez, concluyó
la colección de estampas, y él mismo las llevó al español, quien se
declaró su protector auxiliándole para que pusiese obrador, y no
necesitó más aquel genio privilegiado para levantarse a una altura
tan eminente en la esfera del arte, cual ninguno hasta ahora, de
todos los que en la América del Sur se han dedicado a la
pintura.
En poco tiempo se vio Vásquez en posesión del cetro de la
pintura en Santafé y como entonces ocurría tanto asunot sagrado que
pintar por el espíritu religioso que dominaba la época, bien pronto
se vio abrumado de obras y su talento se desarrolló
prodigiosamente. ¡Tan cierto es que la religión católica en todas
partes ha propendido al progreso de las artes! Permítaseme
trasladar aquí lo que a propósito de esto dicen los editores del
"Museo Universal de Pintura y Escultura" al hablar de un famoso
cuadro de Guido Reni, mandado hacer por una cofradía. Dicen:
"En Italia, donde la afición a las artes está hermanada con mil
piadosas costumbres; las corporaciones hacían frecuentemente gastos
considerables encargando a hábiles artistas que contribuyesen al
adorno de su Iglesia. Así, pues, la religión cristiana ha tenido su
parte, y no poca, en los progresos de las bellas artes; en el
restablecimiento del buen gusto, debiéndose a su inspiración obras
sublimes. Los Papas, los Cardenales, los Obispos, los cabildos y
hasta las comunidades menos pobres deseaban adquirir cuadros
religiosos, efigies sagradas para adornar los templos. No se
desdeñaban ocurrir al pincel para presentar una ofrenda a Dios, y
seguramente que en una época de devoción tan sincera debía esto
servir de grande estímulo a todos los artistas. Sus obras debían
permanecer como en una exposición perenne; todos podían clavar en
ella los ojos, admirarlas, observar sus defectos si los hubiese.
Además se pedían cuadros que inspirasen fé, que interesasen al
cristiano y conmoviesen su corazón; lo que era pedir al pintor para
un objeto grande y sagrado, una maravilla del arte; era reclamar
para Dios un milagro del pincel. Y sin embargo esos milagros se
reproducían,
|porque también los artistas tenían fé".
Se observa que las imágenes sagradas de los pintores modernos
carecen de unción y no conmueven. Preciso es que esto suceda,
cuando el materialismo se sustituye al espiritualismo:
|spiritus
est qui vivificat: caro non prodest quidquam.
Tuvo Vásquez un hermano menor llamado Juan Bautista a quien
enseñó el arte, y llegó a pintar bastante bien. Hay algunas obras
suyas, y en ella se conoce el estilo del maestro. La mejor es el
cuadro del Calvario, que sirve de respaldo al sitial del paso del
Cristo, que sacan de Santo Domingo en la procesión del Martes
Santo.
Fue casado Vásquez y tuvo una hija a quien también enseñó a
pintar, y le ayudaba con Juan Bautista. De aquí viene que haya
muchísimos cuadros de Vásquez de poco mérito. Sin duda abandonaba
en manos de aquéllos las obras mandadas hacer por gentes vulgares,
y él les daría los últimos toques. Esto se conoce en muchas de
ellas, y por eso no se puede juzgar del mérito de este artista por
todos sus cuadros. Yo lo juzgo por lo que pintó con esmero; es
decir, por lo que era capaz de hacer y hacía, no por lo que dejó de
hacer bien por descuido.
