BOLIVAR EN EL PERU
(Historia Eclesiástica y Civil,
Capítulo LXXXV)
Habiéndose hecho a la vela el Libertador el día 6 de agosto de
1823 en Guayaquil, con rumbo hacia el Callao, arribó a este puerto
el día 1° de septiembre, y en el mismo hizo su entrada en Lima
entre aplausos y transportes de la más viva alegría.
El Libertador encontró divididos los ánimos en partidos; unos
por el congreso y otros por el presidente Riva-Agüero, causando
graves perjuicios con tan escandalosas desavenencias, cuyos
estragos sólo pudo contener la autoridad suprema que se había
conferido a Sucre, quien en calidad de ministro plenipotenciario de
Colombia había sido enviado a Lima, y que ya se hallaba encargado
del mando en jefe del ejército unido libertador del Perú.
El presidente había disuelto arbitrariamente el congreso por
medio de un decreto en que se declaraba ser, no sólo inútil, sino
perjudicial su reunión en aquellas circunstancias. El congreso, no
obstante, pudo volverse a reunir en Lima, cuando acababan de
retirarse de allí las tropas españolas del general Canterac.
Reunido el congreso, nombró presidente de la república a don José
Bernardo Tagle, y depuso a Riva-Agüero, quien despreció tal
resolución, apoyado en las tropas que tenía bajo su mando, y se
declaró en guerra contra el congreso.
Esta era la situación del Perú a la llegada del Libertador, a
quien el congreso autorizó para poner fin a las desaveniencias
usando de los medios que tuviese por conveniente. En 10 del mismo
mes de septiembre sancionó el congreso otro decreto confiriendo al
Libertador la suprema autoridad militar en toda la república con
facultades extraordinarias; e igualmente la autoridad política
directorial, para solicitar recursos y auxilios, así dentro del
territorio peruano como en el extranjero (véase el número 33) Pero
el país estaba en un estado deplorable can sus divisiones; falto de
recursos; desmoralizado, y sus pueblos cansados con el desorden.
Sin embargo, Bolívar había dicho al congreso en la sesión a que fue
admitido "Señor: yo ofrezco la victoria, confiado en el valor del
ejército unido y en la buena fe del congreso poder ejecutivo y
pueblo peruano; así el Perú quedará independiente y soberano por
todos los siglos de existencia que la Providencia divina le
señale".
El Libertador, sólo encontró en Lima dos batallones de
infantería y un escuadrón de caballería de Buenos Aires; dos
cuadros de infantería y un escuadrón de peruanos. Del resto del
ejército una parte estaba con Sucre sobre la cordillera, y otra con
Riva-Agüero en rebelión contra el gobierno peruano. Las tropas
españolas se habían dirigido todas sobre el general Santa Cruz,
quien en la Paz y Oruro había logrado reunir cerca de siete mil
hombres, y sobre a general Sucre, quien en Arequipa mandaba tres
mil cuatrocientos; Santa Cruz perdió toda su gente en operaciones
mal dirigidas por querer evitar la autoridad de Sucre y obrar por
sí, para ganarse solo los laureles del triunfo. Cuando ya Santa
Cruz se vio en tan mal estado, escribió a Sucre llamándolo desde
Oruro, para que se uniesen en el Desaguadero; mas no hallando en
aquel punto a Sucre, continuó la retirada con los restos de su
ejército, que se le iba dispersando, hasta que en Santa Rosa
concluyó la disolución, no quedando más que seiscientos hombres con
que se retiró sobre Moquehua.
Sabiendo Sucre la dispersión del ejército pe ruano, retiró su
gente a Cangallo y pasó a Monquehua solo, a ponerse de acuerdo con
Santa Cruz; más se halló con que las fuerzas que debía haber allí
reunidas, eran en número insignificante y completamente
desmoralizadas, y lo peor de todo, Santa Cruz se había convertido
en partidario de Riva Agüero. En tal situación, ya Sucre no debió
pensar en otra cosa que en salvar la división, y fue lo que logró
hacer en Quilca, y pasó después a Pisco. El Libertador le mandó
órdenes para hacer marchar la caballería por tierra hacia Lima, y
la infantería por mar a la costa del norte, a desembarcar en
Barrancas, donde debía reunirse con el resto del ejército
colombiano que se hallaba en marcha. Al mismo tiempo ofició el
Libertador al gobierno de Colombia pidiéndole tres mil veteranos
más. Con Riva-Agüero estaba en negociaciones de paz, que debían
verificarse con su sometimiento al gobierno, pero todo se iba en
palabras, hasta que el Libertador comprendió, y supo positivamente,
que Riva-Agüero y su ministro de guerra, don Ramón Herrera
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, estaba en negociaciones
con los españoles para establecer una monarquía en el Perú.
