CAPITULO XXIII
Turbacion,
llantos, azotes y otros efectos raros, que causa el eclipse de la
Luna en aquellos Gentiles.
Del extraño modo de concebir de aquellas Naciones, un mal
gravísimo en el eclipse de la Luna, nacen como aborto de su
ignorancia, demostraciones llenas de pavor y espanto: los de una
Nacion se persuaden, que la Luna enferma de muerte, y se acaba á
toda priesa: otros creen, que se ha enojado con ellos, y que se
retira airada para no alumbrarlos mas; y cada una de aquellas
Gentes ciegas, deseosa de la luz de la Luna, prorumpe en
diligencias, llenas de desatinos. No dudo, que quando se les
eclipsa el Sol, harán semejantes, ó mayores demostraciones; pero no
me he hallado entre los tales Gentiles en tiempo de estos eclipses;
y así, no tengo que decir acerca de lo que sucede en tiempo de los
eclipses del Sol: voy ya al caso propuesto de los eclipses de la
Luna, en que me he visto muchas veces, y en algunas no sin
sobresalto.
Bien ageno de todas sus tropelías me hallaba entre las Naciones
|Loláca y
|Atabáca, quando á cosa de las diez de la
noche levantáron tal gritería, y llanto descompasado, que me
persuadí haberse puesto en batalla cruda, una ú otra Nacion. Salí
asustado, y hallé á casi todos los hombres juntos gritando, y á las
mugeres corriendo y llorando, cada qual con su tizon en las manos,
para esconderle entre la arena, ó entre la tierra. ¿Qué alboroto es
este? pregunté á uno de los Capitanes.
|¿Dayque teo cejo ajó
rijubicanto? ¿No vés, dijo él,
|como se nos muere la
Luna? ¿Y las mugeres adonde van corriendo?
|Futuit nanaabica,
rijubiri afocá. Van, dixo, á enterrar y guardar tizones de
fuego; porque si la Luna muere, todo el fuego muere con ella, ménos
el que se esconde de su vista. ¿Y quándo, repliqué yo, habeis visto
morir la Luna, y al fuego con ella? No hemos visto ni uno ni otro,
respondiéron, pero así nos lo han contado nuestros mayores, y ellos
muy bien lo sabrian. Entretanto se fuéron juntando todos, chicos y
grandes, y les pregunté si habian hallado fuego alguna vez en
aquellos tizones que escondian? Respondiéron que no: luego es en
vano la diligencia de esconder fuego; porque la misma tierra y
arena con que le tapais, le sufoca y mata.
|No,
|Padre,
dixéron,
|porque la Luna se alienta, y vive, movida de nuestras
lágrimas: por eso el fuego escondido muere; pero si la Luna se
muriera, el fuego escondido quedára vivo.
Así deliran aquellas Gentes: ni hay asunto tan arduo, como
querer quitar un error derivado de padres a hijos entre gente
incapáz. No obstante saqué un espejo, una vela encendida, y una
naranja, y llamando los principales, les expliqué, con los términos
mas groseros que pude hallar, como la privacion de luz de la Luna
no era por enfermedad, porque ella no es cosa viva, sino porque no
tiene otra luz, sino la que recibe del Sol, poca ó mucha, segun el
aspecto con que el Sol la mira; y que llegándose á interponer el
Orbe Terráqueo entre el Sol y la Luna, durante el tiempo de la
interposicion, no recibia luz, si era total: y recibia poca luz, si
era interposicion parcial. Esto mismo les hice ver con la
demostracion de la vela, y su luz reflexa del espejo, interponiendo
la naranja entre la luz de la vela, y la del espejo. Percibiéron
algunos de los principales la explicacion, y dándose grandes
palmadas en los muslos, gastáron mucho tiempo en explicar á sus
gentes la causa del eclipse, con tan buen éxito, que en adelante no
hubo lágrimas, ni gritos, ni ceremonia alguna en los eclipses que
se siguiéron.
