CARTA DE NAVEGAR EN EL PELIGROSO MAR
DE INDIOS GENTILES.
No puse esta carta en la primera impresion, porque parte de las
máximas prácticas que contiene, están apuntadas en varias partes de
este Libro, segun las varias materias á que pertenecen; pero porque
juntas aquí con algunas reflexiones, que omití, darán mas luz al
Operario deseoso de acertar, doy este corto alivio á los nuevos
Misioneros de Indios, con el seguro, de que algunos Padres de las
Misiones del Orinoco, que trasladáron, al entrar en ellas esta
carta, viéron despues en la práctica, que son muy importantes sus
avisos.
§. I.
Del Misionero,
su vocacion y aparejo.
Para navegar en un golfo peligroso, lo primero y mas importante,
es mirar y registrar con cuidado la nave, poniéndola en estado
competente, para que pueda llegar á salvamento. Lo segundo, tomar
conocimiento de los mares que surca, y de los escollos en que puede
peligrar. Lo tercero, imponerse en la maniobra, para evitar los
peligros, sufrir los temporales, y no caer de ánimo en medio de las
mayores borrascas.
Perecen aquellas míseras Naciones, y se pierden eternamente sus
almas, por falta del pan de la Celestial Doctrina: no le buscan, ni
le agencian, porque su ceguedad é ignorancia no les dan lugar á que
conozcan su extrema necesidad; pero sus Angeles de Guarda claman
siempre al Señor, para que les envíe la luz del Cielo, por medio de
sus Ministros Evangélicos. Movido Dios de estas súplicas y de su
infinita piedad, excita vocaciones, y elige á los que su altísima
Providencia tiene destinados, usando su Magestad de medios tan
proporcionados y suaves, que mirándolos despues con atenta
reflexion, se maravillan, y al mismo tiempo se consuelan, viendo
como atemperó su Magestad en su vocacion, lo suave con lo fuerte.
Supuesta pues la vocacion del Señor.
Sale de su Patria el Misionero, y ha de ser, al modo, que
Abrahán salió de la suya, y Moysés de Egypto, no dexando en ella ni
la menor parte de su afecto:
|Nec ungula quidem.
Sale, y ha de ser como aquella muger fuerte, que salió como nave
cargada de pan del Cielo, para sustentar la familia de su cargo,
sin que le acobardase lo dilatado y arduo de la navegacion:
|De
longe portans
|panem suum. Suyo ha de ser el pan que
lleva, porque la Divina Doctrina, que va á enseñar, ha de ir
entrañada en su alma, para repartirla mas con la eficacia de las
obras, que con palabras, para la salvacion de aquellos pobres:
|Palmas suas extendit ad pauperem.
Sale en fin del puerto; pero si no se halla firme, fuerte y apta
para toda la navegacion, que es de por vida, hasta dar fondo en el
feliz puerto de la eternidad, mejor será que no salga, por que son
fuertes y freqüentes los riesgos. Dentro de sí misma carga la nave
muchos enemigos, que le pueden ocasionar fatal naufragio, si no va
bien armada para reprimirlos, tenerlos á raya, y sujetos á la
razon.
Y al contrario, una vez prevenida y reforza, da la nave contra
los vayvenes de su inconstancia, puesta toda su confianza en Dios,
no tiene que temer; porque aquel Señor á quien obedecen los mares y
los vientos, y cuyo imperio sujeta el poder furioso de las olas, le
dará esfuerzo pata hollar con intrepidéz las mayores tormentas.
La fé vivamente actuada, ha de ser aguja, que regule todos sus
movimientos, teniendo en todos ellos por norte único la mayor
gloria de Dios, y bien de las almas.
La áncora de su seguridad, sea la esperanza firme en aquel
Señor, por cuya sabia Providencia pasan revista todos los
acaecimientos, ántes que sucedan; quien, como Padre amoroso, todo
lo dirige para nuestro bien.
La caridad y amor purísimo de Dios y del próximo, ha de ser el
único interés, carga, y tesoro de esta nave y á buen seguro, que no
prevalecerán contra ella los mas soberbios montes de agua, ni los
mas recios contratiempos.
La quilla en que toda la nao estriva, debe ser una humildad
profunda, y ésta misma servirá de lastre, para atribuir siempre á
Dios lo que es suyo, que es todo lo bueno, y á nosotros, la nada,
las desdichas, espinas y abrojos, que trae de su propia cosecha
nuestro barro.
