Un lugar llamado Todos Los
Santos
Los estafetas corren en diferentes direcciones. El mensaje vuela
multiplicándose como bandada de garza hacia sus garceros. El
capitán Guadalupe convoca a una reunión masiva en un lugar llamado
Todos Los Santos. La convocatoria acelera las diligencias de las
comisiones que buscan a los guerrilleros desaparecidos. Nadie ha
podido saber de elos, lo más probable es que estén refundidos en
las cárceles del país o que los hayan asesinados secretamente.
Mientras los cascos correlones eliminan distancias, a medida que
avanzan, un temor comienza a inquietarlos. Volver por los mismos
parajes sobre los cuales pasaron saboreando una victoria o
masticando una derrota. Era como desenroscar el tiempo dormido y si
ese tiempo se levantaba enfurecido, podía silenciarlos para
siempre. Pero ni los temores, ni los recuerdos disueltos en las
lejanías, lograban hacerlos desistir de aquella guerra que ellos no
comenzaron. En cambio, sí tenían razones suficientes para
continuarla hasta derrotar a los invasores, a los que un día
bajaron de los grandes cerros, destruyendo lo más sagrado y bueno
que puede mantener pacíficamente al hombre en cualquier lugar de la
tierra: su familia y su hogar.
Desde el asesinato del «Caudillo de las
Muchedumbres», del hombre que había sido capaz de ver con
claridad la magnitud del problema que amenazaba a su pueblo, desde
ese momento el liberalismo comenzó apagar su cuota de sangre. La
represión se desbandó como buitre insaciable, dejando al paso de
sus aleteos mortales, desolados panoramas de cadáveres de hombres y
pueblos.
Camino a Todos Los Santos van topándose con grupos y más grupos.
Y es así como las preguntas se repiten, como el pan de cada día.
-¡Epa cámaras! ¿De dónde vienen? -De la
Gilera. Alguien, que seguramente encabeza el grupo, da una
explicación rápida. -Andamos buscando al coronel Villamizar, ese
maldito nos masacró sin ninguna justificación. Y lanza su amenaza
contra el militar: -¡Ja ! pobre de ese cristiano si cae
en nuestras manos. . . -Bueno pues, vayan con Dios. Y no se olviden
de la reunión en Todos Los Santos. -Allá estaremos, capitán.
-¿ Y Uds., quienes son? -Somos los presos de Pore; hemos
recorrido palmo a palmo cada rincón en busca de esos gran carajos,
que para divertirse nos sacaron de la cárcel, nos llevaron a un
paseíto en avión y, cuando el aparato estaba bien encumbrado, nos
lanzaron sin paracaídas... Por eso la gente nos llama los
"zumbaos" de los aviones militares.
"Las heridas del cuerpo se sanan, pero el alma sigue
ardiendo de rabias". Esto había dicho el viejo Salomón, el
viejo Caro y otros viejos que encabezaban grupos de víctimas,
creando su propia justicia. Y estos viejos dirigen a los del
Vergel, a los del Arbolito, a los de la Susana y Sabanalarga. Es
así que a lo largo de los caminos, a cada momento se trenzan en
duros y temerarios choques con el enemigo, quienes también andan
por su lado atacando y defendiéndose. Las batallas se dan tan
rápidas como ráfagas de viento, al grito de cada bando animando a
su gente. -¡Duro con esos patones chulavitas. Duro contra
ese maldito sistema imperante! Y los contrarios rugen con las
consignas impuestas por sus altos mandos: -¡Viva Cristo
Rey! ¡A sangre y fuego hay que barrer a los cachiporros
chusmeros! Después de estas embestidas, penetraban en unos
grandiosos silencios, silencios que parecían bañarlos con una
sustancia corrosiva que les desgarraba la carne; y al salir de
ellos, muchas veces sintieron como si únicamente sus esqueletos
anduvieran errantes por las sabanas, dando batallas ficticias.
Cierto día se encontraron con un personaje muy estimado por la
gente de la región. El padre Alfonso, «el cura
bandolero». Así lo llamaban los chulavitas, porque éste
buen pastor jamás se puso del lado de la dictadura. Por el
contrario, ante el escarnio y el crimen interpuso su cuerpo en
medio de los fusiles gobiernistas y el pueblo indefenso de Puerto
López, y sin ruegos, ni oraciones, gritaba encolerizado,
-¡Primero mátenme a mí, primero disparen contra este
hombre de la iglesia, asesinos de inocentes! ¡Disparen
para que mis ojosno vean tanta ignominia, dirigida por los hombres
que dicen representar el Estado! Esto disparó el sectarismo de las
jerarquías eclesiásticas, donde el control de sacramentos contra
los rebeldes se convirtió en una ley, y a los feligreses que no se
acogían a ella, sólo se les mostraba un Cristo de espalda, un
Cristo que no tenía una mirada de esperanza para ellos. -Padrecito,
¿para dónde va? , le preguntó el teniente
«pegón», quien comandaba el grupo. Se descubrió
la cabeza, al igual que sus hombres. El cura respondió con voz
grave. -Voy hacia las regiones del Recreo en busca del cura de los
«Revólveres Fátima». -Padrecito,
¿para qué quiere usted a ese cura? -Para despertarle la
conciencia y hacer que ella lo castigue con todo el peso de la
Justicia Divina. Sin añadir más sobre la misión que llevaba, el
cura seguido por unos cuantos fieles, se despidió con un rápido
adiós.
