FUNDACION DE BOGOTA
(Historia Elesiástica, Capitulo
V).
Después de la muerte dél zipa de Bogota resolvió Quesada fundar
úna villa que fuese capital de lo conquistado, para lo cual nombró
una comision que inspeccionando los campos eligiese el mejor lugar
para este objeto. Se eligió el sitio de Teusaquillo, donde tenían
una casa de recreo los de Bogotá tanto por la abundancia de aguas
excelentes que descienden de la serranía que al oriente termina la
explanada de Bogotá, como por la cercanía de la piedra y maderas
para edificar y por lo abrigado del sitio al pie de la
cordillera.
Señalóse día para trasladarse de Bosa a Teusaquillo y tomar
legal posesión del terreno, donde construyeron doce casas de paja
en reverenda de los doce apóstoles; pero antes de procederse a la
inauguración legal de la ciudad, advirtió a Quesada el padre Fray
Domingo de Las Casas, que era preciso erigir un templo al Señor
para celebrar aquella ceremonia con el Santo Sacrificio de la misa.
Convino en ello el general y puso mano a la obra edificando una
ermita cubierta de paja, que como el establo de Belén debiera
recibir bajo su humilde techo al Rey de los reyes, en el reino de
los zipas de Bogotá. En esta pobre ermita quiso recibir el Hijo de
la Virgen las adoraciones de los hijos de la Sabana de Bogotá, que
saliendo de las tinieblas de la idolatría debían entrar en el
gremio de la Iglesia para compensarle en el Nuevo Mundo las
pérdidas que en el antiguo le ocasionaba el protestantismo. Los
indios de Bogotá venían como aquellos felices pastores de Belén a
ofrecer al Señor sus dones, aplicando el trabajo de sus manos a la
fabrica del pequeño templo, que dentro de pocos días estuvo
concluído
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1
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Señalóse el día de la Transfiguración del Señor (6 de agosto
1538) para la celebración de aquel acto solemne y piadoso, y la
víspera de este día montando a caballo el general don Gonzalo
Jiménez de Quesada, con la espada desenvainada, paseó el lugar en
señal de posesión, que tomó en nombre del Emperador Carlos V, dando
a la nueva ciudad el nombre de SANTA FE DE BOGOTA, y a todo el país
descubierto lo llamó NUEVO REINO DE GRANADA. Al otro día
presidiendo el general y los dos sacerdotes la erección, se plantó
la CRUZ y celebró la misa el padre fray Domingo de Las Casas,
después del evangelio hizo una plática dando gracias al Señor por
el feliz éxito que habían tenido los trabajos de los conquistadores
enarbolando en el centro del Nuevo Reino el estandarte de la Cruz,
después de tantos trabajos.
No hizo por entonces Quesada nombramiento de regidores ni de
alcaldes, sino que señaló por teniente a su hermano Hernán Pérez y
por cura nombró al padre fray Domingo de Las Casas. Después hizo el
segundo repartimiento de los tesoros adquiridos, que ascendió a
20.000 castellanos de oro y algunas esmeraldas habidas después del
primer repartimiento. De esta partida cupo alguna a los dos
capellanes.
Antes de que los militares malbaratasen en el juego su haber,
los exhortó el padre Casas a que destinaran alguna parte para
fundar una memoria de misas por las almas de sus compañeros muertos
en la conquista. "No parece bien, les dijo, en hombres y caballeros
tales, mostrarse ingratos y olvidadizos de tantos compañeros dignos
de eterna fama, como los que han muerto entre los peligros del
hambre y de la guerra en las montañas del Río grande, sin ver
conseguido el premio de sus inmensos trabajos, teniéndolo ya
merecido por ellos; pues ninguno ignora que ellos fueron de los
primeros en allanar las dificultades de los caminos por entre
montes y ciénagas: son el despojo de la muerte, sin que por esto se
hagan incapaces ni indignos de entrar en la parte con todos, y para
no dar nota que baste a desdorar vuestros hechos, es justo que las
almas de aquellos héroes sean los herederos de los trabajos del
cuerpo, disponiendo que sean socorridas con sacrificios y buenas
obras, fundando a este fin una memoria perpetua de misas". Sobre
este discurso del padre Las Casas, dice el obispo Piedrahita:
"Aun en los m rebeldes ánimos hacebre cha la memoria de la
muerte y motiva compasiones la necesidad que se experimenta han de
tener de socorros ajenos los que faltos de vida no pueden valerse
de propias obras; y así no fue mucho que la propuesta hiciera
impresión en aquella gente, por ser toda de sana intención, y fray
Domingo muy respetado y grande autoridad y crédito para con
ella".
