CAPITULO XII
Del mortal
veneno llamado curáre: raro modo de fabricarle, y de su instantánea
actividad.
No satisfecha la Serpiente infernal con haber inficionado desde
el paraiso, con su pestífero y mortal veneno, á todo el Género
Humano, no se cansa, ni desiste de su maligna porfia, vomitando
nuevas muertes; para las almas, con el pecado; y para los cuerpos,
con los venenos a que incita entre las gentes de razon y juicio; y
con las ocultas ponzoñas que descubre y manifiesta á las Naciones
ciegas del Orinoco, y á otras semejantes. Digo esto con toda
seriedad y sinceridad, por que á lo que puedo percibir de sus
ocultos arcanos de algunos venenos, cotejados estos con la corta
capacidad, y ninguna reflexion de aquellos incultos Indios, infiero
con bastante fundamento, que su noticia y circunstancias de toda la
maniobra, no son, ni pueden ser hijas de su débil juicio, ni de su
tosca industria; y así, unas armas tan mortíferas provienen de la
saña implacable, con que el enemigo comun mira á todo el Género
Humano; cuya total ruina fuera su mayor consuelo. La demostracion
del hecho será la mejor prueba de lo que llevo expresado.
La Nacion
|Caverre, la mas inhumana, bruta y carnicera de
quantas mantiene el Orinoco, es la maestra; y ella tiene el
estanque del mas violento veneno, que mi ver, hay en la redondéz de
la tierra. Sola esta Nacion retiene el secreto y le fabrica, y
logra la renta pingue del resto de todas aquellas Naciones, que por
sí, ó por terceras personas, concurren á la compra del
|curáre, que así se llama véndese en unas ollitas nuevas, ó
botecillos de barro, que la que mas tendrá quatro onzas de aquel
veneno, muy parecido en su color al atrope subido de punto: no
tiene sabor ni acrimonia especial: se pone en la boca, y se traga
sin riesgo ni peligro alguno; con tal que ni en las encías, ni en
otra parte de la boca haya herida con sangre; porque toda su
actividad y fuerza es contra ella, en tanto grado, que tocar una
gota de sangre, y cuajarse toda la del cuerpo, con la velocidad de
un rayo, todo es uno. Es maravilla el ver, que herido el hombre
levemente con una punta de flecha de
|curáre, aunque no haga
mas rasguño, que el que hiciera, un alfiler, se le cuaja toda la
sangre, y muere tan instantáneamente, que apénas puede decir tres
veces Jesus.
Un Soldado, y despues Alférez de la Escolta de nuestras
Misiones, oriundo de Madrid, llamado Francisco Masías, hombre de
brío y de valor, grande observador de la naturaleza, propiedades de
las plantas y animales, y hasta de los insectos, fué el primero que
me dió la noticia de la instantánea actividad del
|curáre.
Suspendí mi juicio, y le remití á la experiencia. Presto ocurrió
una manada de monos amarillos: (gran comida para los Indios, que en
su lengua les llaman
|arabata:) todos los Indios compañeros
se alistáron para matar cada uno quantos pudiese, y tomando yo un
Indio aparte, le rogué que flechase uno de aquellos monos, que
parado en pié sobre una hoja de palma, con la mano izquierda tenia
otra hoja mas alta: dióle la punta de la flecha en el pecho;
levantó la mano derecha, que tenía colgando, é hizo ademan de
querer arrancar la flecha; (como lo hacen quando las tales no
tienen
|curáre,) pero al mismo tiempo de hacer el ademan, y
sin acabar de llegar la mano á la flecha, cayó muerto al pié de la
palma: corrí, aunque estaba cerca, y no hallándole calor en lo
exterior del cuerpo, lo mandé abrir desde el pecho hasta abaxo,
pero, ¡oh prodigio grande de las causas ocultas que ignoramos! no
le hallé rastro alguno de calor, ni aun en el mismo corazon. Al
contorno de éste, tenía mucha sangre cuajada, negra y fria: en lo
restante del cuerpo casi no tenia sangre, y la poca que le hallé en
el hígado, estaba del mismo modo que la del corazon; y en lo
exterior tenía una espuma fria algo naranjada, y colegí que el frio
sumamente intenso del
|curáre enfria instantáneamente la
sangre; y que ésta, á vista de su contrario, tira á refugiarse al
corazon, y no hallando en él suficiente abrigo, se cuaja, hiela, y
ayuda á que el viviente muera mas aprisa, sufocándole el
corazon.
