CAPITULO XVIII
De los caymanes
ó cocodrilos, y de la virtud nuevamente descubierta en sus
colmillos.
Que definicion se podrá hallar, que adequadamente comprehenda la
fealdad espantosa del
|caymán? El es la ferocidad misma, el
aborto tosco de la mayor monstruosidad, y el horror de todo
viviente: tan formidable, que si se mirára en un espejo, huyera
temblando de sí mismo. No puede idear la mas viva fantasía una
pintura mas propia del Demonio, que retratándole con todas sus
señales. Aquella trompa feroz y berrugosa, toda negra y de duro
hueso, con quixadas, que las he medido, de quatro palmos, y algunas
algo mas; aquel laberinto de muelas, duplicadas las filas arriba y
abajo, y tantas, no sé si diga navajas aceradas , dientes ó
colmillos; aquellos ojos resaltados del casco, perspicaces y
maliciosos, con tal maña, que sumida toda la corpulenta bestia baxo
del agua, saca únicamente la superficie de ellos, para registrarlo
todo sin ser visto; aquel dragon de quatro piés horribles,
espantoso en tierra, y formidable en el agua, cuyas duras conchas
rechazan las balas, frustrando su ímpetu; y cuyo centro de broncas
y desiguales puntas, que le afea el lomo y la cola de alto abaxo,
publica, que todo él es ferocidad, saña y furor; me horrorizan de
manera, que no hallo términos que expliquen la realidad de las
especies, que de este infernal monstruo tengo concebidas.
La dicha de los hombres está en que no todos los caymanes son
carniceros, ni se alimentan de cosa, que de pescado; bien que no
siempre le tienen á mano, porque siendo como es el caymán pesado, y
de tardo movimiento, temerosos, y aun escarmentados de su ferocidad
los peces, se le escapan, y pasa los dias enteros sin pillar
alguno: dígolo, porque habiendo desentrañando algunos despues de
muertos, rara y casi ninguna vez les hallé en el estómago comida
alguna: lo que todos sí tienen en el fondo del ventrículo, es un
gran canasto de piedras menudas muy lisas y lustrosas, amolándose
con la agitacion unas á otras. Procuré averiguar este secreto, y
las causas de este lastre, y hallé, que cada Nacion de Indios tiene
su opinion en la materia, y que todos tiran á adivinar, sin saberse
quien acierta. El parecer que mas me quadró, es el de los indios
|Otomácos, mortales enemigos de los caymanes, por muy amigos
de su carne, de que luego hablarémos. Dicen aquellos Indios, que
quando va creciendo el caymán, va reconociendo dificultad en
dexarse aplomar al fondo del rio, en cuyas arenas duerme cubierto
de todo el peso de las aguas, que sobre él corren; y que guiado de
su instinto, recurre la playa, y traga tantas piedras, quantas
necesita, para que con su peso le ayuden á irse al fondo, que busca
para su descanso de que se infiere, que quanto mas crece, de mas
piedras necesita para su lastre y contrapeso; por lo que en los
caymanes grandes, se halla, como dixe, su vientre recargado con un
canasto de piedras.
No ha faltado quien leyendo lo referido, de corrida y sin la
reflexion que se requiere, me atribuya á mí el parecer que yo
refiero, como opinion de los Indios
|Otomácos, sin reparar en
que allí doy por supuesto,
|que todos tiran á adivinar,
|sin saberse quien acierta. Lo que yo digo es, que el parecer
de estos me quadra mas; y esto solo es afirmar, que tiene mas
probabilidad, que el de otros Indios, cuya opinion no lleva camino;
pero aunque fuera mio dicho parecer, no rehusára fundarlo y
defenderlo de los argumentos opuestos; sobre que diré algo al paso,
soltando el argumento que se me hizo, que es éste.
|El caymán es pescado: al pescado ha dado Dios toda la
agilidad que ha menester para nadar, subir y baxar en el agua:
luego el caymán no necesita de piedras para sumirse en el rio.
Si quisiera negar la mayor, se acababa todo el argumento; y pudiera
muy bien negar que el caymán sea pescado, porque es animal anfibio,
como lo es el
|lobo marino,
|la nutria, y en las
Américas el ante, que es quadrúpedo y aquatil; la
|bigua, y
cierta especie de cerdos, que llaman
|irabúbos, todos los
quales, igualmente que el caymán viven y habitan tan alegremente en
la tierra, como en el agua. Pero vengo ya en que sea pescado, y voy
á la menor, que hallo falsificada en la América, no solo en el
pescado que se llama
|coletó, torpe y miserable, que vive en
las cuevas, que él mismo cava en las barrancas de los rios; y al
paso que el rio mengua, va formando cuevas hácia abaxo, de donde
les extraen los Indios á todo seguro; si tambien en la raya, de que
ya hablé, qué es pescado, y vive aplomado en el fondo de los rios
de la América, cubierto ordinariamente de arena, y se arrastra,
mudando sitios al crecer y menguar los rios, dexando señalados los
puestos en la playa.
