LA JUNTA VECINAL
I
Como en el
|Diario de Cundinamarca nos han dado noticias
sobre la junta del distrito, convocada por el alcalde Juan Buenafé,
y de todo lo que en ella pasó y se dijo, nosotros también
referiremos lo que después de ella se ofreció en casa de uno de los
vecinos principales del pueblo, llamado don Juan Marrajo, hombre
que no deja de tener su buena dosis de discernimiento que lee
papeles públicos que es católico de tuerca y de mucha
experiencia.
Es de saber que después de la arenga del alcalde Buenafé, y
cuando se disporsó la junta, en el mayor orden y contento, según el
diarista, no fue tan asi. Es que los liberales tienen que mentir
siempre y siempre pintan las cosas de la manera mas favorable a su
negocio La junta se disperso en orden, es verdad, nos ha dicho una
persona veraz que se hallaba en el pueblo con motivo de haber ido a
pagar la contribución de fincas raíces al tesorero don Ambrosio
Tragaldabas, socio de la compañía liberal que esta abriendonos el
camino mas util al comercio del país cual es el que va del Meta a
Cataluña pero eso de que todos quedaran satisfechos con el sermón
del alcalde, no es exacto.
He aquí las palabras del sujeto a que nos referimos; y para que
no se diga que inventamos cosas de nuestra cabeza, daremos su
nombre, que es Perico el de los Palotes, hombre bien conocido de
todos.
En efecto, fuéronse retirando las gentes por grupitos en
diversas direcciones, dice ese sujeto; unos conversando bajo,
mirando para el suelo; otros en alto, con la ruana al hombro
haciendo retóricas. Ya se comprender que éstos iban animados del
espíritu liberal del alcalde. Yo me entré a la casa del cura en
busca de un chalán a quien había dado un caballo para que me lo
entrara en paso. Allí estábamos unos cuantos vecinos que iban a
visitar al cura o a hablarle sobre algunos asuntos. Acababa de dar
gracias, cuando entró a la sala con su capote negro y su sombrero
de fieltro. Todos nos apeamos el sombrero, y algunos viejos vecinos
hasta el pañuelo de la cabeza, y saludándole a un tiempo, a todos
contestó con agrado diciendo: Entren y siéntense.
La mesa estaba puesta con medio mantel doblado, un cubierto y la
torta, y el cura tomaba el asiento cuando entró la india cocinera,
caminando menudito y aprisa con el plato de frito en una mano y el
de la jícara de chocolate en la otra. El cura, dirigiéndose a los
circunstantes, que percibían con agrado el olor de la longaniza,
les dijo: Aquí hay para todos. Yo me despedí del doctor, que ya
estaba engullendo con gana, y me contestó cortesmente con la
cabeza, porque la boca la tenía llena.
Saliendo de allí, tomé por la diagonal de la plaza. Los de la
junta estaban dispersos por todas partes: unos tocaban el tiple,
echaban coplas y bebían chicha; otros conversaban con sus
compadres; aquéllos cargaban sus maletas; el otro bajaba el
tapaojos al potro para jinetear delante de la novia, que le echaba
malos ojos; otros se iban, y yo llegaba a la esquina de una calle,
cuando me encontré con el organista y me dijo que don Juan Marrajo
me necesitaba. Dirigíme a la casa y lo hallé con varios vecinos en
su sala, unos sentados en taburetes de cuero con el sombrero entre
las rodillas y muy serios como los apóstoles de Las Nieves, otros
en un escaño, y los más almidonados en el canapé de zaraza. Apenas
me presenté, se paró don Juan para saludarme y lo mismo hicieron
todos.
-Estense ustedes quietos, les dije, y uno de ellos me cedió su
taburete, sentándose en una petaca. Don Juan me dijo:
-Siéntese, don Perico, que aquí lo estamos deseando.
-¿Y cómo les va a ustedes?, dije dirigiéndome a todos.
-Bien, contestaron unos; otros: ahí pasando, señor.
-Pues estábamos aquí tratando, dijo don Juan, sobre el cuento de
los alemanes, que decía Juan Buenafé, que vienen a traernos tanta
plata para bollos...
-Si fuera de buena fe, le interrumpí yo, se le podía hacer caso;
pero la buena fe la tiene en el nombre.
-Me lo parece, dijo entonces el viejo Marcos, que estaba sentado
junto a don Juan, con gorro blanco en la cabeza, y con la barba
cargada sobre las dos manos que apoyaba en la cabeza del
|arriador. Eso no es otra cosa que las ideas del hijo... ¡Qué
diablo de mozo tan malo, señor!
