CAPITULO VIII
Motivos de sus guerras.
Levantó nuestro Padre Adán la mano para comer del árbol
prohibido, que fué lo mismo que levantarla contra Dios, y revelarse
contra su divina Magestad. De aquí nació el que sus pasiones, ántes
sujetas á la razon, se levantasen contra él; y que los brutos y
animales mas fieros, que le rendian vasallage, se le mostrasen
rebeldes: y para que despues conociese ser ya la guerra universal,
Caín su hijo mató al inocente Abél; y des de entónces acá, de
generacion en generacion, de Gente en Gente, así como han corrido
los siglos, ha ido corriendo por el suelo perpetuamente la sangre
de los mortales entre continuas guerras, hasta nuestros dias, en
todos los Reynos, Gentes y Naciones: tanto, que las que se llaman
paces perpetuamente inviolables, para afianzar inalterable mente la
tranquilidad y unión de las Potencias (por mas fuerza y perfeccion
que se añada á sus cláusulas,) solo son honrada pausa, para
descansar un rato; y como treguas, para prevenir los pertrechos
para nuevas guerras: como si se hubieran unido las Gentes, y
formado los Reynos, solo para combatirse y quitarse las vidas unos
á otros.
Baxo este concepto nadie extrañará, que suceda esto mismo entre
aquellas diminutas y bárbaras Naciones del grande Orinocó y sus
vertientes, cuyas mutuas y continuas guerras solo se finalizan al
tiempo que les va amaneciendo aquella paz evangélica, que el Cielo
intimó la noche de nuestra mayor dicha, á los humildes é ingénuos
Pastores de Belén: así realmente se ve que los Misioneros
evangelizan la paz, no solo eterna para las almas, sí tambien la
temporal; porque con el bautismo se unen entre sí las Naciones mas
enemigas. Es verdad, que cuestan estas paces muchos pasos á los
Misioneros, pero los dan con mucho gusto, porque por el Apóstol
|
(a)
saben, que son
preciosos los pies de los que evangelizan la paz.
Pero siendo, en este antiguo Mundo, el ordinario motivo dé las
guerras, el ampliar los Reynos, y dilatar los Dominios, no teniendo
tal ansia ni deseo aquellos Gentiles del Orinoco, por que les sobra
terreno, sin que haya Nacion de aquellas, que se halle estrechada
con términos y linderos, es digno de saberse el motivo de sus
sangrientas y continuas guerras. Luego tratarérnos de sus Gefes, de
las ceremonias con que los gradúan, del modo con que fabrican sus
armas, su destreza en manejarlas, de los venenos con que las
preparan, y el modo de fabricarlos &c.: todos puntos que
ofrecen un dilatado campo á la curiosidad.
El motivo y causa principal de las guerras mútuas de aquellos
Gentiles, es el interes de cautivar mugeres y párvulos, y el casi
ningun útil del saquéo y botin. El fin antiguo de cautivar, era
para tener con las cautivas mas autoridad, sé quito, y trabajadoras
en sus sementeras, y en la chusma criados para servirse de ellos.
Esto era así, ántes que los Holandeses formasen las tres Colonias
de
|Esquivo,
|Berbis,
|Corentin, y la opulenta
Ciudad de
|Surinama, que demarqué en el Plan en la costa de
Barlovento, que corre ácia el rio Marañón; pero despues que los
Holandeses se estableciéron en dicha costa, se varió el fin de la
guerra, y ya no es otro que el de la mercancía é interés, que de
ella resulta; porque los Holandeses, los Judíos de
|Surinama,
y otra multitud de gentes, que han pasado á vivir en dicha costa,
compran á los Caribes todos quantos prisioneros traen; y aun les
pagan adelantado, dando esto particular motivo á que se
multipliquen los mates. Suben las Armadas de los Caribes, y á las
Naciones amigas, que les sujetan á mas no poder, les compran todos
los cautivos que han podido haber con sus guerras no ménos bárbaras
que injustas; siendo el precio de cada cautivo dos hachas, dos
machetes, algunos cuchillos, algunos abalorios, u otra friolera
semejante. Pasan despues, con suma cautela, á las Naciones
enemigas, y todo su estudio consiste en asaltar de noche, sin ser
sentidos, y pegar fuego al mismo tiempo á la Poblacion en donde,
así por el susto del fuego, como por el ruido de las armas de
fuego, que ya usan los Caribes, el único remedio de los asaltados
consiste en la fuga; pero como los Caribes preocupan con emboscadas
todas las retiradas, el pillage es cierto, y la carnicería
lamentable, porque matan á todos los hombres que pueden manejar
armas, y á las viejas, que reputan por inútiles; reservando para la
feria todo el resto de mugeres y chusma, con la inhumanidad que se
dexa entender del mismo hecho.