Dios da á los vivientes sensitivos lo que han menester, de dos
modos, ó real, ó virtualmente. Al pez
|espada se la dió
formidable en la cabeza para herir y defenderse: al
|leon dió
garras; al
|perro colmillos, y así á otros animales: y todo
esto se lo dió su Magestad al hombre virtualmente, dándole
habilidad para inventar armas, así para ofender, como para
defenderse. En este mismo sentido dió Dios al
|caymán lo que
ha menester para hundirse en el rio, dándole instinto para tragar
las piedras, que necesita para ello; al modo que al gavilan, y á
otras aves de rapiña, que en comiendo demasiado, no pueden levantar
el vuelo, les dió aquel instinto natural, con que lanzan lo que
conviene para remontarse en el ayre con menor peso. Las
|grullas son tardas en levantar el vuelo; y para no ser
sorprehendidas, se remudan de noche, haciendo centinela; y para
dispertar ésta, si acaso se duerme, levanta un pié, y entre sus
garras una piedra ó un terron, que al adormecerse se le cae, y la
despierta con el golpe: con que el Señor que dió este arbitrio á
las grullas, dió el otro á los caymanes. Ahora insto el argumento
contra el que le hizo, de esta forma, mirando el modo de volar de
las grullas:
|la grulla es ave: á las aves dió el Criador todo lo
que han menester para volar: luego vuelan sin adminículo alguno
externo: y veis aquí, que ya es menester dar la misma solucion,
que yo di al argumento, distinguiendo la menor, y negando la
conseqüencia; porque ya que la grulla no pueda mantener en el ayre
el peso de su cabeza por largo tiempo, le dió la industria de
recargarla sobre la espalda de la que va delante; y luego que la
delantera se fatiga, se aparta reclina la cabeza en la espalda de
la última, sin lo qual ya no pudiera volar, como ni el caymán irse
á fondo sin lastre de piedras.
De modo, que no solamente dió el Criador á los animales,
admirables industrias para su conservacion, sí tambien para nuestra
enseñanza, como se ve en las repúblicas ordenadas y hacen dosas de
las abejas y de las
|hormigas. Y quien quisiere maravillarse,
y alabar á Díos, vea en la Historia de la
|Canada ó Nueva
Francia, la república que forman los
|castores, la vida
sociable que hacen, su gobierno económico, y la formalidad y arte
natural con que labran sus viviendas, para las quales unos cortan
madera, otros la cargan aquellos amasan barro, estos le cargan; y
los demás, á fuer de Arquitectos, labran las viviendas.
Estas y otras cosas admirables, que vemos hasta en las mas
despreciables arañas, me movió á decir, que me inclinaba, é inclino
á que los Indios
|Otomácos no van muy fuera de camino,
diciendo que el caymán engulle piedras para lastre; arbitrio de que
usan los Marineros, para que hundido con proporcion el navío,
navegue con la seguridad, que no tuviera sin lastre: de modo, que
así como quanto mayor es la embarcacion, requiere mas lastre; así
quanto mas crece el caymán, mas piedras tiene en el buche: y esta
es materia de hecho in dubitable, no solo por haberlo visto yo,
como ya dixe, Sino porque es notorio en donde quiera que hay
caymanes y cocodrilos, así en las Indias Occidentales, como en las
Orientales. En los nos en que no hay piedras, retienen los caymanes
los huesos de los animales que comen, como me aseguró del rio de
Tame el Capitan Don Domingo Zorrilla, despues que hizo la
experiencia : y Mr. Salmon afirma
|
(a)
, que en las costas de
|Mendanao y de
|Xobo se hallan en los vientres de los
|cocodrilos
huesos de hombres, de animales, y tambien cantidad de piedras, que
tragan para llenar el estómago.
