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ÉL ARZOBISPO DON FERNANDO ARIAS DE UGARTE

(Historia Eclesiástica, Capitulo XIV).

Vacante la silla episcopal metropolitana de Santa Fe, por fallecimiento del señor Ordóñez, vino a ocuparla el doctor don Fernando Arias de Ugarte, hijo ilustre de esta ciudad; nacido en ella el día 9 de septiembre de 1561, hijo legítimo del contador don Hernando Arias Torero, regidor del cabildo de Santa Fe, y de doña Juana Pérez de Ugarte, ambos de los nobles de Cáceres de Extremadura y Vizcaya. Sus abuelos maternos fueron de los pobladores de Santa Fe, en que tuvieron empleos honoríficos y los repartimientos de indios de Engativa y Tegua. Fue su padrino de bautismo el adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada. La ciudad de Santa Fe debe gloriarse de haber tenido por el hijo al señor Arias de Ugarte que seguramente ha sido uno de los prelados más grandes que hayan ocupado la silla metropolitana de Santa Fe.

Mostró desde la niñez su inclinación a la virtud y a las letras. Su padre lo puso a estudiar gramática en el colegio de los padres dominicanos, donde empezó a manifestar una gran capacidad y aplicación; pero como en aquellos tiempos no era posible esperar que en el país pudiera formarse un hombre tal como su padre quería, lo mandó a España para que hiciese sus estudios en la Universidad de Salamanca, adonde llegó siendo de edad de diez y seis años. Bien pronto se hizo notable en aquella Universidad por sus grandes talentos y virtudes, y llegado el tiempo se graduó de bachiller; y después de doctor en ambos derechos en la Universidad de Lérida. Concluídos sus estudios, se propuso viajar y visitó gran parte de Italia y España, llevando un diario de observaciones sobre el natural, usos y costumbres de los pueblos que visitaba. Volvió a la corte de edad de veinticinco años, donde fue recibido de abogado de los reales consejos, y, experimentando su gran juicio y capacidad en algunas comisiones que se le encargaron, fue nombrado auditor general del ejército que pasó al reino de Aragón. En este destino se acabó de conocer su importancia, y vuelto a Madrid se le destinó a tres corregimientos, que no aceptó. Hízole el rey oidor de Panamá y al poco tiempo fue promovido a la audiencia de Charcas. El virrey don Luis de Velazco le nombró por corregidor de Potosí, con el título de su lugarteniente, capitán general de aquellas provincias y visitador de la casa de moneda y cajas reales. Ascendió luégo a oidor y alcalde de corte de la audiencia de Lima; y su virrey, el conde de Monterrey, le nornbró visitador de las minas de Huancavélica, en cuya comisión estuvo tres años.

Una carrera tan honrosa habría sido capaz de desvanecer y llenar de orgullo a cualquier otro caballero de sus circunstancias; pero el señor Arias de Ugarte era un hombre espiritual, un filósofo formado en la escuela del cristianismo como se formaban en aquel tiempo, y así reputable como estiércol, a manera del apóstol, todas las pampas mundanas y no quería sino vivir en Cristo para morir ganando | 1 . Para dedicarse al servicio de Dios enteramente, renunció la plaza de oidor y escribió una humilde carta al señor Loboguerrero que estaba de arzobispo en Santa Fe, para que le diese cualquier destino en la iglesia de su patria, donde deseaba acabar sus días. Consiguió del Papa dispensación de irregularidades, sólo aquellas que el derecho canónico llama |ex defectu lenitatis; y consiguió también licencia del rey para ordenarse con retención de su plaza de oidor de Lima.

Con esto pasó a Chile, donde recibió las sagradas órdenes de manos del obispo don fray Juan Pérez de Espinosa, habiéndole nombrado antes por su asesor y auditor de guerra el virrey, marqués de Montes Claros, y el rey por visitador de los tribunales de la santa cruzada de Lima, Charcas, Chile y Panamá.

Eran tales las capacidades, desempeño y virtudes que el señor Arias de Ugarte desplegaba en todas estas comisiones y cargos que parecía no hubiese otro que le igualara según se le abrumaba con ellas; y si en la carrera civil sucedía esto, en la eclesiástica no se puede decir otra cosa sino que de simple sacerdote, fue elevado inmediatamente a la dignidad episcopal, nombrándole el rey para obispo de Panamá y luégo de Quito. Recibidas las bulas y real cédula de este último nombramiento, se dirigió a Lima, donde recibió la consagración de manos del arzobispo don Bartolomé Loboguerrero, que había sido trasladado a aquella iglesia. Fue su padrino en esta sagrada ceremonia el virrey, marqués de Montes Claros, quien costeó una función magnífica y le regaló un rico pontifical.

Dirigióse luégo a su iglesia de Quito el nuevo obispo y empezó la visita de la diócesis; pero aún no la había acabado cuando fue promovido al arzobispado de Santa Fe.

