EL PROYECTO DE MONARQUIA
(Historia Eclesiástica y Civil,
Capítulo CIII)
Proponer monarquía para Colombia después de libertada de los
españoles y de establecida la república, era algo más que herejía
política. No era posible concebir idea de monarquía sin despotismo,
tiranía, abyección y cuanto puede envilecer y degradar al
ciudadano; no se podía formar idea de monarquía separadamente de
estas tachas; no se podía formar idea de monarca, sin la
identificación de Fernando VII, objeto de odio y aborrecimiento
para los americanos.
Pues esta idea detestable fue con la que identificaron al
libertador sus enemigos para hacerlo odioso entre los republicanos,
atribuyéndole el proyecto de monarquía, a pesar de todas las
pruebas que daba de su desprendimiento, de su republicanismo y de
su aversión al mando. Pero llegó la malhadada ocasión en que
hollaron los malignos sobre que. hacer pie para dar aire de verdad
a la calumnia, y fue cuando por parte del gobierno se proyectó
erigir a Colombia en monarquía. Esto tuvo lugar en 1829, y con tan
favorable ocasión lograron revivir contra el Libertador las malas
ideas que antes habían hecho concebir contra él, atribuyéndole
querer plantear la constitución boliviana, ideas que ya habían
desaparecido desde que se le vio sosteniendo el orden
constitucional establecido. En efecto, hubo el proyecto de
monarquía para Colombia; y se trató de ello con los ministros de
Francia e Inglaterra; pero:
¿Fue el Libertador el que concibió el proyecto?
¿Se trabajó en él con su consentimiento?
¿Lo aprobó?
¿De quién emanó el proyecto?
¿Quién trabajó en él?
Esto es lo que importa saber y lo que vamos a decir, empezando
por oir a uno de los autores de ese proyecto, al señor Restrepo,
ministro del Consejo de Estado, quien con toda sinceridad dice:
"Al ver muchos de los hombres de experiencia y de influjo en los
negocios, residentes en Bogotá, el estado alarmante que tenía la
subsistencia de la unión colombiana; al considerar que el único
vínculo que ligaba a las diferentes partes de esta hermosa
república era Bolívar, su fundador, cuyas enfermedades y vejez
prematura no prestaban garantía de que viviese lo bastante para dar
cima a la obra comenzada: al meditar finalmente las fuertes
antipatías que existían, por desgracia, entre granadinos y
venezolanos, y las que profesaban contra ambos los hijos del
Ecuador, naturalmente miraba con ansiedad el porvenir de Colombia,
que no podían juzgar duradero. A tales motivos fundados de temor se
añadían las revueltas originadas en las elecciones de presidente y
vicepresidente que habían puesto a Colombia a punto de dividirse, y
la inmensa lista militar compuesta en gran parte de jefes audaces y
ambiciosos, émulos algunos del Libertador, que aprovecharían la
primera ocasión que pudieran atrapar, a fin de dividir el
territorio y mandar con independencia en la sección que les tocara.
Todos estos y otros varios motivos reunidos hacían escogitar a
muchos antiguos y verdaderos patriotas cuál sería el remedio para
que subsistiera largo tiempo el magnífico Estado de Colombia.
"Después de muchas meditaciones pareció a algunos, entre los
cuales se contaban los miembros del consejo de ministros, que
Colombia no podía subsistir regida por instituciones republicanas
que prescribían un jefe electivo cada cuatro años, según lo
estableciera la Constitución de Cúcuta, pues infaliblemente se
dividiría por las antipatías y rivalidades existentes, y las que
excitaban las cuestiones eleccionarias. Fueron, pues, de opinión
que el único gobierno que daría al territorio colombiano garantías
de orden y estabilidad sería el monárquico constitucional, llamando
al trono a un príncipe extranjero de antiguas dinastías de
Europa.
