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Jinetes de noches claras

-¡Qué noches tan claritas las que están retoñando en estos días! comentóel capitán frenando la bestia para dirigirse  a sus compañeros. Muchachos, ¿qué les parece si hacemos un alto aquí? Este lapo de luna es tan bravo que puede jodernos como a un animal herido. - Tiene razón capitán, estuvo de acuerdo el teniente Hoyos.

Las noches se están presentando tan claras, tan brillantes, que el relente lunar deslumbra el ojo humano y al parecer el de los animales también, porque la caballada tenía los ojos alumbrados. Como otras veces buscaron la sombra de una mata sabanera, para escapar de los rigores solares, ahora se protegían de aquella luz plateada y cegante, bajo los mangales de Chavinave. La sabana era como un espejo, donde las cosas podían verse agrandes distancias como acercadas por un catalejo.

Todos se acomodaron sentados en el suelo alrededor del jefe, bajo el sombrío acogedor de los centenarios árboles, esos árboles que han sido testigos de la carrera sin reposo del río Cusiana, testigos de tantos sucesos y testigos de la formación de Esteban Lara, el rudo llanero de muchas faenas vaqueras, amansador de potros indómitos y de toros guapos. Contaban que en los trabajos de llano, este casanareño se trepaba en los troncos del corral y desde allí les saltaba a los cuadrúpedos con la cara hacia el trasero de éstos, los pescaba del rabo y los jineteaba ante la algarabía de las peonadas. Nunca un toro, por fiero que fuera, pudo quitárselo de los lomos; jamás Esteban Lara mordió el polvo de una majada por más que repitió esta proeza. Su fama, que se regó por todas partes llegó hasta la capital en los tiempos del General Reyes, quien le cursó invitación para que fuera a demostrar su veteranía en el circo de toros de Bogotá. Y allá, el negro Esteban Lara se lució como ningún otro llanero.

El jefe guerrillero pareció regresar de los tiempos de Esteban Lara y del recuerdo de su padre que le vino ala memoria ante el nombre de este llanero; pues el viejo Antonio Salcedo solía gritar, cuando se entusiasmaba ante un llanero que tumbaba limpiamente un toro, -¡Esa carajo!, así los tumbaba el negro Esteban Lara en el hato de Chavinave...

Sin que se dieran cuenta, se había alargado un buen silencio en el cual cada quien recogía un pedazo de recuerdo que alguna vez dejara tirado por allí.

-Aquí, bajo este mismo palo'e mango, dijo el capitán recargando el cuerpo contra el tronco, aquí me quedé ardiendo de fiebre y con el cuerpo floreado de viruelas mientras mis hombres le descontaban al gobierno chulavita noventa y seis uniformes, allá en Cháviva al otro lado del Meta.

Luego se enderezó para preguntar algo que hacía tiempo deseaba saber. -Teniente Hoyos cuénteme ¿cómo fue que se extravió de su grupo en aquella ocasión? El mencionado teniente puso sobre sus piernas el fusil, apoyó ambas manos en el suelo, por detrás de las caderas para descargarles el peso del cuerpo echándolo hacia atrás. -La cuestión, capitán, es que no he podido explicarme cómo sucedió. Recuerdo que venía el convoy militar. Venía de arrasar a los pobres campesinos liberales que habitaban esa

ribera del Meta. Tras las huellas de los cinco carros repletos de soldados, iban quedando las filas de humo de los ranchos incendiados y el llanto de los masacrados.

-¡Caigámosle a esos gran carajos! propusieron los muchachos llenos de rabia. - Yo dudé, porque usted me había encomendado otra misión; además, ellos nos triplicaban en número y armas modernas, nosotros apenas contábamos con el F .A. que cogimos en el ataque de Orocué. Mientras dudé un minuto, el loco Marcelino, quien cargaba el F .A. y no se cambiaba por nadie, corrió a situarse al frente de la hondonada por donde tendría que subir el convoy militar. Allí se camufló tras un matojito y, echado de barriga, esperó comiendo ansias a que apareciera el enemigo para demostrar lo que había aprendido en los últimos tiempos. Yo di ordenes a mis hombres que se regaran a lo largo de la pestaña de monte que daba al río. Los muchachos se desplazaron calculando una buena distancia entre ellos. No tuvimos que esperar mucho para que entraran los primeros carros en la hondonada de la carretera. y ahí fue donde el loco Marcelino le destapó la garganta a su animal. Nosotros apuramos el plomeo y en un santiamén teníamos las botas del comandante militar y las de sus soldados a nuestra completa disposición. Corrimos de inmediato a recoger las armas enemigas para fortalecer las nuestras, antes que llegaran los demás.