Largo rato quedaron los guerrilleros siguiendo con la mirada la
marcha del cura, hasta que sus anchas espaldas se fueron
adelgazando con la distancia. Una cabeza que se cubre, otra que es
rascada en forma pensativa y alguien rompe el silencio. -Me
gustaría presenciar el encuentro de esos dos sotanudos. -A mí
también, afirma otro. Es que ese cura del
«Recreo» es una mierda con ojos. Un fiel, entre
godo y liberal, refuta -Cámara ese calificativo es muy vulgar.
-¿ y cuál otro podría dársele a ese cura? ¿Es
que ya se le olvidó lo intrigante y politiquero que es?
-Vamos, continuemos nuestro camino, ordenó el teniente
«Pegón». Y aunque él se guardó sus comentarios,
los demás continuaron hablando del asunto, pues el cura del
«Recreo» se gastaba su famita de jodido. Y así
lo dibujó un viejo del que nadie dudaba de su palabra. --Lo que les
voy a contar, nadie me lo dijo. Lo sé porque fui testigo de los
acontecimientos. Ese fulano cura, de puertas de la iglesia para
adentro trabajaba bastante, ya que desde el púlpito, que era su
campo de batalla, amedrentaba a los campesinos, a quienes como
corderitos llevaba al confesionario para que firmaran su sentencia
de muerte: porque más duraban ellos en contar que eran liberales,
que el cura en ir ponerles sus nombres en las listas negras. A
aquel que no se confesaba, lo excomulgaba. De puertas para fuera de
la iglesia, la cosa era terrible: mandaba la sotana aun rincón y,
vistiendo uniforme militar, bien armado, encabezaba los grupos de
godos sectarios de la región para ir a hacer las mentadas'
limpiezas' de liberales. Pero eso no era todo.
El cura era sagaz ya menudo usaba la investidura de sacerdote
para pasar inadvertido ante los guerrilleros. A cada rato se le
veía recorrer los caminos entre pueblo y pueblo, haciendo
peregrinaciones con la virgen de Fátima, dizque en virtud de la
paz. Pero ésto eran puros embustes, el sotanudo llevaba la Virgen
rellena de revólveres Smith & Wesson y abundantes
municiones para abastecer ala Chulavitada. Así lo hizo durante un
tiempo, hasta que la pobre Fátima reventó un día ante los ojos
aterrados de la gente de un pueblecito. Los Bautista ordenaron a su
gente que lo «pelaran», pero los guerrilleros
se mostraron remolones por aquello del agliero de que
"quien mata aun cura, le cae la desgracia."
Llanura abajo retumba un trueno, por los caminos se levantan
grandes polvaredas por aquellas multitudes que avanzan y se mueven
simultáneamente, como si fuesen fantasmas imaginarios. Todos
caminan unidos, quizás porque a todos los une un mismo dolor, una
misma rabia, una misma desgracia y una misma causa. Una voz potente
los anima, los hace vivir el actual momento. Es tan potente que se
escucha a leguas de distancia y parece empujarlos como un ventarrón
hacia el origen de la tormenta. -¡No se detengan mis
bravos! Sigamos caminando, sigamos hablando que lo que tenemos que
hablar es más largo que el camino que nos falta por llegar a Todos
Los Santos. Aquella es la voz del viejo Jesús Bravo.
Jesús Bravo, memoria y rasgos del tiempo, raza de hombres
machos, de aquellos que mueren sin agonía, ni lamentos. Su cara
surcada de arrugas es el testimonio del combatiente de tres
guerras. Para afinar la puntería, que por cierto es muy certera,
mampostea el fusil sobre su mano izquierda, que la tiene torcida
por un tiro que le dieron en la Guerra de los Mil Días. Sobre la
mira del fusil, el ojo de halcón, el disparo que sale y el grito de
triunfo que comprueba su puntería. -¡Ahí les va ese
fuetazo hijueputas chulavitas. Hay algo que inquieta mucho a Jesús
Bravo :es la desaparición de su buen compañero «Minuto
Colmenares». El viejo ha vuelto a recorrer los mismos
lugares con sus hombres, ha vuelto a espantar a los chulavitas de
las zonas heladas, ha regresado a la casa roja de Rechinga, ha
trepado la sierra del Cocuy, ha recorrido fueteando a los
chulavitas de la «Hoya de la Guerra» y la
«Olla del Candelo»; ha bajado por Tauramena con
la esperanza de encontrara su compañero, pero el interrogante
sigue. ¿ Qué se ha hecho «Minuto» y
otros compañeros, a quienes parece habérselos tragado la tierra? Y
así, mientras busca a su amigo de combate, el viejo presencia las
romerías de las madres, las mira arrodillarse buscando a sus hijos,
aquí prender una vela, allí besar un montón de huesos que ya se
están convirtiendo en pasto; hasta que un rumor en voz baja aplica
el gonce del silencio, después de atravesarle los oído con un -No
lo busques más, vieja; cayó en manos del Gobierno... Y,
¡¿Para qué mas llantos?!