"Pero al mismo tiempo creyeron que era preciso combinar con esta
idea capital, qué se haría en tal caso con el Libertador. Parecía
que su grande influjo era necesario para hacer la transición y
consolidar a Colombia; ésta, además, no debía olvidar los eminentes
servicios que le había prestado para conseguir su independencia, y
que los pueblos estaban acostumbrados a obedecerle. Creyeron, pues,
algunos resolver el problema estableciendo: "que se adoptara en
principio la monarquía constitucional en Colombia, y que Bolívar,
mientras viviera, mandase en ella con el título de Libertador
presidente; pero que desde ahora se llamase a un príncipe
extranjero a sucederle, quien sería el primer rey, y hereditario al
trono en sus descendientes. En cuanto a la elección del príncipe,
pareció a algunos que sería acaso lo más con teniente escoger de la
familia reinante en Francia entre los hijos del duque de
Orleans".
He aquí todo el proyecto de monarquía en Colombia; la corona no
era para el Libertador, como lo han pensado algunos sin conocer el
asunto.
Pero este plan debía ser apoyado por el comisionado del gobierno
francés M. Carlos Bresson, que se hallaba en Bogotá hacía poco
tiempo y cu ya misión era la de examinar el estado de la república
relativamente a las probabilidades de orden y estabilidad que
presentara, para ver si S. M. Cristianísima podía entrar en
relaciones diplomáticas o no con ella. Este, desde el día en que
fue presentado al consejo, hizo grandes elogios de las virtudes y
talentos del Libertador, y dijo "que los votos de su gobierno eran
por la tranquilidad de Colombia, por su prosperidad, por el
desarrollo de sus inmensos recursos y por el establecimiento de
instituciones libres y fuertes".
El señor Bresson había venido por Venezuela, y desde que estuvo
en Caracas, dio a conocer sus opiniones y las de su gobierno sobre
lo que llamaba instituciones libres y fuertes, que era la monarquía
constitucional; de consiguiente, el comisionado francés acogió con
mucho gusto la idea de establecer en Colombia semejante
gobierno.
"Era la condición precisa de todos los que opinaban por el
establecimiento de una monarquía constitucional en Colombia", dice
el señor Restrepo, "que fuera sostenida por la mayoría de la
nación, y que la acordaran los representantes de los pueblos,
reunidos en congreso. Cualquier paso que se diera sin estos firmes
apoyos, era un insulto a la voluntad nacional, suprema ley en un
negocio de tamaña trascendencia".
Los ministros, guiados por los sentimientos de un puro y
desinteresado amor a su patria, estaban muy lejos de querer imponer
reforma de tal naturaleza contra el voto nacional, y por eso antes
de adelantar más en el proyecto quisieron sondear la opinión de la
capital y reunieron una junta de personas notables de los diversos
estados de la sociedad el día 30 de junio, en la cual se encontró
uniformidad de sentimientos con los del consejo de ministros.
Los individuos interesados en este proyecto, y con el cual
pensaban salvar a Colombia de su disolución y de la anarquía,
estaban persuadidos en vista de los hechos existentes en todas las
repúblicas de Sud-América, de que el mal consistía en el sistema,
que no era calculado para pueblos acostumbrados al régimen
colonial. Tampoco se preocupaban creyendo que, con decir república,
se decía libertad, y que con decir monarquía, se decía tiranía,
porque observaba monarquías como la del Reino Unido de la Gran
Bretaña, donde había más libertad y garantías individuales que en
algunas repúblicas, como las nuéstras, donde los militares m
atrevidos echaban abajo todas las garantías el día que se les
antojaba pronunciarse a nombre de la ley; y observaban que de todos
los Estados de la América meridional sólo se mantenía en paz, orden
y progreso, el del Brasil, que se había constituido en
monarquía.
Se trató también de inquirir sobre la opinión de los jefes
militares, respecto al proyecto en cuestión, y se halló que la
mayor parte de ellos lo aceptaban. El general Páez fue consultado,
aunque él había sido el primero que en Colombia propuso la
monarquía, contestó que necesitaba saber cuál era la opinión del
Libertador. El consejo no pudo contestarle sobre esto, porque, aun
cuando estuviera dando pasos sobre el particular, era sin contar
con aquél, y Páez tuvo entonces que enviar al comandante Austria
cerca del Libertador, para in formarle sobre el negocio.
