CAPITULO X
Gefes militares
de aquellas Naciones: mérito y ceremonias, que preceden á sus
grados.
Virtud, valor y letras, son los tres escalones por donde suben
los hombres á la cumbre del honor, del aplauso y de la veneracion.
No conocen, ni aun por sus nombres, las Naciones de que trato, á la
virtud, ni á las letras; y así, todos sus ascensos, que en su débil
juicio se reputan por muy grandes, les tienen vinculados al valor y
á la destreza, con que desde niños se exercitan en jugar el arco y
flechas, la lanza y la macana. Sus juegos pueriles, todos se
reducen á lo mismo que ven hacer á sus padres: forman arcos, aguzan
flechas, pintan macanas, texen rodelas, y desbastan palos tan
firmes como el acero, para formar lanzas. Los chicos de un mismo
Pueblo forman Batallones, eligen Cabos, disponen sus filas, dan su
señal, y traban sus pueriles batallas, en cuyos ensayos están sus
padres como en sus glorias. En estas escaramuzas usan de flechas de
junco grueso, que no puedan hacer daño ni herida; y de rodelas,
para adiestrarse á evadir el golpe de la piedra, lanza ó saeta; y
como el exercicio es único, y de toda la vida, es increible la
destreza á que llegan algunos. Ella es tanta, como lo acredita el
caso siguiente.
Un Indio
|Otomáco, lleno todo el cuerpo de cicatrices,
auténtico testimonio de muchas batallas contra Caribes, en que se
habia hallado, blasonaba de su valor delante de tres Soldados de
nuestra Escolta, y al pasar yo casuálmente, les dixo: ,,Sí tengo
las señales de estas heridas, es, porque me he hallado solo entre
muchos enemigos; pero quando he peleado con tres, jamás me han
herido: y diciendo, y haciendo, juntó tres montones de aquellos
dátiles que comen, y colocándoles en triángulo á buena distancia,
se puso en el centro de ellos, y sobre apuesta les dixo: tirad yo
potros, y si alguno acierta á pegarme, pierdo yo la apuesta; si me
libro de todos, yo ganaré. Asistí con gusto á la funcion, y fué
para mí cosa maravillosa, ver aquel Indio, que apénas tocaba con
los pies en el suelo para mudar lugar: á un mismo tiempo baxaba la
cabeza para evadir un golpe, retiraba una pierna para evitar otro,
y doblába todo el cuerpo, para no recibir el tercero: parecia un
hombre de goznes, y un cuerpo todo penetrado de azogue: tirábanle
los tres Soldados, al principio con gana de darle, y despues con
ira, viendo que no podían lograr golpe alguno; hasta que acabados
los dátiles prevenidos, ganó el Indio Otomáco la apuesta.
Divertimiento, en que despues, estos y otros Soldados perdian de
buena gana sus apuestas, para pasar las tardes desocupadas, y
admirar mas y mas tan singular agilidad y destreza. El Regio
Historiador Herrera
|
(a)
dice de otro Indio semejante, que se movía
con la ligereza de un gavilán, sin que piedra alguna de quantas le
tiraban le tocase.
Para el exercicio de la flecha cooperan tambien las madres, no
dando á sus hijuelos la comida ó fruta en sus manos, sino
colgándola á proporcionado tiro, para que la gana de comer los
avive al acierto de pillar con la punta de la saeta despedida, lo
que desean comer. No es ponderable a lo que llega su destreza en el
arco y flecha: baste decir, que se ha tenido por especial
providencia de Dios, el que los Caribes se hayan enamorado del uso
del fusil, porque en ellos es casi inerrable el tiro del arco, y
poco acertada la puntería del fusil. Adestrados al arco, saben que
quanto mas tiran la cuerda, tanto mas seguro es el tiro, y de este
principio cierto infieren un error, para nuestro bien muy
apreciable; pues juzgan que quanto mas pólvora atacan en la
escopeta, tanto mas seguro es el golpe de la bala: lo que es falso,
porque por lo mismo la bala vuela por alto, sin hacer daño: á mas
de que miéntras cargan y descargan un fusil sin hacer daño,
pudieran haber disparado seis ú ocho flechas, con mucho estrago;
así que es tambien especial providencia de Dios, el que no hayan
caido en la cuenta, en lo uno ni en lo otro.