Estando en esto, sin darme cuenta como sucedió, me encontré únicamente con "El Burrito" y "Kiloegueso". Los demás compañeros desaparecieron como por arte de magia. Francamente no tuvimos tiempo ni para pensar, porque de inmediato nos cayó en gavilla una soldadesca encima, que de no haber sido porque nosotros conocíamos bien el terreno y les jugamos carambolas a lo loco, este era el momento que no la estuviéramos contando. De allí en adelante no hemos hecho otra cosa que vivir sacándole lances al enemigo. Menos mal que al fin nos volvemos a reunir con usted, capitán. -¡Alguien viene hacia acá!, advierte "Matamoros" quien monta guardia mientras los otros descansan.

Un jinete rompe las distancias a campo traviesa, y tras este, otro puñado de jinetes parecen perseguirlo con empellones ponen en guardia y esperan. El individuo que al parecer huye de sus perseguidores, se da cuenta de la presencia de ellos, frena la bestia violentamente, tuerce la rienda y escapa con un rezongo furioso. -Todos estos lugares están infectados de la maldita "chusma".

Un momento después también se detienen los jinetes. -¡Alto ¿quién vive? , dice el capitán. -Gente del hato "Veladero", responden guardando la distancia. Luego explican: - Vamos tras el viejo Chaparro a cobrarle lo que nos hizo. -Pues aprieten el paso muchachos, que ya lo llevan de un tiro. Por aquí acabó de pasar... -Entonces, como dice usted capitán Guadalupe.. "a lo que vinimos, vamos..." Los jinetes vengadores parten resquebrajando la pampa. El capitán comenta divertido : - Por ese sinvergüenza no tenemos que preocuparnos, lo que es, esa chorrera de peones que lleva atrás, no descansarán hasta darle "mataguaro"

Por aquellos días descubrió sospechas y secretos entre la peonada. Desde ese momento no les quitó el ojo de encima. ¡Ja!, él fue peón de hato y uno de los más aduladores, lo que le valió para conseguir una buena fortuna. Por eso la malicia le bailaba, porque estaba penetrado de ese ambiente; sabía la comprensión que nace entre los llaneros de un hato cuando esconden algo. Les da por hablar demasiado en preocupación de los bienes de la hacienda, hacen cuanto pueden por mantener al dueño distraído, pero el ataque de sus ojos los traiciona cuando dirigen la mirada hacia el lugar que los inquieta.

Fue así como los descubrió. Los malditos andaban alistándose para unirse a los "chusmeros". Así que él les madrugó, corrió hasta el pueblo a llamar a la gente del Gobierno, de la cual tenía amplio respaldo como buen conservador que era y ellos no dejaron bicho con pluma que siguiera cacaraquiando por allí.

Los jinetes vengadores regresaron. -¡Se nos escapó el viejo Chaparro! regresemos a "Veladero" que de seguro el tigre volvió a sus comederos. Voltean grupas a los caballos y enfilan hacia las propiedades del perseguido, por las que un día cabalgaron arrebañando las madrinas de ganado. Corrieron como un huracán desandando leguas y más leguas hasta divisar el hato. -¡Alto!- dice un viejo vaquero llamado Jacinto. Luego propone -Vamos a darle cacería a ese muérgano igual que a un tigre encuevado; pero iré yo solo para que no se espante el bicho. -Está bien, concedieron los compañeros; y se ocultan en un morichalito que les brinda abrigo en el bajo de la sabana. El vaquero avanza estratégicamente con el fusil adelante como si con el cañón fuese cortando las altas macollas de paja.

Los peones siguen al compañero con la mirada mientras éste avanza, a saltos ya carreras cortas. Alguien sondea. -¿Será que el Jacinto podrá darle cacería al viejo?- Desde que lo coja entre la casa, lo asegura porque la asegura responde un joven que ha estado varios años al lado del vaquero como su compañero en los trabajos de llano.