Bien cerciorado de este plan el Libertador, determinó obrar
activamente, y se puso en marcha con la tropa colombiana y con dos
cuerpos peruanos. En Patibilica se dictaron todas las disposiciones
para pasar la cordillera, e intimó a Riva-Agüero que se sometiese
al gobierno legítimo con las fuerzas que estaban bajo sus órdenes,
dándole por su parte toda clase de seguridades. En Huaras se
hallaba la mayor parte de las fuerzas de Riva-Agüero, mandadas por
el coronel don Remigio Silva, quien se retiró hacia Cajamarca al
saber que se acercaban las tropas del Libertador. Este envió
inmediatamente un comisionado del ejército a tratar con los jefes
que mandaban las tropas disidentes, persuadiéndolos sobre la
necesidad de unirse todos, para sostener la independencia del Perú.
De aquellos jefes, unos se sometieron al gobierno con la tropa, y
otros fueron a ocultarse hacia el Marañón.
En estas circunstancias, el coronel Antonio Gutiérrez de Fuentes
hizo una revelación en Trujillo con el objeto de impedir los planes
de Riva-Agüero de que estaba perfectamente impuesto. Este jefe, a
la cabeza del escuadrón Coraceros, entró a Trujillo en la mañana
del 25 de noviembre, y prendió a Riva-Agüero y a sus amigos,
convocó cabildo abierto, que aprobó su conducta, y se le confió el
mando del departamento hasta la terminación del gobierno legítimo.
La primera medida que tomó Fuentes fue mandar a Riva-Agüero y a su
secretario Herrera preso a Guayaquil. El Libertador mandó orden a
Guayaquil para que los pusieran en libertad y salieran para un país
extranjero.
Después de esto, el general Sucre, resuelto a hacerse cargo del
mando del ejército unido, se acantonó en la provincia de
Andahuailas, y el Libertador siguió hasta Cajamarca con el estado
mayor general, y allí dio todas sus disposiciones para la
organización del ejército peruano, trasladándose luégo a Trujillo.
Aquí meditaba sobre su plan de libertad al Perú; pero la situación
era triste. A cada momento se presentaban embarazos y dificultades;
aún había restos de la facción de Riva-Agüero, que hostilizaban al
gobierno y de consiguiente embarazaban en parte las medidas que
debieran tomarse. Una fuerza de dos mil quinientos hombres que se
esperaba en Chile, enviada por aquel gobierno en auxilio del Perú,
no se logró por accidentes particulares que le hicieron regresar a
Coquimbo. Así se vio el Libertador sólo con sus colombianos,
privado de aquel recurso con que contaba para llevar a cabo la
independencia del Perú, disputada por un ejército aguerrido de más
de veinte mil hombres, mandados por excelentes jefes españoles que
contaban con recursos y con partidarios en los pueblos, que se
hallaban cansados con las disensiones domésticas. También se
acababan de perder trescientos buenos caballos chilenos que venían
para la caballería, los cuales llegados al puerto de Arica, el
comandante del buque en que venían los hizo degollar y arrojar al
mar, por no tener forrajes a bordo y temer que cayeran en manos de
los españoles.
En esta situación escribió el Libertador desde Trujillo al
gobierno de Colombia con fecha 22 de diciembre de 1823,
manifestando el estado de las cosas y la guerra que de nuevo
tendría que sostener Colombia contra los españoles si se les dejaba
adueñarse del Perú. Recomendaba, pues, con todo encarecimiento al
vicepresidente que sometiera a la consideración del congreso su
exposición para que accediera al envío de nueve mil hombres, sobre
los tres mil que ya estaban navegando. Pedía el Libertador con
especialidad se le mandaran, por lo menos, mil lanceros de los
Llanos, de esos admirables jinetes de que no se tenía idea en el
Perú.
