CAPITULO XVII
Peces ponzoñosos
y sangrientos.
Despues de haber manifestado á los caminantes los peligros de la
tierra, en la multitud de fieras y de insectos malignos, quedáran,
con razon, quexosos los navegantes de aquellos rios y lagunas,
especialmente los forasteros, si no les diésemos noticia de los
riesgos, y peces venenosos que entre aquellas aguas se ocultan,
para que con cuidado se recaten de ellos; y si no les insinuásemos
el modo de librarse de ellos, y los remedios usuales para sanar, en
caso de hallarse heridos. Muchos de estos daños padeciéron los
primeros Españoles, que baxáron y subiéron por el Orinoco; y
despues los Ingleses, en sus expediciones, con pérdida notable de
Soldados, como consta de nuestras Historias, y de los Itinerarios,
que ellos formáron, que se hallan recopilados por Mr. Laet; pero
como el único empeño de aquellos era el descubrir minerales,
pusiéron toda su mira en demarcar los rumbos del agua, y caminos de
tierra, sin dexar noticias individuales de los animales que les
destruian y acababan la gente; y este es el asunto de este
Capítulo, no poco útil á los que han de navegar aquellos rios.
Se lamentaban aquellos Españoles de que las aguas de las lagunas
y anegadizos circunvecinos del Orinoco, les mataban mucha gente;
pero este daño se evita ahora facilmente, si con un pañuelo
doblado, ó con un girón de la capa ó de la casaca, se cuela dos, ó
tres veces aquella agua ántes de beberla, de manera, que desde que
se averiguó, y se usa de esta fácil precaucion, se ha evitado una
infinidad de muertes: y lo creo muy bien, porque en ellos se
corrompe el agua, y luego crea lama verde sobre sí, y dentro
engendra multitud de
|sanguijuelas,
|renacuajos,
|cabezones y otros innumerables animalejos, casi
imperceptibles á la vista, que transferidos al estómago, se aferran
á él, y ya sea porque allí crecen, ó ya porque sin crecer mas,
llevan consigo bastante malignidad; de ellos, y de la putrefaccion
del agua se originaban dichas muertes.
Otra precaucion conviene tener presente, y es de no vadear rio ó
laguna de poca agua, ni andar por las orillas de rio grande, dentro
del agua, sin llevar en la mano un baston, picando con él la arena
donde se han de sentar los piés; porque todos los rios, arroyos y
lagunas de tierra caliente tienen
|rayas cubiertas con arena:
estas son unos animales redondos y planos, al modo de un plato
grande, que llegan á crecer disformemente: tienen el pecho contra
el suelo, y en medio de él tienen la boca, pegada siempre contra la
arena ó tierra, de cuyo xugo se mantienen: en la parte inferior
tienen la cola bastantemente larga, y armada con tres ó quatro puas
ó aguijones de hueso firme, y de punta muy aguda; y lo restante,
hasta la raiz, con dientecillos de sierra muy sutiles y firmes.
Estas
|puyas buscan los Indios, y las encaxan con firmeza
en las puntas de sus flechas de guerra, con que hacen la herida
fatal o muy dificil de curarse, por el veneno de aquellos animales.
Luego que la
|raya siente ruido, juega su cola, y la encorva,
al modo que con la suya lo executa el alacrán, y hiere á quien la
va á pisar, sin advertirlo, por estar ella siempre oculta entre la
arena. El que va caminando con su baston, picando el terreno p
donde ha de pasar, va seguro porque si hay
|rayas, al sentir
el palo, se apartan.
Es digno de notar que por recia que sea la herida de la
|raya, no arroja gota alguna de sangre; ó porque el frio de
aquella
|pua venenosa la quaxa, ó porque la misma sangre, á
vista de su contrario velozmente se retira: y esta circunstancia me
excitó á hacer dos experimentos, que son los que hoy se practican
ya en todas aquellas Misiones, contra las cotidianas heridas de
rayas, contra las quales los Indios no habian hallado otro remedio,
que morir despues de cancerada la herida. Los Españoles habian
hallado alivio al agudo dolor, aplicando una tajada de queso bien
caliente, pero no evitaban una llaga gravísima y peligrosa, que
siempre resultaba. A los Indios adultos, rarísima vez hieren las
rayas; por que con el mismo arco que llevan para flechar pescado,
van picando la arena, al vadear por el agua: toda la plaga recae
sobre los chicos incautos, que al irse á lavar y travesear, jamás
escarmientan; y aun malicio, que se alegran de las heridas, por
librarse de ir á la escuela, y á la doctrina, que evitan quanto
pueden, por ser tareas opuestas al humor de aquella edad.
