Jinetes de noches
claras
-¡Qué noches tan claritas las que están retoñando en
estos días! comentóel capitán frenando la bestia para dirigirse a
sus compañeros. Muchachos, ¿qué les parece si hacemos un
alto aquí? Este lapo de luna es tan bravo que puede jodernos como a
un animal herido. - Tiene razón capitán, estuvo de acuerdo el
teniente Hoyos.
Las noches se están presentando tan claras, tan brillantes, que
el relente lunar deslumbra el ojo humano y al parecer el de los
animales también, porque la caballada tenía los ojos alumbrados.
Como otras veces buscaron la sombra de una mata sabanera, para
escapar de los rigores solares, ahora se protegían de aquella luz
plateada y cegante, bajo los mangales de Chavinave. La sabana era
como un espejo, donde las cosas podían verse agrandes distancias
como acercadas por un catalejo.
Todos se acomodaron sentados en el suelo alrededor del jefe,
bajo el sombrío acogedor de los centenarios árboles, esos árboles
que han sido testigos de la carrera sin reposo del río Cusiana,
testigos de tantos sucesos y testigos de la formación de Esteban
Lara, el rudo llanero de muchas faenas vaqueras, amansador de
potros indómitos y de toros guapos. Contaban que en los trabajos de
llano, este casanareño se trepaba en los troncos del corral y desde
allí les saltaba a los cuadrúpedos con la cara hacia el trasero de
éstos, los pescaba del rabo y los jineteaba ante la algarabía de
las peonadas. Nunca un toro, por fiero que fuera, pudo quitárselo
de los lomos; jamás Esteban Lara mordió el polvo de una majada por
más que repitió esta proeza. Su fama, que se regó por todas partes
llegó hasta la capital en los tiempos del General Reyes, quien le
cursó invitación para que fuera a demostrar su veteranía en el
circo de toros de Bogotá. Y allá, el negro Esteban Lara se lució
como ningún otro llanero.
El jefe guerrillero pareció regresar de los tiempos de Esteban
Lara y del recuerdo de su padre que le vino ala memoria ante el
nombre de este llanero; pues el viejo Antonio Salcedo solía gritar,
cuando se entusiasmaba ante un llanero que tumbaba limpiamente un
toro, -¡Esa carajo!, así los tumbaba el negro Esteban
Lara en el hato de Chavinave...
Sin que se dieran cuenta, se había alargado un buen silencio en
el cual cada quien recogía un pedazo de recuerdo que alguna vez
dejara tirado por allí.
-Aquí, bajo este mismo palo'e mango, dijo el capitán recargando
el cuerpo contra el tronco, aquí me quedé ardiendo de fiebre y con
el cuerpo floreado de viruelas mientras mis hombres le descontaban
al gobierno chulavita noventa y seis uniformes, allá en Cháviva al
otro lado del Meta.
Luego se enderezó para preguntar algo que hacía tiempo deseaba
saber. -Teniente Hoyos cuénteme ¿cómo fue que se
extravió de su grupo en aquella ocasión? El mencionado teniente
puso sobre sus piernas el fusil, apoyó ambas manos en el suelo, por
detrás de las caderas para descargarles el peso del cuerpo
echándolo hacia atrás. -La cuestión, capitán, es que no he podido
explicarme cómo sucedió. Recuerdo que venía el convoy militar.
Venía de arrasar a los pobres campesinos liberales que habitaban
esa
ribera del Meta. Tras las huellas de los cinco carros repletos
de soldados, iban quedando las filas de humo de los ranchos
incendiados y el llanto de los masacrados.