¿Creerá usted que ese muchacho ha pervertido enteramente a su
padre? Eso sacan con mandarlos a Bogotá a que estudien y sean
|dotores, y aunque sean pícaros. Yo lo he dicho aquí a
muchos, que m vale enseñarlos a trabajar en su campo y que sean
hombres de bien y religiosos, que no que se vuelvan impíos y
pícaros con esos sus estudios de
|Venta; y después de eso no
hacen sino botar la plata que con tantos sudores han ganado sus
padres. Y no es lo peor sino que después, de cuenta de ladinos,
vienen a los pueblos con esas herejías a envolver a los
|inorantes, empezando por sus mismas padres. Y esto es lo que
ha sucedido al alcalde, que el diablo del hijo lo ha pervertido.
Estos muchachos del campo que mandan a que se hagan ilustrados a
Bogotá, después que hacen gastar la plata a los padres para que no
aprendan nada y vengan luégo con sus parolas a echarla de
ilustrados, son la peste de los pueblos, y ni ellos se casan ni
nada, pensando en andar de currutacos metiendo inquietudes en las
familias, haciendo burla de los que rezan, y yo no sé qué más; y
después por dácame estas pajas, van sacando el
|regolber...
-Eso es fatal, le dije yo, pero lo de ahora va a ser peor,
porque el mismo gobierno va a corromper a los hombres y a las
mujeres desde la niñez en las escuelas por medio del nuevo plan de
enseñanza, con directores protestantes, y a esto tienden las
peroratas del alcalde en elogio de los alemanes.
-Yo lo que no entendí bien, dijo un pobretón de ruana negra que
estaba sentado en una petaca, fue eso que dijo el alcalde de los
animales que han de venir en la desmigración a darnos tanta plata
por las tierras, a enseñarnos a carpintear, a hacer llover las
nubes y tántas cosas que nosotros no sabemos. Yo no creía que entre
los extranjeros hubiera animales tan sabidos.
Don Juan se echó a reir y le dijo:
-No son animales sino alemanes, hombres como todos; y sobre esto
era que yo quería oír hablar a don Perico, porque yo también creo
que e del discurso del alcalde es para hacerles la cama a los
maestros protestantes que nos quieren meter en las escuelas.
-Cabalmente tengo aquí en el bolsillo el
|Diario de
Cundinamarca, dije yo; vean ustedes lo que dice el cónsul del
gobierno que está en Alemania: doce prusianos están prontos para
venir a las escuelas.
-Y esos prusianos ¿son también alemanes? dijo el de la
petaca.
-Sí, señor; la misma cosa; y nada habría que temer si esos
maestros tuvieran nuestra misma religión.
-¿Luégo son judíos?, replicó el mismo.
-Para el caso, dijo don Juan, lo mismo que si fueran judíos,
porque no oyen misa, ni se confiesan, ni creen en el Santísimo, ni
obedecen al Papa, ni se encomiendan a nuestra Señora, porqueson
protestantes.
-¿Y esos protestantes son los que quieren poner de
|mestros en las escuelas de los pueblos?
-Los mismos; y sepan que ha dicho bien usted, ñor Juan Bueno,
que son protestantes, porque bajo pretexto de educación a lo que
vienen es a enseñar las herejías a los muchachos; y si no, ahora lo
verán; y diciendo y haciendo se levantó del asiento, alzó la
cortina colorada de la puerta de la alcoba y entrando sacó de entre
una caja el número 15 de
|La Caridad y dijo: oigan esto......
Leyó lo que dice sobre el plan de acabar con la religión católica y
sobre lo del ministro Wallace; y desdoblando otro papel, que
también había sacado y era
|La Unión Católica, leyó lo de la
renuncia de ese ministro, con mas el comento que le hace don José
M. Vergara, y acabando de leer, exclamaron todos:
-¿Ave María! ¡Jesús credo! ¡Dios nos ampare! Y uno agregó:
-Pues así, aunque los tales alemanes hicieran que parieran de a
dos las vacas y las yeguas, no debíamos estar por semejante cosa.
Con razón que don Buenafé se hiciera el desentendido y no
contestara nada cuando la vieja Casimira le dijo en la plaza que
eran herejes.
-Para que vean ustedes, dije, que el alcalde no es de buena fe,
y que lo que quieren es engañar a los pueblos ofreciéndoles
primores, para volver protestantes a sus hijos; y si no. que me
diga el alcalde por qué no ha hablado una sola palabra de la
enseñanza de la doctrina cristiana. ¿Por qué han de ser
protestantes los extranjeros que tánto bien dicen que nos vienen a
traer, y nó católicos? ¿No hay en Alemania también católicos?
Un mozo que no había hablado y que parecía dudar de lo que
decíamos, dijo:
-Pero yo le oí decir al alcalde cuando hablaba de los bollos de
mamá Pascasia, que en viniendo los alemanes vendería más de doce
reales de bollos y que tendría más para hacer mejor la fiesta de
San Isidro. Conque entonces no hay riesgo de que se pierda la
religión, habiendo fiestas de santos.