Pero aun despues de todo esto, no hará viage, ni adelantara un
paso, si no tiende las velas de la oracion fervorosa, para recibir
el viento fresco del Espíritu Santo, que dé ímpetu y vigor sagrado
á todas sus acciones y movimientos.
El Piloto y Contra-Maestre de esta nave, son la leccion
espiritual, y los exámenes de conciencia cotidianos, donde tambien
se hace la recluta de santos pensamientos, para fortalecerse y
defenderse de todos los enemigos.
El santo temor de Dios, corno centinela vigilante, le dará la
mas firme seguridad; tanta, que aun las mismas borrascas le
llevarán á salvamento; y mas no perdiendo de Vista la Estrella
Matutina, á quien miró siempre San Bernardo;
|Respice Stellam,
voca Mariam.
§. II.
Causas
principales de disturbios.
Las tormentas y contratiempos, son muy freqüentes en el golfo
inconstante de las Naciones Gentiles: qualquier vientecillo leve
levanta una fiera tormenta, que tira á sumergir la combatida nave
del Misionero: no obstante esto, de
|tres raices principales
se originan ordinariamente las borrascas mas peligrosas.
La
|primera y principal, es la misma nave inconstante,
frágil y capáz de perder sus fuerzas con el continuado choque de
las tribulaciones, y tambien con la inaccion y fatal calma, que
resulta de no mirar por sí, ni unirse y estrecharse cada dia mas
con Dios, como ya llevo insinuado; pero con tal, que este recurso
al Todo-Poderoso sea freqüente y constante, podrá navegar y
trabajar á todo seguro; y aun recibirá aquel valor y grandeza de
ánimo con que el Apóstol de las Gentes, no solo miraba con rostro
sereno y alegre las tribulaciones, sino que les salia al encuentro
á desafiarlas, y á presentarles la batalla:
|Quis nos separabit á
charitate,
|&c.
La
|seguida raiz de dichas perturbaciones de olas
encontradas, es el enemigo comun, que soberbio con la antigua
posesion de aquellas Gentes ciegas; y sentido, y aun temeroso de
ser arrojado de entre ellas, no dexa piedra por mover, para
mantener su Principado de tinieblas. San Pablo bien experimentado
en estas contiendas, pone mucho conato en prevenir los ánimos
contra ellas. No peleamos, dice, contra la carne y sangre, sino
contra el poder de las tinieblas, y el Príncipe de ellas, que pone
todo su desvelo y cuidado, en idear nuevos ardides y asechanzas,
para arruinar las Misiones.
Pero es de sumo consuelo, y da mucho brio, el considerar y
saber, que son muy limitadas las fuerzas de este capital Enemigo:
está atado á la cadena del poder Divino: como perro furioso, puede
ladrar, pero sin licencia del Altísimo, no, puede morder: como leon
sangriento, y lobo carnicero, dará una y muchas vueltas al nuevo
Rebaño de Christo, con ansia de tragarse las mas escogidas ovejas;
pero buen ánimo, que el sumo Pastor y dueño de ellas, las quiere
mucho, por el infinito precio que le costáron.
La
|tercera raiz de los mas fieros y ordinarios
contratiempos, son los mismos Gentiles, cuyo bien y salvacion
eterna se pretende con ansia; pero como ellos á los principios ni
entienden, ni perciben este lenguage, segun las especies crasas en
que está imbuida su bárbara tosquedad, no se fian; y casi casi
suponen algun malicioso engaño, y alguna idea oculta en el ingenuo
proceder del Misionero: y aquí es de saber, que hasta la Nacion mas
agreste, es primorosa en el arte, así de maliciar, como de engañar.
Importa pues, tener prontas aquellas dos máximas de nuestro
Celestial Maestro: la primera, proceder siempre con ellos con
reserva y cuidado
|cavete ab hominibus; la segunda, no
dexarse llevar de la ligereza de sus palabras y promesas:
|Jesus
autem non se credebat eis; porque á la verdad, los Indios
Gentiles, hasta que van entendiendo las maximas de la eternidad, no
se mueven, ni tiran á otro blanco, que al de su interes; y si ántes
de percibir lo que les importa salvarse, consiguen del Padre
herramientas, y lo que han menester, la mañana que ménos piensa,
amanece solo, sin esperanza de recoger aquella Grey silvestre.
