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COSTUMBRES DE ANTAÑO

Hubo un tiempo en nuestra tierra, que después se ha calificado de caliginoso y bárbaro, sin duda porque entonces no nos andábamos a balazos como ahora, ni nos estábamos en todo tiempo y lugar ocupados con las cuestiones de |principios, ni con cuestiones de |vida o |muerte. Entonces no se ocupaban las gentes de más principios que de los que se acompañaban con la sopa y el puchero; pero no de los pucheros que traen consigo los principios de ahora, que son m de lengua que de sesos. Las cuestiones de vida o muerte de aquellos tiempos, eran las cuestiones de buñuelos y empanadas; las cuestiones de comilonas en los campos de San Diego, Egipto y La Peña, o los paseos al Salto y a la Piedra-ancha. Estas eran las cuestiones de vida o muerte de nuestros abuelos. Y en verdad que lo eran, porque bien podía un atracón de aquellos mandarlo a uno para el otro mundo, con pasaporte de cólico y apoplejía, que eran las autoridades que entonces los expedían para la gente alegre.

Las épocas que se atravesaban eran la Nochebuena, la Semana Santa y el Corpus con sus octavas. En los intermedios había otras fiestas |chirriadas y fecundas en solaz y contento. Tales eran las de El Campo, las de La Peña, las de Egipto En todas ellas se encontraba el viajero (porque salir uno de su casa para ir a alguna de esas partes, era como hallarse en un país diferente) en medio de una población de toldos y tiendas de campaña; oh! qué movimiento! qué alborto! aquí las cachimonas; allí las blancas y coloradas; las loterías con su eterna cantinela; todos estos juguetes en sus mesitas rodeadas de artesanos, de peones, de soldados, de mujeres. Allí el gran toldo del pasadiez, con su gran mesa rodeada de gente. Las viejas trasnochadas, con la saya arremangada, la mantilla por el pescuezo y el sombrero redondo de ir a misa. Las mozas también revuelven con sus blancos y ensortijados dedos, los montones de pesos fuertes y de onzas que tienen junto. A la cabecera está el tirador con tantos ojos y tanta boca abierta tras la bola que va rodando. Aquel toldo no cabe de gente que se apunta, que conversa y que mira. Las cenas, los pavos, los ajiacos, las fritadas dan con sus vapores por las narices aquí y allí, y las cantinas con sus mesas cubiertas de bizcochos, bizcochuelos, turrones, arepas, barquillos, caspiroletas y arequipes en bandejas; frascos de alojas y horchatas, dan en los ojos por todas partes, provocando el apetito de los más desganados; el aguardiente era entonces vergonzante.

¿Y los muchachos? ¡Ah, los muchachos! Pues los muchachos se andaban en sus glorias, metiéndose por una parte y saliendo por otra, siempre con la boca llena, y la cara sucia con el sudor y la polvareda consiguiente al terreno teatro de las fiestas.

¿Y las niñas? ¡Ah! pues las niñas iban con sus madres, abuelas o tías viejas, que por lo regular eran aficionadas al jueguecito, única costumbre que las luces del día han hecho desaparecer, con toda mi aprobación, y quisiera que mi voto constara afirmativo, porque después de que dejé de ser lo que era, he conocido no ser muy conveniente que las niñas fueran tras de sus madres o tías, metiéndose en esa baraúnda de los toldos, cuando una escolta de los nuestros (sin borrachera) iba siempre detrás, como pajes de canónigos en viernes santo; y a las abuelas, desde que ponían el pie en la puerta del toldo y oían el ruido de la bola, les sucedía lo que a los cazadores cuando se levanta venado, que no reparan en nada, y se botan por un cerro abajo, aunque se los lleve la trampa, con todos los que vienen detrás. Así, esas venerables matronas perdían los estribos de su gravedad desde que entraban al toldo del pasadiez y se sentaban en su escaño sin quitar la vista de la bola y de los pesos, mientras las niñas estaban detrás aguantando empujones, apretones de la insolente chusma, sin m amparo que aquellos jóvenes que de puro comedidos íbamos de pajes, para favorecerlas y prestarles auxilio; y las venerables madres o tías no volvían atrás la cara si no era para pedirle plata prestada a alguno, o para mandar a casa por ella, cuando se les acababa la que habían llevado.

