CAPITULO XIII
De otros venenos
fatales: su actividad: la cautela con que los dan: y cómo los
descubrí.
Aunque sola una mortífera boca fuera bastante para que la hidra
se hiciera formidable á los mortales, con todo se le atribuyen
muchas, para que causen mayor espanto y temor los multiplicados
conductos de su ira, y de su mortal ponzoña. No es idea poética el
curáre, de que largamente hemos tratado en el Capítulo antecedente,
sino veneno efectivo, mortal y maligno: y á la verdad, aunque la
hidra infernal no hubiera abierto otra boca, ni otra puerta para la
muerte de las Naciones del Orinoco era ésta muy suficiente para
destruirlas; mayormente no habiéndose halládo todavía triaca, que
sea practicable; pero como su ira y saña infernal contra los
hombres es insaciable, abre cada dia mas y mas bocas para vomitar
nuevos venenos, descubriendo las malignas qualidades, que
recónditas en los simples, no acechaban, ni amenazaban á las vidas
de aquellas ignorantes Naciones; las quales, quanto mas quieren
asegurarse, usando los venenos en lugar de armas, tanto mas se
arriesgan, multiplicando puertas á su muerte, y nuevas asechanzas á
su frágil vida.
Bien casualmente descubrí otro veneno, que tomado en la comida ó
bebida en corta cantidad, infaliblemente quita la vida, reduciendo
el cuerpo, ántes de morir, á un vivo esqueleto, á violencias de una
calentura irremediable: éste se llama en lengua Jirara
|irruquí
alabuqui, esto es,
|veneno de hormigas. Y el caso con que
adquirí esta noticia, fué el siguiente: caminábamos el año de 1719
por las vegas del rio
|Apure, y miéntras los Indios, segun su
costumbre de lavarse tres veces cada dia, se estaban refrescando en
el rio, me senté sobre un árbol seco : vi venir contra mí una
hormiga de extraña magnitud, toda veteada de listas negras,
amarillas y encarnadas; y aun era mas extraño su modo de caminar,
porque echados los dos piés de adelante hácia sus espaldas, venia
parada, y la cabeza en alto contra mí. Yo, enamorado de sus bellos
colores, y de su nunca visto modo de caminar en su especie, estaba
divertido, rechazándola con un palito. A poco espacio saliéron
otras, y otras mas, de aquella misma hechura, y con todas tenia yo
faena, rechazándolas, para que no me echasen de mi asiento: quando
llegó un Indio de buena ley, que no lo son todos, y dando un grito
formidable, me dixo en tono asustado: ¡
|Day febacá, Babí,
alabuquí, ajaducá! ¡
|Qué haces, Padre, que esas están llenas
de veneno! Apartéme luego, y me puse á examinar al Indio; el
qual, no reservando el secreto, como acostumbran casi todos, dixo
,,Estas hormigas son muy bravas, y muy ponzoñosas: si pica una
sola, da un dia de gran calentura: si pican dos, se alarga mas la
calentura; y si llegan á picar mas, corre peligró la vida. Los
Indios malignos y matadores, sacan de estas hormigas el veneno,
para matar y vengar sus agravios. Estos hormigueros no llegan á
tener el número de treinta hormigas, como lo ves; (ya habian salido
todas,) pero con ellas basta y sobra para sacar cantidad de veneno
con que matar mucha gente,,
|¿Cómo las cogen, y cómo sacan su
veneno? repliqué yo. Y dixo el declarante: ,,Como las hormigas
se enojan tan fieramente, y porfian en querer morder, se van
cogiendo con un copo de algodon bien esponjado una á una, y puestas
sobre el borde de una ollita en que hay agua, se cortan por la
mitad, dexando caer el vientre en ella, y echando lo restante, sin
recibir daño el que las coge y parte á pocos hervores que dé
