BATALLA DE BOYACA
(Historia Eclesiástica y civil,
capitulo LXVIII)
El 20 de julio el ejército libertador estaba frente al realista;
y aunque la disposición de los ánimos estaba en favor de un
combate, el general Bolívar quiso primero ocuparse en hacer un
exacto reconocimiento, por sí mismo con su estado mayor y examinada
la ventajosa situación del enemigo, no queriendo aventurar nada, se
situó a su frente en la planicie de Bonza.
La dispersión de las dos compañías en Gámeza y Corrales se
apreció por Barreiro como una derrota; y tal fue él parte que de
aquella escaramuza dio a Sámano para que recrease el ánimo de los
realistas de la capital. Este parte se publicó en la gaceta de 15
de julio, como hemos visto en el capítulo anterior. Después de su
plausible publicación no se volvió a dar noticia alguna al público
sobre el estado de la guerra, lo que ponía ya en cuidado a los
realistas. De estos cuidados participaba la real audiencia a quien
Sámano nada comunicaba, no obstante ser el supremo tribunal
encargado por el consejo de Indias de informar sobre el estado del
reino, y no obstante ser el cuerpo con quien siempre se aconsejaban
los virreyes en los casos graves.
En este estado de incertidumbre y de cuidados, el tribunal se
dirigió al virrey pidiéndole les instruyese sobre la situación
actual de las cosas. La contestación que recibió de Sámano fue: que
mandaría pasarle las gacetas para que se impusiese de todo lo que
deseaba; es decir, que el tribunal debía contentarse con saber lo
que sabía el público; lo que era una verdadera burla, pues que
demasiado sabía Sámano que los oidores estaban suscritos a la
gaceta y que la recibían como todos los particulares. Esto puso en
más cuidado a la audiencia, que de aquí para adelante ya no se
atrevió a pedir más noticias al virrey.
El general Santander, autor de la relación que ya hemos citado
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, hace una pintura
bien patética del ejército libertador en los campos de Bonza;
oigámosle para penetrarnos bien del mérito de este ejército y de su
inmortal caudillo. Dios estaba con nosotros.
"Este ejército, dice, todavía desnudo y pobre, había sufrido
mucha baja por las enfermedades, por los muertos y heridos en los
combates pasados. Era ya un esqueleto en el campo de Bonza. Su
vista, en vez de inspirar confianza, desanimaba a los que se habían
hecho cargo del estado del enemigo, de sus recursos y del plan de
defensa que había adoptado. Es verdad que nadie desesperaba del
éxito de la empresa, pero también es verdad que era la presencia
del general Bolívar la quedaba vida y esperanzas a todos. Superior
siempre a toda dificultad, hizo publicar una ley marcial.
Comisionados activos parten del campo de Bonza a ejecutarla: los
pueblos se presentan voluntaria mente, y entre tanto que lejos del
cuartel general se reúnen hombres para reforzar el ejército que
estaba situado frente al enemigo, éste es molestado, hostilizado y
amenazado frecuentemente. Llegaron los reclutas al campo: el
ejército hace sus movimientos directos y retrógados; aquéllos los
siguen, y en los ratos de reposo se les instruye y disciplina sin
perder un solo momento. Era espectáculo muy singular que mientras
unas tropas tiroteaban al enemigo, lo divertían y otras descansaban
haciendo sus ranchos, los reclutas en continua instrucción
aprendían a manejar el fusil, a formar en columna, desplegar en
batalla y todo lo demás que era indispensable. Al ruido de la bola
y a la vista del enemigo estos nuevos soldados se preparaban para
concurrir a la más brillante jornada que presenta nuestra historia
militar".
Por más que se provoca al enemigo para entrar en combate fuera
de sus posiciones, nunca se conseguía, y esto preocupaba demasiado
el ánimo del general Bolívar que en estas dilaciones temía con
sobrada razón, le viniesen refuerzos a Barreiro enviados por
Morillo de Venezuela, o bien de las fuerzas que tenía el virrey en
Santa Fe. Este temor le hizo mover el ejército por el camino del
Salitre de Paipa para atacar al enemigo por la espalda, obligándolo
a salir de sus fuertes posiciones. Apenas se había pasado el río
Sogamoso el día 25 de julio, cuando se presentó el ejército español
en el pantano de Vargas. El general Bolívar mandó ocupar algunas
alturas al oriente, y Barreiro mandó ocupar por algunos cuerpos de
su ejército las lomas que dominaban la posición de los patriotas.
