I. EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA Y
LA
ORGANIZACIÓN DE LA CONQUISTA
1.
|La expansión hacia el Atlántico y el descubrimiento de
América
El siglo XV vio la ruptura de la limitación de Europa a una
navegación mediterránea y limitada a las costas. Portugal continuó
la tarea de la Reconquista con un vivo proceso de expansión hacia
el sur, motivado en parte por el interés en el comercio con el
Africa y en parte por los gustos y curiosidades del rey Enrique el
Navegante. Desde 1415, cuando los portugueses atacaron la fortaleza
musulmana de Ceuta, en la costa africana, hasta la expedición de
Bartolomé Díaz en 1488, los lusitanos ampliaron sus conocimientos y
control comercial de la costa de Africa hasta el cabo de Buena
Esperanza, en el extremo sur del continente. Esclavos, marfil y oro
fueron los productos alrededor de los cuales se mantuvo el interés
por la búsqueda de nuevas tierras y nuevas rutas, búsqueda que
hacia 1480 estaba orientada claramente a tratar de establecer un
contacto marítimo directo con la India, principal proveedora de las
especias.
Castilla no permaneció del todo ajena a esta expansión atlántica
y ya en 1478 había intentado tomar posesión de las Islas Canarias.
Además, se efectuaron varios ataques a la costa africana que
despertaron la hostilidad e inquietud de los portugueses, y
llevaron a crecientes disputas alrededor de las recientes
posesiones de los dos países. En 1479 el tratado de Alcazovas
reguló temporalmente la materia: Castilla reconocía las posesiones
portuguesas (las Azores, las islas de Cabo Verde, Madeira y varios
fuertes en la costa africana) mientras que Portugal reconocía el
dominio de Castilla sobre las islas Canarias.
La experiencia canaria fue muy importante para moldear el tipo
de instituciones y las formas de organización de la conquista que
posteriormente se establecieron para el caso americano. La isla fue
dominada en forma definitiva por Alfonso Fernández de Lugo en 1483,
y en su conquista se mezclaron los métodos de empresa privada y
actividad oficial que la reconquista había hecho comunes. Lugo
recibía autoridad pública y apoyo financiero de la Corona, pero
realizó también contratos con varios comerciantes de Sevilla. Las
relaciones entre Lugo, en el fondo un empresario privado, y la
Corona se regulaban por medio de una especie de contrato, la
|capitulación, en el que se definían los títulos, derechos y
obligaciones del conquistador y se puntualizaban las prerrogativas
reales que se conservaban: desde entonces la Corona intentó evitar
que los conquistadores recibieran derechos y concesiones que
permitieran la formación de señoríos feudales, aunque era
inevitable que las condiciones de la época y las creadas por la
expansión súbita dieran surgimiento a instituciones de claro matiz
feudal.
Cuando Colón comenzó a proponer la búsqueda de una ruta al
oriente por el Atlántico su idea no carecía del todo de
antecedentes, y era ya aceptada entre los geógrafos y astrónomos de
la época la vieja teoría griega de la esfericidad de la Tierra.
Pero no es de extrañar que los portugueses, que estaban a punto de
encontrar una ruta por la costa africana, no mostraran mucho
interés, ni que los españoles encontraran dificultades prácticas y
de oportunidad al proyecto. Los problemas prácticos residían
esencialmente en la posibilidad de realizar por alta mar un viaje
tan largo como se suponía sería la expedición a las Indias
Orientales. Pero el arte de la navegación había hecho notables
avances durante la época. La cartografía había progresado bastante,
especialmente impulsada por el trabajo de los geógrafos autores de
los
|portularios, mapas muy detallados de las costas
conocidas hasta entonces; la navegación atlántica en alta mar había
sido emprendida por vascos y portugueses, que en sus viajes al
Africa se alejaban bastante de la costa para aprovechar mejor los
vientos y corrientes. La carabela, el navío que se utilizaría en
los viajes del descubrimiento de América, había sido perfeccionada
durante el siglo XV por los portugueses. España, por su parte,
tenía pleno dominio de estos avances y técnicas, y contaba con una
amplia población de hábiles marineros, muchos de ellos con
experiencia en viajes en el Atlántico. La única dificultad aún no
resuelta estaba en la imposibilidad de determinar con alguna
precisión la longitud de una nave en alta mar, por la ausencia de
cronómetros suficientemente precisos, y de aprovisionar buques del
tamaño existente para un viaje cuya duración podía ser muy larga:
la audacia de Colón resultó favorecida por sus cálculos de que Asia
