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INDICE
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A manera de prólogo
UNA FILOSOFÍA PROYECTIVA
Este libro de Andrés Pardo Tovar aparece como un detector de la
historia, de la idea esencial que anima a la historia. La misma
síntesis que constituye su título -Historia de la Filosofía y
Filosofía de la Historia- revela luminosamente una idea capilar del
proceso mental porque es la actitud de quien concibe la vida de las
ideas, y las ideas son siempre o filosóficas o susceptibles de una
filosofía, como impulsoras de la historia. La historia de la
filosofía, con la estructura textual que le ha dado Pardo Tovar, lo
compromete simultáneamente con una filosofía de la historia y en
esa posición se encuentra la mayor originalidad de su trabajo. Es
así como se responsabiliza en la incitante culminación del futuro
previsible.
Plantea esta obra, desde su título, un problema que no es otro
que el problema del mundo contemporáneo, al que se va acercando
dialécticamente, aclarando la conciencia en la dirección auténtica
de la historia. Los instrumentos que presenta son los más adecuados
para que ese conocimiento sea verdaderamente filosófico. Porque hay
que partir de dos supuestos irrevocables, que son el hecho y la
experiencia del hecho. El hecho es en sí lo histórico, pero la
filosofía de lo histórico funde en la concreción el hecho, ámbito
de la res, con la experiencia, dominio del mens. Esa función
dialéctica constituye la revelación del pensamiento filosófico
contemporáneo y por eso tiene plena razón Pardo Tovar cuando apunta
a despejar la conciencia histórica con un método filosófico,
singularmente necesario para nuestra mentalidad ibérica. Sucede que
nosotros alcanzamos apenas a rozar la conciencia de los
acontecimientos, pero esto no es conocimiento. Para alcanzar el
nivel del conocimiento no basta con la conciencia de los
acontecimientos, sino que es necesaria la fusión de las categorías
del hecho en el tiempo, y su localización, con las del sentido y
dirección, de modo que suscite el recuerdo de hechos, anticipe los
futuribles y despliegue el flujo de la conciencia.
La conjunción del locus in res y el locus in mens conduce a la
determinación, individuación y hasta identificación de cada hecho,
tal como lo ha esclarecido Katsoff
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, porque en ese instante de la conciencia es
cuando coinciden el interés y el punto de vista del filósofo y el
del historiador, es decir, cuando la filosofía llega a su apogeo.
Ocurre, en efecto, que la más rica filosofía es la que se da en
aquellos que no se congelan en el sistema, sino que son -además-
historiadores. Para el caso bastaría mencionar a Zenón, a
Demócrito, a Aristóteles, a Hegel y a Dilthey. Ellos nos han
enseñado que la historia nos hace latentes en los otros hombres que
la hicieron, en tanto que la filosofía nos los hace patentes porque
nos revela traslucidamente cuanto para ellos significaba la
concepción del mundo. Con ese alcance es posible aceptar la
afirmación de Ortega cuando dice que la historia "nos hace
verosímiles los otros hombres"
Sobre ese panorama de veintiseis siglos, Pardo Tovar ha tenido
el buen cuidado de superar la tendencia aun existente de plantear
la historia de la filosofía como una historia de las ideas. Con un
riguroso y exigente repertorio bibliográfico y con la experiencia
de los esfuerzos que durante los últimos ochenta años se vienen
haciendo para reducir a esquemas la historia de la filosofía,
nuestro tratadista ha organizado, muy a conciencia, no el orden
cronológico de las ideas filosóficas, sino el proceso de aparición
de las concepciones del mundo. Desde esa concepción del mundo se
hace congruente la idea filosófica que todos los ciclópeos
pensadores aportaron para justificarla o esclarecerla. Allí aparece
el sistema planetario de cada sociedad, la que circundaba a cada
filósofo, y se van coordinando todos con los subsiguientes,
sometidos a la corruptibilidad salobre de la historia, pero con
poder de fecundación hacia los que siguen. Nada, pues, definitivo
pero nada tampoco inútil porque sólo entendiéndolos como proceso se
captan el deleite y la incitación de cada sistema.