Esta ciudad que le había visto nacer y partir para España, estudiante de edad de quince años lo recibió de arzobispo el día 7 de enero del año de 1618. Detúvose algo más de un año y medio en la ciudad llenándola de beneficios con sus limosnas. Visitando los monasterios de religiosos halló que la iglesia de la Concepción amenazaba ruina por lo malo de sus cimientos, y que sus oficinas eran muy estrechas para el número de religiosas que había, y donó cuatro mil pesos de oro para la obra. Hizo la visita de su catedral y de las iglesias parroquiales. Fomentó mucho el barrio de San Victorino, cuya parroquia se había erigido por el deán y cabildo de la sede vacante de 1598. Llevaba un libro donde asentaba todas las noticias que adquiría del arzobispado y del cual se sirvió mucho cuando salió a la visita.

Bendijo la iglesia nueva del convento de Santo Domingo el día 3 de agosto de 1619, y la estrenó con misa pontifical al siguiente día del patriarca de la orden. Después de esta solemnidad salió para la visita del arzobispado, entrando a provincias y pueblos adonde ninguno de sus antecesores había entrado. Llevaba notario a su costa y muy poca familia, entre ella al padre Tolosa, de la Compañía de Jesús; y si por algún accidente se detenía en un pueblo más de tres días, pagaba de sus rentas el gasto que hacía, sin permitir lo hiciesen los curas ni mucho menos que le obsequiasen. Puesto en pie sobre las gradas del presbiterio, con la cruz en la mano, enseñaba a los indios la doctrina y las oraciones de la iglesia; y donde éstos no entendían bien la lengua española. se valía de un intérprete que le repitiese en la suya lo que él iba diciendo.

Fueron innumerables los que confirmó; con tanto amor y puntualidad que encontrando a un in dio en un camino y preguntándole a dónde iba, como el indio le respondiese que a ser confirmado, al punto se desmontó para aguardar a los que venían atrás con el equipaje. Luego que llegaron, mandó que bajara la carga y preparasen todo para confirmar al indio, diciendo que no podía negar lo que le pedían de justicia. Vistióse de pontifical y con admiración de todos lo confirmó en aquel despoblado, así como San Felipe administró en el camino el sacramento del bautismo al eunuco que se lo pedía | 2 . Donde los párbulos piden pan es preciso dárselo, dijo a sus gentes que le miraban con admiración.

Anduvo diez provincias del reino caminando más de ochocientas leguas, en cuyo tránsito bautizó muchos indios por su propia mano. Hizo nuevas agregaciones de vecindarios, según convenía al mejor orden y policía; y erigió curatos en las partes que tuvo por conveniente. En todas las visitas dejó autos tan sabios y tan arreglados al derecho, que en los tiempos sucesivos vinieron a quedar como leyes del arzobispado. Para juzgar de la prolijidad y arreglo con que hizo esta visita el señor Arias de Ugarte, basta ver la colección de autos que se hallan en el archivo episcopal, los cuales hemos tenido a la vista. Algunos de ellos constan de veinticuatro fojas y los que menos de seis.

Cada cura debía exhibir, entre otras cosas, el Concilio tridentino, el limense, las constituciones sinodales del arzobispado, el catecismo de la doctrina, y el del confesonario en lengua muisca; el padrón de los indios, la lista de la escuela, que se había mandado establecer para enseñar a leer a los hijos de los indios principales | 3 .

En las cuaresmas que pasó en la visita siempre procuró hallarse en alguna ciudad por Semana Santa, para consagrar óleos, y celebrar con solemnidad los oficios. Pasó en Pamplona la del año de 1623, y allí consagró de obispo de Santa Marta a su provisor don Leonel de Cervantes, arcedeano que había sido de la Catedral de Santa Fe. En Tunja erigió las parroquias de Nuestra Señora de las Nieves y de Santa Bárbara, a petición del cabildo. Al curato de la iglesia mayor se le asignaron 35 manzanas de feligresía con 179 casas; al de las Nieves 52 manzanas con 141 casas; y al de Santa Bárbara 43 manzanas con 145 casas. El cura de la primera en ese año (1623) fue don Sancho Ramírez de Figueredo; de las Nieves don Francisco Rodríguez de León; de Santa Bárbara don Alonso Pérez Cadena. En algunos pueblos descubrió indios que idolatraban, e hizo quemar en público los ídolos.

Indecibles fueron los trabajos que este santo prelado pasó en tan penosa y larga excursión. Baste decir, que en tiempos en que los caminos principales eran malísimos y los más trochas intransitables, entró y dio la vuelta por los Llanos de San Juan y de allí pasó a la ciudad del Caguán atravesando, en más de 90 leguas, yermas llanuras y montes solitarios, y llegando al fin de los Llanos, al tomar por una serranía, los guías se extraviaron por entre la montaña, donde estuvo el prelado perdido unos cuantos días sufriendo el hambre por habérseles acabado los alimentos que llevaban; el buen pastor que así buscaba sus ovejas por los montes y desiertos, habría perecido de necesidad, si un vecino del Caguán no lo hubiera hallado y sacado de aquel trabajo. |Insolitudinibus errantes.