Mucho ha dado que pensar y discurrir esta noticia del
|curáre á los curiosos, así por la raíz ó bejuco de que se
extrae, como por su fábrica sin guiar, y especialmente por el
efecto instantáneo que produce; y aunque sobre esta noticia no han
ocurrido dudas que desatar, como se han ofrecido acerca de algunas
otras de esta Historia, que llevo ya roboradas con pruebas
autorizadas; con todo quiero ilustrar la del
|curáre, con la
que nos dexó el Padre Acuña, de la Compañía de Jesus, en el
Memorial que presentó á su Magestad, de resulta del viage de
observacion, que por órden de la Real Audiencia de Quito hizo con
todo cuidado, registrando el
|Marañón, Rey de los rios.
En dicho Memorial describe el Padre Acuña la serie de los nos
que desaguan en el principal, notando sus bocas, caudal, y las
Naciones de In dios que viven en ellos; y llegando á tratar del rio
Treinta, despues de otras cosas, dice, que viven en sus vegas los
Indios
|Tapajosos, Nacion valiente y guerrera; y añade:
|que estos usan de tal ponzoña en sus flechas, que con solo
llegar á sacar sangre, quita sin remedio la vida.
No da dicho Padre las señas de aquella ponzoña, ni de su color,
ni tendria noticia del modo con que la fabrican ó la adquieren;
pues á tenerla, es regular nos la hubiera dexado en su Escrito:
pero es creible, que así como los Indios
|Caverres, no
obstante su tosquedad, ha este fatal veneno, le hayan hallado
tambien los
|Tapajosos. Por otra parte, si no obstára la
mucha distancia que concibo entre la parte inferior del Marañón, y
la que ocupan los
|Caverres en Orinoco, y las muchas Naciones
belicosas, que sin duda habrá en el intermedio, me persuadiera, que
de mano en mano llega hasta los
|Tapajosos el
|curáre;
no obstante, como este veneno es para aquellas gentes un género muy
apreciable, dado caso que los
|Tapajosos no le fabriquen, ni
alguna de aquellas Naciones cercanas, no es dificil creer, que
aunque de tan léjos, le adquieren por mano de algunos
Comerciantes.
A vista de tan instantánea operacion de la naturaleza, quiero
poner otra del arte é ingenio del nunca bastantemente alabado Padre
Atanasio Kilkerio. Celebraba la Casa Profesa de Jesus en Roma las
glorias de nuestro Santo Patriarca Ignacio de Loyola: la funcion
era á toda costa: toda la testera de aquella grande Iglesia era un
intrincado é innumerable laberinto de velas: la hora de encenderlas
ya se pasaba, y el concurso de Comunidades y Nobleza estaba ya
impaciente por la de mora: salió un hermano viejo con una caña, y
en ella una luz para encender; con que creció la impaciencia: ni en
tres horas, decian, podrá encender tantas velas. Y ¡aquí del
asombro! apénas tocó una pavesa de la vela cercana, quando
improvisamente ardiéron todas, por la simpatía del preparativo
secreto, quedando en un instante iluminado el Templo, y asombrado
el concurso; prontitud muy parecida á la del curáre.
Dexo otras ilaciones, que hice de la actividad del
|curáre
para los curiosos, y voy á otra admiracion; y es, que á mi vista
hizo el Indio pedazos al mono, le puso en la olla, y le aplicó
fuego; y la misma diligencia hiciéron los demás Indios con sus
monos: mi reparo no era en que comiesen de aquella, carne, ni por
ser de mono, ni por ser muerta á veneno; lo que me admiraba era,
que aquellos cuajarones de sangre envenenada, y que en sí contenia
toda la actividad del veneno, tambien fuéron á dar dentro de las
ollas, y despues á los estómagos de los Indios: híceles varias
preguntas sobre la materia, y quedé tan satisfecho de sus
respuestas, que ese dia comí de una de sus ollas el hígado, (que en
lo sabroso puede competir con el del mas tierno lechon, si la
hambre no me engañó,) y en adelante, en semejantes batallas con los
monos, siempre pedia un hígado, para probar de los despojos. El
mismo instantáneo efecto reconocí despues en los
|tigres, antes,
leones y otras muchas fieras y aves. Con esta ventaja, el Indio
nunca se asusta, aunque repentinamente le salga un tigre cara á
cara; porque al verle, con gran paz, saca su flecha, hace la
puntería, y dispara, con el seguro, de que por su destreza no yerra
tiro; y mas seguro, de que con que le pique levemente la punta de
la nariz, ó qual otra parte del cuerpo, da la fiera uno ó dos
saltos, y cae muerta.
