ÉL ARZOBISPO DON FERNANDO ARIAS DE
UGARTE
(Historia Eclesiástica, Capitulo
XIV).
Vacante la silla episcopal metropolitana de Santa Fe, por
fallecimiento del señor Ordóñez, vino a ocuparla el doctor don
Fernando Arias de Ugarte, hijo ilustre de esta ciudad; nacido en
ella el día 9 de septiembre de 1561, hijo legítimo del contador don
Hernando Arias Torero, regidor del cabildo de Santa Fe, y de doña
Juana Pérez de Ugarte, ambos de los nobles de Cáceres de
Extremadura y Vizcaya. Sus abuelos maternos fueron de los
pobladores de Santa Fe, en que tuvieron empleos honoríficos y los
repartimientos de indios de Engativa y Tegua. Fue su padrino de
bautismo el adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada. La ciudad de
Santa Fe debe gloriarse de haber tenido por el hijo al señor Arias
de Ugarte que seguramente ha sido uno de los prelados más grandes
que hayan ocupado la silla metropolitana de Santa Fe.
Mostró desde la niñez su inclinación a la virtud y a las letras.
Su padre lo puso a estudiar gramática en el colegio de los padres
dominicanos, donde empezó a manifestar una gran capacidad y
aplicación; pero como en aquellos tiempos no era posible esperar
que en el país pudiera formarse un hombre tal como su padre quería,
lo mandó a España para que hiciese sus estudios en la Universidad
de Salamanca, adonde llegó siendo de edad de diez y seis años. Bien
pronto se hizo notable en aquella Universidad por sus grandes
talentos y virtudes, y llegado el tiempo se graduó de bachiller; y
después de doctor en ambos derechos en la Universidad de Lérida.
Concluídos sus estudios, se propuso viajar y visitó gran parte de
Italia y España, llevando un diario de observaciones sobre el
natural, usos y costumbres de los pueblos que visitaba. Volvió a la
corte de edad de veinticinco años, donde fue recibido de abogado de
los reales consejos, y, experimentando su gran juicio y capacidad
en algunas comisiones que se le encargaron, fue nombrado auditor
general del ejército que pasó al reino de Aragón. En este destino
se acabó de conocer su importancia, y vuelto a Madrid se le destinó
a tres corregimientos, que no aceptó. Hízole el rey oidor de Panamá
y al poco tiempo fue promovido a la audiencia de Charcas. El virrey
don Luis de Velazco le nombró por corregidor de Potosí, con el
título de su lugarteniente, capitán general de aquellas provincias
y visitador de la casa de moneda y cajas reales. Ascendió luégo a
oidor y alcalde de corte de la audiencia de Lima; y su virrey, el
conde de Monterrey, le nornbró visitador de las minas de
Huancavélica, en cuya comisión estuvo tres años.
Una carrera tan honrosa habría sido capaz de desvanecer y llenar
de orgullo a cualquier otro caballero de sus circunstancias; pero
el señor Arias de Ugarte era un hombre espiritual, un filósofo
formado en la escuela del cristianismo como se formaban en aquel
tiempo, y así reputable como estiércol, a manera del apóstol, todas
las pampas mundanas y no quería sino vivir en Cristo para morir
ganando
|
1
. Para
dedicarse al servicio de Dios enteramente, renunció la plaza de
oidor y escribió una humilde carta al señor Loboguerrero que estaba
de arzobispo en Santa Fe, para que le diese cualquier destino en la
iglesia de su patria, donde deseaba acabar sus días. Consiguió del
Papa dispensación de irregularidades, sólo aquellas que el derecho
canónico llama
|ex defectu lenitatis; y consiguió también
licencia del rey para ordenarse con retención de su plaza de oidor
de Lima.
Con esto pasó a Chile, donde recibió las sagradas órdenes de
manos del obispo don fray Juan Pérez de Espinosa, habiéndole
nombrado antes por su asesor y auditor de guerra el virrey, marqués
de Montes Claros, y el rey por visitador de los tribunales de la
santa cruzada de Lima, Charcas, Chile y Panamá.
Eran tales las capacidades, desempeño y virtudes que el señor
Arias de Ugarte desplegaba en todas estas comisiones y cargos que
parecía no hubiese otro que le igualara según se le abrumaba con
ellas; y si en la carrera civil sucedía esto, en la eclesiástica no
se puede decir otra cosa sino que de simple sacerdote, fue elevado
inmediatamente a la dignidad episcopal, nombrándole el rey para
obispo de Panamá y luégo de Quito. Recibidas las bulas y real
cédula de este último nombramiento, se dirigió a Lima, donde
recibió la consagración de manos del arzobispo don Bartolomé
Loboguerrero, que había sido trasladado a aquella iglesia. Fue su
padrino en esta sagrada ceremonia el virrey, marqués de Montes
Claros, quien costeó una función magnífica y le regaló un rico
pontifical.
Dirigióse luégo a su iglesia de Quito el nuevo obispo y empezó
la visita de la diócesis; pero aún no la había acabado cuando fue
promovido al arzobispado de Santa Fe.
