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Adiós Guafal Florido

-Silenia, tienes que regresar a Guafal Florido. Lo dijo como una orden terminante. - Pero, mi capitán... - Aquíno hay peros que valgan, ni tiempo paracarantoñas, Silenia Monteblanco. Ahora mismo te me vas para allá en compañía de Juanita Olmos. -¡Maldita sea! ¿ Tienes que imponerme a esa pava desgraciada?-No empieces con tus celos, Silenia. Juanita es una muchacha valiente que puede ayudarte a defender de cualquier ataque del enemigo. -Para defenderme me basto y me sobro yo misma. ¿Acaso no te he dado muestras de valor? ¿No fui yo quien te rescató cuando ya no tenías ni la más remota esperanza de encontrar el camino de regreso en el extravío en que andabas? -No creas, mujer, que he olvidado eso. Sé que eres valiente y muy inteligente, pero las dos se me van para Guafal Florido, espero encontrarlas allá a mi regreso.

Qué celos tan grandes experimentó aquella mañana cuando él se despedía y se presentó cabalgando en el moro gigante que el viejo Sagrario le había regalado. Hermoso se miraba sobre el bello ejemplar y en qué forma lo admiraba la Juanita Olmos. Consciente de esa admiración que causaba en la muchacha, hacia alardes de su destreza obligando a la bestia a obedecerle en todos los lucimientos que deseaba. La provocadora de hombres agrandó sus ojos como soles, cuando el capitán hizo encabritar el caballo y levantarse en los dos remos traseros. Luego le asestó una palmada en el anca para arrancar con violencia al tiempo que dejaba la mano extendida, en una despedida rápida, en un hasta luego pues...

Aquellas actitudes suyas las conocía muy bien ella; varias veces presenció su destreza como uno de los mejores chalanes del Llano. Usaba un bozal de cuero de danta, que hacía tirar de lomo a los caballos más indómitos cuando los frenaba; tenía la rapidez de un rayo para correrle el tapaojos a la bestia, a la vez que le pegaba una palmada en el cogote y, así daba comienzo al primer brinco combinándolo serenamente con la caída en la silla. Luego, su grito de triunfo agitando al animal con ese ¡jepe... jepe...! en el cual tejía oportuno el quejido de la silla en cada barquineo del furioso bruto corcoveando por derecho.

Otra de sus grandes virtudes en la chalanería llanera, era el famoso "remolineo" o "curva rastrera" que consistía en un corcoveo provocado, muy gracioso pero bastante peligroso al obligar a la bestia salvaje a tirarse de lado y levantarse sin tocar el suelo. Y en arranques "de maestría no agarraba el cabestro por si acaso una caída, porque confiaba plenamente en el nudo musculoso y compacto de sus piernas.

Aquella mañana estuvo esperando el momento oportuno para rogarle que la dejara acompañarlo como otras veces. El capitán estaba impartiendo órdenes y destino a las comisiones que ya comenzaban a partir. Ella avanzó       cuando creyó que todo quedaba listo, pero precisamente en ese momento apareció una muchacha luciendo un vestido de florecitas moradas, quien con mucha propiedad se presentó ante él y se cuadró al estilo militar... -¡Me llamo Juanita Olmos, y estoy pa' servirle en todo lo que usté disponga, capitán Guadalupe Salcedo! y, perdone mi franqueza, pero es usté' más bien parecido de lo que me lo habían pintao'. Lo dijo con un coqueteo de pechos saltones, de apretada cintura, y con un trasero abultado que ni mandado a esculpir, donde descansaba el peso del revólver pendiente de una faja con remachería antigua. -¡Carajo Juanita Olmos, pareces muy echada pa' lante, y además eres una muchacha muy bonita!, exclamó el capitán con verdadera admiración mientras la detallaba con la mirada de pies a cabeza -Favor que me hace capitán, respondió al tiempo que desplegaba la pulpa roja de sus labios, mostrándole la albura de sus dientes.

Que ganas tuvo de torcerle el pescuezo como a una gallina "piroca". En tres zancadas salvó la distancia que la separaba de su hombre y la intrusa, se la quedó viendo con rabia, sintiendo un desafío de fiera herida. Pero la fulana parecía ignorar por completo su presencia y dejó que la risa se le regara por entre los dientes poniendo más empezó en su coquetería descarada.