Por lo demás, aquello era una gloria ver subir y bajar la gente de la ermita por entre arcos de laurel, y las calles de toldos que hervían con el concurso, el bullicio de las voces, los repiques y las músicas.

Había aquí ciertos reposteros afamados por su pericia en el arte gastronómico, y por su buen servicio. Estos eran unos hombres formalotes a quienes los comerciantes no tenían inconveniente en fiarles cuanto pedían, ya fuese de rancho, ya fuese de cosas para el servicio de las mesas. Los nombres de Ezpeleta, Juancho y Julián, valían por una escritura y eran los centros de los grandes círculos gastronómicos de las fiestas. A ellos les pedían las cenas, las meriendas, las comidas, los almuerzos, un día unas familias, otro día otras, y sus grandes toldos de campaña, que más parecían casas que toldos, se hallaban a todas horas llenos de la gente más granada de Bogota. Algunos hasta a dormir se quedaban, se entiende que hablo de los que no eran jugadores, porque de éstos, no hay para qué decirlo, se pasaban allá los tres días enteros, sin prórroga, porque esto de prórroga ha venido desde que hay congreso.

Por lo que hace al pueblo, también tenía sus Juanchos y Juanchas, y en más abundancia, que ponían grandes toldos de chicha, mute, bollos, ajiacos, etc. Allí se oían el alfandoque, la pandereta, los tiples y las coplas a voz en cuello. Solían alegrarse demasiado estas reuniones que paraban en pescozones y resguños; pero los alguaciles estaban listos, y en el momento se ponía todo en paz, porque temían a la justicia, y la justicia todo lo que hacía era meter a la cárcel, o al divorcio, a alguno o alguna por veinte y cuatro horas, a dormir la chicha, sin que se alegara detención arbitraria. Los artesanos no iban a las fiestas con botines de charol ni con sacos de paño, ni con bastoncito; iban con su buena ruana pastusa de a 25 pesos, con su sombrero de pelo y gran pañuelo almidonado en la cabeza, camisa con cuello tieso y labrado, chaquetón de pana con botones de cascabel; calzón corto de charnelas de plata y alpargatas nuevas, con ligas de seda y bonitas de hilo de oro, y en el bolsillo no les faltaban sus ocho pesos fuertes para cada día de fiesta, y esto sin riesgo de que les aserraran las piernas, ni los mandaran a conocer el ferrocarril de Panamá.

Iban éstos como unos patriarcas, con su mujer y sus hijos. El lujo de las mujeres del pueblo era, en esos tiempos, las enaguas de bayeta rosada con cintas celestes; mantilla de paño azul, y sombrero de castor negro de copa redonda y ala extendida; otras usaban cubanos con cintas de raso, mantillas y enaguas de paño azul. No había mujer de maestro artesano que no tuviera gruesas sortijas, zarcillos y gargantillas de oro o de plata, con relicario de Santa Bárbara, en óvalo, de algunos de estos metales; a lo que se agregaba el rosario con pasadores y cruz de oro, con más la |covalonga engastada en plata, para el mal de ojo.

Para ver si esta gente gastaba entonces más que ahora, es preciso saber que los pañuelos blancos valían a dos pesos, y los de rabo de gallo a veinte reales cada uno.

De lo que resulta que el lujo de las mujeres del pueblo entonces valía veinte tantos más de lo que vale el de ahora, no incluyendo ciertas notabilidades de la actualidad, que gastan como inujeres de ministros plenipotenciarios, o gastan en ellas, porque ellas no gastan sino la salud y el bolsillo.

En la Nochebuena los buñuelos eran el emblema de la época, y los hacendados de tierra caliente se hacían un deber el mandar el regalo del melado a sus amigos, regalo que no bajaba de un zurrón para cada casa, y a los conventos mandaban una a dos cargas a los procuradores para endulzar sus cuentas con los provinciales, los que eran sus inquilinos.