-¡Caigámosle a esos gran carajos! propusieron los
muchachos llenos de rabia. - Yo dudé, porque usted me había
encomendado otra misión; además, ellos nos triplicaban en número y
armas modernas, nosotros apenas contábamos con el F .A. que cogimos
en el ataque de Orocué. Mientras dudé un minuto, el loco Marcelino,
quien cargaba el F .A. y no se cambiaba por nadie, corrió a
situarse al frente de la hondonada por donde tendría que subir el
convoy militar. Allí se camufló tras un matojito y, echado de
barriga, esperó comiendo ansias a que apareciera el enemigo para
demostrar lo que había aprendido en los últimos tiempos. Yo di
ordenes a mis hombres que se regaran a lo largo de la pestaña de
monte que daba al río. Los muchachos se desplazaron calculando una
buena distancia entre ellos. No tuvimos que esperar mucho para que
entraran los primeros carros en la hondonada de la carretera. y ahí
fue donde el loco Marcelino le destapó la garganta a su animal.
Nosotros apuramos el plomeo y en un santiamén teníamos las botas
del comandante militar y las de sus soldados a nuestra completa
disposición. Corrimos de inmediato a recoger las armas enemigas
para fortalecer las nuestras, antes que llegaran los demás.
Estando en esto, sin darme cuenta como sucedió, me encontré
únicamente con "El Burrito" y
"Kiloegueso". Los demás compañeros desaparecieron
como por arte de magia. Francamente no tuvimos tiempo ni para
pensar, porque de inmediato nos cayó en gavilla una soldadesca
encima, que de no haber sido porque nosotros conocíamos bien el
terreno y les jugamos carambolas a lo loco, este era el momento que
no la estuviéramos contando. De allí en adelante no hemos hecho
otra cosa que vivir sacándole lances al enemigo. Menos mal que al
fin nos volvemos a reunir con usted, capitán. -¡Alguien
viene hacia acá!, advierte "Matamoros" quien
monta guardia mientras los otros descansan.
Un jinete rompe las distancias a campo traviesa, y tras este,
otro puñado de jinetes parecen perseguirlo con empellones ponen en
guardia y esperan. El individuo que al parecer huye de sus
perseguidores, se da cuenta de la presencia de ellos, frena la
bestia violentamente, tuerce la rienda y escapa con un rezongo
furioso. -Todos estos lugares están infectados de la maldita
"chusma".
Un momento después también se detienen los jinetes.
-¡Alto ¿quién vive? , dice el capitán. -Gente
del hato "Veladero", responden guardando la
distancia. Luego explican: - Vamos tras el viejo Chaparro a
cobrarle lo que nos hizo. -Pues aprieten el paso muchachos, que ya
lo llevan de un tiro. Por aquí acabó de pasar... -Entonces, como
dice usted capitán Guadalupe.. "a lo que vinimos,
vamos..." Los jinetes vengadores parten resquebrajando la
pampa. El capitán comenta divertido : - Por ese
sinvergüenza no tenemos que preocuparnos, lo que es, esa
chorrera de peones que lleva atrás, no descansarán hasta darle
"mataguaro"
Por aquellos días descubrió sospechas y secretos entre la
peonada. Desde ese momento no les quitó el ojo de encima.
¡Ja!, él fue peón de hato y uno de los más aduladores, lo
que le valió para conseguir una buena fortuna. Por eso la malicia
le bailaba, porque estaba penetrado de ese ambiente; sabía la
comprensión que nace entre los llaneros de un hato cuando esconden
algo. Les da por hablar demasiado en preocupación de los bienes de
la hacienda, hacen cuanto pueden por mantener al dueño distraído,
pero el ataque de sus ojos los traiciona cuando dirigen la mirada
hacia el lugar que los inquieta.
Fue así como los descubrió. Los malditos andaban alistándose
para unirse a los "chusmeros". Así que él les
madrugó, corrió hasta el pueblo a llamar a la gente del Gobierno,
de la cual tenía amplio respaldo como buen conservador que era y
ellos no dejaron bicho con pluma que siguiera cacaraquiando por
allí.
Los jinetes vengadores regresaron. -¡Se nos escapó el
viejo Chaparro! regresemos a "Veladero" que de
seguro el tigre volvió a sus comederos. Voltean grupas a los
caballos y enfilan hacia las propiedades del perseguido, por las
que un día cabalgaron arrebañando las madrinas de ganado. Corrieron
como un huracán desandando leguas y más leguas hasta divisar el
hato. -¡Alto!- dice un viejo vaquero llamado Jacinto.