Ni pára aquí su derrota: remiten toda la presa en una
|ó dos
piraguas armadas á sus tierras, y prosiguen su viage rio
arriba, sin hacer ya daño á Nacion alguna, aunque sea enemiga; y á
las amigas les dicen que ellos no tienen la culpa de haber quemado
y cautivado tal Pueblo; porque si los del Pueblo les hubieran
recibido bien, y y vendídoles bastimentos para su viage, no les
hubieran hecho daño; pero que habiendo tomas do las armas con tanta
descortesía, era fuerza castigarlos, para que vean las demás
Naciones cómo los han de recibir, y con qué cortesía los han de
tratar. Este es ardid, con que aseguran otro asalto para el año
siguiente, que siempre logran, ménos en la Nacion de los Caverres,
que como ya dixe, es numerosa, y tan belicosa, que siempre han
sacado de ella la peor parte los Caribes; porque sí bien siempre
estos procuran coger de repente alguna de sus Colonias, nunca lo
pueden conseguir, á causa del arte con que aquellos se juntan, y
les rechazan. Es el caso, que en las lomas altas de su territorio,
desde las quales se divisa gran trecho del Orinoco, tienen los
Caverres puestas centinelas en atalayas, que hacen á este fin; y en
ellas tienen unos tambores tan disformes, como adelante diré: la
primera atalaya que divisa, el armamento enemigo, toca su llamada
de guerra, que entienden todos: óyela el Pueblo mas cercano, toca
luego su tambor, y sale la gente de guerra: óyela el segundo
Pueblo, y hace lo mismo, y así los demás; de manera que en ocho ó
diez horas está toda la Nacion en arma: todos acuden al puesto del
primer toque, y á pecho descubierto esperan al enemigo; quien
escarmentado de muchas pérdidas, pasa adelante rio arriba, á
distancia que no alcanzen las flechas enemigas; sin que se atreva á
dormir jamás al lado del Poniente, que ocupa la Nacion Caverre, por
temor de los asaltos nocturnos.
Debo ahora advertir, que de aquí adelante, por lo que mira á lo
restante del rio Orinoco, hablo por relacion; porque solo el
Venerable Padre Joseph Cabarte siguió y apuntó este viage. Despues
le hizo Juan Gonzalez Navarro, vecino al presente de la Guayana,
hijo de D. Cárlos Gonzalez Navarro, Gobernador de la Isla
Margarita: y en el año de 1728, por órden del Gobernador de la
Trinidad de Barlovento, el Exénto de Guardias Marinas Don Agustín
de Arredondo, subió
|embijado, esto es, desnudo y pintado á
lo Caribe, con pocos compañeros del mismo trage, Orinoco arriba,
hastá que el Piloto perdió el tino; y al cabo de Catorce meses de
continuos riesgos de la vida, se volviéron, sin noticia alguna
cierta del célebre
|Dorado, que era el único fin de su viage.
El dicho Juan Navarro y sus compañeros hiciéron su diario y
derrotero, que he leido vanas veces; y aunque apuntáron en él
varias noticias, que necesitan de confirmacion, y omito; con todo,
aquí y en otras partes, me valdré de algunas de ellas, que tengo
por ciertas, así porque las he visto practicadas en otros nos y
Naciones, como porque examinando á Ignacio de Jesus, que hoy es
Soldado de nuestra Escolta, y acompañó al dicho Juan Navarro en el
citado viage, he visto tener probabilidad. Quede hecha aquí esta
salva para quando citáre á estos viageros, á fin de que se sepa la
probabilidad de lo que por sus noticias hubiere de referir.
Siguiendo pues estos su viage, llegáron á la boca del rio
Guaviare, llamado comunmente
|Guayavero, y turbado el Piloto,
(ó lo que yo tengo por cierto, temeroso de dar en otras Naciones
mas agrestes y crueles, que las que habian ya experimentado,) en
lugar de seguir al Orinoco contra sus corrientes, se entró por la
boca del rio Guaviare, en donde al cabo de muchos dias de
navegacion, encontráron una Armada de Caribes, que estaban haciendo
la feria entre aquellas Naciones, tan destituidas de herramienta, y
tan faltas de aquel amor natural á sus hijos, que á trueque de una
hacha, un machete, y quatro sartas de abalorios, dan un hijo ó una
hija á los Caribes, pudiendo mas para con ellos el logro de
aquellas alhajuelas, que el amor natural y lágrimas de mis hijos,
víctimas inocentes de su codicia. Pero nadie se asuste, ni se
escandalizo á vista de tal inhumanidad, como cosa inaudita entre
Gentes bárbaras; porque aunque las Naciones de las Islas y costas
de la India Oriental muestran mas capacidad, y tienen sus
Repúblicas, Reynos y leyes; con todo, así en el Reyno de
|Tunkin
|
(b)
,
como en los comarcanos, y en muchas Islas de aquel Archipiélago,
venden publicamente sus hijos, y con mas solemnidad sus hijas, unos
por necesidad y pobreza; y otros para aumentar su caudal. Pero
volvamos á ver en qué pára la feria de los Caribes del Orinoco.