estaba mucho más cerca de Europa por el Atlántico de lo que estaba
en realidad, error que no compartían los escépticos geógrafos
españoles llamados a opinar sobre su viaje. El descubridor,
Cristóbal Colón1, era un marino genovés con experiencia comercial,
que había hecho varios viajes importantes por el Atlántico -incluso
se sostiene con alguna verosimilitud que estuvo en Islandia- y
estaba vinculado por matrimonio con una importante casa comercial
portuguesa. Su vida está recubierta en gran parte por leyendas de
inspiración romántica (sus estudios en la Universidad de Pavía, sus
meditaciones de adolescente en las costas genovesas acerca de la
esfericidad de la Tierra, la venta de las joyas por Isabel son
todas invenciones literarias), pero es sin duda notable la firmeza
con la que buscó apoyo para la expedición al Oriente por la vía
Atlántica. Los españoles, en particular, no mostraron gran interés
cuando Colón hizo su propuesta en 1486, después de ser rechazado
por Portugal: la Corona estaba entonces muy comprometida con la
guerra contra Granada y el viaje parecía un poco arriesgado: la
ruta que Colón proponía al Asia podía resultar menos conveniente
que la que los portugueses estaban a punto de encontrar. Pero en
1491-92 Colón, mediante el apoyo de varios nobles españoles, entre
ellos Luis de Santangel, logró que los Reyes Católicos aceptaran
sus propuestas y firmaran unas "capitulaciones" en las que se
señalaban los derechos de Colón y los que conservaba la Corona.
Justamente una de las mayores reticencias de los monarcas surgió de
las pretensiones, consideradas exageradas, hechas por Colón, quien
según su hijo Fernando Colón, al ser "hombre de noble y elevada
ambición, no entraría en tratos sino en términos que le trajeran
gran honor y ventajas". Tampoco los Reyes querían que la empresa
fuera privada, por temor a que los nobles que invirtieran sus
dineros alegaran derechos que les permitieran crear dominios más o
menos independientes, y se opusieron a que el Duque de Medinaceli
financiara el viaje, que finalmente fue costeado principalmente con
dineros de la Santa Hermandad proporcionados por su tesorero
Santangel. El contrato con Colón le daba el título hereditario de
Virrey Gobernador y Capitán General, de las tierras que descubriera
y el derecho a presentar tres candidatos para todo cargo público
que debiera proveerse en las tierras descubiertas. Fuera de esto
recibía el derecho a participar en las ganancias del viaje y a un
porcentaje de los productos obtenidos en los nuevos territorios.
Estas provisiones muestran por un lado el cuidado de la Corona, que
si bien se ve obligada a ceder bastante poder a Colón, mantiene su
soberanía sobre toda posible tierra que se encuentre; por otra
parte, indican que se consideraba posible el descubrimiento de
nuevas tierras, lo que no es extraño si se tiene en cuenta que en
la época se creía en la existencia de varias islas más o menos
fantásticas en medio del Atlántico (Antilla, Atlántida, Brasil),
que figuraban en los mapas de la época y reflejaban parcialmente
las concepciones míticas de la antigüedad y los recuerdos
relativamente vagos que pudieran tenerse de las expediciones
vikingas. Pero en todo caso la búsqueda de una ruta a las Indias
Orientales era uno de los objetivos centrales del viaje: Colón
recibió una carta de Isabel y Fernando al Gran Kan y entre su
tripulación iba un intérprete. La conducta posterior de Colón
muestra que consideraba como su misión principal el descubrimiento
de esta ruta, pues interpretó consistente y testarudamente sus
hallazgos en las nuevas tierras como partes del oriente asiático y
murió convencido, contra las evidencias acumuladas por otros
marineros y geógrafos, de haber hallado simplemente un nuevo camino
a las Islas Orientales.
2.
|Colón en las Antillas
La expedición, formada por tres carabelas, salió el 3 de agosto
de 1492 de Palos de Moguer, un puerto que debió colaborar con la
tripulación y aprovisionamiento de los buques en pago de una
obligación pendiente con los Reyes. Colón hizo una primera etapa a
las Canarias, y el 4 de septiembre zarpó hacia el occidente. El
primer viaje a América resultó sorprendentemente fácil y el 12 de
octubre, es decir, sólo 5 semanas después de la partida, se avistó
tierra americana, probablemente en las Bahamas. Colón había
encontrado, en parte por suerte pero en parte por sus grandes
habilidades como marinero, la ruta más adecuada a América y había
hecho el viaje en un tiempo que durante tres siglos iba a ser la
duración normal de la travesía.