¡¿Para qué más ecos lastimeros si se pierden
en las llanuras, se ahogan en los esteros, sin alcanzar la altura
deseada?! El diapasón doloroso de las madres al fin queda mudo, con
las lágrimas congeladas en los ojos. ¿En qué momento se
jodió el país? Si aquí, en esta tierra de paz, de alegría, de
caballo y copla, llueve; en las ciudades no escampa para los
liberales de Colombia. Todos huyen frente ala amenaza de los
"pájaros", que se pasean por las calles con sus
revólveres de largas historias cementeriales. -¡Coño!,
dice el viejo Jesús Bravo, ahora más que nunca tengo que encontrar
a «Minuto Colmenares», para reanudar la
plomacera.
Todos Los Santos podría haber sido un lugar común, como
cualquier otro de los Llanos, pero no lo era. Todos Los Santos se
presentó ante los ojos de miles y tantos guerrilleros, como un
santuario de la naturaleza. Era un islote boscoso en medio de la
llanura, con un dosel de árboles encumbrados, donde se adivinaba la
empedernida competencia entre sus exuberantes copas por alcanzar el
espacio de luz deseado. Ya leguas se notaba el empate de aquella
competencia, al contemplar el nivel de sus floraciones
aromáticamente exóticas. Algo nunca visto, que atraía a cualquier
ser viviente que transitara por esos rumbos.
Después de muchas jornadas, una mañana entraron a Todos Los
Santos como si cabalgaran en el corcel traslúcido del viento.
Entraron como si caminaran en un mundo liviano, con el pensamiento
tan sensible como el agua en un declive. y penetraron en el lugar,
junto con aquella mañana jadeante de olores agradables. Las cosas
parecían palparse con los ojos y había tal mansedumbre en el
ambiente que paralizaba los movimientos, adueñándose de la voluntad
de los espíritus.
El capitán comprendió lo que estaba sucediendo. y como sabía
tantos secretos, se armó del coraje suficiente para enfrentar la
situación, para hacer que sus hombres no perdieran el contacto con
la existencia actual. Sabía que una brusquedad rompería la laxitud
de ese ambiente pacificante. Se enderezó sobre los estribos, infló
cuanto pudo su pecho y dejó escapar un grito semejante aun
rugido.
-¡Carajo. Vuelvan a la realidad! ¿No ven
que estamos enajenados por un encantamiento de los muchos que se
les presentan a las personas? Tenemos que romperlo o de lo
contrario, nos quedamos hechizados para siempre. Los caballos se
mantenían como estatuas con las crines erizadas. El capitán
descabalgó, tomó su cuchillo de monte, trazó unos cuantos signos en
el suelo y dijo: -Que desaparezca en torno nuestro todo aquello que
no es real, no hemos llegado aquí a pasarnos la vida alelados por
fantasías. Hemos venido a acomodar lo que fue desacomodado y a
planear una guerra para el futuro. y hemos venido a reencontrarnos
después de andar y desandar estas tierras en busca de todo aquello
que nos arrebató la violencia. Terminado este pequeño discurso, el
capitán habló en otro idioma que nadie entendió. Era un idioma que
parecía no tener ninguna regla, ninguna expresión. Nadie se atrevía
a respirar, sabían que no estaba dirigiéndose a ellos, sino a otros
seres desconocidos. Quizás se dirigía a dioses mitológicos o a sus
descendientes, que siempre han imperado en las llanuras, montes y
ríos. Mucho se hablaba de los poderes mágicos del capitán.
Afirmaban que lo habían visto detenerse en campo abierto, en medio
del fuego cruzado y que jamás fue herido. Otras veces se burló del
enemigo haciendo que lo siguieran, para desaparecer ante sus ojos,
convirtiéndose en cualquier objeto común.
-Adelante muchachos, dijo saltando a los lomos de su montura- El
camino está despejado. En verdad, Todos los santos sufrió una
trasformación inmediata, después apareció la fantasia e el encanto
que pacificaba a los espíritus, tomó la apariencia de un lugar
común u corriente del Llano, una mara de monte frondosa y
fresca.