Maldita sea la mirada de esa pava, era una mirada capaz de turbar al macho más bragao. Los hombres que estaban aperando las bestias se arracimaron alrededor para observarla, con el deseo hecho carne. La maldita, que no era ninguna pendeja, de inmediato puso en claro que ella lo era hueso para ningún perro sarnoso. -Capitán, aclaró, yo vengo a ponerme a sus ordenes, pero no para que me mande a la cocina. y quiero que de una vez por todas sepa esta partida de guevones, que conmigo no van a calmar las ganas de mujer que tienen retrasada. ¡Yo soy Juanita 0lmos y onde' pongo el ojo pongo la bala! -Ante la arrogancia de la muchacha, los hombres reventaron en carcajadas burlonas.

Juanita montó en cólera y arremetió contra el primero que tuvo al alcance de su mano, estrellándole un puñetazo en la dientamenta pelada. El agredido levantó su mano para castigarle la osadía, pero el capitán lo detuvo -Déjala quieta, es una muchacha con mucho temple. -¡Y también es una "caricara" la hijueputa! , refutó el hombre limpiándose la sangre de los labios.

Entonces, haciéndose la que se percataba de su presencia, tendió la mano diciendo -¿Con quién tengo el gusto? -Eso mismo quisiera saber, porque usted doña fulanita Olmos, a simple vista no es más que una pava ofrecida. Sin embargo la muy... no pareció darle importancia a sus palabras ni a que la dejara con la mano tendida. Pero ella no la iba a dejar con la soga en los cachos, la agarró por los hombros, gritándole: -A mí no puede pegarme y quedarse tan foronda como lo hizo con ese hombre, porque estamos de igual a igual. La Juanita respondió con virulencia y en un instante estuvimos hechas un nudo rodando por el suelo -Desaparten a esas mujeres, gritó el capitán.

Fueron sujetadas y sometidas por dos hombres. Cada una era como gata brava luchando por mandarle el zarpazo a la otra. -No quiero pleitos de viejas aquí, se me van para la cocina hasta nueva orden. Aquí solo hay una solución, mi capitán; se va esta pava desgraciada, o me Voy yo! La Juanita también reviró. - y o no Soy mujer de cocina, capitán Guadalupe. y o Soy mujer Con suficiente carácter pa' encabezar un grupo guerrillero. -Pues aquí no hay mando para mujeres, Juanita Olmos y sin chistar espere en la cocina mientras veo que hago Con ustedes dos. Luego de aquel altercado, decidió mandarlas juntas a Guafal Florido.

En cuanto se marchó el capitán, ambas montaron en sus caballos cogiendo camino; ella adelante y Juanita Olmos detrás. Veinte leguas de silencios, ni una palabra se cruzaron, ni siquiera para maldecirnos. Unicamente se escuchaba el forrear de las bestias Con su trote tendido y las ráfagas vibrantes del viento Con sus cánticos de duendes del pasado; aquel pasado que le gustaba recordar, porque en él se había hecho mujer, había temblado de amor en loS brazos del hombre amado. Un gemido se le escapó, las lágrimas pugnaron por salir, pero las metio tras los ojos para sumergirlas en una mirada violenta contra aquella mujer, Con quien ya tenía una guerra declarada.

Allá en la distancia comenzaba a divisarse Guafal Florido, entre un islote de árboles en medio de la sabana. A lo largo del camino iban quedando hileras de campesinos parados, como estantillos de cerca, con sus miradas repletas de silencios. Miraban sin ver como si estuvieran cansados de viajar por caminos sin memorias, por misteriosas veredas donde el tiempo se pierde en su propio olvido.

Con los últimos respiros de la tarde, nos detuvimos frente a Guafal Florido. - Yo no entro ahí, chilló Juanita Olmos volteando grupas, aterrorizada ante el espectro del rancho y huyó en veloz carrera.