Los descubridores exploraron la zona de las Bahamas y las islas
de Santo Domingo (La Española) y Cuba, y en la primera encontró
Colón, como en otras islas de la región, indios pacíficos y "buenos
para los mandar y hacer trabajar"2, como él mismo escribió en su
diario, así como rastros de oro, en aleación con plata (el llamado
|guanín), que encendieron el entusiasmo sobre el valor
económico y espiritual de su descubrimiento, "pues es el oro cosa
tan maravillosa que con él se envían las almas al cielo"3.
Los indios de la región pertenecían al grupo Arawak y formaban
una sociedad jerarquizada, con jefes denominados
|caciques,
una población común e indios serviles llamado
|naborías. El
armamento del que disponían era poco eficaz, incluso contra los
indios caribes que ocasionalmente los atacaban: sin arcos ni
flechas, giraba alrededor del uso de dardos sin veneno arrojados
mediante cerbatanas. La economía de la isla tenía un sorprendente
equilibrio, aunque precario, entre una densa población y los
recursos alimenticios. Si se piensa que el número de habitantes era
bastante elevado (Carl O. Sauer los ha calculado, para la isla de
Santo Domingo en el momento de la conquista, en unos tres millones,
dentro de un territorio que hoy alimenta difícilmente una población
similar)4, resulta más notable el resultado de los indígenas en la
explotación de la tierra. La base de la producción era la
agricultura centrada en el cultivo de yuca, que se hacía en
montículos cuidadosamente preparados e irrigados en forma
artificial. Es probable que esto exigiera un uso relativamente
intensivo de mano de obra, y por supuesto la ausencia de ganado
permitía cultivar gran parte del suelo, en una forma que permitía
sostener, por hectárea cultivada, una población mucho más alta que
la que podía lograrse con los cultivos del Viejo Continente: el
trigo de Europa o el arroz asiático. La alimentación se
complementaba con pescados, pájaros y tortugas, cuya
abundancia provocó más de un testimonio lleno de sorpresa de los
españoles.
Colón, después de haber perdido una nave, escogió "por
intervención divina" un sitio para establecer un fuerte y dejar
allí algunos de los españoles mientras volvía a España a dar cuenta
de sus descubrimientos. El día 24 de diciembre de 1492 se fundó el
fuerte de Navidad, en un lugar sin agua, malsano, cuya única
ventaja residía en la eventual cercanía a sitios donde podría
explotarse oro. Los españoles que allí quedaron entraron en el
primer conflicto entre europeos y americanos, que inicialmente
habían entregado alimentos y oro a los españoles en medio de una
curiosidad ingenua. El choque probablemente tuvo que ver con el
resentimiento de los indígenas al tener que sostener
permanentemente a los recién llegados, que no realizaban ningún
trabajo, y acaso con conflictos ligados a la conquista de las
mujeres por los marineros ibéricos.
Colón, recibido triunfalmente por los Reyes, preparó un segundo
viaje en 1493, cuando vino acompañado por 1.200 hombres deseosos de
conocer el fabuloso mundo de las Indias. La imagen que Colón se
hacía de su tarea se derivaba con claridad de la experiencia
comercial de las ciudades italianas: lo que pretendía era
establecer una factoría comercial, con fuertes y almacenes
construidos por los españoles, para comerciar con los indios, que
darían oro y otros productos a cambio de las baratijas (bujerías)
europeas5. Los socios monopolistas de la empresa eran la monarquía
y Colón, quienes se repartían las ganancias y corrían con los
gastos; los demás españoles eran simples asalariados de la
compañía. No se pensaba en una colonización en forma, con
residencia permanente de los españoles en la región: no se trajeron
mujeres y se suponía que los alimentos se importarían de
España.
