CAPITULO XI
Variedad de
armas de estas Naciones: destreza en manejarlas, su fábrica, y el
tambor raro, con que se convocan á la guerra.
§. I.
Armas, su
fábrica y uso.
A todas las bestias, aves y animales, dió el sapientísimo Autor
de la Naturaleza instinto para mirar por su conservacion; y á casi
todas les di armas defensivas y ofensivas, para defenderse, y para
ofender tambien, quando les conviene: á una fieras dió garras y
colmillos agudos; á otras durísimos cascos y dientes penetrantes
dio uñas sangrientas, y tenaces picos á las aves; y en fin, ni á la
abejilla hacer falta su aguijón, ni á la menor hormiga su mordáz
tenaza: solo al hombre crió Dios desarmado, tal vez porque en ira y
corage excede á todas las fieras; ó porque habiéndole dotado de
entendimiento y discurso, le dió las mejores armas en los, medios
oportunos para inventarlas, así defensivas, como ofensivas para los
casos necesarios.
Entre todas las armas ofensivas, que inventó la industria
humana, parece que se llevan la primacía el arco y la flecha, ó por
mas proporcionadas a su genio, ó por ser mas manuales: sea por lo
que fuere, ello vemos en las Sagradas Escrituras, que su antigüedad
compite con la de los primeros hombres del Mundo; y hallamos, así
en las Historias Sagradas, como en las Profanas, que su uso fué
general entre todas las Naciones del Mundo antiguo; y en el nuevo
ha sido y es hoy general para todas aquellas Gentes. A mas de esto,
así como acá se inventáron broqueles y rodelas contra las agudas
puntas, del mismo modo halláron esta defensa los Americanos; y si
acá los antiguos usáron porras de Hércules, y entónces y ahora
varios géneros de lanzas aceradas; asimismo los Indios usan
|macánas formidables, y lanzas de madera tan sólida, que
puede competir con las puntas mas afiladas de las bayonetas. Y en
fin, si acá se inventáron las caxas y timbales de guerra, los
clarines y las trompetas para el gobierno de las marchas, y para
excitar los ánimos al ardiente manejo de las armas; tambien las
Gentes del
|Orinoco usan una moda rarísima de caxas para la
guerra, y una gritería infernal para avivarse y excitarse
mutuamente en sus batallas. Pero en lo que ponen su mayor cuidado,
es en pintarse todo el cuerpo, y especialmente la cara, con tanta
fealdad, que fuera de ponderacion alguna, despues de pintados ó
|embijados, no parecen hombres, sino un feo exército de
Demonios, con tanta similitud, que, como consta en la Historia de
las Misiones del Chaco, y en otras Historias semejantes, muchos
Españoles de valor, y acostumbrados á batallas en la Europa,
sorprehendidos de aquella no imaginada y horrenda fealdad, han
vuelto indecorosamente las espaldas, no sin grave daño. La vista se
horroriza; pero la bárbara algazara y confusion de gritos, si oida
de léjos aturde, oida de cerca provoca á risa; porque unos dicen
gritando, yo soy bravo como un
|tigre, otros,
|yo soy
rabioso como un caymán; y cada qual dice su desatino á este
mismo tono; y con todo eso, ménos los
|Otomácos y los
|Caverres, los démás, viendo caer muertos algunos de los
suyos, vuelven las espaldas, y toman la fuga por asilo; ni acometen
jamás, si no es notoria su ventaja; y así, todas sus guerras se
reducen á emboscadas, retiradas falsas, asaltos nocturnos y otras
inventivas. Ahora veamos el modo de fabricar sus armas.
Parecerá á algunos, que se pudiera omitir este punto de que voy
á tratar, porque bien se ve qua fácil es formar la punta de una
flecha y de una lanza, y reducir un palo tosco á que sirva de
macána; pero yo deseo que el curioso Lector se considere conmigo en
una de aquellas Naciones, adónde la primera noticia que llega de
que hay hierro, la da el Misionero, repartiendo anzuelos y arpones
para ganarles la voluntad. En la tal Nacion no se halla un
cuchillo, ni un machete, ni herramienta alguna para labrar,
desbastar, y pulir sus armas: ¿cómo pues se ingenian, ó de qué se
valen para suplir el defecto de instrumentos para labrarlas?
En las Naciones donde hay Misioneros, y en las que no distan
mucho de ellos, usan ya de herramientas á propósito para el caso;
pero en todas las Naciones en general, ántes que llegasen los
Españoles, y en las muchas adonde n han llegado hasta ahora, labran
sus armas, tambores y embarcaciones con solo fuego y agua, á costa
de mucho tiempo, y de una prolixidad increible. Con el fuego,
soplando las brasas, abren y gastan lo que es necesario de las
maderas, y con el agua, que está á mano siempre, apagan el fuego,
para que no gaste de ellas mas de lo que es menester. No hay
sufrimiento ni paciencia que baste, solo para verlos trabajar, tan
á lo natural, que casi crece su labor, al paso insensible con que
crecen las yerbas del campo: pausa solo proporcionada á la innata
pereza de los Indios.
Despues de consumido lo que basta, para que el palo tome forma
de lanza, de macána ó de punta de flecha, entra otra prolixidad no
ménos Espaciosa y molesta: buscan ó tienen ya cantidad de caracoles
de extraña magnitud, que se crian en las tierras anegadizas y
húmedas; hacen pedazos las cáscaras, cuyo borde viene á tener lo
tajante, que hallamos acá en un casco de vidrio que se quebró, y
con dichos cascos de caracol, á fuerza de tiempo y de porfia, dan
el último sér y lustre á sus arcos, y dan agudeza increible á sus
lanzas y flechas, todo á fuerza de tiempo, y de una flema
intolerable.
Despues encaxan una punta afilada, ó una pua de raya en la
extremidad de la flecha, asegurándola con hilo, preparado con
|peramán que es un lacre muy parecido al nuestro, que
fabrican de cera negra y otras resinas, que en ella derriten á
fuerza de fuego. Este
|peramán, aplicado caliente en una
vizma al hueso que se quebró, sea el que se fuere, le reune, y
consolida en breves dias, sin necesitar de segunda vizma, ni de
otra diligencia, que la de tener quieto el brazo ó pierna quebrada;
de lo qual tengo repetidas experiencias.