Luego propone -Vamos a darle cacería a ese muérgano igual que a un
tigre encuevado; pero iré yo solo para que no se espante el bicho.
-Está bien, concedieron los compañeros; y se ocultan en un
morichalito que les brinda abrigo en el bajo de la sabana. El
vaquero avanza estratégicamente con el fusil adelante como si con
el cañón fuese cortando las altas macollas de paja.
Los peones siguen al compañero con la mirada mientras éste
avanza, a saltos ya carreras cortas. Alguien sondea.
-¿Será que el Jacinto podrá darle cacería al viejo?-
Desde que lo coja entre la casa, lo asegura porque la asegura
responde un joven que ha estado varios años al lado del vaquero
como su compañero en los trabajos de llano.
Guardan silencio hasta que el viejo vaquero parece haber sido
engullido por la sabana. Entonces rompe el silencio un muchacho que
ha vivido resentido contra los terratenientes lugareños, quienes a
su antojo disponen de las muchachitas campesinas como si fuesen
pollitas de sus patios gallineros y cuya hermanita se cuenta entre
las víctimas. -A mí siempre me han reventado las bribonadas y
abusos de los dueños de hato. Se pasean como chivos celosos
repasando las camadas de pollitas, criadas especialmente para
ellos, con la complicidad de los mayordomos, que recorren de un
lado a otro revisando las ni dadas para espantar cualquier
gavilancito que vuele cerca. y ni las gallinas viejas se les
escapan cuando todavía tienen un poquito de lustre... Los demás
celebran la metáfora que es completada por otro peón espuelón.
¡Ja ja ja! -Eso no es nada, chico. Después viene el
chorro de sutes regados por todos esos conuquitos, que da
lastima... Y es ahí donde los malditos taimados representan su gran
obra social. Recogen la sutamenta dizque por caridad, los crían
pata al suelo y a punta de garrote, dizque para enseñarles a
trabajar. La gente comenta -Miren a don fulano, que buen corazón el
suyo, vean cuantos sutes ha recogido, quiera Dios que sean
agradecidos y le paguen bien la crianza.
¡¿Cómo es posible que a estos desgraciados no
les remuerda la conciencia?! Si esos chiquitos que comienzan a
explotar, son sangre de su sangre y carne de su maldita carne.
Después toma el turno un vaquero que ha entregado sus mejores
treinta años al servicio de un hacendado y expone su parecer.
-Todas las fuerzas del pobre campesino se convierten en bienes para
el rico.
¿ Qué les importa la suerte del pobre si sus arcas
cada día crecen? ¿Qué les importa que nosotros nos
alimentemos de puras esperanzas? ¿ Qué les importa que
los duros trabajos en favor de ellos nos arruguen la cara y el
cuerpo? ¿ Qué les importa que vivamos dando vuelta en la
rueda del presente y del futuro con un quizás, o un tal vez mañana
consiga algo para pasar mis últimos años? ¿Qué puede
importarles si al final, en su vejez, han conseguido una panza
despótica que habla de tantas comidas buenas que el pobre campesino
jamás se ha atrevido a soñar?
La luna comenzó a levantarse por encima del morichal cuando
regresó Jacinto. Las preguntas salían disparadas y casi aun mismo
golpe de voz. -¿Lo encontraste? El viejo rió satisfecho
antes de responder. -¡Claro que lo encontré! -Y,
¿entonces? Jacinto volvió a responder después de una
risita pícara y de pasarse el dedo por el cuello -¿ Qué
creían que iba a pasar compañeros? "mataguaro no es
guabina". Lo encontré sentado en el mesón de la cocina,
tragándose un platao ' e comida, chasqueando como un marrano y
usando los cinco de la diestra por tenedor: tenía las piernas
abiertas y la bragueta desabrochada por- que se acababa de
"pegar" a la cocinera y con la boca llena de
comida repetía y repetía -Sabroso Maruja... sabroso, mujer- Todos
rieron, la deuda había quedado saldada. Después se miraron unos a
otros, como si se pusieran de acuerdo para hacerse la misma
pregunta, ¿Ahora qué hacemos? Jacinto responde de
inmediato -Vamonos para las filas guadalupanas...