Guardan silencio hasta que el viejo vaquero parece haber sido engullido por la sabana. Entonces rompe el silencio un muchacho que ha vivido resentido contra los terratenientes lugareños, quienes a su antojo disponen de las muchachitas campesinas como si fuesen pollitas de sus patios gallineros y cuya hermanita se cuenta entre las víctimas. -A mí siempre me han reventado las bribonadas y abusos de los dueños de hato. Se pasean como chivos celosos repasando las camadas de pollitas, criadas especialmente para ellos, con la complicidad de los mayordomos, que recorren de un lado a otro revisando las ni dadas para espantar cualquier gavilancito que vuele cerca. y ni las gallinas viejas se les escapan cuando todavía tienen un poquito de lustre... Los demás celebran la metáfora que es completada por otro peón espuelón. ¡Ja ja ja! -Eso no es nada, chico. Después viene el chorro de sutes regados por todos esos conuquitos, que da lastima... Y es ahí donde los malditos taimados representan su gran obra social. Recogen la sutamenta dizque por caridad, los crían pata al suelo y a punta de garrote, dizque para enseñarles a trabajar. La gente comenta -Miren a don fulano, que buen corazón el suyo, vean cuantos sutes ha recogido, quiera Dios que sean agradecidos y le paguen bien la crianza. ¡¿Cómo es posible que a estos desgraciados no les remuerda la conciencia?! Si esos chiquitos que comienzan a explotar, son sangre de su sangre y carne de su maldita carne.

Después toma el turno un vaquero que ha entregado sus mejores treinta años al servicio de un hacendado y expone su parecer. -Todas las fuerzas del pobre campesino se convierten en bienes para el rico.

¿ Qué les importa la suerte del pobre si sus arcas cada día crecen? ¿Qué les importa que nosotros nos alimentemos de puras esperanzas? ¿ Qué les importa que los duros trabajos en favor de ellos nos arruguen la cara y el cuerpo? ¿ Qué les importa que vivamos dando vuelta en la rueda del presente y del futuro con un quizás, o un tal vez mañana consiga algo para pasar mis últimos años? ¿Qué puede importarles si al final, en su vejez, han conseguido una panza despótica que habla de tantas comidas buenas que el pobre campesino jamás se ha atrevido a soñar?

La luna comenzó a levantarse por encima del morichal cuando regresó Jacinto. Las preguntas salían disparadas y casi aun mismo golpe de voz. -¿Lo encontraste? El viejo rió satisfecho antes de responder. -¡Claro que lo encontré! -Y, ¿entonces? Jacinto volvió a responder después de una risita pícara y de pasarse el dedo por el cuello -¿ Qué creían que iba a pasar compañeros? "mataguaro no es guabina". Lo encontré sentado en el mesón de la cocina, tragándose un platao ' e comida, chasqueando como un marrano y usando los cinco de la diestra por tenedor: tenía las piernas abiertas y la bragueta desabrochada por- que se acababa de "pegar" a la cocinera y con la boca llena de comida repetía y repetía -Sabroso Maruja... sabroso, mujer- Todos rieron, la deuda había quedado saldada. Después se miraron unos a otros, como si se pusieran de acuerdo para hacerse la misma pregunta, ¿Ahora qué hacemos? Jacinto responde de inmediato -Vamonos para las filas guadalupanas...

Pero los sucesos se tejen como hilos en manos de artesanos: la noticia llega agazapadita en boca de un indio achagua. De la boca del indio se fue regando hasta el último de los soldados costeños. Todos eran costeños, del Banco en el Magdalena, Chiriguaná, Mompós y Plato; todos fueron tomados de sus pueblos como propiedad del Gobierno. Eran muchachos de las barriadas pobres, muchachos que jugaban trompo y excelentes nadadores, hijos de pescadores. De pronto los reclutan para enviarlos a combatir en los Llanos. ¿Contra quién iban a combatir? Contra sus hermanos de condición. Los obligaron a atropellar campesinos indefensos, a saquear sus conucos ya incendiarles los ranchos. Pero lo más triste, porque ellos también eran hijos de liberales, fue que los pusieron como carne de cañón para que los mataran.

Todas las atrocidades a que los forzaron no podían borrarse de sus memorias. A patadas ya palabrotas la orden era dada. ¡Que esperan guevones!  ¡ Métanle candela a esos ranchos para que salgan esas ratas malditas! En medio de las carcajadas de los superiores, las víctimas salían despavoridas para encontrarse con las bayonetas que les vaciaban la vida.

Luego aconteció aquel ataque sorpresivo, aquella emboscada de los guerrilleros llaneros; desde entonces estaban allí sin que pudieran calcular el tiempo transcurrido, era como si ese hubiera tomado la figura de un macho torpe sentándose sobre ellos, aplastándolos con su peso.