En este estado se hallaban las cosas cuando el rompimiento del
convenio de Girón por los pe ruanos, cosa que acabó de afectar el
ánimo del Libertador, matándole toda esperanza de orden y
estabilidad en las repúblicas Sud-Americanas, pues que no se podía
contar con la buena fe de los tratados, ni, por consiguiente, con
regla alguna de derecho internacional; a lo que se agregaban ya
otros síntomas revolucionarios en Colombia, y por parte de quien
menos debía esperar el Libertador, como era del general Córdoba,
que ya parecía alistado en las banderas de los del 25 de
septiembre. Venezuela tenía muy malos síntomas, y los aprestos de
una fuerte expedición española en las islas de Cuba y Puerto Rico,
formaban un nublado tan horrible que, el Libertador, como
desesperado de todo bien, dirigió al secretario de relaciones
exteriores, doctor Estanislao Vergara, un oficio en que, haciendo
la más triste pintura del estado de Colombia, le decía que
privadamente hablara con los enviados de los Estados Unidos y de la
Gran Bretaña; con el primero, a fin de solicitar la mediación de su
gobierno con el objeto de poner término a la guerra del Perú, como
que era la nación escogida, por el convenio de Girón para
intervenir en las diferencias entre las dos repúblicas; y con el
segundo, para exponerle las pocas esperanzas que había de que se
consolidaran los nuevos gobiernos americanos, y las probabilidades
de que se despedazasen mutuamente si una potencia poderosa no
intervenía en sus diferencias o tomaba a la América bajo su
protección. Según el resultado que tuviera una conferencia privada,
autorizaba al ministro de relaciones exteriores para entablar un
oficio de negociación, siempre que hubiese probabilidad de buen
éxito.
Al consejo de ministros, con quien se mandaba consultar este
proyecto, dice el señor Restrepo, que le pareció sumamente extraño,
hijo sólo de momentos de exaltación y de absoluta desconfianza
sobre el porvenir de las nuevas repúblicas, y que lo meditó con la
debida circunspección: que hallando imposible la abertura de
semejante negociación, el consejo por medio del secretario de
relaciones exteriores, ofició al secretario general del Libertador,
representando los inconvenientes que hallaba para iniciar tal
negociación. Sin embargo, éste insistió en la idea, dice el mismo
señor Restrepo; a causa sin duda, de hallarse cada día más
desconsolado con la suerte futura de las repúblicas americanas,
habiendo recibido en aquellos días noticias alarmantes de nuevos
excesos, revoluciones y crímenes que hacían cada vez más negra la
historia de la América española, y que se hablaba de una fuerte
expedición marítima y terrestre que la España reunía en la isla de
Cuba.
Antes que el secretario de relaciones exteriores recibiera esta
comunicación, ya había tenido algunas conferencias preliminares con
el señor Bresson, quien manifestó cuál era el objeto de su misión,
según hemos dicho antes, recalcando siempre sobre que su gobierno
no podría establecer sus buenas relaciones con Colombia por el
estado vacilante e incierto en que se hallaba. Esto mismo se decía
en Europa a los ministros de la república establecidos en Londres y
París, doctor José Fernández Madrid y Basilio Palacios, y por cuyas
razones, que ellos no podían desvanecer, porque los hechos lo
probaban, poco era lo que adelantaba en la vía que antes se había
presentado tan fácil y feliz. El señor Bresson, pues, hallaba la
idea de la monarquía muy conveniente; porque ésta había sido
siempre la del gobierno francés respecto a los nuevos Estados
americanos, y antes lo había expresado el secretario de relaciones
exteriores de Francia al ministro Gómez, enviado de las Provincias
Unidas, diciéndole "que reflexionando sobre los verdaderos
intereses de esos países, estaba convencido de que esto dependía
enteramente del establecimiento de un gobierno cuya influencia
pudiera gozar de las ventajas de la paz, y que él creía que dicha
forma de gobierno no sólo podría ser una monarquía constitucional
con un príncipe europeo a la cabeza, cuyas relaciones pudieran
inspirar y aumentar el respeto al Estado, y facilitar el
reconocimiento de su independencia nacional".