Pero los sucesos se tejen como hilos en manos de artesanos: la
noticia llega agazapadita en boca de un indio achagua. De la boca
del indio se fue regando hasta el último de los soldados costeños.
Todos eran costeños, del Banco en el Magdalena, Chiriguaná, Mompós
y Plato; todos fueron tomados de sus pueblos como propiedad del
Gobierno. Eran muchachos de las barriadas pobres, muchachos que
jugaban trompo y excelentes nadadores, hijos de pescadores. De
pronto los reclutan para enviarlos a combatir en los Llanos.
¿Contra quién iban a combatir? Contra sus hermanos de
condición. Los obligaron a atropellar campesinos indefensos, a
saquear sus conucos ya incendiarles los ranchos. Pero lo más
triste, porque ellos también eran hijos de liberales, fue que los
pusieron como carne de cañón para que los mataran.
Todas las atrocidades a que los forzaron no podían borrarse de
sus memorias. A patadas ya palabrotas la orden era dada.
¡Que esperan guevones! ¡ Métanle candela a
esos ranchos para que salgan esas ratas malditas! En medio de las
carcajadas de los superiores, las víctimas salían despavoridas para
encontrarse con las bayonetas que les vaciaban la vida.
Luego aconteció aquel ataque sorpresivo, aquella emboscada de
los guerrilleros llaneros; desde entonces estaban allí sin que
pudieran calcular el tiempo transcurrido, era como si ese hubiera
tomado la figura de un macho torpe sentándose sobre ellos,
aplastándolos con su peso.
El indio llegó sigilosamente, se sentó en cualquier parte y en
voz baja comunicó. -¡Están por llegar los Cimarrones del
Farfan! -¿Qué cosa es esa, indio? , preguntó alguien. El
indio respondió. -Son los guerrilleros guadalupanos.
-¿Por qué les dices así? , quiso saber otro, con vivo
interés. -Porque así llamaban mis antepasados a unos jinetes
invencibles, que en los tiempos del cacique Aripapore, salían de
las cuevas del cerro de san Maricote. Otro más pregunta
atropelladamente. -¿ y qué relación tienen los
guerrilleros guadalupanos con esos tales Cimarrones del Farfan?
-Que estos también están haciendo la mismo que hacían aquellos
jinetes en los tiempos del cacique Aripapore. El indio no dijo una
palabra más. Seguramente meditaba lejos, muy lejos en el tiempo y
muy distante en leguas, quizás en las cuevas del cerro San Maricote
de donde salían los cimarrones del Farfan. El murmullo fue pasando
por entre la hombramenta de uniformes verdes hasta llegar
difusamente a los oídos del superior. El teniente preguntó a todo
grito. -¡Sargento! ¿cual es el chismorreo que
cargan estos cabrones? El sargento intentó levantarse y cuadrarse
militarmente, pero no pudo moverse de donde había permanecido
amojonado y sin llevarse siquiera la diestra a la frente, respondió
con voz cavernosa . -¡Se quieren sublevar mi teniente!