Solo casualmente aprenden cebarse en carne humana; y así en los
rios donde no hay Poblaciones, y hay poco concurso de embarcaciones
pasageras, solo en tres circunstancias de tiempo son de temerse los
caymanes. La primera, quando por Setiembre y Octubre andan zelosos,
en continuo movimiento de sus hembras. La segunda, quando puestos
los huevos en hoyas, que para ellos cavan en las playas, donde con
el calor del Sol y de la arena se empollan, andan la hembra y el
macho remudando la guardia no léjos de la nidada. La tercera,
quando salidos ya del cascarón los caymancillos, van todos juntos
arrimaditos á las barrancas, nadando por la misma orilla del agua;
pues entónces andan sus padres á la vista; y en éste y en los otros
dos tiempos dichos, gastan infaliblemente de su sañudo humor, y
embisten con furia, disparando al mismo tiempo una ventosidad é
intolerable almizcle, que aturde el sentido; por lo que en los
dichos tres tiempos es necesario navegar con gran cuidado y
vigilancia.
En los raudales furiosos de los rios, en los remolinos y
peñascos donde suelen naufragar las embarcaciones, y junto á las
Poblaciones, en los sitios adonde van las gentes á lavarse y á
tomar agua para llevar á sus casas, en todos estos sitios hay
caymanes cebados, y enseñados á comer carne humana: en aquellos
remansos de agua es donde estando sumidos tienen afuera la
superficie de sus ojos, acechando maliciosamente la presa; y allí
es donde tambien perecen muchos de ellos, con las flechas de
|caña brava, que les disparan los Indios. La caña brava,
llamada así, porque es sólida, es un veneno tan activo para los
caymanes, que por poco que entre la punta de la flecha, ó por el
lado de los brazuelos, ó por los ojos, que son los sitios únicos
por donde son capaces de recibir herida, á poco tiempo nadan sobre
el agua ya muertos. Tambien los mata su misma voracidad, cebándoles
aquellas gentes de este modo: en medio de una estaca de madera
firme, atan una soga fuerte y larga; en la estaca amarran un
pescado, que la tape, ó un pedazo de carne; luego concurren allí
los caymanes, y el primero que llega se traga la carnada y la
estaca: espera el pescador un rato, y luego con ayuda de
compañeros, saca el caymán á la playa, por mas que se resista: y á
esta trampa llaman
|tolete.
De ésta misma usan en la playa seca para prenderlos sin cebo ni
carnada alguna; y es una fiesta, no de toros, sino de caymanes,
digna de vérse. Coge el Indio el
|tolete ó la estaca con las
puntas bien aguzadas, la toma del medio, y sale á provocar al
caymán, que con mas de una vara de boca abierta contra el Sol, se
está calentando: luego que el caymán ve venir contra sí al Indio,
le acomete en derechura con la boca abierta: á distancia competente
se aparta el Indio solo un paso, y con este lance pasa el caymán de
largo: no se apura el Indio; porque por tener el caymán el espinazo
tieso é inflexible, ha de hacer un gran círculo para volverse á
encarar con su enemigo: éste espera la segunda, tercera y quarta
embestida, y quantas quiere, evadiéndolas con la misma frescura y
facilidad, hasta que de hecho suelta la soga, empuña bien la
estaca, y espera al caymán á pié firme: llega éste á coger
furiosamente la presa con la boca abierta: y entónces el Indio le
mete intrépidamente el puño con la estaca, y todo el brazo dentro
de la disforme boca, con el seguro, de que al tiempo de cerrarla,
se clava el caymán la punta superior del
|tolete en el
paladar, y la punta inferior abaxo de la boca, y así se queda
cogido con toda la bocaza abierta, hecho ya juguete de los
muchachos. Cúbran se de vergüenza los Circos y Anfiteatros Romanos,
con sus soberbios Emperadores, que yo aseguro, que jamás viéron
espectáculo de semejante valor y destreza: ni lo dicho fuera
creible, sino al que lo ha visto: y para que lo crea el que lo
leyere, es preciso que haga reflexion sobre que en él solo
interviene un barbaro jugando con un bruto. Los Indios de Campeche
usan el mismo divertimiento, y con mayor destreza los de Filipinas,
por ser mas ligeros y ágiles aquellos caymanes con quienes
juegan.
Yo no he visto la niña del tigre feróz Americano con el caymán,
pero los Indios que la han observado, me han referido, que estando
el caymán calentándose al Sol, suele de un salto el tigre clavarle
todas quatro garras, montado sobre él, quien no halla otro remedio
que arrojarse al profundo del rio, para que se ahogue su enemigo:
si ántes que se hunda el caymán, el tigre, como suele suceder, le
ha rajado el vientre, y derramado las tripas, le saca al seco, y se
lo come; pero si el caymán ligeramente ganó el fondo del rio,
despues de ahogado el tigre, le saca á la playa para su regalo.
