CAPITULO
XIV
De las culebras
venenosas de aquellos Paises.
§. I.
Del culebron
espantoso llamado buío.
Las plagas que el poder de Dios multiplicó en Egypto para
castigar los endurecidos corazones del bárbaro Faraón, de sus
crueles Ministros, y de todos los ciegos idólatras de aquel Reyno,
no creo que sean tantas como las que la Justicia Divina ha enviado
á las vertientes del Orinoco, y á las vegas de los muchos rios, que
le tributan sus raudales, para azote y castigo del bárbaro modo de
proceder de sus moradores: y así como al principio de esta Obra,
entro ahora con nuevo sobresalto en este Capítulo, no sea que la
ingenua relacion de la verdad retrayga á alguno ó á algunos, de los
deseos que tienen de regar aquel terreno con sus sudores, a vista
de las plagas de que está infestado; pero reparando que quien
alista estos Soldados es solo Dios, con accion reservada
singularmente para sí, cooperando la criatura:
|ego elegí vos
|
(a)
.
|designavit
Dominus, &c
|alios septuaginta duos, &c.
|
(b)
; y que su Divina
Magestad les da el valor y fuerzas necesarias, y tambien la triaca
contra todos los venenos y serpientes:
|serpentes tollent,
&c si mortiferum quid biberint
|
(c)
,
|non eis nocebit; así afianzado
sobre tan sólido fundamento, detesto y desecho al punto toda
sospecha, y paso á referir con toda seguridad la realidad de las
plagas propuestas; y mas con la protesta, de que no hay en las
Misiones de que trato, memoria ni tradicion, de que haya muerto
Padre Misionero alguno, ni de veneno dado maliciosamente, ni de
mordedura de culebra, ni en las garras del tigre, dientes del
cayman, ni de otras fieras; que es cosa muy notable.
El primer horrible serpentón, que se nos pone á la vista por
hallarse con gran freqüencia en aquellos Paises, es el buío, á
quien llaman los Indios Jiraras
|aviofá, y otras Naciones y
los Indios de Quito le llaman
|madre del agua, por que de
ordinario vive en ella. Es disforme en el cuerpo, del tamaño de una
viga de pino con corteza y todo: su longitud suele llegar á ocho
varas: su grueso es correspondiente á la longitud, y su modo de
andar es poco mas perceptible que el del puntero de los minutos de
la muestra de un relox. Dudo mucho que quando anda en tierra, haga
en todo el dia media legua de jornada; y en las lagunas y rios,
donde de ordinario vive, no sé á qué paso anda: solo el verle da
notable espanto; bien que da consuelo saber quan de plomo son sus
movimientos: con todo, el que sabe el alcance largo del pestilente
vaho de su boca, pone en la fuga su mayor seguridad. Así que siente
ruido, le varita la cabeza, y una ó dos varas de cuerpo, y al
divisar la presa, sea leon, ternera
|
(d)
, venado u hombre, le dirige la puntería, y
abriendo su terrible boca, le arroja un vaho tan ponzoñoso y
eficáz, que le detiene, atonta, y vuelve inmóvil; le va atrayendo
hasta dentro de su boca á paso lento, é indefectiblemente se le
traga. Dixe que traga, porque no tiene dientes
|
(e)
, y así gasta largo tiempo, y aun
dias enteros, en engullir una presa; y es tal, y tiene tales
ensanches su fatal gaznate, que á fuerza de tiempo se traga una
ternera de año, estruxándole la sangre y el xugo al tiempo que la
vá engullendo; de manera que algunas presas que se le han quitado,
estando ya medio tragadas, se han reconocido sin lesion alguna en
la parte engullida, pero ya sin xugo ni susbtancia. Se encuentran
freqüentemente los buíos tendidos al Sol, con las astas de un
venado hechas vigoteras; porque despues de engullido el venado, se
le arranca ó atraviesa en la boca la cornamenta, hasta que digerido
lo que tragó sacude de su boca las astas y pasa á buscar otra
presa, con el seguro de que no se le escapará, si la alcanza con la
vista, y puede dispararle su ponzoña. Sin embargo puede la
casualidad librar la presa; pues si al tiempo, que con aquella
invisible cadena de su vaho atosigado va el buío atrayendo algun
animal, pasa casualmente otro, y mas si pasa con velocidad, se
interrumpe aquella línea de veneno atraente, vuelve en sí el
viviente, que estaba aprisionado, y se le escapa con presteza: por
esta causa nadie se atreve á viajar solo, sea á pescar, sea á
montear, sea al viage que se fuere han de ir á lo ménos dos de
compañía, para que en el caso de que el buío, oculto ó descubierto,
haga su puntería al uno de los dos; el otro, ó con el sombrero, ó
con una rama, sacuda y corte el ayre intermedio entre el compañero
y el buío; con que prosiguen su camino, sin hacer caso de aquella
fiera bestia. Esta es la práctica corriente y ordinaria en las
tierras inficionadas de esta plaga, que no son todas; pero hasta
aquí no hay en que tropezar, ni de que maravillarnos, sino de la
mole bronca del culebrón; porque el atraer con el vaho, es cierto y
notorio, que lo hace tambien el escuerzo ó sapo ponzoñoso, con las
lagartijas, contra las quales abre la boca, y por mas diligencias
que hagan, por ultimo van á morir en sus fauces pero es de notar la
diferencia entre el escuerzo y el buío; pues el vaho del escuerzo,
por ser de animal de poco cuerpo, da lugar á la lagartija para que
haga algunas diligencias para escaparse; pero el buque pestilente
del buío arroja tal exhalacion de ponzoña, que no le dexa accion,
ni al hombre mas valiente, ni al tigre mas bravo.