Rápidamente el sistema entró en dificultades. Los indios
intercambiaron inicialmente algo del oro acumulado durante
generaciones, pero no tenían por supuesto ningún interés en seguir
produciendo un excedente para cambiar con los europeos en forma
regular. El flujo voluntario de oro disminuyó y los españoles
respondieron organizando
|entradas a las zonas de los indios
para tratar de obtener con la violencia lo que no se daba por las
buenas. Además, los conquistadores, insuficientemente
aprovisionados desde España y sin mujeres, esperaban que la
población nativa satisficiera sus necesidades alimenticias y
sexuales. Colón decidió imponer un tributo obligatorio a los
indios, en oro y algodón (pues pese a que la carencia esencial era
ya la de alimentos, Colón seguía obsesionado con el oro, imagen de
toda riqueza para los hombres del Renacimiento), lo que aumentó las
tensiones entre las dos comunidades. Los indios, que ya habían sido
sometidos a algunos trabajos forzosos, finalmente se lanzaron a una
rebelión general en 1494. Colón dirigió una expedición militar que
redujo la isla, pero los indios ya no estaban dispuestos a trabajar
ni sembrar para los conquistadores, aun a costa de su propia
desaparición: "Y permitió su divina majestad -escribió Fernando
Colón- que hubiera tal escasez de comida y tan grave enfermedad que
se redujeron a la tercera parte... de modo que pudiera verse que
estas cosas venían de su mano altísima..."6.
El fracaso era evidente. Colón intentó convertir la factoría en
base esclavista y envió 500 indios para ser vendidos en España,
pero la Reina se opuso y ordenó la libertad de los americanos. El
monopolio comenzó a desmoronarse: en 1495 la Corona autorizó a los
españoles para comerciar libremente, dando un tributo a la Corona y
una participación a Colón; podían así entrar a las Indias personas
sin sueldo, impulsadas por el deseo de ganancias debidas a su
iniciativa privada. Pese a todo, no fue posible completar siquiera
el cupo de un tercer viaje en 1497 y hubo que interesar a los
presos conmutando penas por trabajo en las Indias. Y se trajeron
agricultores y artesanos, con el objeto de iniciar la producción
local de alimentos. Cerdos para cría hicieron parte también del
cargamento de este viaje, que iba marcando un viraje de la idea de
una factoría a la de una colonia.
Un conflicto cada vez más marcado con los mismos españoles llevó
a Colón a culminar la transición hacia una colonia en la que los
europeos no serían simples empleados de la factoría sino habitantes
de la región con derechos a comerciar, explotar la tierra y las
minas, etc. Una rebelión de los inmigrantes sólo pudo apagarse con
un compromiso que modificó la forma de relación con los indios. Los
españoles recibirían tierra, que sería propia a los 4 años de
residencia, y para cultivarla, así como para extraer metal de las
minas, se repartieron indios a los españoles. El tributo implantado
por Colón fracasó, pues los indígenas no producían voluntariamente
un excedente suficiente para pagarlo. Ahora se trató de implantar
un sistema de trabajo obligatorio, en el que la producción iba a
ser controlada por los españoles mismos, y que tenía fuertes
reminiscencias de la servidumbre medieval.
La Corona objetó inicialmente el sistema, pues partía del
principio de que los indios eran vasallos de la Corona, pero que
nada justificaba su servidumbre a otros españoles, fuera de que
esto podía conducir a la formación de señoríos que amenazaran el
poder de la monarquía, pero pronto se convenció de que sin el
trabajo indígena los españoles no podrían subsistir en las Indias,
sobre todo porque allí inmediatamente se negaban los recién
llegados a todo trabajo manual. Los Reyes, sin embargo, insistieron
en que el trabajo indígena, aunque fuera inevitable, debía ser
remunerado y así lo ordenaron en la Cédula Real del 20 de diciembre
de 1503 que dio forma al sistema llamado del "repartimiento".
3.
|La Encomienda en La Española
El fracaso de los esfuerzos de Colón para organizar la colonia
condujo a su destitución y reemplazo, en 1501, por un gobernador
nombrado por la Corona, que asumió las funciones administrativas,
judiciales, militares y de hacienda. Los españoles quedaban con
libertad para fundar ciudades, recibir tierras, explotar las minas,
etc., dando por supuesto parte de sus provechos al rey como
tributo. Este nuevo experimento fue ensayado bajo la dirección de
los gobernadores Nicolás de Ovando y Diego Colón, pero tropezó en
todo caso con una dificultad esencial, y fue la disminución
drástica de la población indígena. Los indios en cierto modo
apelaron a la forma más radical de protesta ante el trabajo forzado
y la sumisión a los españoles: la muerte. Desacostumbrados a un
trabajo constante, roto el equilibrio con los recursos naturales
por el abandono de sus tareas tradicionales, mal alimentados, presa
fácil de enfermedades para las que no tenían defensas adecuadas,
las epidemias los destruyeron. Por otra parte se dieron casos
masivos de suicidios con yuca amarga y de infanticidio, y la
natalidad se redujo bruscamente. Como resultado de esto, y de las
violencias y muertes infligidas directamente por los españoles, de
los 3.000.000 de indios de 1492 sólo quedaban unos 60.000
tributarios (adultos varones) en 1509, que para 1518 se habían
reducido a cerca de 11.000 y desaparecieron casi por completo en
1519, cuando una epidemia de viruela acabó prácticamente con los
restantes.