No es ponderable el gusto y atencion con que aquellas Naciones
atienden quando se les habla del movimiento del Sol, Luna y
Estrellas, ó de la extension de la Tierra, Mares y Naciones; porque
como están en una suma ignorancia de todo, y piensan que todo el
Mundo se reduce á sus tierras, y las de aquellas pocas Naciones
circunvecinas, de que tienen al guna noticia, les causa notable
gusto saber aquello, que jamás habian imaginado; y como de estas
conversaciones de las criaturas, luego se pasa tratar del Criador
de ellas, se les va embebiendo insensiblemente, y con gusto el
conocimiento del Criador de todo; y éste es el medio por donde los
Misioneros mejor captan la atencion de aquellos Bárbaros.
Por otra parte, conviene que el Misionero explique muy de
espacio el viage que ha hecho desde Europa hasta sus tierras, á fin
de enseñarles el camino del Cielo; por que como ellos tienen un
amor tan bestial á sus Paises, que casi se puede llamar
|querencia, que es la que las bestias tienen los exidos de su
pasto; les causa mucha armonía, que el Misionero, solo por
cuidarlos, y enseñarles, haya dexado su Patria y parientes, y haya
caminado tanto. Digo esto, porque en circunstancias en que algunos
Pueblos recien agregados de los bosques, ya por instigacion de los
ancianos, ya por la del Demonio, estaban mal contentos, y deseosos
de volverse su Egipto, fui repetidas veces á oir á escondidas sus
conversaciones, y en muchas de ellas oi esta réplica: ,,¿Cómo
nosotros podemos dexar al Padre que por nuestro bien ha dexado sus
parientes? Y qué mucho nos apartemos pocas millas de nuestra
tierra, quando el Padre por nosotros se ha alexado tanto de la
suya? "Estas razones, tengo experiencia, que les hacen gravísima
fuerza, y que producen muy buenos efectos.
Mas pesadamente, que los
|Atabácas, llevan los Indios
|Salivas el eclipse de la Luna; y así hacen y prorumpen en
demostraciones de mayor sentimiento. En el año de 1735 creí, que á
las nueve de la noche nos habian asaltado los bárbaros Caribes,
como lo acostumbran; tal era el estrépito de armas, toque de su
formidable tambor y gritería. Salí, y hallé á todos los Indios de
armas puestos en filas, presentándolas á la Luna, ofreciéndole su
valor y esfuerzo, y rogándola, que no se retirase. Los Jóvenes de
quince hasta veinte años, estaban en filas aparte, y algunos viejos
con látigos, azotándo los crudamente por sus turnos; y finalmente
las mugeres, hechas un mar de lágrimas, lloraban la próxima
retirada, y ausencia fatal de la Luna. No eran circunstancias
aquellas, que daban lugar á consuelo; solo recibian con gusto la
noticia de que por aquella vez era cierto, que la Luna no se habia
de ausentar; con la protesta, de que ántes de hora y media la
verían otra vez llena y alegre, como sucedió, quedando todos muy
contentos. No pude averiguar de raiz la idea que aquella Nacion se
finge solo llegué a entender, que suponen, que la Luna tiene
enemigos, por cuyo miedo se quiere retirar, para ir a lucir, y á
alumbrar á otras Gentes. De este error nace su congoja, y las
ofertas, de que pelearán á su favor; y así, que no tema ni se vaya,
&c.
Casi la misma necia
|
(a)
opinion siguiéron, y siguen todavía los
Indios, que restan aun Gentiles en las Islas Filipinas: ellos, sin
meterse indagar, y saber de donde ha salido tan fiera bestia, dan
por muy cierto que el descaecer la luz de la Luna, ó del Sal, se
origina de que un fiero dragon tira tragarse, ya al uno, ya al otro
Planeta: la grande falta, que ya el uno, ya el otro les han de
hacer, los acongoja, melancoliza y aturde; y no hallando modo de
subir socorrer sus bienhechores, han tomado el arbitrio de hacer un
continuo y formidable estrépito de cazas y tambores, para aturdir
al dragon; y así lo creen, celebrando la victoria despues del
eclipse.