Es tradición constante que era hombre muy desinteresado, que
murió pobre y vivió como pobre a pesar de que ganaba bastante con
el arte. Se dice que guardaba la plata debajo de una tarima del
cuarto donde pintaba y que cada vez que le pedían para el gasto de
la casa mandaba a la hija que sacase. Era aficionado a la caza, y
botaba mucho dinero en esta diversión con amigos. Su afición por
ella se descubre en muchos cuadros que tienen paisaje, y aún en
aquellos de asuntos Sagrados, siempre solía colocar a lo lejos
algún cazador con sus perros corriendo tras el venado. En una
octava del Corpus, siendo yo bien muchacho, me acuerdo haber visto
entre los cuadros que pusieron para adorno de la plaza, uno que
representaba un cazador con su escopeta y perro, cargado de aves
muertas. Después, cuando, emprendí mis investigaciones sobre la
vida de este artista, me dijo una persona que Vásquez había sido
aficionado a la caza y que se había retratado de cazador. Entonces
recordé que había visto aquel cuadro, y me puse a hacer diligencias
por él, pero no logré otra cosa que encontrar con varias personas
que lo habían visto en la plaza con otros del mismo pintor que
representaban frutas y objetos de cocina, a manera de los
flamencos.
Por el mismo tiempo en que vivió Vásquez florecía en Quito
Miguel de Santiago, pintor que no siguió el estilo chillante de la
escuela quiteña, como se ve por los cuadros que de este artista hay
en las capillas de la Catedral de esta ciudad. Entre ellos está la
Transfiguración del Señor y Resurrección de la carne. Este pintor,
según me informó el señor Mariano Hinojosa, pintor que vino de
Quito a trabajar a la Botánica, tuvo correspondencia con Vásquez, y
se obsequiaron mutuamente con una obra. Hinojosa me decía que el
cuadro que Vásquez había mandado a Miguel de Santiago, se
conservaba en Quito; no sé si existirá todavía.
Camargo existió poco después de Vásquez, y también hizo mucho
por imitarle. He visto de él algunas pinturas y no tienen de bueno
sino la intención de imitar al Correggio granadino. Las repetidas
imitaciones de Vásquez han engañado a muchas personas poco
conocedoras, y no ha dejado de redundar esto en menoscabo de la
fama del maestro a quien se quiso imitar. Hubo además, en esa
épocas multitud de pintores tan independientes como malos, que sin
talento para el arte trabajaban según su leal saber y entender.
Antes de los Figueroas había venido Medoro, pintor italiano, y
existía Antonio Acero de la Cruz que pintó la Virgen de Las Aguas y
siendo también poeta hizo varias composiciones en verso a la muerte
del Arzobispo don Bernardino de Almanza en 1638. (Vida del Sr.
Almanza por don Pedro Solís Valenzuela, página 52).
Cada vez que entro al claustro de Santo Domingo me causa pena el
recuerdo de cierta desavenencia ocurrida entre Vásquez y los
Padres. Yo no sé quién tendría razón; lo que sé es que por causa de
esa desavenencia no tenemos el claustro del convento lleno de
cuadros de Vásquez en lugar de los malísimos que hoy existen.
Los Padres habían tratado con Vásquez la pintura de los cuadros
de la vida del Santo Patriarca que debía adornar el claustro, y
bien claro lo dice el del Evangelista San Juan que en la isla de
Patmos escribe su Apocalípsis teniendo a un lado caído en el suelo
un papel en que se lee esta inscripción "Vida del glorioso
patriarca Santo Domingo de Guzmán, pintada por Gregorio Vásquez
Ceballos Arce; año de 1680". Con este cuadro, que está al entrar
para la sacristía, empezó Vásquez la vida de Santo Domingo y sin
contar con las vicisitudes humanas, dio por hecho lo que sólo tenía
intención de hacer; hizo lo que los muchachos cuando están
aprendiendo a escribir, que antes de hacer la plana le ponen al pie
quién la hizo. Pero Vásquez sí pintó cuatro cuadros de la vida del
santo, de los cuales uno echó a perder el clérigo Gómez, a quien
llamaban Panela en la otra patria, y que tánto se distinguió en la
revolución del 20 de Julio llevando la voz del pueblo en la plaza y
en la barra de los colegios electorales.
Este clérigo, así se picaba de ser buen patriota como debe ser
buen barnizador de cuadros, y se acreditó en ambas facultades;
porque habiéndose empeñado con los Padres para que le dejaran
limpiar el cuadro de la Sibila, se lo concedieron, y lo mató.
