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LA BARBERIA

Pinté un cuadro de barbería, y voy a describirlo con todos sus pormenores, agregándoles algunos otros episodios para mejor inteligencia de las costumbres de nuestros rapistas, que a buen andar van desapareciendo con los resplandores de las barberías francesas y la moda de las barbas. Pero antes permítame el lector echar una mirada retrospectiva sobre los peluqueros de los tiempos aristocráticos de coleta y bucles, pues no será razón que se pierda la idea de sus costumbres.

Eran éstos unos hombres formalotes y bien creados por el roce que tenían con las barbas de los grandes, que con toda su aristocracia no se desdeñaban de conversar con ellos, y antes les buscaban el pico para que los entretuviesen mientras les hacían barba y los peinaban. Con pintar al maestro Lechuga, habremos dado el tipo de todos ellos.

Tenía tienda en la Calle del Chorro de la Enseñanza (aunque entonces no había chorro, sino enseñanza que ya no hay) bien limpia y esterada; con canapé y sillas de guadamacil; mesa con escritorio de carey para guardar los instrumentos del oficio; las paredes adornadas con grandes estampas del Hijo Pródigo; cuadro de la Virgen con marco dorado y espejo de luna verdosa, con marco de talla. Una cabeza de madera para amoldar pelucas y el telar para hacerlas, ocupaban lugar sobre otra mesa más pequeña; y en fin, el mollejón a un lado de la puerta la cual tenía sus dos obras de bastidores con celosías pintadas de verde.

Era el maestro Lechuga peluquero de los Virreyes con quienes departía familiarmente, sin que por eso dejara de ser muy patriota desde el 20 de julio y luégo acérrimo partidario del presidente Nariño, es decir, pateador, |anti-carraco y enemigo los socorreños.

El maestro Lechuga era hombre de edad, alto y amojamado, cotudo, de gorro almidonado y casaca de paño blanco; capa larga, calzón corto con charnelas, medias blancas de la tierra y zapatos con hebilla de cobre. Como todos los de su oficio, cuando iba u peinar a las casas, cargaba terciada como carriel bajo la capa, una grande bolsa de badana blanca en forma de morcón de manteca, donde iban los polvos de almidón y la borla de
espolvorear, que no era de pechuga de pato sino de pabilo. En los grandes bolsillos de la casaca iba la |chácara de badana colorada con varios senos que guardaban las navajas, tijeras, peines, lancetas, fierro de rizar y gatillo de sacar muelas; porque entonces los barberos eran sangradores sacamuelas y ventoseadores, cuando las ventosas eran sajadas y los ventoseadores no conocían sanguijuelas, cuya operación hacían con la navaja de barba. La jabonera hisopo y marrones de alambre iban en otro bolsillo.

El maestro Lechuga y el Patazas eran los más afamados para peinar mujeres; y cuidado que eso tenía obra. No se peinaba una dama para visitar a la Virreina o ir al baile en menos de tres o cuatro horas, y el peinado costaba una onza. Quien quiera formarse idea de estos peinados, lea en Quevedo el romance de los gatos que peleando en un tejado vinieron rodando a dar sobre el peinado de una dama que a ese tiempo pasaba por la calle y no los sintió, aunque siguieran la gresca encima.

Nunca olvidaré que a pocos días del 20 de julio, al maestro Lechuga debí la independencia de la coleta, que tiranizaba mi cabeza. Era el peluquero de la casa, y como desde aquella gloriosa fecha se proscribió el peinado español y se adoptó el de pelo corto introducido por Bonaparte en Francia, mi padre se hizo cortar la coleta y mandó ejecutar la misma sentencia sobre la mía. Era la coleta un moño largo de menos de una cuarta y tan grueso como una longaniza, el cual se hacía de un mechón largo de pelo que se dejaba en la nuca. Este se sobaba con alguna pomada, o con sebo, y luégo dándole dos o tres dobleces, se le iba envolviendo un cordón de pabilo muy apretado, y hecho esto, se envolvía como tango de tabaco con una cinta negra m encima.

