INDICE

Ni Rastro de los Desaparecidos

Las dilatadas pampas llaneras son estremecidas por algo que no es ganado. Es el tropel interminable de jinetes con sus voces incendiarias quemando las regiones del misterio. Jinetes de almas vibrantes llenos de heroicidad ancestral. Jinetes con los pechos henchidos por la fluidez de la tierra, de esa tierra que defienden con la magnificencia del hombre bien parido por ella.

Al norte de Tame, Arauca, en las montañas de Sisibito, el Pote Rodríguez termina de fabricar una bomba, la detona y se levanta diciendo: -Muchachos, hay que partir inmediatamente a Todos Los Santos.

Por el piedemonte metense, los hermanos Bautista y los Parra hacen otro tanto. Hasta ese momento no habían querido alejarse de sus territorios, siempre custodiándolos con esmerado celo.

Hildebrando Plazas en compañía de Pacho Sandoval, arrean desde el Casanare toda la gente que tienen. Desde las riberas del Guanapalo viene Víctor Agudelo, que se ha topado con el capitán Alfredo Parada, formando una pareja fuerte en todos los aspectos: llaneros como el mastranto, amansadores de potros y llenos de alegría guerrera.

Desde el imperioso Cravo Norte, Tomás Zambrano recoge un poco de su gente, pues por más que exploró las orillas del río, nada pudo saber de sus compañeros a los que llamaba "Gallito" y el "Radio Chispa". Definitivamente no había tiempo ni esperanza de encontrarlos. -¡Carajo! dijo a manera de lamento por aquella pérdida de sus hombres. Eran valientes esos muchachos. Pero hay que ir a Todos Los Santos.

De las costas de Cusiana y el Unete, los hermanos Téllez y Marco Antonio que salen a marchas forzadas para darle alcance a Failache, quien después de recorrer los bajíos, calcetas de sábanas y rincones de montes, abandona descorazonado la búsqueda de su general Eduardo Franco. -Parece que se hubiera diluido en las aguas de estos ríos. A la mente de Failache vienen, como un rebaño, los recuerdos del sogamoceño quien nunca decaía en su entusiasmo revolucionario. Eduardo Franco era como un trago de ron para levantarle a los campesinos las ganas de guerrear. Siempre tenía una respuesta lista y una sonrisa maliciosa a flor de labios cuando le preguntaban. -¿ Con qué armas vamos a pelear? -¡Ala!, respondía. Allí mismito hay un montón de chulavitas armados hasta los dientes. Caminen, hagamos una visita a esos patones y, de regreso, traemos esas armas que necesitamos. Y, en efecto, traían las armas. Como dirigente de amplios conocimientos políticos e ideológicos en la guerrilla, Eduardo Franco concebía la política basada en los principios del Libertador. Era hombre de largas travesías a caballo, llevando el mensaje y avivando el entusiasmo y la moral combatiente de los luchadores de la guerrilla en los Llanos. A éstos les hablaba utilizando un tono de voz suave al principio: -Miren muchachos, hay que combatir, hay que defenderse, hay que entrarle a la lucha con la naturalidad con que se hace un trabajo en el Llano. Luego subía la voz hasta convertirla en un trueno. -¡Hay que echarle plomo a esos hijueputas; de lo contrario, nos matan ...!

La primera noche en Todos Los Santos fue para el capitán Guadalupe como la de muchos héroes, que saben que su cabeza es la guía de la cola de la serpiente guerrera. Todo está unido a esa cabeza que va adelante, atacando y sorteando el peligro. Por eso, aquella noche ansiaba un momento de soledad y de silencio para reflexionar. Fue así como su gente lo vio partir al galope sabana adentro. -Quiero estar solo, les dijo, quiero que la soledad me aconseje con su boca de mil voces.

En medio de la sabana, bajo la pulsación brillante de las estrellas, sintió el sueño tranquilo de la vegetación, escuchó la respiración de las hojas y el latir del corazón mudo de aquellos seres, que permanecen encadenados por sus raíces a la tierra donde nacen.