A vista de este inaudito y fatal veneno, y a vista de la gran
facilidad con que todas las Naciones del Orinoco, y de sus
dilatadas vertientes le consiguen, no puedo dexar de alabar la
sábia providencia del Altísimo, y bendecir su paternal
misericordia, por haber dispuesto, que no sepan bien aquellos
bárbaros las invencibles armas, que tienen en su
|curáre; ni
permita su Divina Magestad, que lo penetren, ni entiendan, para que
puedan lograr la luz del Santo Evangelio ¿Qué Misionero, qué
Español, qué Soldado pudiera vivir entre ellos, si despreciada por
los mismos la silenciosa furia de su saeta y
|curáre, no se
aturdieran al estrépito y tiro contingente del füsil? Digo
contingente, ya en la chispa, que tal vez no prende; ya en la
puntería, que acaso se yerra; ya en las muchas aguas, que impiden
totalmente su manejo; quando al contrario, la punta mojada con el
|curáre, ni tiene contraste, ni remedio, ni aun da tiempo
para clamar á Dios. Y no solo no tiene remedio el herido con el
|curáre , pero ni se ha hallado antídoto, que pueda preservar
de su repentina actividad; pues aunque un chico inocente descubrió
al V. Padre Juan Rivero, que al que tiene sal en la boca, no daña
el
|curáre, y el V. Padre halló ser cierto, despues de varios
experimentos hechos en animales, no es practicable este remedio en
los hombres, porque ¿quién sufrirá la sal largo tiempo en la boca?
Y si está en la faltriquera, no da el veneno lugar á sacarla.
Ya hemos visto, no sin novedad, la fuerza eficáz del
|curáre: pasemos á examinar su maniobra singularísima. Es de
saber, que toda la ponzoña del
|curáre se origina de una raiz
del mismo nombre, tan singular y única, que solo es raiz de sí
misma, sin arrojar jamás hojas ni retoños; y aun que crece, siempre
va escondida, digámoslo así, temerosa de manifestar su oculta
malignidad; y para que se escondiese mas, le señaló el Autor de la
Naturaleza, no la tierra comun al resto de las plantas, sino el
cieno podrido y corrupto de aquellas lagunas, que no tienen
desague: de manera, que sus aguas, solo en caso de grave necesidad
se beben, por ser gruesas, de mal color, peor sabor, y de hedor
correspondiente. Entre el cieno corrupto, sobre que descansan
aquellas aguas pestíferas, nace y crece la raiz del
|curáre,
parto legítimo de todo aquel conjunto de inmundicias: sacan los
Indios
|Caverres estas raices, cuyo color es pardo, y despues
de lavadas, y hechas pedazos, las machacan, y ponen en ollas
grandes, á fuego lento: buscan para esta faena la vieja mas inútil
del Pueblo, y quando ésta cae muerta á violencias del vaho de las
ollas, como regularmente acontece, luego substituyen otra del mismo
calibre, en su lugar, sin que ellas repugnen este empleo, ni el
vecindario, ó la parentela lo lleve á mal; pues ellas y ellos
saben, que éste es el paradero de las viejas. Así como se va
entibiando el agua, va la pobre anciana amasando su muerte,
miéntras de olla en olla va estregando aquella raiz machacada, para
que con mas facilidad vaya expeliendo su tósigo, en el jugo, de que
se va tinturando el agua, que no pasa de tibia, hasta tomar el
color de arrope claro: entónces la Maestra exprime las raices con
todas aquellas pocas fuerzas que su edad le permite, dexando caer
el caldo dentro de la olla, y las arroja como inútiles: luego añade
leña, y empieza de recio el cocimiento; y á poco rato de hervir las
ollas, ya atosigada, cae muerta, y entra la segunda, que á veces
escapa, y á veces no.