-Usted está todavía muy niño, le dijo don Juan, y no conoce a
esa gentecita; eso es lo que nos dicen para no espantarnos,
mientras nos aseguran esos van como cuando uno enlaza un potro y
quiere echarle el bozal, que se le va pasito sobando el rejo; luégo
le soba las narices, sube a la frente, pasa al cuello y doblando el
rejo le mete el bozal por las quijadas, y entonces sí que bufe y
manotee. Así es como van éstos con sus engañifas, y ésos son los
bollos que nos están haciendo.
-Pero don Críspulo, don Anastasio y don Froilán quedaron
corrientes con lo que les dijo el alcalde sobre el valor que iban a
tomar todas las cosas cuando estuviéramos llenos de
extranjeros.
-Sí, señor, le contesté yo; lo de esos sujetos que usted ha
nombrado no quiere decir otra cosa sino que son unos majaderos o
que están ya vendidos al diablo; porque hay gentes que ya venden
por dinero su alma al diablo.
Aquí tomó la palabra don Juan Marrajo y dijo:
-No perdamos tiempo. Aquí nos hemos juntado para ver qué hacemos
en el caso en que estamos. Esto es todo obra de los masones, y lo
que se quiere es acabar con la religión. ¿No ven ustedes qué
desvergüenza? Hablarnos tánto de enseñanzas para cosas del mundo y
no hablarnos una palabra de religión, y al mismo tiempo traer
maestros herejes. ¿Que tal?
Se determino que aguardaramos a ver lo que decia el alcalde en
el domingo siguiente para citar al cura y a otros vecinos a fin de
convenir en lo que debería hacerse, supuesto que el gobierno estaba
procediendo inconstitucionalmente. Con esto nos despedimos; don
Juan nos encargó mucho que concurriéramos a su casa el domingo, y
todos quedamos en ello.
II
Llegó el domingo y el alcalde Juan Buenafé debía celebrar la
segunda junta conforme a lo ofrecido en la primera. Perico el de
los Palotes, allá en su estancia, después de ordeñar y hacer echar
el hato al potrero, montó a caballo y vino a galope para el pueblo
porque ya habían dado el segundo repique a misa. Entra en el lugar:
los vecinos y vecinas bien mudados y estirados se dirigen, unos en
pos de otros, para la iglesia. Perico llega a la posada donde
siempre se desmonta: arrima al portón; pica el caballo, y empujando
la puerta con la punta del arriador, entra agachándose por debajo
de las viguetas del callejón llamado zaguán.
-Buenos días, doña Micaela, dice parando el caballo en la mitad
del patio.
-
|Nostái, ya se
|jué para la iglesia, responde la
india que sale de la cocina por entre el humo, refregándose los
ojos; pero desmóntese sumercé y éntre a la sala.
Perico entra a la ramada; se desmonta; amarra el caballo en un
estantillo; saca el cojinete; quita el rejo de la ación, porque no
se lo roben, y arrastrando las espuelas se dirige a la sala, donde
sacudiendo las piernas se zafa los zamarros que coloca con el
cojinete y el rejo en un rincón. De aquí sale y se dirige a la
iglesia: la gente corría porque ya daban el último repique. Entra
en el concurso cuando el cura con capa de coro hacía el
|asperges, a que contestaba el coro de cantores con su
organito, sin Barberos de Sevilla ni bambucos, como ahora se usa en
las iglesias ilustradas, para que recordemos nuestra mala vida
pasada y nos arrepintamos. No hay para qué advertir que hubo
plática y amonestaciones, porque siempre las haya gracias a la
enseñanza de la doctrina cristiana que aún se usa en las escuelas
de los pueblos para que haya todavía casamientos, no como en: las
capitales ilustradas, donde con el tiempo se han venido a persuadir
de que no hay infierno.
Se acabó la misa: sale la gente, y al último don Juan Marrajo,
atándose el pañuelo de la cabeza y con el sombrero cogido con los
dientes. Se saludaban en el altozano los amigos. Se juntan allí los
comensales de don Juan y van a dar una vuelta al mercado, mientras
el cura se desocupa. Reúne el alcalde la junta a la que concurren
aquéllos para ver qué más dice en favor de las escuelas
protestantes. Pero cuál sería su sorpresa cuando en lugar de esto
oyen pronunciarse al alcalde en sentido contrario.