Con el alma relajada, se puso a contar luceros como lo hacía en compañía de su amigo Alfredo Parada, cuando era niño. Desde su campamento la brisa le traía el eco de conversaciones de los hombres allí reunidos, de aquella gente que lo hacía sentirse respaldado y orgulloso. Pero no todo era completo, pues la desaparición de otros compañeros le dejaba un vacío en el alma. Cada vez que llegaba una comisión, salía al encuentro de los hombres que la integraban, para hacer la misma pregunta y obtener la misma respuesta. -¿Qué noticias, traen? -Ninguna, capitán. y con tristeza daban por terminada la misión. -Ni rastro de los desaparecidos. -¡Virgen del Carmen!, ¿qué será de mis amigos? Fijó sus ojos en el firmamento siguiendo los guiños de una estrella tan pequeña, que parecía una mentira del cielo. Luego se estremeció al recordar aun amigo a quien anduvo buscando por largos días. Después de muchas travesías lo encontró. En un banco de sabana halló la cabeza con el sombrero puesto, ensartada en una estaca. Tal vez por el sombrero, los carroñeros respetaron esa parte de su cuerpo; porque sobre la otra, danzaban alegremente las aves necrófagas en un alocado vuelo, dándose un festín de carne humana. -¡Compañero!, donde quiera que te encuentres, mírame aquí empeñado en la porfía, porque la guerra es como el fuego, hay que animarlo constantemente para que no se apague. y ésto es lo que ha hecho el Gobierno con sus planes de exterminio, con sus bombardeos aéreos regándonos plomo por todas partes, llenándonos el Llano de chulavitas y tratando de exterminamos. Pero te juro, amigo mío, que es ahora cuando comienza a formarse una cepa compacta, con miembros de guerrillas de diferentes lugares para enfrentar el problema. y la que da más ánimos, compañero, es que cada día nosotros somos más y ellos la minoría. Y, como si se despidiera de la cabeza de su amigo ensartada en aquella estaca, repitió en voz alta: -¡Malditas imágenes que no se borran! ¿Cómo borrarlas si todavía se perciben en el ambiente los gritos de las víctimas envueltas en sudarios de fuego? ¿ Cómo borrar aquellas consignas con las cuales entraron los invasores del Llano? , si la resonancia de ellas perduran grabadas en todos los lugares arrasados: ¡A sangre y fuego! ... ¡A sangre y fuego...!

Muchos campesinos corrieron a refugiarse en las iglesias, a pedirle protección a Dios. Pero en algunas, encontraron a un Dios aliado con la represión en la voz de los pastores. Fue así como el viejo Simón casi se revienta de tanto correr para llegar al campamento del comandante Aljure. Muerto de miedo, le refirió un pasaje del sermón del capellán del Recreo. -Comandante, dice cl curita que el Gobierno es el dueño del Estado. El dueño de la plata. El dueño del poder y por eso tiene la bendición del cielo. También dice que nosotros los revoltosos, los chusmeros, somos almas condenadas a las llamas del infierno, que no habrá salvación, que Dios nos castigará con todo el peso de la Justicia Divina. El comandante Dumar Aljure, no pudo menos que echarse a reír. Para tranquilizar al viejo le dijo: -No le pare bolas a ese cura, viejo Simón. Ese jodío es uno de los peores chulavitosos. y si nosotros estamos condenados, te juro viejo Simón, que ese sotanudo tendrá que ir a darnos sermones al infierno. Las palabras del comandante le devolvieron la calma al viejo quien se marchó a su rancho más contento que un pájaro a su nido. Al llegar a esta parte de los recuerdos el capitán esbozó una leve sonrisa. Cuán ingenuos eran los campesinos. Qué buenos eran, tan buenos como el agua del jagüey . Tan sanos dentro de su vida pastoril, esa vida que aman tanto como a sus cantos mismos. Porque cuando el llanero canta, riega en la sabana sus alegrías y sus penas, se las cuenta a sus rebaños. Por eso el ganado de los Llanos está acostumbrado y hasta engreído con las tonadas tristes y largas, como si con ellas el peón asalariado quisiera empujar sus ilusiones mucho más allá de su horizonte incierto. Era grande la nobleza de su gente y aunque eran rudos en ocasiones, tras aquella rudeza se escondía una ternura insospechada y una locura de libertad, que es su carga irrefrenable conduciéndolos a la guerra.

