INDICE




Una Filosofía Proyectiva
Del Autor Al Lector
Parte Primera: Breve Panorama de la Historia de la Filosofía
Parte Primera: La Filosofía Griega
Parte Primera: La Filosofía Medieval
Parte Primera: La Filosofía del Renacimiento
Parte Primera: La Fundamentación de las Ciencias Naturales Modernas
Parte Primera: El Período de los Grandes Sistemas Fundamentales
Parte Primera: El Período del Iluminismo (Siglos XVII - XVIII)
Parte Primera: La Filosofía Crítica de Immanuel Kant
Parte Primera: Nacionalismo, Idealismo y Pesimismo en Alemania
Parte Primera: La Filosofía Anglosajona
Parte Primera: La Filosofía Francesa del Siglo XIX
Parte Primera: La Moderna Filosofía Germánica
Parte Primera: La Filosofía Contemporánea
Parte Segunda: Breve Panorama de la Filosofía de la Historia
Parte Segunda: De San Agustín al Renacimiento
Parte Segunda: De Bodin a Rousseau
Parte Segunda: Las Ideas de Gianbattista Vico
Parte Segunda: La Filosofía Jurídica Francesa
Parte Segunda: Los Aportes Alemanes, de Herder a Schelling
Parte Segunda: El Sistema Idealista de Georg Friedrich Hegel
Parte Segunda: Los Utopistas del Socialismo Francés
Parte Segunda: La Incidencia de la Sociología en la Filosofía de la Historia
Parte Segunda: La Interpretación Heróica de la Historia
Parte Segunda: El Evolucionismo y la Filosofía de la Historia
Parte Segunda: La Concepción Materialista de la Historia
Parte Segunda: Los Desarrollos Políticos de Lenin y de Trotsky
Parte Segunda: Otras Proyecciones del Pensamiento Alemán sobre la Filosofía de la Historia
Parte Segunda: Las Tesis de Benedetto Croce
Parte Segunda: El Pensamiento Cristiano de Nicolás Berdiaeff
Parte Segunda: La Filosofía Contemporánea de la Historia
A manera de prólogo

UNA FILOSOFÍA PROYECTIVA

Este libro de Andrés Pardo Tovar aparece como un detector de la historia, de la idea esencial que anima a la historia. La misma síntesis que constituye su título -Historia de la Filosofía y Filosofía de la Historia- revela luminosamente una idea capilar del proceso mental porque es la actitud de quien concibe la vida de las ideas, y las ideas son siempre o filosóficas o susceptibles de una filosofía, como impulsoras de la historia. La historia de la filosofía, con la estructura textual que le ha dado Pardo Tovar, lo compromete simultáneamente con una filosofía de la historia y en esa posición se encuentra la mayor originalidad de su trabajo. Es así como se responsabiliza en la incitante culminación del futuro previsible.

Plantea esta obra, desde su título, un problema que no es otro que el problema del mundo contemporáneo, al que se va acercando dialécticamente, aclarando la conciencia en la dirección auténtica de la historia. Los instrumentos que presenta son los más adecuados para que ese conocimiento sea verdaderamente filosófico. Porque hay que partir de dos supuestos irrevocables, que son el hecho y la experiencia del hecho. El hecho es en sí lo histórico, pero la filosofía de lo histórico funde en la concreción el hecho, ámbito de la res, con la experiencia, dominio del mens. Esa función dialéctica constituye la revelación del pensamiento filosófico contemporáneo y por eso tiene plena razón Pardo Tovar cuando apunta a despejar la conciencia histórica con un método filosófico, singularmente necesario para nuestra mentalidad ibérica. Sucede que nosotros alcanzamos apenas a rozar la conciencia de los acontecimientos, pero esto no es conocimiento. Para alcanzar el nivel del conocimiento no basta con la conciencia de los acontecimientos, sino que es necesaria la fusión de las categorías del hecho en el tiempo, y su localización, con las del sentido y dirección, de modo que suscite el recuerdo de hechos, anticipe los futuribles y despliegue el flujo de la conciencia.