Fray Pedro Simón, que había dicho lo mismo antes que el señor
Piedrahita, añade: "que no hubo alguno que no acudiese a ofrecer,
según la generosidad de su ánimo; conque se juntó una porción de
tres mil pesos escasos, de todo oro, que de a veinte quilates
reducido montó a mil seiscientos ochenta pesos, como lo dice el
mismo general don Gonzalo Jiménez de Quesada en su testamento,
debajo del cual, murió, otorgado en la ciudad de Mariquita el año
de 1579".
La maledicencia había esparcido la voz de que habiendo sido
recomendado el padre Casas para llevar a España el dinero de la
fundación, se había quedado con él y dejado los h en Italia para
vivir libremente. Esta calumnia que, en cierto modo repitió el
obispo Piedrahita, fue desmentida por Quesada y aun por dicho
obispo en la misma parte donde habla de esto Quesada, que en sus
últimos días quiso juzgarse a sí mismo, para dar satisfacción de
sus yerros, declaró en su testamento que él solo era responsable
por la retención del dinero de la capellanía, el cual había
percibido del padre fray Domingo de Las Casas, y que lo había
tenido en su poder hasta su vuelta al Nuevo Reino, en que pagó la
capellanía, que era de una misa cantada y con sermón todos los
sábados de cuaresma. Así lo declaró en el testamento bajo el cual
murió, mandando que de lo mejor de su hacienda se fundase la
capellanía para salvar su conciencia y el crédito del padre
Casas.
No era extraño que en aquel tiempo fuera calumniado este
religioso, pues bien sabido es cuánto tenían que batallar y sufrir
con los conquistadores y encomenderos los religiosos que tenían a
su cargo la defensa de los indios y su instrucción religiosa.
Aquellos, atendiendo más al aumento de sus intereses que al bien
espiritual de esos infelices, los hacían trabajar como bestias, y
por ocuparlos en sus labores no les dejaban el suficiente tiempo
para instruírlos en la doctrina cristiana. Los misioneros,
celadores siempre contra los abusos de vender los indios como
esclavos y de tratarlos como a brutos, fueron de opinión y la
defendieron en las cátedras, púlpitos y consultas, que sólo el Rey
y no otro, los debía tener encomendados. Y como por aquel tiempo
vinieron las leyes llamadas de Indias, que contra los abusos
introducidos por los españoles solicitó el obispo de Chapa, fray
Bartolomé de Las Casas, primo hermano de fray Domingo, la venganza
halló su desahogo calumniando a éste
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2
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Poco después de la fundación de Santa Fe, tuyo noticia Quesada
del Dorado y del Río de Oro. Esta noticia dada por los indios de un
modo vago, quizá por alejar a los españoles de sus tierras, hizo
emprender al general la conquista de aquel nuevo vellocino, y
marchó a ella con 30 soldados. Mientras tanto, la tropa y capitanes
que habían quedado en Santa Fe, pasaban el tiempo divertidos en
cacerías de venados, y los dos capellanes e ocupaban en catequizar
y bautizar indios que iban y venían de diferentes pueblos. El
general Quesada volvió de su expedición sin haber adelantado más,
que pasar mil trabajos y gastar cuanto él y sus compañeros habían
llevado. Juan Rodríguez Fresle dice que su padre fue uno de éstos y
que perdió cuanto tenía.
A principios de 1539, llegaron a Santa Fe unos indios panches
con la noticia de que por el valle de Neiva venían españoles, pero
no vestidos de mantas como los que estaban en Santa Fe, sino de
ricos géneros guarnecidos de galones de oro y plata. Esto alarmó a
Quesada, que envió a su hermano Hernán Pérez con gente a reconocer
aquella expedición, proveyéndole de algunas dádivas para que
obsequiase al jefe de aquellas gentes a fin de ganarle la voluntad.