Realmente obran y proceden como ciegos, y son disculpables,
porque no saben lo que se hacen; y así se deben sufrir y
sobrellevar, hasta que conozcan el bien que se les procura; y al
modo que el padre y la madre sufren las molestias é impertinentes
travesuras de sus hijos, por el amor que les tienen, han de sufrir
los Operarios las de los Gentiles, á fin de que sus almas se
salven.
Ya dixe en el Capítulo quinto de la primera Parte, como la
|ignorancia,
|ingratitud,
|inconstancia,
|pereza,
|miedo fantástico y brutalidad de costumbres
de los Indios Gentiles, forman un golfo inquieto, y de suyo muy
fácil de ser agitado de vientos contrarios, por poco que esfuerze
su soplo el Aquilón maligno, que tiene cuidado de no dormirse. Aquí
abundan los peligros, y á cada paso se encuentran los escollos:
aquí se requiere el mayor cuidado: aquí la agilidad y destreza en
la maniobra, para evitar unos escollos, sin tropezar en otros
peores; y realmente, para estos lances, la mas prolixa instruccion
será muy corta. No obstante reduciré á breves máximas los avisos
mas importantes.
§. III.
Máximas
prácticas.
Para mayor claridad, pongo por exemplar, lo mismo que sucede con
freqüencia; y es el caso, que despues de establecido un numeroso
Pueblo, recogidas sus familias á fuerza de trabajos y afanes, de
entre aquellos dilatados bosques, y fundado ya en el sitio que
ellos han escogido; repentinamente se alborotan, levantan el grito,
y tratan eficazmente de volverse á sus selvas y madrigueras, solo
porque un viejo taymado, ó una vieja funesta ha soñado aquella
noche algun desatino; v. gr. que el Padre los juntó allí para
engañarlos y llevárselos á otra parte; que ha llamado ya á sus
enemigos, para que cogiéndolos descuidados, los hagan esclavos; u
otro delirio semejante, que, ó el Demonio, ó la natural fantasía
les ha sugerido en sueños. Estos golpes son los que hieren en lo
mas vivo del Operario, por lo que ha de emplear en ellos toda su
prudencia.
Su
|primera máxima debe ser, hacerse cargo de que han de
suceder éstas y peores turbaciones, para las quales debe prevenirse
de antemano, negociando con Dios la perseverancia de aquellas
Gentes, procurando cada dia ganar mas y mas la voluntad de todos, y
en especial la del Cacique y de aquellos que sobresalen entre ellos
con algun séquito.
La
|segunda es, que llegado el caso, no se perturbe, sino
esté muy sobre sí, sin dar muestras de sobresalto; y sobre todo, no
dar la menor seña de enojo; porque de lo contrario en lugar de
apaciguar los ánimos inquietos, aumentará el alboroto. Aquí es
donde se ve y verifica lo literal de aquella divina sentencia:
|In pacientia vestra possidebitis animas vuestras; y de las
almas los próximos tambien seaseguran.
La
|tercera, es el recurso á Dios, con una firme
confianza, de que su Magestad, con aquel turbion, ha de dar mayor
firmeza y constancia á los pobres Indios, al modo que el viento
recio hace que se arrayguen mas las plantas. Válgase en estos
lances, y siempre, de la intercesion de los párvulos de aquellas
Naciones, que con el Santo Bautismo voláron al Cielo, que estos
pueden mucho para con Dios: y sabemos, que el Grande Apóstol San
Francisco Xavier se valia de ellos en sus mayores congojas.
La
|quarta, fortificado así el ánimo, y clamando
interiormente al Señor y á los Angeles de Guarda de aquellas
Gentes, pase á hacer sus diligencias con la mayor suavidad, y con
palabras de amor y compasion: porque ello es así, y es tan delicado
el genio de los Indios silvestres, á causa de su natural timidéz,
que no solo en estas ocasiones de alboroto, sino tambien en tiempo
pacífico, una palabra áspera, basta para que todo un Pueblo se
retire: de lo qual no faltan lastimosas experiencias. Baxo este
presupuesto.
Pase lo
|primero á indagar del Cacique y de su muger, la
causa de aquella novedad: ponga especial cuidado en convencer y
ganar la voluntad de la Cacica, que ésta con facilidad convencerá
luego á su marido; y ambos á dos, ella á las mugeres, y el Cacique
á los hombres, consiguen mas en una hora, que el Misionero en todo
el dia. Y lo segundo, tenga por entendido, que fuera de ser las
mugeres Indianas mas piadosas que sus maridos, son tambien mas
fáciles de convencer, por el especial y sumo trabajo, que les
acarrea semejante fuga, á causa de que á mas de la carga de llevar
y cuidar de sus hijos pequeños, les toca á ellas cargar el
bastimento, poco ó mucho, y los trastillos ordinarios, que son
olla, platos y Otras cosas; y así convencidas, á poca costa las
mugeres, éstas ponen en razon á sus maridos.