Estos resistieron vigorosamente, pero no fue imposible impedir la
operación mandada por Barreiro, y atacando al mismo tiempo por
derecha e izquierda quedó l ejército republicano, no solamente
dominado por los fuegos del enemigo, sino completamente envuelto y
reducido a una profundidad que no tenía más salida que un
desfiladero. Cualquier otro ejército se habría dado por vencido en
esta situación, acribillado por una tempestad de balas. Pero en
este momento el bravo coronel Rondón dice al general Bolívar que le
permita obrar con la caballería y le responde de la victoria.
Rondón sale con el escuadrón de lanceros del
|Llanoarriba y
carga al enemigo sobre las alturas y lo destroza a lanzazos;
Carvajal e Infante le atacan con los Guías por el camino de abajo
con la misma furia y queda destrozado; al mismo tiempo que la
infantería arróllaba la del enemigo que sobre la colina tenía a su
espalda. De un momento a otro cambió la suerte pasando los
realistas de vencedores a vencidos, pero de una manera formidable,
porque nunca la caballería llanera había hecho destrozo igual. Por
eso decía el general Santander al referir en su relación la batalla
de Vargas: "Yo tuve ocasión de admirar el valor de nuestros
soldados y la firmeza y disciplina del enemigo. Aquí se ha
combatido por una y otra parte, de una manera admirable. La
victoria estuvo por mucho tiempo dudosa sobre cuál partido debía
favorecer.
|Por un momento vi terminadas las esperanzas de
libertad de la Nueva Granada y en otro momento las vi
recuperadas".
El ejército de Barreiro en completa derrota, abandonó el campo
lleno de cadáveres y heridos; y si no cierra la noche con una
copiosa lluvia, seguramente habría terminado en aquel día la
campaña de Nueva Granada, al continuar la persecución sobre ese
enemigo aterrado y en desorden (véase el número 2)
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2
.
Pero después de esta sangrienta jornada, en que los realistas
quedaron derrotados, el general Bolívar no quiso continuar la
persecución por lo disminuído y cansado del ejército y estar a la
entrada de una noche lluviosa. Volvió, pues, a hacer retrogradar el
ejército y lo situó de manera que pudiera resistir un ataque de
firme y aprovechar una coyuntura favorable para dominar los valles
de Sogamoso y de Cerinza, con la ventaja de poder recibir allí los
refuerzos que debía producir la ley marcial y ademas la de
hallarse, desde esa situación, en contacto con las provincias del
Socorro y Pamplona, para donde partieron los gobernadores nombrados
con los auxilios que fue posible franquearles, con el fin de
debelar las fuerzas que el enemigo tenía en ellas. El espionaje
estaba completamente establecido y la opinión de los pueblos, tan
hostil a los españoles, suministraba frecuentes noticias del estado
del enemigo.
Este, después de la derrota de Vargas, se situó en el pueblo de
Paipa. Apenas se tuvo noticia segura de su estado, el general
Bolívar hizo mover su ejército contra esa posición y logró hacer
que el enemigo evacuase el pueblo precipitadamente, destruyéndole
sus puntos avanzados. Dos días se mantuvo el ejército frente a la
nueva posición enemiga, reconociéndola, y fingiendo que se pensaba
en atacarla, salían partidas de llaneros que aterraban con su
audacia a los cuerpos avanzados de Barreiro. Pero este jefe tenía
una grande confianza en su ejército que había reforzado con algunas
partidas más; contaba con su valor, con su rígida disciplina. La
muerte y el dinero eran los dos ejes de esa máquina; todo desertor
se pasaba por las armas, y a la fidelidad y bravura del soldado se
ofrecía recompensar con todos los intereses de los pueblos que
hubieran ocupado los patriotas. Además Barreiro había repartido
dinero con profusión entre la tropa; cuando los soldados de la
república estaban desnudos y hambrientos, los del rey estaban
vestidos de lujo y con pesos fuertes en el bolsillo. Esos dos
móviles empleados por el jefe español explican la causa por qué,
teniendo la tercera división del rey, tantos soldados y oficiales
americanos y aun patriotas, no se verificó que se pasara al
ejército patriota sino un soldado en todo el tiempo que estuvieron
careándose y batiéndose los dos ejércitos. Esa confianza tan grande
que tenía Barreiro en su magnífica división, fue lo que le hizo
proferir aquella blasfemia el día 7 de agosto: "Ni Dios me quita la
victoria". Así le fue y así le irá a todos los blasfemos.