Las misas de aguinaldo, los pesebres, los bailecitos, los buñuelos y empanadas llenaban la época, que concluía con la misa del gallo el día de Pascua, y seguía el apéndice hasta el de Reyes, que era el gran día de las fiestas de Egipto. Pero los pesebres, sobre todo, era lo que más fijaba la atención. Casi no había casa donde no pusieran pesebre, y en esto había cierta competencia que los hacía notables cada año por alguna nueva idea, aunque no como la idea nueva de ahora. Había entre los maestros de oficios y principalmente entre los sastres, ciertos varones eruditos que lo entendían para poner pesebres y bosques; y nótese de paso que los sastres siempre han sido eruditos entre nosotros. Estos varones eran llamados por las señoras de las casas para que les pusieran el pesebre, y ellos, después de dejarse rogar un poco para hacer más recomendable su ciencia, iban a poner el pesebre. Se les hacía entrega de la pieza, del laurel, los monos, las conchas, caracoles, chochos y casitas de cartón para formar aquel nuevo mundo que debían presentar a las miradas de todos Ellos empezaban por poner el portal y después, siguiendo el hilo de la historia disponian lo demás por in orden cronológico, tan ajustado, que muchas veces junto a la casa de Herodes seguía una gruta con su ermitaño rezando el rosario ante el crucifijo; más allá se veía una venta de indios en chirriadera, y un capuchino bailando con los hábitos arremangados; después los Reyes Magos, y luégo un batallón de soldados vestidos a la francesa, y así otras mil cosas sin cometer mayor anacronismo.

La familia de la casa hacía la novena del Niño por la noche, y en muchas de ellas había convidados. Los cachacos de entonces eran más respetuosos; no dejaban de rezar en estos convites, aunque de cuando en cuando tiraran algún bodocazo. Después del rezo era la exhibición del pesebre. En esas noches estaban las calles llenas de gente que andaba viendo pesebres con muy buen humor, pues entonces no había política que indispusiera los ánimos. Tampoco había quejas ni desórdenes en la concurrencia a los pesebres: todo lo que podía suceder era que al salir se encontraran algunos camisones o mantillas cosidos contra alguna capa o casaca. Un riesgo había, y era el de que pudieran robarse algún objeto curioso, y para evitarlo, se ponía por lo regular una criada a un lado del pesebre para que estuviera mirando, aunque a veces no valía esta centinela, y se tomaban otras precauciones, tales como la de amarrar con alguna cuerda o alambre aquellos objetos que pudieron correr riesgo; práctica que dio lugar al caso que voy a referir.

En uno de esos pesebres había un sapo muy curioso, que se movía sobre una laguna de vidrio. Se enamoró perdidamente del animalejo una señora respetable, y determinó robárselo. En efecto, estudió bien el lance, y cuando le pareció que no la veían, le echó mano y se lo llevó al seno; pero, ¡oh desgracia! Tras del sapo vino una peña entera y cuatro casas, quedando por tierra multitud de gente que iba para Belén con canastos de huevos y gallinas. El embajador de los Reyes Magos, que iba adelante con la trompeta, bajó dando vueltas de carnero con caballo y todo; pero se tuvo tanto que no se zafó de la silla ni dejó de tocar la trompeta, aunque quedó sobre una iglesia cuyo campanario volvió pedazos. ¡Estupenda cosa es la caída de un embajador! Figúrese el lector, qué tal sería el estrépito al caer así las peñas, y al llevarse por delante los edificios aquel personaje, y todo esto producido por el tirón de un sapo de quien estaba enamorada una señora. No hay que admiramos de aquello que dice:

Robó París a Helena,

Y en llamas Troya padeció la pena.

¡Tan largas uñas tienen los enamorados! Pero la niña Helena se dejó robar y el sapo no, porque estaba amarrado de la peña con un alambre, y aunque al tirón la peña vino abajo, el sapo quedó ahí y la señora tan cortada que no pudo decir otra cosa sino que lo había cogido para verlo más de cerca.

En fin, aquel tiempo era todo de holgura. El día de Nochebuena se cruzaban por las calles las criadas y criados con las bandejas de buñuelos y empanadas. Después la misa el gallo ¡qué tiples! ¡qué bailecitos! Unos iban para la iglesia; otros para el baile o a cenar según se dijo en "La Noche. buena de don Rufo":

A lo divino y humano

Este tiempo alegre pasas;

Por la mañana cristiano

Los villancicos repasas;

Y por la noche mundano

De chirriador en las casas

Eres eterno arlequín

Con tu incansable violín.