Y es digno de saberse que el caymán dentro del agua muerde lo
que encuentra, pero no puede de comer, y sale al seco para lograr
la presa; y la causa es, porque el caymán, ni tiene lengua, ni cosa
equivalente; sí solo la campanilla del garguero, que es un tapon de
carne informe, que le tapa el tragadero al cerrar la boca; y al
abrirla queda el paso franco para el agua, que si se descuida le
ahoga: por lo que coge, aprieta reciamente la presa, y luego que la
siente privada de movimiento, sale con ella á la playa, y logra el
fruto de su trabajo.
Se recrean y regalan mucho los Indios con los huevos de caymán,
y es gran fiesta para ellos, quando hallan algunas nidadas, en cada
una de las quales, á lo ménos encuentran quarenta huevos tremendos,
gruesos y largos, con ambas extremidades redondas: todos van al
caldero, y aunque al tiempo de comerles encuentren ya empollados
los caymancillos, no se afligen, porque todo lo comen brutalmente:
todo quanto contienen los huevos adentro, es clara, y en su centro
una mancha parda, que dicen ellos ser la parte, que ha de ser la
cabeza del caymán.
Y lo creo así, porque abriendo muchos de aquellos huevos ya
empollados, he reconocido, que el cuerpo y cola del caymancillo, de
mas de un xeme de largo, da vuelta enroscada por el circúito
interior del huevo, y la cabeza queda en el medio, ó en el centro,
la qual saca luego que se rompe la cáscara, y muerde con furia el
palo con que se rompió el huevo, clavando reciamente los dientes
afilados en el palo: así nacen armados estos feos animales.
Pero como apunté, ya sean chicos, ya sean grandes los caymánes,
no les valen sus armas contra la industria y temeridad de los
Indios
|Otomácos y
|Guamos, que usan de sus carnes por
regalo, especialmente en el Invierno y creciente del rio, quando es
poco útil otra pesca: entónces salen aquellos de dos en dos, con
una recia soga de cuero de manatí, y un lazo en la extremidad de
ella: el uno lleva la soga, y el otro el cabo donde está el lazo; y
en viendo al caymán tomando el Sol, procuran acercársele sin ser
sentidos de él, hasta que al mismo tiempo que cae al rio el caymán,
el Indio que lleva el lazo monta sobre él, con toda seguridad,
porque ni puede volver la cabeza para morderle, ni doblar la cola
para que le alcance con el peso del Indio que carga encima, luego
va á dar el caymán al fondo del rio; mas quando llega á dar fondo,
ya tiene el lazo bien apretado en la trompa, y tres ó quatro
lazadas añadidas, para mayor seguridad; de las qua les la última es
la mejor; porque asegura á las otras en el mismo pescuezo: sale
afuera el Indio tan fresco como el mejor Buzo de una Armada Real y
él y su compañero tiran hácia afuera el caymán, que aunque hace con
la cola sus extremos, no puede resistirse, ni evitar la muerte.
Dánle un fiero garrotazo sobre los ojos, del qual queda
enteramente aturdido, y ántes de darle otro golpe, miéntras está
vivo, le cortan y sacan del pecho la tabla de conchas, donde reside
el fiero almizcle, porque si muere el caymán ántes de quitarle
dicha tabla, se difunde por todo el cuerpo tanto almizcle, que
apesta la carne, de modo que no puede comerla ni la gran voracidad
de los Indios. Quitada aquella tabla, destrozan la carne, que es
tan blanca como la nieve, tierna, y de buen gusto; y solo queda la
sospecha, de que tal vez se habrá comido aquella bestia algunos
hombres. De ordinario tiene mucha grasa y manteca, que guardan los
Indios para sus amasijos de pan, como ya diximos; y como hay tanta
abundancia de caymánes, pasan aquellas dos Naciones sus Inviernos
alegremente, y con mucha abundancia de vianda. ¡Tanto como esto
puede la industria humana!