Barreiro desalojado de Cerinza, se situó sobre una altura que
dominaba la unión de los caminos de Tunja y el Socorro, y el
ejército patriota, atravesando por la noche el río Sogamoso, acampó
a su orilla derecha, donde permaneció todo el día. Al anochecer, el
general Bolívar ordenó un movimiento retrógrado, de manera que
dejándolo observar a Barreiro, éste creyese que procuraba
ocultárselo, y que tenía por objeto volverse a las posiciones de
Bonza. Pero a las ocho de la noche, cuando no podía ser observado,
el general Bólívar hizo encender candeladas en el punto donde
debiera pernoctar el ejército, y contramarchó, silenciosa pero
rápidamente, con todo el ejército y tomando el camino de Toca se
dirige sobre Tunja, dejando a Barreiro a su espalda. Caminando toda
la noche, llega al pueblo de Cibatá a las nueve de la mañana del
día 5 de agosto, y a las once entra en Tunja el ejército
libertador. En esa misma noche había salido de allí él gobernador
don Juan Laño con el batallón 3° de Numancia para reunirse con
Barreiro, y esta circunstancia lo libró de ser allí cogido, como lo
fue la guarnición. Tomáronse en Tunja seiscientos fusiles y los
almacenes del enemigo con vestuarios, grande acopio de pertrechos,
botiquines y otras mil cosas de que carecía el ejército libertador,
que allí se vistió, aunque no todo.
No puede explicarse la sorpresa tan agradable que causó en Tunja
la aparición del general Bolívar estando interpuesta la fuerza
española. Nadie temió el comprometerse con las más espléndidas
manifestaciones de regocijo, proporcionando al ejército víveres y
cuanto necesitaba. Barreiro no supo el movimiento del general
Bolívar sino hasta las cinco de la mañana, en que se halló con su
enemigo interpuesto entre él y el virrey, con quien no podía ya
comunicarse. Marcha inmediatamente por el camino de Paipa y a las
cinco de la tarde hizo alto en el llano de la Paja. A las ocho de
la noche continuó su marcha por el páramo de Cómbita, y el 6 a las
nueve de la mañana llegó al pueblo de Motavita, a legua y media de
Tunja, hostilizado siempre por un cuerpo de dragones que se había
destinado a su observación. El 7 de agosto muy de mañana se puso en
marcha con el fin de tomar a Bolívar la delantera y ponerse en
comunicación con las fuerzas de la capital del Virreinato. Debía
tomar uno de los caminos, el de Samacá o el de puente de Boyacá;
por el primero tenía un rodeo más grande para acercarse a Santa Fe;
por el segundo lo hacía más pronto.
El ejército libertador, formado en la plaza mayor de Tunja,
aguardaba las órdenes del general Bolívar, quien con su estado
mayor observaba desde las alturas la marcha de Barreiro. Apenas lo
ve tomar la vía del puente de Boyacá, da la orden de marcha; los
jefes dan la voz de mando y el ejército, ansioso por combatir y
vencer definitivamente, marcha por el camino principal en dirección
a Santa Fe para salir al paso a las tropas reales.
..... Aquí póngase de pie el lector para oír estas palabras que
vienen perfumadas con el humo de BOYACA.
"A las dos de la tarde la primera división enemiga llegaba al
puente, cuando se dejó ver nuestra descubierta de caballería. El
enemigo, que aún no había podido descubrir nuestras fuerzas, y que
creyó que lo que se le oponía era un cuerpo de observación, lo hizo
atacar con sus cazadores para alejarlo del camino, mientras el
cuerpo del ejército seguía su movimiento. Nuestras divisiones
aceleraron la marcha, y con gran sorpresa del enemigo se presentó
toda la infantería en columna sobre una altura que dominaba su
posición. La vanguardia enemiga había subido una parte del camino
persiguiendo nuestra descubierta, y el resto del ejército estaba en
lo bajo a un cuarto de legua del puente, y presentaba una fuerza de
tres mil hombres.
"El batallón de Cazadores de nuestra vanguardia desplegó una
compañía de guerrilla y con los demás en columna atacó a los
cazadores enemigos y los obligó a retirarse precipitadamente hasta
un paredón, de donde fueron también desalojados. Pasaron el puente
y tomaron posiciones del otro lado. Entre tanto nuestra infantería
descendía y la caballería marchaba por el camino.
"El enemigo intentó un movimiento por su derecha y se le
opusieron los Rifles y la compañía inglesa. Los batallones primero
de Barcelona y Bravos de Páez con el escuadrón de caballería de
|Llano-arriba marcharon por el centro. El batallón de línea
de Nueva Granada y los Guías de retaguardia se reunieron al
batallón de Cazadores y formaron la izquierda. La columna de Tunja
y la de Socorro quedaron en reserva.