Después de esto, el Libertador se dirigió a Lima y se estableció
en Patibilca, donde enfermó gravemente de una irritación en el
estómago y fiebre ardiente. Las fatigas militares, los fuertes
soles de aquellos ardientes arenales y las penas del espíritu en
presencia de un comprometimiento en que iba todo su honor y el de
Colombia, cual era el de libertar al Perú, cuando por todas partes
se veía rodeado de inconvenientes y de dificultades, todo esto era
preciso que produjese un mal tan grave, como aquel, que lo mantuvo
postrado en cama desde el 1° de enero hasta el 8 en que empezó a
ceder la enfermedad, quedando en tal extenuación que semejaba un
cadáver, o más bien un esqueleto de hombre. Su cabeza estaba
enteramente débil y su imaginación no dejaba de estar atormentada
con tantos y tan negros cuidados. En tal situación lo halló su
amigo el señor Joaquín Mosquera quien sabedor del peligro en que se
encontraba el hombre en quien estaban fincadas todas las esperanzas
de la América del Sur, voló a asistirle y prestarle cuantos
auxilios pudiera. Es preciso oir hablar sobre esto al mismo señor
Mosquera, en una carta suyas hacía la pintura del estado en que
halló al Libertador de convaleciente: "Estaba, dice, sentado en una
pobre silla de vaqueta recostado contra la pared de un pequeño
huerto; atada la cabeza con un pañuelo blanco y sus pantalones de
guin, que me dejaban ver sus dos rodillas puntiagudas sus piernas
descarnadas, voz hueca y débil y su semblante cadavérico".
Este era el estado del hombre a quien estaba encomendada la
empresa de arrojar del Perú un ejército de veinte mil hombres,
después de todas las pérdidas y desgracias acaecidas, entre ellas,
quizá la más sensible, la baja de cerca de tres mil sol dados en
que enfermedades y deserciones había sufrido el ejército
colombiano. Aún no sabía si podía contar con los auxilios pedidos a
Colombia; esto era capaz de arruinar el espíritu más fuerte y de
desalentar al hombre de más corazón. Mosquera contemplando todo
esto y la situación de Bolívar, le pregunta:
-"¿Y qué piensa usted hacer ahora?".
-"Triunfar", responde el hombre exánime.
-"¿Yqué hace usted para triunfar?".
-"Tengo dadas las órdenes para levantar una fuerte caballería en
el departamento de Trujillo: he mandado fabricar herraduras en
Cuenca, en Guayaquil y Trujillo: he ordenado que se tomen, para el
servicio militar, todos los caballos buenos del servicio del país,
y he embargado todos los alfalfares para mantenerlos gordos. Luégo
que recupere mis fuerzas me iré a Trujillo. Si los españoles bajan
de la cordillera a buscarme, infaliblemente los derroto con la
caballería. Si no bajan, dentro de tres meses tendré una fuerza
para atacar: subiré a la cordillera y derrotaré a los españoles que
están en Jauja".
El Libertador dirigió en el mes de enero un oficio al gobierno
de Colombia, juntamente con una representación al congreso, en que
renunciaba la presidencia y la pensión anual de treinta mil pesos
que por un decreto acababa de asignarle dicho cuerpo.
Había llegado a sus manos un oficio que los diputados de Quito
habían dirigido al cabildo de esta ciudad, pidiendo documentos para
acusar ante el congreso a las autoridades, de cuyos abusos se
quejaban. Entre otras cosas decían los diputa dos a los municipales
de Quito, que estuvieran seguros de que en el congreso tenían
representantes de tanto carácter que acusarían al mismo presidente
de la república si fuese necesario. Como las autoridades de Quito
habían sido nombradas por el Libertador con facultades
extraordinarias, las suceptibilidades de éste no dejaron de
resentirse un poco, en el estado en que su salud se hallaba;
creyendo ser contra él principalmente la acusación que se
intentaba. Por eso en la renuncia decía, entre otras cosas: "Además
mientras que el reconocimiento de los pueblos ha compensado
exuberantemente mi consagración al servicio militar, he podido
soportar la carga de tan enorme peso; mas ahora que los frutos de
la paz empiezan a embriagar a estos mismos pueblos, también es
tiempo de alejarme del horrible peligro de las disensiones civiles
y de poner a salvo mi único tesoro: mi reputación. Yo, pues,
renuncio por la última vez la presidencia de Colombia: jamás la he
ejercido; así, pues, no puedo hacer la menor falta. Si la patria
necesita de un soldado, siempre me tendrá pronto para defender su
causa. No podré encarecer a V. E. el vehemente anhelo que me anima
para obtener esta gracia del congreso, y debo añadir, que no ha
mucho tiempo que el protector del Perú me ha dado un terrible
ejemplo, y será grande mi dolor si tuviere que imitarle.