Despues que han recogido todas quantas piezas pueden comprar en
aquellas remotísimas Naciones, que distan de la costa hasta
seiscientas leguas, dexan en poder de los Caciques la herramienta y
abalorios que les han sobrado, para que entre año vayan comprando,
hasta su vuelta, que es el año siguiente; y para evitar todo
engaño, quedan dos ó tres Indios Caribes en cada una de aquellas
Naciones guardando las mercancías, que ellos llaman
|rescates, y mejor llamáran cautiverios, pues con ellas
quitan la libertad á tantos inocentes. A su partida protestan á los
Caciques: ,,Que si á su retorno hallan haber recibido algun daño ó
vejacion los Caribes que quedan con ellos, les quemarán los
Pueblos, y se llevarán todas las mugeres é hijos: con que cuidan
mucho los Caciques á sus huespedes.
Concluidas sus cosas, ponen las proas rio abaxo, hasta llegar á
la costa, donde están la mayor parte de sus Pueblos; y en habiendo
descansado, pasan á las Colonias Holandesas, unos á pagar lo que
deben, y á recibir otra vez de fiado para el viage siguiente; y
otros á vender, bien que estos son pocos, porque los Holandeses y
Judíos les dan tanta multitud de
|rescates, que casi todos
los Caribes están gravemente adeudados, por mas esclavos que roben
y compren, no obstante de ser la ganancia en los que compran
exórbitante; porque la paga, valor ó rescate que da el Holandés al
Caribe por un esclavo, que llaman Itoto, es una caxa con llave, y
en ella diez hachas, diez machetes, diez cuchillos, diez mazos de
abalorios, una pieza de platilla para su
|Guayúco, un espejo
para pintarse la cara á su uso, y unas tixeras para redondear su
melena; y á mas una escopeta, pólvora y balas, un frasco de
aguardiente, y otras menudencias, como son agujas, alfileres,
anzuelos &c. Pero lo que el Caribe da por un esclavo,
quando lo compra en las Naciones distantes, es una hacha, un
machete y alguna vagatela mas; y en las cercanas un tanto mas.
¿Quién no ve la excesiva ganancia de los Caribes en la venta de los
esclavos que compran? Y quánto mayor será, contando los que roban,
que es la mayor parte? Con todo, como ya dixe, siempre viven
adeudados los mas de ellos; y tanto, que los mismos Holandeses y
Judíos de Surinama les obligan á salir á campaña, para ir cobrando
algo, y no perderlo todo.
Desde el año de 1731 hasta acá, los Hereges, ya Holandeses, ya
de otras Naciones, se
|envijan, esto es, se pintan al uso
Caribe, y se ponen
|Guayúcos, esto es unas tres varas de
platilla, prendidas de un cordon que se ciñen; y con ésta, que es
la mayor gala de los Magnates del Orinoco, por ir todos los demás
como sus madres los pariéron, se pasan los Caribes; y con estos
nuevos Soldados, que han dado en alistarse de poco acá para la
guerra, es increible quanto ha crecido el atrevimiento y
desvergüenza de los Caribes. Por esto en el año de 1733 me quexé
agria, aunque modestamente, al Gobernador de
|Esquivo, con
una larga carta, en que le conté los daños que padecian nuestras
Misiones; y que de no poner remedio su Señoría, daría cuenta á mi
Católico Monarca, para que su Magestad se querellase á las
Alti-Potencias de Holanda. Respondióme en lengua francesa, con
mucha cortesía, ofreciendo el remedio que no puso, y echando la
culpa á los Judíos de Surinama, quienes en medio de tener impuestas
graves penas si venden armas y municiones á la Nacion Cariba; con
todo lo executan con tal secreto, que rara vez les pueden probar el
delito que realmente cometen, así Holandeses, como Judíos,
recatándose quanto pueden los unos de los otros.
|
(a)
|
Paul. ad Rom. cap. 10. vers. 15.
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(b)
|
Salmon, tom. 2. de Tunkin, cap. 6. pagin. 377. y en otras
partes de su Historia.
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