"En el momento se empeñó la acción en todos los puntos de la
línea. El señor general Anzoátegui dirigía las operaciones del
centro y la derecha: hizo atacar un batallón que el enemigo había
desplegado en guerrilla en una cañada y lo obligó a retirarse al
cuerpo del ejército, que en columna sobre una altura con tres
piezas de artillería al centro y dos cuerpos de caballería a los
costados, aguardaba el ataque. Las tropas del centro, despreciando
el fuego que hacían algunos cuerpos enemigos situados sobre su
flanco izquierdo, atacaron la fuerza principal. El enemigo hacía un
fuego terrible; pero nuestras tropas, con movimientos los más
audaces, y ejecutados con la más estricta disciplina, envolvieron
los cuerpos enemigos. El escuadrón de caballería de
|Llano-arriba cargó con su acostumbrado valor, y desde aquel
momento todos los esfuerzos del general español fueron
infructuosos; perdió su posición. La compañía de granaderos a
caballo, todos españoles, fue la primera que cobardemente abandonó
el campo de batalla. La infantería trató de rehacerse en otra
altura y fue inmediatamente destruída. Un cuerpo de caballería que
estaba en reserva aguardando la nuéstra con las lanzas caladas, fue
despedazado a lanzazos; y todo el ejército español en completa
derrota, y cercado por todas partes, después de sufrir una grande
mortandad, rindió sus armas y se entregó prisionero.
"Casi simultáneamente el señor general Santander, que dirigía
las operaciones de la izquierda y que había encontrado una
resistencia temeraria en la vanguardia enemiga, a la que sólo había
opuesto sus Cazadores, cargó con una compañía del batallón de línea
y los Guías de retaguardia, pasó el puente y completó la
victoria.
"Todo el ejército enemigo quedó en nuestro poder: fue prisionero
el general Barreiro, comandante general del ejército de Nueva
Granada, a quien tomó en el campo de batalla el soldado del primero
de Rifles Pedro Martínez. Fue prisionero su segundo el general
Jiménez casi todos los comandantes mayores de los cuerpos, multitud
de subalternos y más de mil seiscientos soldados: todo su
armamento, municiones, artillería, caballería, etc. Apenas se han
salvado unos cincuenta hombres, entre ellos algunos jefes y
oficiales de caballería, que huyeron antes de decidirse la
acción.
"El general Santander con la vanguardia y los Guías de
retaguardia siguió en el mismo acto en persecución de los
dispersos, hasta este sitio, y el general Anzoátegui, con el resto
del ejército permaneció toda la noche en el mismo campo. No son
calculables las ventajas que ha conseguido la república con la
gloriosa victoria obtenida ayer. Jamás nuestras tropas habían
triunfado de un modo más decisivo, y pocas veces habían combatido
contra tropas tan disciplinadas y tan bien mandadas
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"Nada es comparable a la intrepidez con que el señor general
Anzoátegui, a la cabeza de los batallones y un escuadrón de
caballería, atacó y rindió el cuerpo principal del enemigo. A él se
debe en gran parte la victoria. El señor general Santander dirigió
sus movimientos con acierto y firmeza. Los batallones Bravos de
Páez y primero de Barcelona y el escuadrón de Llanoarriba
combatieron con un valor asombroso. Las columnas de Tunja y el
Socorro se reunieron a la derecha al decidirse la batalla. En suma
S. E. ha quedado altamente satisfecho de la conducta de todos los
jefes, oficiales y soldados del ejército libertador en esta
memorable jornada.
"Nuestra pérdida ha constituído en diez y ocho muertos y
cincuenta y ocho heridos. Entre los primeros el teniente de
caballería N. Pérez y el reverendo padre fray Miguel Díaz, capellán
de vanguardia; y entre los segundos el sargento mayor José Rafael
de las Heras, el capitán Johnson y el teniente Rivero".
He aquí el parte de la memorable acción de Boyacá fechado en
Ventaquemada a 8 de agosto de 1819, firmado por el general jefe del
estado mayor Carlos Soublette. Siguiendo nuestro sistema,
preferimos esta relación oficial, porque ella debe ser más
interesante para el lector que cuanto nosotros pudiéramos decir
sobre este suceso importante.
No se puede menos que admirar la prontitud y habilidad con que
el general Bolívar terminó esta campaña. Dos meses y medio se
contaban desde su marcha del Mantecal a Guadualito el día 7 de
agosto, en que coronó su obra con la batalla de Boyacá después de
atravesar un territorio inmenso, lleno de embarazos capaces de
detener a otro que no fuera Bolívar. Baste decir que cuando Morillo
en Venezuela contaba con que el ejército estaría bregando con el
paso de los ríos en los Llanos, y en este concepto enviaba
refuerzos a Barreiro ya éste estaba prisionero en Boyacá. Sin esta
actividad en el obrar y sin la maestría con que se ejecutó el plan
de operaciones, el enemigo se habría prevenido mejor, habría podido
recibir esos auxilios, y cuando menos, habría prolongado por mucho
tiempo la campaña.