Todavia me parece mas necio y descaminado el alboroto de la
Nacion
|Guayána, quando llega el caso del eclipse de la Luna;
porque al punto que le reconocen, echa mano de los instrumentos que
usan para cultivar sus campos; y diciendo y haciendo, unos
desmontan la maleza, otros limpian, y otros cavan el terrenos y
todos una protestán gritos: ,,Que tiene razon la Luna para estar
enojada con el ellos, y sobrado motivo para desampararlos, porque
no le han hecho sementera, como era puesto en razon; pero le
ruegan, que no los dexe, por que ya le previenen campo para
sembrarle maiz, yuca, plátanos &c. Con estas demandas y
súplicas acompañan su trabajo, que es recio, durante el eclipse;
pero en quanto la Luna recobra su luz, se vuelven sus casas,
celebrando con mucha alegría el que no se hubiese ausentado y es
cosa rara el que dexan en olvido su trabajo, ni piensan mas en
sembrar, ni cultivar la tierra prevenida para la sementera de la
Luna, hasta que con el tiempo llega la hora de otro eclipse, y la
pena y dolor de su descuido, la turbacion, sobresalto, y la nueva
aplicacion al trabajo, tan infructuoso y vano, como los
antecedentes.
No sé, que se pueda hallar imágen mas viva de la infructuosa y
yana penitencia, que por quaresma emprenden los mal acostumbrados,
que solo dura miéntras oyen el peligro gravísimo en que están, y
luego se echa todo en olvido hasta la quaresma siguiente, en que al
oir las veradades del Evangelio, entran en nuevo sobre salto y
temor; pero todo sin fruto.
Mas prudencia gastan las Indias
|Otomácas, que sus
maridos, durante el eclipse de la Luna: toman estos arrebatadamente
sus armas, dan carreras y gritos descompasados, aporréan las
flechas contra los arcos, en señal de indignacion, ruegan, piden y
suplican á la Luna, que no se muera; y como por mas que se apuren,
ella va menguando, y descaeciendo sensiblemente, viendo que no se
da por entendida, corren sus casas reprehenden agriamente á sus
mugeres, porque no se apuran, ni lloran la enfermedad de la Luna;
pero ellas ni aun por eso se dan por entendidas, ni aun responden
palabra sus maridos. Viendo estos que por mal, y por rigor no
consiguen cosa, mudan de estilo, y empiezan rogar y suplicar las
mugeres, que clamen y lloren, para que la Luna se aliente, y no se
dexe morir. No hay suplicas que valgan, y así pasan los
|Otomácos las dádivas, que lo vencen todo: sacan de sus
alhajas, cada qual lo mejor que tiene, y les dan á sus mugeres,
unos, sartas de cuentas de vidrio; otros, collares de dientes de
monos; y otros, preséas semejantes entónces salen saludar á la
Luna, y en tono lloroso le hacen muchas súplicas; y como esta
funcion llega ya tiempo en que la Luna va recobrando su luz, á poco
rato que prosigan sus ruegos, queda la Luna entera y clara, y
entran los agra decimientos de los
|Otomácos á sus mugeres;
cuya voz lamentable enterneció, segun su idea, y movió á la Luna
volver sobre sí, y no morirse. Estos y otros tales son los partos
de aquella nativa ignorancia, bien semejantes á las demostraciones
bárbaras, que hacen los Moros durante el eclipse de la Luna, en el
qual tiempo se afligen, lloran, se arrancan los cabellos, y por
último se enfurecen h violencias de su necio dolor y sentimiento,
nacido de la falsa tradicion de que la Luna está enojada ó enferma.