La
|quinta máxima, habida ya la noticia del motivo del
alboroto, y del motor, deshaga el engaño con la mayor claridad y
sosiego que pueda; y luego que vea ya enterado de la razon al
Cacique y á su muger, envidos á que instruyan al motor del ruido; y
entretanto pase á desengañar á las cabezuelas mas principales de la
Poblacion, siempre con sosiego, rostro alegre, y en la forma
dicha.
La
|sexta, si los Indios perturbados se juntan en la
plaza, ó en alguna casa particular, como sucede de ordinario,
entónces no conviene hablar con todos, ni en tono de sermon, porque
no conseguirá cosa de provecho; y la razon es, por que en tales
circunstancias se ha minorado en ellos el respeto, amor y
reverencia para con el Operario; y como tiran á ausentarse de él,
crian ánimo, y todos á un tiempo quieren responder á lo que les
dice y propone: con que, en lugar de minorarse, crece y va á mas la
confusion. Debe, pues, acercarse al Cacique, instar á que él y los
mas principales Indios se asienten; trate con el sosiego ya dicho
sobre la materia, y verá como los demás Indios callan, y oyen con
atencion lo que se trata con los principales, y lo que ellos
responden; con el seguro, de que apaciguados los primeros, se dan
por convencidos los restantes.
La
|séptima máxima, y de mucha importancia, es, que en
estos lances no haga hincapié en alegar razones fuertes, y de peso,
para convencer aquellas Gentes busque razones caseras, insista en
ellas, y, segun ellos usan, repítaselas muchas veces; v. gr. el
trabajo, que con su temeridad causarán á sus mugeres en tales
caminos: el peligro de muerte á que exponen á sus hijos pequeños,
que enfermaran, ya por los calores del Sol, ya por el rigor de las
lluvias: el riesgo y fatigas á que exponen á sus ancianos y
enfermos en tan arduo viage: que dexan sus sementeras, y el sudor
de su trabajo perdido, y que van á trabajar de nuevo, y á padecer
muchas hambres, hasta coger nuevos frutos &c. Estas razones
perciben, y les hacen fuerza; y tal vez una friolera les causa mas
armonía, que un argumento fuerte, porque su capacidad no alcanza
mas. Pongo solo el caso siguiente, para prueba de lo dicho.
En el año de 1719 soñó un viejo,
|Betoy de Nacion, que yo
me volvia á España aburrido de sus cosas: conmovióse luego todo el
Pueblo, juntáronse en la casa del Cacique, con sus canastos de
víveres, y sus muebles, para tomar el camino de sus bosques. Pasé
al Congreso, tomé asiento junto al Cacique, y quedáron todos en un
profundo silencio: callé tambien de industria un buen rato, y luego
me quexé, de que la señora Cacica no me traia de beber, faltando á
esta ceremonia y costumbre, entre ellos inviolable. Traxo la bebida
sin hablar palabra, y despues de brindar á la salud de todos,
pregunté al Cacique la causa de aquella junta, y de aquella
prevencion de bastimentos. A que respondió:
|Quaja ranumaycá;
|ujumauju ajabó janujoybi afocá: esto es:
|Nosotros nos
vamos á los bosques,
|porque tú te vas á tu tierra. Mucho
tiempo gasté de valde, alegando razones fuertes; y no hallando ya
por dónde, ni cómo convencerlos, clamé á San Francisco Xavier, que
me favoreciese en aquel aprieto: dexé los argumentos, y pregunté al
dicho Cacique familiarmente: ¿cómo había yo de pasar por un mar tan
grande para volver á España? En la embarcacion en que viniste,
dixo, te volverás. No puede ser, repliqué yo, porque ya os tengo
dicho, que aquella embarcacion llegó al Puerto maltratada, y que la
desbaratáron: (y en efecto fué así, porque aquel navío se abandonó
por viejo.) Entónces el Cacique, convencido con esta friolera, se
puso en pié, y con rostro alegre, dixo á sus Indios:
|Ea,
|bien estamos,
|váyanse á sus casas,
|y vivan
sosegados,
|porque el Padre no tiene Canóa para volverse á
España. Así lo hiciéron, y con una pregunta tan
desproporcionada como ésta, se desvaneció aquella borrasca, en que
se iban á perder muchas almas lastimosamente.