El rancho era un espectro semejante a una calavera gigantesca, aprisionada por una cúpula de telas de arañas. Parecía que todas las arañas del Llano se hubieran congregado allí para formar su más grande fortaleza. Unos hebrazos de sol se clavaban en el rancho y unos harapos de viento movían las hojas muertas de los árboles. ¡Qué sola se sentió, tan sola como un grito en el desierto!, pero no podía dejarse vencer ni por la soledad, ni por el miedo, ni por aquél espectro de su rancho.

Fustiguó el caballo. Este se encabritó y pegó un relincho pavoroso. y como la centaura que era, su cuerpo se unió al de la bestia y entre ambos rompieron la gruesa tela de arañas que envolvía la ruinosa vivienda. Cuando traspasaron aquella red adhesiva, un calofrío le recorrió el cuerpo, sintio cómo el misterio plegaba sus alas en un vuelo lánguido y pesado; se levantaron miles de ruidos sin sonido, voces sin eco que corrían con zancadas largas para ir al encuentro de las sombras, las sombras que venían hablando un lenguaje equilibrado de cosas ignoradas que sólo la existencia del rancho comprendía; y el espectro desapareció.

El rancho quedó tan limpio, tan nuevo como el día que lo terminaron de construir. En la caballeriza mecíase el chinchorro, alegre con la brisa sabanera. La luna retoñaba grávida como empeñada en parir un sol.

Silenia penetró en la barrera del tiempo, en el aliento del pasado, en las horas viejas que se tornaron gordas y arrugadas; y todo aquello que la había estado esperando salió a su encuentro con quejas de niño huérfano: sus anhelos que andaban tras los pasos fugitivos del silencio, sus sueños que se habían refugiado en las sombras temblorosas de la noche, sus besos que volaban como mariposas locas, el vivir agitado de aquellas noches de sexo que se mecían al vaivén del chinchorro mientras allá en el cielo los luceros continuaban en sus mismos lugares.

En el caballete del rancho, el gallo pasionero consentía las ponedoras con un churriiii... ...churrriiii... El jardincito lucía espléndido y la mata de resedad, colmada de flores, aromatizaba la mocedad de la noche; del palo de pomarroso diríase que jamás hubiera sufrido una invasión parasitaria; todo estaba tan nuevo, tan fragante, que hacia pensar que jamás los años pasaron por allí.

Era tan increíble lo que estaba sucediendo que Silenia Monteblanco se dejó caer entre el chinchorro y cuál no sería su sorpresa ¡el chinchorro olía al capitán!, olía tan fuerte como si apenas acabara de levantarse. Aspiró con deleite aquel olor, lo aspiró despacio cerrando los ojos como se aspira el perfume de una flor, llenándose el alma y el corazón hasta quedar dopada, dueña de los recuerdos, de la soledad, del misterio que la rodeaba.

Por las regiones de la sabana cantaban los guarracucos de la noche y junto con su canto, algo sorprendente comenzó a escucharse: era una voz, una voz que iba siendo más audible, más elocuente, que la hizo trasladarse con el pensamiento a la casa paterna de su adolescencia.

" |Hay una brújula que es nuestro corazón,
hay algo profundo que es la intuición,
|aquella intuición |de nuestras madres
superior a la sabiduría.
Aquel sentir que el pueblo tiene,
aquella sabiduría que no es esquema geométrico
sino turbulencia de la biología,
grito del alma, fuego de la especie,
creación del ritmo que nos dice,
dónde está el mañana
|y qué debemos abominar del hoy. . . "
 

La voz se fue apagando, se fue perdiendo por el Llano infinito. Aquella voz le era tan conocida, tan llena de recuerdos de su casa paterna en las orillas del río Pauto... Su padre, un convencido gaitanista que jamás se perdió un discurso del doctor Jorge Eliécer Gaitán, repetía con frecuencia fragmentos de los discursos suyos:

" |Porque nosotros
queremos ser cerebros,
sí, pero cerebros iluminados,
ardidos por el fuego de nuestros
corazones".

Aún le parecía estar oyendo la risa de su padre diciendo .¡Claro que ese hombre tiene un cerebro iluminado!