Para mantener las islas aprovisionadas de mano de obra, que se
requería para la extracción de oro y para el cultivo de las
estancias de los colonos, en las que se había introducido ganado
-que afectaba además la producción de alimentos de las comunidades
indígenas, pues destruía los sembrados- y cerdos e incluso la caña
de azúcar, llamada a un amplio desarrollo en la zona, se adoptaron
varias medidas de emergencia. Inicialmente se trajeron indios de
las islas vecinas, lo que no hizo sino extender la despoblación a
toda la zona. En 1503 la Reina Isabel permitió que se capturaran
como esclavos los "caribes", nombre que se daba a los indios
caníbales y belicosos7. Entre los sitios de caribes, a los cuales
se podía ir a cazar esclavos se mencionaron varios de la costa
actual de Colombia, como Cartagena y Barú; durante varios años el
tráfico de esclavos floreció en la zona. Poco después Fernando el
Católico promovió el envío de esclavos negros, que convirtió en
fuente adicional de ingresos para el tesoro real. En 1509 autorizó
la conducción de indios que no ofrecieran resistencia como siervos
de por vida (naborías), adoptando una institución indígena del
área, a las islas; los que se resistieran, se enfrentaran
violentamente a los españoles o se opusieran a la predicación del
evangelio podrían ser esclavizados. La diferencia entre la
servidumbre vitalicia y la esclavitud no debía ser muy clara para
la víctima, y la restricción de la esclavitud a los indios caribes
o que ofrecieran resistencia tampoco operó mucho en la práctica,
pues lo usual durante unos años fue denominar caribes a los indios
que se querían esclavizar.
Sin embargo, la Cédula de 1503 sobre esclavización es índice
mediato de la preocupación de la Corona por el
|status
jurídico del indio. Ya en 1500 se había expedido una Cédula Real
defendiendo sus derechos y llamándolos "vasallos libres" de la
Corona, y en general la Reina Isabel y su confesor, Jiménez de
Cisneros, mantuvieron bastante prevención contra el sistema del
repartimiento, que parecía contradecir la libertad de los indios
que se sujetaran pacíficamente al dominio de España. Por supuesto,
los que se rebelaron eran tratados con la mayor dureza y su destino
era la esclavitud. La muerte de Isabel en 1504 dejó como único
gobernante a Fernando, hasta 1516. Este no tenía los escrúpulos
morales de Isabel, y sólo se planteó claramente el problema de los
indios con ocasión de las denuncias hechas por un grupo de
sacerdotes dominicos de La Española en 1511; los franciscanos, que
habían llegado desde 1502, no parecen haberse sentido muy afectados
por la situación de los indios durante estos primeros años de la
conquista.
Los dominicos, aterrados por la despoblación de las islas y el
maltrato a los indios, hicieron ásperas denuncias del sistema del
repartimiento, que seguía siendo esencialmente un sistema de
trabajo forzoso distribuido por las autoridades españolas a los
hacendados locales, a cambio de un salario a los indios y de
procurar su cristianización. Las denuncias de los dominicos,
encabezados por Alonso de Montesinos, fuera de plantear un profundo
problema moral, ponían en entredicho los derechos jurídicos
españoles para conservar el dominio de las nuevas tierras, que se
fundaba en la necesidad de catequizarlos; amenazaban con crear
dificultades políticas muy graves en las islas, pues los sacerdotes
se negaban a absolver a los españoles culpables de malos tratos o
de apropiación indebida de bienes o servicios indígenas; y
confirmaban un fracaso que no podía seguir ocultando la Corona. Por
esta razón se ordenó la reunión de una junta de notables, que
expidió en 1512-13 las leyes llamadas de Burgos, que fueron
adicionadas al año siguiente en Valladolid. Las leyes de Burgos
equivalían en gran parte a consagrar la política seguida hasta
entonces, pero introduciendo algunas modificaciones importantes 8.