La conjunción del locus in res y el locus in mens conduce a la determinación, individuación y hasta identificación de cada hecho, tal como lo ha esclarecido Katsoff | 1 , porque en ese instante de la conciencia es cuando coinciden el interés y el punto de vista del filósofo y el del historiador, es decir, cuando la filosofía llega a su apogeo. Ocurre, en efecto, que la más rica filosofía es la que se da en aquellos que no se congelan en el sistema, sino que son -además- historiadores. Para el caso bastaría mencionar a Zenón, a Demócrito, a Aristóteles, a Hegel y a Dilthey. Ellos nos han enseñado que la historia nos hace latentes en los otros hombres que la hicieron, en tanto que la filosofía nos los hace patentes porque nos revela traslucidamente cuanto para ellos significaba la concepción del mundo. Con ese alcance es posible aceptar la afirmación de Ortega cuando dice que la historia "nos hace verosímiles los otros hombres"

Sobre ese panorama de veintiseis siglos, Pardo Tovar ha tenido el buen cuidado de superar la tendencia aun existente de plantear la historia de la filosofía como una historia de las ideas. Con un riguroso y exigente repertorio bibliográfico y con la experiencia de los esfuerzos que durante los últimos ochenta años se vienen haciendo para reducir a esquemas la historia de la filosofía, nuestro tratadista ha organizado, muy a conciencia, no el orden cronológico de las ideas filosóficas, sino el proceso de aparición de las concepciones del mundo. Desde esa concepción del mundo se hace congruente la idea filosófica que todos los ciclópeos pensadores aportaron para justificarla o esclarecerla. Allí aparece el sistema planetario de cada sociedad, la que circundaba a cada filósofo, y se van coordinando todos con los subsiguientes, sometidos a la corruptibilidad salobre de la historia, pero con poder de fecundación hacia los que siguen. Nada, pues, definitivo pero nada tampoco inútil porque sólo entendiéndolos como proceso se captan el deleite y la incitación de cada sistema.

Y sólo así se comprende cómo el pasado filosófico se transmite vivaz y urgente en el presente, al contrario de otras disciplinas. Todavía en nuestra propia generación sufrimos el doloroso escamoteo que consiste en presentarnos cada sistema como algo definitivamente concluido y hermético -autónomo-, acerbamente condenado o piadosamente absuelto, al mismo tiempo que se nos enseña la falacia de la generación espontánea. Como si lo que no es posible en el orden biológico lo fuera en el orden espiritual.

Los estragos que tales enseñanzas hicieron, exiliando a las gentes del ámbito de la filosofía, tienen su origen, particularmente, en tal actitud, porque impidieron que surgiera en el hombre espontáneo el hábito de manejar los objetos de la abstracción con que trabajan los filósofos, haciéndoles pensar que se trataba de enigmas revelados, de misterios abismáticos cuyo esclarecimiento implicaba una mágica predestinación. Hasta el vocabulario se encaminaba al suministro de un módico raciocinio defensivo contra las diabólicas acechanzas del error. Esa confusión entre filosofía y apologética disecó muchas vocaciones y no sirvió siquiera para fortificar las fronteras del sistema ideológico o moral qué pretendían defender.

Hasta su época, la más exacta historia de la filosofía fue la de Hegel. El enorme pensador la entendió como una historia de la evolución de la idea, que en su imponente despliega se va manifestando en los diferentes sistemas con una cohesión interna que sólo puede captarse a través de una dialéctica en juego con las alternativas situaciones históricas. Por muy distintas que sean las filosofías, todas ellas tienen algo en común: el ser filosofía, como escribía Hegel.

La autonomía de los sistemas no es congruente con este raciocinio, porque desconoce la ley absoluta del espíritu, que es su capacidad de despliegue, su infinita posibilidad de ingravidez para manifestarse en formas diversas y adaptarse y suscitar situaciones. El espíritu es lo único que confiere al hombre la capacidad de ser heredero, aquello que hace transmisibles los bienes de la cultura. Cuando ésta no se concibe como una herencia y, por lo tanto, como algo transmisible en un orden sucesoral, habremos lanzado al hombre a la condición adánica en que lo concebimos no como agente de la cultura, sino como fundador de nuevas barbaries. Y este heredar, decía también Hegel, no es tan solo la vocación para recibir, sino también la de transmitir e incrementar la masa de bienes hereditarios.

Estos supuestos han dotado a la obra de Pardo Tovar del carácter prospectivo que le hemos asignado, porque ella no es una serie de ideas filosóficas, cosa tan opuesta a una verdadera historia de la filosofía, sino una historia de la idea de la filosofía tal como se ha manifestado históricamente y como, presuntivamente, podrá seguir desplegándose, al menos con los próximos siglos a la vista.