Como vimos en la primera Parte, el pan de los Indios
|Otomácos, es á lo ménos la mitad, de tierra gredosa, que
naturalmente habria de dañar á los que le comen; pero sucede lo
contrario, porque aquellos Indios exceden á las de más Naciones en
robustez, fuerza y corpulencia; y esto me movió á indagar ¿cómo, ó
porque las otras Gentes, si por vicio comen tierra (como sucede en
los de poca edad, y en las mugeres embarazadas,) luego pierden el
color, se ponen entecas y enferman; y comiendo los
|Otomácos
chicos y grandes, no solo el dicho pan, sino tambien muchos
terrones de pura greda, no les causa daño alguno? Y despues de
repetidas experiencias, hallé con toda evidencia, que la manteca ó
grasa del caymán, limpia totalmente el estómago, sin, dexar en él
tierra alguna; de modo, que dándole al que se opiló con comer
tierra, tres ó quatro mañanas una onza de dicha grasa en ayunas,
con algo de azucar para evitar el asco, expele toda la tierra del
estómago, recobra las ganas de comer, y vuelve á su nativo color el
rostro; y de esto hay innumerables experiencias.
Antiguamente arrojaban al rio las cabezas de los caymanes que
enlazaban; pero de pocos años á esta parte tienen en ellas su mayor
ganancia, porque venden á muy buen precio los colmillos, ó se
buscan con ansia, para enviarlos á personas de estimacion, que los
reciben y agradecen como un apreciable y rico regalo, causa de
haberse descubierto en la Provincia de Caracas, ser dichos
colmillos un gran contraveneno. Por esto y por lo que han
experimentado ya, el que no lleva un colmillo de caymán engastado
en oro ó plata, y apretado con una cadenilla á uno de los brazos,
se pone en los dedos una ó dos sortijas hechas de los mismos
colmillos, contra las yerbas venenosas, que los Negros esclavos
suelen usar unos contra otro y no pocas veces contra sus Amos. El
descubrimiento de la virtud del dicho colmillo es moderno, y fué
así: deseoso un Negro esclavo, en las haciendas de Caracas, de
matar á otro, le dió ocultamente de quantos venenos y yerbas
venenosas tenia noticia; y viendo que se cansaba en valde, y
porfiaba en vano, porque su enemigo estaba bueno y sano, despues de
sus diligencias; á fin de saber la causa, empezó á saludarle,
visitarle y enviarle todos los regalos que podia, y como el otro
estaba muy léjos de saber la mala intencion que habia tenido éste,
correspondíale con buena amistad; y con esta ocasion un dia dixo el
Negro malévolo al otro:
|¿camarada, si algun mal Christiano nos
quisiese dar veneno, qué remedio sabes? El otro Negro sacó el
brazo, levantó la manga, y mostrándole un colmillo de caymán atado
á la carne, le dixo ingenuamente:
|amigo, teniendo este colmillo,
no hay veneno que valga. Corrió la voz, y con la experiencia el
aprecio de tan buen preservativo.
Al mismo tiempo, á poca diferencia, una enojada y cruel muger
quiso matar á su marido, dándole á este fin varios venenos; pero
estos no tuviéron fuerza, porque casualmente para guardar yesca
traia siempre consigo un colmillo de caymán. El caso se hizo
público en la Ciudad de
|Panamá: pasó la noticia á las de
|Guayaquil y
|Quito, en donde se hiciéron varios
experimentos, dando tósigos á varios animales, despues de atarles
al pescuezo el dicho colmillo; y el efecto fué lanzar a breve rato
la carne envenenada, y quedar sin daño alguno.
Con estas experiencias, se pasó despues á poner sobre las
mordeduras de vívoras y culebras el colmillo del caymán, y se ha
visto ser el antídoto mas activo, y mas universal, como es ya
notorio en las tres citadas Provincias; de modo, que hasta la
mortífera ponzoña de aquellas vívoras, que llaman bejuquillo, para
la qual, con gran dificultad se hallaba triaca, cede luego á la
virtud de aquel colmillo, como consta de instrumento jurídico, con
que se autenticó en Guayaquil semejante caso. Solo lo ya
experimentado, equivale á mas de lo que se afirma del Unicornio; y
la pericia de los Botánicos descubrirá con el tiempo mucho mas.
En fin, hay abundancia de caymanes, de la misma forma y figura;
pero no son en sí bravos, aunque quando los torean mucho, los he
visto enojados, y estos solo se mantienen de pescado, y son comida
apetecible, y de buen gusto; de manera que quando hay babilla, que
es el nombre que se da á aquel caymán, abandonan los Indios
qualquier otro pescado.
|
(a)
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Aperti alcuni di essi coccodrilli,
si sono trovate, nel loro ventre, ossa de huomini, e di animali;
come ancor pietre, che inghiottono, per empirsi lo stomaco. Tom.
2. cap. 9. pag. 225.
|