Este diablo de colgajo fastidioso caía sobre la espalda, y a lo que uno volvía la cabeza para un lado u otro, le azotaba por el opuesto. La libertad de la coleta, que trajo consigo la del coleto, no se ha apuntado entre las conquistadas con la revolución del 20 de julio, y yo por mi parte quiero remediar la omisión, bendiciendo la tijera libertadora del maestro Lechuga, y ruego a Dios no permita que a los peluqueros franceses se les antoje resucitar la coleta, porque protesto no entrar por la moda aunque todos se vuelvan coletudos.

Después, en los tiempos de la Patria, los barberos y las barberías tomaron un carácter más democrático, aunque conservando siempre cierta originalidad tradicional.

Todos habrán conocido la barbería del maestro Juan, situada en una tienda de la calle de la puerta falsa, o falseada, de Santo Domingo, bajo el edificio de la antigua Universidad Tomística que tantos y tan buenos doctores dio a la Patria cuando estuvo para expirar en virtud de la nueva ley de estudios que creó la Universidad Central. A esa tienda solía yo ir a cortarme el pelo, porque, en a las barbas, nunca me las he dejado manosear de otro; yo mismo me las pelo; mas no por miedo de que me degüellen, porque esto se queda para los hombres grandes que se han dado a querer de todos y temen que los echen antes de tiempo para el cielo.

En uno de esos días en que fui a que el maestro Juan me cortara el pelo, lo hallé afeitando a un orejón cuyo caballo flaco y espeluzado estabaa la puerta, cabizbajo y medio dormido, cogido del cabestro que entraba a la tienda por debajo de los bastidores de la puerta, y servía de saltadera a los transeúntes que no se atrevían a pasar por las patas del mocho dormilón.

Yo entré y me senté en una silla de vaqueta, de tres, renegridas y lustrosas con el uso, que el maestro tenía para el oficio. El campesino a quien afeitaba era un hombre fornido y colorado, cerrado de negra barba y cejijunto, de edad como de unos cuarenta años; de ruana colorada guasqueña, sombrero con funda de hule, el que tenía en el suelo al pie de la silla y entre la copa el pañuelo de atarse la cabeza; zamarros de cuero colorado, alpargates y grandes espuelas. El hombre estaba como preso entre los brazos de la silla y las vueltas de un paño que tenía cobijado por encima de la ruana; con la cabeza ilesa y echada para atrás contra el espaldar de la silla. Volvió los ojos para saludarme con un monosílabo gangoso, a tiempo que el maestro le tenía cogidas las narices con los dos dedos y se las tiraba hacia arriba para raparle sobre el labio superior.

Acabada la raspadura, cogió el maestro las tijeras y empezó a cortarle los pelos de las narices como quien hace el oído a los caballos; lo cual iba ocasionando una avería, porque habiéndole hecho una cosquilla, dio un estornudo que por poco se le entran las tijeras hasta los aposentos del entendimiento. Despechó agua en la bacía de lata, y aplicándosela bajo de la barba, empezó a lavarle toda la cara con las manos, operación que hacía cerrar los ojos al orejón, aguantar el resuello y apretar los labios como si temiera tragar una gota de agua que se le entrara a la boca, cosa que nunca había entrado por aquel guargüero.