Dejemos el campo de Boyacá; dejemos ese ejército victorioso
recogiendo sus laureles, y trasportémonos a la capital de Santa Fe,
que envuelta en tinieblas bajo el despotismo de Sámano, ignora lo
que ha pasado.
Los habitantes de esta ciudad estaban muy lejos de pensar en el
triunfo de Bolívar. Los españoles y americanos realistas confiaban
tanto en el ejército de Barreiro, que cada día esperaban la noticia
de su triunfo. Los patriotas, unos pocos sabían el estado de las
cosas; pero siempre desconfiaban del éxito de su causa, atendido el
buen pie en que estaba el ejército realista. Los demás, en lo
general, no sabían sino lo que los españoles contaban y la
|Gaceta publicaba, que siempre eran ventajas y triunfos sobre
los insurgentes, a quienes pintaba de la manera más triste y
desventajosa. Barreiro había dado parte de la batalla de Vargas
contándola como un triunfo espléndido en que el ejército de Bolívar
había quedado en tal estado que no se necesitaba sino de otro
encuentro para cogerlo prisionero. El temor que todos habían
cobrado desde el suceso de la Pola era tal, que nadie se atrevía a
preguntar ni a decir cosa alguna que tuviera relación con la
guerra: todos tristes y abatidos con la noticia de Vargas habían
perdido las últimas esperanzas, parecía que el mal ya no tenía
remedio.
Esta era la situación del 8 de agosto, cuando a las diez de la
noche entran volando el coronel don Manuel Martínez de Aparicio y
el comisario don Juan Barrera, escapados de Boyacá se desmontan en
el palacio y Aparicio dice a Sámano que todo es perdido: que el
ejército ha sido completamente derrotado y hecho prisionero con
casi todos los jefes y oficiales: que Bolívar viene volando sobre
Santa Fe, sin que haya quien lo detenga Sámano era hombre de mal
humor y medio decrépito; se incomodaba terriblemente con los que le
decían algo que le disgustara, y así contestó a Aparicio con un
regaño, dic que eso no podía ser; que Bolívar era un cobarde para
derrotar a Barreiro. Aparicio que sabía cómo estaban las cosas, que
la autoridad de Sámano era de pocas horas y que los momentos eran
preciosos para escapar con el bulto, le contestó que si quería
creer lo que le decía lo creyera y que si no Bolívar le daría la
noticia al día siguiente, cuando lo tuviera en Santa Fe, que. él no
quería que lo cogiera aquí, ya que había escapado de Boyacá.
Entonces Sámano les hizo rendir declaración jurada de lo que
decían, pues Barrera aseguraba lo mismo (véase el número 3).
Aparicio fue a dar aviso a su amigo íntimo el canónigo don
Plácido Hernández Domínguez, que estaba recién venido de Santa
Marta, promovido al coro metropolitano quien comunicó la fatal
nueva a sus amigos León y Barco, y éstos la dieron a otros, y fue
del modo como se divulgó, porque Sámano, en lugar de reunir el real
acuerdo para providenciar en aquellas circunstancias no pensando
más que en salvar su persona, lo que hizo fue comunicar la noticia
en reserva a uno de los oidores, su particular amigo, para que se
salvase con sus intereses.
El tribunal fue noticiado del suceso por el español don Pedro
Sáenz, y al momento se reunió en acuerdo a instancias del fiscal de
lo civil don Agustín Lopetedi. Mas nada se determinó por haber
sabido que el virrey notrataba sino de huir. Con esto los oidores,
viendo que no podían hacer otra cosa, determinaron hacer lo mismo,
poniéndose inmediatamente en camino para Honda
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Una chispa eléctrica no corre con más velocidad que la fatal
noticia entre los españoles y demás realistas. Lo primero que se
les representó fueron las escenas de 1814 y 1815, la guerra a
muerte, y la multitud de víctimas sacrificadas en la Nueva Granada
por Morillo y Sámano, cuya sangre veían humear y cuyos miembros
pendían aún en las escarpias de Egipto y la Aguanueva clamando
vindicta. En Bolívar no veían sino al genio de la muerte, y por
todas partes enemigos implacables de cuyas manos no podían escapar
si perdían los primeros momentos de aquel día de confusión y
espanto en que la copa del placer que estaban gustando se les
convirtió en acíbar.