Esta ciudad que le había visto nacer y partir para España,
estudiante de edad de quince años lo recibió de arzobispo el día 7
de enero del año de 1618. Detúvose algo más de un año y medio en la
ciudad llenándola de beneficios con sus limosnas. Visitando los
monasterios de religiosos halló que la iglesia de la Concepción
amenazaba ruina por lo malo de sus cimientos, y que sus oficinas
eran muy estrechas para el número de religiosas que había, y donó
cuatro mil pesos de oro para la obra. Hizo la visita de su catedral
y de las iglesias parroquiales. Fomentó mucho el barrio de San
Victorino, cuya parroquia se había erigido por el deán y cabildo de
la sede vacante de 1598. Llevaba un libro donde asentaba todas las
noticias que adquiría del arzobispado y del cual se sirvió mucho
cuando salió a la visita.
Bendijo la iglesia nueva del convento de Santo Domingo el día 3
de agosto de 1619, y la estrenó con misa pontifical al siguiente
día del patriarca de la orden. Después de esta solemnidad salió
para la visita del arzobispado, entrando a provincias y pueblos
adonde ninguno de sus antecesores había entrado. Llevaba notario a
su costa y muy poca familia, entre ella al padre Tolosa, de la
Compañía de Jesús; y si por algún accidente se detenía en un pueblo
más de tres días, pagaba de sus rentas el gasto que hacía, sin
permitir lo hiciesen los curas ni mucho menos que le obsequiasen.
Puesto en pie sobre las gradas del presbiterio, con la cruz en la
mano, enseñaba a los indios la doctrina y las oraciones de la
iglesia; y donde éstos no entendían bien la lengua española. se
valía de un intérprete que le repitiese en la suya lo que él iba
diciendo.
Fueron innumerables los que confirmó; con tanto amor y
puntualidad que encontrando a un in dio en un camino y
preguntándole a dónde iba, como el indio le respondiese que a ser
confirmado, al punto se desmontó para aguardar a los que venían
atrás con el equipaje. Luego que llegaron, mandó que bajara la
carga y preparasen todo para confirmar al indio, diciendo que no
podía negar lo que le pedían de justicia. Vistióse de pontifical y
con admiración de todos lo confirmó en aquel despoblado, así como
San Felipe administró en el camino el sacramento del bautismo al
eunuco que se lo pedía
|
2
. Donde los párbulos piden pan es preciso
dárselo, dijo a sus gentes que le miraban con admiración.
Anduvo diez provincias del reino caminando más de ochocientas
leguas, en cuyo tránsito bautizó muchos indios por su propia mano.
Hizo nuevas agregaciones de vecindarios, según convenía al mejor
orden y policía; y erigió curatos en las partes que tuvo por
conveniente. En todas las visitas dejó autos tan sabios y tan
arreglados al derecho, que en los tiempos sucesivos vinieron a
quedar como leyes del arzobispado. Para juzgar de la prolijidad y
arreglo con que hizo esta visita el señor Arias de Ugarte, basta
ver la colección de autos que se hallan en el archivo episcopal,
los cuales hemos tenido a la vista. Algunos de ellos constan de
veinticuatro fojas y los que menos de seis.
Cada cura debía exhibir, entre otras cosas, el Concilio
tridentino, el limense, las constituciones sinodales del
arzobispado, el catecismo de la doctrina, y el del confesonario en
lengua muisca; el padrón de los indios, la lista de la escuela, que
se había mandado establecer para enseñar a leer a los hijos de los
indios principales
|
3
.
En las cuaresmas que pasó en la visita siempre procuró hallarse
en alguna ciudad por Semana Santa, para consagrar óleos, y celebrar
con solemnidad los oficios. Pasó en Pamplona la del año de 1623, y
allí consagró de obispo de Santa Marta a su provisor don Leonel de
Cervantes, arcedeano que había sido de la Catedral de Santa Fe. En
Tunja erigió las parroquias de Nuestra Señora de las Nieves y de
Santa Bárbara, a petición del cabildo. Al curato de la iglesia
mayor se le asignaron 35 manzanas de feligresía con 179 casas; al
de las Nieves 52 manzanas con 141 casas; y al de Santa Bárbara 43
manzanas con 145 casas. El cura de la primera en ese año (1623) fue
don Sancho Ramírez de Figueredo; de las Nieves don Francisco
Rodríguez de León; de Santa Bárbara don Alonso Pérez Cadena. En
algunos pueblos descubrió indios que idolatraban, e hizo quemar en
público los ídolos.
Indecibles fueron los trabajos que este santo prelado pasó en
tan penosa y larga excursión. Baste decir, que en tiempos en que
los caminos principales eran malísimos y los más trochas
intransitables, entró y dio la vuelta por los Llanos de San Juan y
de allí pasó a la ciudad del Caguán atravesando, en más de 90
leguas, yermas llanuras y montes solitarios, y llegando al fin de
los Llanos, al tomar por una serranía, los guías se extraviaron por
entre la montaña, donde estuvo el prelado perdido unos cuantos días
sufriendo el hambre por habérseles acabado los alimentos que
llevaban; el buen pastor que así buscaba sus ovejas por los montes
y desiertos, habría perecido de necesidad, si un vecino del Caguán
no lo hubiera hallado y sacado de aquel trabajo.
|Insolitudinibus
errantes.