Viendo, pues, los ministros las disposiciones de la Francia;
teniendo ya datos sobre la popularidad en favor de su proyecto;
sabiéndose ya el resultado de las elecciones para el congreso, que
había recaído en hombres patriotas, desinteresados y juiciosos; y
en fin, creyendo análogo su proyecto de monarquía con el del
Libertador, como conducente al mismo objeto de asegurar la
existencia de Colombia bajo la protección de una potencia europea,
creyeron que era tiempo oportuno para dar curso a las negociaciones
sobre el establecimiento de monarquía en Colombia; y después de
algunas meditaciones bastante detenidas, se decidió el consejo a
extender un acuerdo, el 3 de septiembre, tratando en él de resolver
el difícil problema recomendado con tanto empeño por el Libertador,
de adquirir para Colombia la ayuda y protección de una poderosa
nación europea, sin comprometer de modo alguno la independencia
nacional (Véase el número 51).
En consecuencia, el consejo creyó llegado el caso de entablar
negociaciones con los ministros extranjeros de Francia e
Inglaterra, y el secretario de relaciones exteriores inició sin
tardanza las negociaciones acordadas por el consejo. Tanto el señor
Bresson como el señor Campbell se manifestaron complacidos de
comunicación tan importante, y pidieron que se les hiciese por
escrito, lo que se verificó inmediatamente. Al ministro de la Gran
Bretaña no se le habló de intervención en aquellas circunstancias,
ni se le indicó al encargado de negocios sobre la probable elección
de un príncipe francés. Las instrucciones que se dieron a los
ministros de Colombia en Londres y París, fueron conformes a las
bases acordadas por el consejo de ministros, encargándoles que
procediesen con suma circunspección en este asunto.
El consejo de ministros dio cuenta al Libertador con todos los
documentos de la materia, y concluía diciendo que esperaba que
tales providencias fueran de su aprobación.
El Libertador recibió en Popayán estos documentos, que le
sorprendieron demasiado, pues que habiéndole escrito antes
particularmente sobre el proyecto de . monarquía, lo había
desaprobado. Aunque se haya escrito, después de muerto el
Libertador, que había guardado silencio sobre el particular, consta
por carta escrita al señor Madrid, lo que acabamos de decir. (Véase
el número 52).
El Libertador contestó al secretario de relaciones exteriores
con fecha 22 de noviembre improbando rotundamente todo lo hecho y
protestando que no reconocería por acto suyo otro que, someterse
como ciudadano al gobierno que diera el congreso constituyente,
|y que de ninguna manera aprobaría la menor influencia en aquel
cuerpo de parte de la administración actual. (Véase el número
53)
Dice el señor Restrepo que, "al terminar la lectura de esta
nota, fue uniforme el sentimiento de los miembros del consejo de
ministros, la indignación". Y agrega: "creyéndose sacrificados a la
popularidad de Bolívar y que, sin consideración a sus largos y
fieles servicios al gobierno de Colombia y a la independencia de su
patria se les había dejado deslizarse por un camino peligroso. El
Libertador pudo y debió hacerles evitar los riesgos y multitud de
sinsabores, hablándoles desde el principio con franqueza, a fin de
que no contaran con su apoyo en aquella difícil empresa. Esta
conducta habría sido noble, leal y generosa, propia de Bolívar con
sus antiguos amigos".
El señor Restrepo, en muy sentidas palabras, añade en una nota,
que desde el mes de mayo le habían escrito cartas particulares
anunciándoles el plan que meditaban, sin que les hubiese dado
contestación en los cuatro meses corridos hasta septiembre.