La pensión de treinta mil pesos la renunciaba porque decía no
necesitar de ella para vivir y que el tesoro público estaba
exhausto. El congreso del año siguiente consideró la renuncia,
según veremos luégo.
Trató el libertador de ver si por vía de negociaciones con los
jefes españoles detenía un poco sus operaciones, ínter recibía
auxilios de Colombia, y con tal objeto se dirigió al presidente
Torretagle. De acuerdo con éste, fue a tratar con el virrey Laserna
el ministro de la guerra del Perú don Juan Berindoaga. Este logró
llegar hasta Jauja y allí trató con el brigadier Loriga autorizado
por Laserna; pero nada se adelantó con esta negociación, sino poner
la causa del Perú a punto de perderse; porque vino a averiguarse
que el tal comisionado por parte del presidente del Perú, no había
ido sino con la comisión de éste para vender su patria y sacrificar
el ejército colombiano.
No se veían en el Perú más que traiciones; así fue entregada en
esos mismos días la plaza del Callao a los españoles.
Estaba de guarnición en ella el batallón Vargas de la guardia
colombiana, el cual tuvo órdenes para marchar a Cajatambo. Entraron
en su relevo fuerzas argentinas y chilenas que mandaba el general
Alvarado. Estas tropas sufrían la miseria; pero como no tenían la
resignación de las colombianas, se dejaron seducir por algunos
sargentos y cabos, sobre quienes ejercía influencia el sargento
Dámaso Moyano, que según se creía, estaba de acuerdo con los
realistas.
El 5 de febrero (1824) sorprendieron al comandante de la plaza,
general Alvarado, y lo redujeron a prisión; lo mismo que al
comandante de Marín Vivero y a todos los oficiales. El pretexto que
alegaban era el estado de necesidad en que se hallaban; que no
recibían raciones; que los oficiales trataban mal a la tropa y que
querían se les trasladase a Chile y Buenos Aires. Pero bien pronto
se vio cuál era el verdadero motivo de la sublevación porque antes
de veinte y cuatro horas ya estaba enarbolado el pabellón español
en la fortaleza del Callao y puestos en libertad todos los
realistas que estaban presos; entre los cuales se hallaban el
general Casarriego, que tomó el mando con el sargento Moyano a
quien Laserna mandó inmediatamente al despacho del coronel
efectivo. Así premiaban los liberales españoles la traición de un
modo tan espléndido como inmoral; porque no es conforme con los
principios de moral premiar las malas acciones que nos son
favorables, porque esto sería profesar la doctrina, condenada por
el cristianismo, de que el fin justifica los medios. Los que
siquiera tienen respeto por la moral, pagan de otro modo esos
servicios para no dar escándalo
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. Este coronel del ejército español pidió
luégo al gobierno del Perú cien mil pesos por volver a entregarle
la plaza del Callao y por no haberlos en el tesoro, no verificó
este traidor la entrega. El debía creer que las traiciones eran no
sólo lícitas sino laudables y dignas de recompensa según la
moralidad de los jefes españoles. La plaza fue ocupada, al concluír
el mes, por tres mil hombres, al mando del brigadier Monet y del
general Rodil, que había bajado de Jauja.
La pérdida del Callao aumentó las dificultades al Libertador,
que careciendo aún de los recursos necesarios para llevar a cabo la
independencia del Perú, se encontraba, por esta desgracia, con la
pérdida de los almacenes del Callao, que contenían un gran depósito
de armas, municiones y demás elementos de guerra. Todo lo que
perdía el ejército libertador lo ganaba el enemigo, que aumentaba
en fuerzas cada día.