No hay duda que este santo prelado nos recuerda bien aquellos
primeros obispos, discípulos de los apóstoles, que a toda clase de
males y penalidades se entregaban por cumplir con su ministerio. El
señor Arias de Ugarte pudo decir en esta ocasión como San Pablo:
|in labore et oerumna in fame. Del Caguán regresó por Neiva a
Santa Fe, y volvió a salir a la visita por la provincia de Tunja y
su distrito hasta Chitam teniendo que pasar por entre innumerables
indios gentiles con riesgo de perder la vida:
|pericutis et
gentíbus. Pero éstos lejos de hacerle algún daño salieron como
instintivamente a rendir homenaje a la virtud, y recibiéndole de
paz le hicieron sus obsequios. Los prácticos conocedores no
pudieron menos que admirarse de esto, cuando esperaban correr
algunos riesgos entre aquellas tribus bárbaras.
Pasando muchos ríos,
|periculis fluminum, y malos caminos,
llegó hasta la ciudad de San Agustín de Cáceres si se puede llamar
ciudad donde no había más que un cristiano español, el cual iba
educiendo a la fe algunos indios, de más de trescientos que había
juntado. El hombre para recibir prelado tomó una manta y con cuatro
cañas hizo un palio que llevaban cuatro indios con camisetas que
apenas les cubrían lo necesario para la decencia de que puede ser
capaz un salvaje; y otro en igual traje, con un
|mate colgado
de tres cabuyas por incensario y unas brasas en que se quemaba
quina, le iba incensando. Así lo condujeron a una pequeña ramada
donde estaba la cruz con una imagen en papel. Allí mandó poner su
altar, dijo misa y confirmó a los pocos cristianos que había.
Con dolor de su corazón dejó esta pequeña cristiandad que
quisiera asistir por más tiempo; pero teniendo que seguir escribió
a Santa Fe, a los padres de la Compañía de Jesús, para que tomasen
a su cargo el socorro de aquella pobre gente.
De aquí pasó a la ciudad de Santiago de las Atalayas, de más
población, porque había en ella cuatro españoles y muchos indios
cristianos, a los cuales confirmó. Pasó a Casanare, donde salieron
muchos indios gentiles a verlo, porque tuvieron noticia de que
pasaba por allí. Llegaron adonde estaba rancheado el prelado, y
todos se le pusieron rodillas, y admirados de verlo en diverso
traje que usaban los demás, se le acercaban atentamente y hablando
unos con otros en su idioma y a su modo, unos le ponían las manos
en los vestidos y otros le tentaban la cara con semblante asombrado
y reverente. El prelado compadecido de ellos, y echando de ver por
aquí la buena índole de aquellos miserables, trató con el padre
Tolosa tornase a su cargo aquellas almas, avisando a su provincial
para que mandase otros misioneros, como se verificó.
Continuó su viaje hasta Maracaibo y llegó a la ciudad de
Gibraltar cerca de la laguna, visitóla, confirmando mucha gente. Al
otro lado de la laguna, había una población con algunos españoles e
indios cristianos que hacía mucho tiempo estaba sin sacerdote. Pasó
la laguna en canoas y llegando al lugar, auxilió con lo que pudo a
esos cristianos necesitados. Tuvo que revalidar matrimonios, los
confesó a todos y confirmó a muchos.
Cuando iba de los Llanos de Casanare para Pamplona tomando la
vía por el río del Loro, cayó en él y por un milagro pudieron
sacarlo sin ahogarse:
|in itiniribus soepe, periculis
fluminum. ¿Era esto un apóstol de la primitiva iglesia?
Concluída esta visita volvió a Tunja y siguió a practicar la de
Vélez, Muzo y La Palma. En toda la visita del arzobispado gastó más
de tres años dejando en pos de sí la huella de sus beneficios.
|Pertransiit benefaciendo.
No solamente se ocupó el diligente arzobispo en lo relativo a la
visita eclesiástica, sino que como hombre político que era, llevaba
un libro de apuntamientos y observaciones sobre todo aquello que
llamaba su atención y que le parecía exigir remedio o reforma para
el mejor gobierno del país y beneficio de sus naturales. Luégo que
volvió a Santa Fe presentó este libro al presidente don Juan de
Borja, informándole largamente sobre el estado del reino y el
presidente, atento a las indicaciones de persona tan competente y a
quien tanto respetaba, dictó varias providencias y puso remedio a
muchos males de que el gobierno no tenía noticia.
Reunió una consulta de personas de letras, en la que por muchos
días se estuvo tratando sobre el modo de aliviar a los indios en el
trabajo que llamaban personal
|
4
, porque verdaderamente fue padre de estos
infelices a quienes amaba con tal ternura que los llamaba sus amos,
y de tal manera quería manifestar el interés que por ellos tenía,
que afiliándose en su clase este príncipe de la iglesia y noble
caballero, en las cartas que envió al rey Felipe III y al Papa
Paulo V, se firmaba Hernando, indio,
|arzobispo de Santa
Fe.