Por la carta del Libertador escrita al señor Madrid, se ve que
había contestado a la correspondencia particular dirigida sobre el
asunto, que había contestado manifestando su improbación sobre el
plan de monarquía; el lector formar sobre estas dos aserciones el
juicio que le parezca.
Ya hemos dicho que nosotros no somos fanáticos en política para
creer que los partidarios del gobierno monárquico hayan de
considerarse como sectarios de la tiranía. Nada de eso; y bien se
ha visto que los pobres déspotas son los que, como dice el apóstol
San Pedro, toman la libertad por velo de sus siniestros designios.
Antes se ejercía el despotismo por reyes, porque esos eran los
gobiernos de la época; en los tiempos del liberalismo los déspotas
ejercen su oficio con el gorro de la libertad en la cabeza, porque
la corona ya no está en moda, y a los pueblos se les engaña con
apariencias. Así, pues, nosotros estamos muy lejos de reputar como
malos patriotas a los que promovieron y trabajaron en el plan de
monarquía para Colombia, y si se hubiera verificado, quizá
habríamos marchado como ha marchado y marcha el Brasil; pero
tenemos que fallar en el pleito y es preciso estar a los autos.
Los ministros del consejo no han podido hacer inculpación al
Libertador, quejándose de él, por no haber dicho antes que no
prestaría su asentimiento al proyecto que meditaban, aun admitiendo
que habiéndole dado aviso de ello, pasasen cuatro meses sin
decirles nada, porque según repite en muchas partes el mismo señor
Restrepo, el Libertador siempre combatió la idea de levantar tronos
en América, y nos cita nada menos que estas palabras dirigidas al
congreso de Bolivia: "¡Legisladores! Los príncipes flamantes que se
obcequen. hasta construír tronos encima de los escombros de la
libertad, erigirán túmulos a sus cenizas que digan a los siglos
futuros cómo prefirieron su fatua ambición a la libertad y a la
gloria".
¿Cómo pudieron, pues, los que sabían estas palabras del
Libertador figurarse que apoyara el proyecto que tenían entre
manos? Aun hay más: escribiendo al mismo secretario de relaciones
exteriores doctor , en 1828, desde Hatoviejo, le decía: "No me
gusta que intervengamos entre los argentinos y el emperador sino en
el caso de que pudiéramos inducir al último a la idea justa de
dejar la Banda oriental en libertad de formar un gobierno propio,
|y de ninguna manera debemos entrar por la erección de un nuevo
trono en América. Esto no es bueno ni nos sería honroso como
republicanos acérrimos"
|
1
.
¿Con esto cómo pudo el secretario de relaciones exteriores,
miembro del consejo, formarse idea de que el Libertador pudiera
recibir bien alguna vez el proyecto de erigir nuevos tronos en
América? Y la carta a Páez en que el Libertador improbaba ese mismo
proyecto y en que se extendió manifestando todos los inconvenientes
que en Colombia se presentaban al tal proyecto, no era otra prueba
que el consejo tenía a la vista para juzgar lo adverso al
proyecto?
Es preciso convenir en que el consejo procedió en esto con
demasiada ligereza, porque la prudencia exigía, que en materia de
tanta gravedad, no debiera darse paso alguno antes de consultarlo
con el Libertador. Los ministros se quejaban de que éste, con su
áspera improbación, los había dejado en un comprometimiento fatal;
pero ellos no reparaban en comprometer, de una manera peor, al
presidente de la república al proyectar, sin su anuencia, el cambio
de la república en monarquía, cosa que si el Libertador hubiera
aceptado por no dejar comprometidos a sus ministros, lo habría
comprometido a él, y dado fundados motivos a sus enemigos para
acabarlo de perder en la opinión pública, pues que habrían dicho, y
con apariencia de toda razón, que el proyecto era suyo.