En efecto, el alcalde manifestó que no era enemigo de la
instrucción pública, pero hizo presente todos los inconvenientes
que se presentaban para establecer las escuelas como ahora lo
disponía el gobierno. Con esto variaron enteramente de concepto, y
tan luego como se acabó la junta se fueron a tratar de la cosa
donde el cura, con quien ya había hablado don Juan indicándole que
el domingo se reunirían en su casa. El cura se paseaba en el
balcón, de sotana y con sombrero puesto, porque este doctor no es
de los que en el pueblo andan en casaqueta o con ruana, como si le
tuvieran asco al hábito de San Pedro. Apenas los vio dirigirse para
la puerta de su casa, salió a encontrarlos a la escalera. Allí se
saludaron quitándose los sombreros y el cura los hizo entrar a la
sala.
-Permítanme ustedes, les dijo, y se salió para mandar al criado
que cerrara la puerta. Vuelto a la sala, dirige la palabra a los
presentes y les dice: ¿Y cómo les ha ido a ustedes con los
hielos?
-Mal, señor doctor, contestó don Marcos, porque las mitacas se
han achicharrado como si les hubieran metido candela.
-En fin, dijo el cura, esos males vienen del cielo; pero los que
salen de la tierra son peores.
-Sí, señor, lo dirá por el
|muque y la
|chiza.
-No, señor, lo digo por las cosas de la religión.
-Muy cierto, dijo don Juan, mirando a los demás que apoyaban con
la cabeza.
-Sobre eso era que veníamos a tratar con el señor doctor, como
le dije el lunes, replicó don Juan; pero nos hemos quedado sin
saber que pensar de lo que ha dicho el alcalde, porque no era como
pensábamos, que el discurso del otro domingo fuera para salirnos
luego recomendando que mandáramos todos los muchachos a las
escuelas de los alemanes cuando vinieran: antes dijo lo mismo que
don Marcos.
-De modo, dijo el cura, que aquí podemos decir: no rebuznaron en
balde el uno y el otro alcalde.
-Ya lo ve, don Marcos, dijo Juan Bueno, cómo no ha de ser uno
temerario; y ya
|busté estaba echándole la culpa de todo al
hijo del alcalde, diciendo que el mozo lo había
|echao a
perder.
-Y todavía lo digo, replicó don Marcos, porque aunque sobre esto
de las escuelas no le haya dicho nada, sobre otras cosas sí sé ya
muy bien que tiene echado a pique al padre, con mil cosas que le
dice y que él no sabe contestarle: y si no, dígame qué querían
decir aquellas miraditas irónicas que don Mateo le echaba al
alcalde cuando hablaba sobre esos perillanes que los campesinos
mandan a estudiar para doctores y después vienen a ser la peste de
los pueblos. Eso no era por otra cosa sino por el hijo.
-Pues yo por mi parte, dijo Perico, vuelvo al alcalde su crédito
en cuanto a haber creído que hablaba de mala fe por meternos a los
protestantes en las escuelas; y así me parece que debemos tratar
las cosas con él para que no se lleve a efecto la medida de que
todos manden sus hijos a la escuela; y que no se quite la enseñanza
de la doctrina.
-Quién sabe sobre este punto cómo estará el alcalde, dijo el
cura, porque ya ustedes han visto que en todo su discurso no ha
hablado una palabra sobre la necesidad de educar a los hombres
cristianamente. Ya lo oyeron decir que, aunque el templo sea
necesario, el templo no da para comer, como si no fuera Dios el que
nos da el pan. Eso es no hacer cuentas con Dios para nada y creer
que todo depende de nosotros. El mismo Jesucristo, reprendiendo a
los que no se afanan más que por el pan, les ha dicho que no sólo
de pan vive el hombre; y después: "Buscad primero el reino de Dios
y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura".
-Para que vean si es lo que yo digo, dijo don Marcos, que el
alcalde está
|echao a perder por el dotorcito de su hijo.
-Tan cierto es eso, replicó el cura, que si no fuera ensayado
por el hijo, ¿de dónde iba el alcalde a sacar todo eso de cálculos
económicos y estadísticos de que ha estado hablando? ¿Es creíble
ésto en un orejón? (con perdón de ustedes).
-Y eso de que el pueblo carece de pan por falta de trabajo, son
cuentos, señor doctor, dijo don Juan; aquí a ningún pobre le faltan
papas y mazamorra para comer, y ni a los pobres que no pueden
trabajar les falta alimento, que dondequiera encuentran sobras,
hasta de los ranchos más miserables.
-Esa es otra prueba, dijo el cura, de lo que acabamos de decir,
porque eso de que el
|pueblo pide pan; el pueblo pide
trabajo, es como lo del doctor Panela en la noche del 20 de
julio que decía:
|El pueblo pide, y el pueblo nada pedía.