No hay duda que este santo prelado nos recuerda bien aquellos primeros obispos, discípulos de los apóstoles, que a toda clase de males y penalidades se entregaban por cumplir con su ministerio. El señor Arias de Ugarte pudo decir en esta ocasión como San Pablo: |in labore et oerumna in fame. Del Caguán regresó por Neiva a Santa Fe, y volvió a salir a la visita por la provincia de Tunja y su distrito hasta Chitam teniendo que pasar por entre innumerables indios gentiles con riesgo de perder la vida: |pericutis et gentíbus. Pero éstos lejos de hacerle algún daño salieron como instintivamente a rendir homenaje a la virtud, y recibiéndole de paz le hicieron sus obsequios. Los prácticos conocedores no pudieron menos que admirarse de esto, cuando esperaban correr algunos riesgos entre aquellas tribus bárbaras.

Pasando muchos ríos, |periculis fluminum, y malos caminos, llegó hasta la ciudad de San Agustín de Cáceres si se puede llamar ciudad donde no había más que un cristiano español, el cual iba educiendo a la fe algunos indios, de más de trescientos que había juntado. El hombre para recibir prelado tomó una manta y con cuatro cañas hizo un palio que llevaban cuatro indios con camisetas que apenas les cubrían lo necesario para la decencia de que puede ser capaz un salvaje; y otro en igual traje, con un |mate colgado de tres cabuyas por incensario y unas brasas en que se quemaba quina, le iba incensando. Así lo condujeron a una pequeña ramada donde estaba la cruz con una imagen en papel. Allí mandó poner su altar, dijo misa y confirmó a los pocos cristianos que había.

Con dolor de su corazón dejó esta pequeña cristiandad que quisiera asistir por más tiempo; pero teniendo que seguir escribió a Santa Fe, a los padres de la Compañía de Jesús, para que tomasen a su cargo el socorro de aquella pobre gente.

De aquí pasó a la ciudad de Santiago de las Atalayas, de más población, porque había en ella cuatro españoles y muchos indios cristianos, a los cuales confirmó. Pasó a Casanare, donde salieron muchos indios gentiles a verlo, porque tuvieron noticia de que pasaba por allí. Llegaron adonde estaba rancheado el prelado, y todos se le pusieron rodillas, y admirados de verlo en diverso traje que usaban los demás, se le acercaban atentamente y hablando unos con otros en su idioma y a su modo, unos le ponían las manos en los vestidos y otros le tentaban la cara con semblante asombrado y reverente. El prelado compadecido de ellos, y echando de ver por aquí la buena índole de aquellos miserables, trató con el padre Tolosa tornase a su cargo aquellas almas, avisando a su provincial para que mandase otros misioneros, como se verificó.

Continuó su viaje hasta Maracaibo y llegó a la ciudad de Gibraltar cerca de la laguna, visitóla, confirmando mucha gente. Al otro lado de la laguna, había una población con algunos españoles e indios cristianos que hacía mucho tiempo estaba sin sacerdote. Pasó la laguna en canoas y llegando al lugar, auxilió con lo que pudo a esos cristianos necesitados. Tuvo que revalidar matrimonios, los confesó a todos y confirmó a muchos.

Cuando iba de los Llanos de Casanare para Pamplona tomando la vía por el río del Loro, cayó en él y por un milagro pudieron sacarlo sin ahogarse: |in itiniribus soepe, periculis fluminum. ¿Era esto un apóstol de la primitiva iglesia?

Concluída esta visita volvió a Tunja y siguió a practicar la de Vélez, Muzo y La Palma. En toda la visita del arzobispado gastó más de tres años dejando en pos de sí la huella de sus beneficios. |Pertransiit benefaciendo.

No solamente se ocupó el diligente arzobispo en lo relativo a la visita eclesiástica, sino que como hombre político que era, llevaba un libro de apuntamientos y observaciones sobre todo aquello que llamaba su atención y que le parecía exigir remedio o reforma para el mejor gobierno del país y beneficio de sus naturales. Luégo que volvió a Santa Fe presentó este libro al presidente don Juan de Borja, informándole largamente sobre el estado del reino y el presidente, atento a las indicaciones de persona tan competente y a quien tanto respetaba, dictó varias providencias y puso remedio a muchos males de que el gobierno no tenía noticia.

Reunió una consulta de personas de letras, en la que por muchos días se estuvo tratando sobre el modo de aliviar a los indios en el trabajo que llamaban personal | 4 , porque verdaderamente fue padre de estos infelices a quienes amaba con tal ternura que los llamaba sus amos, y de tal manera quería manifestar el interés que por ellos tenía, que afiliándose en su clase este príncipe de la iglesia y noble caballero, en las cartas que envió al rey Felipe III y al Papa Paulo V, se firmaba Hernando, indio, |arzobispo de Santa Fe.