La disculpa que daban los ministros para evadir el cargo de
haber procedido arbitrariamente en tan delicado negocio, no parece
de hombres serios. Decían que no habían hecho otra cosa que dar
aplicación, del modo que era posible, a la orden del Libertador, de
solicitar la ayuda y protección de alguna potencia europea para las
repúblicas de la América española, porque esto no se habría podido
conseguir sin fundar un gobierno que diera garantías, orden y
estabilidad a Colombia; y añadían que antes el consejo había hecho
menos de lo que prevenía la orden, reduciendo los términos en que
se creyó acequible, a sólo Colombia. Esto quería decir que sin
reducirla habrían formado el proyecto de monarquía para toda la
América del Sur, y como esto habría sido absurdo, se sigue que el
modo de aplicar la idea contenida en la orden fue absurdo, porque
los principios deben aplicarse por medios consiguientes a ellos y
no por medios incompatibles, porque la orden era solicitar
protección para las repúblicas y no para monarquía, sistema en
desacuerdo con los principios proclamados por los pueblos y por el
mismo Libertador. Así, pues, la disculpa era inadmisible, porque no
se puede admitir en principio, que cada cual, para cumplir las
órdenes que se le prescriban, pueda usar de medios incompatibles
con la intención del que las ha dado. Y si así no fuera, también el
Consejo habría podido adoptar para Colombia la religión
protestante, a fin de que la Inglaterra nos tomase bajo su
protección; podría haber proyectado, igualmente, tratados
degradantes con esta u otra potencia europea; y si nada de esto
habría podido hacerse para cumplir la orden del Libertador, tampoco
podría hacerse la república monarquía. Mando yo que me reparen mi
casa porque se está cayendo, y me hacen de ella Una iglesia. ¡Buen
modo de cumplir mis órdenes! ¿Tendría razón para quejarse de mí el
arquitecto si yo le hacía desbaratar lo hecho?
Verdaderamente, quedaron los ministros del consejo en una
situación bien penosa con la declaratoria hecha por el Libertador
contra el proyecto de monarquía, en que tanto se había avanzado. Se
hallaban en comprometimiento con el ministro inglés y con el
comisionado francés, Este, a quien tanto cuadraba el dicho
proyecto, había despachado prontamente, con las comunicaciones que
lo contenía el duque de Montebello para la corte de Francia, y él
había suspendido su partida por aguardar los resultados de aquella
comisión. Los ministros de la república en Londres y París, a la
fecha habrían ya dado pasos sobre el negocio cerca de los
respectivos ministros de relaciones exteriores. Estas cosas
consideradas por todos y cada uno de los ministros del consejo,
eran un tormento insoportable y serían mucho más dignos de
compasión si ellos mismos no tuvieran la culpa de sus trabajos.
En el ánimo del Libertador, tan angustiado como estaba en
aquella época, también había causado un tormento grande el proyecto
del consejo, pues bien sabía que de poco necesitaban sus enemigos
para desacreditarlo más y más. Era tal el estado de desaliento o de
desesperación en que se hallaba, que a poco escribió a los
ministros que él se separaba absolutamente del mando, que había
dado orden de cerrar su secretaría general, enviando todo lo
pendiente a los respectivos minis tros y que ejercieran ellos el
gobierno en todos sus ramos.
El consejo no admitió esta delegación, manifestando al
presidente que a él exclusivamente era que los pueblos habían
concedido las facultades de un dictador, y que habiéndolas aceptado
no podía dimitirlas sino ante la representación nacional que debía
reunirse el 1° de enero.
El general Páez, como se ha dicho antes, había mandado al
comandante Austria cerca del Libertador para inquirir su opinión
sobre el proyecto del consejo de ministros. Desde Popayán contestó
a Páez manifestándole su opinión. Hablábale también sobre la
necesidad de sostener la unidad colombiana y añadía: "Mucho y mucho
más podría decir a usted en esta carta que sería nunca acabar. Por
lo mismo me refiero en todo a lo que diga a usted Austria que va
bien empapado de mis ideas, que se reducen a dos palabras: sostener
el congreso". Austria, manifestando a Páez los sentimientos del
Libertador, concluía así: "su excelencia ha dicho antes que jamás
cambiaría su título de Libertador por el de emperador ni rey, y que
este ha sido y es el voto m sincero de su corazón; y por último,
que aun cuando Colombia entera, del modo más decidido y resuelto,
quisiera un rey, S. E. no sería monarca".