Esas son cosas de imitación y nada m6s; remedos de europeos. En
Europa sí se ve eso; allá sí se mueren los pobres de hambre; allá
sí piden pan o trabajo y no lo encuentran; allá es más la gente que
la tierra; aquí es más la tierra que la gente; allá con los
adelantos de la maquinaria y la aplicación del vapor se ha acabado
el trabajo para infinidad de brazos; aquí que no aplicamos el vapor
más que para hacer leyes y doctores y todo lo demás se hace a
brazo, sobra trabajo y faltan brazos. Aquí no hay tal hambre ni tal
necesidad, y hasta los vagabundos que no quieren trabajar y que
andan por ahí en las calles, encuentran qué comer y hasta para
beber, y andan como unas cubas llenas de aguardiente. Aquí lo que
necesitamos es de paz y orden, y dejémonos de cuentos. Pero esto no
se conseguirá fácilmente porque la universidad vomita cada año
centenares de doctores y políticos, que es la plaga, porque esos
son otros tantos aspirantes a gobernaciones y demás empleos que
tienen que disputarse unos a otros con revoluciones.
-Mucho se podría decir sobre esto, dijo Pe : Yo no sé cómo hay
tantos que se atrevan a escribir tales mentiras; ya se ve, será por
moda.¡Decir que el pueblo carece de trabajo para
|comer pan!
¿A quién por pobre que sea le falta en este pueblo y en los demás
el jornal diario? ¿No andamos muchas veces por ahi buscando peones
y no los encontramos. En el campo es sabido que ésto es lo que se
ve y no que los peones busquen trabajo y no lo encuentren. Basta ir
al monte o las malezas, que en ninguna parte faltan, y en
recogiendo un tercio de leña, que nada cuesta, el más miserable
tiene seguro un real o dos; y con un real se come bastante
mazamorra o ajiaco y se bebe chicha. En los alrededores de Bogotá
no más, hay una porción de haciendas cuyos dueños andan siempre
buscando gente para el trabajo. Yo he conocido a un sujeto que se
cansó de buscar en Funza unos tres o cuatro hombres que fueran a
unas malezas que tenía en Salgado, de muy buena tierra,
ofreciéndoles toda la que quisieran para hacer sus sementeras y
semillas, con más la madera el
|enchin y el carrizo para
hacer casa pero no fue posible que consiguiera trasplantar gente de
Funza a Salgado; decían que no se amañaban allá.
-Y en Bogota ,que es lo que vemos? dijo el cura;. faltan
trabajadores para las obras. Ahora días necesité de un albañil para
que viniera a componer el tejado de la iglesia, y trabajo me costó
conseguir uno pagándole las ganas, porque decía que allá ganaba más
cómodamente el dinero. Necesité de un pintor para que me limpiara
unos cuadros y me retocara el Cristo para la Semana Santa y después
de mil diligencias, y de excusarse varios, me di por bien servido
de conseguir uno que me pidió 20 pesos adelantados para comprar
colores y barnices. Vino aquí, lo estuve manteniendo; me ganó más
de doce reales diarios, dándole caballo para ir y venir; los
cuadros los descascaró en gran parte, y al Cristo después de
ponerlo como de zaraza a fuerza de sangre y cardenales, le dio un
barniz que parece fruta acara melada. Se me ofreció hacer un
capote, y después de decirme en algunas sastrerías que no me lo
podían hacer tan pronto porque estaban llenos de obras y no había
oficiales, fui donde uno que me entretuvo un mes entero, y toda su
disculpa era la falta de oficiales.
-Pero qué dice usted, señor doctor, dijo Perico; ¿no ha visto a
esos que se sientan en las gradas del
|altozano de la
Catedral con el lazo en la mono? Vaya usted a llamar uno para que
le cargue un tercio; lo primero que le pregunta sacando la mono por
entre el cuello de la ruana y rascándose el pescuezo, es que hasta
dónde es; y si usted le dice que hasta Santa Bárbara, le dirá que
es muy lejos, y si usted no le paga las ganas, le dice que no va.
¡Qué hambre la de nuestra tierra, y se derraman tiestos llenos de
comida en las calles para los perros que pasan!
-Todo está muy bueno, dijo don Juan Marrajo, pero ¿en qué
quedamos con esto del alcalde y las escuelas?
-Soy de parecer, dijo el cura, que el vecindario haga una
representación al congreso, haciéndole ver que el decreto orgánico
de las escuelas es inconstitucional; que a nadie se puede obligar a
mandar sus hijos a la escuela, y que siendo el vecindario todo
católico, no debe suprimirse la enseñanza de la doctrina cristiana
bajo el pretexto del artículo 15 de la constitución, cuando antes,
por el contrario, para cumplir con él el gobierno no puede en las
escuelas de católicos quitar la enseñanza de su religión, porque
éste es un acto de intolerancia.