Es verdad que el hombre atraido del buío no pierde su juicio,
segun lo declaran muchos que se han visto tirados de su vaho; pero
¡qué congoja! ¡qué sudores fríos! ¡qué angustias fatales, no
sufocarán el ánimo del pobre, que contra toda su voluntad se ve
llevar á la tremenda boca de aquella bestia carnicera é insaciable
monstruo! Gran similitud, es la de este apretado lance, para que
abran los ojos, suden y se acongojen los que halagados de la
Serpiente infernal, se dexan llevar de su vaho y atractivo, sin
reparar en que el paradero es la boca de un Infierno inacabable,
que ya tiene abierta su garganta para tragarlos sin remedio De lo
dicho resulta que el culebrón de que habla el Cavallero Esloane en
las Memosrías Filosóficas de la Real Sociedad de Londres
|
(f)
, es de especie diversa,
porque el buío no tiene colmillos ni dientes, y por eso no come,
sino que engulle la presa que atraxo. A mas de esto Mr. Esloane
supone, que su culebrón primero hiere, y luego sigue con la vista
la presa, que por instinto sabe morirá luego que el veneno que
lleva consigo difunda toda su actividad; no así el buío, que, como
dixe, primero ve, v. gr. al venado, luego abre la boca, le arroja
el vaho, é inficionado y aturdido, lo atrae y se lo engulle. Lo
singular del serpentón de Mr. Esloane, es, que tenga dientes para
herir á la incauta avecilla, y no para retenerla.
Pero voy á responder á una tácita querella que harán tal vez los
curiosos. ¿Cómo no se da, dirá alguno, una eficáz providencia para
destruir unas bestias tan nocivas y malignas? Antes de responder,
debo advertir, que esta misma providencia es necesaria contra los
tigres, que son innumerables, contra los leones y caymanes, contra
los osos y leopardos de los páramos, que baxan á hacer gravisimos
daños; y contra innumerables fieras, que infestan aquellos
Paises.
Esto supuesto, doy dos razones, á mi ver convincentes, por las
quales estas plagas tan gravosas no tienen remedio: la primera, es
lo poco poblado; mejor diré, lo despoblado de aquellos terrenos: la
segunda, lo vasto y extendido de aquellos Paises, llenos de
bosques, selvas y lagunas. Estas dos causas se dan mútuamente la
mano; porque por ser corto el número de los habitadores, respecto
al vasto terreno, no pueden perseguir á las bestias dañosas, como
convendría; y lo dilatado de bosques y selvas da largo campo á que
se multipliquen sus madrigueras á todo su salvo. Por esta causa
mandó Dios á su Pueblo, que no destruyese las Naciones de Canaán
todas en breve tiempo; porque entónces, dice Dios, quedará la
tierra desierta, y se multiplicarán y crecerán contra vosotros las
bestias fieras, para vuestro daño
|
(g)
.