Estos testimonios han sido publicados en Venezuela por los
mismos enemigos del Libertador, como publicó también el general
José María Obando en posterior época, en sus Apuntamientos para la
historia, que el Libertador, cuando recibió las primeras cartas
sobre el proyecto de monarquía, lo llamó aparte y le dijo: "No ve
usted cómo quieren estos hombres perder la república y a mí con
ella? vea usted estas cartas", y agrega que le mostró las
contestaciones que había dado a los ministros improbando el
proyecto.
Sin embargo, los enemigos del Libertador, desentendiéndose de
todo, siempre han continuado cultivando la calumnia de atribuirle
el haber querido coronarse en Colombia
|
2
.
El consejo dio contestación en 8 de diciembre a la nota de 22 de
septiembre con la exposición de las razones que había tenido
presentes para prodecer sobre el proyecto de monarquía; la
principal era lo que antes hemos indicado, a saber: la de dar
cumplimiento a la negociación indicada por el Libertador para
solicitar el apoyo y protección de alguna potencia europea en favor
de la América. Esta nota del consejo fue contestada con fecha 18 de
diciembre por la secretaría general del Libertador que ya se
hallaba en el Cauca. (Véase el número 54).
"Confesamos francamente, dice el señor Restrepo, que los
fundamentos aducidos por el Libertador para fundar la improbación
del proyecto de monarquía eran muy poderosos. Aun sin haberlo
consentido, sus enemigos se valieron de este pretexto para
calumniarle, y para despedazar su reputación, haciendo creer
maliciosamente a los in cautos e ingorantes, que Bolívar, el
fundador de tres repúblicas, había querido coronarse y establecer
un trono en Colombia"
|
3
|.
El consejo resolvió suspender las negociaciones sobre este
asunto y el ministro secretario de relaciones exteriores dirigió en
31 de diciembre los señores Bresson y Campbell nota comunicándoles
aquella resolución. Estos contestaron al secretario, y en las
contestaciones no deja de traslucirse la extrañeza que les causara
tan repentina mutación en negocio que parecía tan meditado. (Véase
el número 55).
La negociación en Francia no había tenido resultado alguno,
porque el ministro Polignac, acérrimo legitimista, no quiso oir
proposición alguna de los Estados americanos, por respeto a los
derechos que creía tenía la España sobre sus antiguas colonias.
En Inglaterra la negociación iniciada por el ministro de
Colombia produjo todos sus efectos. El señor Madrid tuvo dos
conferencias oficiales con el secretario de relaciones exteriores
de S. M. Británica lord Aberdeen. De estas conferencias resultó: l°
que el gobierno inglés nada aconsejaba ni aconsejaría a Colombia
sobre alteración en la forma de su gobierno; pero que lejos de
oponerse al establecimiento de una monarquía, lo celebraría, porque
el gobierno de S. M. Británica se hallaba convencido de que esto
contribuiría al orden y prosperidad de esta parte de la América; 2°
que el gobierno inglés no opondría objeción alguna, si el pueblo
colombiano proponía al Libertador para su monarca; declaración que
hizo espontáneamente lord Abordeen, no habiéndose tratado por parte
de los ministros ni del enviado de Colombia, de coronar a Bolívar:
3° que la Inglaterra tampoco tendría que hacer objeción alguna si
el príncipe que se eligiese era de la familia real de España; pero
escogiéndose de cualquiera otra dinastía sería este negocio de sumo
interés para la Gran Bretaña, cuyo gobierno de ningún modo
permitiría "que un príncipe de la familia reinante en Francia
cruzase el Atlántico para coronarse en el Nuevo Mundo". Al mismo
tiempo declaró, que el gobierno de S. M. no se prestaría, aun
cuando se lo propusiese, a que un príncipe de la real familia
inglesa fuese a reinar en la América española; declaración que
hacía para manifestar que ningún espíritu de concurrencia ni