En la pared más limpia de la sala paterna señoreaba la fotografía del caudillo, con aquella pose gallarda y el aura que lo caracterizaba como el hombre sabio de ideas avanzadas, como la única esperanza del partido liberal en Colombia. y fue precisamente por aquella fotografía que los chulavitas asesinaron cruelmente a sus progenitores, les sacaron los ojos, luego los encerraron y prendieron fuego a la vivienda por los cuatro costados. y si ella se salvó fue porque aquel día había salido de cacería con un peón. Cuando regresó no encontró de sus padres sino los cuerpos achicharrados y de su hogar los escombros carbonizados. En compañía del peón les dio reposo bajo la madre tierra y se echó a huir por los montes, hasta el momento en que su capitán la sorprendió bañándose en el río Cravo.

En las noches íngrimas de sus desvelos, los ruidos forman un mundo inquietante que se aglomera a su alrededor; pero hay en especial uno que ha estado esperando, mas ese no se manifiesta; mientras tanto, se desespera deshojando los otros que con el paso de las horas se van convirtiendo en espantosa monotonía. A cada instante se pregunta ¿Por qué no se presenta ese ruido anhelado? Ese de cascos veloces desflorando las distancias para llegar a su rancho.

En el colmo del desvarío, Silenia Monteblanco besa y besa el tejido del mugriento chinchorro de donde emana aquel olor que le despierta los sentidos. Grita maldiciendo para abrir un hueco en el silencio de ese mundo de sonidos extraños que la tiene prisionera. -¡Maldita sea! ¡Cómo se me calienta la piel de tanto amor contenido! ¡Cómo me hace falta esa parte mía que dejé abandonada en las orillas del río Cravo! ¡Cómo me duele la penetración de esta maldita soledad con su sexo inagotable y mortal !

Por los lados del Tumagua, el río Ariporo hacia los territorios del Meta, canta seguidamente el alcaraván rayado para indicarle el camino hacia la guerra a los llaneros que se han quedado rezagados. Ese camino trillado por las huellas de los hombres valientes, que luchan para contrarrestar el nuevo régimen de terror que se ha desatado sobre la pacífica llanura colombiana. De pronto se truncan las divagaciones de la solitaria mujer. Un tronar de cascos comienza a perturbar el sueño del camino real, el sueño del grillo, de la cuatronarices, del buho que amojonado sobre el comején espera ala ranita paseadora, para alimentar a sus pichones de ojos grandes y rompetinieblas.

El corazón de Silenia quiere salirse del pecho; salta del chinchorro, se acomoda el camisón, con los dedos de ambas manos peina rápidamente la cabellera en desorden y se pellizca las mejillas para ponerles color. -¡Viene Mi Capitán! exclama abandonando la caballeriza inundada de luna por entre los zancos desnudos. Se detiene en el paradero y localiza a un par de jinetes que vienen avanzando en dirección al rancho.

Momentos después ya están frenando sus bestias frente a ella. Uno de los jinetes monta un hermoso caballo blanco, trae cubierto el rostro por el ala ancha de su sombrero, luce el clásico bayetón llanero de dos faces, calza botas altas y espuelas de plata. Saluda -Buenas noches. El otro cabalga un bruto de color amarillo, viste como guerrero de la historia patria y sostiene sobre las piernas una enmohecida lanza antigua. -Buenas, responde Silenia apenas con un susurro, tanto por la decepción de que no fuese su Capitán quien llegaba, como por el desconcierto que le causa la presencia de aquellos dos personajes con tan extrañas indumentarias y su prototipo diferente a las gentes de la región.

-Esta es mi adorada loca, dice el del caballo blanco, haciendo una presentación de su acompañante. Nunca he podido separarme de ella, es muy valiente y la quiero tanto... y si viene vestida como guerrero, es que lo hace con frecuencia desde que participó en las batallas de Junín y Ayacucho.

...¡¿Manuela Sáenz?! ¿La mujer que amó el libertador? ¿La amante patriota que surgió en los avatares de la guerra henchida de amor por el héroe? ¿Acaso estaba en presencia del general Bolívar? ¡Oh, también ella era la amante de un héroe llanero! También ella, al igual que Manuelita sabía lo que se siente ante las victorias y ante las derrotas; y al igual que ella sabía de la grande dicha que se experimenta al ser la favorita de un héroe.

