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Que se escondan Los Machos que ahí vamos Las Mujeres

Así como Silenia forma su grupo de mujeres, Juanita Olmos no se le queda atrás, con la diferencia que la Olmos, esentida porque el capitán no solo no cayó rendido en sus brazos sino que la rechazó y odiando a Silenia con todas las fuerzas de su corazón, decidió ponerse de parte del enemigo para fraguar una venganza, sin importarle pisotearsus principios con tal de alcanzarla. Reclutó alas viudas de los contraguerrilleros, tomando la dirección del grupo.

Aquella tarde que huyó espantada ante el espectro del rancho Guafal Florido se juró no volver a tener miedo y no volvió a tenerlo. Los ojos brillábanle con mil chispas de odio y con la sabana por delante, se le fue endureciendo el rostro como una tempestad en furor. Juanita anduvo largo tiempo vagando por las sabanas, por las soledades como unaalma en pena; pero a esta alma no la atemorizaba nada, ni siquiera le asustaba la noche oscura cuando se la tragaba con su boca grande y profunda. Era que Juanita había aprendido a guiarse por la mirada luminosa de los insectos que saltando, aquí y allá, iban señalándole el camino hasta llegar al final de la oscuridad.En el grupo de la Olmos encontrabase la negra Chon; conocida como la amante del comandante Aljure. La gente la consideraba valerosa, pero esto fue hasta el día que el comandante la obligó a tomarse el tinto envenenado que ella misma le ofreciera por mandanto del enemigo. Desde aquel suceso la mujer vivía llena de temores.

Desde que la negra Chon se enteró que la negra Nemecia militaba en el grupo de Silenia, preguntábale con frecuencia a Juanita. -¿Será que sí podemos derrotar a esa mujer? La pregunta parecía que se refería a la persona de Silenia, pero en verdad la Chón pensaba en la negra Nemecia; una cocinera de hato que sabía darle a los hombres lo que le pedían y su sexo era tan fuerte como el puño brutal de su mano, cuadrada como la de cualquier vaquero. -Claro que podemos derrotar a esa debilucha, respondía la Olmos, dándolo por seguro. Sin embargo la Chón continuaba dudando. -Es que en ese grupo anda la negra Nemecia. -Y ¿qué? , gritaba la Olmos, reventando de coraje. ¿Acaso esa tal Nemecia, come gente? -Pero es que tú no la conoces, Juanita, insistía la Chon -¡Cállate, chica!, pareces pájaro de mal aguiero. Lo que pasa, negra Chon, es que te has acobardado desde que fallaste el plan para envenenar al comandante Aljure. Claro, el hombre leyó en tus ojos, estoy segura de que la mano con que sostenías  el pocillo de tinto, te temblaba. La Chón asintió con la cabeza y con los ojos anegados en llanto, dijo. -¡Es que yo lo quería. . ! -Francamente no te comprendo negra cobarde, si lo querías ¿para qué lo ibas a envenenar? . - Es que me atemorizó la gente del Gobierno. Pero es verdad, Juanita; no sé cómo pude ser tan cobarde y traidora.

La Chón vivía el momento de su traición; ¿Cómo fue que pude hacer una cosa tan horrible contra mi hermoso y joven amante? ¿Cómo fue que no tuve el valor suficiente para hacerme matar por él? ¿Quién, antes o después, ha podido proporcionarme los placeres tan grandes que disfruté a su lado? El momento final de aquel episodio la hizo estremecerse. -"No quiero tinto, dijo él, leyendo en sus ojos que le estaba entregando la muerte en aquel pocillo. Tómatelo negra Chón! Ella trató de regresar a la cocina para derramar el veneno; pero él rugió como un tigre al tiempo que desenfundaba su revólver apuntándole en medio de los ojos. -¡Tómatelo negra Chón o te vuelo la tapa de los sesos! Ella se lo tomó: No había escapatoria alguna. .La Olmos tomó ala Chón de la barbilla diciéndole. -Me gusta que los reconozcas: cuando se quiere aun hombre ofrendamos nuestra vida por la de él. y con amargura se lamentó. -¡¿Qué no hubiera hecho yo por el capitán Guadalupe?! Pero no señor. La tal Silenia Monteblanco es la mandamás en su vida. ¿Qué tiene esa mujer que no tenga |yo? y la mujer desdeñada, temblando de coraje, dice. -Ya sabrán los dos quién es Juana Olmos. Me la van a pagar, eso lo juro por esta cruz bendita! Y se llevó a los labios el pulgar |y el índice de su diestra en cruz.