En este plan, el autor ha acogido -incrementándolos y modificándolos- los esquemas que Arthur C. Clarke propone en su libro Perfil del Futuro. Al agregar a los cuadros de Clarke dos casillas nuevas, relativas a la Filosofía, el Derecho, las Artes y la Economía Política, ha acertado tanto que para el año 2030 prevé la formulación del Derecho Espacial, disciplina que ya comienza a explicar mi amigo Armando Cocca, eminente jurista argentino.

Efectivamente, y este es uno de los aspectos más fecundos de su obra, Pardo Tovar enfrenta los matices de cada filosofía con la concepción del mundo que le es esencial. Los últimos diez años han acumulado una enorme masa de hechos científicos que han modificado sustancialmente la concepción del mundo. Una historia de la filosofía escrita hace diez años no podría ser la misma que hoy se produce, porque entonces muchos resultados de la ciencia estaban apenas en proceso de exacta formulación y constituían una disgregada unidad. Hoy ya es un hecho la homogeneidad de los datos esenciales que nos van despejando el nebuloso realismo abstracto en que antes se movía el pensamiento filosófico. y que nos han puesto, espectacularmente, en presencia de un realismo concreto. En estas condiciones, hay que suscitar una actitud mental que permita ver caminos y direcciones hacia las posibles soluciones de los graves enigmas que asedian la conciencia humana. El mismo principio de indeterminación, que Heisenberg formuló para trasladar la inexactitud de la medida en el campo ondulatorio hasta la oposición sujeto-objeto, se revela hoy integrado con los sistemas de computación electrónica.

Todo esto ha despojado de audacia y temeridad a la afirmación que puede ya formularse en el sentido de que el problema de la filosofía es el problema de la realidad, rebasando la antigua concepción de que ésta es "el conocimiento de la verdad". Ocurre que ese horizonte de la verdad estaba limitado a una concepción especulativa, mediante la cual se establecía la relación entre un sujeto que conocía y un objeto que era conocido. Pero sucede que, desde los griegos, esa era una visión recluída en las relaciones del mundo corpóreo e insuficiente para alojar toda la realidad. En mucha parte, esa fue la limitación que por tantos siglos con finó las realidades distintas a la física al espacio de lo incognoscible y de lo ubicado fuera de la ciencia.

Paradójicamente, pues, una ciencia orientada hacia la realidad ha llegado a ser afluente de una filosofía que, a su turno, al integrarse científicamente -quiere decir dialécticamente- está planteándose ya un nuevo realismo o, para decirlo más concretamente, está encarnando en la realidad. Es la aparición a la mente de una especie de pluralismo de la realidad, agotada antes en la realidad física. El tratamiento de ese pluralismo de la realidad constituye una de las más deslumbrantes aventuras de la filosofía contemporánea, presionada por el espectacular despliegue de la ciencia física y matemática.

Para el cumplimiento de esa función didáctica está particularmente dotado Andrés Pardo Tovar, porque ni se mueve en el angosto campo de la especialidad teórica ni en el mucho más estrecho de la escolaridad pedagógica. Pardo Tovar es, en cualquier ambiente, uno de esos ejemplares renacentistas, tan escasos hoy en este mundo tecnocéntrico, pero tan fecundos por la riqueza de sus incitaciones. Las diversas imágenes que del mundo se ha forjado el hombre y, al propio tiempo, la exploración de las almas pretéricas individuales y colectivas que han aportado esas imágenes, las ha sabido manejar con destreza y objetividad, para mostrar el interior enlace que todas ellas tienen, hasta proyectarse en hipótesis verosímiles. La misma calidad renacentista le otorga, además, esa fluidez de estilo que evita las palabras asombrosas para que las habituales recobren su prístina lozanía.

La pasión por todos los conocimientos, en los más diversos planos, es uno de los atractivos que nos ofrece Pardo Tovar en su obra, que es concreción de una rica multiplicidad de visiones. La exigibilidad de nuestros estudiosos vuelve a requerir en quienes se ocupan de estas faenas -precisamente- aquella antigua figura del Argos con la que, ya desde los iniciadores del pensamiento filosófico, se comparaba la óptica de los contempladores. Siguiendo los caminos de su mirada, reivindicamos el pasado contra todos los que le han negado el derecho de haber sido y salvamos al presente de la sospecha de no servir de vientre al futuro.

ABEL NARANJO VILLEGAS.
 

1 L. O. Katsoff: "Evolutionary Dialectical Rationalism" en Philosophy and Phenomenological Resaarch; 11, 523 (1942).


 

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