En fin, sucede á los principios, que quando el Misionero ménos
piensa, halla por la mañana el Pueblo solo, y que se han huido
todos los Indios, ó parte de ellos: golpe es éste de los mas
sensibles; en el qual, supuesto el recurso á Dios nuestro Señor, si
se han ausentado todos, debe tomar su ornamento de decir Misa, y
seguir la huella de los fugitivos, hasta alcanzarlos; y en
llegando, darles á entender, que él se va con ellos, porque son sus
hijos, y porque Dios así se lo manda: conviene quexarse
amorosamente de que no le hubiesen avisádo su determinacion, con la
qual se hubiera prevenido de anzuelos, arpones y otras cosas de que
ellos necesitan; y dicho esto, cuelgue su hamaca, y échese á
descansar, sin hablar, ni entrometerse en mas disputas, que ellos
entre sí levantan; porque los unos se arrepienten, y quieren volver
á su Pueblo; los otros porfian en que han de pasar adelante; y por
último, quando ya están fatigados y cansados de altercar,
levántese, y despues de ponerlos en paz, repita las mismas razones,
que oyó á los que quieren volver á su Pueblo, y otras que le
ocurran , segun dixe arriba, y no dude, que se volverá con todos al
Pueblo. Si solo se han ausentado parte de ellos, para seguirlos,
tome algunos de los mejores que han quedado, y siga el método
propuesto.
§. IV.
Avisos
prácticos.
I. Estas y otras mutaciones, hijas de la natural inconstancia de
los Indios, requieren que el Operario se prepare con tiempo, haga
el ánimo á todo, tire á conocer bien el genio de la Nacion que
cultiva, y segun él, tenga meditados medios proporcionados para las
urgencias ocurrentes; especialmente esté alerta, para atajar las
discordias y riñas de unos con otros, porque casi todas las fugas
se originan de esa mala raiz.
II. Trabaje puramente por amor de Dios, y por el bien de
aquellas pobres Gentes, sin esperar de ellas, ni agradecimiento, ni
recompensa, porque ni aun por el nombre la conocen; y aunque la
conocieran, no tienen en este Mundo sino abundancia de desdichas;
pero esté cierto, que Dios le re compensará con una medida llena y
muy colmada aun en esta vida.
III. Insista mucho, hasta adquirir costumbre, en fixar la vista
interior en la preciosidad de aquellas almas, que tanto costáron á
nuestro Redentor, y se le harán llevaderas las molestias que
resultan del cultivo de ellas, de su inconstancia é ingratitud; y
trabaje, con el seguro, de que con el tiempo se desbastan y
mejoran.
IV. La pereza, que les es connatural, requiere mucho tiempo y
tiento en el Operario, para irlos imponiendo en que hagan aquello
mismo, que les importa, no solo para su provecho espiritual, sino
tambien para el temporal; porque en sintiendo la menor carga ú
opresion, luego se huyen para evitarla.
V. Por lo que, aunque conviene establecer la doctrina de los
párvulos todos los dias, mañana y tarde, lo que conseguirá, usando
de industria, y dando algunos premios á los mas puntuales; con
todo, bastará que los adultos asistan á la doctrina Sábado y
Domingo: no los moleste mucho, y alabe aquello poco que aprenden,
para que asistan con mas gusto: la doctrina enséñela por la mañana
en su lengua natural, y por la tarde en castellano; porque en lo
primero se sirve á Dios, y en lo segundo al Rey nuestro Señor, que
ordena se establezca en las Misiones la lengua Española: y en todo
caso, todo ha de ser amor, y por amor, con chicos y grandes; y nada
de rigor, ni de castigo, no solo de obra, pero ni de una palabra,
que sea áspera.
VI. Lo dicho de la doctrina, se ha de practicar con los niños de
la escuela con la misma formalidad y cuidado; porque ello es así,
y está ya muy verificado,
|que quien desde luego lo quiere
consegüir todo, luego luego lo pierde todo. Véase lo dicho en
el Capítulo XXIV. de la segunda Parte, en órden á los Indios
Gentiles adultos.