El indio llegó sigilosamente, se sentó en cualquier parte y en voz baja comunicó. -¡Están por llegar los Cimarrones del Farfan! -¿Qué cosa es esa, indio? , preguntó alguien. El indio respondió. -Son los guerrilleros guadalupanos. -¿Por qué les dices así? , quiso saber otro, con vivo interés. -Porque así llamaban mis antepasados a unos jinetes invencibles, que en los tiempos del cacique Aripapore, salían de las cuevas del cerro de san Maricote. Otro más pregunta atropelladamente. -¿ y qué relación tienen los guerrilleros guadalupanos con esos tales Cimarrones del Farfan? -Que estos también están haciendo la mismo que hacían aquellos jinetes en los tiempos del cacique Aripapore. El indio no dijo una palabra más. Seguramente meditaba lejos, muy lejos en el tiempo y muy distante en leguas, quizás en las cuevas del cerro San Maricote de donde salían los cimarrones del Farfan. El murmullo fue pasando por entre la hombramenta de uniformes verdes hasta llegar difusamente a los oídos del superior. El teniente preguntó a todo grito. -¡Sargento! ¿cual es el chismorreo que cargan estos cabrones? El sargento intentó levantarse y cuadrarse militarmente, pero no pudo moverse de donde había permanecido amojonado y sin llevarse siquiera la diestra a la frente, respondió con voz cavernosa . -¡Se quieren sublevar mi teniente! -¿Qué estas diciendo gran pendejo? -Que se quieren sublevar, mi Teniente, repitió al tiempo que lograba ponerse en pie con un sonido de máquina oxidada. -¿ y tu estás en la conspiración? - Yo no, mi Teniente. -¿Entonces qué esperas, gran vergajo? coge tu arma y vamos a darle un escarmiento a estos H.P. -Pero una voz que salió del montón de soldados, dejó en suspenso la mano armada del superior, advirtiendo: -¡Cuidado, Teniente! Aquí se acabaron las Órdenes y las obediencias y, sino, que lo digan noventa y cuatro hombres armados contra dos. Lo dicho fue secundado por la acción, el silbido de una bala con su beso quemante le destrozo el pecho lleno de furia del comandante militar; pero aún así, manoteando el alma que se le escapaba, alcanzó a maldecir. -¡Malditos traidores, en el infierno los espero! Su grito se apagó con la segunda derrota entre los breñales de Cháviva y el Turpial.

Grande fue la sorpresa del capitán Guadalupe, al encontrarse con un pelotón de militares pidiendo participación en la causa guerrillera. -Bueno, muchachos, aquí no hay combate, le dijo a sus hombres. Por el contrario, hemos encontrado a unos hermanos que nos salierona recibir dando las mejores muestras de sinceridad. Y, dirigiéndose a los soldados, les dio la bienvenida. Ahora más que nunca le vamos a demostrar a los que bajaron de los cerros a echarnos candela, que a candela los vamos a sacar con buen viento y buen sol. ¡Adelante mis Llaneros cuatriboliados!

¿Hacia dónde se dirigen los Cimarrones del Farfan? como los llamaba el indio Achagua, quien misteriosamente desapareció. Mientras el capitán Guadalupe decide su rumbo, por el oriente, norte, sur, este, suroeste, noroeste y todos los puntos cardinales que pueda haber, los grupos en armas se desplazan buscando el corazón del Llano. Los días y las noches se alimentan de los anhelos, angustias y el cansancio de los hombres. Hay veces que descargan sus fatigas de muchas leguas bajo la fronda húmeda de la orilla de un río. Y en la tolda arbórea hecha negra por la noche el peligro se presiente, un peligro que parece deslizarse entre la hojarasca. El oído se vuelve agudo, tanto, que los pasos afelpados de las patas peludas de un araña, tienen la resonancia de las pisadas de una bestia en acecho. El cansancio amontona ese peligro presentido, lo mete dentro de la capotera que le sirve de cabecera y trata de trabajar el sueño que tanta falta le hace. Así amanece con azorados ronquidos, conteniendo el aliento entre los ruidos que exageran su tamaño. Al día siguiente, todo aquello lo repasa la mente, dándolo por hecho; porque todo lo que se siente en la oscuridad selvática, casi nunca logra verse. Hay noches que no alcanzan a terminarse cuando la lluvia se descuelga, con su danza de paso apretado con el viento, con sus cánticos de voces y acentos indefinidos; esto hace que cada quien se levante espantando su sueño malogrado y, entre rezongos, deciden ensillar los caballos para emprender la marcha por la llanura inundada.