Deseoso de atajar tantos daños, impelido de la reflexion arriba
dicha, al primer chico que me traxéron herido, saqué una vena que
hay en el centro de los ajos, que es la que pasa á retoño quando
nacen, y la introduxe por la herida de la puya: á breve rato brotó
por ella tal copia de sangre, que arrojó á la dicha vena ó nervio
del ajo: despues que paró la sangre, puse otra semejante, y volvió
al cabo de rato á salir sangre, pero en menor cantidad; y
reteniendo en mi casa al paciente, á los tres dias ya estaba sano,
sin habersele inflamado la herida, ni poco, ni mucho: de modo, que
se infiere, que lo cálido del ajo pone fluida la sangre coagulada
con el frio del veneno; y se ve que con la misma sangre sale el
veneno que la puya habia entremetido. Este experimento me dió
motivo para el segundo; que fué, llenar la herida hecha por la puya
de la
|raya, con raspadura de
|nuez moscada, y surtió
el mismo efecto, y con las mismas circunstancias dichas ya en el
experimento primero. Dexo otras noticias de las dichas
|rayas, y concluyo con decir lo que me causó notable armonía;
y es, que haciendo anatomía de la rara hechura de una, le hallé en
el vientre la matriz, no llena de huevecitos, como tienen los otros
peces, sino llena de
|rayas, del tamaño de medio real de
plata, y cada una de ellas, que pasaban de veinte, armada con sus
puyas en la cola, para salir prontas á dañar desde el vientre de su
madre.
Otra plaga fatal es la de los
|guacaritos, á quienes los
Indios llaman
|muddé, y los Españoles, escarmentados de sus
mortales y sangrientos dientes, llamáron y llaman hasta hoy
|Caribes. Contra estos, el único remedio es, apartarse con
todo cuidado y vigilancia de su voracidad, y de su increible
multitud, pues es tanta aquella, y tal ésta, que ántes que pueda el
desgraciado hombre, que cayó entre ellos, hacer diligencia para
escaparse, se le han comido por entero, sin dexar mas que el
esqueleto. Y es cosa digna de saberse, que el que está sano, y sin
haga ó herida alguna, puede entrar muy bien, y nadar entre
innumerables
|guacaritos, (si sabe espantar las sardinas
bravas,) seguro, y sin el menor sobresalto; pero si llega á tener
algun rasguño de espina, ó de otra cosa, por donde se asome una
sola gota de sangre, va perdido, sin remedio: tal es su olfato,
para conocer, y hallar la sangre. Y para mayor advertencia añado,
que pocos años hace, precisado á pasar el rio
|Cravo, un buen
hombre, estando el rio muy crecido, dexó la silla de montar al otro
lado, y encima del caballo en pelo se arrojó á pasar: tenia el
caballo lastimado el espinazo, y al olor de aquella sangre le
embistiéron los
|guacaritos con tal ímpetu y multitud, que
por mas presto que el hombre se arrojó del caballo á nadar,
cogiendo luego tierra, salió lastimado, y murió en breve: y aunque
no tenia herida alguna, sus compañeros discurriéron, que á rio
revuelto, llevó de aquellos animales los fatales mordiscos, que le
causáron la muerte. Esto es muy creible, porque se ha reparado, que
durante los ataques sangrientos, se comen los
|guacaritos
unos á otros, porque por estar los mas inmediatos á la presa
teñidos de sangre, dan con ellos los que van llegando de nuevo; y
es muy creible, que esto es lo que sucedió al referido
pasagero.
