CAPITULO XIX
Modo de cultivar
sus tierras los Indios, y los frutos principales que cogen.
Es de fe, que con el sudor de su rostro, ó á costa de él, han de
comer todos los hijos de Adán: solas las Naciones
|Guajiva y
|Chiricóa, de que ya hemos tratado, por su innata pereza,
parece que procuran evadir esta inevitable pension; pero
neciamente, porque por no inclinar sus hombros al cultivo de la
tierra, se ven obligados á estar en una continua marcha, y caminar
siempre de rio en rio, para lograr las frutas silvesres de las
vegas; y por la misma causa, ni fabrican casas, ni tienen resguardo
alguno contra los Soles, ni las lluvias: penalidades mucho mayores,
que las que de suyo trae el cultivo de la tierra, que aunque
trabajoso, da treguas al descanso, admite álgun reposo, y con la
cosecha abundante hace olvidar las fatigas.
No así el resto de las Naciones de que voy hablando en esta
Historia; ántes bien, las que tienen noticia de los
|Guajivas
y
|Chiricóas, abominan de su genio, usos y costumbres; y
dicen que han aprendido aquel modo de vida de los monos, y otros
animales; y aunque todos los Indios general mente son dominados de
la pereza, con todo, unas Naciones son mas inclinadas al cultivo de
la tierra, otras ménos; y en todas, como ya queda dicho, el mayor
peso del trabajo recae sobre las pobres mugeres, así en las taréas
del campo, como en las domésticas; unas y otras mal agradecidas, y
peor pagadas por sus maridos.
Es muy diverso el modo, y mucho menor el trabajo que tienen en
cultivar las tierras, despues que admiten Padres Misioneros, y por
su medio consiguen herramientas despues de congregados á vida civil
en Colonias. Los Gentiles, unos vivian, y muchos aun hoy viven
escondidos entre dilatadas selvas, é impenetrables bosques; otros
en espaciosos llanos, al abrigo de las vegas de los rios. Por lo
que respecta á los habitadores de las selvas, yo no percibo hasta
ahora cómo podia su trabajo producir fruto suficiente para su
manutencion; porque para sembrar, deben primero cortar la maleza,
derribar los árboles, y quemar despues uno y otro, para descubrir
el terreno, que ha de recibir las semillas; y hacer toda esta faena
sin herramienta, me causó siempre gran dificultad, y aun me la
causa; porque jamás quedé satisfecho de lo mismo que vi, oi y
experimenté. La primera vez que entré á los Gentiles silvestres,
crei, en vista de su tosquedad, que seria fuerte argumento, para
agregarlos á mejor sitio, el ponderarles, que allí no tenian
herramientas con que rozar la tierra, y derribar los árboles; pero
no fué así, porque sacando sus hachas de pedernal de dos bocas, ó
de dos cortes, encaxándolas por el medio en garrotes
proporcionados, me respondiéron, que con las macanas, que son sus
espadas de palo duro, tronchaban la maleza, y con aquellas hachas
cortaban los troncos verdes, y las mugeres iban que mando los palos
secos. Pregunté, ¿quánto tiempo gastaban en cortar uno de aquellos
árboles? Y me respondiéron, que dos Lunas; esto es, dos meses:
cosa, que con una hacha ordinaria se hace en una hora. Por eso
dixe, que no percibo todavía cómo su trabajo tan lento les podia
dar suficiente fruto para su singular voracidad. Pregunté mas:
¿cómo ó con qué labran aquellas hachas de piedra tan dura? y me
respondiéron, que las picaban con otras piedras, y despues, á
fuerza de amolarlas en piedras mas blandas, con la ayuda del agua,
les daban figura, y sacaban los filos de las bocas. Jamás vi esta
maniobra; pero creo, que solo á fuerza de mucho tiempo salian y
salen con ella: ocupacion propia para gente ociosa.
Para mover, amontonar y formar surcos en la tierra, despues de
quemada la maleza, se valen de palas formadas de palo durísimo, que
unos llaman
|aráco, otros
|macána, y cada Nacion, segun
su lengua, le da su nombre; y con ellas cavan, por ser muy poco
ménos duro aquel palo, que el hierro acerado, y de buen temple:
estas palas las fabrican con fuego, quemando unas partes, y dexando
otras, no sin arte, proporcion y dispendio de largo tiempo.