Fue tanta la emoción que la embargó, que las palabras huyeron de su boca y se le aglomeraron en los ojos. El libertador pareció escuchar todas aquellas preguntas carentes de palabras. -Así es, buena mujer, voy a responderte todas esas interrogaciones. Mi loca adorada, como la llamo, es mi compañera inseparable y yo soy el hombre que aparece en los cuadernillos de historia patria, aquel a quien llaman el gran libertador, a quien los niños en la escuela miran con pose marcial y arranques patrióticos. Ahora te preguntas ¿Qué ando haciendo en estas tierras? Pues bien, por estos llanos pasé como un huracán devastando al enemigo.

Aquí concebí los más ardientes anhelos de gloria y de aquí salieron mis más bravos lanceros: Juan José Rondón, el negro Nonato Pérez y tantos otros, que con solo cuatro de ellos se derrotaba un contingente español. En estas soledades tan ardientes como los soles del mediodía, dejé vagar mis sueños que volaron como libélulas en busca de luz. Aquí se fortaleció mi espíritu, aunque mi cuerpo de- caía por la insalubridad del medio y las inclemencias del tiempo. -Se echó por encima de los hombros las puntas del bayetón y continuó -Aquí reafirmé el juramento que hice un día en el Monte Sacro en mis años de juventud: "Juré por el Dios de mis padres, por mi honor, por la patria, que jamás descansaría mi alma hasta romper las cadenas que nos oprimían".

Pero, ¡maldita sea! ¿A dónde fue a parar toda esa lucha sangrienta por libertar estos pueblos? Todavía con mis últimos hálitos de vida y con el corazón en la mano, propuse: "Colombianos, mis últimos votos por la felicidad de la patria son, que si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro" ¡Qué unión, qué sepulcro, qué carajo...! Todo fue en vano, porque nada de esto pudo salvar al país de la anarquía en que se debate en este momento.

Se había alterado tanto con su parlamento que Manuelita acercó su bestia a la de él, tomó una de sus manos y la besó con delicioso encanto -No te angusties, Mi Señor, suplicó con un pedazo de Voz que sonó como el aleteo de una mariposa. No te apenes Mi General, Mi Héroe. Ahora su Voz tenía ternura, tenía firmeza, consuelo y realidad. -Mi señor, siempre habrá libertadores porque siempre habrá opresores; lo tuyo fue incomparable. -!Ay mi adorable loca, el remedio parece más doloroso que la enfermedad y no me queda otra cosa que añadir lo que dije cierta vez: " Los tres grandes majaderos de la historia hemos sido, Jesucristo, Don Quijote y Yo"... sigamos Manuela, sigamos nuestro camino. Se despidió con un adiós que no sonó.

Silenia se quedó sembrada en el paradero, viendo cómo la sabana con sus ilimitadas distancias, loS iba devorando. -¡Oh Dios!, está Visto que Guafal Florido es un lugar visionario donde lo más increíble puede suceder .

Sobrevino un silencio muy pesado, muy profundo, en el cual Silenia creyó perecer -¡Ay, Maestro-brujo!, imploró. No me dejes, ampárame maestro-brujo. La imagen del viejo payé se estampó en su cerebro y ella pudo escuchar con los oídos del alma aquellas últimas revelaciones del sabio indígena, cuando a orillas del río Cravo practicó el ritual para enseñarla a desdoblarse. La acostó en un mágico altar, tendida sobre los aderezos necesarios para la ceremonia donde recibiría el primer rayo de sol de aquella deslumbrante mañana. y el rayo de sol cayó justo sobre su pecho desnudo. Entonces el viejo payé le ordenó. -Mujer, sube por ese rayo de sol y ve en busca de tu amado, viaja por él hasta que llegues más allá, donde la palabra sobra pero es tan elocuente que te asombrará, y llegarás más allá, donde la bruma se convierte en luz, y aunque esa luz no tiene sus siete colores, es más resplandeciente que la que hasta ahora has visto; y viajarás mucho más allá, donde no existe la noche, donde el corazón no tiene ritmo, pero el amor sigue siendo amor .

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