VII. Esté muy persuadido, que el primer móvil de los tales
Indios, es el interes: no dan paso, sin esperar premio; y aun sin
hacer cosa, lo mismo es mostrar cariño el Misionero al Indio, que
responder éste pidiendo algo; y aun sin esto, jamás se cansan de
pedir con importunidad: pero hay aquí dos consuelos: el primero es,
que se contentan con qualesquiera bagatelas y el segundo, que tan
contentos se van con buenas palabras, y buenas esperanzas, como con
las dádivas:
|un mañana me traerán eso que pides; luego que
traygan tú serás el primero á quien regale &c.; y otras
largas semejantes, les hacen buen sonido, y se vuelven
contentos.
VIII. Freqüentemente traen al Misionero las frutas, el pescado
&c. y ya se sabe que no viene eso por regalo: el Indio trae
muy pensado lo que ha de pedir; aunque al preguntarle, ¿qué quiere,
ha menester responde siempre, que nada; pero no le dé cosa alguna
hasta que él pida; porque si le da algo, lo recibe de buena gana; y
al cabo de rato dice:
|Yo traia este presente para que me dieses
un cuchillo,
|sal, ú otra cosa, y no se irá, sin que le
dé aquello, que él traia pensado.
IX. Pero de ordinario piden mucho, sin traer cosa alguna al
Misionero, que necesita de un todo. No se puede negar todo lo que
piden, y mas si ellos saben que lo hay: dar todo quanto piden, no
es posible: por lo qual, quando le piden algo, vea qué es lo que
mas necesita, y dígale:
|Yo te daré lo que pides;
|pero
trae primero pescado,
|raices,
|ó lo que mas
necesita. Ellos lo hacen así: todos que damos remediados, y van
aprendiendo á ser diligentes. Guarde la misma práctica con los
muchachos, por el mismo fin: ellos piden tanto ó mas que sus
padres, y así , aunque no haya menester, pida, ó mándeles hacer
algo, ántes de darles lo que piden; v. gr. que traygan agua ó leña,
que barran la casa &c.
X. A los principios, parte pagando, y parte rogando, consiga,
que el Comun haga una sementera quantiosa y en ella un platanál
grande para los muchachos de la escuela; porque es cosa muy
importante, y no solo sirve para los chicos de la escuela, sino
tambien para las viudas pobres, para los huérfanos, y para los
enfermos; y sucede, que viendo los Indios quan bien se emplean
aquellos frutos, renuevan con gusto la sementera en adelante.
XI. No espere á los principios, que le han de avisar de los que
caen enfermos, ni de las criaturas que nacen, para que las bautize;
y así, por la mañana, despues de misa y doctrina, y por la tarde,
ántes de la doctrina, debe dar vuelta por todas las casas del
Pueblo, viendo si hay enfermos y niños que bautizar. Esta es una
diligencia tan necesaria, como útil y fructuosa; y para irlos
imponiendo, debe encargar á los chicos de la doctrina, que le
avisen lego que vean ó sepan algo de esto.
XII. El atractivo mas eficáz para establecer un Pueblo nuevo, y
afianzar en él las familias silvestres, es buscar un Herrero, y
armar una fragua, porque es mucha la aficion que tienen á este
oficio, por la grande utilidad que les da el uso de las
herramientas, que ántes ignoraban. Todos quisieran aprender el
oficio, y muchos se aplican, y le aprenden muy bien.
XIII. No importa ménos buscar uno ó mas Texedores de los Pueblos
ya establecidos, para que texan allí el hilo que traen de ellos,
porque la curiosidad los atrae á ver urdir y texer; y el ver
vestidos á los Oficiales y á sus mugeres, les va excitando al deseo
de vestirse, y se aplican á hilar algodon, que abunda, y de que
finalmente se visten.
XIV. La fábula de Orfeo, de quien fingió la antigüedad, que con
la música atraia las piedras, se verifica con ventaja en las
Misiones de estos hombres, mas duros que los pedernales; porque es
cosa reparable quánto los encanta y embelesa la música. Son Músicos
de su propio genio, y como en varias partes de esta Historia
consta, son muy aficionados á tocar flautas, que ellos se fabrican,
y otros muchos instrumentos y está ya experimentado en las Misiones
fundadas, quánto los atrae y domestica la música; quánto aprecian,
y la gala que hacen aquellos, cuyos hijos ha destinado el Misionero
á la escuela de música; y así, una de las primeras diligencias de
la fundacion de nuevo Pueblo, ha de ser conseguir un Maestro de
solfa de otro Pueblo antiguo, y establecer escuela de música para
el fin dicho, y para la decencia del culto Divino.