Desde el año de 1603 se había expedido una real cédula en que se
mandaba que los curas doctrineros regulares, para poderlo ser, se
presentasen al ordinario eclesiástico a ser examinados y aprobados
según la suficiencia que mostrasen, tanto en lo tocante al
ministerio como en el conocimiento de la lengua de los indios, sin
cuya inteligencia la real cédula declaraba que no podían ser curas
doctrineros. Los prelados de las religiones habían resistido esta
disposición, alegando privilegios y exenciones para con el
ordinario eclesiástico, y por esta causa nada se había podido hacer
para remediar el mal que resultaba de mandar a los curatos
religiosos que no entendían la lengua de los indios, sin lo cual
era imposible doctrinarlos bien, ni enseñarles las costumbres
sociales.
El señor Arias de Ugarte, tan interesado corno estaba por la
suerte de los indios y mucho más tocante a su conversión, no podía
sufrir tal desorden en perjuicio del objeto principal de la misión
y con desprecio no sólo de las reales órdenes sino de las leyes
sinodales en que se había mandado que los doctrineros supiesen la
lengua de los indios. Ocurrió, pues al remedio de este mal,
queriendo poner en ejecución la real cédula de 1603, pero hallando
pertinaz resistencia en los prelados regulares, tomó el partido de
informar sobre esto al consejo de Indias, y escribió a su
presidente don Fernando Castillo; y a consecuencia de esto el rey
expidió otra cédula en que más estrechamente se prevenía lo mismo,
al propio tiempo que daba las gracias al prelado por el celo
apostólico que manifestaba a favor de los indios; y al presidente y
oidores dirigió otra para que prestasen al arzobispo todo el
auxilio que necesitase para h cumplir aquellas disposiciones.
A consecuencia de esto, el presidente don Juan de Borja dictó un
auto con fecha 9 de mayo de 1624, en que decía que por cláusula del
real patronato estaba ordenado y mandado que los provinciales de
las religiones todas las veces que hubieran de proveer algún curato
o remover algún religioso que estuviese de doctrinero, diesen
noticia de ello al patrono real y al prelado ordinario, y que
asimismo estaba mandado por varias reales cédulas, que los
nombrados para curas de in dios tuviesen toda la pericia necesaria
en el idioma de éstos, y la suficiencia bastante en todo lo tocante
al desempeño del ministerio; de todo lo cual doctrinarios bien, ni
enseñarles las costumbres sociales debían presentar examen ante el
ordinario eclesiástico, conforme a lo dispuesto por el santo
concilio de Trento, cuya ejecución y cumplimiento estaba a cargo
del ordinario eclesiástico y real audiencia, según la real cédula
fechada en San Lorenzo a 14 de noviembre de 1603, y por otra
sobrecartada en Madrid a 15 de diciembre de 1622; que de no
observar los prelados regulares estas disposiciones, como no las
observaban, poniendo y quitando cu ras doctrineros sin que de ello
tuviese conocimiento el ordinario eclesiástico, se seguía el
gravísimo mal de que los naturales no pudiesen ser bien
doctrinados, mandándoles, como muchas veces sucedía, religiosos sin
conocimiento de su lengua y sin la suficiente instrucción en lo
demás relativo al cargo pastoral; que el soberano por sus reales
cédulas, de conformidad con el derecho canónico y bulas pontificias
tema declarado pertenecer a su real patronato los beneficios
curados en todas las Indias occidentales, y que por lo tanto
ninguno podía tener legítimo estímulo de párroco ni ser presentado
sino por quien tuviese potestad para hacerlo en su real nombre, a
lo cual debía seguirse la colación y canónica institución, sin cuyo
requisito se corría riesgo de que los actos ejercidos en el
ministerio parroquial adolecieran de nulidad o invalidez por
defecto de jurisdicción; y lo peor de todo, que se siguiese
mandando a las doctrinas curas inhábiles, con lo cual no se podía
conseguir el grande y primordial objeto que con tantos desvelos y
cuidados se deseaba, cual era el plantear la fe católica y las
buenas costumbres sociales entre estos pueblos bárbaros. Por todo
lo cual mandó se notificase con ruego y encargo a los prelados
regulares cumpliesen lo prevenido en las reales cédulas que de esto
trataban; y que en su consecuencia, siempre que hubieran de proveer
algún curato o remover a un cura, lo hiciesen conforme a las reglas
del real patronato, procediendo a la presentación el testimonio de
examen y aprobación del ordinario, tanto en lo relativo a ciencia
eclesiástica como en la lengua indígena, cuyo testimonio se había
de insertar en la presentación, y sin lo cual no podía hacerse,
conforme a la expresa voluntad del soberano.
Además de esto vino otra real cédula fechada en Madrid a 6 de
septiembre de 1624, circular para la Nueva España. Perú, Chile y
Nuevo Reino, mandando en conformidad con las leyes reales y
eclesiásticas y en ejercicio del real patronato, que todos los
curas regulares fuesen visitados, lo mismo que los seculares, con
lo cual quedaron terminadas del todo competencias tan perjudiciales
para la Iglesia y el Estado, con la ventaja de que esto contribuyó
a que se fomentase el estudio de la lengua muisca, sin el cual no
se podían obtener los beneficios curados. El prudente prelado vio,
pues, remediado el mal sin empeñarse en una cuestión ruidosa con
los regulares.