Desde el año de 1603 se había expedido una real cédula en que se mandaba que los curas doctrineros regulares, para poderlo ser, se presentasen al ordinario eclesiástico a ser examinados y aprobados según la suficiencia que mostrasen, tanto en lo tocante al ministerio como en el conocimiento de la lengua de los indios, sin cuya inteligencia la real cédula declaraba que no podían ser curas doctrineros. Los prelados de las religiones habían resistido esta disposición, alegando privilegios y exenciones para con el ordinario eclesiástico, y por esta causa nada se había podido hacer para remediar el mal que resultaba de mandar a los curatos religiosos que no entendían la lengua de los indios, sin lo cual era imposible doctrinarlos bien, ni enseñarles las costumbres sociales.

El señor Arias de Ugarte, tan interesado corno estaba por la suerte de los indios y mucho más tocante a su conversión, no podía sufrir tal desorden en perjuicio del objeto principal de la misión y con desprecio no sólo de las reales órdenes sino de las leyes sinodales en que se había mandado que los doctrineros supiesen la lengua de los indios. Ocurrió, pues al remedio de este mal, queriendo poner en ejecución la real cédula de 1603, pero hallando pertinaz resistencia en los prelados regulares, tomó el partido de informar sobre esto al consejo de Indias, y escribió a su presidente don Fernando Castillo; y a consecuencia de esto el rey expidió otra cédula en que más estrechamente se prevenía lo mismo, al propio tiempo que daba las gracias al prelado por el celo apostólico que manifestaba a favor de los indios; y al presidente y oidores dirigió otra para que prestasen al arzobispo todo el auxilio que necesitase para h cumplir aquellas disposiciones.

A consecuencia de esto, el presidente don Juan de Borja dictó un auto con fecha 9 de mayo de 1624, en que decía que por cláusula del real patronato estaba ordenado y mandado que los provinciales de las religiones todas las veces que hubieran de proveer algún curato o remover algún religioso que estuviese de doctrinero, diesen noticia de ello al patrono real y al prelado ordinario, y que asimismo estaba mandado por varias reales cédulas, que los nombrados para curas de in dios tuviesen toda la pericia necesaria en el idioma de éstos, y la suficiencia bastante en todo lo tocante al desempeño del ministerio; de todo lo cual doctrinarios bien, ni enseñarles las costumbres sociales debían presentar examen ante el ordinario eclesiástico, conforme a lo dispuesto por el santo concilio de Trento, cuya ejecución y cumplimiento estaba a cargo del ordinario eclesiástico y real audiencia, según la real cédula fechada en San Lorenzo a 14 de noviembre de 1603, y por otra sobrecartada en Madrid a 15 de diciembre de 1622; que de no observar los prelados regulares estas disposiciones, como no las observaban, poniendo y quitando cu ras doctrineros sin que de ello tuviese conocimiento el ordinario eclesiástico, se seguía el gravísimo mal de que los naturales no pudiesen ser bien doctrinados, mandándoles, como muchas veces sucedía, religiosos sin conocimiento de su lengua y sin la suficiente instrucción en lo demás relativo al cargo pastoral; que el soberano por sus reales cédulas, de conformidad con el derecho canónico y bulas pontificias tema declarado pertenecer a su real patronato los beneficios curados en todas las Indias occidentales, y que por lo tanto ninguno podía tener legítimo estímulo de párroco ni ser presentado sino por quien tuviese potestad para hacerlo en su real nombre, a lo cual debía seguirse la colación y canónica institución, sin cuyo requisito se corría riesgo de que los actos ejercidos en el ministerio parroquial adolecieran de nulidad o invalidez por defecto de jurisdicción; y lo peor de todo, que se siguiese mandando a las doctrinas curas inhábiles, con lo cual no se podía conseguir el grande y primordial objeto que con tantos desvelos y cuidados se deseaba, cual era el plantear la fe católica y las buenas costumbres sociales entre estos pueblos bárbaros. Por todo lo cual mandó se notificase con ruego y encargo a los prelados regulares cumpliesen lo prevenido en las reales cédulas que de esto trataban; y que en su consecuencia, siempre que hubieran de proveer algún curato o remover a un cura, lo hiciesen conforme a las reglas del real patronato, procediendo a la presentación el testimonio de examen y aprobación del ordinario, tanto en lo relativo a ciencia eclesiástica como en la lengua indígena, cuyo testimonio se había de insertar en la presentación, y sin lo cual no podía hacerse, conforme a la expresa voluntad del soberano.

Además de esto vino otra real cédula fechada en Madrid a 6 de septiembre de 1624, circular para la Nueva España. Perú, Chile y Nuevo Reino, mandando en conformidad con las leyes reales y eclesiásticas y en ejercicio del real patronato, que todos los curas regulares fuesen visitados, lo mismo que los seculares, con lo cual quedaron terminadas del todo competencias tan perjudiciales para la Iglesia y el Estado, con la ventaja de que esto contribuyó a que se fomentase el estudio de la lengua muisca, sin el cual no se podían obtener los beneficios curados. El prudente prelado vio, pues, remediado el mal sin empeñarse en una cuestión ruidosa con los regulares.