¡Felices tiempos! ¡cuánto mejor era esto que estar embalando cartuchos y haciendo revoluciones!

¿Y la Semana Santa? ¡Oh! ¡Las procesiones! ¡Las lamentaciones! En esto de lamentaciones no estamos tan mal, son de todo el año y Dios quiera que no acaben con tinieblas, |miserere y rejo.

Las lamentaciones de los tiempos a que nos referimos, eran las del profeta Jeremías y no la de los habitantes de Bogotá, que en nada menos pensaban que en lamentarse.

Los monumentos, resplandecientes con mil luces, se visitaban el Jueves Santo de día y de noche, con respeto y compostura; porque todos y todas iban muy compuestos con vestidos nuevos, única compostura que ha quedado; en esto no ha habido variación ni decadencia, y lo mismo podemos hablar del pasado que del presente; sólo que ahora los vestidos de una semana no sirven para la otra, porque los franceses nos llevan al retortero con las modas.

¿Quién no sabe que todo bicho viviente sube un punto más de su ordinario el Jueves Santo? Desde el opulento capitalista hasta el altozanéro y el mendigo, en todos, el termómetro de la vestimenta sube algunos grados. El mendigo aparece ese día como altozanero; el altozanero, como oficial de taller; el oficial de taller, como maestro; el maestro, como comerciante; el empleado que no tiene más que su sueldo para comer, aparece como capitalista, y el capitalista se va a las bamba Unas. Las que cargan agua, se ponen como criadas; la frisa se vuelve bayeta; la bayeta camisón de zaraza. Las de mantilla de paño, se la echan de española; las de española, se echan de chal. Esto es por lo que hace a la compostura del exterior; que por lo que hace a la del interior, la barriga también sabe cuándo es Jueves Santo. Ese día se echa en todas partes un garbanzo más en la olla, y como en la Nochebuena, también andan por la calle las criadas con los platos de regalo. Los capellanes de monjas tenían roscón, frasco de vino y bizcochuelos ahora están enroscados.

Esta época, verdaderamente monumental, ponía en agitación a todas las familias. Pero no en agitación de estar prestando plata a usura para comprar trajes y después andar de la lengua, para pagar los intereses, vendiendo quizá los mismos trajes por la mitad menos, quedándose con la llaga del principal abierta. No, la agitación no era
de esta especie: era que se agitaban en medio del descanso, como el que bracea y se agita entre el río de Tunjuelo, bañándose a todo gusto; era que se agitaban buscando qué comprar para salir a lucir la persona en la Semana Santa...... ¡Qué plata la que hacían los cuatro comerciantes que tenían cintas, linones y rasos!

Por lo que hace a los afanes de los cachacos, que entonces se llamaban |pisaverdes, después |currutacos, voz compuesta de |curro y de |taco, que algo significaría; después, en tiempos más ilustrados, se llamaron |petrimetres lo que prueba que se asomaba entre nosotros el francés, aunque estropeado por los abuelos.....

Estos |currutacos, o como se quiera, tenían que verse en aquellas circunstancias con los tres o cuatro sastres que había en Santafé. El maestro Caballito era el más afamado para cortar casacas o casacos, que en esto del sexo las dejaba que no se les conocía, y algunas veces cambiando los géneros las dejaba en el neutro o en ambiguo, y los currutacos tenían que conformarse, por evitar alegaciones y retardos que los dejarían sin tener con qué salir a la calle el día de lucirse.

Llegados a la tienda estos recipiendarios, tenían que sufrir la operación de las medidas, que duraba más de un cuarto de hora, y habrían sido muy felices si hubiera habido entonces cloroformo. Consistía la operación en hincarles la uña del pulgar sobre las delicadas carnes, en cada punto de aquellos donde el maestro tenía que fijar la medida, que la usaba de tiras de papel en doble y añadidas a puntada de hilo. En esta medida iba el señor maestro haciendo piquetes y sacabocados con la tijera; y hay que admirar aquí aquella ciencia con que acertaban con las medidas de cada postulante, porque en una misma la tomaban a muchos, y después se iban sin dejar siquiera apuntado el nombre. Esta ciencia es una de tantas que se han perdido, y que se debiera ofrecer un premio para el que la hallara, a fin de evitar a los sastres del día el desastre de llevar libro para apuntar líneas, puntos y enredos del sistema decimal.