-En algunos vecindarios, como en el de Ten' dijo don Marcos, no
han andado bobos, sino han exigido que los maestros enseñen la
doctrina cristiana, y los inspectores han tenido que aflojar,
porque saben que no pueden sostenerse.
Convinieron, pues, todos, en dirigir una representación al
congreso, y mientras tanto, en que mandara sus hijos a la escuela
si se quitaba la enseñanza de la doctrina cristiana. Con esto se
despidieron y cada uno tomó por su lado.
III
Han de saber nuestros lectores que no pasó en silencio lo de las
juntas en casa de don Juan Marrajo y del cura, que no se divulgase
por el pueblo. Regáronse chispas alarmantes, y algunas personas se
dirigieron al uno y al otro para saber lo que hubiese de cierto
sobre el negocio de escuelas.
Doña Melchora Garzón, viuda respetable, por .serlo de uno de los
más antiguos vecinos, y aún por ser dueña de algunas tierras y
tener, según se decía doblones enterrados fue una de las personas
más alarmadas y de las primeras en salir a averiguar las cosas a
casa de don Juan.
Eran las tres de la tarde y doña Melchora había dado todas sus
órdenes tonto a su hija como a la tendera y revolvedoras de chicha
sobre lo que ocurriese en su ausencia; y porque doña Melchora era
de aquellas vejanconas trabajadoras y de mucho gobierno en su casa,
una de las m grandes del lugar, aunque de estantillos torcidos y
paredes barrigonas, sin que por eso dejara de tener su sala medio a
la moderna, gracias a la muchacha que le quedaba por casar, como de
unos diez y ocho años, blanca, gorda y colorada, que aun cuando
entendía en el trabajo de la venta, sabía leer; y como había hecho
sus viajes a Bogotá y tenía algunas amigas en la capital, ya no le
faltaba algún gusto y afición por el lujito en casa, y así tenía,
la sala empapelada, y con estampas de guerras, que son las de moda,
sus dos canapés de zaraza, mesita redonda con carpeta de pañolón en
la mitad, y otra en la testera con su tocadorcito y muñecas de loza
común. Doña Melchora, que no entraba por modas, aunque en cuanto a
la muchacha tenía que cejar y darle gusto, tocante a su persona no
salía de lo de sus tiempos; y así, con su mantellina azul y antiguo
sombrero cubano se fue para donde don Juan, a quien encontró
sentado en una silla de brazos junto a la mesa tomando su chocolate
con mojicón.
-Buenas tardes, señor don Juan, dijo al entrar en la sala.
-Buenas se las dé Dios a
|usté, mi
|señá Melchora.
¿Y qué aires la han traído a estas horas por aquí? Venga siéntese.
No le digo que hay para todos, porque ya voy acabando.
-Doña Melchora se sentó en el canapé y don Juan asomándose a la
puerta gritó:
Ala, Chepa, llámate ahí a
|seña Casilda, que aquí esta la
|señá Melchora.
-
|Nostái, señor contestó una india; dijo que se iba allí
donde don Roque a ver si habían traído las cargas de miel.
-Pus
|trete una brasita de candela y se volvió para
adentro desenvolviendo la cinta de la tabaquera de cuero de nutria
y sacando dos tabacos presentó uno a la vista y otro tomó él en la
boca a tiempo que entraba el indiecito quitándose con una mano el
sombrero y con la otra presentando un tizón echando humo a don
Juan.
-Alcánzale allí a la señora.
La señora recibe el tizón, le sopla la ceniza, que se le entra
entre los ojos al indiecito, y enciende su tabaco a chupones, no
sin dar muestras de la falta de muelas.
Tomando don Juan su asiento, se dirigió a doña Melchora
preguntándole cómo le iba.
-Cómo me ha de ir, contestó, con tantas cosas que nos afligen.
¿No ve con lo que han salido ahora de que todos los muchachos,
hombres y mujeres, se han de apuntar para ir a las escuelas, desde
la edad de siete años para estar allí hasta los quince aprendiendo
hasta a nadar menos la doctrina cristiana? ¿Y los pobres que
necesiten de sus muchachos para el trabajo? Brava cosa, que cuando
no los persiguen quitándoselos para soldados, se los han de quitar
ahora para volvérselos ladinos y vagabundos.
-Y no es eso lo peor, dijo don Juan, sino las malas intenciones
de meterles maestros protestantes; y ya
|esque llegó uno, y
más detrás vienen ocho.
-¡No me lo diga, taitica!, exclamó doña Melchora poniéndose las
manos en la cabeza y abriendo tantos ojos. ¿Y que dice el señor
cura?
-Si quiere vamos para allá porque yo también deseo saber lo que
dice.
-Vamos, pues, señora dijo doña Melchora, parándose
inmediatamente.