XV. Es indispensable el que meta la mano, y medie en sus
pleytos, riñas y casamientos; pero proceda el Operario con tal
cautela, que no conozcan los Gentiles y Neófitos, que procede como
árbitro; y la razon es, porque como en estas dependencias, el uno
de los vandos ha de quedar precisamente desayrado, y al Misionero
le importa mucho el estar bien con todos ellos, debe mediar y
proceder con toda neutralidad .á favor de la paz, y de la union,
sin declararse por unos, ni por otros: para eso conviene, desde los
principios, irlos imponiendo en el gobierno político, y señalar
Alcaldes, que con el Cacique gobiernen, y á solas instruir los de
lo que deben hacer en las controversias que ocurren.
XVI. Aunque á la primera vista parece ceremonia inútil la
acordada por los Misioneros antiguos, de poner formalidad de
clausura, en aquellas casas pagizas y pobres en que viven, sin
permitir que entre del cercado para adentro muger alguna, y
teniendo una ventana al lado de la plaza para despachar sus
demandas; con todo, ya está experimentado, que importa mucho esta
práctica: ni hay cosa, que mas golpe les dé, ni que mayor armonía
cause á los Catecúmenos, que esta formalidad y circunspeccion del
Operario: todo lo reparan, y á su modo todo lo interpretan, y lo
hablan entre sí; y se ha reconocido, que este modo de proceder,
engendra en ellos mucho respeto y veneracion para con sus
Misioneros.
XVII. Para este mismo fin, y para mayor decencia, se ha
establecido, y debe llevarse adelante el estilo de no salir de su
casa el Misionero, sino acompañado de algun Indio principal; y á
falta de éste, con dos ó tres muchachos de la escuela, de los
mayores que haya en ella, sin dexarlos apartar de su lado, quando
visita los enfermos, y hace las demás diligencias de su cargo.
XVIII. Finalmente, el fin de su ocupacion, y la causa de su
destierro en aquellas soledades, es doctrinar y salvar aquellas
pobres almas; lo que mas depende del exemplo, circunspeccion y
virtud sólida del Operario, que de sus sermones, exórtaciones y
palabras; y así, este medio es el que sobre todos ha de reputar por
el mas útil para sí, y eficáz para enseñar á los próximos; y es el
único para que Dios nuestro Señor, de cuya mano viene todo el bien,
eche su copiosa bendicion á sus fatigas y afanes, que rindan
copioso fruto para la vida eterna.
§. VI
Reflexiones que
animan y fortalecen el ánimo del Misionero de indios.
I. Aquellos Indios bárbaros, desnudos, silvestres, rudos, y á la
primera vista despreciables, son unas conchas toscas, que encierran
en sí unas margaritas tan preciosas, que el mismo Hijo de Dios se
dió á sí mismo en precio, y se entregó á los tormentos para
adquiridas: ¡quánto debo yo apreciarlas!
II. Son imágenes vivas de Dios, hechas á semejanza de nuestro
Criador, por lo qual se merecen toda nuestra estimacion; y el mirar
por ellas, es hacer nuestro mayor negocio, y corresponder á su
Magestad del modo mas apreciable en sus Divinos ojos.
III. Crió Dios aquellas almas para que se salven, y las puso á
tu cargo, para que tú te salves: Dios te ha tomado por instrumento,
para que ellas logren el fin para que su Magestad las crió; y á
ellas las ha puesto á tu cuidado, para que por medio de esta
ocupacion consigas el mismo dichoso fin para que su Magestad te
crió. No te has de salvar por aquel medio y ocupacion que tú
eligieres, sino por éste á que Dios y los Superiores te han
destinado.
IV. Toscos son los Indios como un tronco de la selva, y duros
como piedras; pero Dios te dará medios para pulir y labrar estos
troncos, de que su Magestad formará Tabernáculos en la Gloria: y de
esas que parecen piedras, formará Dios por tu mano y aplicacion,
hijos verdaderos de Abrahán.