La virtud de la prudencia era característica en este grande
hombre, pero la de la castidad era su mejor aureola; y esto desde
que estaba de magistrado y era hombre de mundo. Nunca jamás se le
llegó a notar ni sombra de inclinación a las mujeres. Cuando fue de
visitador a las minas de Potosí y Guancabalica, en el Perú, halló
tal relajación de costumbres, tal corrupción y tales escándalos
entre la multitud de gentes que de todas partes acudía, que no
pudiendo sufrir tal desorden su alma pura, empezó a proceder con
tanto celo contra los que vivían mal, que irritados unos cuantos
libertinos contra el celoso oidor, se pusieron a acechar todos los
pasos de su vida con la esperanza de hallarle en alguna falta qué
poderle echar en cara; pero por más que hicieron jamás pudieron
descubrir la menor sombra de aquel vicio en que tanto los
perseguía; de donde esos mismos truhanes tomaron en venganza el
llamarle el
|oidor virgen y martirizador.
El amor a la virtud de la castidad le inspiró el pensamiento de
fundar un convento de vírgenes, como lo verificó, fundando en Santa
Fe el de las monjas de Santa Clara para lo cual compro las casas en
que se levantó el edificio con su iglesia, y después de promovido a
Charlas continuó enviando fondos hasta concluirlo bajo la
inspeccion de su hermano don Diego Arias Torero. Conseguida la
licencia del rey en 8 de marzo de 1619, y la bula pontificia en
diciembre de 1628, se hizo la fundacion en 7 de enero siguiente
llevando en procesión desde el convento del Carmen a las
fundadoras, que lo fueron Damiana de San Francisco, Juana de Jesus
e Isabel de la Trinidad sobrina del fundador, el cual impuso además
una renta para dotes de veinticuatro doncellas doce de las que
fueran de su sangre y otras doce de pobres virtuosas, descendientes
de conquistadores, y que en continua sucesión se nombrasen por los
fundadores.
Pero la obra grande y más necesaria para el arzobispado era la
celebración de un concilio provincial para el arreglo fundamental
de la disciplina eclesiástica y reformacion de las costumbres. Este
objeto tan deseado de los anteriores prelados, y que no habían
podido conseguir, no lo era menos del señor Arias de Ugarte, como
se ve por sus letras convocatorias despachadas al efecto, con fecha
12 de junio de 1624. En ellas convocó a los obispos sufragáneos y
demás eclesiásticos que debían venir al concilio. Se les citaba
para el día 6 de enero de 1625 en la iglesia Catedral metropolitana
de Santa Fe. El arzobispo en su convocatoria, hacía una exposición,
de los motivos que le apremiaban para celebrar el concilio.
"Hacemos saber, decía, que luégo que llegamos a este nuestro
arzobispado, que sin merecimiento nuéstro sino por sola infinita
bondad de Dios Nuestro Señor le puso a nuestro cuidado, echando de
ver que en más de cincuenta y seis años que há se erigió esta
iglesia por metropolitana no se ha celebrado concilio provincial,
aunque por alguno de los señores arzobispos nuestros antecesores se
ha procurado; y la precisa necesidad que hay de que se celebre para
dar asiento a muchas cosas graves y de importancia, tocantes al
bien de las almas de nuestros súbditos que nos son encomendadas, y
al buen gobierno de las cosas eclesiásticas, pusimos nuestro
cuidado en celebrar el dicho concilio provincial y para mejor
acertar en negocio tan importante. Nós quisimos antes enterarnos
del estado de las cosas del gobierno espiritual de este arzobispado
por medio de una visita general hecha por nuestra persona..... Y
para tener, en el interin que se llegaba al cumplimiento de poderse
celebrar el dicho concilio, cánones y leyes por donde pudiésemos
gobernar esta nuestra iglesia y provincia, teniendo larga
experiencia en el tiempo que tuvimos a nuestro cargo el obispado de
Quito, y en diversos oficios eclesiásticos y seculares que tuvimos
en los reinos del Perú; la santidad, ajustamiento, prevención y
prudencia del concilio provincial que se celebró en la ciudad de
los Reyes el año de 1583, y que casi todas las materias de él son
concernientes a las que corren en esta provincia, suplicamos al rey
nuestro señor alcanzase de Su Santidad breve apostó lico para que
en este arzobispado se guardase el dicho concilio en el interin que
se celebraba concilio provincial en este dicho arzobispado; y S. M.
como tan católico y cristianísimo príncipe con su acostumbrada
piedad le alcanzó de la santidad Paulo V, de feliz recordación, que
también a nuestra súplica lo concedió en 7 de agosto del año pasado
de 1620, para que dicho concilio se guardase en esta provincia por
cinco años, y más el tiempo en que no se pudiese celebrar el dicho
concilio provincial, mandándonos que luego que fuese posible
celebrásemos en esta nuestra provincia el concilio provincial de
nuestra obligación, y ahora el rey nuestro señor como tan celador
de la república cristiana y del bien y cristiandad de sus vasallos,
lo ha amonestado y mandado por su real cedula de 28 de junio de
1621 que así lo cumplamos y hagamos como consta en la dicha real
cédula, etc.".