Como la noche es tan andariega, es como un navío que viaja en el mar de los recuerdos y que en cada puerto de algún acontecimiento se detiene, he aquí al capitán arribando a Guafal Florido. ¡Qué pena tan grande sentía por Silenia! No era que se hubiera olvidado de ella, pero su compromiso con la causa estaba más allá de ese amor que los unía. ¡Ay! Mi bella amante, cuando todo termine, viviré para ver en tus ojos cómo amanecen las noches y aspiraré en tu cuerpo el perfume de las flores sabaneras. y la noche amaneció en Todos Los Santos para dar comienzo a otro día, otro que quizás traería noticias de los desaparecidos.

Los integrantes de las comisiones se dirigen al lugar de la convocatoria, lo que ahora por otros motivos ha tomadoel nombre de Cumbre Guerrillera. La gente ha acogido una especie de consigna llanera para mencionar la marcha hacia la reunión e insiste en corearla en voz alta cuando parten del sitio donde habían estado acantonados o cuando le sacan ventaja al enemigo: " A todos los Santos o al cielo..." Esto quiere decir, llegar al lugar destinado o perecer en el intento.

A los hombres loS embriaga el vértigo de la pelea, la consigna se escucha muy seguida, ya que el enemigo no se ha cruzado de brazos para verlos pasar tranquilamente. No señor; ahora son ellos quienes salen a impedirles el paso en los caminos. De este modo, cada grupo de rebeldes que logra avanzar, vocea victoriosamente la consigna. " A todos los Santos o al Cielo". En uno de estos tantos combates por apoderarse del control de los caminos, un guerrillero apodado "Tragoamargo" recogió un casco que se le cayó al enemigo en su huida. - Vean lo que encontré, gritó levantándolo bien alto para que fuera visto por sus compañeros. -¡Vean qué perola tan buena para hervir el cafecito mañanero! El grupo entero celebró la ocurrencia de "Tragoamargo". El hombre, para completar con una chuscada, alardeó: -Esperen que me lo ponga, para que vean lo fiero que se mira este negro. Pero algo que había camuflado entre el forro del casco, llamó poderosamente su atención. Tomó lo que allí había protegido cuidadosamente su dueño, que resultó ser un recorte del diario más prestigioso del país, un recorte de la columna titulada "La danza de las horas" -¡Coño!, exclamó leyendo el contenido. Aquí piden que se excomulgue a los bandoleros, fascinerosos del Llano, que están atentando contra la paz del país. ¿ y saben por qué, compañeros? Por el escarmiento que le dimos al capitán Bocanegra.

En el rostro de la llanerada se dibujó un estupor terrible, tanto, que en el ambiente se sentó un silencio tenaz. La amenaza pesaba como piedras en el sentir piadoso de aquellos hombres, quienes a través de los tiempos han creido en tantas leyendas sobre condenados eternos por habérseles negado la comunión en su hora mengua. El comandante Aljure, viendo el impacto que aquello causó en sus hombres, buscó algo que pudiera sacarlos de ese momento temeroso. De pronto, tronó los dedos y con una jocosidad no acostumbrada en él, dijo

-¡Ayayayyyy....! ¡Papitos lindos! ¿Cómo que les dolió mucho? Luego endureciendo las facciones se irguió sobre la bestia con toda la altanería y ¡valor señero del cabo desertor del ejército, ahora comandante de guerrillas llaneras. -¡Ajá, con que les dolió!, repitió. A nosotros, según esto, no tienen por qué dolernos las masacres que el capitancito cometió con las campesinadas inocentes y desafinadas. Mientras las sabanas del Llano se vestían de luto con las zamuradas, en la capital lo condecoraban por su abnegado y aguerrido valor. Dicho esto, el comandante Aljure levantó la mano en alto como una bandera, invitando a sus guerreros a que lo siguieran, mientras gritaba triunfante: "¡A todos los Santos o al cielo!"

En la mazorca del tiempo continúan desgranándose los días y con cada crepúsculo que declina se aplaza la esperanza de encontrar a los desaparecidos. Entonces los jinetes vengadores caminan hacia el ancho de la noche y, cuando ya están dentro de ella, alguién pronuncia una oración para que los proteja de los peligros del camino.