Marchó Hernán Pérez y en el valle a orillas del río Magdalena, se
avistaron unos y otros. Era el general don Sebastián de Belalcázar,
que desde el Perú venía enviado por Pizarro en demanda de la Casa
del Sol o del
|Dorado, y en cuyo tránsito había descubierto a
Quito, y fundado en 1536 la villa de Popayán, nombre del cacique de
aquella tierra, a la cual se le dio título de ciudad en 1558 como
cabeza de gobierno, y obispado erigido por el Papa Paulo III en
1647. Hallóse Belalcázar con el hermoso y fértil valle del Cauca,
Estados del cacique Calambaz, y mandó a Miguel López Muñoz que
fundase entre los indios gorrones la villa de Santiago de Cali, lo
que se verificó el 25 de julio de 1536, que obtuvo título de ciudad
en 1559. Fundada esta población se volvió Belalcázar a Popayán, y
dejando por teniente gobernador a Francisco García de Tobar,
continuó su marcha basta llegar a Timaná; en cuyo viaje había
gastado más de un año, pasando mil trabajos con el hambre y la
guerra que le hacían los indios, entre los cuales no encontró
templos ni adoratorios de ídolos, aunque sí mucho oro en el adorno
de sus personas. Fundó la villa de Timaná y puso por poblador y
cabeza de ella a Pedro de Añasco, que se estableció allí con tal
carácter en 8 de diciembre de 1538. Siguiendo su marcha Belalcázar
salió a Neiva, y habiéndose avistado con la gente de Hernán Pérez
de Quesada y reuniéndose unos a otros como de una misma nación, los
jefes se saludaron de paz. Hernán Pérez presentó a Belalcázar los
obsequios que le enviaba su hermano, a lo cual correspondió éste
con una vajilla de plata, no obstante traer sus pretensiones sobre
Bogotá, por considerar este país como perteneciente a la conquista
del Perú.
Hernán Pérez volvió a Santa Fe con las noticias de Belalcázar y
la de la muerte del adelantado don Pedro Fernandez de Lugo que los
peruanos o
|peruleros como los llamaron luego en Santa Fe le
habian dado.
A los dos días de regresado Hernán Pérez, enviado por el capitán
Lázaro Fonte, avisando a Quesada que por el oriente, atravesando
los páramos de Sumapaz, venía una expedición de infantería y
caballería, procedente de Venezuela. Este parte venía escrito con
almagre sobre la carnaza de una piel de venado. El contraste de
esta expedición con la del Perú era notable, porque tanto cuanto
los del sur traían de rico y lujoso, los del norte traían
de miserable y pobre. No traían vajillas porque no tenían qué comer
sino frutas silvestres y la caza que encontraban al paso. Venían
sin hilo de ropa cubiertos solo con pieles de venado, porque los
vestidos se les habían acabado en tan largo y penoso tránsito. Tres
años habían gastado en atravesar la cordillera por la parte más
escarpada. No se comprende cómo podían los conquistadores andar, ni
los caballos aguantar por terrenos que ni los cazadores atraviesan
hoy día en caballos descansados. Con el aviso de Lázaro Fonte,
Quesada mandó una partida a reconocer aquellos aventureros; era el
general alemán Nicolás Fedreman, de los conquistadores que por
Santa Marta habían entrado a Venezuela. Este conquistador fue el
que importó los primeros perros al Nuevo Reino. Los traía cebados
en la cacería de indios, que les tenían un miedo horrible, porque
no podían escapar de ellos cuando se les ponían al rastro
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3
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Lázaro Fonte se portó como un caballero y buen cristiano en esta
vez, pues no quiso aprovechar la ocasión para vengarse de Quesada,
con sólo no darle aviso de las gentes que venían a disputarle la
conquista. Quesada lo había sentenciado a muerte sin oír más que a
su pasión que le representaba al valiente capitán como rival
peligroso, por el ascendiente que tenía sobre todo el ejército,
debido a su propio mérito. Una intriga infame en que se le
atribuían planes de usurpación, promovida por el mismo general
Quesada, fue lo que sirvió para procesarle y sentenciarlo. Lázaro
Fonte apeló de la sentencia para ante el rey; pero se le negó la
apelación, y cuando iba a ser ejecutados ocurrió Gonzalo Suárez
Rendón con otros jefes suplicando al general se le concediese el
recurso a España. Quesada accedió con la condición de que fuese a
esperar la resolución de la corte al lugar que le señalase; pero
era con la mala intención de sacrificarlo de otro modo, lo cual se
echó de ver
cuando le señaló por destierro el pueblo de Pasca, con cuyos indios
no estaban de paz los españoles. Enviólo a dicho pueblo cargado de
prisiones con una escolta que llevaba orden de dejarlo allí con
grillos y regresar inmediatamente. Los indios de Pasca luégo que
descubrieron la gente española que marchaba hacia ellos dejaron el
pueblo solo y se retiraron al monte. La escolta llegó y en la mejor
casa que encontraron, calculando fuese la del jefe de la población,
dejaron al pretendido reo que esperara allí la muerte; pero una
india de Bogotá
que le servia, había ido en su seguimiento, la cual se puso en el
camino por donde habían de volver los indios, muy bien vestida y
con sus mejores preseas. Cuando volvían los indios con su cacique
al frente, la india alzó la voz, saludándolos: luégo les dirigió un
discurso contra los españoles, quejándose de sus rapiñas y de su
crueldad para con los in dios, decía, tanta que el general .