Don Juan toma su sombrero y su arriador y sale para donde el
cura. En el camino se encuentra con don Marcos, quien saludando
atentamente a la madama y dándose las manos con don Juan le dice
éste que va donde el cura, indicándo le el objeto.
-Pues si eso es así, yo también los acompaño, y siguieron todos
tres.
El cura estaba rezando el oficio en el balcón, y luégo que los
vio dirigirse para su casa, mandó al criado que les dijera que
entrasen a la sala mientras acababa de rezar. Así lo verificó; y
entrando a la sala se sentaron. Don Juan reparó que encima de la
mesa había un periódico, y metiéndole el ojo, dijo:
-¡Aja! aquí tenemos ya
|La Escuela Normal, y volvió a
sentarse.
Don Marcos se había parado y miraba una estampa que estaba en la
pared.
-¿Que mira, don Marcos? le dijo don Juan.
-Estoy viendo aquí que si la burra pierde la paciencia todos los
muchachos van al suelo.
Era una pintura en que se veía una burra con unos cuantos
muchachos encima y otros abajo, que hurgaban a la burra y los
tiraban de las patas para tumbarlos y montar en ellos. Don Juan se
acercó a verlos y dijo:
-Ni más ni menos, la república de Colombia. ¡Pobre burra
mientras sea burra!
En estas entró el cura, y saludando a todos con agrado, se
dirigió a doña Melchora.
-Oh,
|señá Melchora; ¿y qué milagro es éste?
-Por aquí,
|señor dotor, a ver qué consuelo nos da con
esto de las escuelas.
Don Juan tomando la palabra, dijo:
-Pues tanto yo como la señora, y aquí el amigo don Marcos,
venimos a que el señor doctor nos diga lo que sepa de ese maestro
alemán que ya . llegó a Bogotá.
-Sí, señor, dijo el cura, ya llegó y están en: camino otros, que
si fueran alemanes católicos nos las sacábamos, porque los
católicos alemanes son muy buenos. Este que ha llegado es
protestante; no sabe casi el castellano, y dizque ha dicho que él
no viene a meterse a enseñar religión.
-Eso dirá él, dijo don Juan, y quizá lo dirá de veras, porque
como no es ministro no necesita de juntar rebaño; pero cuando la
gente ya no se espante con él, verá cómo empiezan los de los
fomentos a insistirlo para que les vaya metiendo poco a poco
lecciones de Biblia protestante a los muchachos.
-Y le aseguro, dijo el cura, que las lecciones de Biblia de los
maestros prusianos son fatales. Cabalmente aquí tengo
|La Escuela
Normal, periódico que publica la dirección general de
instrucción pública. Oigan ustedes lo de la enseñanza oral de las
escuelas primarias. Dice así:
"Instrucción religiosa y moral en pasajes escogidos de la
Biblia...
"A veces llama la clase a su rededor (el maestro) y le refiere
en términos que pueda comprender algunos de los pasajes más
sencillos de la Biblia, o lee ante ella, o hace que alguno de los
niños lea recio en la Biblia misma; luégo se sigue una conversación
amistosa y familiar entre él y la clase respecto al pasaje que se
ha leído: se proponen a los niños
|pequeñas dudas, y se
resuelven las que presenten".
-¿Que tales lecciones de religión, enseñando a los niños a dudar
de la palabra de Dios?, dijo aquí el cura dirigiéndose a sus
oyentes. Eso ni en chanza se puede proponer a los niños, a quienes
es preciso inspirar el más grande respeto por la palabra de Dios.
Proponer dudas es ya un principio de irrespeto; es depositar en los
tiernos corazones de los niños el germen de la incredulidad. Aquí
se dice que el maestro les explica echando mano de otros lugares de
la Biblia. Esto será bueno entre protestantes, que crean autorizado
a todo el mundo para explicar e interpretar la Biblia; pero no para
que la dirección general lo proponga entre católicos como una buena
muestra de enseñanza de religión. Pero, escuchen ahora lo que dice
sobre Jesús en el Templo:
"Jesús en su niñez era muy amigo de aprender".
El aprender es propio del que no sabe. Los niños se formarán
idea de Jesús por la de un niño común y no la de un niño que es
Dios Oigan otra cosa:
"Ponía atención a lo que oía y hacía preguntas".
-Miren qué gracia, interrumpió don Marcos, yo también le hago
preguntas al
|concertao de las ovejas, no porque yo no sepa
las que hay y en dónde están y cuántas han parido, sino para
echárselas si me trata de engarullar y que quede ad vertido de que
no me puede engañar; y por eso era que Nuestro Señor se hacía el
chiquito entre los
|dotores, haciéndoles preguntas, como si
no supiera mejor que ellos lo que preguntaba..