aspiración alguna motivaba aquella declaración. Después de esto
decía en particular el ministro inglés al de Colombia: "Me parece,
además, que el proyecto, como se ha indicado es irrealizable: él es
demasiado vago e incierto para que pueda satisfacer a nadie. ¿Cómo
es posible que ningún príncipe de las grandes naciones de Europa
acepte un nombramiento que no podrá llevarse a efecto sino después
de la muerte del Libertador? Si se cree que la monarquía es
necesaria en Colombia y que convendría un príncipe europeo, llámese
a éste desde luego; de otro modo, ustedes no podrán encontrar un
individuo de las primeras dinastías europeas que pueda llevar
consigo el lusfre y consideraciones que desean: encontrarán a lo
más, algún pequeño príncipe alemán, con el que poco adelantarán
ustedes. ¿Pero qué necesidad tienen ustedes de hablar ahora de la
sucesión ni de príncipes europeos? Continuando el Libertador al
frente de Colombia, ya sea durante su vida, o por un cierto número
de años, ustedes podrán después resolver en lo sucesivo lo que sea
más conveniente".
Tal era el concepto que el gabinete británico había formado del
Libertador.
No pasó de aquí el ruidoso proyecto de monarquía en Colombia.
Baralt y Díaz han hecho un crimen de que los ministros del consejo
hubieran proyectado proponer al congreso la adopción del gobierno
monárquico, y dicen que se les debía haber juzgado y castigado. El
fanatismo político de los liberales debía también tener su
inquisición para quemar a los que no opinaran por la democracia, y
los venezolanos debían haber empezado sus autos de fe por Páez, los
Carabaños, Tobar y otros de sus paisanos monarquistas. El señor
Restrepo les ha contestado perfectamente bien a esos dos
historiadores; pero se le olvidó lo mejor, y era que cuando el
consejo estaba dando pasos sobre esto, no sólo había libertad para
opinar en política, sino que a poco vino la circular en que se
excitaba a todos los colombianos a proponer sus ideas respecto al
sistema de gobierno que hubiera de adoptarse, y en el cual se decía
"que todas las opiniones por exageradas que parecieran, serían
igualmente bien acogidas".
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1
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Copiado del original autógrafo que
conserva la familia del doctor Vergara.
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2
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Cuando el general Santander estuvo
en Europa por causa del 25 de septiembre, suministró un largo
artículo para la "Enciclopedia Británica" que se publicó bajo el
rubro de "Colombia". Este opúsculo fue traducido en tiempos
posteriores por el doctor Lorenzo María Lleras. en Bogotá,
agregándole algo más en. el sentido calumnioso del texto
relativamente al Libertador. En el año de 1848 el editor de "El
Aviso", en una serie de artículos titulados "Los Cuatro
Administraciones", volvió a las calumnias sobre el proyecto de
monarquía en Colombia, atribuyéndolo a ambición el Libertador y
callando maliciosamente, como lo hablan hecho Lleras y los otros
enemigos suyos, la improbación explícita a que tal proyecto había
dado. Ninguno más impuesto de los negocios del consejo de ministros
que el editor de "El Aviso" señor José María Vergara Tenorio, hijo
del señor Vergara, secretario de relaciones exteriores. La calumnia
de la monarquía de Bolívar es una cosa parecida a la forjada contra
el Papa con el cuento de la condenación de Galileo. Se han
publicado los documentos que la desmienten: se repiten todos los
días y sin embargo, el cuento se repite también todos los días,
come que si nada se hubiera dicho en contrario. Así procede la mala
fe, porque dicen que de la calumnia algo queda.
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3
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Historia de Colombia.
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