No obstante se ha reparado, que aunque al principio de la
fundacion de nuevas colonias abunda toda especie de fieras y de
insectos nocivos, con el concurso de la gente, y las diligencias
que se hacen, persiguiendo á unos, y matando á otros, á los quatro
años de la fundacion, ya todas aquellas quatro ó seis leguas al
contorno del Pueblo están libres y limpias de aquella epidemia; y
en especial de tigres, buíos y otras culebras; porque el concurrir
á su muerte, en descubriendo donde están, se toma por materia de
fiesta y de divertimiento. En uno de estos se halló con mucho susto
un Padre, á quien yo traté, y á quien le oi referir muchas veces la
funcion, que fué así: pasando de Caracas á las Misiones de Orinoco,
se halló un tremendo buío, que habiendo disparado su vaho contra un
caymán formidable, ya se le habia atraido y engullido hasta la
tercera parte, que sería vara y media; y sobre lo restante del
cuerpo del caymán con su larga cola había el buío asegurado la
presa, estrechándola con tres enroscadas vueltas, que solo de
pensarlo da pavor: al aviso, acudió gente de unas casas vecinas,
tres con escopetas, dos ó tres con lanzas, y algunos otros con
flechas sin veneno: todos á un mismo tiempo hiriéron al culebrón, y
al punto e llenó de sangre el charco del arroyo donde estaba, y
lanzó aquel violentamente de sus fauces todo aquel trozo de caymán
engullido; el qual ya estaba muerto, pero el buío dió mucho que
hacer. Viendo uno de aquellos hombres, que miéntras estuviese en el
charco se habia de defender, buscó un lazo largo, y con brío y maña
le enlazó el pescuezo, y tiran do todos de la soga, puesto ya en
seco, le matáron luego. Mandó el amo de aquella gante de sollar al
buío, para enviar á la Ciudad de Caracas su piel, que estaba
hermosamente dibujada de blanco y pardo; y despues de seca tuvo
Siete varas, y tres quartas de largo, y tres tercias de ancho;
debiendose suponer, que se encogeria mucho, porque se secó á los
rayos del Sol. Todos los sitios anegadizos de tierra caliente
abundan de estos buíos, y en los sitios despoblados mucho mas: no
hay año, en que no desaparezcan hombres campesinos, de los que
salen , ó á pescar, ó á cazar; y creo, que el mayor daño nace de
dichos buíos, que maliciosamente acechan: yo me he encontrado con
muchos de ellos repentinamente, y á uno espantoso, que hallamos
junto al rio de Tame, un mozo que iba conmigo le dió diez y ocho
lanzadas por los costados, huyendo siempre el vaho de su pestilente
boca.
No faltará quien aquí exclame, diciendo: ¡bendito sea Dios, que
en nuestra Europa estamos libres de tales bestias! Tambien yo alabo
á su Magestad por lo mismo; pero añado, que no estamos tan libres,
como parece, de sierpes: no tales, ni de tan desmedido tamaño; pero
sí de semejante ponzoña y vaho atractivo, con fuerza proporcionada
á su cuerpo. Testigo ocular de ello es un sugeto
|
(h)
, que hoy vive, en este Colegio
Imperial, el qual saliendo á una de las huertas de Graus, Ciudad
del Obispado de Balbastro, en Aragon, reparó con su Compañero, que
una avecilla batia sus alas, á poca mas altura del suelo, que una
vara: el ver que no mudaba de sitio, les causó novedad, y fuéron á
observar la causa: viéron una culebra del grueso de un dedo pulgar,
y de poco mas de tres quartas de largo, que erguido el cuello, y
levantada en alto casi una quarta de su cuerpo, con la boca abierta
estaba atrayendo á sí la triste avecilla, que afanada no dexaba de
batir sus alas para evadir el peligro en que se hallaba; y habiendo
observado en el corto rato que estuviéron contemplando el páxaro,
que éste descaeció mas de una quarta, atraido en de rechura hácia
la boca de la culebra, asegurados ya de que no podia escaparse de
aquellos lazos venenosos la presa, tiráron á matar la culebra; y lo
mismo fué baxar ésta la cabeza, que remontarse alegre la avecilla:
luego no faltan culebras por acá del mismo vaho y atractivo del
buío. El que no crezcan hasta la desmedida magnitud de las del
Orinoco, proviene de lo muy poblados que están estos Paises, y de
lo muy despoblado de aquellos: acá no falta quien las mate, ántes
que pasen á monstruos; y allá quando se dexan ver, ya lo son.
|
(a)
|
Joann. cap. 15. v. 16.
|
|
(b)
|
Luc. cap. 10. vers. I.
|
|
(c)
|
Marc. cap. 16. vers. 18.
|
|
(d)
|
Ilustrísimo Piedrahita, cap. I. pag 7.
|
|
(e)
|
P. Matías de Tapia, en su Memorial dado al Rey nuestro Señor,
año 1715. en la pag. 6.
|
|
(f)
|
Tom. 38. en quarto, del año de 1738.
|
|
(g)
|
Exod. cap. 23. v. 29. Non ejiciam
eos a facie tua, uno a uno; ne terra in solitudinem redigatur,
&c crescant contra te bestia. Deuter. cap. 7. vers. 22. Non
poteris eas delere pariter; ne forté multiplicentur contra te
bestie terra.
|
|
(h)
|
P. Joseph Salés, Procurador General por la Provincia de
Aragon.
|