El Libertador instó nuevamente al gobierno de Colombia por
prontos auxilios. Pedía catorce o diez y seis mil hombres, entre
los cuales debían contarse mil lanceros del Llano; dos millones de
pesos; buenos oficiales de marina; jarcia, lona, hierro y otros
aparejos para los buques; fusiles, vestuario, equipo y demás
elementos de guerra. Pero el gobierno no podía disponer nada de
esto sin que el congreso lo decretara, y éste aún no se había
reunido. Así le contestó el vicepresidente al Libertador y aumentó
las penas de su espíritu, porque veía venir sobre sí una gran
tormenta, sin tener las fuerzas suficientes para resistirlas,
siéndole imposible la retirada para salvar siquiera el ejército
colombiano, teniendo que atravesar inmensos desiertos de arenales.
¡Situación espantosa!, ¡en que veía comprometido el honor de
Colombia y el suyo propio!
Por ese mismo tiempo era que s lidiaba con los pastusos
encabezados por Agualongo, y cu ya noticia hemos anticipado por no
interrumpir la narración de las últimas campañas de Pasto; y este
era otro cuidado que atormentaba el espíritu del Libertador. Así,
al mismo tiempo que escribía al vicepresidente de Colombia
pidiéndole auxilios para el Perú, le comunicaba sus instrucciones
sobre el modo de manejar las cosas de Pasto.
En este estado, el congreso del Perú sancionó un decreto con
fecha 10 de febrero, en que le nombraba dictador con todas las
facultades indispensables para salvar la patria y cuyas funciones
debería ejercer hasta que juzgase no ser necesarias y convocase un
congreso constitucional (véase el número 34). El congreso se
disolvió después de dar este decreto, que fue comunicado al
Libertador in mediatamente, quien empezó a ejercer sus funciones
desde el 13 del mismo mes, dando principio por dirigir a los
peruanos una proclama en que decía:
"¡Peruanos! Las circunstancias son horribles para
vuestra patria y vosotros lo sabéis; pero no desesperéis de la
república; ella está expirando, pero no ha muerto aún. El ejército
de Colombia está todavía intacto y es invencible. Esperamos además
diez mil bravos que vienen de la patria de los héroes de Colombia.
¿Queréis más esperanzas? Peruanos! En cinco meses hemos
experimentado cinco traiciones y defecciones; pero os quedan contra
millón y medio de enemigos, catorce millones de americanos que os
cubrirán con el escudo de sus armas. La justicia también os
favorece, y cuando se combate por ella, el cielo no deja de
conceder la victoria".
Inmediatamente envió el Libertador a Lima al general argentino
don Mariano Necochea, para que antes de que fuera invadida por los
españoles salvase todo cuanto pudiese. Lima estaba en anarquía,
porque los principales magistrados se habían hecho al bando de los
españoles los demás empleados habían abandonado sus destinos y del
mismo modo los militares y Torretagle había llamado a los españoles
para que ocupasen aquella capital, dando al mismo tiempo una
proclama en que trataba al Libertador de tirano y de monstruo,
enemigo de los hombres de bien y de cuantos se oponían a sus miras
ambiciosas, y concluía excitando a los peruanos a unirse con él a
los españoles.
Estos entraron en Lima el 27 de febrero, y Necochea se retiró
con cuatrocientos hombres. Pasaronse al enemigo multitud de
empleados civiles y militares, entre éstos el general Portocarrero.
Pasóseles también al Callao un regimiento de Granaderos montados de
Buenos Aires. De los oficiales sueltos que había en Lima se
presentaron a Rodil ciento cinco. En Supe se sublevaron con su
gente los comandantes Navajas y Ezeta, y echando mano a los
oficiales patriotas, marcharon para Lima a presentarlos al jefe
español. ¿Qué tal situación?...