Cobra finalmente punto el cocimiento, merma la tercera parte del
caldo, y condensado ya, grita la desventurada cocinera, y acude al
punto el Cacique con los Capitanes, y el resto de la gente del
Pueblo, al examen del
|curáre, y á ver si está, ó no, en su
debido punto: y aquí entra la mayor admiracion de toda esta rara
maniobra. Moja el Cacique la punta de una vara en el
|curáre,
y al mismo tiempo uno de los mocetones concurrentes, con la punta
de un hueso se hace una herida en la pierna, muslo ó brazo, donde
le da gana, y al asomarse la sangre por la boca de la herida,
acerca el Cacique la punta de la vara con el
|curáre, sin
tocar la sangre, porque si la tocára, y retro cediera, inficionára
toda la de las venas, y muriera luego el paciente: si la sangre que
iba á salir retrocede, ya está el veneno en su punto; si se queda
asomada, y no retrocede, le falta ya poco; pero si la sangre corre
por afuera, como naturalmente debe correr, le falta mucho fuego; y
así le mandan á la triste anciana, que prosiga en su maniobra,
hasta que repetidas despues las pruebas necesarias, aquella natural
antipatía con que la sangre se rétira violentamente de su
contrario, les manifiesta, que ya el
|curáre subió á su
débida y suma actividad.
Si algun Botánico famoso hubiese encontrado esta raíz, y
conocido su oculta malignidad, no habia de qué admirarnos. Si el
famoso Tritemio ó Borri, ó alguno de aquellos sabios inventores de
la Química, á fuerza de experimentos y discursos, hubiera
finalmente dado en esta singular maniobra, fueran dignos de grande
alabanza, y nadie extra fiára este efecto, como parto de
entendimientos tan cultivados: pero que todo esto sea invencion de
la Nacion mas tosca y bárbara del Orinoco, ¿quién lo creerá, sino
confesando, que todo ello, desde el hallazgo de la raiz, hasta el
fin, fué dictado por el Demonio? Yo así me lo persuado. ¿Pero qué
fuera, y qué quinta esencia saliera, si esta maniobra se executára
por uno de nuestros científicos, con las vasijas competentes, y con
las reglas de la facultad, quando sacado tan groseramente tiene tal
eficacia?
Yo he tenido muchas veces el
|curáre en mis manos, y
aunque no soy testigo ocular de la referida maniobra, tengo su
individual noticia por tan seguros conductos , que no me dan lugar
á la menor duda ó sospecha. El Ven. Padre Joseph Cabarte, de la
Compañía de Jesus, que gastó casi quarenta años en las Misiones del
Orinoco y sus vertientes, es el único de los nuestros, que ha
entrado en la Nacion de los Caverres con un Indio
|Saliva,
muy capaz, y de muy buenas costumbres, á quien el Ven. Padre, con
el bautismo, le dió su mismo nombre. De estos dos Autores
fidedignos oi la primera vez todo lo que llevo referido. Despues
que baxé al Orinoco, tuve lás mismas individuales noticias por
Indios de varias Naciones, de aquellos mismos que concurren á la
feria anual del
|curáre, y vuelven con sus ollitas, mas
guardadas que si fueran de un bálsamo muy precioso; cuyas
declaraciones, aunque de tan diversas gentes, siempre hallé
concordes en todo, con la primera é individual noticia, que he
referido; y así, no me queda razon alguna de dudar en órden á la
seguridad de lo referido en la fábrica del
|curáre.