Era preciso haber estado en Santa Fe aquella noche y la
madrugada del día siguiente, para formarse una idea de lo que se
llama turbación, terror, trastorno. El que esto escribe lo
presenció, porque con motivo de vivir en casa de uno de sus in
mediatos parientes. el hermano de Aparicio, la familia se impuso de
todo lo acontecido desde que éste salió de donde el virrey a dar
aviso a los suyos. Veíanse cruzar en la oscuridad de las calles los
bultos de una parte a otra silenciosos y andando a la ligera;
grupos aquí y allí que hablaban paso y se disolvían prontamente.
Los jefes militares aprestaban con tanto afán como silencio la
tropa en los cuarteles; todo era movimiento y silencio. A las doce
de la mañana ya se sentía ruido; en la plaza se estaban matando
reses traídas de los potreros inmediatos para racionar la
tropa.
Cuando aclaraba el día, el camino de la Sabana se veía cubierto
de emigrados que marchaban unos para Honda y otros para el sur;
unos a caballo y los más a pie. El virrey salió entre una guardia
de caballería disfrazado con una ruana verde y sombrero grande de
hule colorado. Los ministros de la real audiencia no todos tuvieron
caballo en que salir. El oidor Vallecillas y los fiscales Miota y
Lopetedi tuvieron que marchar a pie. El virrey los alcanzó antes de
llegar a Fontibón, y aunque pasó por junto de ellos, no tuvo el
comedimiento de hacer desmontar sus soldados para darles caballos.
En Facatativá se detuvo unos momentos mientras tomaba un pocillo de
chocolate, y decía a los soldados estuvieran en observación a ver
si venían por ahí esos cobardes.
En la turbación en que fueron sobrecogidos los españoles muchos
de ellos dejaron sus casas abandonadas, y los almacenes de algunos
ricos comerciantes abiertos por haber ido a tomar algunas onzas,
Sin detenerse a cerrar la puerta porque creían que de cualquier
momento perdido podía depender su vida. El aturdimiento se apoderó
de las cabezas en tales términos, que el español hubo que por coger
una mochila de dinero que había puesto sobre la baranda de un
balcón donde tenía un gallo tomó éste en lugar de la mochila y no
advirtió en lo que llevaba hasta la salida de la ciudad, en que
juntándose con otros le preguntaron para qué llevaba ese gallo.
Varios buenos españoles, viejos y achacosos, salieron a medio
vestir envueltos en su capa, y así fueron a dar a pie hasta donde
pudieron encontrar bestia, y hubo quienes así fueran hasta Honda,
uno de ellos, el comerciante don Andrés de Urquinaona español
anciano, que a nadie había hecho daño, el cual murió al llegar a
aquella villa, ahogado con la fatiga del camino en aquel ardiente
clima. Murió también en ese lugar y en el mismo día el arcediano
Barco, y en el mismo sitio donde poco tiempo antes le habían
remachado los grillos al arcediano Pey.
A las seis de la mañana la ciudad de Santa Fe estaba sola y
silenciosa, porque los realistas habían salido, y los patriotas.
encerrados en sus casas, aunque llenos de contento, no se atrevían
ni a asomarse a las ventanas ni a abrir las puertas de la casa,
porque en tamaña novedad no conocían la situación. Calzada y don
Basilio García, comandante de la guarnición, marcharon con éste
para Popayán, seguidos de una parte de la emigración. Calzada
dispuso que se pusiese fuego al almacén de la pólvora luégo que
salieran de la ciudad, lo que se verificó a las siete de la mañana,
produciendo un estallido aterrador en aquellas circunstancias para
la población, que temiéndolo todo, sintió conmoverse los edificios
y romperse las vidrieras de las ventanas, sin saber lo que aquello
sería. La gran fortuna de la población consistió en que el fuego no
pudo comunicarse a todo el combustible que estaba almacenado y
estar el depósito de la pólvora a un cuarto de legua fuera de la
ciudad, hacia el sur.
Calzada, en su marcha, se llevó algunos de los presos que tenían
en la cárcel y otros se fugaron de ella a favor del desorden. El
virrey dejó abandonada la secretaría con la correspondencia oficial
y sus archivos; lo mismo que la tesorería y casa de moneda, donde
quedaron más de seiscientos mil pesos en oro y plata
correspondientes al fisco.