Tal como éste es el genio humano, quando le falta cultivo, carece
de la luz que dan las ciencias, y de la sobrenatural con que nos
alumbra nuestra santa Fe; y por falta de esta divina luz, yerran
los doctos Astrólogos del Imperio de la China, aunque son hombres
de nobles y muy cultivados ingenios, especialmente en órden á la
contemplacion de los Astros y Planetas; lo qual no obstante corren
parejas, y tropiezan tan groseramente como los
|Moros, y tan
neciamente, como las Gentes bárbaras del
|Orinoco: sobre que
el Padre
|Nicolas Trigault, de la Compañía de Jesus,
Misionero é Historiador antiguo del Imperio de la China
|
(b)
dice:
,,El oficio de los Astrólogos de Pequín, es pronosticar en todo
el Reyno los eclipses del Sol y de la Luna, promulgando ley que los
Mandarines y los Ministros de los Idolos, insignes en el culto de
sus oficios, se junten de todas partes en cierto lugar, para
socorrer al planeta afligido y doliente; lo qual piensan que hacen
con tocar las campanas hasta, cierto número de golpes;
arrodillándose muchas veces, todo el tiempo, que creen están
aquellos Planetas en riesgo, desmayados ó eclipsados. Dícese, que
temen no los trague no sé que serpiente en aquel tiempo.
"Hasta aquí el citado Autor.
Verdad es, que como la luz del Santo Evangelio va desterrando de
aquel Imperio las sombras de la idolatría, les ha aclarado tambien
los entendimientos, para percibir mejor el curso de los Planetas, ó
el movimiento de los Astros, y la novedad de los fénomenos.
Deseará saber el curioso ¿si aquellos Bárbaros tienen
conocimiento de algunos Astros y Planetas, fuera del Sol y la Luna?
¿y si tienen algun cómputo para contar los meses y los años?
Respondo, que conocen á las Cabrillas, á quienes llaman
|Ucasú, y otros
|Cacásau; y cada Nacion de aquellas les
da su nombre, segun la propiedad de su lengua. Por las Cabrillas
computan el año; esto es, quando al ponerse el Sol, y descubrirse
las Estrellas, ven salir por la parte oriental las Cabrillas,
entónces empieza su año nuevo; y en sus tratos, suele ser el plazo
de la paga; v. gr.
|Edásu ucásu farrusacáju; que es decir en
las Cabrillas venideras, ó de aquí á un año te pagaré. Los meses
los regulan por las lunaciones; v. gr.
|Alaquirí boteyfida,
|farrusamay; luego que pasen dos Lunas vendrémos. No tienen
semanas, ni nombres para señalar los dias de ellas; pero suplen
este defecto con industria: v. gr. se ha de ir el marido un viage
de veinte y cinco dias, ó se hace un trato, que se ha de pagar
dentro de otros tantos, entónces el marido da un cordon á la muger
con tantos nudos, quantos son los dias que se ha de tardar, y el
deudor da á su acreedor el mismo cordon, y se queda el que da los
cordones anudados con otros del mismo número de nudos; y es cosa de
ver, que por la mañana, la primera diligencia que hacen, es soltar
un nudo de aquellos sus cordones; y esto infaliblemente, así los
unos, como los otros; con que el dia que sueltan el último, saben
que se ha cumplido el plazo, y cada qual concurre cumplir su
palabra; y los que no pueden pagar, dan sus excusas, y agencian
nuevo cordon, ó nuevo plazo.
No obstante lo dicho, casi todas aquellas Naciones cuentan hasta
cinco, con nombres numerales correspondientes; y en llegando cinco,
prosiguen diciendo: cinco y uno, cinco y dos &c.; y en
lugar de diez dicen dos cincos, al quince tres cincos, y al veinte
quatro cincos; pero siempre van acompañando los números que
pronuncian, ya con el número de dedos corerespondiente, ya con una,
ya con ambas manos, y con uno, y veces con ambos piés; y es el
caso, que sus números corresponden al número de los dedos de una
persona, y no mas; v. gr. en lengua Achagua
|Abacáje, es
cinco, quiere decir los dedos de la mano:
|Juchamacáje, es
diez; esto es, los dedos de ambas manos:
|Abacaytacáy, es
veinte; esto es, los dedos de piés y manos:
|Juchámatatacáy,
es quarenta; esto es los dedos de dos hombres: y así van
aglomerando hasta dos mil, seis mil, y diez mil de dos, con una
algarabía notable, pero perceptible, fuerza de trabajo.
|
(a)
|
Mr. Salmon tom. 2. pag. mihi 234.
|
|
(b)
|
Lib. I. cap. 5. pag. 16.
|