La virtud de la prudencia era característica en este grande hombre, pero la de la castidad era su mejor aureola; y esto desde que estaba de magistrado y era hombre de mundo. Nunca jamás se le llegó a notar ni sombra de inclinación a las mujeres. Cuando fue de visitador a las minas de Potosí y Guancabalica, en el Perú, halló tal relajación de costumbres, tal corrupción y tales escándalos entre la multitud de gentes que de todas partes acudía, que no pudiendo sufrir tal desorden su alma pura, empezó a proceder con tanto celo contra los que vivían mal, que irritados unos cuantos libertinos contra el celoso oidor, se pusieron a acechar todos los pasos de su vida con la esperanza de hallarle en alguna falta qué poderle echar en cara; pero por más que hicieron jamás pudieron descubrir la menor sombra de aquel vicio en que tanto los perseguía; de donde esos mismos truhanes tomaron en venganza el llamarle el |oidor virgen y martirizador.

El amor a la virtud de la castidad le inspiró el pensamiento de fundar un convento de vírgenes, como lo verificó, fundando en Santa Fe el de las monjas de Santa Clara para lo cual compro las casas en que se levantó el edificio con su iglesia, y después de promovido a Charlas continuó enviando fondos hasta concluirlo bajo la inspeccion de su hermano don Diego Arias Torero. Conseguida la licencia del rey en 8 de marzo de 1619, y la bula pontificia en diciembre de 1628, se hizo la fundacion en 7 de enero siguiente llevando en procesión desde el convento del Carmen a las fundadoras, que lo fueron Damiana de San Francisco, Juana de Jesus e Isabel de la Trinidad sobrina del fundador, el cual impuso además una renta para dotes de veinticuatro doncellas doce de las que fueran de su sangre y otras doce de pobres virtuosas, descendientes de conquistadores, y que en continua sucesión se nombrasen por los fundadores.

Pero la obra grande y más necesaria para el arzobispado era la celebración de un concilio provincial para el arreglo fundamental de la disciplina eclesiástica y reformacion de las costumbres. Este objeto tan deseado de los anteriores prelados, y que no habían podido conseguir, no lo era menos del señor Arias de Ugarte, como se ve por sus letras convocatorias despachadas al efecto, con fecha 12 de junio de 1624. En ellas convocó a los obispos sufragáneos y demás eclesiásticos que debían venir al concilio. Se les citaba para el día 6 de enero de 1625 en la iglesia Catedral metropolitana de Santa Fe. El arzobispo en su convocatoria, hacía una exposición, de los motivos que le apremiaban para celebrar el concilio.

"Hacemos saber, decía, que luégo que llegamos a este nuestro arzobispado, que sin merecimiento nuéstro sino por sola infinita bondad de Dios Nuestro Señor le puso a nuestro cuidado, echando de ver que en más de cincuenta y seis años que há se erigió esta iglesia por metropolitana no se ha celebrado concilio provincial, aunque por alguno de los señores arzobispos nuestros antecesores se ha procurado; y la precisa necesidad que hay de que se celebre para dar asiento a muchas cosas graves y de importancia, tocantes al bien de las almas de nuestros súbditos que nos son encomendadas, y al buen gobierno de las cosas eclesiásticas, pusimos nuestro cuidado en celebrar el dicho concilio provincial y para mejor acertar en negocio tan importante. Nós quisimos antes enterarnos del estado de las cosas del gobierno espiritual de este arzobispado por medio de una visita general hecha por nuestra persona..... Y para tener, en el interin que se llegaba al cumplimiento de poderse celebrar el dicho concilio, cánones y leyes por donde pudiésemos gobernar esta nuestra iglesia y provincia, teniendo larga experiencia en el tiempo que tuvimos a nuestro cargo el obispado de Quito, y en diversos oficios eclesiásticos y seculares que tuvimos en los reinos del Perú; la santidad, ajustamiento, prevención y prudencia del concilio provincial que se celebró en la ciudad de los Reyes el año de 1583, y que casi todas las materias de él son concernientes a las que corren en esta provincia, suplicamos al rey nuestro señor alcanzase de Su Santidad breve apostó lico para que en este arzobispado se guardase el dicho concilio en el interin que se celebraba concilio provincial en este dicho arzobispado; y S. M. como tan católico y cristianísimo príncipe con su acostumbrada piedad le alcanzó de la santidad Paulo V, de feliz recordación, que también a nuestra súplica lo concedió en 7 de agosto del año pasado de 1620, para que dicho concilio se guardase en esta provincia por cinco años, y más el tiempo en que no se pudiese celebrar el dicho concilio provincial, mandándonos que luego que fuese posible celebrásemos en esta nuestra provincia el concilio provincial de nuestra obligación, y ahora el rey nuestro señor como tan celador de la república cristiana y del bien y cristiandad de sus vasallos, lo ha amonestado y mandado por su real cedula de 28 de junio de 1621 que así lo cumplamos y hagamos como consta en la dicha real cédula, etc.".