-¿Qué estas diciendo gran pendejo? -Que se quieren
sublevar, mi Teniente, repitió al tiempo que lograba ponerse en pie
con un sonido de máquina oxidada. -¿ y tu estás en la
conspiración? - Yo no, mi Teniente. -¿Entonces qué
esperas, gran vergajo? coge tu arma y vamos a darle un escarmiento
a estos H.P. -Pero una voz que salió del montón de soldados, dejó
en suspenso la mano armada del superior, advirtiendo:
-¡Cuidado, Teniente! Aquí se acabaron las Órdenes y las
obediencias y, sino, que lo digan noventa y cuatro hombres armados
contra dos. Lo dicho fue secundado por la acción, el silbido de una
bala con su beso quemante le destrozo el pecho lleno de furia del
comandante militar; pero aún así, manoteando el alma que se le
escapaba, alcanzó a maldecir. -¡Malditos traidores, en el
infierno los espero! Su grito se apagó con la segunda derrota entre
los breñales de Cháviva y el Turpial.
Grande fue la sorpresa del capitán Guadalupe, al encontrarse con
un pelotón de militares pidiendo participación en la causa
guerrillera. -Bueno, muchachos, aquí no hay combate, le dijo a sus
hombres. Por el contrario, hemos encontrado a unos hermanos que nos
salierona recibir dando las mejores muestras de sinceridad. Y,
dirigiéndose a los soldados, les dio la bienvenida. Ahora más que
nunca le vamos a demostrar a los que bajaron de los cerros a
echarnos candela, que a candela los vamos a sacar con buen viento y
buen sol. ¡Adelante mis Llaneros cuatriboliados!
¿Hacia dónde se dirigen los Cimarrones del Farfan?
como los llamaba el indio Achagua, quien misteriosamente
desapareció. Mientras el capitán Guadalupe decide su rumbo, por el
oriente, norte, sur, este, suroeste, noroeste y todos los puntos
cardinales que pueda haber, los grupos en armas se desplazan
buscando el corazón del Llano. Los días y las noches se alimentan
de los anhelos, angustias y el cansancio de los hombres. Hay veces
que descargan sus fatigas de muchas leguas bajo la fronda húmeda de
la orilla de un río. Y en la tolda arbórea hecha negra por la noche
el peligro se presiente, un peligro que parece deslizarse entre la
hojarasca. El oído se vuelve agudo, tanto, que los pasos afelpados
de las patas peludas de un araña, tienen la resonancia de las
pisadas de una bestia en acecho. El cansancio amontona ese peligro
presentido, lo mete dentro de la capotera que le sirve de cabecera
y trata de trabajar el sueño que tanta falta le hace. Así amanece
con azorados ronquidos, conteniendo el aliento entre los ruidos que
exageran su tamaño. Al día siguiente, todo aquello lo repasa la
mente, dándolo por hecho; porque todo lo que se siente en la
oscuridad selvática, casi nunca logra verse. Hay noches que no
alcanzan a terminarse cuando la lluvia se descuelga, con su danza
de paso apretado con el viento, con sus cánticos de voces y acentos
indefinidos; esto hace que cada quien se levante espantando su
sueño malogrado y, entre rezongos, deciden ensillar los caballos
para emprender la marcha por la llanura inundada.
Desde las cumbres parameras se dejan escurrir, Rechíniga abajo,
Alto del Corral, Hoya de la Guerra, Alto del Candelo y el Nevado
del Cocuy, una nube de chulavitas rumbo al Llano. Pero no bajan
solos, pues aunque el frío del páramo puya los huesos y encoge los
espíritus, Benjamín Alarcón y sus fusileros corren tras ellos
echándoles plomo regado. -¡Son los hombres del gobierno!,
hay que fastidiarlos para demorarles la marcha, hay que evitar que
le caigan al viejo Jesús Bravo, que anda buscando a Minuto
Colmenares. El barajuste de los primeros, descendiendo con el
tronar de botas, aplastando cascajos y resbalando en los peñones y
el tropel de los guerrilleros persiguiéndolos, despierta a otros
que han permanecido aletargados, inmersos en el tiempo. Se sacuden
el polvo echando mano a sus armas rudimentarias a la vez que
preguntan. ¿Contra quién hay que peliar? o ¿
Con quién debemos sacarle lustre a nuestras lanzas? Alguien que
viene corriendo, orienta. -Hay que combatir contra los chulavitas.