No ha mucho que en la Mision de Guanapalo, le lleváron al Padre
Misionero de aquella gente, los Alguaciles de la doctrina, un
esqueleto recientemente descarnado, de un chico de unos seis ó
siete años de edad, que inadvertido se entró en el rio, con un leve
rasguño, y le arremetiéron tan apriesa los
|guacaritos, que
con haber muchos Indios presentes, nadie le pudo remediar, pues
ninguno se atrevió á exponer su vida á un manifiesto peligro.
Esta mala casta de
|guacaritos abunda en el Orinoco, en
todos los nos que á él baxan, y en todos lo arroyos y lagunas; y
porque ellos, como queda dicho, no saben abrir brecha, si no la
hallan, hay con ellos otra multitud innumerable de
|sardinitas de cola colorada, sumamente atrevidas y golosas,
las quales, lo mismo es poner el pié en el agua, que ponerse ellas
á dar mordiscos, y abrir camino á los voraces guacaritos sus
compañeros. Esta es la causa, porque los Indios, quando por falta
de canóa se ven precisados a vadear algun rió mediano, pasan dando
brincos, y aporreando el agua con un garrote, á fin de que se
espanten y aparten, así las
|sardinas y
|rayas, como
los
|guacaritos, cuyos dientes son tan afilados, que los
Indios
|Quirrúbas, y otros que andan sin pelo, se le cortan,
sirviéndose, en lugar de tixeras, de las quixadas de los
guacanitos, cuya extremidad, afianzada con una amarra, que ajusta
la quixada de arriba con la de abaxo, forma las tixeras de que
usan.
Otro pez hay en las bocas del Orinoco, y cos tas de la Isla de
la Trinidad, y en las del Golfo Triste, que llaman
|tamborete: á éste, quando cae en la red, luego le arrojan
otra vez los Pescadores; porque á algunos, que incautos le han
comido, luego se les ha hinchado horriblemente el vientre y han
muerto. Doy las señas de él, para que sea conocido: no crece mucho,
pues el mayor no llega á ocho onzas de peso; no es pez de escama,
sino de pellejo; y es mas grueso de lo que pedia su longitud: tiene
el lomo casi morado, y la barriga blanca.
El pez
|espada piensa neciamente, que la canóa que pasa
navegando, es algun animal que va en su alcance, y luego saca la
cabeza, y en ella su espada, no de dos filos, sino de dos sierras;
y da tal tajo á la débil canóa, que la pone á pique de trabucarse.
Si es la canóa vieja, le suele sacar una buena astilla; y si es
nueva, suele dexar la mitad de su espada encaxada en el bordo, y se
va medio desarmado. El se hace respetar de todos los peces por su
espada, y hasta los
|caymanes,
|manatiés y
|bagres procuran evitar su encuentro. ¡Quánto mas cuidado
deben tener los hombres para librarse de su furiosa ira, y fatal
golpe!
Desde las bocas del Orinoco, por todo el Golfo Triste, hasta las
bocas de los Dragos, se cria el pez
|manta, de quien huyen á
remo y vela, así las piraguas de los Pescadores, como las de los
pasageros. Se cree que es pez, aunque no tiene traza de ello: es un
témpano quaxado, tan ancho, que luego que se arrima á la canóa, la
cubre en gran parte, y regularmente con la canóa y la gente de ella
se va á pique.
No he visto este monstruo, pero navegando por aquel Golfo en los
años de 1731 y 32, vi y oi el sobresalto de, los marineros y
pasageros , y el miedo grande que tenian de dar con una de estas
|mantas, que tan fieramente arropan y abarcan tanto buque,
quanto parece increible. De los Buzos ó Pescadores de las pesqueras
de perlas he oido á personas fidedignas, que entran al fondo con un
puñal en la mano, para defenderse de dichas
|mantas, que al
primer piquete se retiran.
|Bagre armado se llama otro pez, de que abundan aquellos
rios, á distincion de otros bagres, de muy buen sabor al paladar,
que no tienen armas, ni ofensivas, ni defensivas. Dicho
|bagre
armado, desde los huesos en que se ajustan contra el cuerpo sus
agallas, hasta la extremidad de la cola, tiene por cada costado una
fila de uñas de hueso muy agudas, y parecidas á las uñas de la
aguila real: nada con la velocidad de un rayo, y á los peces,
|caymanes, hombres, ó á qualquiera animal á que se arrima de
paso, le dexa destruido, é incapáz de vivir. Sus carnes no se
pueden comer, por estar todas penetradas de almizcle
intolerable.