En el aspecto jurídico el sentido del trabajo indígena se modificó:
antes había sido un servicio prestado por hombres libres, dueños de
sus propias tierras, a cambio de un salario, en un caso en el que
se juzgaba que la comunidad española no podía sobrevivir sin las
labores indígenas. Ahora se fundamenta el trabajo indígena en la
obligación de reconocer el señorío político del rey de España. El
servicio que deben los indios al rey es cedido por éste a los
conquistadores, como premio por los esfuerzos realizados en el
descubrimiento y sometimiento de las islas. Por otra parte, se
reguló cuidadosamente el trabajo de los indios, ordenando que
debían dedicar nueve meses al año al servicio de los españoles y
que un tercio debían trabajar en las minas. A los españoles se les
impusieron obligaciones de buen trato a los indios, así como
restricciones a los abusos usuales; debían dar buena alimentación a
los indios, hacerlos trabajar únicamente de sol a sol, etc., y en
especial responsabilizarse por su catequización. Este conjunto de
leyes reguló la institución ya que había recibido el nombre de
|encomienda y era un simple desarrollo del
|repartimiento inicial. El español que recibía los indios y
se comprometía a darles enseñanza religiosa recibía el nombre de
|encomendero y era el beneficiario de los servicios de los
indios, que eran denominados
|encomendados. En sentido
estricto, la institución era una forma de disponer del trabajo
indígena y de organizarlo, con poca relación con el sistema
tributario o con el dominio sobre la tierra -a diferencia del
feudalismo europeo, donde el derecho a obtener servicios feudales
se derivaba de la posesión en feudo de la tierra-. Pero en la
práctica, tierra y encomienda tendieron a trabarse íntimamente, y
varios elementos feudales comenzaron a surgir al calor de la
encomienda. Los colonos, al contar con una población servil, podían
satisfacer en forma muy clara algunos de los valores de la sociedad
española de la época. Incluso si no eran hidalgos o nobles, los
españoles que recibían una encomienda quedaban liberados de todo
trabajo manual, lo que constituía ya un índice de nobleza, y
asumían en la práctica funciones de mando sobre los indios
encomendados. A pesar de que la Corona, siempre cuidadosa al
respecto, se negó a transferir toda jurisdicción
-política o judicial- a los encomenderos y de que el dominio sobre
el trabajo indígena era independiente de toda pretensión sobre la
tierra, la encomienda creaba un grupo social dispuesto a mirar en
el pasado feudal europeo la imagen de su propio futuro; un grupo
que buscaría consolidar su control sobre la mano de obra indígena
apropiándose de la tierra de los indios, tratando de convertir a la
encomienda de una concesión temporal o simplemente vitalicia en
algo hereditario y perpetuo y haciendo lo posible por obtener
jurisdicción señorial sobre los indios. El conflicto entre los
ideales absolutistas de la Corona y las tendencias feudalizantes de
los encomenderos fue, por esta razón, una de las fuentes mayores de
tensión social y política en las Indias durante el periodo de
conquista. El poder de los encomenderos estuvo reforzado, además,
por el hecho de que ellos eran usualmente los primeros
conquistadores, los personajes más notables de la colonia, los que
concentraban los cargos públicos locales y finalmente los que
recibieron más importantes donaciones de tierra de la Corona.
4.
|Gobierno y Administración Pública9
Colón había recibido, por capitulación, los cargos hereditarios
de
|almirante,
|virrey
|y gobernador, y el
derecho a nombrar funcionarios judiciales. En 1493 recibió además
el cargo de
|capitán general. Estos empleos resumen las
principales funciones estatales del momento: como virrey y
gobernador tenía poderes administrativos y gubernamentales plenos;
como almirante, el mando sobre las flotas y como capitán general la
autoridad sobre el ejército. Al nombrar funcionarios judiciales la
jurisdicción penal y civil se derivaba también de su mando. El
hecho de que estos poderes fueren hereditarios preocupó sin duda a
la Corona, que renunciaba así en parte a su prerrogativa de nombrar
libremente a los funcionarios de las tierras descubiertas. Pero en
1500 la Corona despojó a Colón de sus cargos efectivos y nombró un
|gobernador libremente escogido. Este funcionario sería en
adelante el que reuniría los poderes de gobierno y justicia en las
zonas en proceso de conquista o recién conquistadas, y la
gobernación constituiría la división administrativa inicial del
imperio español en las Indias. En 1511, luego de un pleito con el
heredero de Colón, se le entregó la gobernación de lo descubierto
por su padre, pero lo demás, o sea la tierra firme, quedó bajo el
control directo del Rey. Al lado del gobernador, que en general
recibía su cargo mediante una
|capitulación, se colocó en
algunas regiones un poder judicial independiente: en 1511 se
estableció en Santo Domingo una
|Audiencia Real formada por
|oidores (jueces) con derecho a fallar los casos apelados a
ellos de instancias inferiores y con funciones consultivas en los
asuntos de administración y gobierno. La administración militar se
mantuvo en manos del gobernador, que recibía por lo tanto en forma
simultánea el título de capitán general.