Los Bárbaros que vivian, y los que aun viven en campos limpios,
como no tienen el embarazo de arboledas y bosques, consiguen sus
frutos, aunque en menor cantidad, con ménos trabajo; porque con las
palas de
|macána, que dixe, en los sitios húmedos, levantan
la tierra, de uno y otro lado del surco, tapando la paja y el heno
con la tierra extraida del uno y del otro lado; y luego siembran su
|maiz,
|yuca ó
|manióca, y otras raices, y en
todas partes gran cantidad de pimiento, que tienen de muchas
especies, y algunas demasiadamente picantes, de que gustan mucho; y
es el único condimento de sus comidas. Da ménos fruto el campo
raso, que las vegas y bosques, porque en estos el terreno es de mas
xugo, y aun por eso arroja de sí las arboledas y malezas; y la
misma hojarasca que cae de ellos, y se va pudriendo, les añade
fuerza. A mas de esto, aquella ceniza de las ramas que queman, y el
calor que al arder concibe la tierra, la fecunda mucho, como sucede
entre los Catalanes, que tapan filas de haces hechos de ramas de
pino, y á su tiempo hacen arder todo el campo que han de sembrar.
Al contrario los Indios que cultivan el campo limpio, como no
tienen estiercol con que fomentar aquel campo de poco xugo, cogen
poquísimo fruto, en comparacion de los otros. Viene á ser la
diferencia, como la que hay entre los trigos de regadío,
cultivados, estercolados y regados, que suben con tanta fuerza en
Murcia, Cataluña y Valencia, que muchos exceden á la estatura de un
hombre; y los trigos de secano, que por no tener otro beneficio,
que el del arado, no dan ni la mitad del fruto que aquellos.
Es cosa muy singular y notable la que observé en los anegadizos
de los rios Orinoco, Meta, Apure, Casanare, Tame y otros; y es, que
en lugar del junco, que de ordinario se ve en otras lagunas, en las
de los dichos rios, nace, crece y madura el arroz, que brota
voluntariamente la tierra húmeda, sin que nadie lo siembre, ni
cultive. No conocen los Indios bozales la utilidad de tan precioso
grano, pero sí las avecillas, que á bandadas concurren de todas
partes á disfrutar la cosecha; sin que pueda dudarse, que sea arroz
verdadero; pues no pude en elló padecer engaño; porque en el Reyno
de Valencia, mi patria que es la Ribera de Xucar, es donde mas
abunda. A mas de que á muchos sugetos incrédulos, estrujando las
espigas entre mis manos, la evidencia de los granos limpios les
quitó la duda. Y es aun mas de admirar lo que abunda en terreno
cultivado, y de riego; en donde sembrado y trasplantado a su
tiempo, nacen, como lo conté repetidas veces, sesenta espigas de
una sola mata: siendo prueba de la fertilidad de la tierra, y de
que es el arroz fruto muy connatural de aquel temperamento, el que
la tierra le produce de suyo; y cultivado, le da tal aumento.
Todos los Indios Otomácos, que viven cerca de las lagunas, de
que hay muchas, y muy grandes, al tiempo que éstas van baxando,
despues de la fuerza de las aguas, van sembrando toda aquella
tierra limpia, de que se retira el agua; y en ella cogen abundante
fruto, porque aquella tierra holgazana y podrida es apta y
prorrumpe en copiosos frutos. En el contorno de estas lagunas,
siembran los dichos
|Otomácos,
|Guamos,
|Páos y
|Sarúros, una sin especie de
|maíz, que no se ha
extendido, ni he visto en otras Naciones: llámanle en su lenguage
|onóna ó
|maíz
|de los dos meses; porque en los
dos meses de sembrado, crece, echa mazorcas ,y madura; de modo, que
en el círculo del año, cogen seis cosechas de este maiz, buscando
terreno á propósito; porque el temperamento es siempre uniforme,
siendo esto cosa bien singular.
Ni pierden palmo de tierra, porque entre el dicho maíz siembran
matas de caña dulce, mucha variedad de raíces, gran diversidad de
calabazas, y sobre todo, inmensidad de melones de agua, que son sus
delicias; y son de otra especie muy diferente de los que hay en
Europa, y abundan ya en las Américas. Estos melones de que hablo,
son propios de aquellos Paises, y mas pequeños que los nuestros:
tienen la corteza mas dura, y sus pepitas redondas, del tamaño,
hechura y picante de los granos de pimienta; pero es muy particular
la sandía, que llaman en su lengua
|gibiria, y no hallo con
que comparar su suavidad, pues lo mismo en tomar un bocado de ella,
que tomarle de un panal de miel.