aquella agua con las medias hormigas á fuego lento, las sacan; y el
agua despues de fria, cria una tela ó nata de grasa, procedida de
las hormigas, que recogen y guardan en cañutos, no de caña, porque
se penetra y se pierde, sino en cañutos que labran de canillas de
tigre, de mono, ó de leon, donde se mantiene bien,, ¿Y sabes tú,
repliqué yo, cómo la dan para matar? ,,Sí Padre, dixo él, que
quando nos juntamos á beber
|chicha, es cortesía, que unos
den de beber á otros, sin soltar la
|tutúma ó vaso miéntras
bebe el otro; pues el que quiere vengarse de alguno, no lo hace
hasta que venga un dia de
|bebida: entónces da él de beber á
sus amigos, y quando llega el tiempo de dar de beber á su enemigo,
pone
|baxo su uña del dedo pulgar un poquito de manteca de
estas hormigas, coge la
|tutúma, y al cogerla, con gran
disimulo, mete en la chicha su dedo pulgar, y da de beber al que
quiere matar; y como da bebida á muchos, y otros muchos la reparten
tambien, queda el malhechor oculto; y quando á la noche le da la
calentura de muerte al doliente, nadie puede saber quien le dió el
veneno.,,
Hasta aquí la dedaracion del Indio, para mí cierta é
indubitable, no solo por su dicho, sí tambien porque antes y
despues de esta noticias ya yo sabia muchas denunciaciones hechas á
las Justicias, delatando ya á unos, ya á otros, de que tenian
canillas de veneno; y me constaba, que los Padres Misioneros de
otras Misiones antiguas habian hallado y enterrado semejantes
canillas, á sus solas, y con secreto, para que no se hallasen
jamás: con que creí y creo, que aquel Indio me dixo cándida y
sinceramente la verdad, en la declaracion que llevo referida. Esta
noticia me sirvió y sirve grandemente á todos los Misioneros, y me
ha parecido al caso continuarla aquí, para que los venideros se
valgan de ella, y se precaucionen, como lo hice yo desde que la
tuve.
Es el caso, que llegue el Padre Misionero á la hora que llegáre
á casa de qualquier Indio, (hablo de los chontales, no de los que
ya están doctrinados y cultivados,) ó á ver un enfermo, ó á
qualquiera diligencia, luego le ponen la
|tutúma llena de
|chicha junto á la boca, y no hay que excusarse, porque toman
á agravio el que no beba de ella el convidado; pero quedan
consolados, con que solo pruebe algun poco. A mas de esto, en los
Pueblos que se van amansando, quando hay estas bebidas, que son sus
mayores fiestas, el primer convidado ha de ser el Padre Misionero,
quien no hay que excusarse, so pena de incurrir en su enojo; y debe
sentarse junto al Cacique, y romper el nombre á la salud del
concurso, aunque sea con solo el ademan de beber. Esto supuesto, y
supuesta la moda referida de dar veneno, jamás probé en adelante su
chicha, si el que me la daba no bebia primero de ella; y aunque á
los principios se resistian, con todo los convencia, diciendo:
|que era uso de la gente blanca, y señal de buen corazon, en el
que da la bebida y en el que la toma. Esta práctica pareció muy
bien á todos los Padres Misioneros, quando les revelé el secreto; y
parecerá bien á todos los que leyendo esto, vieren quan arriesgadas
tienen aquellos Operarios sus vidas, porque jamás llegará á tanto
la barbaridad del que da el veneno oculto en la bebida, que quiera
él mismo tragarse primero la muerte. En el primer recibimiento, y
entrada a Nacion nuevamente descubierta, de que traté en el
Capítulo XXIII. de la primera Parte, no hay peligro, porque
semejantes Indios son muy bozales, y á los principios están
preocupados del interés, de la curiosidad y del miedo.