V. Es inevitable y preciso, y mas los principios, que le dé en
rostro, y le acarree muchos desconsuelos aquella tosquedad y
desnudéz de los Indios Gentiles, su ignorancia, inconstancia,
pereza, ingratitud &c.; fuentes de que el Enemigo comun
excita en el Misionero temores, tedios, y desconfianzas; y de todo
ello levanta montes de dificultades, que como diestro, sabe pintar
como insuperables, y tira á hacerle creer, que aquel empeño es
temerario: que es tentar a Dios: y levanta otras nieblas para
ofuscar al Operario, fin de que caiga de ánimo, abandone aquellas
almas, que tanto teme, y le duele salgan de entre sus garras
infernales. Es cierto, que ésta es la mas fuerte batería, que juega
el Infierno, con notable industria. Y por lo mismo debe el Operario
oponerse ella con el mayor esfuerzo y empeño; con la advertencia,
que en este género de guerra no hallará otra defensa, ni otras
armas, que las del recurso Dios, en la freqüente oracion, y en la
meditacion de algunas de estas reflexiones, clamando su Magestad
con esfuerzo y valor, como pobre Soldado, que solo vive expensas de
los tesoros de su infinita misericordia. Y aunque todas las
reflexiones de este Párrafo quinto le ayudarán mucho, todavía, para
este combate, le alentarán mucho los siguientes.
Humillado delante de Dios, vuelva toda su vista y atencion a su
interior, y vea lo
|primero, que la ingratitud, grosería y
tosquedad fea con que corresponde su Criador, es mucho mayor y peor
que la que ve, y le desagrada en los Indios bárbaros y ciegos.
Lo
|segundo, coteje su inconstancia en la Vía espiritual,
y su pereza en abanzar terreno en el camino de la perfeccion, y no
se admirará de los pobres Indios: tendrá lástima de sí mismo, y de
ellos.
Lo
|tercero, separe lo precioso de lo vil; esto es, mire
en sí lo que es de Dios; y mire aparte lo que es suyo , y de su
propia cosecha; y luego se hallará mas desnudo, pobre y desdichado,
que los Indios bárbaros: si la desnudéz de ellos le horroriza, mas
horror y temor le debe causar la suya; y pues Dios, no obstante
esto, no le abandona, le sufre, asiste y ampara, debe, á ley de
agradecido al mismo Señor, sufrir, tolerar, beneficiar y cultivar
las almas de aquellos pobres Indios, que son imágenes de su
Magestad, hacienda suya, y grey que aprecia mucho.
VI. No estaban en mejor positura los Gentiles del Mundo antiguo,
quando les empezó á rayar la luz del Santo Evangelio; ántes bien
era mucho mayor su barbaridad, errores y vicios; el mismo Señor,
que envió entónces aquellos sus Operarios para aquella inculta
mies, te envia que cultives ésta; y así no te negará su Magestad,
ni las fuerzas necesarias, ni los medios oportunos.
VII. Trayga á la memoria con freqüencia otros Misioneros
Jesuitas, que venciéron mayores dificultades, que sufriéron mayores
trabajos, y que finalmente, con el favor de Dios, sujetáron á la
Iglesia Santa, Naciones mucho mas agrestes: en el
|Brasil, el
Santo Padre Joseph Ancheta: en las
|Marianas, el Santo Mártir
Luis de San Victores: y en todas las Provincias de Indias hallará
muchos y admirables exemplares, así para confundirse, como para
animarse.
VIII. No se olvide jamás de los muchos Jesuitas insignes, que
han deseado y pretendido con ansia la ocupacion de Misionero en que
Dios le ha puesto, y no quiso conceder á los otros, que hubieran
trabajado heróycamente; hágase cargo de la confianza con que su
Magestad ha fiado y puesto en sus manos él tesoro de aquellas
almas, y que le ha de pedir cuenta, así de ellas, como de los
talentos que le dió para cultivarlas.
IX. No haga hincapié, ni fixe su consideracion en los trabajos
ocurrentes, sino en el fruto actual que recoge, y en el que espera
recoger: mas monta la salvacion de un párvulo, que desde el
bautismo sube al Cielo, que quantas angustias ha padecido, y puede
padecer en toda su vida: ¿y qué gusto no debe tener y hallar en
aquellas taréas, caminos y diligencias, con que gana para Dios, no
una, ni otra alma, si no muchas familias y Pueblos?
X. Y finalmente, tenga por muy cierto, que todas aquellas almas,
que va enviando á la Gloria, por delante, le ayuden grandemente,
clamando sin cesar á Dios por su Misionero, y por la gente de su
Nacion; para que su Magestad los asista y defienda, hasta llevarlos
á la Bienaventuranza eterna. Y no se puede dudar, que todos
aquellos á cuya salvacion cooperó, le servirán de abogados eficaces
en todos sus aprietos, y en especial en la hora de la muerte,
término de esta breve navegacion, y puerto seguro, en que de la
misericordia de Dios esperamos gozar tranquilidad dichosa, y
descanso eterno. Amen.
Ad M. D. G & Y. M.