Adestrada la juventud en el modo dicho, ántes de salir á la
guerra, se llevan algunos la fama, ya de muy certeros en la flecha,
ya de singularmente prontos á rebatirla, ó con la rodela, ó con el
mismo arco: habilidad de pocos, y por eso muy apreciable entre
ellos. Quando tienen edad para salir á la guerra, en todas sus
acciones tienen la mira al honor, aspirando con ansia á que les
aclamen por valientes, y puedan subir á Capitanes. Para este fin
guardan con gran cuidado los troféos y despojos de las guerras, y
cada qual hace tantas estatuas, texidas con bastante arte y
propiedad, de hojas de palma muy sutiles, quantos son los enemigos
que ha muerto. Tienen colgadas dichas estatuas de los techos, y á
todos los huéspedes, que entran en sus casas, despues del
recibimiento, añaden:
|Yo soy mi valiente, ya llevo tantas
campañas; y mira allá quantos enemigos llevo ya muertos yo seré un
gran Capitan &c.
Es verdad, que en este estilo y regla, que es casi general, no
se cuentan, ni entran los de las Naciones
|Achagua y Saliva:
no son éstas gente de guerra; y dicen que ni sus mayores lo fuéron:
solo un Saliva, que hoy es ya Christiano, tiró por este rumbo, y
pasó por los exámenes que diré. No obstante gustan de tener muy
lucidas armas, penachos de plumas, y otras divisas de bravos
Soldados; y lo que es mas de admirar, á sangre fria, y quando no
hay enemigos, gastan sus ademanes de brio, y azotan el ayre con
bravatas.
El que se ha de graduar, así como va ganando crédito, se le va
agregando primero la gente de su parentela, y despues otros, ó
atraidos de su valor, ó sobornados por el mismo, y por medio de sus
parientes y amigos. Quando tiene v. gr. cien hombres de su séquito,
previene bebida, convida á los Caciques y Capitanes de su Nacion,
les hace relacion de sus hazañas; y por último pide exámen para ser
contado entre los Capitanes. Convenidos los Jueces en que se
gradue, plantan enmedio de la casa al actuante desnudo, como su
madre le parió, y tomando el Capitan mas antiguo un látigo de
|pita bien torcida , le descarga fieros y repetidos azotes
por todo el cuerpo de arriba á baxo, y entrega el látigo al
Capitan, que por antigüedad se le sigue: éste y todos los restantes
Gefes le azotan horrorosamente a su satisfaccion. Los Caciques, y
mucho auditorio que concurre, están con gran silencio observando,
si se le suelta algun
|acaya, que es nuestro ay, ó algun otro
ademan de ménos valor; y si se quexa con solo un ay, ó hace algun
ademan de sentimiento, le niegan redondamente el voto, y ya no
puede ser admitido á los otros dos exámenes que le restan; pero si
ha sufrido como un bronce, aquel diluvio de azotes, que le dexan
sin pellejo, y con muchas heridas entran los víctores, el aplauso y
los parabienes, y se acaba este primer exámen, emborrachándose
todos larga y alegremente.
Parecerá increible esta bárbara tentativa, pero es cierta, y
ellos realmente la practican y su tren brutalmente; pero para
quitar la admiracion de ésta, vamos á la segunda, que á mi entender
es mas intolerable: son leyes inspiradas por el Demonio, que en
todas, y en todo se muestra cruel enemigo del Género Humano.