Acabado el lavatorio, le enjugó la cara con la punta del paño. Alcanzó el peine, le sentó las patillas y el pelo, que estaba ya cortado, le desenvolvió el paño y le puso en la mano el espejito que descolgó de la pared para que se viera. El hombre lo cogió, y sin levantarse de la silla se estuvo mirando atentamente un lado y otro de la cara, tentándose en algunas partes como para percibir por medio del tacto de aquellas manazas encallecidas con el trabajo de la barra y el rejo, si habrían quedado algunos pelillos sin razas. Paróse y entregando el espejo al maestro se pasó la mano por la cara y con aire chancero dijo: "ahora si estamos buenos mozos". Alzó luégo el pañuelo que estaba en la copa del sombrero, desató la lazada, y cogiéndolo en las dos manos se lo aplicó por la mitad de la frente y dándole vuelta a las puntas hacia atrás, apretó bien, echó nudo, alzó el sombrero y se lo puso, bajando el barboquejo. El maestro daba vueltas arrimando cosas y echaba el ojo a ver cuándo venía la paga, y entre tanto el orejón echándose la ruana al hombro metió la mano al bolsillo del chaleco, sacó un real y se lo dio al maestro, quien diciéndole: "gracias", reparó si sería falso y lo echó al cajón de la mesa entre una petaquita.

Mientras yo me quitaba la corbata y me acercaba a la silla en que me habían de pelar, el orejón recogía el rejo del cabestro y tomaba el |arriador que estaba engarzado en el palo de la silla. Luego, cogiéndose el ala del sombrero con tres dedos, se despidió de nosotros con una risueña cortesía y salió para la calle arrastrando las espuelas. El |mocho despertó, paró las orejas y dio un bufido a tiempo que el amo ataba el cabestro; hecho lo cual, requirió las cinchas, dio un golpe sobre el asiento de la silla, cogió la rienda y el mechon de la crin se santiguo puso pie en el estribo se horqueteo y volviendo riendas pico al pasito por toda la Calle de San Juan de Dios abajo.

Salimos del orejón; y el maestro se puso a recoger las mechas que habian quedado por el suelo: salió a la calle, las echó al caño, se sacudió una mano con otra, miró para arriba y para abajo, volvió a entrar y me dijo:

-Ahora, sí, señor, vamos a ver, que ya estamos desocupados.

Y tomando una silla que estaba arrimada a la pared, apartó la que había servido al otro marchante, diciéndome:

-No es bueno sentarse en asiento que otro ha calentado, porque no sabe uno qué humores pueden pegársele.

-La precaución es buena, le dije; pero yo no tengo recelo de las gentes del campo que son muy alentadas.

-Eso era de antes, me replicó; pero ahora no hay que fiarse, porque los malos humores se han regado por todas partes, y no hay guayabas sin gusanos.

Reíme y me senté. El maestro entró a una especie de alcoba que tenía formada de bastidores de lienzo, y de entre una caja de nogal sacó un paño de bogotana que desdobló, sacudió y me ató al pescuezo con unos hiladillos. Tomó los instrumentos y empezó a meter tijeretazos. Yo callaba, y él rompió el silencio en que estábamos y empezó a hablarme de cosas políticas, ciencia a que son muy aficionados los barberos; y debe de ser por lo que conversan con los funcionarios públicos que gustan de oírlos mientras están afeitándolos; y muchas veces les son útiles las buenas relaciones con estas gentes, principalmente en tiempo de elecciones. Yo le contestaba una que otra cosa, siempre en el sentido que le gustaba porque siguiera conversándome, mientras me divertía observando, ya su figura cuando se ponía por delante espernancado y hecho un arco, con sus calzones y chaqueta de listado y alpargates, no muy limpios; ya las demás cosas que se presentaban a mi vista y que para mí, que soy aficionado al género de costumbres, eran verdaderos objetos de observación.

Había entrado poco antes, y sentándose en una de las sillas, un viejo de estampa pobretona, pero de aire no vulgar, narigón, flaco y amoratado. La cabeza bien poblada de pelo cano y largo peinado para atrás: ruana azul, calzón de género blanco, alpargates y un sombrero de fieltro sin cinta, algo agujereado, como que había servido de aviso de corneta. Por la confianza con que se sentó y sacó del bolsillo un burujo de trapos, aguja e hilo para remendar la rodilla de los calzones que llevaba ratos inferí que era de los tertulios del maestro y así era la verdad porque luego se puso a conversar con él sobre cierta cuestión suscitada en la gallera, el domingo pasado, con motivo de una pelea de gallos empatada, en que cada uno pretendía haberla ganado, como la acción del 13 dejunio en Usaquén.