Pregunté tambien á mi declarante, si habia, ó sabia algun
remedio contra el referido veneno, y me respondió resueltamente,
que no; que la muerte del que le tomaba era cierta é infalible; y
que si hubiera remedio, él lo dixera, con la misma verdad con que
me habia declarado lo ya dicho. Despues, con el tiempo, asistí á
varios moribundos de diversas Naciones, que muriéron de este
veneno; el qual, como ya apunté, causa una calentura lenta é
iniquitable, que va aniquilando los cuerpos, hasta dexar los huesos
solos, y la piel: unos viven mas, otros ménos, con una notable
vivacidad en los ojos; y me persuado, que el dilatarse, ó
abreviarse mas ó ménos la muerte en los tales, depende de la mayor
ó menor cantidad de veneno, que el matador aplicó á dicha bebida.
Véase sobre otro veneno semejante á Herrera
|
(a)
.
El miedo de éste, y de otros venenos tiene tan á raya en la
bebida ó los indios
|Tunevós, que contra la universal
costumbre de todas las Naciones de Indios, solos los
|Tunevós, ni usan con vites de
|bebida, ni aun fabrican
género alguno de
|chicha, que pueda emborrachar: cosa, que
por muy singular, y sin exemplar entre los Indios, he querido notar
aquí; pero esta parsimonia, como se ve, no es por virtud, sino hija
del miedo, y de la mutua desconfianza y poca fe, que unos entre
otros se tienen. Pero pasemos á ver otro veneno no ménos fatál, que
los dos que llevo referidos.
En aquellos valles dilatados, llenos de espesa arboleda,
poblados únicamente de fieras, se hallan en tanta copia las
serpientes, culebras y vívoras, que apénas se puede creer: entre
ellas hay una especie de serpientes de singular variedad y
velocidad en su carrera: su especialísima divisa es un copete de
pelo sutil, que en señal de sus muchos años de vida les nace sobre
la cabeza.
¿Y quién les dixo á los ciegos y bárbaros Indios, que aquellos
pelos son veneno cruel y sangriento? Ellos lo saben; ellos usan de
él: oxalá no fuera con tanta freqüencia. Y no es juicio temerario
creer que este secreto se lo manifestó el Demonio, amigo de ver
derramada la sangre humana desde el principio del Mundo. Dixe
veneno sangriento, porque poco despues, que ó en la bebida, ó en un
bocado de comida ha recibido el paciente un pelo solo, entero ó
cortado en menudas partes, hace su efecto violentísimo, empezando
el pobre á vomitar sangre á bocanadas; y tanta que de ordinario
acaba presto con la vida, sin haberse hallado hasta ahora remedio
contra tan fatal actividad. El Indio Joseph Cabarte á quien cité
arriba, como testigo de la maniobra del curáre, será ahora mas
abonado testigo del veneno de que hablamos. Despues de haber
servido este buen Indio, casi cinquenta años, á los Padres
Misioneros con singularísima fidelidad y amor, no desamparándolos
jamás en sus mayores tribulaciones, persecuciones, y hambres
ordinarias; despues de haber ayudado últimamente al Venerable Padre
Juan Rivero, á fundar, y poner en toda formalidad la Mision de San
Francisco Regis de Guanapalo, murió á la violencia de este veneno.
Picado un maligno viejo, de que hubiese aquel demarcado una planta
de Iglesia, mayor de lo que él queria, vengó su ira dándole un pelo
de los dichos, siguióse luego el efecto, en a copiosa sangre que el
pobre arrojaba; pidió los Sacramentos, luego que los vómitos diéron
alguna tregua, y á vista de nuestro Amo, que por Viático habia de
recibir, dixo estas palabras, ,,Ya mis hijos los Achaguas, por cuyo
bien tanto he trabajado, me han dado el pago; pero Dios, por quien
principalmente trabajé, como lo espero, me pagará mejor; y con esta
esperanza que tengo, perdono muy de corazon al que me dió este
veneno; que si Dios no lo hubiera permitido, él no hubiera hecho
esté dañó, y mas no habiéndole yo hecho mal alguno á él, ni á
persona alguna de todo este Pueblo yo sé quien es, y quiero que
sepa que le perdono muy deveras: solo deseo que se arrepienta de su
pecado.,, Esto dixo, y nos dexó aquel Indio Christiano nuevo, un
exemplo admirable, muy digno de que le imiten los que se precian de
Christianos viejos y antiguos.