De este modo había llegado a su colmo la desmoralización
peruana, y Bolívar con sus colombianos ya se contemplaba como
rodeado de enemigos por todas partes, pues con semejantes ejemplos
debía esperar que no quedase un solo peruano que no abandonase la
causa de la república. Nunca, jamás, había tenido que hacer frente
el Libertador a contratiempos más peligrosos en posición tan
aflictiva y desesperada. Pero tenía alma grande y buena cabeza; y
no todos los hombres influyentes del Perú siguieron el ejemplo de
los traidores, sino que por el contrario, se dedicaron con empeño a
mantener la Opinión de los pueblos en favor del Libertador. Este
resolvió pasar de Patibilca a Trujillo, y allí dio una proclama en
que Contestando a la de Torretagle decía:
"¡Peruanos! Vuestros jefes, vuestros internos enemigos, han
calumniado a Colombia, a sus bravos y a mí mismo. Se ha dicho que
pretendemos usurpar vuestros derechos, vuestro territorio y vuestra
independencia. Yo os declaro a nombre de Colombia, y por el sagrado
del ejército libertador, que mi autoridad no pasará del tiempo
indispensable para prepararnos a la victoria; que al acto de partir
el ejército que actualmente lo ocupa, seréis gobernados
constitucionalmente por vuestras leyes y por vuestros
magistrados.
"¡Peruanos! El campo de batalla que sea testigo del valor de
vuestros soldados, del triunfo de vuestra libertad, ese campo
afortunado me verá arrojar de la mano la palma de la dictadura; y
de allí me volveré a Colombia con mis hermanos de armas, sin tomar
un grano de arena del Perú dejándoos la libertad".
Estaban ya los españoles en disposición de abrir campaña sobre
el Libertador. El general Canterac podía contar con catorce mil
hombres, cuando aquél no contaba sino con siete mil, y de éstos
sólo podía tener una total confianza en los colombianos. Pero en
estas circunstancias entraron los realistas en grandes disensiones.
El general don Pedro Antonio Olañata tenía motivos de queja contra
él, y empezó a mirar en menos su autoridad. El virrey trató de
contenerlo y entonces se alzó con el Alto Perú, diciendo que
Laserna y sus genera les eran intrusos, porque habiéndose
restablecido ya por ese tiempo el rey absoluto de España, ellos se
mantenían de constitucionales: y para dar fuerza a sus razones hizo
la jura del rey absoluto; lo que igualmente ejecutó el virrey para
desmentir al otro, y que por ese lado no le quitase partido. Pero
esto de nada le sirvió, porque Olañeta se le independizó con el
Alto Perú. Laserna le declaró la guerra, mandó tropas sobre él, y
con esta distracción el Libertador tuvo tiempo no sólo para
prepararse a resistir al enemigo, sino para ir a buscarlo y darle
combate.
En dos meses, haciendo uso de las facultades que se le habían
conferido, y auxiliado por la opinión de los pueblos, que había
sabido ganarse, logró organizar perfectamente el ejército, que
aumentó hasta el pie de nueve mil quinientos hombres. En este
estado dio las órdenes para marchar hacia Pasco, al otro lado de la
cordillera de los Andes, donde debían reunirse todos los cuerpos
que se hallaban situados en diversas partes. Emprendióse la marcha
a principios de mayo. El general Lamar mandaba en jefe las tropas
peruanas: la primera división colombia iba a las órdenes del
general Jacinto Lara y la segunda a las del general José María
Córdoba. El general Necochea mandaba toda la caballería. El general
Santa Cruz era el jefe del estado mayor general libertador y Sucre
general en jefe del ejército unido, bajo las órdenes del
Libertador. El ministro general para todos los negocios políticos y
civiles era don Juan Sánchez Carrión.
El ejército constaba de once batallones de infantería; siete
eran Colombianos y cuatro peruanos: de dos regimientos y cinco
escuadrones de caballería con seis piezas de artillería volante.
Los cuerpos colombianos eran: los batallones Caracas, Pichincha,
Voltígeros, Bogotá, Rifles, Vencedor y Vargas. Un regimienta de
granadero y tres escuadrones de caballería.
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No sabemos si de este sujeto
desciende el autor de El Album de Ayacucho.
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La felonía y la traición fueron
medios muy usados por los españoles expedicionarios. Ya hemos visto
en la Nueva Granada los indultos publicados a nombre del rey en
1816 para atrapar a los patriotas que se presentaran, y ofrecer
premios a los esclavos de los patriotas que entregaran a sus
amos.
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