A esta conversación atendía un muchacho medio patojo que, parado junto al mollejón, asentaba una navaja. Detrás de una abra de la puerta había un poyo de hornilla para calentar el chocolate, lo cual estaba contando la olleta. molinillo y fuelles que allí había. Al pie del poyo estaba amarrado un gallo atusado que cantaba, aleteaba y
gorgoreaba que era un contento.

En las paredes, pintadas con friso de Corpus, había clavadas con tachuelas diversas estampas, de periódicos y de totilimundi con mas algunos retratos de generales En una testera estaba colgado el espejito con marco de lata un cepillo y dos vacias En las rinconeras y envigado del techo se desplegaban grandes telarañas que batían de cuando en cuando con el aire que entraba por la puerta.

Mientras que el maestro hacía su oficio yo reparaba todo esto y veía por entre la celosía de los bastidores la gente que pasaba por la calle. Concluída la operación, el maestro tomó un cepillo y me lo pasó por la cabeza soplándome el pelo que se había pegado por detrás de las orejas. Luégo me peinó con agua las caídas y el copete y me alcanzó el espejo con aire satisfecho. Yo me miré, le di su real y le dije:

-Muy bien, maestro.

Me puse mi corbatín, tomé el sombrero y me despedí.

Al cabo de un mes se abrió la primera peluquería francesa por M. L. en la Calle de los Plateros, y yo fui allí un domingo a cortarme el pelo, más por dar gusto a la gente femenina de casa, que se empeñó en ello, que por otra cosa; y figúrese el lector cómo me quedaría, después de acostumbrado a la barbería del maestro Juan, al hallarme en una famosa antesala, con sofás, taburetes extranjeros, mesas de caoba, cortinas, etc., y unos cuantos cachacos de gran tono y de bastante buen humor para reirse de yerme a mí en medio de todos ellos haciendo el papel de joven, a los cuarenta y tantos años. Sin duda que ellos creyeron que esas eran mis pretensiones, ignorando el motivo que me había impedido a ir allí.

Habían dado las doce del día y como eran tantos, y se les iba llamando por medio de un sirviente, según el orden en que habían ido entrando, calculé que tendría que estarme entre semejantes criaturas por lo menos hasta las dos de la tarde, y así sucedió. La retirada no me era honrosa, aunque hubiera podido hacerla; y as resolví aguardar con paciencia hasta que me llegara el turno de ser introducido a la sala del despacho, donde M. L. meneaba la tijera y cogía pesos a toda prisa, pues tal era la afluencia que causaba la novelería.

Al fin tuve la fortuna (porque por tal se tenía) de poner mi cabeza en manos de M. L. quien, entre perfumes y randas, me peló y peinó a las mil maravillas, haciéndome ciertos rizos con el fierro como entonces se usaba. Levantado del sillón de tafilete y quitados los paños, me puso frente a un grande espejo donde me vi los rizos, que me dieron risa, y dije para mí: "Ahora si que se divierten conmigo los cachacos al salir". Díle mi peso al monsieur y salí para la antesala como si fuera a atravesar por entre una candelada; pero por fortuna había muy pocos, entre los cuales se hallaba un conocido, que haciéndose el admirado, me dijo:

-¿Con que usted también por aquí?

Esto me proporcionó ocasión para decirles en qué había consistido el yerme allí, para que no creyeran que todavía estaba yo pensando en parecer bonito.

Salí, pues, de la barbería francesa, haciendo comparaciones con la barbería granadina, y me alegraba la idea de que el estímulo habría de hacer con este oficio como con los otros, que en vista del modo de trabajar de los extranjeros se han mejorado en términos de competir nuestros talleres con los mejores de aquéllos.
 

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