Y sólo así se comprende cómo el pasado filosófico se transmite
vivaz y urgente en el presente, al contrario de otras disciplinas.
Todavía en nuestra propia generación sufrimos el doloroso escamoteo
que consiste en presentarnos cada sistema como algo definitivamente
concluido y hermético -autónomo-, acerbamente condenado o
piadosamente absuelto, al mismo tiempo que se nos enseña la falacia
de la generación espontánea. Como si lo que no es posible en el
orden biológico lo fuera en el orden espiritual.
Los estragos que tales enseñanzas hicieron, exiliando a las
gentes del ámbito de la filosofía, tienen su origen,
particularmente, en tal actitud, porque impidieron que surgiera en
el hombre espontáneo el hábito de manejar los objetos de la
abstracción con que trabajan los filósofos, haciéndoles pensar que
se trataba de enigmas revelados, de misterios abismáticos cuyo
esclarecimiento implicaba una mágica predestinación. Hasta el
vocabulario se encaminaba al suministro de un módico raciocinio
defensivo contra las diabólicas acechanzas del error. Esa confusión
entre filosofía y apologética disecó muchas vocaciones y no sirvió
siquiera para fortificar las fronteras del sistema ideológico o
moral qué pretendían defender.
Hasta su época, la más exacta historia de la filosofía fue la de
Hegel. El enorme pensador la entendió como una historia de la
evolución de la idea, que en su imponente despliega se va
manifestando en los diferentes sistemas con una cohesión interna
que sólo puede captarse a través de una dialéctica en juego con las
alternativas situaciones históricas. Por muy distintas que sean las
filosofías, todas ellas tienen algo en común: el ser filosofía,
como escribía Hegel.
La autonomía de los sistemas no es congruente con este
raciocinio, porque desconoce la ley absoluta del espíritu, que es
su capacidad de despliegue, su infinita posibilidad de ingravidez
para manifestarse en formas diversas y adaptarse y suscitar
situaciones. El espíritu es lo único que confiere al hombre la
capacidad de ser heredero, aquello que hace transmisibles los
bienes de la cultura. Cuando ésta no se concibe como una herencia
y, por lo tanto, como algo transmisible en un orden sucesoral,
habremos lanzado al hombre a la condición adánica en que lo
concebimos no como agente de la cultura, sino como fundador de
nuevas barbaries. Y este heredar, decía también Hegel, no es tan
solo la vocación para recibir, sino también la de transmitir e
incrementar la masa de bienes hereditarios.
Estos supuestos han dotado a la obra de Pardo Tovar del carácter
prospectivo que le hemos asignado, porque ella no es una serie de
ideas filosóficas, cosa tan opuesta a una verdadera historia de la
filosofía, sino una historia de la idea de la filosofía tal como se
ha manifestado históricamente y como, presuntivamente, podrá seguir
desplegándose, al menos con los próximos siglos a la vista.
En este plan, el autor ha acogido -incrementándolos y
modificándolos- los esquemas que Arthur C. Clarke propone en su
libro Perfil del Futuro. Al agregar a los cuadros de Clarke dos
casillas nuevas, relativas a la Filosofía, el Derecho, las Artes y
la Economía Política, ha acertado tanto que para el año 2030 prevé
la formulación del Derecho Espacial, disciplina que ya comienza a
explicar mi amigo Armando Cocca, eminente jurista argentino.