Aqui insertaba la real cedula en la cual el rey recomendaba el
cumplimiento de la disposición del concilio de Trento, que manda
celebrar concilio provincial en cada arzobispado de América cada
seis años. Advertía la real cédula que siendo una de las
dificultades que los obispos tenían para concurrir al concilio, la
de los gastos que hubieran de hacer, advirtiera que viniesen al
Concilio tan apostólica y ejemplarmente que no trajeran sino lo muy
precisos para dar ejemplo de sencillez y frugalidad en sus
personas; y al arzobispo se le encargaba que excusase convites y
funciones de ostentación. Luégo decía que, aun cuando de este
concilio provincial resultase lo que se pretendía, sería bueno se
tuviese particular cuidado de convocar, como era de obligación, el
concilio sinodal cada año, porque de la omisión que en esto había
habido, era de donde resultaban tantos males.
Pero no fue más feliz que el señor Zapata el señor Arias de
Ugarte respecto a la concurrencia de sufragáneos, pues no se logró
sino la del obispo de Santa Marta, don Leonel de Cervantes, porque
el de Cartagena don fray Francisco de Sotomayor, había sido
promovido al obispado de Quito; y el de Popayán, don Ambrosio
Vallejo, se excusó por enfermedad, mandando sus poderes a uno de
los prebendados del coro metropolitano. Los cabildos también
enviaron los suyos. El de Cartagena, en sede vacante, le envió al
canónigo tesorero don José Alba de Villarreal; el de Popayán, al
cura de la Catedral, licenciado Alonso Garzón de Tahuste. Dióse
principio al concilio el día 13 de abril de 1625, con solemne
procesión de rogativa, saliendo de la iglesia Catedral para la de
Santo Domingo, en la que el arzobispo celebró de pontifical y
predicó exhortando al pueblo para que se ofreciesen a Dios
oraciones y sacrificios por el acierto del concilio.
Todas las sesiones se tuvieron en la capilla de la Santísima
Trinidad, que en la iglesia de la Catedral, acababa de construír el
prelado a su costa. Firmóse el concilio y cerráronse las sesiones
el día 25 de mayo del mismo año, "con mucha quietud y a gusto de lo
eclesiástico o secular. Despachólo al consejo y de allí lo hizo
llevar a Roma, y hasta ahora no ha venido la confirmación".
|
5
El doctor Plaza, que a sus escasas y equivoca das noticias sobre
asuntos eclesiásticos agrega una implacable prevención y
malquerencia hacia el de clero, dice sobre este concilio:
"El arzobispo Arias de Ugarte, hacia 1624, instó a Borja para
que tomase interés en la celebración de un concilio provincial para
corregir abusos eclesiásticos que databan desde el descubrimiento
de la Nueva Granada. Un simulacro de tal corporación fue lo que
hubo en ese mismo año; y aunque en ella se trató de restablecer la
disciplina eclesiástica, ni el clero de ambas categorías la aceptó
ni los prelados pararon mucho en consideración en esta reforma; ni
los magistrados civiles pudieron hacer la menor cosa en alivio de
los pueblos ni en contener la lamentable relajación de los
ministros del santuario. La devoción y la piedad ladeadas al
ascetismo no desmayaban en su empresa de fundar conventos, lo que
influyó en la erección del monasterio de Santa Clara en Cartagena
por este tiempo, dejando todos sus bienes para tal fin Catalina
Cabrera".
Este párrafo, que contiene más veneno que el de las flechas con
que los salvajes sacrificaban a los sacerdotes que venían a
sacarlos de las tinieblas y sombras de muerte a la luz del
Evangelio, no da a conocer otra cosa sino que el designio constante
que en sus "Memorias para la historia de la Nueva Granada", siguió
el doctor Plaza a fin de desacreditar al clero. Así lo deja ver con
el extravío de su propia razón, en las contradicciones en que
incurre. ¿En dónde ha podido ver el doctor Plaza eso de que el
arzobispo instara al presidente Borja para que tomase interés en la
celebración del concilio, a fin de corregir abusos eclesiásticos
que databan desde el descubrimiento de la Nueva Granada? En ninguno
de los escritores de la época se encontrará tal cosa. Las letras
convocatorias del arzobispo no contienen esa idea, que sería el
oprobio del clero. La convocatoria tiene por motivo lo ordenado por
los concilios generales y principalmente por el de Trento, sobre
que los obispos hagan concilios provinciales de tiempo en tiempo; y
en este arzobispado en que por real cédula del rey Felipe II se
había mandado al arzobispo don fray Luis Zapata que lo reuniera y
que no se había podido verificar, era de absoluta obligación lo
intentase cada uno de los prelados que fueran viniendo, hasta
conseguir la celebración del concilio en cumplimiento de aquellos
mandatos. No aseguramos nosotros que todo el clero fuera tan bueno
que no necesitase de reforma en alguna parte; pero no es justo
decir que todo él estaba en lamentable relajación, desde el
descubrimiento de la Nueva Granada. Ningún católico verdadero puede
transigir con la relajación del clero, porque éste es el mayor de
los males para la iglesia, y quien se interese por su reforma
cuando llegue a tal estado, merece alabanza; pero el clero
granadino no había llegado a tal estado, y los abusos que hubiera
no se pueden atribuír a la corrupción de los individuos en general,
sino a la falta de leyes de disciplina propias de esta iglesia, y
era esto para lo que se hacía tan necesario el concilio; necesidad
que hasta nuestros días no se ha podido remediar
|
6
.