Los españoles usualmente fijaron su residencia en las Indias, de
acuerdo con la tradición española, en núcleos urbanos. Los
conquistadores, tan pronto tomaban posesión de un territorio,
trazaban las calles de una ciudad, distribuían lotes para vivienda
entre los conquistadores, daban parcelas en las afueras para
huertas y escogían las autoridades locales, que consistían
esencialmente en un cuerpo colectivo con funciones administrativas,
el cabildo, compuesto por un número variable de
|regidores.
Estos eran elegidos inicialmente por el gobernador, pero múltiples
sistemas coexistieron al respecto: en muchos casos el monarca
nombraba regidores perpetuos, en otros el mismo cabildo elegía
anualmente a quienes iba a sucederlo y en algunas ocasiones, aunque
no muy frecuentes, los vecinos de una ciudad tuvieron el derecho de
elegir a sus regidores. El cabildo se completaba con dos
|alcaldes, que eran jueces de primera instancia, elegidos por
el cabildo y a veces por el gobernador. El cabildo elegía además a
otros funcionarios locales, como el jefe de la policía
(
|alguacil), el inspector de pesas y medidas (
|fiel
|ejecutor), el portaestandarte (
|alférez real) y el
|escribano, cargo que con frecuencia era vendido directamente
por la Corona. Las funciones del cabildo se reducían básicamente a
las medidas de beneficio urbano, al control de los
aprovisionamientos y a la distribución de tierras para las
haciendas de los españoles: esta última función fue, como es
lógico, de trascendental importancia para consolidar una estrecha
oligarquía urbana, pues confirmaba, en estos años iniciales, la
tendencia a concentrar el poder social, político y económico en
manos de un grupo de los primeros conquistadores de cada localidad.
Al respecto debe indicarse que los cabildos distribuían la tierra a
nombre del Rey, pues éste tenía dominio, como tierras realengas o
baldíos, de todas las tierras que no eran de propiedad indígena, y
sólo se reconocían usualmente como de propiedad indígena las que
eran efectivamente usadas en la agricultura por las comunidades de
indios. Así, toda la tierra no indígena resultaba de patrimonio del
rey, y no salía de su dominio sino mediante un acto de donación o
merced hecho por el monarca o un agente suyo; ni la ocupación, ni
el despojo a los indios daba título a la propiedad. Los cabildos,
fuera de distribuir tierras a los españoles, usualmente separaban
una porción para pastos y dehesas comunes (
|el ejido) y otra
para obtener algunos ingresos con su utilización o arriendo
(
|propios). Otras funciones importantes de los cabildos
incluían la fijación de precios, la regulación de salarios y
derechos por servicios, y la representación de los vecinos ante las
autoridades superiores.
Dentro de las ciudades existía una diferencia entre los
|vecinos, que eran los propietarios de una "casa poblada" en
la localidad y que tenían derechos cívicos plenos, y los
|moradores en sentido más general, que incluían a todos los
españoles residentes en la ciudad. Muchos no tenían un hogar
propio, y vivían como clientes o agregados de los vecinos más
acomodados, como soldados o mayordomos de los encomenderos, etc.
Los artesanos y demás miembros de las profesiones consideradas como
viles no eran habitualmente vecinos, aunque tuvieran propiedades.
En todo caso, la diferenciación entre los vecinos y los moradores
varió, sobre todo en los primeros años, y hubo una fuerte tendencia
a limitar el uso de la expresión vecino a los encomenderos.