Ni es ménos digna de saberse la duracion de este veneno; esto
es, la obstinacion con que mantiene toda su actividad y vigor,
hasta que se acaba de gastar todo, en medio de tenerlo los Indios
sin resguardo alguno, sin tapar las ollitas en que le compran, sin
evaporarse, ni perder un punto de su mortal eficacia. Esto es
mucho; pero en fin, como allí esta junto y condensado, no es de
admirar que se mantenga toda su actividad. Lo singular, y digno de
reparo es, que una vez untadas las puntas de las flechas, con muy
corta cantidad, tal, que apénas llegará á un adarme lo que recibe
cada punta, en aquella corta cantidad, mantiene y guarda toda su
fuerza largos años, tantos, quantos gasta el dueño de la aljaba ó
carcáx en gastarlas. De modo, que hasta ahora no se ha
experimentado, que por largos años que aquella corta untura haya
estado sin resguardo alguno en la punta de la flecha, haya jamás
sido menor la fuerza del maligno
|curáre. Sola una cosa
reparé en varios viages de aquellas selvas; y era, que al sacar los
Indios las flechas de la aljaba, ó para matar monos ó javalies, ó
para los rebatos repentinos, lo mismo era tener la flecha
envenenada en sus manos, que revolver la punta del veneno, y
metérsela en la boca. Preguntéles la causa, movido de mi continua y
natural curiosidad, y me respondiéron siempre:
|que con el calor
de la boca, y la humedad de la saliva, se aseguraba mas el tiros
avivando la actividad del curáre: cosa que me pareció muy
connatural.
Quiero concluir este Capítulo, borrando ó minorando la
admiración y espanto que habrá causado la noticia de la malignidad
del
|curáre, con la relacion de otro veneno, á mi ver, mucho
peor; y pasará aquí lo que sucede, quando á un afligido y apesarado
se le borran las especies amargas de su desgracia presenté, porque
le sobreviene otra peor, y de mayor amargura.
En la isla de
|Makasar
|
(a)
, situada al medio día de las Filipinas, á
un grado y treinta minutos de latitud, y en, el quinto grado y
treinta minutos de longitud meridional, refiere Salmon que se cría
un árbol grande muy parecido al laurél, el qual por todos sus poros
arroja efluvios tan fatales, activos y penetrantes, que solo el
acercarse á él, aunque sea por la parte favorable del viento, es
sumamente peligroso; tanto, que solo el olor, y el tocarle basta
para quitar la vida: de su tronco sacan los naturales Isleños un
jugo, que es veneno eficacísimo, con que untan las puntas de sus
armas; y para extraerle, destinan á los reos condenados á muerte,
porque miran aquel árbol como un cruelísimo verdugo. Si los
condenados á este fatal suplicio escapan la vida, despues de sacar
el veneno, quedán libres y absueltos de sus delitos; y por esto no
omiten diligencia ni preparativo, para ver si podrán salir con
vida, de aquella maniobra: se visten y revisten de mucha ropa:
sobre ella añaden fajas y mas fajas: para los ojos y narices buscan
todos los resguardos que pueden; y aunque la faena es tan breve,
que se reduce á hacer un barreno en el tronco, encaxar un cañuto, y
dexar una vasija en donde se recoge el licor que va goteando; con
todo, no escapan todos los destinados á este suplicio. El licor
recogido, retiene con tal tenacidad su mortal veneno, que una vez
untadas las puntas de las flechas, puñales y lanzas, aunque en
corta cantidad, retiene en ellas toda su mortífera actividad por
espacio de veinte años, en tanto grado, que recibida la herida, no
da la menor tregua para echar mano de la triaca ó contrayerba, si
es que acaso la haya. En confirmacion de esto alega el citado Autor
la experiencia hecha por los Éuropeos en la dicha Isla; y fué, que
condenado á muerte un Isleño delinqüente, quisiéron ver, si por
ventura tendría eficacia suficiente alguna de las mejores triacas;
y habiendo obtenido licencia de los Jueces, se pusiéron al uno y
otro lado del reo dos Médicos, con los remedios preparados en sus
manos; pero por presto que socorriéron al paciente recien herido,
murió sin remedio.
Este veneno es mucho mas fatal que el curáre; porque el curáre
no tuviera eficacia, si el herido tuviera sal en la boca: á mas de
que, aun que el vaho del cocimiento del curáre mata una ó dos
viejas, con todo el bejuco ó raiz de que se extrae, no mata: y en
fin, ni su olor ni sus efluvios, ni el manosearle, son cosas, que
quiten la vida, como lo hace este melancólico y fatal laurél.
Pero démos mas campo á la curiosidad, descubriendo otros venenos
inauditos.
|
(a)
|
Mr. Salmon, tom. 2. part. 2. cap. 3. pag. mihi 297.
|