Efectivamente, y este es uno de los aspectos más fecundos de su
obra, Pardo Tovar enfrenta los matices de cada filosofía con la
concepción del mundo que le es esencial. Los últimos diez años han
acumulado una enorme masa de hechos científicos que han modificado
sustancialmente la concepción del mundo. Una historia de la
filosofía escrita hace diez años no podría ser la misma que hoy se
produce, porque entonces muchos resultados de la ciencia estaban
apenas en proceso de exacta formulación y constituían una
disgregada unidad. Hoy ya es un hecho la homogeneidad de los datos
esenciales que nos van despejando el nebuloso realismo abstracto en
que antes se movía el pensamiento filosófico. y que nos han puesto,
espectacularmente, en presencia de un realismo concreto. En estas
condiciones, hay que suscitar una actitud mental que permita ver
caminos y direcciones hacia las posibles soluciones de los graves
enigmas que asedian la conciencia humana. El mismo principio de
indeterminación, que Heisenberg formuló para trasladar la
inexactitud de la medida en el campo ondulatorio hasta la oposición
sujeto-objeto, se revela hoy integrado con los sistemas de
computación electrónica.
Todo esto ha despojado de audacia y temeridad a la afirmación
que puede ya formularse en el sentido de que el problema de la
filosofía es el problema de la realidad, rebasando la antigua
concepción de que ésta es "el conocimiento de la
verdad". Ocurre que ese horizonte de la verdad estaba
limitado a una concepción especulativa, mediante la cual se
establecía la relación entre un sujeto que conocía y un objeto que
era conocido. Pero sucede que, desde los griegos, esa era una
visión recluída en las relaciones del mundo corpóreo e insuficiente
para alojar toda la realidad. En mucha parte, esa fue la limitación
que por tantos siglos con finó las realidades distintas a la física
al espacio de lo incognoscible y de lo ubicado fuera de la
ciencia.
Paradójicamente, pues, una ciencia orientada hacia la realidad
ha llegado a ser afluente de una filosofía que, a su turno, al
integrarse científicamente -quiere decir dialécticamente- está
planteándose ya un nuevo realismo o, para decirlo más
concretamente, está encarnando en la realidad. Es la aparición a la
mente de una especie de pluralismo de la realidad, agotada antes en
la realidad física. El tratamiento de ese pluralismo de la realidad
constituye una de las más deslumbrantes aventuras de la filosofía
contemporánea, presionada por el espectacular despliegue de la
ciencia física y matemática.
Para el cumplimiento de esa función didáctica está
particularmente dotado Andrés Pardo Tovar, porque ni se mueve en el
angosto campo de la especialidad teórica ni en el mucho más
estrecho de la escolaridad pedagógica. Pardo Tovar es, en cualquier
ambiente, uno de esos ejemplares renacentistas, tan escasos hoy en
este mundo tecnocéntrico, pero tan fecundos por la riqueza de sus
incitaciones. Las diversas imágenes que del mundo se ha forjado el
hombre y, al propio tiempo, la exploración de las almas pretéricas
individuales y colectivas que han aportado esas imágenes, las ha
sabido manejar con destreza y objetividad, para mostrar el interior
enlace que todas ellas tienen, hasta proyectarse en hipótesis
verosímiles. La misma calidad renacentista le otorga, además, esa
fluidez de estilo que evita las palabras asombrosas para que las
habituales recobren su prístina lozanía.
La pasión por todos los conocimientos, en los más diversos
planos, es uno de los atractivos que nos ofrece Pardo Tovar en su
obra, que es concreción de una rica multiplicidad de visiones. La
exigibilidad de nuestros estudiosos vuelve a requerir en quienes se
ocupan de estas faenas -precisamente- aquella antigua figura del
Argos con la que, ya desde los iniciadores del pensamiento
filosófico, se comparaba la óptica de los contempladores. Siguiendo
los caminos de su mirada, reivindicamos el pasado contra todos los
que le han negado el derecho de haber sido y salvamos al presente
de la sospecha de no servir de vientre al futuro.
ABEL NARANJO VILLEGAS.
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L. O. Katsoff: "Evolutionary Dialectical
Rationalism" en Philosophy and Phenomenological Resaarch;
11, 523 (1942).
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