En el Corpus era otra cosa. Los sastres no tenían que hacer tantas casacas, porque muchos cachacos preferían vestirse de matachines o de danzantes, unos para ahorrar el gasto, y otros porque bajo el anónimo se hacían más expresivos.

Los alcaldes ordinarios, que no eran más que dos, lo hacían todo a su costa, desde los fuegos de las vísperas hasta los toros que se corrían por las calles después de la fiesta. Estos toros iban enlazados, y una multitud de currutacos adelante corriendo a caballo gritaban: toro! toro! A la bulla todas las ventanas se abrían, y las puertas de las tiendas se cerraban. Algunos sacaban su lance de pasada y se emboscaban en las puertas. Muchas veces tenía uno que hacerse toreador sin querer, porque de golpe desembocaban con el toro por una calle, sin puertas donde meterse, o había que correr media cuadra dejando la capa y el sombreros o había que resolverse a jugar lance. Algunas veces se encontraba uno con dos toros, uno por una esquina y otro por la otra, y no había más recurso que emboscarse en una puerta, cerrar los ojos y contener el resuello mientras el animal pasaba y le pegaba a uno el bufido.

Estos alcaldes, aunque ordinarios, solían ser más finos que los de ahora; y si llegaban a ejercer actos extraordinarios, era cuando en las rondas nocturnas encontraban a algunos unidos en matrimonio civil, y los mandaban a dormir, el uno a la cárcel y la otra al divorcio.

Unos quince o veinte días antes del Corpus iban los alcaldes a las casas de las señoras, a |echarles ángeles y ninfas. Así era que desde entonces entraban en movimiento las mujeres y empezaban a andar de casa en casa y a darse cuenta de lo que les habían echado.

-Que a mí me |echaron un ángel, decía una.

-Que a mí me |echaron a Holofernes, decía la otra; y esto sin rabiar ni maldecir al alcalde por el petardo, sino muy contentas y hasta agradecidas. A la que le tocaba el Sumo Sacerdote era gran cosa, porque se había de vestir con suma grandeza, no con cascabeles y oropel como las ninfas de estos últimos tiempos; lo que entonces se les ponía eran diamantes, oro, esmeraldas y perlas finas. ¡Qué contrastres de tiempos! Ahora no se saca Sumo Sacerdote sino sumo de sacerdotes. Seguíanse las diligencias a las tiendas del catalán, de Rafaelito Flórez, de Lombana y de Páramo por lentejuelas, gusanillos, argentería, etc. Luégo las consultas sobre los emblemas, atributos y vestidos de los personajes de a Biblia que habían de representar. La Biblia de Scio con láminas andaba de mano en mano. El padre Venancio, el padre Ruiz, el padre Venturita y otros padres graves eran consultados en esta y en la otra casa, y debían resolver sobre los puntos dudosos. El padre Venancio, por ejemplo, entraba por la tarde a eso de las cuatro y media, a la casa de donde había sido llamado. Se sentaba en su silla con mucha gravedad, con un meneo de cabeza natural que lo hacía más imponente. Se proponía el punto por la señora y empezaba la discusión. En esto entraba la criada de jubón y trenza, muy aseada, con el chocolate de canela en el pocillo de plata, acompañado de tostadas, bizcochuelos y bizcochitos de filigrana. El padre lo recibía con agrado y cortesía; y entre sopas y largos sorbos de la aromática poción, iba contestando y resolviendo, pro |tribunali, todos los puntos difíciles que la señora o señoras le proponían desde su estrado de cojines de tripe y tapetes quiteños. El coristica compañero despachaba mientras eso su jicarón en la antesala, echando en la manga algunos bizcochos y tajadas de queso.