El cura se echó a reír y dijo:
-Don Marcos lo dijo todo; pero atiendan a esta blasfemia:
"Y a medida que crecía, su
|conducta le hacía más y más
querido de Dios y de los hombres".
- Dios no quiso a su Hijo siempre en el mismo grado! ¡La
conducta de Jesús era la que hacía aumentar el amor del Padre para
con el Hijo! De donde se deduce que Jesús mejoraba de conducta; y
si mejoraba, era porque antes era menos buena; y si mejoraba,
todavía podía ser mejor. Si esto no es acabar con la divinidad de
Jesucristo y hacer formar a los niños la idea de que era un puro
hombre y nada más, no sé yo qué sea.
Aquí se paró doña Melchora y dijo:
-Señor
|dotor, yo me voy porque no quiero oír más
herejías. Yo lo que quería preguntarle es si también traerán
maestras protestantes de la extranjería para las escuelas de niñas,
porque a mí primero me matan que dejar llevar a mis nietas a la
escuela de semejantes maestras. ¿Y qué tendrán que aprender las
mujeres que no lo puedan enseñar las señoras de aquí? ¿Y para lo
que ellas no pueden enseñar no hay maestros aquí también? Ya
querrán que vengan esas extranjeras por paga, que allá serán
cualquier cosa, a echamos aquí a perder las mujeres que hasta ahora
son tan buenas que hasta componen a los maridos resabiados.
-Aguárdese usted un momento, que ya se acaba esto, dijo el cura;
voy a decirles lo que hay en el texto de San Lucas que cita
|La
Escuela Normal, para que vean cómo abusan de la Biblia los
protestantes falsificando los textos; y voy a decirles cómo expone
la Iglesia ese texto.
El Evangelio dice: "Y Jesús crecía en sabiduría y en edad y en
gracia delante de Dios y de los hombres".
La iglesia enseña que el Evangelista lo que da a entender con
esta locución es que así como crecía Jesús en su humanidad, los
resplandores de la sabiduría y gracia que tenía en sí mismo se
hacían más sensibles, tanto por lo que mira al servicio de Dios su
Padre, como a la conducta que tenía con los hombres. Ustedes ven
que aun cuando esta explicación no tuviera autoridad de la iglesia,
tendría la de la razón, de que carece la de los protestantes de
|La Escuela Normal, quienes no podrán sostenerla sin negar la
divinidad de Jesucristo.
Voy a leerles aquí otro pedacito, y tenga paciencia doña
Melchora, porque es bueno que vean lo que la
|dirección
general nos esta publicando en su periódico, para que no digan
que somos temeranos al atribuír el empeño que han tomado por la
instrucción pública a la mala intención de protestantizar los
pueblos católicos.
"En otro modo de enseñar el maestro enuncia, por ejemplo, la
verdad general de que Dios protege y recompensa a los buenos y
castiga a los malos". Pone el ejemplo de Daniel y de sus
perseguidores. Pero ¿qué dirán los niños de semejante lección, si
en la misma Biblia hallan al justo y santo Job entregado a la
desgracia? ¿Qué dirán al leer en el Eclesiastés: "Vi debajo del
sol, en el lugar del juicio, la impiedad, y en el lugar de la
justicia, la iniquidad... "? Aquí interrumpió don Marcos:
-¡Puuu, señor cura! ¿Y entre nosotros no vemos tanto pícaro
pasándose la gorda y a tantos hombres buenos pasando trabajos y
miserias?
-El día de la siega llegará, dijo el cura, y entonces el trigo
irá al granero y la cizaña al horno. Esa verdad general, como la
enseñan los maestros protestantes, no les sirve para otra cosa que
para poner a los niños en confusión respecto a los textos de la
Biblia que creen hallar en contradicción. En el Apocalipsis dice el
Espíritu Santo: "Yo a los que amo reprendo y castigo". Y San Pablo
decía a los hebreos: "El Señor castiga al que ama y azota a todo al
que recibe por hijo".
Es que los trabajos en esta vida nos sirven para conseguir la
eterna. Esta doctrina es locura para los racionalistas; y los
protestantes no la admiten porque niegan el mérito de las obras
para la justificación. ¿Y sabes otra cosa que resulta de esa
enseñanza? Que los niños tendrán por santos a los malvados que vean
en más prosperidad, y por malos y aborrecidos por Dios a los pobres
y desgraciados.
Aquí se pararon para despedirse, diciendo que ya se hacía noche.
El cura le dijo a doña Melchora que no tuviera cuidado, que el
congreso no dejaría correr este decreto inconstitucional; y que lo
importante era llevar a efecto lo convenido acerca de dirigir
representaciones en ese sentido.
Con esto se despidieron del cura, y los dos sujetos acompañaron
a doña Melchora hasta su casa.