No puedo pasar adelante sin deplorar la funesta facilidad con
que en esta nuestra tierra se ponen en manos del primero que llega
las obras de pintura y escultura para que las limpien; para que les
dé color, como dicen. Otras veces blanquean con tierra las paredes
de calicanto, las portadas de arquitectura y las estatuas que las
adornan, como se ve en la portada de la Iglesia del Colegio del
Rosario, haciendo perder su mérito intrínseco a las obras. He visto
efigies muy buenas, las más de ellas de Cristo, lastimosamente
desfiguradas a fuerza de llagas y cardenales hechos con bermellón y
azul de prusia. Yo tuve el gusto de salvar el cuadro de la
Adoración de los Pastores, pintado por Vásquez, que está a la
espalda del coro de la Catedral. Le entró gana de limpiarlo al
mayordomo de las Animas, y por medio de sufragio, le pasó la brocha
con aceite de linaza retostada, y en esta operación le hizo varias
saltaduras en las carnes de la Virgen y del Niño. Lo vi por fortuna
el mismo día en que así lo había puesto, e inmediatamente le pedí
permiso al deán, que era el Dr. Pablo Plata, para quitarle el
aceite y restaurarlo. Convencido el deán de que al cuadro se le
había hecho un mal en lugar de un bien, mandó que se me entregase y
logré restablecerlo.
Todo esto es bárbaro, y ojalá que esta advertencia libre de la
brocha y del hisopo, las obras que aún no han sido echadas a perder
por su acción reformadora, en especial las tres estatuas de la
portada de la Catedral.
Vásquez, como la mayor parte de los artistas de genio por correr
tras las ideas que su imaginación le sugería, abandonaba muchas
veces las obras que le mandaban hacer, y se ocupaba de otras que
para él eran de mayor atractivo. Cuando pintaba los cuadros de la
Capilla del Sagrario le había dado por pintar objetos de caza, de
cocina y demás de este género y entre otras cosas, se sabe que
pintó un biombo magnífico con fruteros y bandejas de pastas por la
parte interior, y paisajes con cacerías por la parte exterior. Esta
entretención hacía dilatar la obra de los cuadros de la Capilla
cuando no faltaba más para consagrarla que los que debían colocarse
en los seis altares del cañón de la iglesia. Los curas y el
mayordomo de la cofradía apuraban a Vásquez para que los concluyese
y todos los días iban a ver en qué estado estaba la obra; pero casi
siempre la hallaban lo mismo, aunque siempre lo encontraban al
parecer trabajando en ella, y por otra parte sabían que trabajaba
muy ligero. Sospechando lo que podía ser, se convinieron en ir a
una hora desusada y así lo verificaron sorprendiendo al pintor
cuando trataba de volver contra la pared un lienzo de cacerías, que
tenía en el caballete, y como ya estaban cansados de reconvenirlo,
lo hicieron poner en la cárcel de Corte, llamada la cárcel grande,
donde acabó de pintar los cuadros que hoy existen, aunque muy
dañados por la intemperie y el polvo que tuvieron que sufrir con el
terremoto de 1827.
Uno de los pasajes de la vida de Vásquez, que con más
uniformidad se me ha referido, es el siguiente. Pintó en un
relicario un Ecce-Homo con todo esmero. La persona que lo mandó
hacer, se lo regaló a un sujeto que marchaba para Roma, el cual se
lo llevó, y estando en Roma, lo regaló a otra persona que pasaba a
España, y ésta lo dio en España a unos jesuitas que venían para el
Nuevo Reino, los cuales habiendo llegado al Colegio de Santafé,
empezaron a mostrar las curiosidades que traían de Europa, entre
las cuales figuraba sobre todas las demás el Ecce-Homo. Llamaron a
Vásquez para que lo viera, y cuando lo tenía en la mano, le dijo
uno de los jesuítas que si se atrevería a hacer una Cosa como ésa.