Los galantes jóvenes volvían a las visitas del sastre, que todos los días lo engañaban con el vestido, que no venía a acabarse sino a la hora de salir la procesión. Otros iban a las casas de las viejas en busca de casacas bizcochueleras, de sombreros templadores, calzones bragueteros. ¿Y esto para qué? Ya lo hemos indicado arriba: para vestirse de |matachines, porque muchas veces más agrada a una niña un matachín que un grave diplomático, aunque en sustancia un diplomático no sea más que un matachín grave, que a veces pasa a ser agudo y hasta sobreagudo, por medio de ciertas transiciones que ellos se saben, |con verdad sabida y buena fe guardada, que es su estribillo.

Los pulperos, los artesanos, los mercachifles, todos andaban en esos días a caza de disfraz y máscara; unos para salir en parranda con zurriago desplegado, chuchos y pandereta; otros para las danzas, y otros no tenían que buscar nada de esto porque los alcaldes y el cabildo los habilitaba con lo necesario para que saliesen de mampuchos y gigantes, cuyas vestimentas y armazones les daban gratis. Así eran habilitados de hombres grandes los altozaneros y adoberos. Estos |gigantes eran forjados sobre unos armazones de chusque, forrados en lienzo pintado al temple. Por supuesto que es excusado advertir que el alma que los movía era el peón que iba dentro, mirando por un agujero que el gigante tenía en la barriga y cuya alta cabeza estaba henchida de lana, cosa bien significativa para ciertos hombres grandes cuya alma mira por la barriga en este mundo político.

Otras almas como las de los |gigantes salían haciendo andar la |tarasca, que era un animalón de figura atortugada y con rabo. Estas almas o pies del animalejo eran unos diez hombres que atropellaban y hacían correr a las mujeres y a los muchachos cuando se les iban encima con el armante. No se les veía más que los pies, pero ellos veían muy bien dónde pisaban. En donde veían los canastos de frutas de las revendedoras, allá iban a dar con la |Tarasca; las mujeres salían corriendo; ellos pasaban por encima, derramaban las manzanas y la |Tarasca se paraba allí como a descansar mientras sus pies daban tarascones a las frutas. Las revendedoras le tiraban pedradas que daban sobre el cuerpo del animal, sin tocar con las almas, y con esto desfogaban su cólera y quedaban satisfechas; imagen exacta de ciertos cuerpos soberanos, contra quienes tira el público quedando muy satisfecho, y mucho m satisfechos los que van debajo comiendo manzanas

Llegado el día del Corpus, todos madrugaban a colgar los balcones, las ventanas y las puertas. No había casa que a las ocho de la mañana no estuviera en movimiento; las mujeres peinándose y vistiéndose de gala; los hombres graves en manos del peluquero, que les hacía los bucles con polvos de almidón; luégo se ajustaban sus chalecos de raso, bordados de oro y argentería; se ceñían el espadín y se encasquetaban el templador para irse a la Catedral. Los jóvenes se componían igualmente, si no eran de los que andaban afana dos vistiéndose de matachines, porque en ese tiempo la profesión matachinesca no estaba degradada como ahora. Salía la tropa con su banda de música y con toda la plana mayor de punta en blanco. Se formaban los cuerpos en dos filas, por toda la carrera de la procesión, que estaba ya cuajada de gentes de todas clases, que iban y venían, mirando los altares, los bosques, los arcos y la infinidad de cuadros de toda especie con que se adornaban las paredes. Las filas de canastos de frutas. y las botillerías que estaban abiertas ofreciendo a la vista mesas llenas de dulces, bizcochuelos, arepas, frascos de aloja, horchatas y otras aguas; todo esto excitaba el apetito, principalmente en los muchachos. Aquel día, por supuesto, cada uno tenía su peseta, y era de ley en toda casa dar a las criadas su corpus, es decir, su real para dulces o frutas, así todos andaban, todos miraban y todos comían.