Desde las cumbres parameras se dejan escurrir, Rechíniga abajo, Alto del Corral, Hoya de la Guerra, Alto del Candelo y el Nevado del Cocuy, una nube de chulavitas rumbo al Llano. Pero no bajan solos, pues aunque el frío del páramo puya los huesos y encoge los espíritus, Benjamín Alarcón y sus fusileros corren tras ellos echándoles plomo regado. -¡Son los hombres del gobierno!, hay que fastidiarlos para demorarles la marcha, hay que evitar que le caigan al viejo Jesús Bravo, que anda buscando a Minuto Colmenares. El barajuste de los primeros, descendiendo con el tronar de botas, aplastando cascajos y resbalando en los peñones y el tropel de los guerrilleros persiguiéndolos, despierta a otros que han permanecido aletargados, inmersos en el tiempo. Se sacuden el polvo echando mano a sus armas rudimentarias a la vez que preguntan. ¿Contra quién hay que peliar? o ¿ Con quién debemos sacarle lustre a nuestras lanzas? Alguien que viene corriendo, orienta. -Hay que combatir contra los chulavitas. -¿ Qué cosa es esa? -Los gobiernistas, los represivos que están asolando el Llano. - Entonces contra esos que arrasan el Llano, afirman. y floreciendo de entusiasmo, gritan !Que viva la libertad del hombre! -¡Que viva la Patria! ¡Que viva! pues entonces cantemos cantemos la primera estrofa del Himno Nacional.

Y un gran coro se levanta desde las alturas descendiendo hacia el Llano

¡Hoy que la amada patria se halla herida!
¡Hoy que debemos todos combatir, combatir!
!Vamos a dar por ella nuestras vidas,
que morir por la patria no es morir,
es vivir, es vivir!

Por su parte la llanerada se está haciendo cruces ante el hervidero de gente extraña que está apareciendo. -¿ Quienes serán los de las lanzas mohosas? -Vaya usted a saber, compadre. -Se ve que es gente antigua. -Sí, pero hay otros que visten uniformes pintados como tigre y portan unas armas veloces como relámpago. -Es verdad, compadre. Además se denominan "Gente Nueva de Ideas Avanzadas". -Si, compadre, y parecen simpatizar con nosotros. Aunque el otro día se reunieron con el negro Guada, y le dijeron que les parecía ridículo que se estuvieran peleando por colores políticos, que una revolución se hace por la ideología del pueblo.

A esto le respondió el capitán Guadalupe: -Puede que ustedes tengan razón, pero a nosotros no nos dieron tiempo de pensar en ideologías. Apenas si tuvimos el tiempo justo para echarle mano a una escopeta vieja, a un machete, a una lanza tigrera y hasta el chuzo de asar carne, para arremeterle a una runfla de chulavitas que se nos vino encima como una manada de váquiros salvajes. Una cosa es decirlo y otra es estar a campo abierto, con desigualdad de armas, con el pecho franco a las balas del enemigo pero con verraquera para arrebatarles los fusiles y voltearles la boquita hacia sus antiguos dueños. y si pelear por los derechos de un pueblo atropellado y por defender la vida, es ridículo, ¿ A qué se le puede llamar ideología de un pueblo?

Por su parte la llanerada se está haciendo cruces ante el hervidero de gente extraña que está apareciendo. -¿Quienes serán los de las lanzas mohosas? -Vaya usted a saber, compadre. -Se ve que es gente antigua. -Sí, pero hay otros que visten uniformes pintados como tigre y portan unas armas veloces como relámpago. -Es verdad, compadre. Además se denominan "Gente Nueva de Ideas Avanzadas". -Si, compadre, y parecen simpatizar con nosotros. Aunque el otro día se reunieron con el negro Guada, y le dijeron que les parecía ridículo que se estuvieran peleando por colores políticos, que una revolución se hace por la ideología del pueblo.

A esto le respondió el capitán Guadalupe: -Puede que ustedes tengan razón, pero a nosotros no nos dieron tiempo de pensar en ideologías. Apenas si tuvimos el tiempo justo para echarle mano a una escopeta vieja, a un machete, a una lanza tigrera y hasta el chuzo de asar carne, para arremeterle a una runfla de chulavitas que se nos vino encima como una manada de váquiros salvajes. Una cosa es decirlo y otra es estar a campo abierto, con desigualdad de armas, con el pecho flanco a las balas del enemigo pero con verraquera para arrebatarles los fusiles y voltearles la boquita hacia sus antiguos dueños. y si pelear por los derechos de un pueblo atropellado y por defender la vida, es ridículo, ¿ A qué se le puede llamar ideología de un pueblo?