Vásquez contestó que no sólo se atrevía a hacerlo igual, sino
mejor. Los padres se echaron a reír, creyendo que aquello era una
chanza; pero Vásquez les dijo, me atrevo a hacerlo mejor, porque
ahora pinto mejor que cuando hice esto; y para comprobar su dicho
pidió a los padres que hicieran abrir el relicario, diciéndoles que
la pintura estaba en cobre y que al reverso tenía su nombre y el
año. Allí mismo lo abrieron y encontraron todo como les había
dicho, resultado que la pintura romana que tanto se había alabado,
había ido de aquí, y era obra de Vásquez.
Semejante cosa ocurrió en Santo Domingo. Había llegado de Roma
un padre visitador y traído, entre otras curiosidades, un cuadro de
latón con la imagen de Santo Domingo que por muy bueno le había
regalado un Cardenal a tiempo de venirse. Mandó el padre a llamar a
Vásquez, y le preguntó si podía hacer una cosa tan buena como
aquélla, porque se quería una lámina que hiciera juego con ésta.
Vásquez pidió que se le franqueara este cuadro para hacer un
ensayo. Se le franqueó en efecto, y habiéndolo llevado a su casa
pintó el Santo Domingo por el reverso de la lámina y se la llevó al
padre, quien al recibirla le preguntó si había podido hacer algo
semejante; a lo cual contestó Vásquez que al respaldo estaba lo que
había hecho. Volvió el cuadro; vio la otra pintura y quedó
asombrado. Puso en el marco la lámina con la pintura de Vásquez
dejando la romana por el reverso y el cuadro se colocó en la
sacristía, en donde se mostraba a todos los que querían verlo. En
el terremoto de 1785 se quitó de allí para guardarlo con las demás
pinturas, y se perdió como tantas otras.
Difícil sería de creer que quien se ocupaba en pintar grandes
cuadros, pintaba con tanta perfección figuras tan pequeñas. Yo he
visto un relicario de dos pulgadas de largo; con un San Ignacio de
medio cuerpo por un lado, y por el otro la Vírgen de cuerpo entero
sentada, pintados al óleo en una hoja de cobre con marco de oro; y
también he Sabido que algunos de estos relicarios han sido
desbaratados por los plateros para aprovecharse del oro
menospreciando la pintura que valía mucho más.
Otra obra curiosa hizo Vásquez, y fue un apostolado pintado en
conchas primorosamente, para adorno del marco de Santo Domingo
revistiéndose, que está en la sacristía del convento. Estas conchas
estaban incrustadas en el marco, y se vendieron a don Manuel Benito
Castro, quien las pagó a onza de oro cada una, y no se sabe más de
ellas.
Había enviudado Vásquez, y vivía con su hija por la calle del
convento de la Candelaria. Estaba en los últimos años de su vida y
se hallaba muy pobre y enfermo, y sin poderse hacer cargo de obra
alguna de consideración. Pasaba lo más del día en aquel convento,
donde era atendido y auxiliado por los padres, los cuales se
empeñaron en que pintase el cuadro de la Virgen para él altar de la
Concepción. Vásquez, agradecido a los servicios que le dispensaban,
hizo un esfuerzo, y pintó el cuadro que tiene su nombre y el año de
1710.
El 8 de diciembre, día de la Concepción, mandó Vásquez decir una
misa cantada en el mismo altar donde se había colocado el cuadro.
Asistió a ella, y recibió la Eucaristía de mano del celebrante.
Acabada la misa se fue para su casa, y a poco rato vinieron a
avisar a los padres que estaba muy malo. Fueron a asistirle y le
hallaron con la cabeza trastornada: había perdido enteramente el
juicio y así estuvo hasta que, al cabo de algunos días, murió.
Estos pormenores se referían por el reverendo padre fray Clemente
Pinzón del mismo convento de la Candelaria. En el convento de Santo
Domingo hay un cuadro del martirio de San Crisanto que tiene el
nombre de Vásquez y el año de 1675, con otra inscripción más abajo;
Y de otra letra, que dice: comulgó, enloqueció y murió: año de 1711
, lo cual conviene perfectamente con las noticias tradicionales que
hasta ahora pocos años se encontraban en el convento de la
Candelaria, donde quizá sería sepultado el célebre pintor
granadino; punto sobre el cual no he podido hallar noticia
alguna.