En España el manejo de los asuntos de Indios había estado
inicialmente en manos del Obispo Juan Rodríguez de Fonseca,
consejero de Castilla, quien desde 1493 comenzó a tomar decisiones
sobre las nuevas tierras a nombre del rey. El Consejo de Castilla,
máximo cuerpo judicial, conservó la jurisdicción sobre los pleitos
surgidos en las Indias. Desde 1504 se empezó a formar un grupo de
Consejeros del Consejo de Castilla, que se especializó en atender
los asuntos ultramarinos; en 1524 se conformó oficialmente un
consejo separado, que recibió el nombre de
|Consejo Real y
Supremo de las Indias. Este organismo preparaba los borradores
de las leyes, despachaba la correspondencia, emitía opiniones,
proveía a los asuntos de defensa militar y fallaba en última
instancia algunos pleitos apelables a España.
El manejo de los asuntos económicos de la monarquía fue
inicialmente entregado a la llamada Casa de la Contratación,
situada en Sevilla. Pronto este cuerpo fue asumiendo las funciones
de control de las transacciones comerciales con América y del
movimiento de buques y pasajeros a las nuevas posesiones. La Casa
era la encargada de recaudar los tributos aduaneros (almojarifazgo)
y sobre la extracción minera (
|el quinto), y en general de
administrar los ingresos reales, así como de controlar el monopolio
de navegación establecido para los españoles.
Todas estas instituciones, aun en el caso de que fueran creadas
únicamente para las Indias, nunca pretendieron establecer
jurídicamente una administración colonial que subordinara las
Indias a Castilla. Aunque económicamente las relaciones entre
España y las Indias adquirieron todos los caracteres de
subordinación colonial a una metrópoli, jurídicamente la Corona
consideró siempre a las Indias como una parte integrante de las
posesiones reales, en pie de igualdad con cualquiera de los reinos
europeos; estrictamente, fueron considerados como parte de Castilla
y del patrimonio del rey de Castilla.
La aprobación del territorio de Indias, sin embargo, suscitaba
un problema jurídico especial, por el hecho de que las tierras
descubiertas no se encontraban deshabitadas. Los españoles
tendieron a considerar, de acuerdo con elementos de la tradición
medieval, que era lícito apoderarse de las tierras de los no
cristianos, pero apoyaron esencialmente su dominio sobre América en
una bula papal de Alejandro VI, que daba a Castilla el derecho
exclusivo a evangelizar en América, y para ello le confería al
monarca "plena y libre omnímoda potestad, autoridad y jurisdicción"
sobre las tierras descubiertas. Pero después de 1511-12 los debates
sobre el tratamiento de los indios condujeron a una amplia
discusión sobre el origen de los títulos españoles a la dominación
de los indios y de sus tierras. La Corona reafirmó como posición
oficial la de que el título derivaba del dominio universal del
Papa, pero trató de justificar la acción de guerra a los indios por
su negativa a aceptar pacíficamente el dominio benevolente del Rey
de España. Los conquistadores recibieron instrucción de leer un
texto, el "requerimiento", en el que pedían a los indios la
sujeción pacífica, antes de poder hacer cualquier acto guerrero
contra ellos. Pero muchos juristas y teólogos comenzaron a atacar
desde diversos puntos de vista la posición de la Corona. Algunos,
influidos por la tradición tomista, sostenían que los gobiernos
paganos eran legítimos y no era por lo tanto lícito despojarlos de
sus dominios por no ser cristianos; sólo en caso de que fueran
derrotados en una guerra justa -según la definición del derecho de
gentes- podían perder sus señoríos. Otros justificaron la conquista
y sujeción de los indios con base en la necesidad de convertirlos
al cristianismo, usando incluso la fuerza para someterlos.
Bartolomé de las Casas, un antiguo encomendero de La Española que
se convirtió en el más fervoroso defensor de los derechos de los
indios, afirmó que las bulas papales sólo daban una tutela misional
a los reyes españoles, y que no existía ningún título legítimo para
despojar a los caciques indígenas de su autoridad y sus posesiones,
aunque podía hacerlo para establecer algunas formas de tutela
temporal10. Estos debates, aparentemente esotéricos, tuvieron sin
embargo mucha importancia, y la política de la Corona hacia los
indígenas estuvo influida en parte por los avances de las
discusiones entre juristas y teólogos, conjuntamente con las
preocupaciones políticas por salvaguardar el derecho español ante
las demás naciones europeas y con las consideraciones sobre la
estabilidad a largo plazo de unas colonias que no podrían
sobrevivir, si se permitía que la urgencia de lucro y la
imprevisión de los conquistadores destruyeran la mano de obra
americana.