"Un simulacro de tal corporación fue lo que hubo", dice el
doctor Plaza. Es imposible creerme aun cuando no supiéramos nada
sobre esto; es imposible creer que un prelado tan docto y tan santo
como el señor Arias de Ugarte se hubiera conformado con un
simulacro de concilio, es decir, con una ficción o farsa; y que
esta farsa la hubiera autorizado con las sagradas ceremonias y
ritos de la iglesia; pues se sabe por los escritores de la época y
por otros no muy distantes, que el concilio se instaló en toda
forma, y consta en sus actas. En él se sancionaron leyes y
estatutos que fueron remitidos al Papa para su aprobación, y no
creemos que el señor Arias de Ugarte y don Juan de Borja quisieran
burlarse de la santidad de la Iglesia ni de todo el reino,
presentándole la obra de una corporación ficticia, como leyes del
episcopado.
El concilio tuvo sus sesiones en la Capilla de la Santísima
Trinidad de la iglesia catedral y tenemos la lista de los vocales y
asistentes que lo compusieron, lo cual está en contra de la idea
que se ha querido dar de aquella asamblea, cuando se le ha llamado
simulacro de concilio
|
7
.
Agrega el. doctor Plaza que ni el clero de ambas categorías
acató al concilio, ni los prelados pararon mucho su atención en sus
reformas, ni los magistrados civiles pudieron hacer la menor cosa
en alivio de los pueblos, ni en contener la lamentable relajación
de los ministros del santuario. Todas estas son otras tantas
aserciones gratuitas del escritor, pues que nada de esto se
encuentra en los de la época, ni nosotros hemos hallado semejantes
noticias en documento alguno de los muchos que hemos consultado en
los archivos eclesiásticos y de la real audiencia que nos han sido
franqueados por el prelado de la iglesia y por el secretario de
gobierno. Pero estas aserciones se desvanecen por sí mismas, porque
hay una contradicción en decir que los prelados no pararon la
consideración en las disposiciones del concilio cuando ellos mismos
lo habían sancionado. Ni menos es creíble que el clero secular y
regular los hubiese desacatado estando a su cabeza un prelado tan
enérgico y de tanto gobierno como el señor Arias de Ugarte. Pero
nada de esto pudo suceder, porque los estatutos dados por el
concilio nunca llegaron a ponerse en ejecución, puesto que fueron
remetidos al Papa para su aprobación, y de allá no volvieron.
A pocos días de concluído el concilio recibió el arzobispo las
bulas de su promoción al arzobispado de Charcas. Se despidió de
esta ciudad de Santa Fe, su patria, para no volverla a ver más, y
todos se apresuraron a darle el último abrazo entre sollozos y
lágrimas, pudiéndose aplicar muy bien a este prelado aquellas
palabras del libro santo:
|Magnus autem flectus factus est
omnium....... dolentes maxime inverbo, quod dixerat quoniam amplius
faciem ejus non essent visuri
|
8
. El clero se veía privado de un prelado tan
prudente y tan santo; los particulares de su mejor amigo; los
pobres de su refugio y consuelo; los indios de su amoroso padre, y
toda la grey de su buen pastor.
Salió de Santa Fe a los ocho días de recibidas las bulas y real
cédula en el mismo año de 1625, y para su viaje tuvo que tomar
dinero prestado, pues sus muchas limosnas, los gastos hechos en
fundaciones piadosas y en las obras de la capilla de la Santísima
Trinidad en la catedral, del monasterio de Santa Clara y el de la
Concepción, que reedificó en gran parte, lo tenían tan pobre que
apenas le quedaba una pequeña parte de su renta para mantenerse con
decencia.
Del arzobispado de Charcas fue promovido al de Lima, y en ambos
se señaló singularísimamente en toda clase de buenas obras. Pidió a
los curas listas de las viudas y doncellas pobres, a quienes daba
semana todos los sábados lo mismo que en Santa Fe. Auxilió con
grandes sumas las iglesias y monasterios de religiosas. Visitó
ambos arzobispados, dejando por todas partes las huellas de su
beneficencia. Y después de una vida verdaderamente apostólica y
cuando podía decir con San Pablo:
|Bonum certamen certavi, cursum
consumavi, fidem servavi
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9
, quiso el Señor llamarle para sí y darle la
corona de justicia que tiene prometida a los que así se portan en
la vida.
Murió el ilustre prelado de cálculos en los riñones, y en tal
cruel y penosa enfermedad fue ejemplar de sufrimiento y resignación
en la voluntad de Dios.