Aqui insertaba la real cedula en la cual el rey recomendaba el cumplimiento de la disposición del concilio de Trento, que manda celebrar concilio provincial en cada arzobispado de América cada seis años. Advertía la real cédula que siendo una de las dificultades que los obispos tenían para concurrir al concilio, la de los gastos que hubieran de hacer, advirtiera que viniesen al Concilio tan apostólica y ejemplarmente que no trajeran sino lo muy precisos para dar ejemplo de sencillez y frugalidad en sus personas; y al arzobispo se le encargaba que excusase convites y funciones de ostentación. Luégo decía que, aun cuando de este concilio provincial resultase lo que se pretendía, sería bueno se tuviese particular cuidado de convocar, como era de obligación, el concilio sinodal cada año, porque de la omisión que en esto había habido, era de donde resultaban tantos males.

Pero no fue más feliz que el señor Zapata el señor Arias de Ugarte respecto a la concurrencia de sufragáneos, pues no se logró sino la del obispo de Santa Marta, don Leonel de Cervantes, porque el de Cartagena don fray Francisco de Sotomayor, había sido promovido al obispado de Quito; y el de Popayán, don Ambrosio Vallejo, se excusó por enfermedad, mandando sus poderes a uno de los prebendados del coro metropolitano. Los cabildos también enviaron los suyos. El de Cartagena, en sede vacante, le envió al canónigo tesorero don José Alba de Villarreal; el de Popayán, al cura de la Catedral, licenciado Alonso Garzón de Tahuste. Dióse principio al concilio el día 13 de abril de 1625, con solemne procesión de rogativa, saliendo de la iglesia Catedral para la de Santo Domingo, en la que el arzobispo celebró de pontifical y predicó exhortando al pueblo para que se ofreciesen a Dios oraciones y sacrificios por el acierto del concilio.

Todas las sesiones se tuvieron en la capilla de la Santísima Trinidad, que en la iglesia de la Catedral, acababa de construír el prelado a su costa. Firmóse el concilio y cerráronse las sesiones el día 25 de mayo del mismo año, "con mucha quietud y a gusto de lo eclesiástico o secular. Despachólo al consejo y de allí lo hizo llevar a Roma, y hasta ahora no ha venido la confirmación". | 5

El doctor Plaza, que a sus escasas y equivoca das noticias sobre asuntos eclesiásticos agrega una implacable prevención y malquerencia hacia el de clero, dice sobre este concilio:

"El arzobispo Arias de Ugarte, hacia 1624, instó a Borja para que tomase interés en la celebración de un concilio provincial para corregir abusos eclesiásticos que databan desde el descubrimiento de la Nueva Granada. Un simulacro de tal corporación fue lo que hubo en ese mismo año; y aunque en ella se trató de restablecer la disciplina eclesiástica, ni el clero de ambas categorías la aceptó ni los prelados pararon mucho en consideración en esta reforma; ni los magistrados civiles pudieron hacer la menor cosa en alivio de los pueblos ni en contener la lamentable relajación de los ministros del santuario. La devoción y la piedad ladeadas al ascetismo no desmayaban en su empresa de fundar conventos, lo que influyó en la erección del monasterio de Santa Clara en Cartagena por este tiempo, dejando todos sus bienes para tal fin Catalina Cabrera".

Este párrafo, que contiene más veneno que el de las flechas con que los salvajes sacrificaban a los sacerdotes que venían a sacarlos de las tinieblas y sombras de muerte a la luz del Evangelio, no da a conocer otra cosa sino que el designio constante que en sus "Memorias para la historia de la Nueva Granada", siguió el doctor Plaza a fin de desacreditar al clero. Así lo deja ver con el extravío de su propia razón, en las contradicciones en que incurre. ¿En dónde ha podido ver el doctor Plaza eso de que el arzobispo instara al presidente Borja para que tomase interés en la celebración del concilio, a fin de corregir abusos eclesiásticos que databan desde el descubrimiento de la Nueva Granada? En ninguno de los escritores de la época se encontrará tal cosa. Las letras convocatorias del arzobispo no contienen esa idea, que sería el oprobio del clero. La convocatoria tiene por motivo lo ordenado por los concilios generales y principalmente por el de Trento, sobre que los obispos hagan concilios provinciales de tiempo en tiempo; y en este arzobispado en que por real cédula del rey Felipe II se había mandado al arzobispo don fray Luis Zapata que lo reuniera y que no se había podido verificar, era de absoluta obligación lo intentase cada uno de los prelados que fueran viniendo, hasta conseguir la celebración del concilio en cumplimiento de aquellos mandatos. No aseguramos nosotros que todo el clero fuera tan bueno que no necesitase de reforma en alguna parte; pero no es justo decir que todo él estaba en lamentable relajación, desde el descubrimiento de la Nueva Granada. Ningún católico verdadero puede transigir con la relajación del clero, porque éste es el mayor de los males para la iglesia, y quien se interese por su reforma cuando llegue a tal estado, merece alabanza; pero el clero granadino no había llegado a tal estado, y los abusos que hubiera no se pueden atribuír a la corrupción de los individuos en general, sino a la falta de leyes de disciplina propias de esta iglesia, y era esto para lo que se hacía tan necesario el concilio; necesidad que hasta nuestros días no se ha podido remediar | 6 .