Quesada había querido matar a un español porque era el único que
los favorecía; pero que luégo había resuelto enviarlo aprisionado a
su pueblo para que recibiese la muerte de mano de los mismos
indios. Díjoles que ese español era de los más valientes, que todos
le temían y que como estaba agraviado con los suyos, ninguno mejor
que él les podía servir para hacerles la guerra, que era el mismo
que allí iban a encontrar aprisionado.
Llegaron los indios y encontraron a Lázaro Fonte con grillos,
como la india les acababa de decir, y el cacique persuadido de todo
aquello le quitó las prisiones y le dio el mando militar sobre
todos ellos, a quienes mandó que obedeciesen sus disposiciones. En
lo que menos pensó Lázaro Fonte fue en vengarse, y lo probó bien
con el servicio que hizo a Quesada dándole aviso de la proximidad
de las tropas de Federman.
Quesada le contestó inmediatamente levantándole el destierro, y
dándole instrucciones sobre lo que debía hacer. Lázaro Fonte
desempeñó fielmente su encargo y dio aviso oportuno al general para
que tomase sus providencias. Quesada salió para el pueblo de Bosa
con el guión real, acompañado de los dos capellanes, el padre fray
Domingo de Las Casas y el presbítero Juan de Legaspes al recibir a
Federman. Seguíalos el ejército en orden de batalla por si acaso se
ofreciese combate.
En este estado supo Quesada que Belalcázar por malas sugestiones
de sus oficiales había pasado el Magdalena, y que aceleraba su
marcha para reunirse con Fedreman y quitarle la conquista del
reino. Alarmó demasiado a Quesada y a sus gentes tal novedad,
porque veían en riesgo de perderse todo lo trabajado y ganado hasta
allí, y resolvieron sin esperarse a que Federman asomase a la
sabana, volverse a Santa Fe con el ejército español, a que
agregaron más de veinte mil indios con ánimo de salirle al
encuentro a Belalcázar y batirlo antes que pudiese reunirse con
Fedreman. Es notable la circunstancia de haberse venido a encontrar
en la Sabana de Bogotá tres conquistadores procedentes de tan
diversos puntos; pero aún es más particular la de haberse
encontrado cada uno de los tres generales con igual fuerza. Quesada
tenía 166 hombres y dos capellanes; uno religioso y otro clérigo.
Belalcázar tenía 162 hombres y dos capellanes, uno religioso y otro
clérigo; y Federman tenía 163 hombres y dos capellanes, uno
religioso y otro clérigo. La diferencia entre los capellanes
religiosos consistía en que el de Quesada era dominicano; el de
Belalcázar mercedario, y el de Federman agustino.
Viendo el padre Las Casas el mal estado de las cosas, propuso a
Quesada que él iría al campo de Féderman a tratar de asegurar el
derecho que ya tenía adquirido sobre la conquista del Nuevo Reino.
Quesada halló acertado el paso, y el padre marchó al pueblo de
Bosa, adonde ya se hallaba Federman, y ajustó con él a nombre del
general Quesada, darle cuatro mil pesos de oro; permitirle vender
los caballos, los perros y demás cosas que quisieran vender;
recibir en el ejército a los militares que quieren quedarse en el
reino y auxiliar en el viaje a los que prefieran regresar con él a
España. Bajo estas capitulaciones entró Federman con su gente en
Santa Fe en medio de aplausos y sin pretender otra cosa, se puso
bajo el estandarte del Nuevo Reino.