Son las nueve de la mañana, hora en que las comparsas de matachines y demás andaban recorriendo la carrera a son de tambores y violín. Las campanas de la Catedral llenan los aires con sus repiques. En los balcones, ventanas y puertas flamean las colchas de damasco, de filipichín y de zarazas chinescas. De trecho en trecho están los arcos triunfales forradas en colchas de damasco carmesí, y de alto abajo guarnecidos de plata labrada: platones, palanganas, platos, platillos, macerinas, mazos de cucharas y tenedores, jarros, todo ese metal tan escaso ahora. Estos arcos así argentados y con espejos y láminas brillaban con el sol de los hermosos días de junio, y hacían brillar también la riqueza de las gentes, sin que tuvieran que temer la teoría del comunismo humanitario, que entonces no había nacido.

Si los arcos eran ricos y vistosos, los altares eran más. Todos tenían frontales y candeleros de plata con mallas y macetas del mismo metal. Las flores, los damascos, los espejos, las láminas, todo formaba un conjunto tan vistoso como rico, y en el centro de cada altar, se representaba algún pasaje del antiguo testamento alusivo a la Eucaristía.

Aquí era el ver a toda la gente del pueblo con la boca abierta mirando para arriba, y preguntando por el significado de cada cosa. No lo hacían en balde, porque siempre se encontraban al lado de algunos cicerones, de esos sastres y peluqueros viejos, que empezaban a explicar el significado bíblico del pasaje representado. De estos viejos había muchos y eran los que llamaban las señoras para que les pusieran los pesebres de Nochebuena. Por supuesto que se sabían dar todo aquel Aire de doctores que les convenía, y tenían en las casas bue nos almuerzos y buen chocolate para la noche.

Los bosques en las boca-calles eran de la cuerda matachinesca. En uno se representa el escribano con gorro y anteojos escribiendo en su mesita, sobre la cual hay un montón de cutos, tintero y plumas, y un gallo desplumado con un letrero que dice litigante. Al pie de la mesa está amarrado del pescuezo un gato que maulla medio ah símbolo de los escribanos. Más allá, en la otra esquina, hay otro bosque en que se ve a un enfermo en su cama, y al médico junto que le toma el pulso a una mochila de plata, que está a la cabecera de la cama. Allí se ve la gente amontonada y riéndose, a pesar de las oleadas de los que van y vienen dándose apretones y pisotones.

De repente se oye bochinche que desemboca por una esquina. Suena el |tu-tu-tum de la tambora. ¡Los matachines, los matachines! gritan los muchachos. Todo se vuelve barahunda, unos corren por allá; otros por acá; los muchachos se caen y otros pasan por encima; las mujeres Se asilan, no en las legaciones sino bajo de las colchas que están colgadas en las puertas de las tiendas y portones. Risas, gestos, |jojorojó y ¡zas! con la vejiga; ahí te va el jeringazo con agua. Allá viene el calentano con el alfandoque y el rejo terciado, pegando alfandocazos. El barrigón viene con un gallinazo muerto que les pasa por la cara a las mujeres, que gritan y se encucuruchan la mantilla, volviéndose contra la puerta en que están embebidas. Los matachines saludan a los balcones y ventanas con muecas y retóricas, que no dejan de ser entendidas por algunas que se ríen y se ponen coloradas. El violín se oye. Ahí viene la danza de los currutacos. Las niñas se descuelgan casi de los balcones, alargan tanto pescuezo, porque aquí viene gente conocida. Los danzantes se paran frente al balcón, y ponen la contradanza para lucirse con las marachinas que están arriba hechas un gusto y coloradas como unos tomates. Maravillas, que es el violinista, toda, y los danzantes hacen maravillas; acaban y siguen más adelante, hasta dar toda la vuelta. El silencio sigue a tanta bulla. Se oye la música y el canto del Pangelingua el batir de las cajas; nubes de incienso se levantan por el aire; la procesión pasa con grande acompañamiento, y la tropa, de grande uniforme, viene detrás. Se acabó el Corpus.

Ahora me da gana de contar a mis lectores, lo que le pasó a Maravillas por meterse con colegiales.

Maravillas era violinista de profesión, de aquellos que no faltan en los bailecitos de candil, en las octavas de lospueblos, y sobre todo, en las danzas de matachines.