Los Gentiles que vivían, y los que viven en los bosques, aunque
no tienen la semilla del
|maíz de los dos meses, con todo,
como allí es en todo el año uniforme el temperamento, continuamente
tienen maiz tierno y maduro, otro en flor, y otro naciendo; y cada
uno siembra quando se le antoja, ó quando acaba de preparar la
tierra, sin riesgo de que le falte la cosecha; con tal, que tenga
cuidado de espantar las bandadas de
|papagayos, loros,
periquitos, guacamayos y otras inundaciones de páxaros, que á
poco que se descuiden, les destruyen las sementeras. Pero sobre
todo, es preciso el mayor cuidado para defender los sembrados que
hacen en las selvas, de la multitud de varias especies de
|monos; pues apénas se puede creer el grave daño que hacen, y
la malicia con que proceden. Si reconocen desde los árboles por
donde vienen, que hay centinela, no baxa ni uno de ellos á la
sementera: viene y se va una multitud de ellos con tanto silencio,
que si la vista no los descubre, seguro está que sean sentidos: y
siendo así, que el ruido, bulla y gritería que meten en otras
partes, es intolerable; para hurtar, nadie chista. Si reconocen
desde los árboles por donde vienen, que hay centinela, no baxa ni
uno de ellos á la sementera; pero vuelven una y muchas veces á
reconocer si la hay; y quando se aseguran de que no, queda uno de
ellos en la cumbre del árbol mas elevado, observando si viene
alguno, y baxa todo el resto de ellos: quando logran el lance, cada
uno se lleva cinco mazorcas de maíz, una en la boca, dos debaxo de
los sobacos, y una en cada mano; y luego sostenidos en los dos
piés, corren como un rayo á brincos, hasta ocultarse en el bosque.
Si al tiempo de estar ya cogiendo las mazorcas, sale el amo de la
choza, ó se aparece á un lado de la sementera, al punto empieza á
gritar el mono que está de atalaya sobre el árbol, y cada qual de
los monos, con lo que pudo pillar, huye con presteza: pero de los
que ya estaban aviados con sus cinco mazorcas, perecen muchos en
estos lances, por que son tan tenaces en retener lo que una vez han
cogido, que se dexan matar, ántes de soltarlo en este caso, al
salir el Indio ó Indios con sus garrotes á perseguir los monos, los
que se llevan una ó dos mazorcas, que á mas de los piés les que da
una mano libre, suben á los árboles, y se escapan; pero los que por
huir bien aviados, solo van dando brincos con los dos piés juntos,
casi todos mueren á palos, porque los Indios corren mas, y logran
cobrar parte del daño, pues los monos son para ellos gran regalo.
Ello es cierto, que son tantos los mónos, y tan dañinos, que si
pudieran hacer daño de noche, como lo hacen las
|faras y
otros animales nocturnos, no dexáran coger á los pobres Indios ni
un grano de maíz.
Por lo que mira á la tenacidad con que retiene el mono la presa
que cogió, habiendo yo referido lo que acabo de escribir aquí de
los monos de Orinoco y sus vertientes, á algunos Españoles de los
que entran y salen á las minas de oro del Chocó, Anserma y otras,
me refiriéron como cosa comun y ordinaria, que en algunas de
aquellas minas, que tienen bosques poca distancia, la vianda
ordinaria de los Negros, son monos, que pillan sin mas trabajo, que
el dexar á la orilla del bosque, de parte de noche, unas
botijuelas, de las que de Cádiz van á dar allá llenas de aceyte,
dentro de las quales ponen una porcion de maíz tostado: salido el
Sol, ven los monos las botijuelas, y su vivísima curiosidad y
golosina los hace baxar precipitadamente á reconocer lo que hay:
meten la mano, que entra apretadamente por la boca de la botijuela,
encuentran el maiz adentro, y cogen quanto pueden apañar con la
mano; y como sube ya llena, y con el puño cerrado, no pueden
sacarla: porfian todos para sacar sus manos, pero ninguno suelta,
ni quiere soltar el maíz; y así, dándose por presos, empiezan á
gritar tremendamente, con una confusion intolerable: el muchacho,
que á lo léjos está de espía, conoce con los gritos, que ya han
caído en la trampa, da aviso á los Negros, vienen estos con su
machete ó garrote en la mano, y aunque al ver los añaden los monos
esfuerzo á sus gritos, no por eso dexan el maíz que cogiéron; y
como el peso de la botijuela, ni les permite subir á los árboles,
ni aun caminar á su gusto, cada Negro le da un porrazo á su mono, y
lleva que comer y cenar para aquel dia.
No he sido, como dixe, testigo de esta trampa, con que los monos
se prenden por sus mismos puños; pero tengo por fidedignas las
personas citadas, á quienes oi lo referido. Vamos ya á ver como
cultivan la tierra los Indios despues de domesticados, qué frutos y
frutas cogen, qué pan comen y con qué vino, ó cerveza se
embriagan.