-¿ Qué cosa es esa? -Los gobiernistas, los represivos
que están asolando el Llano. - Entonces contra esos que arrasan el
Llano, afirman. y floreciendo de entusiasmo, gritan !Que viva la
libertad del hombre! -¡Que viva la Patria! ¡Que
viva! pues entonces cantemos cantemos la primera estrofa del Himno
Nacional.
Y un gran coro se levanta desde las alturas descendiendo hacia
el Llano
- ¡Hoy que la amada patria
se halla herida!
- ¡Hoy que debemos todos
combatir, combatir!
- !Vamos a dar por ella nuestras
vidas,
- que morir por la patria no es
morir,
- es vivir, es vivir!
Por su parte la llanerada se está haciendo cruces ante el
hervidero de gente extraña que está apareciendo. -¿
Quienes serán los de las lanzas mohosas? -Vaya usted a saber,
compadre. -Se ve que es gente antigua. -Sí, pero hay otros que
visten uniformes pintados como tigre y portan unas armas veloces
como relámpago. -Es verdad, compadre. Además se denominan
"Gente Nueva de Ideas Avanzadas". -Si, compadre,
y parecen simpatizar con nosotros. Aunque el otro día se reunieron
con el negro Guada, y le dijeron que les parecía ridículo que se
estuvieran peleando por colores políticos, que una revolución se
hace por la ideología del pueblo.
A esto le respondió el capitán Guadalupe: -Puede que ustedes
tengan razón, pero a nosotros no nos dieron tiempo de pensar en
ideologías. Apenas si tuvimos el tiempo justo para echarle mano a
una escopeta vieja, a un machete, a una lanza tigrera y hasta el
chuzo de asar carne, para arremeterle a una runfla de chulavitas
que se nos vino encima como una manada de váquiros salvajes. Una
cosa es decirlo y otra es estar a campo abierto, con desigualdad de
armas, con el pecho franco a las balas del enemigo pero con
verraquera para arrebatarles los fusiles y voltearles la boquita
hacia sus antiguos dueños. y si pelear por los derechos de un
pueblo atropellado y por defender la vida, es ridículo,
¿ A qué se le puede llamar ideología de un pueblo?
Por su parte la llanerada se está haciendo cruces ante el
hervidero de gente extraña que está apareciendo.
-¿Quienes serán los de las lanzas mohosas? -Vaya usted a
saber, compadre. -Se ve que es gente antigua. -Sí, pero hay otros
que visten uniformes pintados como tigre y portan unas armas
veloces como relámpago. -Es verdad, compadre. Además se denominan
"Gente Nueva de Ideas Avanzadas". -Si, compadre,
y parecen simpatizar con nosotros. Aunque el otro día se reunieron
con el negro Guada, y le dijeron que les parecía ridículo que se
estuvieran peleando por colores políticos, que una revolución se
hace por la ideología del pueblo.
A esto le respondió el capitán Guadalupe: -Puede que ustedes
tengan razón, pero a nosotros no nos dieron tiempo de pensar en
ideologías. Apenas si tuvimos el tiempo justo para echarle mano a
una escopeta vieja, a un machete, a una lanza tigrera y hasta el
chuzo de asar carne, para arremeterle a una runfla de chulavitas
que se nos vino encima como una manada de váquiros salvajes. Una
cosa es decirlo y otra es estar a campo abierto, con desigualdad de
armas, con el pecho flanco a las balas del enemigo pero con
verraquera para arrebatarles los fusiles y voltearles la boquita
hacia sus antiguos dueños. y si pelear por los derechos de un
pueblo atropellado y por defender la vida, es ridículo,
¿ A qué se le puede llamar ideología de un pueblo?