Por su parte, Silenia vivía calmando los ímpetus de la negra Nemecia. Cuando la Nemecia supo que la Chón formaba parte de las contraguerrillas, echó sapos |y ranas por la boca, zapateó, se tiró de las greñas y casi se va sola a presentarle pelea a la Chón. -jCálmate mujer!, la apaciguó Silenia. Mira, negra Nemecia, tienes que comprender que no hemos formado un grupo para andar por ahí armando pelea por cualquier resentimiento. Nuestro grupo tendrá que dejar un buen precedente sobre el valor y el respeto que la mujer merece. Castigaremos a los que nos ultrajaron sin excepción ni distingos políticos. Entonces la negra Nemecia dejaba la rabieta para gritaremocionada. -¡Que se escondan los machos que ahí vamos las mujeres...! -Así me gusta negra Nemecia, continuemos la marcha a Todos Los Santos, que hay tanto trecho de aquí hasta allá como las cosas que tenemos que decirnos.

A medida que la jornada se alargaba, Silenia se metía en profundas meditaciones; sus compañeras se habían acostumbrado a esas largas cavilaciones y pacientemente esperaban que regresara a su momento real. En ocasiones detenía la bestia y sin darse cuenta, con la vista tendida sobre la sabana, esculpía con el pensamiento lafigura amada de su capitán. Así permanecía largo rato sin desviar losojos del camino por donde rectamente debía avanzar. Por aquel camino que dulcificaba con la esperanza de acortar distancias y de vencer las dificultades que se le presentaban a cada momento.

En una tarde que se rendía al sobresalto repentino de la noche, sin que se hubieran puesto cita los dos bandos de mujeres se encontraron en los anchos caminos hollados por la brutalidad y la violencia. -¡Llegó el momento compañeras!, se escuchó el grito de Guerra de la Olmos. -¡Adelante, negra Chón!, demuéstrame que eres valiente; pero eso sí, la mandamás déjamela a mí. y del otro lado se le oye decir a Silenia, con serenidad y calma. -Si la Olmos me pide, yo me le ofrezco gustosa. Y ahora si, negra Nemecia, suelta los impulsos que estuve amarrándote todos estos días. -¡Pa 'lante, muchachas que para atrás espantan...! -Jay, Jay, grita Nemecia . ¡Prepárate negra Chón que lo que te va pa' encima no es cualquier pendejada!

La batalla se trenza entre el sueño que agobia el día y el despertar de la noche que comienza. Se escuchan choques, quejidos, gritos rabiosos y huídas a todo galope. Cesan los gritos y los quejidos; parece que de pronto el silencio les hubiera cerrado la boca. De pronto la negra Nemecia pregunta a todo grito: -¿Qué trae mi capitana? Silenia responde triunfante. -A la Quitamachos, negra Nemecia. -Jay Jay, la cacería fue buena porque aquí traigo a la negra Chón. De inmediato vuelve a preguntar a su jefe - ¿ Qué vamos a hacer con ellas? -Darles una paliza y dejarlas que regresena sus lugares con el orgullo metido entre las pantaletas. -!Te mataré, maldita! gritaba la Olmos hecha una fiera. Pero Silenia la tenía inmovilizada torciéndole el brazo por detrás de la espalda. -Capitana, mate a esa maldita pava o de lo contrario ella la matará a usted. - No, negra Nemecia, "perro que ladra no muerde", ¿... Y, yo qué hago con la mía? -¡Déjala que se vaya, que ya bastante tiene con sus remordimientos!.

Camino a Todos los Santos, la negra Nemecia, quién era impulsos y valor desmedido, repetía constantemente un dicho que le aprendió alas llaneradas, en los hatos donde fue sirvienta. -!"Zamuro come brincando y caricare bailando"! Con esto quería decir que deberían estar en movimiento constante.

Cierta vez, en que el día se partía por la mitad, decidieron detener la marcha para descansar bajo la fronda ribereña de un caño. -¡Cuidao con echarse a dormir a pata suelta!, advirtió la negra. ¿Quién nos asegura que a otros no les provoque pasarse por aquí a echarse su siestecita? Silenia que había tendido su manta en el suelo, se acostó, no con ánimo de dormir sino de pensar, mientras dejaba relajar sus músculos en la frescura de aquella fronda. La negra, quien era incansable, iba de un lado a otro, pasando revista a sus mujeres. Parecía una enorme mariposa. Silenia la siguió con la mirada y sonriendo, se dijo -Es una valiente guerrera pero demasiado impulsiva, jamás se detiene a medir la distancia, el espacio y el tiempo entre el enemigo y ella; salta como una loca, con ese incitador Jay Jay, grito de guerra con que embravece el ánimo de sus compañeras.

Para la negra Nemecia, Silenia Monteblanco era otra cosa. La admiraba rayando en la idolatría. Nada sabía respecto a la hermosa y solitaria mujer de Guafal Florido, pero intuía que toda aquella decisión guerrera, obedecía a un secreto de grandeza. y esa grandeza que la unía a la lucha, tenía que ser el amor a un hombre. La negra recordó la tardecuando ella y sus compañeras llegaron muertasde cansancio a Guafal Florido. Silenia las recibió con muestras de alegría y les brindó hospitalidad en su rancho. Aquella noche cuando todas habían colgado sus chinchorros, Silenia les preguntó -¿ Qué andan haciendo tantas mujeres sin hombres? Cada una comenzó a contarle cosas tristes y concluyeron diciendo que habían perdido las esperanzas de encontrar un compañero porque eran mujeres ultrajadas por el paso de la violencia; sometidas a violaciones tan brutales, que habían terminado por odiar a los hombres.