Pasados los meses necesarios para que sanen y cicatricen las
heridas, dispone el pretendiente otra tanta cantidad de
|chicha , que en buen romance es una multitud de tinajas de
aquella su cerveza extraida del maiz: señala el dia para la
funcion, y habiendo comparecido aquel rústico Cabildo, cuelgan una
|hamáca, (es la
|hamáca una manta de algodón bien
texido, que colgada en el ayre, depende de las dos extremidades de
dos sogas, prendidas de las paredes ó árboles: esta es la cama de
los Magnates, porque el restó del vulgo duerme en
|chinchorro, que es una red prendida y colgada al modo dicho
entra el pretendiente en dicha
|hamáca, se compone en ella su
modo, y luego los Capitanes examinadores lo tapan de pies á cabeza
con los dobleces de la misma, y lo aseguran dentro de ella con tres
ataduras, una junto la cabecera, otra á los pies, y la tercera por
enmedio: hecho esto, cada Capitan por su lado levanta algo el
dobléz de la
|hamáca, y suelta dentro de ella un cañuto de
hormigas bravas, y tan tenazmente mordaces, que quando llega el
tiempo de arrancarlas, ántes se dexan partir por medio, que soltar
el bocado. ¿Quál se verá aquel necio valentón, con cinco ó seis mil
enemigos sobre sí, que todos le tiran á qual peor, sin que dexen
parte de aquel desventurado cuerpo sin herida, y entre tanto sin
facultad para detenerse, ni aun para menear pie ni mano? porque la
formalidad de es te exámen, y el salir bien ó mal de él, depende de
solo un movimiento, por mas que sea indeliberado, con que dé á
entender, que le son molestas las sangrientas hormigas; y si se le
escapa un ay al morderle las pestañas de los ojos ú otras partes
especialmente delicadas, ya perdió el pleyto, quedó mal en su
exámen, sin fama de valiente, é incapáz de subir al honor de
Capitan; y al contrario, si sufre con valor el tiempo determinado
por su diabólica ley, despues de los parabienes, acuden todos á
quitarle las hormigas, de que sale aforrado ó revestido; pero le
quedan claveteadas en el cuerpo las cabezas de ellas, hasta que con
el unto, que para ello tienen, les hacen afloxar su diente tenáz:
luego se siguen los brindis, hasta quedar todos satisfechos, que
éste es siempre el paradero de todas sus juntas y funciones.
Se horroriza uno, solo al pensar en esta segunda prueba, tanto
mas penosa que la primera; pero como ni una ni otra llegan á ser
mortales, aunque sí muy molestas, viene á ser, que la tercera
prueba es mucho peor, que las dos referidas; porque en esta hay
riesgo de muerte, y á la verdad en ella mueren algunos.
La tercera prueba, que se debe llamar infernal, se hace de este
modo: juntos ya los Magistrados y el vulgo, se cuelga en el ayre un
cañizo bien texido de cañas menudas, y capáz de recibir el cuerpo
del exáminando: suspenso ya á distancia de una vara en alto, lo
cubren con una tanda de hojas de plátano; (pocas son menester,
porque son de una vara de largo, y casi media de ancho,) luego sube
el penitente, y se echa boca arriba en aquella cama que ha de ser
su potro de tormento, ó su cadahalso para morir; despues de echado
le dan un cañuto hueco, de casi una vara de largo, que se pone en
la boca para resollar por él; y luego empiezan á cubrirle de pies á
cabeza, por encima y por todos los lados, con dichas hojas de
plátano; con la advertencia, que las hojas que caen sobre la cabeza
y pecho, las rompen y ensartan por el cañuto dicho, que desde la
boca sube á lo alto. Ya en fin arropado y sumergido en aquel caos
de hojas, empiezan á poner fuego debaxo del cañizo: llámase fuego
manso, porque las llamas no llegan á lamer el cañizo; pero
realmente da notable calor á aquella infausta víctima de la necia
ignorancia, que para quedar sufocada, le bastaba la multitud de
hojas, que suele parar en túmulo funesto. Entretanto, unos
Ministros se ocupan, ya en atizar, ya en disminuir el fuego, para
que no sea, ni mas ni ménos del que se acostumbra, y del que
sufriéron ellos quando pasáron por estos baños: otros están
observando con vigilancia, si el paciente se mueve, ó no; porque si
hace el menor movimiento, queda reprobado, y se acaba la funcion
tristemente; y otros están á la mira del cañuto, observando el
resuello del paciente, para ver si es débil ó vigoroso. Concluido
el espacio destinado, quitan prontamente las hojas: si hallan
difunto al pretendiente, todo pára en llanto fúnebre; pero si le
hallan con vida, todo son júbilos, víctores y tragos á la salud del
nuevo Capitan, cuyo valor invencible dan por evidenciado en los
tres dichos exámenes. ¡Tanto como esto sufren por sola la honra!
¿Qué fuera si esperáran alguna renta?
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(a)
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Decada I. lib. 6. cap. 9.
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