A la sazón Belalcázar ya estaba fuera del monte de La Mesa,
situado en la Sabana y viendo frustrados sus planes pidió se le
diese paso libre para continuar su marcha a la conquista del
|Dorado. Quesada negó el permiso, y con tal motivo hubo
varias contestaciones con que se empezaban a agriar los ánimos de
una y otra parte, pues porfiando Belalcázar en su demanda, dijo
Quesada al capitán Juan de Cabrera, enviado de aquél, que si se
empeñaba en pasar por fuerza, se lo impediría a lanzazos; a lo que
contestó el capitán, que bien podría ser; pero que tuviera
entendido que ni al general ni a su gente se le darían por la
espalda.
Sin duda las cosas habrían parado en mal si los dos religiosos
capellanes pasando de uno a otro campo, no se hubieran interesado
por la paz, conviniendo al fin en una transacción, que consistía en
que por parte de Quesada se le diesen a Belalcázar cuatro mil
castellanos de oro; que se le permitiese vender lo que traía;
admitir al servicio a la gente que quisiese quedarse en el reino, y
que todos los tres generales pasasen a España a dar cuenta de sus
conquistas al emperador. Belalcázar rehusó recibir los castellanos
de oro, manifestándose más desinteresado que el alemán; sobre lo
cual dice el padre Zamora que quizá consistiría en que éste tenía
más necesidades que aquél, porque era sabido que venían sus gentes
casi desnudas, mientras que los peruleros andaban vestidos de grana
con bordados de oro y un equipaje inmenso.
La paz quedó así concluída entre los tres conquistadores y
Belalcázar entró en Santa Fe en el mes de febrero de 1539, con
grande ostentación entre los aplausos de todas las gentes, porque
era hombre dotado de muy buenas prendas para captarse las simpatías
de todos cuantos le trataban; sus talentos militares y su buen
tacto político lo habían elevado desde la ínfima clase del pueblo
al rango de que gozaba
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4
. De la gente que trajo unos se quedaron y
otros se fueron con él
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5
. Estos últimos vendieron a como quisieron
las cosas que habían traído, entre ellas los puercos; que fueron
los primeros que se importaron y de los cuales dejaron cría en los
lugares que fundaron en el Sur.
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1
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Este mismo templo reedificado luégo
con ladrillo y teja, es el que hoy se halla en la Plazuela de San
Francisco con el nombre de El Humilladero. No tiene más que un
altar con el Calvario, cuyas imágenes de escultura se hicieron
mucho tiempo después. La imagen de Cristo crucificado se colocó el
día de la erección de la iglesia, pintada en lienzo, de tamaño
natural, traída por los conquistadores. Se trasladó después a la
Iglesia Catedral, junto con los ornamentos de telas ordinarias y
vasos sagrados que le sirvieron en la misma fundación, y de ellos
se usa en la misa que cada año se celebra el día 6 de agosto ante
la dicha Imagen de Cristo crucificado, que llaman el Señor de la
conquista. El pequeño templo de El Humilladero es el más antiguo y
el más célebre de Santa Fe de Bogotá, por haberse celebrado en él
la primera misa.
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2
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Sobre e cita el padre Zamora los
documentos comprobantes del hecho.
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3
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Piedrahita, Conquista del Nuevo
Reino, pág. 113, col. 1.
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4
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Cuando escribí el tomo I de esta
historia seguí en esta parte la versión del general Acosta
creyéndola más segura, por cuanto a que decía haber consultado los
documentos de los archivos de Madrid; pero posteriormente he
conseguido un documento judicial auténtico, que contiene la
relación de méritos y servicios de Belalcázar y su hijo don
Francisco, y las reales cédulas que n favor de ambos se expidieron
en la corte. De este documento resulta que Belalcázar era un noble
de Espatos, de los principales conquistadores; que gaste mucho en
la conquista del Perú, en donde hizo los más importantes servicios
y lo mismo en el sur del Nuevo Reino. Este documento está en
testimonio mandado dar en Popayán por el alcalde ordinario don
Francisco Gregorio de Angulo, y autorizado por el escribano real
Ramón de Murgueitio en 1785. En esta relación se hallan algunas
noticias que no concuerdan con las de nuestros cronistas.
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5
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En las Genealogías de don Juan
Flórez de Ocariz está la lista de las gentes que vinieron con los
dos generales y que se quedaron en el reino.
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