Porque aquellos encuentros con el sexo opuesto fueron tan bestiales, que en el vientre de algunas vírgenes profanadas quedaron gestándose embriones entre venéreas incurables. Silenia las escuchaba mientras sus ojos se anegaban de lágrimas, de pronto saltó de su chinchorro como enloquecida y gritó: -¡Basta, basta, mujeres! y fue que no pudo resistir el relato de aquellas tristes historias que se iban empatando como sogas, sogas que parecían querer medir las distancias entre la injusticia y la justicia. ¡Basta, mujeres!, ¿Qué están esperando? , dijo deteniéndose en medio de las hamacas. -Levántense con la cara en alto, no lloren más, ni me hagan llorar a mi. Vamos a formar un grupo para castigar a todos los cobardes que encontremos a nuestro paso. Pero más que todo, el grupo que formemos debe estar armado de valor, de mucho valor .

Así comenzó todo. Desde ese momento su admiración por Silenia no tenía límites; aquella corriente vital que impulsaba a la bella mujer, su secreto de grandeza, debía ser el capitán Guadalupe, el hombre que la enseñó a amar . En cambio para ellas, aquella fuerza motriz que nutre el alma y el corazón, era algo desconocido. En sus corazones no había sino rabia y odio. La Nemecia estaba viviendo la tragedia en su pensamiento y sin darse cuenta dejó escapar un grito desgarrador. ¡Odio a los hombres...! Y el grito le fue devuelto por el eco del monte; ¡Odio a los hombres,...bres...bres! Aquel grito las levantó como haladas por un resorte y las dejó metidas en un suspenso que parecía apunto de estallar, como un espejo cuando se rompe en mil pedazos y desaparece la imagen que está reflejando. Fue el tronar de cascos en la pradera, lo que las regresó a su momento. -¡Escuchen, muchachas!, viene un grupo de jinetes. Escondan los caballos y escóndanse ustedes. Esperen la orden de ataque, si es que vienen los que estamos esperando. La negra Nemecia y yo nos quedaremos de camada. ¡Qué buenas camadas fueron Nemecia y Silenia! Apenas el grupo de hombres entró en la fronda del caño, lo primero que vieron fue el par de mujeres solitarias. Dos de ellos, tal vez los que ejercían el mando, hicieron señas a los otros para que se detuvieran; cambiaron miradas entre si, descabalgaron, dejaron los caballos con las riendas puestas sobre la cabeza de las sillas y avanzaron al tiempo que uno le decía al compañero. -Primero nosotros, después se las dejaremos a los demás para que las "redoblen". Eran dos hombres de miradas torvas y en la punta de luz de sus ojos no había sino lascivia y mal- dad. -¡Alto!, gritó Silenia al tiempo que marcaba distancia entre los bandidos y ella con el cañón de su arma.

La Nemecia hizo otro tanto pero, sin poder frenar sus impulsos, le sopló el disparo a uno de los bandidos a boca de jarro. El infeliz cayó fulminado sin dar un quejido. -¿Qué vaina es esta? , rugió el otro entre furioso y sorprendido. -Algo con lo que no contaban ustedes, respondió Silenia amenazante. Y agregó con una voz tan fuerte que no parecía la suya. -¡Asesinos! ¡Violadores de mujeres indefensas! La negra viendo que los demás hombres intentaban avanzar con malas intenciones, lanzó su grito de combate para que atacaran sus compañeras. Al verse los hombres rodeados de mujeres armadas y tan decididas que ya les habían descontado a uno de los jefes, en unasituación tan opuesta a los gritos, llantos y carreras que siempre encontraban a su paso, quisieron poner tierra de por medio y alguien entre el montón dijo -Nosotros no peleamos con viejas. -Eso ya lo sabemos, terció Silenia con una sonrisa de triunfo. Ustedes no pelean con viejas porque están acostumbrados a tomarlas atemorizadas e indefensas. Pero llegó la hora de poner fin a estos abusos y ¿quienes con más motivos que las víctimas? , las que en este momento tienen frente a sus asquerosas caras. Algo trató de decir el jefe de los bandidos, pero la Capitana ordenó: -¡Fuego!

Aquella tarde y muchas otras, con las caras francas y las sabanas por delante, el grupo de mujeres parecía haber vuelto a nacer. La Nemecia alegremente voceaba su consigna deguerra. y fueron avanzando jornadas de leguas y jornadas de revancha. A su paso un guarataro, un chaparro, un samán, cualquier árbol que prestara su sombra en la sabana, lucían como zarcillos pendientes de sus ramas, las humanidades de aquellos que un día usando el poder de las armas, las ofendieron. y castigaron con más rigor a ciertos hombres, que perteneciendo a la causa, usaron la fuerza y el machismo tradicional para someterlas.

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