"Un simulacro de tal corporación fue lo que hubo", dice el doctor Plaza. Es imposible creerme aun cuando no supiéramos nada sobre esto; es imposible creer que un prelado tan docto y tan santo como el señor Arias de Ugarte se hubiera conformado con un simulacro de concilio, es decir, con una ficción o farsa; y que esta farsa la hubiera autorizado con las sagradas ceremonias y ritos de la iglesia; pues se sabe por los escritores de la época y por otros no muy distantes, que el concilio se instaló en toda forma, y consta en sus actas. En él se sancionaron leyes y estatutos que fueron remitidos al Papa para su aprobación, y no creemos que el señor Arias de Ugarte y don Juan de Borja quisieran burlarse de la santidad de la Iglesia ni de todo el reino, presentándole la obra de una corporación ficticia, como leyes del episcopado.

El concilio tuvo sus sesiones en la Capilla de la Santísima Trinidad de la iglesia catedral y tenemos la lista de los vocales y asistentes que lo compusieron, lo cual está en contra de la idea que se ha querido dar de aquella asamblea, cuando se le ha llamado simulacro de concilio | 7 .

Agrega el. doctor Plaza que ni el clero de ambas categorías acató al concilio, ni los prelados pararon mucho su atención en sus reformas, ni los magistrados civiles pudieron hacer la menor cosa en alivio de los pueblos, ni en contener la lamentable relajación de los ministros del santuario. Todas estas son otras tantas aserciones gratuitas del escritor, pues que nada de esto se encuentra en los de la época, ni nosotros hemos hallado semejantes noticias en documento alguno de los muchos que hemos consultado en los archivos eclesiásticos y de la real audiencia que nos han sido franqueados por el prelado de la iglesia y por el secretario de gobierno. Pero estas aserciones se desvanecen por sí mismas, porque hay una contradicción en decir que los prelados no pararon la consideración en las disposiciones del concilio cuando ellos mismos lo habían sancionado. Ni menos es creíble que el clero secular y regular los hubiese desacatado estando a su cabeza un prelado tan enérgico y de tanto gobierno como el señor Arias de Ugarte. Pero nada de esto pudo suceder, porque los estatutos dados por el concilio nunca llegaron a ponerse en ejecución, puesto que fueron remetidos al Papa para su aprobación, y de allá no volvieron.

A pocos días de concluído el concilio recibió el arzobispo las bulas de su promoción al arzobispado de Charcas. Se despidió de esta ciudad de Santa Fe, su patria, para no volverla a ver más, y todos se apresuraron a darle el último abrazo entre sollozos y lágrimas, pudiéndose aplicar muy bien a este prelado aquellas palabras del libro santo: |Magnus autem flectus factus est omnium....... dolentes maxime inverbo, quod dixerat quoniam amplius faciem ejus non essent visuri | 8 . El clero se veía privado de un prelado tan prudente y tan santo; los particulares de su mejor amigo; los pobres de su refugio y consuelo; los indios de su amoroso padre, y toda la grey de su buen pastor.

Salió de Santa Fe a los ocho días de recibidas las bulas y real cédula en el mismo año de 1625, y para su viaje tuvo que tomar dinero prestado, pues sus muchas limosnas, los gastos hechos en fundaciones piadosas y en las obras de la capilla de la Santísima Trinidad en la catedral, del monasterio de Santa Clara y el de la Concepción, que reedificó en gran parte, lo tenían tan pobre que apenas le quedaba una pequeña parte de su renta para mantenerse con decencia.

Del arzobispado de Charcas fue promovido al de Lima, y en ambos se señaló singularísimamente en toda clase de buenas obras. Pidió a los curas listas de las viudas y doncellas pobres, a quienes daba semana todos los sábados lo mismo que en Santa Fe. Auxilió con grandes sumas las iglesias y monasterios de religiosas. Visitó ambos arzobispados, dejando por todas partes las huellas de su beneficencia. Y después de una vida verdaderamente apostólica y cuando podía decir con San Pablo: |Bonum certamen certavi, cursum consumavi, fidem servavi | 9 , quiso el Señor llamarle para sí y darle la corona de justicia que tiene prometida a los que así se portan en la vida.