En Guafal Florido, Silenia Monteblanco, no soporta el abandono
al que su amado capitán la ha sometido y decide marcharse,
encabezando un grupo de mujeres que han sido maltratadas, ofendidas
y escarnecidas, por la ola represiva. -No seremos unas heroínas,
pero sí podremos cobrarle a los que nos deben, les dijo Silenia el
día que llegaron a Guafal Florido. -Cada una de ellas tiene
incrustado en el pecho un clavo al rojo vivo, por eso no les
importan las largas travesías, ni los sueños sobre el colchón
pesado de la noche, ni las vivencias de aquellas urbes solitarias,
ni los romances continuos con la muerte. Solo les interesa
encontrar a los malvados que un día cayeron sobre ellas como
bestias enceladas y como bestias les destrozaron sus vientres
vírgenes, como demonios celebraron con carcajadas los mentados
"redoblones", dejándolas tiradas sobre las
charcas inmundas de su semen.
Minuciosamente habían estado recorriendo la sabana en busca de
armas que por una u otra razón sus dueños dejaron tiradas, ahora
ellas las aprovechaban lo mismo que a los caballos que un día se
fueron con la silla y sin jinete. -Saldremos al amanecer,
muchachas; debemos esperar a que regrese la pobre Ambrosia. Ella
prometió volver antes que ralle el día. Se empeña en recuperar el
relicario de su marido que quedó abandonado en el rancho, dice que
le dará suerte. -Como ordene mi capitana. Dijo una mujer cuarentona
refiriéndose a Silenia. A la madrugada llegó Ambrosia empuñando
contra su pecho el relicario de José Prudencio.
-Lo encontré, Capitana, lo encontré. Estaba junto a donde cayó
José Prudencio. Nunca supo por qué lo mata-ron. Recuerdo que apreté
a mi hijito de un año escaso, lo apretaba contra el resquemón de
una bala que me dio en el pecho; consolaba a mi hijo para que no
llorara, le decía cosas bonitas que borraran el horror de sus ojos.
Y así, se durmió saboreando mis palabras como si manaran de un
pezón inagotable. El cielo y la tierra se envolvieron en un manto
rojo para dormirse apaciblemente como si nada hubiera ocurrido. -No
sé como describirlo. Bajo el alero del rancho, sobre unas tablas,
coloqué a José Prudencio. Fabriqué un mecho de sebo para velarlo;
estaba tan pálido, con esa palidez en los labios donde se apreciaba
el beso ardoroso de la muerte con su aliento de terror. No se
cuánto tiempo pasó, sólo se que lactaba a mi hijo hasta que las
tetas me dolían porque no tenía leche, porque también a mi se me
había agotado la vida.
-No llores Ambrosia, que la justicia de Dios tarda pero no
olvida. Ahora mismo estamos reunidas para emprender la marcha tras
aquellos que destruyeron nuestros hogares, que violentaron las
tierras que siempre habían sido de paz .
Silenia escribe una nota que clava en un horcón de la
caballeriza, en ella dice: " Aquí te he esperado, mi
capitán, para hacerlo estuve destejiendo los instantes. Cada vez
que muere un día emprendo nuevos viajes por los vértices de los
crepúsculos, por ellos me asomo al marco impenetrable de la
eternidad y te juro, amor mío, que me horrorizo. Entonces desfloro
las palabras que un día te dije y con cada una de ellas cuento
racimos de estrellas al filo de las noches en plenilunio, solo así
consigo enmascarármele ala pena que me consume. Luego, cuando
regreso a mi rancho, siempre lo hago por el sendero del ir y venir
de la gente, pero nadie va a ninguna parte. Sin embargo escucho sus
voces fundidas en la mudez de la sabana y me estremezco ante los
gritos de los horizontes. También me enternezco con los llantos de
los recuerdos, que se quedaron enredados en el dosel de los
palmares. y tiemblo cuando paso frente ala ruinas con sus bocas de
carbón comiendo vientos, con sus almas hechas ceniza y ,cuando va
nada me queda, me acuesto en mi chinchorro para dormirme arrullada
por los soliloquios del silencio. Así amor mío, dormida, muchas
veces siento que soy un río de una sola orilla.
Silenia. Adios, "Guafal Florido"