Pues se les antojó a los colegiales de San Bartolomé salir de matachines en una danza del Corpus. Pidieron licencia para ello al rector del colegio, que lo era el canónigo Andrade, a quien llamaban el buey, hombre respetable por sus campanillas, por su edad, y más que todo por unas cejas rucias, tamañas de largas, que tenía de alar sobre los ojos; su voz era grave y la acompañaba un cierto pujido que la hacía más grave.

Con toda esta gravedad dio, por fin, a fuerza de ruegos, licencia a los colegiales para salir de matachines. Eso sí, exigiéndoles toda formalidad, cosa en que ellos no se pararon, como los tramposos que no se paran en las condiciones que les exige quien les presta plata.

Le hablaron a Maravillas para que les tocara el violín. El aceptó de muy buena gana, porque era hombre alegre, y el día de Corpus salió con ellos vestido de matachín.

Anduvieron la carrera de la procesión, como era de costumbre, y con mucha formalidad. Pero luégo que la concluyeron, al regresar a la plaza empezaron a volverse el diablo, dando zurriagazos y vejigazos. En estas vino la procesión a entrar en la Catedral. Entró, y luégo empezaron a retornar para sus conventos las comunidades de religiosos, porque todas ellas salían a acompañar la procesión. A tiempo que iba a pasar el caño la de los capuchinos con su cruz alta, uno de los colegiales dio un voleo a la zurriaga de la vejiga, que fue a enredarse en la cruz que llevaba un lego con tantas barbas. El colegial jaló no sabiendo, entre tanta gente, quién le hacía fuerza a la cabuya, y el lego vino al caño con cruz y todo. La comunidad se para; los padres menean la cabeza; la gente dama venganza al cielo, y los alguaciles caen sobre los colegiales, y a nombre de la justicia los llevan a la cárcel. Estos declinan de jurisdicción, porque dicen que dependen del rector. Los colegiales son conducidos al colegio, menos Maravillas, que los había dejado desde antes del fracaso, que ignoraba, por haberse ido a tomar mistela a casa del alcalde. Los alguaciles hacen relación de la causa al doctor Andrade, y ponen a los colegiales a su lo que pudiera servirles en aquel trance. El doctor Andrade llamó a un forzudo mulato que tenía, y con él y los alguaciles resolvió hacer justicia, en la sala rectoral. Empezó a preguntar:

-¿Quien fue el que hizo caer al padre capuchino?

Cada uno iba diciendo con voz disfrazada:

-Yo no fui, señor rector.

-¿Fuiste vos?

-No, señor rector.

-Pues bien, bájense los calzones todos.

-¿Por qué, señor rector?

-Bájense los calzones.

Y haciendo señas al mulato, empezó a coger matachines, y los alguaciles a bajar calzones, y el doctor Andrade a dar rejo. Entre coces, estrujones y gritos. los compuso a todos. Luégo les dio licencia para salir a sus casas. Salieron, como puede considerarse, y dos de ellos se encontraron con Maravillas, que todavía andaba con máscara y violín haciendo gracias por la calle.

-¡Hombre, Maravillas! Se ha perdido usted de lo mejor, le dicen.

-¿De qué?

-Del refresco que nos ha dado el rector. Pe ro si va pronto todavía alcanza.

-Ahora mismo.

Diciendo y haciendo se fue Maravillas para donde el doctor Andrade.

Estaba el viejo entripado, y se había sentado en el canapé. Entra Maravillas; se le pone por delante; le hace la cortesía y dos piruetas pasándole el arco al violín, y dice:

- |Jorojojó, señor rector, yo falto.

El rector, creyendo que era alguno de los colegiales que iba a burlarse de él, no le contestó más; sino que sale a la puerta, llama al mulato, y le dice:

-Bájele los calzones.

-¿Por qué, señor rector?

-Bájele los calzones.

-Señor rector, si yo soy de los de la danza, .y vengo a que me dé mi refresco, como a los otros.

-¿Te vienes a burlar? Cógelo.

El mulato le echó mano, lo cargó, y se chupó sus azotes el maravilloso violinista, que en todos sus afanes no acertó a quitarse la máscara para que lo conociera el doctor Andrade, que lo tenía por colegial, y de cuenta de colegial salió con el rabo caliente, al cabo de la vejez, porque era hombre que pasaba de cincuenta años, aunque tenía el humor de un cachaco.

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