Cuando fueron a administrarle, después de hecha la protestación
de la fe, y estando el Sacramento sobre el altar, dijo al cabildo
eclesiástico y demás autoridades y señores que asistían a aquel
acto: "Señores, este Señor que aquí tenemos presente sabe que jamás
ordené ni mandé cosa que no me pareciese justa; y aunque, por la
divina misericordia, no hallo agravada mi conciencia en esto, si
algún disguto hubiere dado, pido a todos me perdonen y me
encomienden a Dios. No le pidan que me dé vida, que Su Majestad
sabe que no la deseo, sino sólo que se cumpla lo que fuere de su
santa voluntad".
Murió el día 27 de enero de 1638, a las setenta y seis años,
nueve meses y once días de su edad, en la ciudad de los Reyes de
Lima. No lo embalsamaron por haberlo prohibido en su testamento.
Hecho el entierro con toda pompa, ocurrió la circunstancia de que
al acabarse y decir el último
|Requiescant in pace comenzaron
a entonar el himno de
|Tantum ergo por haber entrado a la
iglesia el SANTISIMO, que había salido adonde un enfermo
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10
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1
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Ep. ad Phil, 1, 21.
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2
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Hechos Apost. VIII, 38.
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3
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En estos autos de visitas se
encuentran muchas noticias interesantes y particularidades
curiosas. Del padrón presentado por el padre dominicano fray
Bartolomé Núñez, cura del pueblo de Bogotá (hoy Funza), consta que
al tiempo de la visita había 838 indios, de los cuales 18 varones
estaban sirviendo al cacique don Diego, y 18 indias a la cacica
doña Isabel Xaguaya.
Del auto de visita del pueblo de
Guatavita, de que era cura el padre Cristóbal de Fuentes, resulta
que casi todos los indina eran ladinos; y en uno de los descargos
dice el padre: "Item se me ha de dar por libre del sexto cargo,
porque como no ha estado en costumbre en los pueblos el darles el
Santisimo Sacramento de la Eucaristía, no lo he dado; y
persuadiendo a 12 ladinos a que recibiesen el Santísimo Sacramento,
y que se apartasen de borracheras y otras cosas supersticiosas, me
respondieron, que si se habían de emborrachar después, para qué lo
habían de recibir....."
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4
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En este punto estaban bien
olvidadas las disposiciones del presidente González, como se
olvidaban también las sinodales del señor Barrios.
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5
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Estas últimas palabras son del
licenciado Diego López de Lisboa, en el Epítome de la vida del
señor Arias de Ugarte, escrito sobre las memorias autógrafas del
prelado, y publioa4o en Lima en el año de 1638, página 3.
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6
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Cuando esto escribíamos en nada
menos se pensaba que en reunir Concilio provincial. Hoy lo esta por
mandato de Su Santidad, el ilustre gran Pontífice Pío IX. Su
Instalación tuvo lugar el día 5 de julio del corriente año de
1869.
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7
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El arzobispo que la presidió; el
obispo de Santa Marta ya nombrado: por el de Popayán un canónigo;
los prebendados doctores don Alonso de Cárdenas, arcedeano don
Gaspar Arias Maldonado, chantre y provisor del arzobispado don
Bernabé Jiménez de Bohórques maestre-escuela; don José Alba de
Villarreal, tesorero, con poderes del cabildo eclesiástico de
Cartagena; los licenciados Juan de Bonilla y Pedro Ortiz Maldonado,
canónigos; el cura Gonzalo de Tahuste, por el cabildo de Popayán.
Por la religión dominicana, el padre maestro fray Alonso de
Hinestrosa Bordas, prior, y el padre maestro fray Francisco de
Tolosa. Por la franciscana, el M. R. P. Fr. Diego Palomino,
guardián. Por la de agustinos, el M. R. P. fray Gaspar de Parra,
prior; y por la Compañía de Jesús, el M. R. P. Baltasar Mas
Berguez. El presidente don Juan de Borja; el fiscal de la real
audiencia, licenciado Juan Ortiz de Cervantes, y dos regidores.
¿Era éste un simulacro de concilio?
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8
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Y se levantó grande llanto entre todos afligidos en gran manera
por la palabra que habla dicho: que no verían más su cara. Hechos
Apost. c. XX, v. 37 y 38.
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9
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Yo he peleado buena batalla, he
acabado mi carrera, he guardado la fe. 2a. Tim. cap. IV. v. 7.
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10
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Todas estas noticias sobre la vida
y muerte del Ilustrisimo señor don Fernando Arias de Ugarte, son
tomadas de la vida de este prelado, escrita por el licenciado Diego
López de Lisboa y León, su confesor y limosnero, segun los diarios
que llevaba siempre dicho prelado. Cuando lleguemos al tiempo en
que murió el docto y santo sacerdote don Francisco Margallo y
Duquesne, veremos en sus exequias una coincidencia igual a la
ocurrida en las del señor Arias de Ugarte: la de haber empezado
repiques y cohetes al concluir el último responso, por ser las doce
y vispera del Corpus.
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