En Guafal Florido, Silenia Monteblanco, no soporta el abandono al que su amado capitán la ha sometido y decide marcharse, encabezando un grupo de mujeres que han sido maltratadas, ofendidas y escarnecidas, por la ola represiva. -No seremos unas heroínas, pero sí podremos cobrarle a los que nos deben, les dijo Silenia el día que llegaron a Guafal Florido. -Cada una de ellas tiene incrustado en el pecho un clavo al rojo vivo, por eso no les importan las largas travesías, ni los sueños sobre el colchón pesado de la noche, ni las vivencias de aquellas urbes solitarias, ni los romances continuos con la muerte. Solo les interesa encontrar a los malvados que un día cayeron sobre ellas como bestias enceladas y como bestias les destrozaron sus vientres vírgenes, como demonios celebraron con carcajadas los mentados "redoblones", dejándolas tiradas sobre las charcas inmundas de su semen.

Minuciosamente habían estado recorriendo la sabana en busca de armas que por una u otra razón sus dueños dejaron tiradas, ahora ellas las aprovechaban lo mismo que a los caballos que un día se fueron con la silla y sin jinete. -Saldremos al amanecer, muchachas; debemos esperar a que regrese la pobre Ambrosia. Ella prometió volver antes que ralle el día. Se empeña en recuperar el relicario de su marido que quedó abandonado en el rancho, dice que le dará suerte. -Como ordene mi capitana. Dijo una mujer cuarentona refiriéndose a Silenia. A la madrugada llegó Ambrosia empuñando contra su pecho el relicario de José Prudencio.

-Lo encontré, Capitana, lo encontré. Estaba junto a donde cayó José Prudencio. Nunca supo por qué lo mata-ron. Recuerdo que apreté a mi hijito de un año escaso, lo apretaba contra el resquemón de una bala que me dio en el pecho; consolaba a mi hijo para que no llorara, le decía cosas bonitas que borraran el horror de sus ojos. Y así, se durmió saboreando mis palabras como si manaran de un pezón inagotable. El cielo y la tierra se envolvieron en un manto rojo para dormirse apaciblemente como si nada hubiera ocurrido. -No sé como describirlo. Bajo el alero del rancho, sobre unas tablas, coloqué a José Prudencio. Fabriqué un mecho de sebo para velarlo; estaba tan pálido, con esa palidez en los labios donde se apreciaba el beso ardoroso de la muerte con su aliento de terror. No se cuánto tiempo pasó, sólo se que lactaba a mi hijo hasta que las tetas me dolían porque no tenía leche, porque también a mi se me había agotado la vida.

-No llores Ambrosia, que la justicia de Dios tarda pero no olvida. Ahora mismo estamos reunidas para emprender la marcha tras aquellos que destruyeron nuestros hogares, que violentaron las tierras que siempre habían sido de paz .

Silenia escribe una nota que clava en un horcón de la caballeriza, en ella dice: " Aquí te he esperado, mi capitán, para hacerlo estuve destejiendo los instantes. Cada vez que muere un día emprendo nuevos viajes por los vértices de los crepúsculos, por ellos me asomo al marco impenetrable de la eternidad y te juro, amor mío, que me horrorizo. Entonces desfloro las palabras que un día te dije y con cada una de ellas cuento racimos de estrellas al filo de las noches en plenilunio, solo así consigo enmascarármele ala pena que me consume. Luego, cuando regreso a mi rancho, siempre lo hago por el sendero del ir y venir de la gente, pero nadie va a ninguna parte. Sin embargo escucho sus voces fundidas en la mudez de la sabana y me estremezco ante los gritos de los horizontes. También me enternezco con los llantos de los recuerdos, que se quedaron enredados en el dosel de los palmares. y tiemblo cuando paso frente ala ruinas con sus bocas de carbón comiendo vientos, con sus almas hechas ceniza y ,cuando va nada me queda, me acuesto en mi chinchorro para dormirme arrullada por los soliloquios del silencio. Así amor mío, dormida, muchas veces siento que soy un río de una sola orilla.

Silenia. Adios, "Guafal Florido"

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