Murió el ilustre prelado de cálculos en los riñones, y en tal cruel y penosa enfermedad fue ejemplar de sufrimiento y resignación en la voluntad de Dios.

Cuando fueron a administrarle, después de hecha la protestación de la fe, y estando el Sacramento sobre el altar, dijo al cabildo eclesiástico y demás autoridades y señores que asistían a aquel acto: "Señores, este Señor que aquí tenemos presente sabe que jamás ordené ni mandé cosa que no me pareciese justa; y aunque, por la divina misericordia, no hallo agravada mi conciencia en esto, si algún disguto hubiere dado, pido a todos me perdonen y me encomienden a Dios. No le pidan que me dé vida, que Su Majestad sabe que no la deseo, sino sólo que se cumpla lo que fuere de su santa voluntad".

Murió el día 27 de enero de 1638, a las setenta y seis años, nueve meses y once días de su edad, en la ciudad de los Reyes de Lima. No lo embalsamaron por haberlo prohibido en su testamento. Hecho el entierro con toda pompa, ocurrió la circunstancia de que al acabarse y decir el último |Requiescant in pace comenzaron a entonar el himno de |Tantum ergo por haber entrado a la iglesia el SANTISIMO, que había salido adonde un enfermo | | 10 .
 

1 Ep. ad Phil, 1, 21.
2 Hechos Apost. VIII, 38.
3 En estos autos de visitas se encuentran muchas noticias interesantes y particularidades curiosas. Del padrón presentado por el padre dominicano fray Bartolomé Núñez, cura del pueblo de Bogotá (hoy Funza), consta que al tiempo de la visita había 838 indios, de los cuales 18 varones estaban sirviendo al cacique don Diego, y 18 indias a la cacica doña Isabel Xaguaya. Del auto de visita del pueblo de Guatavita, de que era cura el padre Cristóbal de Fuentes, resulta que casi todos los indina eran ladinos; y en uno de los descargos dice el padre: "Item se me ha de dar por libre del sexto cargo, porque como no ha estado en costumbre en los pueblos el darles el Santisimo Sacramento de la Eucaristía, no lo he dado; y persuadiendo a 12 ladinos a que recibiesen el Santísimo Sacramento, y que se apartasen de borracheras y otras cosas supersticiosas, me respondieron, que si se habían de emborrachar después, para qué lo habían de recibir....."
4 En este punto estaban bien olvidadas las disposiciones del presidente González, como se olvidaban también las sinodales del señor Barrios.
5 Estas últimas palabras son del licenciado Diego López de Lisboa, en el Epítome de la vida del señor Arias de Ugarte, escrito sobre las memorias autógrafas del prelado, y publioa4o en Lima en el año de 1638, página 3.
6 Cuando esto escribíamos en nada menos se pensaba que en reunir Concilio provincial. Hoy lo esta por mandato de Su Santidad, el ilustre gran Pontífice Pío IX. Su Instalación tuvo lugar el día 5 de julio del corriente año de 1869.
7 El arzobispo que la presidió; el obispo de Santa Marta ya nombrado: por el de Popayán un canónigo; los prebendados doctores don Alonso de Cárdenas, arcedeano don Gaspar Arias Maldonado, chantre y provisor del arzobispado don Bernabé Jiménez de Bohórques maestre-escuela; don José Alba de Villarreal, tesorero, con poderes del cabildo eclesiástico de Cartagena; los licenciados Juan de Bonilla y Pedro Ortiz Maldonado, canónigos; el cura Gonzalo de Tahuste, por el cabildo de Popayán. Por la religión dominicana, el padre maestro fray Alonso de Hinestrosa Bordas, prior, y el padre maestro fray Francisco de Tolosa. Por la franciscana, el M. R. P. Fr. Diego Palomino, guardián. Por la de agustinos, el M. R. P. fray Gaspar de Parra, prior; y por la Compañía de Jesús, el M. R. P. Baltasar Mas Berguez. El presidente don Juan de Borja; el fiscal de la real audiencia, licenciado Juan Ortiz de Cervantes, y dos regidores. ¿Era éste un simulacro de concilio?
8 Y se levantó grande llanto entre todos afligidos en gran manera por la palabra que habla dicho: que no verían más su cara. Hechos Apost. c. XX, v. 37 y 38.
9 Yo he peleado buena batalla, he acabado mi carrera, he guardado la fe. 2a. Tim. cap. IV. v. 7.
10 Todas estas noticias sobre la vida y muerte del Ilustrisimo señor don Fernando Arias de Ugarte, son tomadas de la vida de este prelado, escrita por el licenciado Diego López de Lisboa y León, su confesor y limosnero, segun los diarios que llevaba siempre dicho prelado. Cuando lleguemos al tiempo en que murió el docto y santo sacerdote don Francisco Margallo y Duquesne, veremos en sus exequias una coincidencia igual a la ocurrida en las del señor Arias de Ugarte: la de haber empezado repiques y cohetes al concluir el último responso, por ser las doce y vispera del Corpus.

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