San Pablo por lo tan querido
de mi Dios tan poderoso,
líbrame de las culebras
y de animales pozoñosos.
Estas palabras que digo,
las digo con toda fe,
en el nombre de San Pablo,
Jesús, María y José.

A Todos los Santos no cesan de llegar grupos y más grupos. Todos son anunciados con el gentilicio de sus sitiosde partida. Llegaron los Maniceños... los Craveños... los Charteños... los Guanapaleros... los Ariporeños... y así sucesivamente, hasta que un grupo llama la atención del jefe de aquellos que se denominaban "Gente Nueva". Acercándose al capitán Guadalupe, le preguntó. -¿De donde viene ese grupo? -De Sabana Larga. -¿Por qué viene integrado por tantas mujeres y niños? -Pregúnteselo al viejo que lo encabeza, respondió el capitán con tristeza y, dirigiéndose al recién llegado le dijo: -Viejo, cuéntale aquí a este camarada por qué traes tantas mujeres y niños en tu grupo. El viejo descabalgó, buscó un taburete bajo la sombra del caneyón, se sentó con toda la parsimonia acostumbrada por los viejos, se quitó el sombrero colocándolo cuidadosamente sobre sus piernas, lanzó un largo suspiro y comenzó, señalando al grupo que la acompañaba. -Vea joven, toda esa gente, incluido yo, que en total sumamos sesenta y ocho, fuimos arreados como ganado pa '1 matadero cuando llegó la gente del Gobierno al pueblo. Nos encerraron en el salón más grande de un casa de bahareque y, sin tocarse el alma estos desgraciados, se pusieron a jugar al traquitraqui con nosotros apunta de bombas reforzadas con ráfagas de metralla. El viejo terminó con la voz agitada y los ojos llenos de lágrimas. Por el momento el jefe se abstuvo de hacer cualquier otra pregunta, conformándose con mirarle los pies, aquellos pies que parecían hechos de acero.

No acababa de retoñar el sexto día en Todos los Santos, cuando anunciaron la llegada de los hermanos Arévalo en la camioneta "Bucheloro", procedentes de Puerto López y armados con carabinas "chispunes". El jefe de la "Gente Nueva", reanudó sus preguntas interesándose por las cosas extrañas para él. -¿Puede decirme, capitán, de qué fábrica provienen esas carabinas que acaban de mencionar? Al capitán le divirtió la pregunta y, riendo con toda esa malicia natural del llanero, le transmitió la picardía a uno de los jóvenes Arévalo: -Oye chico, explícale al camarada de cual fábrica salieron las carabinas que traen. El joven se frotó las manos, se situó al frente del jefe de la "Gente Nueva" y como el niño que explica gozoso su mejor invento, comenzó: -Vea compañero, cómo le parece que las "Chispunes " son de fabricación' donde se pueda' . Donde se pueda encontrar un tubo de "jierro" para hacerle el cañón, otras chatarras que se puedan fundir para fabricarle el gatillo y lo demás es obra de carpintería: Un palo de guayabo o de totumo para hacerle la culata, cargarla con tacos, pólvora, guaymaros tigreros, fulminante y... !chisssspummm...! ¡Cae el hijueputa chulavita meniando el culo...!

La chuscada del hermano Arévalo, reventó risas por todas partes, menos de parte del jefe de la "Gente Nueva", quien terció con burla. -Muy gracioso, ¿pero, a cuántos enemigos pueden eliminar con semejante rusticidad? El joven de las Chispunes responde sin perder su buen humor.-La verdad compañero, que perdimos la cuenta. Pero, le aseguro que nuestro grupo llegó a ser considerado por el Gobierno como uno de los de más alta peligrosidá. Y ahí, donde usted ve a la "Bucheloro" toda destartalada, también la fabricamos con cuanto repuesto de carro encontramos; a esa cosa no la detienen ni las trochas más intrincadas. El jefe de la "Gente Nueva" terció otra vez con sorna. -La verdad es que los métodos de combate y el armamento que usan son tan rústicos, que pueden compararse con los de las lanzas mohosas. Alguien de los de las lanzas mohosas se levantó airado para revirar. - ¡La cuestión no está en los métodos ni en las armas. Para peliar lo único que se necesita es tener ganas y verraquera...!

anterior | índice | siguiente