El pez
|temblador, por otro nombre
|torpedo, á causa
del entorpecimiento que comunica, se llama así, porque hace temblar
á quantos le tocan, aunque no sea inmediatamente, sino mediante una
lanza ó caña de pescar. Se parece en la hechura á las anguilas, y
crece mucho mas que ellas: yo los he visto del grueso de un muslo,
y de mas de una brazada de largo: solo en los lomos tiene carne muy
gustosa, pero muy llena de espinas, que rematan en horqueta; y el
resto de su cuerpo todo es manteca muy blanca: no tiene agallas, y
en su lugar tiene dos como orejas, de color rosado, y en ellas
reside la mayor acactividad para entorpecer; tanto, que despues de
muerto le manosean, y cortan los Indios para poner en la olla, ó
para asar, sin sentir ya temblor; pero si le tocan las orejas,
todavía tiemblan, y se entorpecen. Todo su cuerpo es sólido, ménos
un corto geme mas abaxo de la boca, donde no se halla tripa alguna,
sino solo el buche, é inmediatamente el desaguadero de las heces.
En el charco ó remanso de rio, donde ellos andan, no paran, ni
caymanes, ni otros peces grandes, por el miedo que les tienen. El
temblador, para pescar los peces medianos, se arrima á ellos de
paso, los atonta, y se los traga á su gusto; pero mas gusta de las
sardinas menudas, y es curioso el modo con que las pesca. En
reconociéndolas, las va siguiendo hasta cerca de la barranca, en
donde hace de su cuerpo un semicírculo, fixando la cabeza y la
punta de la cola contra la barranca; con que todas aquellas
sardinas que tocó al formarse, y las que pretendiendo salir del
semicírculo tocan con él, se quedan entorpecidas, y boca arriba,
tanto tiempo, quanto ha menester para en todas: digo engullir,
porque no tiene dientes.
La
|pavára es de los peces mas hermosos de aquellos rios,
y de buen sabor. Algunos llegan á crecer tanto, que pesan veinte y
cinco y mas libras; pero por grandes que sean, dan unos brincos de
mas de una vara fuera del agua; y si alguno de los que van en canóa
trae jubon, ceñidor, ó ropa colorada en el cuerpo, da la
|payára el salto, pégale un mordiscon, y queda colgando de la
ropa que mordió. Estos peces se pescan sin cebo, y sin anzuelo,
sirviendo de golosina la soga, y sus largos y agudos colmillos de
anzuelo. Para pescarles atan á la punta de un palo un retazo de
bayeta ó sarja colorada, y se la van mostrando, ó desde la orilla
del rio, ó desde la canóa, y ellos van saltando y prendiéndose como
dixe; porque á mas de su dentadura, que es larga y sutíl, los
colmillos de la quixada inferior son tan largos, que por los
conductos que Dios les hizo por entre la cabeza, les van á salir
las puntas junto á los ojos; por lo qual cierran la boca, como con
llave; y siendo ropa la que muerden, como no pueden cortarla del
todo, quedan aprisionados con sus propias armas. Al contrario
sucede quando de repente dan un salto, y al pobre Indio que va
remando ó pescando desnudo (segun su costumbre) de improviso le
arrancan un pedazo de carne de la pierna, ó de un muslo: lo que
sucede muchas veces. Dexo otras plagas de animales aquáticos; así
porque no son considerables; como porque no quisiera ser molesto.
Resta solo tratar de los
|caymanes, de quienes, aunque los
Autores que han escrito de la América, han dicho mucho, yo diré
mas, por el largo tiempo que he lidiado con ellos, observando sus
ardides, y haciendo tambien anatomía de sus entrañas: todo lo que
pide Capítulo aparte, que será, no sé si mas útil, ó curioso.