La ciudad, sin autoridad de ninguna especie y sin guarnición
alguna, estaba expuesta a las depredaciones de los fascinerosos que
quisieran adueñarse de ella, o a las de las partidas de derrotados
de Boyacá que podrían venir sin jefes que las contuviesen. Era esto
lo más probable y lo más temible, y esto fue lo que evitó el
coronel Francisco Javier González (alias Gonzalón), antiguo jefe de
las milicias de Santa Fe, que había escapado del banquillo
haciéndose tonto en el consejo de guerra de Morillo y aflojando
plata.
En medio del estupor en que las gentes estaban con el movimiento
de la emigración; el viejo coronel González se dirigió en esa
mañana a la casa del doctor Miguel Tobar, a consultarle sobre si le
estaría mejor quedarse en la ciudad o irse a una estancia que tenía
por La Calera. El doctor Tobar le hizo presente el estado en que
estaba la ciudad, expuestos sus habitantes a los riesgos de la
anarquía y a los desórdenes que podrían cometer los dispersos que
vinieran del ejército de Barreiro, viendo la ciudad indefensa y sin
autoridad alguna; y le aconsejó que juntase alguna gente, que la
armase y proveyese a la seguridad pública: medida que nadie le
había de improbar siendo en favor de todos. Así lo hizo el coronel
González y a pocas horas tuvo alguna gente reunida de sus antiguos
milicianos, sobre quienes ejercía ascendiente. Los españoles habían
abandonado el parque de artillería como habían abandonado todo lo
demás, y allí encontró González con qué armar patrullas y
destacamentos.
Cuando las patrullas empezaron a recorrer la calle real, ya
otras patrullas habían visitado los almacenes y casas que se
hallaban abiertos y en abandono. Individuos hubo, y bien conocidos,
que quedaron ricos en esta ocasión. En la entrada de San Diego,
camino por donde debían venir los derrotados, puso el coronel
González un fuerte destacamento, con orden de detener a los que
vinieran, y si era posible, desarmarlos. No se necesitó de más para
que ninguno de ellos entrara a la ciudad, porque cuantos venían por
esa vía, al ver gente armada en aquel punto, tomaban por entre las
malezas para salir al camino del Salitre en vía para Fontibón.
Esta era la situación de Santa Fe el día 9, y mientras tanto la
vanguardia del ejército libertador llegaba al puente del Común,
distante seis leguas de la capital. Allí supo el general Bolívar el
desamparo de la ciudad con la fuga del virrey y demás autoridades.
Inmediatamente marchó para la capital solo con sus ayudantes, a fin
de salvar a sus habitantes de los males de la anarquía, y Santa Fe
vio entrar a su libertador el día 10 de agosto a las cinco de la
tarde.
Fue indecible el entusiasmo que se apoderó de todos los
habitantes de la ciudad al ver al Libertador. El mismo júbilo hacía
derramar lágrimas, y todos, hombres, mujeres, viejos y niños
corrían a abrazarlo, a echarse a sus pies sin saber cómo manifestar
su reconocimiento. El Libertador, con aquella alma tan grande y con
su habitual elocuencia, a todos contestaba, a todos atendía lleno
de ternura y profundamente conmovido con aquellas demostraciones de
amor y reconocimiento que explicaban muy bien los largos
sufrimientos y profunda pena de que acababan de salir los espíritus
como por encanto.
En el momento que llegó el Libertador y se desmontó. en el
palacio del virrey, se dispuso por los regidores del cabildo que
habían quedado, se reuniese gente para formar un cuerpo de guardia
que le diese seguridad, porque apenas había traído en su compañía
unas pocas personas, y , se temía que de las tropas españolas que
estaban en otros puntos al lado de Tunja y que no entraron en el
combate de Boyacá, vinieran a dar sobre Santa Fe por el camino de
Guasca y La Calera; y en efecto así sucedió, porque en esa misma
noche apareció sobre el cerro de Monserrate, que domina la ciudad,
el teniente coronel don Antonio Plá con trescientos hombres que
tenía en el valle de Tenza. Mas estaban tan sobrecogidos los
españoles con la derrota sufrida en Boyacá, que no se atrevió a
bajar a la ciudad, como pudo haberlo hecho, y hasta haber cogido a
Bolívar. El 11 empezó a entrar en Santa Fe el ejército libertador,
y Plá que los observaba no halló más recurso que buscar salida con
su gente por los páramos, dirigiéndose otra vez hacia Guasca. Pero
tan luego como los vecinos de este pueblo lo supieron y
comprendieron su apurada situación y que la gente se le venía
dispersando, saliéronle al encuentro en varias guerrillas armadas
con algunas lanzas, con palos y rejos de enlazar, lo que fue
suficiente para coger al jefe español y a los oficiales con la
gente que quedaba y conducirlos presos a la cárcel de la
ciudad.