No obstante, que el V. P. Rivero quedó muy edificado de la
protesta del moribundo, con todo le visitaba con freqüencia, y
suavemente tiraba á persuadirle, que aquella enfermedad era cosa
natural; que con alguna fuerza, al levantar algun madero de la
Iglesia nueva, se le habria roto alguna vena interior, y que esta
era la causa de sus vómitos de sangre: que él era bienhechor de
todo el Pueblo: que toda la gente le amaba mucho, y sentian su
muerte, como si se muriera el Padre de todos ellos: y así, que no
pensase en que éste ó el otro le hubiese dado veneno; pero el
enfermo, que con tantos años de asistencia los Padres estaba bien
cultivado, y de suyo era capáz, le respondio: ,,Padre mio, y sé de
que mal muero: yo muero de buena gana, porque Dios lo quiere: yo he
perdonado y perdono al viejo que me dió el pelo de serpiente: sé
cómo y quándo me lo dió, y tambien el motivo; y me alegro, que la
fábrica de la Iglesia sea causa de mi muerte: mas de qúarenta
Indios he visto morir cón este tal veneno, y todas las señas que vi
en ellos, veo ahora en mí. ¿Qué es lo que te aflige, mi Padre? a
Tengo otraobligacion, que la de perdonarle? Pues mira, para que
quedes mas satisfecho, verás lo que hago ahora.,, Llamó luego á sus
hijos, y les dixo: ,,So pena de mi maldicion, y de que sereis
malditos de Dios, os mando, que quando sepais algun día quien me
dió el veneno que me mata, no le hagais mal alguno, sino todo el
bien que pudiereis: así os lo mando, para que Dios os haga bien, y
á mi me dé el Cielo.,, He aquí otro exemplo muy digno de imitacion.
Ibase con sumiendo poco á poco, el buen Indio, y movído á lástima
el Padre, le dixo: Joseph, pídele á Dios, que quanto ántes te lleve
al Cielo, por que es mucho lo que padeces. No, mi Padre, replicó el
enfermo; no le pido eso: lo que le pido es, que me castigue aquí; y
que en habiendo pasado el Purgatorio que debo, en esta vida, me
lleve á descansar: esta súplica le tengo hecha por mano de San
Francisco de Borja, mi patron; y este mi Purgatorio durará hasta la
fiesta del Santo. Como lo dixo, así sucedió.
|No quiero decir que
en esto profetizase ó tuviese revelacion lo que digo, y sé de
cierto, es que murió en las primeras vísperas de la esta del
Glorioso San Francisco de Borja, dexándonos á todos muy edificados,
y con prendas muy claras de su salvacion.
Poco despues de su entierro , llegué yo á aquella Mision de San
Regis, y el V. Rivero me contó todo lo que llevo referido: en donde
se ve, no solo la eficacia mortífera de un solo pelo de aquellas
serpientes, sí tambien la eficacia de la divina gracia, que de
hombres semejantes las fieras, sabe formar Christianos, que nos den
exemplos de virtudes heróycas, como nos dió el Indio Joseph
Cabarte.
Hay otro gran número de venenos, en muchas yerbas, de que usan
los Indios para matar á sus enemigos y á los que usan de las tales
yerbas llaman
|Yerbateros. De los que mueren emponzoñados con
ellas pudiera decir mucho, porque no son pocos; y la señal fixa de
ser yerba ó yerbas la causa de las tales muertes, es el rajarse las
carnes del cuerpo en largas cisuras, y salir de aquellas sajaduras,
no sangre, sino un humor amarillo, que en breves dias saca de este
Mundo al doliente. Jamás he podido investigar qué especie de yerbas
sean. Puede ser que algun Misionero, con alguna casualidad, las
descubra; y quiera Dios, que al mismo tiempo se descubra su remedio
ó su contrayerba.
|
(a)
|
Decada I. lib. 7. cap. 16. pag.
mihi 202.
|