El general Bolívar había dejado desde el Común sus órdenes al
general Anzoátegui para que siguiera por la Sabana en dirección a
Honda con fuerza suficiente tras el virrey. Anzoátegui siguió con
el negro coronel Leonardo Infante, que mandaba el escuadrón de
Guías. Este se adelantó con la caballería creyendo alcanzar la
emigración en Honda. Llegó al puerto, y no encontrando barqueta
alguna en qué pasar el río, por habérselas llevado todos los
emigrados mandó a los Guías que le siguieran, picó el caballo, se
lanzó a las aguas y atravesó el Magdalena, un poco más arriba del
Salto, seguido de los Guías, que todos eran llaneros acostumbrados
a luchar con las corrientes del Arauca y Orinoco. Arrojo
extraordinario reservado sólo para esta gente; pero infructuoso,
porque creyendo coger a Sámano en Honda, se hallaron con que toda
la emigración iba río abajo, sin que hubiera quedado emigrado
alguno de importancia en el lugar.
Tampoco se le pudo dar alcance a Calzada, tras el cual marchó
con una columna el valiente coronel Ambrosio Plaza. La emigración
principal se puso en cuatro días de Santa Fe a Nare. Tal era la
precipitación con que huían, que no se detenían ni aun a tomar
alimento, y cuando la necesidad de tomarlo los hacía detener
algunos momentos, lo primero que encargaba Sámano era que
observaran si venían por alguna parte esos cobardes.
Los batallones Cazadores de Vanguardia y Rifles, entraron en la
capital el día 12 con la música que fue a encontrarlos a San Diego,
y en medio de los vivas y aclamaciones de un gentío innumerable,
ebrio de alegría, que no sabía cómo pagar tanto bien a sus
libertadores. Estos cuerpos conducían a Barreiro y demás
prisioneros de Boyacá excepto el oficial Vignoni, a quien el
general Bolívar hizo ahorcar en el campo de batalla, apenas lo vio
entre los prisioneros; único acto de esta especie ejecutado en la
campaña, y esto por haber sido este oficial el traidor que en 1812
entregó la plaza de Puertocabello a los españoles.
Los orgullosos expedicionarios que pocos días antes se
complacían en vejar y afligir a los habitantes de Santa Fe, se
vieron ese día cubiertos de confusión, bien desengañados de que los
americanos no eran manadas de cameros de que podían disponer a su
gusto, y de que la justicia divina había puesto punto a sus
maldades. Sin embargo, estos españoles fueron tratados con
decencia; y en su entrada por las calles no fueron insultados, no
obstante que en los balcones de la carrera por donde los condujeron
al cuartel de la prisión estaban viéndose las viudas y huérfanos a
quienes habían privado de sus padres y esposos.
El batallón primero de línea de Nueva Granada había quedado en
Zipaquira para acabar de recoger los dispersos de Boyacá y librar a
los habitantes de aquellos campos de las depredaciones que estaban
sufriendo por parte de varios de ellos.
Desde Boyacá había mandado el general Bolívar algunos cuerpos y
cuadros para formar otros, a Tunja, Socorro y Pamplona, con el fin
de aprehender las partidas realistas que acaudillaban los
gobernadores don Lucas González y Bausa; y principalmente para
asegurar la libertad de los pueblos del norte, amenazada por la
división de don Miguel de la Torre, que ocupaban los valles de
Cúcuta.
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1
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El general Santander, ocultando su
nombre, puso este titulo a su escrito: "Relación escrita por un
granadino que en calidad de aventurero y unido al estado mayor del
ejército libertador, tuvo el honor de presenciar la campaña de la
Nueva Granada hasta su conclusión". Santander mandó publicar este
documento en 1819. Después se supo que él era su autor, como se ve
juntando las iniciales de los acápites que contiene y son estos:
SANTANDER SU AUTOR.
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2
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Esta cita se refiere al parte de la
batalla dado por el jefe del estado mayor. Aquí es el lugar de
advertir que en el tomo 39 de la Historia de donde se toman estos
fragmentos, tiene el parte fecha de agosto en vez de julio, yerro
con que se publicó en la Gaceta y que se pasó por alto en el libro.
También es de advertir que en la página 406 del tomo 2° se
encuentra el nombre de Waterloo por Tolosa, yerro que también pasó
por alto al corregir pruebas.
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3
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Todas las tropas españolas de
Barreiro eran de las que hablan hecho las campañas en España contra
las tropas francesas de Napoleón I.
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4
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Véase en el apéndice del tomo 29 el
documento número 63, que contiene la representación que el fiscal
dirigió al rey contra el virrey Sámano.
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